SANTA CENTOLA Y SANTA ELENA. -Por Francisco Blanco-.

“En lo más alto de la cumbre, Siero.

y en torno, un ceñidor de peñascales

que quieren en altura ser iguales.

uno sobre otro colosal rimero”

(Bonifacio Zamora)

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El espectacular mirador de Castrosiero, que canta el poeta burgalés P. Bonifacio Zamora, se encuentra en lo más alto del pueblo burgalés de Valdelateja, y sobre la impresionante peña que  forma la cima dominando el Valle de Sedano, se levanta una pequeña ermita visigótica, dedicada a venerar las reliquias de las mártires burgalesas Santa Centola y Santa Elena. A sus pies, las agitadas aguas del río Rudrón que atraviesa el pueblo se unen a las del Ebro, continuando imparables por el noroeste de la provincia de Burgos, abriendo desfiladeros, gargantas y cañones, que forman el impresionante e incomparable paisaje natural conocido como “los Cañones del Ebro”.

Santa Centola y Santa Elena son dos santas burgalesas de finales del siglo III y principios del IV, que por haberse convertido a la religión cristiana fueron martirizadas por los romanos, posiblemente durante el mandato de Diocleciano que fue emperador de Roma entre los años 284 y 305.

No resulta arriesgado suponer que estas dos santas se encuentran entre las primeras del santoral y el martirologio burgalés, por lo que durante muchos años la tradición ha ido dando forma a su historia, alimentándola de  creencias populares, origen de numerosas leyendas. Según cuenta una de estas leyendas, las dos jóvenes mártires fueron decapitadas sobre lo más alto de la peña de Siero, quedando la roca impregnada por su sangre. La leyenda asegura también que si se frota la roca con un paño húmedo este queda manchado de un color rojizo, que se atribuye a la sangre de las dos decapitadas, que sigue conservándose fresca dentro de la roca.

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Claro que, antes de ser decapitadas, las dos jóvenes cristianas fueron sometidas a una dura persecución y a muchas crueles torturas por parte de sus verdugos romanos.

Pero, ¿quiénes eran estas dos jóvenes, de dónde procedían, a qué estatus social pertenecían?: Pues siempre según la tradición, el padre de Centola era un alto funcionario romano que ocupaba el cargo de procónsul (1), quién al enterarse de que su hija había abrazado la fe cristiana dio orden de apresarla, Centola, enterada de las intenciones de su padre huyó, buscando refugio en  la peña de Siero, pero su padre ordenó su busca y captura, siendo localizada y apresada por el prefecto Eglisio (2), que procedió a interrogarla y torturarla de forma implacable y despiadada, golpeándola con varillas de hierro o arrancándole la piel con cepillos de púas metálicas y afiladas, sin conseguir que la ensangrentada joven abjurase de su fe cristiana. Furioso y despechado, Eglisio la cortó los dos pechos y la encerró esperando que muriera desangrada. Pero la joven mártir no murió, lo que enfureció aun más al prefecto, que la envió varias mujeres para que fingiendo querer consolarla, la incitaran a volver a adorar los dioses romanos; pero la joven Centola se mantuvo firme en su nueva fe, que además defendía con vehemencia, por lo que Eglisio decidió cortarle la lengua y dejarla abandonada a su suerte. A partir de aquí es cuando entra en escena la joven Elena, a la que se atribuye origen toledano, hija de nobles romanos y paganos, que también había abrazado la nueva fe cristiana, por lo que se supone que tuvo que salir huyendo de su tierra para refugiarse en esta sierra burgalesa. Elena vivía pobremente en una modesta cabaña de Siero, dedicada a la oración y también a difundir la bondad de la vida cristiana entre los habitantes de la zona, llegando a convencer a alguno de que renunciase al paganismo, por lo que ya estaba en el punto de mira de las autoridades romanas. Elena ya  conocía a Centola, con la que compartía la misma fe, por lo que cuando la encontró malherida y abandonada, se apresuró a llevársela a su casa a pesar de que Centola, incluso careciendo de lengua, pudo hablar y advertir a su amiga del peligro que corrían de que las llevasen a las dos al martirio y a la muerte, a lo que Elena respondió que nada le importaría compartir su misma suerte. Y así ocurrió, al enterarse Eglisio de la nueva situación, volvió a montar en cólera y decidió cortar por lo sano, dando la orden de que ambas jóvenes fueran decapitadas en lo más alto de la peña de Siero, sentencia que fue ejecutada por el verdugo Dacinio  el día 13 de agosto del año 304, en los comienzos del siglo IV, quedando sus restos mortales dispersos por la sierra hasta que fueron recogidos por los habitantes de Valdelateja, que los depositaron en una escondida cueva de la sierra de Siero. Sin embargo, el lugar de su enterramiento no tardó en difundirse por la comarca, convirtiéndose poco a poco en un lugar de peregrinación para rezar y venerar las reliquias de las dos mártires.

En el año 782 los nobles visigodos Fredinandus y su esposa Gutina, señores de Castrosiero, levantan una ermita sobre la cumbre de la peña, donde trasladaron las reliquias de las dos santas. Se trataba de una pequeña iglesia visigótica de planta rectangular y ábside cuadrado, con una ventana con arco de herradura, sobre la que están grabados los nombres de sus fundadores y la fecha de su construcción. La fundación de la ermita con la advocación de las santas tuvo lugar durante la repoblación ordenada por el rey de Asturias Alfonso II. En la ermita primitiva subsiste la lápida fundacional del templo con la siguiente inscripción: «FRELENANDVS ET GVTINA (cruz patada, alfa y omega) ERA DCCCXX». El ara primitiva se conserva en el Museo Arqueológico de Burgos.

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Sobre este noble godo Fredelandus, que también repobló algunos valles de la Montaña de Santander, existe la teoría no confirmada de que se trata del hermano del conde Munio Núñez, repoblador junto con su esposa Argilo, de la palentina población de Brañosera, a la que otorgó la primera “Carta Pobla” que la convirtió en la primera localidad de ciudadanos libres que existió en Castilla. Si esta teoría se confirmase, convertiría a Fernán Núñez y su esposa Gutina en antecesores directos del conde Fernán González, que en el siglo X conseguiría la independencia de Castilla

Ya en el siglo XIV, durante el reinado de Alfonso XI en el añó 1317 el obispo de Burgos, D. Gonzalo de Hinojosa, estableció el día 4 de agosto del 304 como fecha del martirio de las dos santas, al tiempo que para facilitar su culto ordenaba el traslado de los cuerpos de las dos santas al altar mayor de la catedral de Burgos, dejando sus cabezas en la ermita. También estableció para ese día una misa obligatoria y la celebración de una procesión. A pesar de todo esto, en el pueblo de Valdelateja todavía se venera la memoria de las dos santas mártires.

Por su parte, los calendarios mozárabes establecían la festividad de Santa Centola el día 2 de agosto, pero sin concederla el título de mártir ni vincularla con Santa Elena, hasta que en el siglo XVI el Papa Gregorio XIII encargó al cardenal Baronio (3)  la revisión del santoral y la redacción de un nuevo calendario del martirologio cristiano. Tras dos años de intenso trabajo de investigación, en el 1589 Baronio publicaba su “Martyrologium Romanum, cum Notationibus Caesaris Baronii”, en el que se establecía el 13 de agosto del 304 como la fecha del martirio de las dos jóvenes cristianas. Actualmente, en la Archidiócesis de Burgos el día 13 de agosto sólo se celebra la festividad de Santa Centola, sin mencionar para nada a Santa Elena, como si esta en realidad no hubiese existido o perteneciese a otra época y a otra región, alegando que el culto a Santa Elena no se conoce hasta el siglo XIV y no ofrece credibilidad.

En la actualidad el primitivo poblado de Siero prácticamente ha desparecido, trasladándose sus habitantes un poco más abajo. En su lugar surgió un nuevo asentamiento algo más abajo, habitado hasta el año 1914 del siglo XX, en el que sus dos últimos habitantes se fueron a vivir a Valdelateja, convirtiéndose Siero en un pueblo fantasma en el que todavía se pueden ver los restos del cementerio y las ruinas de la Iglesia.

En Valdelateja, otro pueblo de origen medieval en el que se unen las aguas del Rudrón con las del Ebro, se puede ver la iglesia de Santa Eulalia, ampliada a principios del siglo XX con los restos de la antigua de Siero, utilizando la piedra de la antigua iglesia de Siero, así como la espadaña y la puerta de entrada. En su interior se conservan las imágenes góticas talladas en madera de nogal policromadas, que representan a Santa Centola y Santa Elena y otra de Santa Lucía.

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NOTAS: 

  • El procónsul era un magistrado romano que se encargaba de la administración de una provincia romana por delegación del cónsul.
  • El prefecto era una especie de “superpolicía”, que tenía jurisdicción sobre la “Guardia Pretoriana” y también sobre las causas criminales.
  • El Cardenal César Baronio (3-X-1538-30-VI-1607) fue nombrado Cardenal por Clemente VIII en el mes de mayo del 1596.

Autor Paco Blanco, Barcelona, febrero 2019

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