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MONASTERIO DE SANTA CLARA EN MEDINA DE POMAR. -Por Francisco Blanco-.

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En el año 1212 San Francisco y su discípula Santa Clara fundaban en la iglesia de San Damián de Asís (1), la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara, que han acabado conociéndose como las Clarisas. Pero en el año 1215 el Concilio de Letrán prohibía la creación de nuevas Órdenes religiosas, de modo que para poder procesar tuvieron que acogerse a la Orden de San Benito, que aceptaba  el título de Abadesa, el cual llevaba implícito el derecho a tener numerosas propiedades bajo su jurisdicción, recibir herencias, donaciones y privilegios, e incluso cobrar diezmos e impuestos de portazgo, montazgo, etc., todo ello en frontal contradicción con su riguroso voto de pobreza. Contradicción que solucionó Santa Clara en el año 1216 pidiendo y obteniendo del papa Inocencio III el “privilegio de la pobreza” para su nueva Regla, por el que renunciaban para siempre a disfrutar de rentas o poseer propiedades, creando un estilo de vida de retiro y austeridad, que se hizo común al resto de monasterios que se fueron fundando.

Esta nueva Regla, conocida como la Regla de Santa Clara, o Segunda Regla, fue aprobada por el papa Urbano IV en 1263 y es la Regla que las clarisas han venido observando, salvo algunas excepciones y algunas pequeñas variaciones que han surgido a lo largo de los siglos, incluyendo, todo hay que decirlo, a partir del siglo XV alguna relativa relajación que se apoderó de la vida de algunos conventos y monasterios, tanto de frailes cómo de monjas. En la mayoría de los numerosos conventos de Clarisas que existen en España se practica la Regla de Santa Clara aprobada por el Papa Urbano IV, también existen las Clarisas Coletinas o Descalzas, las Clarisas Urbanistas y  las Clarisas Capuchinas.

Curiosamente, la escritura de fundación del Monasterio de Medina de Pomar se realizó en Baeza, provincia de Jaén, el 11 de enero de 1313, a instancias de D. Sancho Sánchez de Velasco, Adelantado Mayor de Castilla, y de su mujer Doña Sancha García,  durante el reinado de Alfonso XI, Esta escritura, que se conserva en el archivo del Convento, decía lo siguiente: “facemos en Medina de Pumar en un heredamiento nuestro que compramos con nuestros dineros que es cerca de la iglesia de San Millán de la dicha Medina un Monasterio de Santa Clara…………..”

La intención de los fundadores era destinar el Monasterio a Panteón Familiar, donde pudieran reposar para siempre los miembros de la ilustre familia de los Velasco. Deseo que se cumplió, pues salvo D. Pedro Fernández de Velasco, primer Condestable de Castilla y su esposa Doña Mencía de Mendoza, que tienen su propio enterramiento en la Capilla de los Condestables de la Catedral de Burgos, el resto de los Velasco, tienen su propio monumento funerario dentro de este recinto monástico. Finalmente, el proyecto se convirtió en Iglesia, Monasterio y Panteón, desarrollándose a lo largo de los años, hasta quedar concluido en 1532.

La comunidad siempre estuvo integrada por  monjas clarisas de clausura, siendo su primera dotación de veinticuatro dueñas de velo prieto”, o veinticuatro monjas de velo negro, que Doña Sancha, la fundadora, en 1321 amplió a treinta. En la actualidad se ha convertido en un interesante complejo monástico de gran valor artístico y cultural, que vale la pena visitar.

Para los viajeros sin prisa dispone de una Hospedería, instalada en una construcción del siglo XVIII, en la que estaban las viviendas del personal auxiliar del Monasterio, como el capellán, las sirvientas y los colonos, modernamente reformadas, situada en un bello y silencioso paraje, que invita al descanso y la contemplación de un sitio lleno de historia y cargado de arte.

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La iglesia es de estilo gótico con presbiterio barroco y consta de una sola nave, con macizos pilares que soportan las bóvedas de crucería. Su interior es de gran luminosidad y está dividido en tres tramos, el primero es el más ancho, destacando los escudos de los Velasco, el segundo es posterior, añadido en el siglo XV y el tercero, que incluye la cabecera, pertenece al siglo XVII.

En los laterales se levantan las diferentes capillas; en la primera de estas capillas, a la derecha de la nave, se encuentra el Cristo de las Cinco Llagas, de la escuela castellana del siglo XVII, cuyo autor posiblemente fuese el escultor vallisoletano Gregorio Fernández, que ya había realizado otro similar para el Monasterio de Santa Clara de Lerma.

También en este lado se encuentra la Capilla de la Concepción, una de las más notables, a la que se accede por una monumental y artística reja de entrada, obra del famoso rejero burgalés Cristóbal de Andino (2). La mandaron construir D. Bernardino Fernández de Velasco y su esposa Doña Juana de Aragón, continuando la obra, primero su sobrino D. Pedro Fernández de Velasco y, finalmente, su hermano D. Íñigo Fernández de Velasco, que se hizo cargo del resto de la obra, hasta que se finalizó en 1532. Es de planta cuadrangular, que se convierte en octogonal mediante unas bóvedas en forma de conchas. Bajo una de estas conchas se puede admirar un monumental escudo de los Velasco.

El retablo renacentista es obra de Felipe de Bigarny y el burgalés Diego de Siloé, en él aparecen las estatuas de San Andrés, San Mateo, Santiago el Menor y Santiago el Mayor. La figura central de este retablo es la Virgen con el Niño sobre sus rodillas, rodeada de llamas y rayos, magnífica muestra del gótico flamígero. Todo este retablo destaca por su esmerada y dorada policromía. Una pequeña puerta plateresca da acceso a la sacristía, en la que destaca su esbelta bóveda estrellada, igualmente de estilo gótico flamígero.

En el segundo tramo se encuentran cuatro capillas simétricas cubiertas por bóvedas de crucería y con grandes ventanales en los muros; la primera capilla de la izquierda está dedicada a San Bernardino de Siena y la segunda a Santiago Apóstol, en ésta se encuentran tres sepulcros adornados con los escudos de los Velasco, con una leyenda que dice: “Aquí yacen Sancha, Juan y Diego, hermanos, que fueron hijos de Juan de Velasco, camarero Real y María Solier, señores de esta villa, los cuales fallecieron niños”.  

En el lado derecho hay una capilla dedicada a San Luis de Tolosa y la siguiente a San Antonio de Padua, en la que  hay una puerta que comunica con la clausura, por la que las monjas penetraban en el templo para acudir a los servicios religiosos; ambas capillas están decoradas con blasones de los Velasco.

El tercer tramo, o cabecera, corresponde a la Capilla Mayor, con tres retablos barrocos bañados en pan de oro. El más interesante es el Retablo Central, instalado en el siglo XVIII, en el que aparecen las estatuas de San Miguel Arcángel, San José, Santa Coleta, Santa Inés, la hermana de Santa Clara, y en la hornacina principal, presidiendo todo el conjunto, la de Santa Clara de Asís, luciendo sus atributos: el báculo y la custodia.

En su parte inferior se encuentra El Tabernáculo, un relicario de 206 celdillas dentro de un expositor al que se le conoce como “El Manifestador de la Paloma”, sobre el que se coloca la custodia en las solemnes exposiciones del Santísimo, que tan sólo se muestra al público tres veces al año, el 11 de agosto, festividad de Santa Clara; el Jueves Santo y el Corpus Cristi.

Posteriormente, en el mismo siglo XVIII, en el lado de la Epístola se instaló el retablo de San Francisco de Asís y en el del Evangelio el de San Juan Evangelista, ambos de menor tamaño.

El coro alto está cubierto por tres bóvedas de crucería de estilo gótico del siglo XVI. Su decoración es muy austera, destacando la sillería de nogal, formada por 106 sillas de las cuales en dos de los respaldos están tallados con los escudos de los Velasco y los Tovar, luciendo el Toisón de Oro y en el medio una silla abacial con la imagen de Santa Clara. También dispone de un pequeño retablo del siglo XVIII, con numerosas reliquias y las figuras de San Pedro Regalado, Santa Clara, San José y la Virgen de Trapani.

De uno de sus muros cuelga un Cristo en la Cruz, de madera sin policromar, atribuido a Felipe de Bigarny.

Lo más destacable es el frontis, con dos artísticas rejas y un cuerpo central con el mausoleo de D. Íñigo Fernández de Velasco y su esposa Doña María Tovar, labrado magistralmente  en alabastro; en su parte central aparecen las figuras de los duques de Frías, mirando de frente y en actitud orante; encima de las figuras, presidiendo el frontis, un policromado escudo familiar, enmarcado por dos candelabros unidos por un cordón. Este espectacular frontis se lo encargó D. Pedro Fernández de Velasco, hijo de los enterrados, al famoso escultor Felipe de Bigarny.

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Para acceder al coro hay que pasar por la cratícula, llamada así por disponer de un ventanuco con reja por el que las religiosas recibían la comunión cuando asistían a la misa desde el coro. Se trata de una sala con un techo artesonado renacentista, en el que se lee el monograma “Jesucristo Salvador de los Hombres”. Actualmente se exhiben varias vitrinas conteniendo objetos domésticos antiguos, de los que usaban las monjas que habitaban el Monasterio, como floreros, cuencos, jarrones, braseros, etc.

El claustro, de estilo gótico tardío, es del siglo XVI y de acuerdo con los preceptos canónicos, está adosado a la iglesia por su lado sur; en principio sólo disponía de una planta, cubierta por bóvedas de crucería y arcos de medio punto, sobre columnas decoradas con capiteles florales, especialmente con granadas abiertas recordando la reciente conquista de Granada, la decoración se completa con ménsulas. Posteriormente, seguramente para solucionar problemas de espacio, se le añadió otro superpuesto, de estilo renacentista, con techo de vigas de madera y arcos escarzados.

Desde el claustro, como era habitual en los monasterios de clausura, por su lado este se puede acceder a la Sala Capitular, que como su mismo nombre indica, está destinada a que toda la comunidad se pueda reunir en ella para celebrar capítulo o asamblea general, requiere, por tanto, de holgadas dimensiones y nutridas bancadas, donde las monjas se sentaban siguiendo un riguroso orden de antigüedad, aunque la presidencia correspondía a la priora o abadesa. También, durante muchos años, sirvió de enterramiento a las religiosas que pasaban a mejor vida.

La historia de este monasterio sin duda tiene un alto interés artístico y arquitectónico, destacando la puerta, enmarcada en un arco rebajado, apoyado sobre ménsulas con adornos entrelazados de indudable origen mozárabe. La techumbre es de un artesonado decorado con molduras semicirculares con cruces en su interior, predominando los colores rojos, azules y dorados, que proporcionan a esta Sala un aspecto deslumbrante, que sorprende al visitante. Por debajo del artesonado, recorren toda la estancia dos cenefas decoradas con diferentes escudos.

También vale la pena visitar en Museo de los Condestables, situado en lo que fuera la Cripta o Pudridero, en el que permanecían los cuerpos amortajados de las religiosas fallecidas antes de recibir sepultura. Consta de ocho huecos en los que actualmente se exponen vitrinas con objetos sagrados y también profanos, como cálices, hostiarios, ropas litúrgicas, cofres, pergaminos, sellos y también muchos relicarios.

Lo más destacable que el visitante encuentra en esta sala es un impresionante Cristo Yacente del siglo XVII, una de las mejores obras del escultor Gregorio Fernández, se trata de una talla en madera de nogal policromada, dotada de gran realismo gracias a la utilización de algunos postizos de marfil, cristal, corcho y resina.

De sus paredes cuelgan algunas tablas flamencas de los siglos XV y XVI, destacando La Adoración de los Reyes Magos y La Sagrada Familia con Santa Ana. Finalmente, en un lugar destacado de la sala, preside el Museo un Cristo de Lepanto de ébano y marfil, que fuera bendecido para participar junto a los cristianos en la Batalla de Lepanto, regalo de Felipe II al XI Condestable de Castilla D. Juan Fernández de Velasco y Tovar, V duque de Frías, IV marqués de Berlanga, VII conde de Haro, gobernador del Milanesado y presidente del Consejo de Italia. El crucifijo posiblemente sea obra del famoso escultor italiano Benvenuto Cellini.

Todo el impresionante complejo que integra el Monasterio de Santa Clara de Medina de Pomar fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC) en abril de 1992. Se puede visitar durante todo el año, excepto los domingos por la tarde y los lunes. También existen visitas guiadas para grupos.

NOTAS:

(1) A la iglesia de San Damián de Asís, muy cercana a Asís, ya acudía a orar San Francisco en el año 1206, años más tarde la frecuentaban también Santa Clara y sus primeras seguidoras, a las que, en el año 1212, el obispo Guido autorizó a utilizar la iglesia y sus dependencias para llevar en ellas la vida de oración y retiro que querían practicar.
(2) El rejero, platero y arquitecto Cristóbal de Andino (Burgos 1480-1543), era hijo del también rejero Pedro de Andino y eran originarios de La Bureba. Realizó importantes obras para las catedrales de Burgos, Palencia, el convento de San Francisco de Medina de Rioseco y el Monasterio de Santa Clara de Medina de Pomar. Diseñó su propio sepulcro y el de su mujer, Catalina de Frías, de gran belleza, que todavía se puede ver en la iglesia de San Cosme y San Damián. También colaboró en el diseño del Arco de Santa María de Burgos.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2015.

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EL MONASTERIO DE SAN PEDRO DE ARLANZA Y FERNÁN GONZÁLEZ. -Por Francisco Blanco-

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“Nunno Belchidez ovo filio a Nuño Rasuera.

Nunno Rasuera ovo filio a Goncalbo Nunnez.

Goncalbo Nunnez ovo filio al comte Fernand Goncalbez.

(del “Liber Regun”, siglo XIII) 

Según los “Anales Castellanos Primeros”, este Nuño Belchides que aparece en la Crónica como bisabuelo de Fernán González, parece que era un caballero teutón, originario de Colonia y descendiente de Carlomagno, que había aparecido por Castilla hacia el año 882, casando con Doña Sula, hija del conde Diego Rodríguez Porcelos, el repoblador, por orden del rey de Asturias, Alfonso III, de los territorios de Burgos y Ubierna. De este matrimonio nació Nuño Rasura, el legendario juez castellano, quien, junto con Laín Calvo, impusieron en Castilla el “Fuero del Albedrío”, dejando sin efecto el vigente “Fuero Visigótico”. Fue, sin duda, el primer y decisivo paso de Castilla hacia su independencia de León. Por cierto que Nuño Rasura era el suegro de Laín Calvo, que se había casado con su hija Teresa Núñez.

Gonzalo Fernández (1) ya era conde de Burgos en el año 899, estableciendo su sede en el fortificado castillo de la Peña de Lara, muy próximo a la frontera establecida por los moros, que habían llegado hasta Carazo, en cuyo castillo se habían hecho fuertes y de donde fueron expulsados por su hijo, el conde Fernán González, después de la batalla de Carazo, según nos cuenta el Poema de Fernán González, escrito por un  monje arlantino en el siglo XIII:

“Entonces era Castilla un pequeño rincón,

Era de castellano Montes de Oca mojón,

E de la otra parte Fitero el fondón,

Moros tenían a Carazo en aquella sazón”

Se había casado con Doña Muniadona, señora de Lara, con la que tuvo dos hijos, Fernán y Ramiro González. Murió en el año 915 siendo conde De Burgos y Castilla, quedando sus dos vástagos, todavía de corta edad, al cuidado de su esposa Muniadona, condesa de Lara, que le sobrevivió hasta el año 935. Según testimonio de fray Prudencio de Sandoval y fray Antonio de Yepes, fue enterrada en el Monasterio de San Pedro de Arlanza, que fundara su hijo Fernán González, conde de Lara, de Álava, de Lantarón, de Cerezo y de Castilla.

Prácticamente desde que era un mozalbete de siete u ocho años, la peripecia vital de Fernán González se ve rodeada de leyenda, y su figura y sus hazañas son cantadas en numerosos Romances y Cantares de Gesta, que han convertido al Buen Conde en una especie de paradigma del perfecto caballero medieval,  adornado con toda clase de virtudes. Son de destacar la “Crónica Rimada” y el “Poema de Fernán González”, escrito en el siglo XIII, muy posiblemente por un monje del mismo Monasterio de San Pedro de Arlanza. Pero también a principios  del siglo XVI, hacia el año 1512, un abad del Monasterio, Fray Gonzalo de Arredondo y Alvarado (2), escribe una encomiástica biografía del Conde, con el título de “Crónica del Conde Fernán González”, en la que se narran las hazañas militares y los hechos milagrosos del “Buen Conde”, incluyendo la fundación del Monasterio de San Pedro de Arlanza, que no duda en señalar como obra del Conde.

Huérfano desde los seis o siete años, si hacemos caso del Poema su educación corre a cargo de un carbonero, que le enseña a cazar y también a utilizar el arco y la daga, mientras que para otros biógrafos, fue un ayo de avanzada edad el que le educó, de nombre Martín González, en un apartado paraje de la sierra de las Mamblas, afirmando además que,  “era ya a essa sazon grand cauallero”.

Su nombramiento como conde de Burgos se produjo cuando tenía diecisiete años. Hasta entonces, la vida del conde había transcurrido entre las sierras de Carazo y de las Mamblas, a cuyos pies discurría el río Arlanza, trazando una pintoresca y caprichosa hoz, en cuyas márgenes crecían las hayas, los robles, las encinas, las sabinas y toda clase de plantas silvestres, formando un verde y tupido bosque, habitado por una variada fauna, entre la que abundaba la caza.

En lo más alto de la sierra de las Mamblas existía una pequeña y  rudimentaria ermita, habitada por  tres monjes eremitas, bajo la dirección del monje Pelayo, o “Pedro el Viejo”, como también se le llamaba, que vivían pobremente como ermitaños, dedicados exclusivamente a la oración y el ayuno, aunque también tenían que vigilar no ser sorprendidos por sus cercanos vecinos, los moros de Carazo.

No era infrecuente, por aquellos tiempos del Medievo y en estas recién pobladas tierras castellanas, de tan acendrada y encendida religiosidad, encontrar numerosos ermitaños o eremitas, solitarios o formando pequeños cenobios, dedicados a este tipo de vida, con el único propósito de santificarse y alcanzar la vida eterna.

Seguramente fue durante alguna de sus numerosas cacerías por aquellas sierras, cuando el joven conde entró en contacto con aquellos monjes, a los que provee de alguna pieza de caza, y con los que no tarda en contraer amistad, especialmente con Pelayo, que le toma bajo su protección y se convierte en su consejero, auspiciándole toda clase de victorias, tanto militares como diplomáticas. El Conde también toma afecto a aquel monje Pelayo y sus dos compañeros, Arsenio y Silvano, a los que no dejará de visitar, e impresionado por tan brillantes augurios, promete solemnemente destinar un quinto de sus ganancias a levantar un nuevo monasterio mucho más grande, capaz para dar cobijo a más de cien monjes. Esta promesa, que desde luego Fernán González cumplió a rajatabla, es el origen de San Pedro de Arlanza, cuyas monumentales ruinas todavía, aunque con el alma embargada por la pena, se pueden admirar, recreando aquellos lejanos tiempos, tan cuajados de historia y de leyenda.

“Quiso Dios al buen Conde esta gracia facer,
Que moros nin cristianos non le podían vencer”

(del Poema de Fernán González)

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El Monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza fue uno de los grandes símbolos de la cristiana gesta de la Reconquista, comenzada en las montañas astures y continuada en aquellas tierras de castillos, recién repoblada por los “foramontanos”, que acabó tomando el nombre de Castilla, en la que, junto a los castillos, se empezaron a levantar catedrales, iglesias, monasterios y ermitas, vigilantes testigos del triunfo de la Fe Cristiana sobre la herejía musulmana, del que dieron cumplida fe.

El nuevo monasterio se levantó a orillas del Arlanza, en una de las hoces que traza el río entre Hortigüela y Covarrubias, al pie de la Sierra de las Mamblas, semejante a una gigantesca ballesta, rodeado de hayas, encinas y sabinas.

En el Cartulario del propio Monasterio se encontraron las copias de dos Actas fundacionales, datadas ambas en el año 912, afirmando que la fundación fue obra del conde Fernán González, cosa poco probable, ya que numerosos biógrafos del conde establecen el 910 como la fecha más probable de su nacimiento, lo que nos lleva a pensar que los verdaderos fundadores del monasterio fueron sus padres, D. Gonzalo y Doña Muniadona, entre los años 912 al 915. En consecuencia, es casi seguro que las dos copias citadas sean apócrifas, escritas posteriormente para ligar la figura legendaria del Conde a la fundación del Monasterio.

A partir del siglo XI, las dádivas y donaciones al nuevo monasterio aumentan considerablemente, gracias, especialmente, a la generosidad de Fernando I, rey de León y conde de Castilla, hijo de Doña Muniadona Sánchez, nieta del conde Fernán González, del que era, por lo tanto, descendiente directo.

Era por entonces  García el abad arlantino, quien, al igual que hicieran Domingo en Silos y Sisebuto en Cardeña, dio al monasterio un importante impulso, aumentando el número de monjes, adoptando el rito romano de Cluny y engrandeciendo sus instalaciones.

También por esta época, procedentes de la ermita pre-románica, llegaron al monasterio los sarcófagos con los restos de Fernán González y de su primera esposa Doña Sancha, cumpliéndose así la última voluntad del conde.

En el siglo XII el monasterio siguió gozando del favor real y de la nobleza, recibiendo numerosos privilegios y donaciones, que le permitieron convertirse en un importante complejo monástico, con iglesia abacial, que tenía adosado un claustro procesional por el lado de la Epístola, al que estaban adosadas las dependencias monacales, tal como exigían las reglas de Cluny; por el lado del Evangelio estaba adosada una torre cuadrangular con campanario y una torre fortificada circular.

Todo el conjunto monacal  alcanzó su máximo esplendor durante el reinado de Alfonso VIII. Pero entre finales del siglo XV y principios del XVI, principalmente impulsada por el abad fray Gonzalo de Arredondo, que contaba con el patronazgo de las ilustres familias de los Girón y los Velasco, el complejo monástico sufrió una importante reforma que afectó tanto a la iglesia como al claustro,  construyéndose uno nuevo, de estilo renacentista, en la que intervino la familia de los Colonia, destacados arquitectos y escultores de origen alemán, aposentados en Burgos. Las obras afectaron también a los muros exteriores, que tuvieron que reforzarse con contrafuertes, añadiéndose nuevos pilares para sostener la nueva cubierta, una bóveda estrellada de estilo gótico tardío que, según aseguran algunos expertos, se asimilaba a la de la Cartuja de Miraflores, en las cercanías de Burgos. También se construyó un nuevo coro, se elevó y amplió el ábside de la cabecera y se incrementó la ornamentación, incorporándose los escudos de los Téllez Girón y los Velasco, sobresaliendo el de D. Pedro Girón de Velasco, conde de Haro y de Urueña y señor de Osuna.

También durante el siglo XVII se realizaron algunas reformas de menor importancia, destacando la construcción de la sacristía, adosada al muro norte, por la que se accedía a la Sala Capitular, obra del arquitecto cántabro Pedro Díaz de Palacios, que a su muerte fue enterrado en la nave central del templo.

Pero el periodo de expansión se acaba y comienza una lenta pero inexorable etapa de abandono y decadencia, que culmina en el año 1841 con la exclaustración de la comunidad y la venta del conjunto, que queda abandonado y expuesto al saqueo y al expolio de su contenido: innumerables obras de arte de incalculable valor.

En ese mismo año de 1841 los sarcófagos paleocristianos con los restos del conde Fernán González y su primera esposa doña Sancha, fueron trasladados a la cercana colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias, siendo colocados en el presbiterio del altar mayor, donde permanecen y se pueden visitar actualmente.

El expolio y la dispersión sufridos por el patrimonio del Monasterio durante los años y los siglos siguientes, ha sido total y descontrolado, yendo a parar los valiosos restos a las manos y los lugares más insospechados: La fachada occidental, incluida la portada principal del siglo XI, fue a parar en 1895 al Museo Arqueológico de Madrid. Las pinturas de la Sala Capitular se pueden admirar actualmente en el Museo de Arte Románico de Cataluña. El sepulcro de Mudarra el Vengador, el hermanastro árabe de los Siete Infantes de Lara, se puede admirar en el claustro alto de la catedral de  Burgos. La legendaria imagen de la “Virgen de las Batallas” (3), una primorosa talla del siglo XIII, de unos 30 cm., tallada en bronce dorado y policromado, con incrustaciones de piedras y esmalte, que estaba colocada en el ábside del lado de la Epístola, en el año 1883 se hizo cargo de ella el arzobispo de Burgos D. Saturnino Fernández de Castro, perdiéndose después su pista, hasta que, ya en pleno siglo XX, apareció en poder de un coleccionista privado de Nueva York. Finalmente, en el año 1997, fue subastada públicamente en la famosa Galería Sotheby’s, siendo adquirida por el Estado español, que se la cedió al Museo del Prado. Actualmente se puede admirar en el Museo de Burgos, que la tiene en calidad de depósito. Todos los pergaminos, cartas, cartularios, manuscritos y documentos generados en el Monasterio, andan totalmente dispersos, en colecciones privadas o en manos particulares, imposibles de identificar ni localizar, al igual que numerosos objetos y reliquias, que se pueden dar por perdidas para siempre…………….¿Las causas, los motivos? El que esto escribe lo desconoce…………. ¿Fueron las sucesivas desamortizaciones de Mendizábal, Espartero y Madoz las únicas causas del monumental derrumbe? ¡Evidentemente, no!.

De la iglesia, de estilo románico con tres naves, levantada con sólidos muros de sillería, quedan en pie los tres ábsides de la cabecera, con columnas rematadas con capiteles decorados con motivos vegetales y zoológicos, que sostenían las bóvedas desaparecidas. En los restos de los muros se pueden apreciar esbeltas columnas pareadas, que se convierten en una sola y que soportaban los arcos de medio punto.

Lo mejor conservado es, sin duda, la torre campanario de planta rectangular con dos cuerpos, el primero con dos arcos ciegos y columnas en las esquinas, en el superior se encuentran los huecos para las campanas, esta torre tiene adosada otra fortificada, de planta circular.

También se pueden contemplar las ruinas del claustro renacentista del siglo XVII, con dos pisos de arcos de medio punto sostenidos por pilastras. En el centro de este claustro se levantaba una artística fuente, que fue trasladada al Paseo de la Isla de Burgos hacia el año 1930.

Detrás de los restos de este claustro renacentista se encuentra la que se conocía como Torre del Tesoro, con dos alturas, la primera, de estilo románico, construida a mediados del siglo XII, era la ya citada Sala Capitular, mientras que  la segunda, del siglo XIII, era una zona de descanso, independiente del monasterio, en la que se albergaban los visitantes ilustres, miembros de la realeza o de la nobleza, con una interesante decoración mural, mediante paneles en  sus cuatro lados, siendo alguno de estos paneles de grandes dimensiones, en los que se representaban figuras de animales característicos del bestiario medieval y también motivos vegetales o geométricos. Todos estos paneles de pinturas fueron arrancados y vendidos durante la segunda década del siglo XX, encontrándose actualmente repartidos entre el “The Cloisters de Nueva York”, el “The Fogg Art Museum” de Harvard y el ya citado Museo Nacional de Arte de Cataluña en Barcelona.

También se conserva la portada de la fachada oriental, con un arquitrabe en el que figura una leyenda con la fecha de su finalización: “AÑO DE SOLIDEO HONOR Y GLORIA, 1643”, encima del cual aparece la figura ecuestre del conde Fernán González, en postura similar a la de Santiago Matamoros. Encima de la estatua se puede ver el escudo del Monasterio.

Estos restos  ruinosos de lo que podría llamarse “la cuna de Castilla”, uno de los cenobios más representativos de la vieja Castilla condal, siguen impasibles, ajenas a la morbosa curiosidad de los visitantes, en un soberbio paraje a orillas del Arlanza, la arteria principal de Castilla, que también sigue impasible su curso para unirse al Pisuerga, ya en tierras palentinas.

NOTAS: 

  • Tanto Menéndez Pidal como Fray Justo Pérez de Urbel admiten que el apellido Núñez es un error del Arlantino, siendo Gonzalo Fernández el verdadero nombre del padre de Fernán González.
  • Fray Gonzalo de Arredondo y Alvarado, además de abad de San Pedro de Arlanza fue cronista de los Reyes Católicos. La obra citada se la dedicó al Emperador Carlos V.
  • Según la leyenda, esta virgen acompañaba al conde en todas sus batallas.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, enero 2016

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DIBUJO DE LA PLAZA SAN JUAN DE BURGOS EN 1850 REALIZADO POR VALENTÍN CARDERERA Y SOLANO.

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Dibujo de la plaza de San Juan en Burgos datado en 1850 y creado por Valentín Carderera y Solano. Se encuentra expuesto en el museo Lázaro Galdiano, una sala-museo de coleccionismo que abrió sus puertas en 1951, y que se encuentra ubicada en el 122 de la calle Serrano de Madrid.

Valentín Carderera y Solano nació en Huesca en 1796 y falleció en Madrid en 1880. Fue escritor, pintor y coleccionista de arte. Fue nombrado por la reina Isabel II pintor de cámara. De estilo claramente academicista, fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando así como de la Real Academia de la Historia. Cultivó los dibujos alegóricos, los retratos y los paisajes de España.

REPRESENTACIÓN DE LA MAQUETA DEL MONASTERIO DE FRESDELVAL TAL Y COMO FUE ORIGINALMENTE. -Por Fernando de Miguel Hombría-.

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Recreación en maqueta del Monasterio de Fresdelval. En esta recreación, y por motivos de espacio, faltan lan partes destinadas a almacenes y dependencias menores que se abrían a lo largo de un patio frente a la galería renacentista del Palacio de Carlos V. Sin embargo se pueden ver perfectamente los dos claustros; el gótico junto a la iglesia y el renacentista junto al palacio de Carlos V.

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Expresamente enviado a Burgospedia por su autor: Fernando de Miguel Hombría.

REPRESENTACIÓN EN MAQUETA DE SAN PEDRO DE ARLANZA TAL Y COMO FUE ORIGINALMENTE. Por Fernando de Miguel Hombría.

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Fernando de Miguel Hombría es un burgalés preocupado por representar de la forma más fidedigna posible la imagen original de algunos monasterios ya desaparacidos o en ruinas.

En esta serie ha realizado y fotografiado el Monasterio de San Pedro de Arlanza .

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Enviado expresamente a Burgospedia por Fernando de Miguel Hombría.

MONASTERIOS BUREBANOS: SANTA CASILDA. Por Francisco Blanco.

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“Santa Casilda en un alto,
San Vicente en una Cueva,
Santa Casilda es la luz
que ilumina a la Bureba”.
(canción popular)

Santa Casilda no es propiamente un Monasterio, sino un Santuario. Un Santuario envuelto en la leyenda, pero con mucha historia. A principios del siglo XVII un fraile mercedario, Fray Gabriel Téllez, que firmaba sus obras como Tirso de Molina, reflejó la Leyenda de Santa Casilda en una comedia que podría llamarse de moros y cristianos y que tituló “Los Lagos de San Vicente”, que transcurre en el siglo XI, siendo Fernando I conde de Castilla y se desarrolla entre Toledo y Burgos.

En el término municipal de Salinillas de Bureba (1), muy cercano a Bivriesca, la capital de la comarca, en lo alto de un risco existía una cueva, con una ermita en su interior, y en su ladera, formando un agreste conjunto paisajístico de gran belleza, brotaban unos manantiales, a los que los lugareños llamaban pozos, estando todo el conjunto bajo la advocación de San Vicente Mártir, cuya imagen se hallaba en el interior de la citada cueva. Los dos pozos, el blanco y el negro, estaban igualmente sometidos al influyo de una leyenda popular, que atribuía a sus telúricas aguas poderes curativos y milagrosos. Al pozo blanco, de agua cristalina con fondo de piedras blancas, se le atribuía la propiedad de hacer fecundar a las mujeres, para ello había que lanzar desde la ladera una piedra al pozo si se deseaba un niño, o una teja si el deseo era tener una niña. Por su parte, al pozo negro, cuyo fondo era de hierbas y tierra, siendo por ello sus aguas más oscuras, se le atribuían propiedades curativas, para lo cual había que mojar una prenda en sus aguas, y ponérsela posteriormente al enfermo. Naturalmente, antes de cada rogativa era preciso hacer una devota invocación a San Vicente y, posteriormente, a Santa Casilda.

Siguiendo con la leyenda, a estas tierras y en estos manantiales vino a curarse en las postrimerías del siglo XI una joven y hermosa princesa mora, de nombre Casilda (Qásida en árabe), que significa poesía. Había nacido en Toledo y era hija del sultán toledano al-Mamún, también conocido como Aldemón. Siendo muy niña quedó huérfana de madre y, siendo muy niña todavía, se le manifestó una extraña enfermedad, que ningún médico de la corte toledana supo diagnosticar ni encontrar remedio que la atajara, atribuyéndola a un extraño flujo de la sangre. Sus primeros años transcurrieron entre mimos, halagos y cuidados, pero también estudió el Corán y aprendió a leer y escribir, tomando mucha afición por la lectura, siendo instruida por los mejores preceptores que había en Toledo. Ocurrió también que la niña, a pesar de su enfermedad, o tal vez a causa de ella, estaba dotada de una viva inteligencia y una delicada sensibilidad, que la indujeron a interesarse por los principios fundamentales de las cosas, entre ellas la religión, interesándose enseguida por los fundamentos del cristianismo y por las condiciones de vida de los cristianos cautivos, encerrados en las cárceles de Toledo, entre los que no faltaban monjes y sacerdotes. Acuciada por la curiosidad e impulsada por sus sentimientos caritativos, Casilda decidió visitar las cárceles y conversar con esos monjes y sacerdotes. Estas visitas las hacía aprovechando las ausencias del rey, su padre, que eran frecuentes por tener que ocuparse de los numerosos asuntos de su reino. Su intención era ser instruida en la doctrina cristiana, pero al ver las condiciones de vida que los prisioneros tenían que soportar en aquellas lóbregas mazmorras, no dudó en llevarles también, con la ayuda de un fiel servidor, medicinas y alimentos que les sirvieran de alivio. Los rumores sobre estas actividades de la princesa Casilda no tardaron en llegar a oídos del Sultán, que montó en cólera y se propuso sorprender y castigar a la osada princesa. Para ello, pretextando irse de cacería, se ocultó en las cercanías de la prisión, a la espera de lo que ocurriese. Ajena a esta conspiración, la princesa, al saber que su padre estaba ausente, se dirigió como de costumbre a socorrer a los cautivos, portando, con ayuda de su criado, una gran cesta llena de provisiones y medicinas. El sultán, enfurecido, le sale al paso y rodeándola con su guardia la pregunta: “¿Se puede saber que llevas en esa cesta?” , “Rosas”, le contesta la princesa sin inmutarse. “¡Enséñamelas!”, exige impaciente el sultán, levantando con violencia la tapa de la cesta. Y, ante el asombro de Casilda y su criado, la cesta aparece colmada de frescas y rojas rosas. El sultán coge dos de las rosas, las olfatea y, con el semblante radiante de alegría, abraza cariñosamente a su hija.

Este milagro no hizo sino reafirmar a la joven princesa en la fe cristiana que ya empezaba a sentir, tomando la determinación de hacerse bautizar por alguno de aquellos monjes prisioneros de su padre, pero su implacable y misteriosa enfermedad de los flujos de sangre se lo impide, pues su salud empieza a decaer y su frescura a marchitarse, dejándola postrada, marchita y sin fuerzas. Alguno de los cautivos sugirió que en su tierra, cerca de Briviesca, había unos lagos cuyas aguas eran milagrosas y curaban toda clase de enfermedades, por extrañas que estas fueran. También una voz celestial, tal vez la de San Vicente, susurró en los oídos de la enfebrecida enferma que para recobrar la salud debía sumergir su cuerpo en las aguas de aquellos lagos.

Esta vez el sultán accedió a que su hija se trasladara a Castilla, para someterse al tratamiento de aquellas aguas de las que tantas maravillas se hablaban. Mandó sus mensajeros al conde Fernando I de Castilla, que por entonces era también rey de León, y una regia comitiva, protegiendo a la princesa enferma, se puso en marcha hacia aquellas lejanas tierras de La Bureba. Una vez en el alto de aquel risco, sumergió su cuerpo en uno de los pozos, quedando sus ropas empapadas pero, casi de inmediato, notó como su cuerpo se transformaba, recuperando rápidamente el vigor y la lozanía perdidos. Pero también su espíritu se transformó, se sintió feliz y liberada en medio de aquel abrupto paraje, bajo un cielo tan cercano y tan azul. Penetró en la Ermita a rendir homenaje de gratitud a San Vicente y cuando salió, al cabo de un buen rato, en su ánimo se había aposentado firmemente el propósito de no abandonar jamás aquel lugar, tan solitario y tan bello. No quiso regresar con su comitiva a su palacio de Toledo, mandó repartir sus pertenencias entre las gentes de los alrededores, eligió una de las cuevas circundantes y se quedó a vivir para siempre en aquel lugar. Casilda vivió en aquella cueva, como un eremita, el resto de su vida, practicando la oración, el ayuno y la penitencia, dando ejemplo de sencillez y humildad. Su buena fama pronto se extendió entre los lugareños de la zona, que la profesaban cariño y admiración. Allí vivió hasta los sesenta años y su muerte causó consternación y dolor entre aquellas gentes, que decidieron construir una ermita al pie de la montaña, que sirviera de última morada a la princesa anacoreta.

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Resultó, siempre según la leyenda, que lo que construían durante el día, por la noche era trasladado misteriosamente a lo alto del risco. Los lugareños entendieron que el prodigio se debía a los deseos que, desde el cielo, les enviaba Casilda de reposar en aquel cerro y acabaron de construir la Ermita en todo lo alto. También la empezaron a venerar como Santa Casilda y la Ermita se convirtió en un símbolo espiritual a visitar y en una atalaya natural, desde donde el peregrino podía contemplar una gran extensión de tierras burebanas, rodeadas de montañas y protegidas por un cielo casi siempre azul.

En el siglo XVI Santa Casilda había adquirido fama de milagrera, fama que había trascendido la comarca, provocando la llegada de numerosos devotos que se acercaban en peregrinación o en romería a rezar ante la tumba de la princesa mora y pedirle, de paso, su intercesión, dejando muchos de ellos sus exvotos en agradecimiento a los favores recibidos de la santa. Ante tal afluencia de visitantes, sobre la misma ermita se erigió el Santuario que actualmente se puede visitar.
Casi enfrente, se levanto una hospedería (2) para albergar y atender a tanto peregrino, que hoy en día sigue funcionando y ofreciendo a sus huéspedes los extraordinarios productos gastronómicos de La Bureba, como las alubias, el lechazo, la morcilla, el queso o las delicadas almendras garrapiñadas.

La portada de la iglesia, obra de Nicolás de Vergara, es renacentista y en su interior, cubierto por una bóveda barroca, bellamente decorada, destaca el Altar Mayor con la imagen yacente de Santa Casilda sobre la urna que contiene sus reliquias, obra destacada del artista burgalés Diego de Siloé.
La festividad litúrgica de Santa Casilda se celebra el día 9 de abril, aunque los años en que cae dentro de la Semana Santa se traslada al 9 de mayo. Con este motivo se celebra una popular romería, que reúne alrededor del Santuario y de los pozos un gran número de burebanos y gentes de otras comarcas y regiones, que rinden devoto tributo a la Santa, patrona de La Bureba y protectora de los matrimonios sin descendencia.

Las romerías y las visitas de toda clase de gentes se suceden a lo largo de todo el año, especialmente durante la primavera y el verano. No resulta difícil ver ascender con los pies descalzos las escabrosas pendientes que conducen a la ermita, hombres y mujeres de todas las edades en cumplimiento de votos o promesas, o en agradecimiento por los favores recibidos. Tampoco escasean las excursiones organizadas, especialmente durante los fines de semana.
Sin duda, el Santuario de Santa Casilda se ha convertido en el centro espiritual de La Bureba, y su bello entorno en un atractivo reclamo turístico.

NOTAS:

(1) El Concejo de Salinillas de Bureba incliye los términos de Buezo y Revillalcón.
(2) La Hospedería ha sido restaurada y modernizada y está regentada por personas de la tierra.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2015

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LA MURALLA ACTUAL DE BURGOS. -Conservación y Ubicación-.

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A partir del siglo XIII Burgos se dota de una nueva muralla que  rodeara a los nuevos barrios que se iban creando fuera del castillo. Construida esta fortificación  prácticamente  el mismo año en  que se fundó la ciudad, en el 884, prolongando dos torres mandadas edificar inicialmente por Diego Porcelos, la ciudad de la acrópolis iba descendiendo el cerro hacia la vega del Arlanzón, por lo que era necesaria una nueva fortaleza que, a la vez protegiera, pero que también sirviera como separación fiscal con el medio rural, y así cargar con impuestos a los comerciantes visitantes, o incluso cerrar a la población respecto a epidemias externas.

Levantada con una gran altura defensiva y con materiales de cantería, en su arquitectura se alternaron las cortinas almenadas con los cubos semicirculares de refuerzo. La muralla gira  90 grados al llegar a la parte ahora mismo mejor conservada, la que coincide con la llamada de “los cubos” y que alterna también con el torreón de doña Lambra, y que sube a partir de ahí hacia la puerta de San Martín.

La muralla que hoy puede verse en estos tramos conservados, es una obra mandada realizar por Alfonso X el Sabio en torno a 1276, para la que se utilizaron materiales pétreos originarios de Hontoria y de Atapuerca, tardando en su realización más de un siglo.

Al finalizarse se concretaba y comunicaba por 12 puertas: San Martín (Arco de San Martín de Burgos), Judería, los Tintes, Santa Gadea, Santa María (Arco de Santa María de Burgos), las Carretas, San Pablo, San Juan, Margarita, San Gil, San Esteban (Puerta de San Esteban de Burgos) y el Castillo, así como con 93 cubos circulares, entre los que se encontraban los que se pueden ver aún hoy en el paseo de los Cubos y en la calle San Lesmes muy cerca del Puente de las Viudas. El hecho de que en esta parte de la ciudad puedan verse conservados los restos de esta muralla, responde al hecho de que en su mayor parte fue derribada para expander la ciudad y sus nuevas edificaciones entre los siglos XIX y XX.

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