SAN PELAYO EL VIEJO. -Por Francisco Blanco-.

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Hacia el año 912, según consta en el “Cartulario del monasterio de Arlanza”, se fundó la ermita donde habitaban el monje Pelayo y sus compañeros ermitaños Silvano y Arsenio. La ermita, actualmente en ruinas, consta de una sola nave rectangular de sólidos pilares de piedra que conservan la marca de los canteros que las fabricaron, la techumbre ha desaparecido por completo, aunque se pueden ver algunas tejas dispersas por su interior, invadido por la maleza.

La ermita se encuentra en el valle medio del Arlanza, a 921 metros de altitud, dominando  un insólito paisaje en el que sorprende y destaca la belleza y singularidad tanto de su flora como de su fauna. Sobresale su extenso bosque de quejigos, considerado uno de los mejor conservados del mundo, pero también se pueden ver sabinas centenarias, viejos chopos igualmente centenarios y otras especies raras de árboles, como arces, avellanos, melojos y mostajos.  Entre la abundante fauna voladora se encuentra el águila calzada, el calimoche, el buitre leonado, el halcón peregrino, el búho real y las chovas piquirojas. Los mamíferos también son abundantes y entre ellos se puede ver el gato montés, el jabalí, el desmán de los Pirineos, el corzo, el zorro, la liebre y el conejo.

Desde la ermita se divisan con claridad las ruinas del célebre Monasterio de San Pedro de Arlanza, fundado a principios del siglo X por el conde de Burgos Gonzalo Fernández y su esposa Muniadona, continuando su protección y patrocinio su hijo, el conde de Castilla Fernán González y su esposa Sancha. La construcción de la iglesia, sin embargo, se finalizó en el siglo XI. Este monasterio  el más importante e influyente de su tiempo, es considerado como “la Cuna de Castilla”.

Las ruinas están situadas en un meandro que hace el río Arlanza al pasar por la localidad burgalesa de Hortigüela, en el que los monjes hacían acopio de truchas y barbos, muy abundantes en sus aguas. Destacan la fachada, la torre de la iglesia y el claustro, presidido por un enhiesto abeto pinsapo.

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Tampoco le falta historia a la ermita, que con frecuencia se entremezcla con la leyenda. En el famoso “Poema de Fernán González” compuesto a mediados del siglo XIII por “El Arlentino”, que posiblemente era un monje del Monasterio de San Pedro de Arlanza, se recogen las gestas heroicas del “Buen Conde”, aunque hay que admitir que su veracidad histórica es muy cuestionable.

El insigne historiador burgalés Enrique Flórez, en su monumental obra “España Sagrada” hace la siguiente descripción de la ermita: “En una de las montañas que tiene el monasterio (1) a la vista, hay una ermita que corona la cuesta, bien encumbrada, que pone miedo mirar abajo, y así lo experimenté yo por mí mismo, pues necesité poner al lado quien me impidiese el desvanecimiento de la vista al entrar dentro de ella. Llámase San Pedro el Viejo. Debajo de esta ermita hay una gran cueva de larga concavidad, a la cual se baja por una boca a modo de silo desde dentro de la ermita y en la misma cuesta hay otra puerta o ventana exterior hacia el río, pero de entrada muy difícil y peligrosa en el tiempo presente”

Así comienza en el “Poema de Fernán González” el relato del encuentro del conde Fernán González con el monje Pelayo: 

“Cuando la oración el Conde hobo acabada,
Vino a él un monje de la pobre posada;
Pelayo había nombre, vivía vida lacerada,
Saludóle e preguntóle cuál era su andada.
Díjole que tras el puerco era ahi venido;
Era de su mesnada arredrado e partido;
Si por pecados fuese de Almozore sabido
Non fincaría tierra donde escapase vivo”.

 Desde la ermita, a su izquierda, se divisa Peña Lara, en cuya cima se conservan los restos del castillo en el que el año 910 nació el conde Fernán González. No es extraño por lo tanto, que en su juventud el conde anduviese con frecuencia de cacería por aquellos bellos parajes. En una de estas cabalgadas el conde, que iba tras el rastro de un jabalí, se encontró con una ermita habitada por tres ermitaños, Pelayo, Arsenio y Silvano, que le ofrecieron un refrigerio y agua para saciar su sed. El conde, agradecido, empezó a dialogar con Pelayo, el de más edad de los tres, que le auguró una vida llena de gloria y numerosas victorias sobre sus enemigos, fueran moros o cristianos: “Faras grandes batallas en la gent descreyda, muchas seran las gentes a quien quytaras la vida, cobraras de la tierra una buena partyda, la sangre de los rreyes por ty sera vertyda”, como así sucedió.

El sorprendido y agradecido conde le respondió con otra promesa: “Sy Dios aquesta lid me dexa arrancar, quiero tod el mío quinto a este lugar dar, demás cuando muriere, aquí me soterrar”. Desde luego el conde también cumplió su palabra.

 Esta profecía la tuvo siempre presente el “Buen Conde”, como se le acabó conociendo, y siempre llevó en su corazón a aquellos tres monjes a los que no volvió a ver, pero convirtió el cercano monasterio románico de San Pedro de Arlanza en el centro neurálgico, tanto religioso como cultural y político del emergente Condado de Castilla, llegando a acoger en su recinto a más de cien monjes. También recibió la protección de un descendiente suyo, el rey de León y conde de Castilla Fernando I.

El complejo monástico siguió engrandeciéndose durante muchos años, gracias fundamentalmente a las donaciones hechas por los sucesivos condes y reyes de Castilla y también de particulares, siempre bajo la estricta observancia de las reglas cluniacenses. En el año 1073, en tiempos del abad Vicente, se acometió la primera gran reforma del monasterio, comenzando por la construcción de la iglesia románica, construida por los maestros Guillermo y Osten, seguida de la torre-campanario del lado norte, que aún se conserva en bastante buen estado, pudiéndose subir por una retorcida escalera de caracol hasta el piso superior, desde donde se contempla uno de los lugares más bellos de Burgos: los meandros del Arlanza, la chopera, el bosque de ribera, la sierra de las Mamblas y los montes circundantes.

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Le siguieron el claustro, el refectorio, la sala capitular, el silo para el grano y las celdas de los monjes, todo ello lamentablemente desaparecido. Las obras de ampliación prosiguieron durante los siglos XV y XVI.

Las ruinas del monasterio se han rehabilitado y actualmente se pueden visitar, pero no dejan de producir en el visitante una melancólica sensación de tristeza al contemplar tanta belleza destruida.

Claro que buena parte de los tesoros rescatados se hallan muy lejos del monasterio: En el Museo de Arte de Cataluña se pueden ver algunas de sus pinturas. En la localidad burgalesa de Covarrubias se encuentran los sarcófagos paleocristianos de Fernán González y su primera esposa Sancha, así como las reliquias del abad San García. Al Metropolitan Museum de Nueva York fueron a parar algunos frescos, además de piezas del mobiliario litúrgico, entre las que destaca un artístico candelabro románico de plata.

El hundimiento, la expoliación y la desaparición de la riqueza del monasterio dieron comienzo en el mes de febrero del año 1836, como consecuencia de la promulgación por parte de la reina gobernadora Mª Cristina de Borbón, de un Decreto que no sólo permitía, sino que aconsejaba, la venta o enajenación de todos los bienes propiedad del Estado Español. Este decreto lo había proyectado el ministro de Hacienda D. Juan Álvarez de Mendizábal y su objetivo principal era reducir con los ingresos obtenidos la enorme deuda pública que había acumulado España.

Los efectos producidos por la conocida como “Desamortización de Mendizábal”, han sido devastadores, como resulta evidente al contemplar el ruinoso estado en que se encuentra el célebre Monasterio de San Pedro de Arlanza, uno de los más ricos y florecientes de nuestra Edad Media.

NOTAS 

  • Se refiere al cercano Monasterio de San Pedro de Arlanza.

Autor Paco Blanco, Barcelona abril de 2019.

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