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MAQUETA DEL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE RIOSECO. -Por Fernando de Miguel Hombría-.

EL MONASTERIO. (Pulsa)

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CASTROJERIZ Y EL CONVENTO DE SAN ANTÓN. —Por Francisco Blanco-.

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El Camino de Santiago discurre nada menos que durante 112 kilómetros por tierras burgalesas, por caminos y veredas que atraviesan viejos pueblos con mucha historia  que, con frecuencia, retrotraen al viajero a la época medieval de las grandes peregrinaciones que, desde toda Europa, se dirigían a visitar la tumba de Santiago, hallada en tierras gallegas. La villa burgalesa de Castrojeriz era, y sigue siendo, un paso obligado para los millones de peregrinos que hacen la Ruta Jacobea y que se ven obligados a atravesar el pueblo por su calle mayor, con una longitud de kilómetro y medio, aproximadamente. Pero para los que se decidan a visitarlo un poco detenidamente, el pequeño esfuerzo habrá merecido la pena, pues Castrojeriz es un pueblo cargado de arte y de historia y ofrece muchos atractivos a sus visitantes.

Pero mucho antes de que aparecieran los peregrinos por sus calles, estuvo habitado por el pueblo celtíbero de los vacceos, que estuvieron instalados en el centro de la Meseta Norte, ocupando territorios que actualmente corresponden a las provincias de Valladolid, León, Zamora, Salamanca, Segovia, Palencia y Burgos, lo que representaba, aproximadamente, el cincuenta por ciento de la superficie actual de Castilla-León, incluida la totalidad de la fértil “Tierra de Campos”.

Sus fronteras con los astures eran los ríos Cea y Esla, mientras que el Pisuerga los separaba de los belicosos cántabros, por los que fueron invadidos en más de una ocasión; el burgalés río Arlanza, hasta su unión con el Pisuerga, los separaba por el sur de los turmogos y los arévacos, otras dos tribus celtíberas. Asentamientos importantes fueron Rauda, (Roa de Duero, en la provincia de Burgos); Colenda y Coura, (Cuéllar y Coca en Segovia); Nivaria (Matapozuelos) y Tordesillas en Valladolid; Arbucala (Toro), en Zamora y Helmántica, (Salamanca). Su actividad principal fue la agricultura, adquiriendo gran desarrollo el cultivo del trigo y la cebada.

Los  vacceos se instalaron en la meseta hacia el siglo VI a. C. y fueron el pueblo celtíbero que mayor resistencia opuso a la ocupación  romana, aunque anteriormente habían sido invadidos por los cartagineses. Según el historiador Polibio, Aníbal conquistó Salamanca y Toro en el año 250 a. C.

El dominio romano no se consolidó hasta los tiempos del Emperador Octavio Augusto, en el año 29 a. C.

En Castrojeriz todavía quedan vestigios de los vacceos en el Cerro del Castillo, que domina el pueblo desde sus 900 metros de altitud. Fue fortificado por los romanos para defenderse de las incursiones de los belicosos cántabros, convirtiéndose el pueblo en un importante cruce de caminos, llamado Castrum Caesar.

Durante la época visigoda el poblado pasó a llamarse Castrum Sigerici, origen del actual nombre de Castrojeriz.

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La invasión musulmana de la península Ibérica, que se inicio en el año 711, se extendió rápidamente por todo el reino visigodo, provocando la despoblación de buena parte de la meseta central y la desertización de muchos territorios, a los que se les conoció como los “Campos Góticos”. Mucho más lenta fue la repoblación de estos territorios desertizados, que comenzó por las montañas cántabras y vascongadas, con los llamados “foramontanos”, aunque, por el sur, también se incorporaron numerosos grupos de cristianos que no quisieron integrarse en el Islám, conocidos como los “mozárabes”.

Hacia el año 884, procedente de Amaya, el conde Munio Núñez  recupera la plaza fuerte de Castrojeriz, emprendiendo de inmediato la reconstrucción de la ya semiderruida fortaleza romana, de la que aprovechó las murallas. El nuevo castillo, defendido por foso y barbacana, sufrió numerosos acosos sarracenos, debido a su estratégica posición, aunque también jugó un importante papel en los enfrentamientos que mantuvieron durante el siglo XII el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador, con su esposa Doña Urraca I de León y Castilla, la hija de Alfonso VI, en los que estuvo en juego, precisamente, la independencia de ambos reinos. Fue reconstruido en varias ocasiones durante los siglos XIV y XV, empezando a perder valor estratégico a medida que las fronteras musulmanas iban retrocediendo hacia el sur. En el año 1755 se vio seriamente afectado por el terremoto de Lisboa. Actualmente sus ruinas se han consolidado y pueden ser visitadas.

Siguiendo con la historia, en el año 974 el conde castellano García Fernández, el de las “Manos Blancas”, concedía fueros a la villa, conocidos como el “Fuero de la Caballería Villana”, en el que se propiciaba la creación de milicias populares para facilitar la defensa y la repoblación de los nuevos alfoces, obligándolas a mantener un armamento completo y en buen estado de revista, siempre listo para entrar en combate y frenar las aceifas árabes; además, al villano que poseyese una cabalgadura, se le permitía luchar al lado de los infanzones, que poseían el título de caballero, en un plano de total igualdad. Este fuero, que fue el primero que se concedió en Castilla, sirvió de pauta para los fueros posteriores.

En el 1131, el rey Alfonso VII, que se llamaba a sí mismo “El Emperador”, que también fue el impulsor de la fundación del cercano Monasterio de San Antón, incorpora definitivamente Castrojeriz a la corona de Castilla.

Ya en el siglo XV, Castrojeriz pasó a ser feudo de D. Diego Giménez de Sandoval, siendo rey de Castilla D. Enrique IV, también conocido como “El Impotente”, que le nombró Conde de Castrojeriz, aunque las buenas relaciones entre ambos se acabaron a partir de la batalla de Olmedo, en la que los castellanos derrotaron a los rebeldes Infantes de Aragón, que estaban obstinados en apoderarse de Castilla. Este noble castellano casó con doña Beatriz de Avellaneda, otra noble burgalesa, hija del señor de Gumiel de Izán y, posteriormente, este linaje se unió con los Manrique de Lara, descendientes de los Lara que siglos antes fundaran el Condado de Castilla.

El esplendor y la riqueza de Castrojeriz fue creciendo, sin duda, a medida que se consolidaba el Camino de Santiago, e iba progresivamente aumentando el número de peregrinos que se dirigían a visitar el sepulcro del Apóstol, y que tenían que atravesar el pueblo por su calle principal, conocida como “Calle Real”.

Antes de empezar a cruzarla, el visitante, sea o no peregrino, podrá admirar la colegiata de Nuestra Señora del Manzano, un templo del siglo XIII, cuyo estilo marca la transición del románico al gótico. Fue construida en el año 1214, a la muerte del rey D. Alfonso VIII, por su hija la infanta de Castilla, Doña Berenguela, que llegó a ser, tan sólo por un día, reina de Castilla y León, cediendo el trono a su hijo San Fernando.

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La colegiata primitiva constaba de una sola planta con tres naves con capillas laterales, sufriendo importantes reformas a los largo de los siglos siguientes, que llegaron hasta mediados del siglo XVIII, afectando tanto al exterior como al interior del templo. Lo más destacado de su interior es el retablo mayor, de estilo barroco, mandado construir en el año 1760 bajo la protección de los condes de Ribadavia. En él se pueden admirar magníficas representaciones de la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento de Cristo, la Presentación del Niño en el templo, el Niño entre los doctores y San Juan Bautista, realizadas por los más prestigiosos maestros pintores barrocos del momento, como Rafael Mengs, Francisco Bayeu y Salvador Maella. También, en una capilla, se encuentra la imagen de Nuestra Señora del Manzano, magnífica talla del siglo XIII, hecha en piedra policromada. En el baptisterio se halla un sepulcro gótico con los restos de Doña Leonor de Castilla, hija de los reyes de Castilla Fernando IV y Constanza de Portugal, que fuera  reina consorte de Aragón por su matrimonio con el rey Alfonso IV de Aragón. Fue encarcelada y ajusticiada en el castillo de Castrojeriz en el 1358,  por orden de su sobrino, el rey de Castilla Pedro I el Cruel

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Entrando por la calle mayor, el viajero se encontrará con la iglesia parroquial de Santo Domingo, perteneciente al arciprestazgo de Amaya. Se trata de un templo gótico con elementos platerescos, como su portada del siglo XVI. Su retablo mayor fue instalado en el siglo XVIII y es de estilo neoclásico. Actualmente se ha convertido en el “Centro de Interpretación Jacobeus”, dedicado al estudio y divulgación de la historia del “Camino de Santiago.

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También en la calle mayor se levanta la iglesia de San Juan, que es el patrono de la villa. Se trata de un templo-fortaleza construido entre los siglos XIII y XVI, en el que conviven el románico, el gótico y el plateresco. De su homogéneo conjunto destaca la esbelta torre militar de cinco cuerpos, rematada por otros cinco pináculos. En su interior, de tres espléndidas naves con crucero, sorprende el artesonado mudéjar y son igualmente de destacar una serie de tapices, ejecutados a partir de cartones pintados por Rubens, que fueron robados por los años setenta del pasado siglo y recuperados posteriormente. El retablo mayor, de estilo barroco, presidido por una imagen de San Juan Bautista, está formado por doce magníficas tablas flamencas, atribuidas a Ambrosius Benson.

Del monumental claustro del siglo XVI, con artesonado mudéjar, se conservan tres galerías con dobles columnas,  cuyos capiteles están decorados con cruces y motivos templarios. También aparecen los escudos de armas de los Gómez de Sandoval, los Castro y los Gallo, que fueron señores de esta villa, cuyos sepulcros se hallan repartidos por las capillas funerarias del templo.

Uno de los principales artífices de este magnífico templo, fue el arquitecto cántabro Rodrigo Gil de Ontañón, que también dejó su huella en las catedrales de Segovia, Plasencia y Salamanca. Actualmente, en el claustro se puede ver una pequeña exposición, con el nombre “De Castrojeriz a Brujas” sobre la historia de las relaciones existentes entre Flandes y los comerciantes castreños de la lana, que alcanzaron un gran apogeo a partir de la creación del Consulado del Mar por los Reyes Católicos. En ella se muestran también algunas tablas y tapices flamencos de los siglos XV y XVI.

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Todavía quedan en Castrojeriz algunos restos de iglesias y conventos, nacidos para prestar servicio al ingente número de peregrinos que lo atravesaban de forma incesante durante la Baja Edad Media, incluso durante la aguda crisis económica y social que acometió a España, agravada por la aparición de la temida “peste negra”, que diezmó la población indígena y atacó también a los peregrinos.

Nos vamos a referir  ahora al Convento-Hospital de San Antón, llamado así para honrar a San Antonio el Egipcíaco, un monje ermitaño del siglo III, que provocó un fuerte movimiento eremítico que tuvo muchos seguidores por toda Europa. Está  situado en las cercanías de Castrojeriz, una vez cruzado el arroyo Garbanzuelo.

Lo que ahora son imponentes ruinas que aparecen a la vista del viajero tras cruzar una no menos imponente arcada, fueron un convento gótico fundado en el año 1146 por Alfonso VII el Emperador, donde se estableció una de las dos Encomiendas que la Orden de los Antoninos, tuvieron en España (1). Se reconocían por llevar grabado en el hábito la letra griega “thau” en azul. Estos monjes, de origen francés los primeros, estaban dedicados al cuidado y protección de los peregrinos, especialmente de los enfermos, desarrollando una inmensa labor humanitaria durante varios siglos, hasta que el rey Carlos III de España suprimió el Convento en el año 1791, en el que la comunidad de monjes que quedaba pasó a integrarse en la Orden de San Juan de Jerusalén o de Malta (2), abandonando el complejo monástico, lo que provocó una rápida decadencia del mismo que duró hasta que, en el siglo XIX, durante la conocida como Desamortización de Mendizabal pasó a ser propiedad privada.

La actividad de los monjes del convento de San Antón estuvo centrada en la atención a los peregrinos, y muy pronto adquirieron una gran reputación como curanderos casi milagrosos, que trataban con éxito la conocida y temida “Sacer Ignis”, vulgarmente llamada el “Fuego de San Antón”, una especie de gangrena infecciosa que se extendía rápidamente por la piel, produciendo una insoportable quemazón a los que la contraían, produciendo además alucinaciones y hasta perdida de la razón, llegando, con mucha frecuencia, a causar la muerte del enfermo. Este temido “Fuego de San Antón” era provocado por el consumo de un hongo que alteraba las propiedades del centeno, al que se conocía como el “Cornezuelo del Centeno”. Lo combatían aplicando sobre las zonas afectadas diversos ungüentos hechos a base de flores y borraja y también con la ingesta de caldos reconstituyentes y algún que otro trago del vino de la tierra, siempre acompañado de un pedazo de pan de trigo, una medicina preventiva que recibían todos los peregrinos que se acogían a la hospitalidad del convento. Naturalmente, tampoco faltaba el ritual religioso a base de jaculatorias y rezos.

En la actualidad, gracias a generosas y desinteresadas iniciativas privadas y también a algunas subvenciones aportadas por la Junta de Castilla y León, las ruinas de San Antón se han consolidado, se ha llevado a cabo alguna reconstrucción y se ha puesto en marcha un nuevo “Hospital de Peregrinos”, perfectamente acondicionado.

Mucho trabajo ha costado, pero aquella ruinosa y desoladora imagen que sobrecogía el ánimo del visitante que acudía a contemplar este histórico Convento, ha dado paso a otra muy diferente, de ilusión y confianza.

NOTAS 

La segunda estaba situada en Olite (Navarra)

La Orden de San Antón fue fundada en Francia el año 1093 

Autor: Paco Blanco.

MONASTERIO DE RODILLA: EL CASTILLO Y NUESTRA SEÑORA DEL VALLE. -Por Francisco Blanco-.

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El pueblo de Monasterio de Rodilla, perteneciente al partido judicial de Briviesca, está situado en la  antigua  calzada romana, conocida como “Vía Aquitania” que iba de Burdeos a Astorga, construida durante el siglo I antes de Cristo, en tiempos del Emperador Augusto, con motivo de las campañas militares que emprendió contra cántabros y astures, que ya se cita en el “Itinerario de Antonino”. Con anterioridad existió la ciudad autrigona de Tritium Autrogonium, mencionada por Plinio el Viejo en su “Historia Natural”. En el alto de Rodilla todavía quedan restos arqueológicos de esta ciudad y de la necrópolis de Fuentesanz. Otros restos se encuentran en el Museo Arqueológico de Burgos.

Sobre unas impresionantes rocas, a más de 1000 metros de altitud, se mantienen las ruinas de un castillo defensivo medieval del siglo X, construido en tiempos del conde Diego Porcelos que, junto con los de Urbel y Pancorbo, constituían una fuerte línea defensiva que protegía los nuevos territorios que se iban construyendo a medida que se iban colonizando por gentes llegadas de Cantabria y de Vasconia.

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Tras el asesinato en León del conde García Sánchez, el año 1028, estos territorios pasaron a poder del rey de Navarra Sancho III el Mayor, tío del conde asesinado por su matrimonio con su hermana Doña Muniadona. García III, el primogénito de Sancho III, los heredó a la muerte de su padre, herencia que desencadenó una guerra entre hermanos en la que su hermano Fernando, que había recibido en herencia el Condado de Castilla, resultó vencedor en la batalla de Atapuerca, ocurrida en el año 1048, recuperando así los territorios castellanos que se había anexionado Navarra. El navarro Lope Fortún, por entonces señor de la fortaleza, tuvo que abandonarla y regresar con sus seguidores a Pamplona.

En el siglo XIV, perdido ya su valor estratégico, pasó a incrementar las inmensas propiedades de los Velasco, pasando posteriormente por diferentes manos.

Actualmente se pueden ver restos de la torre del homenaje y de los muros de las murallas, que conservan  algunos cubos. Desde su torre el horizonte se ensancha hasta el infinito, ofreciendo una inmensa y atractiva perspectiva de las fértiles tierras burebanas. En 1949 fue declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Castillos, aunque en la actualidad su estado puede calificarse de ruinoso, figurando en la lista negra de “Castillos del Olvido”

A sus pies se encuentra el pueblo y, en el Barrio de Arriba, se puede admirar, perfectamente conservada y restaurada,  otra de las joyas del románico burebano, la iglesia de Nuestra Señora del Valle, construida durante la segunda mitad del siglo XII. Se encuentra apartada del resto del caserío, en un verde valle rodeado de montañas y su contemplación produce al visitante una plena sensación de paz y de quietud.

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Se trata de una iglesia de una sola nave y su exterior es de una impecable y airosa figura, con muros de piedra de sillería, decorados con numerosas esculturas, en las que predominan los temas animales y vegetales. Consta de dos tramos con bóvedas de medio cañón, acabando uno de ellos en un original ábside de planta semicircular, con tres grandes arcos murales ciegos, sostenidos por capiteles, en los que se pueden apreciar leones y basiliscos, muy tradicionales en el bestiario románico. En el otro tramo se yergue la airosa torre del campanario, dominando todo el conjunto del templo, con dos huecos para las campanas en cada uno de los lados, formados por arcos de medio punto sostenidos por dos columnas con capiteles.

La portada se encuentra en el lado norte y es de una sorprendente perfección plástica. Bajo un tejadillo sostenido por delicados canecillos se ven tres arcos de medio punto con archivoltas y cenefas ajedrezadas, sostenidos por cuatro columnas con capiteles. Tanto la portada, como el ábside y los muros, están jalonados por diferentes motivos escultóricos, entre los que se pueden encontrar águilas, dragones, nereidas, perros, leones y figuras humanas mostrando sus oficios, como herreros, carpinteros o músicos.

En el interior destaca la armonía del conjunto, los capiteles muestran restos de su primitiva policromía y el falso crucero del primer tramo destaca por sus cuatro arcos torales con sus pechinas,  que le confieren un aspecto circular y constituyen la base de la torre campanario.  A ambos lados de este falso crucero aparecen dos nichos o absidiolos, protegidos por baldoquinos que se apoyan sobre frontones triangulares sostenidos por dos columnas, que se utilizaban como altares para las celebraciones religiosas. En junio de 1936 fue declarada Bien de Interés Cultural (BIC) por la II República Española.

Muy cerca, en el mismo Barrio de Arriba, se puede visitar también la iglesia de Santa Marina, de estilo tardo gótico, que se construyó sobre los restos de una ermita románica anterior. Abandonada durante muchos años, actualmente se ha reconvertido en una Exposición sobre el Camino de Santiago que utilizaban los peregrinos que entraban por la Vía de Bayona.

Dominando el pueblo se encuentra el Puerto de La Brújula, de 981 metros de altitud, por el que discurre el tráfico de la N-1 entre Burgos y el País Vasco y donde la Sociedad Neo Energía ha instalado un importante complejo eólico, formado por cuatro parques con un total de  81 aéreo-generadores, que han conferido a este paisaje tradicional castellano un aspecto insólito y futurista, un poco sobrecogedor y extraterrestre.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2015

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EL CASTILLO DE LARA. -Por Francisco Blanco-.

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Desde la ermita visigótica de Nuestra Señora de las Viñas (1), sobre la cima de un cercano castro con más de mil metros de altura, se divisan, nítidos y famélicos, los pétreos harapos que forman las ruinas de lo que fue la fortaleza de los Lara, señores de un extenso territorio, que a partir del año 932, en el que Fernán González, que ya era conde de Lara, se convirtió además en Conde de Castilla, fue adquiriendo un gran peso político y administrativo sobre un vasto territorio que abarcaba toda la actual provincia de Burgos y parte de las de Cantabria, Álava, Vizcaya, La Rioja, Palencia y Soria, embrión de lo que más adelante se convirtió en el Reino de Castilla. La cercana localidad de Lara de los Infantes, fundada en el año 902 por Gonzalo Fernández, el padre de Fernán González, fue durante algún tiempo la cabeza visible de estas “Tierras de Lara”.

De esta ermita visigótica afortunadamente se conservan en perfecto estado de revista la cabecera y el crucero, restos de la que tal vez fue la última basílica construida en España por los visigodos allá por el siglo VII. Está enclavada en la pequeña aldea de Quintanilla de las Viñas, perteneciente a la localidad de Mambrillas de Lara, justo a los pies del citado castro, en un terreno actualmente convertido en un pequeño páramo, pero en el que, por aquellos lejanos tiempos, abundaban los árboles y los arbustos, sobresaliendo el zumaque, cuyo fruto tiene una cierta semejanza con el melocotón; también es posible que existieran viñas, pues los visigodos fueron unos grandes implantadores y conservadores de cepas. Desde luego, en la magnífica iconografía que se puede admirar, tanto en el exterior como en el interior del templo, las viñas y los zarcillos de vid intercalados constituyen uno de los motivos principales de su espléndida ornamentación.

En el siglo X el castillo de Lara ya estaba habitado por los Lara, mientras que la ermita se había convertido en un monasterio femenino cisterciense, regido por una abadesa y jurisdicionalmente dependiente del cercano monasterio de San Pedro de Arlanza, contando además con la protección de la condesa Muniadona, es decir, la madre del conde Fernán González.

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Muchos fueron los acosos que tuvo soportar el castillo, antes de que las fronteras del Alfoz de Lara se consolidasen y los árabes replegasen sus fronteras hasta el otro lado del Duero. Las expediciones más violentas y feroces se produjeron, primero por parte del ambicioso califa omeya Abderramán III durante las primeras décadas del siglo X, hasta que, en el año 939, una coalición cristiana formada por los reyes de León y Pamplona, Ramiro II y García Sánchez I, a los que apoyaban las tropas de los condes castellanos Ansur Fernández y Fernán González, le derrotaron en la histórica batalla de Simancas. Después, tras el periodo de calma que supuso el reinado de Alhaken II, apareció el feroz e invicto Almanzor, que realizó, durante la segunda mitad del siglo X, nada menos que 56 incursiones victoriosas por territorios cristianos, siendo las plazas fuertes de León y Castilla sus víctimas favoritas, que fueron sometidas con frecuencia al asedio y al saqueo.

A partir del siglo XIII la propiedad del castillo tuvo diferentes alternativas, pasando a manos de la realeza y de otras familias de la nobleza castellana, como los Cartagena (2), hasta que, en el siglo XV, se impuso la autoridad de los Reyes Católicos y la alcaldía del Castillo de Lara recayó sobre el Corregidor de Burgos, cargo que nombraba la propia corona. Pero, para entonces, la decadencia del Castillo había comenzado de forma inexorable, hasta alcanzar en el siglo XVI, según un informe elaborado por el maestro Pedro de Castañeda(3), un estado de auténtica ruina.

El Castillo-fortaleza, ahora convertido en ruinas, estaba defendido por una doble muralla con foso y puentes levadizos para su acceso; lo configuraban seis torres defensivas dominadas por la torre del homenaje de cuatro alturas, donde habitaban los condes con su servidumbre.

Sin embargo, los orígenes de este castro, enclavado en lo más alto de la Sierra de Peñalara, hay que buscarlos en la Edad de Hierro, en la que se produjeron los primeros asentamientos humanos, es de suponer que a causa de su alto valor estratégico, que permitía a sus moradores dominar el desnudo y semidesértico páramo que se extendía a sus pies. En el Castillo-fortaleza y sus alrededores se han encontrado numerosos restos de otros pobladores, especialmente celtíberos, de los que quedan algunas necrópolis; romanos, como prueba la existencia de una cercan calzada; y visigodos, que dejaron el artístico y valioso regalo de la singular ermita de Nuestra Señora de las Viñas del siglo VII, ya citada anteriormente.

En la actualidad creo que existe una recogida de firmas con el objetivo de presentar a la Junta de Castilla y León una petición para que se elabore un proyecto sobre una posible restauración de la Torre de Lara, que fuera la principal insignia de Castilla durante los primeros años de la Reconquista. No se puede olvidar tampoco, que dicho castillo fue donado el año 1255 a la ciudad de Burgos por el rey de Castilla D. Alfonso X y que es uno de los tres castillos que figuran en el escudo de la ciudad, sobre la cabeza coronada del rey. Los otros dos son el de Muñó y el de Cellorigo.
No podemos por menos que desear que se cumplan felizmente los objetivos de dicha iniciativa, a mayor gloria de Burgos y de las Tierras de Lara.

NOTAS:

(1) La ermita de Quintanilla de las Viñas fue declarada Monumento Nacional en el año 1929 y sometida a una rigurosa restauración después de una larga etapa de total abandono.
(2) Los Cartagena descienden de Pablo de Santamaría, un judío converso conocido como “El Burguense”, que vivió entre los siglos XIV y XV; fue consejero de Enrique III y obispo de Burgos y Cartagena.
(3) Pedro de Castañeda es un pintor poco conocido del siglo XVI, que falleció en 1557. Tuvo taller propio en Alcalá de Henares y se sabe que anduvo por Segovia estudiando sus iglesias y decorando algunas. No existe documentación de su paso por Burgos.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, abril 2016

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LA TORRE DE FERNÁN GONZÁLEZ Y LA LEYENDA DE DOÑA URRACA. -Por Francisco Blanco-.

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Urraca, nombre femenino posiblemente de origen egipcio, introducido en España por los árabes, fue utilizado muy frecuentemente durante toda la Edad Media por damas pertenecientes a la realeza y a la más alta nobleza. Son numerosas las Urracas que fueron reinas, infantas o condesas de Asturias, León, Castilla, Aragón y Navarra, en calidad de esposas, madres e hijas, sin hablar de hermanas, sobrinas o primas, cuya relación sería interminable. Tal vez la más antigua documentalmente citada en “La Primera Crónica General” sea la doña Urraca esposa del rey Fruela II de Asturias, con el que casó en segundas nupcias hacia el 917, siendo reina consorte hasta la muerte de su marido, ocurrida el año 924. Pero si escarbamos en la historia de León, Castilla o Navarra, el nombre de Urraca asociado a la realeza lo encontraremos con profusión.

Hacia el año 932, el conde Fernán González de Castilla contrae matrimonio con Doña Sancha Sánchez de Pamplona, hija de los reyes de Navarra Sancho Garcés I y Toda Aznárez. Para la infanta navarra este era su tercer matrimonio, pues anteriormente se había casado con el rey Ordoño II de León, del que fue su tercera esposa y con el que no tuvo descendencia, enviudando el año 926. Hacia el año 930 volvió a contraer matrimonio con el conde alavés Álvaro Herraméliz, con el que tuvo dos hijos, Herramel y Fortún Álvarez, que se educaron y vivieron en la corte leonesa. El conde Herraméliz, que ostentó las tenencias de Álava y Lantarón, murió a finales del año 931 combatiendo al lado del rey Alfonso IV de León, que luchaba por recuperar el trono que había cedido a su hermano Ramiro II.

Su tercer matrimonio con el conde castellano fue bastante prolífico, pues nacieron siete hijos, cuatro varones y tres hembras por el siguiente orden: Gonzalo Fernández; Sancho Fernández; Munio Fernández; Garci Fernández, también conocido como el de las “Manos Blancas”, quien en el año 970, a la muerte de su padre, se convirtió en el nuevo Conde de Castilla; Urraca Fernández, la primera mujer, casada también en tres ocasiones con tres reyes: Ordoño III y Ordoño IV de León y Sancho Garcés II de Pamplona, teniendo descendencia con los tres, hasta un total de ocho hijos; Muniadona Fernández y Fronilda Fernández.

Doña Sancha falleció hacia el año 962 y sus restos mortales recibieron sepultura en el Monasterio burgalés de San Pedro de Arlanza, recién construido bajo la protección de su marido “El Buen Conde”, como ya se le llamaba. Fernán González contrajo un nuevo matrimonio hacia el año 964, esta vez con la infanta navarra Urraca Garcés, hija del rey Sancho Garcés II de Pamplona y su esposa Andregoto Galíndez, de este desposorio solamente nació un hijo varón, Pedro Fernández, que fue tenente de La Bureba.

Una de las grandes tareas que emprendió el Buen Conde para proteger y consolidar el emergente Condado de Castilla, que nació rodeado de poderosos enemigos por casi todos los puntos cardinales, fue levantar una línea de fortificaciones a lo largo de la ribera derecha del Arlanza, principal línea fronteriza por el Sur de la tierra de los Lara, destinada a proteger su territorio de las incursiones y acometidas del belicoso Abd-al Rahman III.

De todas estas Torres-fortaleza, la mayoría de las cuales han desaparecido o se encuentran en un estado ruinoso lamentable, destaca la de la villa condal de Covarrubias, que se podía considerar como la capital del condado de los Lara. Erigida hacia el año 942, se trata de un construcción mozárabe de carácter defensivo con planta y tronco piramidal de cuatro alturas, con estrechas saeteras en los pisos superiores. La puerta de entrada, formada por un arco mozárabe de herradura, es de gran tamaño y se encuentra situada a una altura considerable del suelo; se podía acceder a ella mediante una escalera de madera protegida por una tronera, que únicamente podía retirarse desde el interior de la torre. Posteriormente, en el siglo XII, alrededor del torreón se levantó el palacio amurallado del Infantado de Covarrubias, donde pasó a residir la abadesa del cercano monasterio de San Cosme y San Damián, que era al mismo tiempo Señora del Infantado con un gran poder jurisdiccional sobre un amplio territorio.

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Este Torreón de Covarrubias se convirtió en uno de los primeros símbolos de Castilla, pues el conde Fernán González lo utilizaba como emblema en sus pendones, en forma de torreón trapezoidal dorado sobre un fondo de color pardo, figurando siempre a la cabeza de sus huestes.

A partir del siglo XVIII, además de cómo Torreón de Fernán González, se le empezó a conocer también como el “Torreón de Doña Urraca”. La Leyenda se entremete de nuevo en la Historia y la fantasía y la realidad se entremezclan, dando pie a numerosas leyendas que pronto adquieren un gran arraigo popular. Este es el caso de la “Leyenda de la Infanta Doña Urraca”, de la cual existen versiones para todos los gustos. La más difundida y aceptada, aunque posiblemente no sea la más veraz, gira en torno a la figura de Doña Urraca Fernández, hija de Fernán González, que parece se negó a cumplir los deseos de su padre que la quería desposar con el rey de León para, de esta forma, establecer un lazo de sangre que mejorara las relaciones entre castellanos y leoneses, a la sazón bastante tirantes. La negativa de la infanta, quien según la leyenda estaba enamorada de un joven pastor de Covarrubias, enfureció al conde, que la hizo encerrar en el Torreón. Esta leyenda tiene pocos visos de ser real, pues históricamente está demostrado que Urraca Fernández contrajo matrimonio no con uno, sino con tres reyes, dos leoneses y un navarro.

Otro dato a tener en cuenta para intentar averiguar la verdadera identidad de la Urraca emparedada, es que el Infantado de Covarrubias lo creó el conde García Fernández, hijo de Fernán González, con el principal objetivo de dotar a su hija Urraca García, quien desde niña manifestó muy claramente una decidida vocación religiosa. Su Carta Fundacional está fechada el 24 de noviembre del año 978 y en la solemne ceremonia inaugural estuvieron presentes los miembros de la familia condal castellana y los de la familia real de Pamplona, además del obispo de Burgos, once abades, cinco presbíteros, veintiún monjes ermitaños y numerosos miembros de la nobleza castellana.

Esta religiosa infanta, perteneciente a la orden de San Benito y abadesa de la primitiva Colegiata de San Cosme y San Damián, que posiblemente refundara durante el siglo X su tía Doña Urraca, una supuesta hermana de Fernán González, sobre los restos de una iglesia visigótica-no hay que olvidar que Covarrubias fue fundada por el rey godo Chindasvinto durante el siglo VII-, resultó ser una excelente administradora, que hizo prosperar económicamente el Infantado, convirtió la Colegiata en uno de los principales centros espirituales y políticos de Castilla y ejerció como principal consejera política de su padre y después de su hermano Sancho García el de “los Buenos fueros”, que por cierto estaba casado con Urraca Gómez, hija del poderoso conde palentino de Saldaña Gómez Díaz. Finalmente, en el año 1029, tras el alevoso asesinato en León de su sobrino el conde García Sánchez, cuando iba a contraer matrimonio con la hija del rey leonés, asumió la regencia del condado de Castilla hasta que su cuñado, el rey navarro, Sancho III el Fuerte, se hizo con todo el poder. Las noticias documentales sobre la infanta-abadesa desaparecen en el 1032, aunque algunos historiadores datan la fecha de su muerte en el año 1039, asesinada según parece, aunque se desconoce por completo la identidad del supuesto asesino, ni la forma cómo se cometió el crimen. Naturalmente existen teorías, no convertidas en leyendas, que apuntan a su sobrino Fernando Sánchez como posible autor o inductor de este crimen de estado y apuntan también a que los últimos años de su existencia los pasó encerrada en el Torreón.

Sus restos mortales recibieron sepultura bajo el altar mayor de la Colegiata, en un modesto sepulcro identificado por un epitafio en el que figura su nombre y donde sigue encontrándose actualmente.

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Fernando Sánchez era el segundo hijo del rey navarro Sancho III el Mayor, casado con doña Muniadona, hermana de la abadesa doña Urraca. En el año 1029, tras el asesinato en León del joven conde García Sánchez, su padre le nombró conde de Castilla, pero como sólo contaba 13 años de edad su tía la abadesa se hizo cargo también de la regencia del condado castellano, aunque el poder lo siguió ejerciendo el rey navarro, hombre de gran ambición y pocos escrúpulos que, entre otras cosas, anexionó a Navarra una buena parte del territorio del condado de Castilla. Pues bien, Fernando Sánchez, que ha pasado a la Historia como Fernando I el Grande, Rey de León y Conde de Castilla, heredó, tal vez aumentado, el carácter ambicioso y guerrero de su padre, pues en dos memorables batallas, de las que salió vencedor, la de Tamarón en el 1037 y la de Atapuerca en el 1054, consiguió, en la primera quitarle el reino de León a su cuñado Bermudo III y, en la segunda, recuperar ampliados los territorios castellanos que se habían anexionado los navarros y que, a la muerte de su padre, habían pasado a las manos de su hermano primogénito, García Sánchez III. Por cierto que en dichas batallas perdieron la vida tanto su cuñado como su hermano.

Todavía se baraja el nombre de alguna otra doña Urraca como posible protagonista de la leyenda, pero la inconsistencia de los datos históricos las invalida a todas. Lo más probable, históricamente hablando y teniendo en cuenta que pasaron varios siglos antes de construirse la legendaria historia de Doña Urraca, es que la leyenda sea la consecuencia de una interpretación errónea de los documentos de la época que se utilizaron, poco fiables pues en ellos no se acostumbraba a mencionar los apellidos ó patronímicos de las numerosas Doña Urraca que han sido, de una u otra forma, protagonistas de nuestra Historia.

Autor: Paco Blanco, Barcelona marzo 2016

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MONASTERIO DE SANTA CLARA EN MEDINA DE POMAR. -Por Francisco Blanco-.

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En el año 1212 San Francisco y su discípula Santa Clara fundaban en la iglesia de San Damián de Asís (1), la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara, que han acabado conociéndose como las Clarisas. Pero en el año 1215 el Concilio de Letrán prohibía la creación de nuevas Órdenes religiosas, de modo que para poder procesar tuvieron que acogerse a la Orden de San Benito, que aceptaba  el título de Abadesa, el cual llevaba implícito el derecho a tener numerosas propiedades bajo su jurisdicción, recibir herencias, donaciones y privilegios, e incluso cobrar diezmos e impuestos de portazgo, montazgo, etc., todo ello en frontal contradicción con su riguroso voto de pobreza. Contradicción que solucionó Santa Clara en el año 1216 pidiendo y obteniendo del papa Inocencio III el “privilegio de la pobreza” para su nueva Regla, por el que renunciaban para siempre a disfrutar de rentas o poseer propiedades, creando un estilo de vida de retiro y austeridad, que se hizo común al resto de monasterios que se fueron fundando.

Esta nueva Regla, conocida como la Regla de Santa Clara, o Segunda Regla, fue aprobada por el papa Urbano IV en 1263 y es la Regla que las clarisas han venido observando, salvo algunas excepciones y algunas pequeñas variaciones que han surgido a lo largo de los siglos, incluyendo, todo hay que decirlo, a partir del siglo XV alguna relativa relajación que se apoderó de la vida de algunos conventos y monasterios, tanto de frailes cómo de monjas. En la mayoría de los numerosos conventos de Clarisas que existen en España se practica la Regla de Santa Clara aprobada por el Papa Urbano IV, también existen las Clarisas Coletinas o Descalzas, las Clarisas Urbanistas y  las Clarisas Capuchinas.

Curiosamente, la escritura de fundación del Monasterio de Medina de Pomar se realizó en Baeza, provincia de Jaén, el 11 de enero de 1313, a instancias de D. Sancho Sánchez de Velasco, Adelantado Mayor de Castilla, y de su mujer Doña Sancha García,  durante el reinado de Alfonso XI, Esta escritura, que se conserva en el archivo del Convento, decía lo siguiente: “facemos en Medina de Pumar en un heredamiento nuestro que compramos con nuestros dineros que es cerca de la iglesia de San Millán de la dicha Medina un Monasterio de Santa Clara…………..”

La intención de los fundadores era destinar el Monasterio a Panteón Familiar, donde pudieran reposar para siempre los miembros de la ilustre familia de los Velasco. Deseo que se cumplió, pues salvo D. Pedro Fernández de Velasco, primer Condestable de Castilla y su esposa Doña Mencía de Mendoza, que tienen su propio enterramiento en la Capilla de los Condestables de la Catedral de Burgos, el resto de los Velasco, tienen su propio monumento funerario dentro de este recinto monástico. Finalmente, el proyecto se convirtió en Iglesia, Monasterio y Panteón, desarrollándose a lo largo de los años, hasta quedar concluido en 1532.

La comunidad siempre estuvo integrada por  monjas clarisas de clausura, siendo su primera dotación de veinticuatro dueñas de velo prieto”, o veinticuatro monjas de velo negro, que Doña Sancha, la fundadora, en 1321 amplió a treinta. En la actualidad se ha convertido en un interesante complejo monástico de gran valor artístico y cultural, que vale la pena visitar.

Para los viajeros sin prisa dispone de una Hospedería, instalada en una construcción del siglo XVIII, en la que estaban las viviendas del personal auxiliar del Monasterio, como el capellán, las sirvientas y los colonos, modernamente reformadas, situada en un bello y silencioso paraje, que invita al descanso y la contemplación de un sitio lleno de historia y cargado de arte.

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La iglesia es de estilo gótico con presbiterio barroco y consta de una sola nave, con macizos pilares que soportan las bóvedas de crucería. Su interior es de gran luminosidad y está dividido en tres tramos, el primero es el más ancho, destacando los escudos de los Velasco, el segundo es posterior, añadido en el siglo XV y el tercero, que incluye la cabecera, pertenece al siglo XVII.

En los laterales se levantan las diferentes capillas; en la primera de estas capillas, a la derecha de la nave, se encuentra el Cristo de las Cinco Llagas, de la escuela castellana del siglo XVII, cuyo autor posiblemente fuese el escultor vallisoletano Gregorio Fernández, que ya había realizado otro similar para el Monasterio de Santa Clara de Lerma.

También en este lado se encuentra la Capilla de la Concepción, una de las más notables, a la que se accede por una monumental y artística reja de entrada, obra del famoso rejero burgalés Cristóbal de Andino (2). La mandaron construir D. Bernardino Fernández de Velasco y su esposa Doña Juana de Aragón, continuando la obra, primero su sobrino D. Pedro Fernández de Velasco y, finalmente, su hermano D. Íñigo Fernández de Velasco, que se hizo cargo del resto de la obra, hasta que se finalizó en 1532. Es de planta cuadrangular, que se convierte en octogonal mediante unas bóvedas en forma de conchas. Bajo una de estas conchas se puede admirar un monumental escudo de los Velasco.

El retablo renacentista es obra de Felipe de Bigarny y el burgalés Diego de Siloé, en él aparecen las estatuas de San Andrés, San Mateo, Santiago el Menor y Santiago el Mayor. La figura central de este retablo es la Virgen con el Niño sobre sus rodillas, rodeada de llamas y rayos, magnífica muestra del gótico flamígero. Todo este retablo destaca por su esmerada y dorada policromía. Una pequeña puerta plateresca da acceso a la sacristía, en la que destaca su esbelta bóveda estrellada, igualmente de estilo gótico flamígero.

En el segundo tramo se encuentran cuatro capillas simétricas cubiertas por bóvedas de crucería y con grandes ventanales en los muros; la primera capilla de la izquierda está dedicada a San Bernardino de Siena y la segunda a Santiago Apóstol, en ésta se encuentran tres sepulcros adornados con los escudos de los Velasco, con una leyenda que dice: “Aquí yacen Sancha, Juan y Diego, hermanos, que fueron hijos de Juan de Velasco, camarero Real y María Solier, señores de esta villa, los cuales fallecieron niños”.  

En el lado derecho hay una capilla dedicada a San Luis de Tolosa y la siguiente a San Antonio de Padua, en la que  hay una puerta que comunica con la clausura, por la que las monjas penetraban en el templo para acudir a los servicios religiosos; ambas capillas están decoradas con blasones de los Velasco.

El tercer tramo, o cabecera, corresponde a la Capilla Mayor, con tres retablos barrocos bañados en pan de oro. El más interesante es el Retablo Central, instalado en el siglo XVIII, en el que aparecen las estatuas de San Miguel Arcángel, San José, Santa Coleta, Santa Inés, la hermana de Santa Clara, y en la hornacina principal, presidiendo todo el conjunto, la de Santa Clara de Asís, luciendo sus atributos: el báculo y la custodia.

En su parte inferior se encuentra El Tabernáculo, un relicario de 206 celdillas dentro de un expositor al que se le conoce como “El Manifestador de la Paloma”, sobre el que se coloca la custodia en las solemnes exposiciones del Santísimo, que tan sólo se muestra al público tres veces al año, el 11 de agosto, festividad de Santa Clara; el Jueves Santo y el Corpus Cristi.

Posteriormente, en el mismo siglo XVIII, en el lado de la Epístola se instaló el retablo de San Francisco de Asís y en el del Evangelio el de San Juan Evangelista, ambos de menor tamaño.

El coro alto está cubierto por tres bóvedas de crucería de estilo gótico del siglo XVI. Su decoración es muy austera, destacando la sillería de nogal, formada por 106 sillas de las cuales en dos de los respaldos están tallados con los escudos de los Velasco y los Tovar, luciendo el Toisón de Oro y en el medio una silla abacial con la imagen de Santa Clara. También dispone de un pequeño retablo del siglo XVIII, con numerosas reliquias y las figuras de San Pedro Regalado, Santa Clara, San José y la Virgen de Trapani.

De uno de sus muros cuelga un Cristo en la Cruz, de madera sin policromar, atribuido a Felipe de Bigarny.

Lo más destacable es el frontis, con dos artísticas rejas y un cuerpo central con el mausoleo de D. Íñigo Fernández de Velasco y su esposa Doña María Tovar, labrado magistralmente  en alabastro; en su parte central aparecen las figuras de los duques de Frías, mirando de frente y en actitud orante; encima de las figuras, presidiendo el frontis, un policromado escudo familiar, enmarcado por dos candelabros unidos por un cordón. Este espectacular frontis se lo encargó D. Pedro Fernández de Velasco, hijo de los enterrados, al famoso escultor Felipe de Bigarny.

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Para acceder al coro hay que pasar por la cratícula, llamada así por disponer de un ventanuco con reja por el que las religiosas recibían la comunión cuando asistían a la misa desde el coro. Se trata de una sala con un techo artesonado renacentista, en el que se lee el monograma “Jesucristo Salvador de los Hombres”. Actualmente se exhiben varias vitrinas conteniendo objetos domésticos antiguos, de los que usaban las monjas que habitaban el Monasterio, como floreros, cuencos, jarrones, braseros, etc.

El claustro, de estilo gótico tardío, es del siglo XVI y de acuerdo con los preceptos canónicos, está adosado a la iglesia por su lado sur; en principio sólo disponía de una planta, cubierta por bóvedas de crucería y arcos de medio punto, sobre columnas decoradas con capiteles florales, especialmente con granadas abiertas recordando la reciente conquista de Granada, la decoración se completa con ménsulas. Posteriormente, seguramente para solucionar problemas de espacio, se le añadió otro superpuesto, de estilo renacentista, con techo de vigas de madera y arcos escarzados.

Desde el claustro, como era habitual en los monasterios de clausura, por su lado este se puede acceder a la Sala Capitular, que como su mismo nombre indica, está destinada a que toda la comunidad se pueda reunir en ella para celebrar capítulo o asamblea general, requiere, por tanto, de holgadas dimensiones y nutridas bancadas, donde las monjas se sentaban siguiendo un riguroso orden de antigüedad, aunque la presidencia correspondía a la priora o abadesa. También, durante muchos años, sirvió de enterramiento a las religiosas que pasaban a mejor vida.

La historia de este monasterio sin duda tiene un alto interés artístico y arquitectónico, destacando la puerta, enmarcada en un arco rebajado, apoyado sobre ménsulas con adornos entrelazados de indudable origen mozárabe. La techumbre es de un artesonado decorado con molduras semicirculares con cruces en su interior, predominando los colores rojos, azules y dorados, que proporcionan a esta Sala un aspecto deslumbrante, que sorprende al visitante. Por debajo del artesonado, recorren toda la estancia dos cenefas decoradas con diferentes escudos.

También vale la pena visitar en Museo de los Condestables, situado en lo que fuera la Cripta o Pudridero, en el que permanecían los cuerpos amortajados de las religiosas fallecidas antes de recibir sepultura. Consta de ocho huecos en los que actualmente se exponen vitrinas con objetos sagrados y también profanos, como cálices, hostiarios, ropas litúrgicas, cofres, pergaminos, sellos y también muchos relicarios.

Lo más destacable que el visitante encuentra en esta sala es un impresionante Cristo Yacente del siglo XVII, una de las mejores obras del escultor Gregorio Fernández, se trata de una talla en madera de nogal policromada, dotada de gran realismo gracias a la utilización de algunos postizos de marfil, cristal, corcho y resina.

De sus paredes cuelgan algunas tablas flamencas de los siglos XV y XVI, destacando La Adoración de los Reyes Magos y La Sagrada Familia con Santa Ana. Finalmente, en un lugar destacado de la sala, preside el Museo un Cristo de Lepanto de ébano y marfil, que fuera bendecido para participar junto a los cristianos en la Batalla de Lepanto, regalo de Felipe II al XI Condestable de Castilla D. Juan Fernández de Velasco y Tovar, V duque de Frías, IV marqués de Berlanga, VII conde de Haro, gobernador del Milanesado y presidente del Consejo de Italia. El crucifijo posiblemente sea obra del famoso escultor italiano Benvenuto Cellini.

Todo el impresionante complejo que integra el Monasterio de Santa Clara de Medina de Pomar fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC) en abril de 1992. Se puede visitar durante todo el año, excepto los domingos por la tarde y los lunes. También existen visitas guiadas para grupos.

NOTAS:

(1) A la iglesia de San Damián de Asís, muy cercana a Asís, ya acudía a orar San Francisco en el año 1206, años más tarde la frecuentaban también Santa Clara y sus primeras seguidoras, a las que, en el año 1212, el obispo Guido autorizó a utilizar la iglesia y sus dependencias para llevar en ellas la vida de oración y retiro que querían practicar.
(2) El rejero, platero y arquitecto Cristóbal de Andino (Burgos 1480-1543), era hijo del también rejero Pedro de Andino y eran originarios de La Bureba. Realizó importantes obras para las catedrales de Burgos, Palencia, el convento de San Francisco de Medina de Rioseco y el Monasterio de Santa Clara de Medina de Pomar. Diseñó su propio sepulcro y el de su mujer, Catalina de Frías, de gran belleza, que todavía se puede ver en la iglesia de San Cosme y San Damián. También colaboró en el diseño del Arco de Santa María de Burgos.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2015.

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EL MONASTERIO DE SAN PEDRO DE ARLANZA Y FERNÁN GONZÁLEZ. -Por Francisco Blanco-

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“Nunno Belchidez ovo filio a Nuño Rasuera.

Nunno Rasuera ovo filio a Goncalbo Nunnez.

Goncalbo Nunnez ovo filio al comte Fernand Goncalbez.

(del “Liber Regun”, siglo XIII) 

Según los “Anales Castellanos Primeros”, este Nuño Belchides que aparece en la Crónica como bisabuelo de Fernán González, parece que era un caballero teutón, originario de Colonia y descendiente de Carlomagno, que había aparecido por Castilla hacia el año 882, casando con Doña Sula, hija del conde Diego Rodríguez Porcelos, el repoblador, por orden del rey de Asturias, Alfonso III, de los territorios de Burgos y Ubierna. De este matrimonio nació Nuño Rasura, el legendario juez castellano, quien, junto con Laín Calvo, impusieron en Castilla el “Fuero del Albedrío”, dejando sin efecto el vigente “Fuero Visigótico”. Fue, sin duda, el primer y decisivo paso de Castilla hacia su independencia de León. Por cierto que Nuño Rasura era el suegro de Laín Calvo, que se había casado con su hija Teresa Núñez.

Gonzalo Fernández (1) ya era conde de Burgos en el año 899, estableciendo su sede en el fortificado castillo de la Peña de Lara, muy próximo a la frontera establecida por los moros, que habían llegado hasta Carazo, en cuyo castillo se habían hecho fuertes y de donde fueron expulsados por su hijo, el conde Fernán González, después de la batalla de Carazo, según nos cuenta el Poema de Fernán González, escrito por un  monje arlantino en el siglo XIII:

“Entonces era Castilla un pequeño rincón,

Era de castellano Montes de Oca mojón,

E de la otra parte Fitero el fondón,

Moros tenían a Carazo en aquella sazón”

Se había casado con Doña Muniadona, señora de Lara, con la que tuvo dos hijos, Fernán y Ramiro González. Murió en el año 915 siendo conde De Burgos y Castilla, quedando sus dos vástagos, todavía de corta edad, al cuidado de su esposa Muniadona, condesa de Lara, que le sobrevivió hasta el año 935. Según testimonio de fray Prudencio de Sandoval y fray Antonio de Yepes, fue enterrada en el Monasterio de San Pedro de Arlanza, que fundara su hijo Fernán González, conde de Lara, de Álava, de Lantarón, de Cerezo y de Castilla.

Prácticamente desde que era un mozalbete de siete u ocho años, la peripecia vital de Fernán González se ve rodeada de leyenda, y su figura y sus hazañas son cantadas en numerosos Romances y Cantares de Gesta, que han convertido al Buen Conde en una especie de paradigma del perfecto caballero medieval,  adornado con toda clase de virtudes. Son de destacar la “Crónica Rimada” y el “Poema de Fernán González”, escrito en el siglo XIII, muy posiblemente por un monje del mismo Monasterio de San Pedro de Arlanza. Pero también a principios  del siglo XVI, hacia el año 1512, un abad del Monasterio, Fray Gonzalo de Arredondo y Alvarado (2), escribe una encomiástica biografía del Conde, con el título de “Crónica del Conde Fernán González”, en la que se narran las hazañas militares y los hechos milagrosos del “Buen Conde”, incluyendo la fundación del Monasterio de San Pedro de Arlanza, que no duda en señalar como obra del Conde.

Huérfano desde los seis o siete años, si hacemos caso del Poema su educación corre a cargo de un carbonero, que le enseña a cazar y también a utilizar el arco y la daga, mientras que para otros biógrafos, fue un ayo de avanzada edad el que le educó, de nombre Martín González, en un apartado paraje de la sierra de las Mamblas, afirmando además que,  “era ya a essa sazon grand cauallero”.

Su nombramiento como conde de Burgos se produjo cuando tenía diecisiete años. Hasta entonces, la vida del conde había transcurrido entre las sierras de Carazo y de las Mamblas, a cuyos pies discurría el río Arlanza, trazando una pintoresca y caprichosa hoz, en cuyas márgenes crecían las hayas, los robles, las encinas, las sabinas y toda clase de plantas silvestres, formando un verde y tupido bosque, habitado por una variada fauna, entre la que abundaba la caza.

En lo más alto de la sierra de las Mamblas existía una pequeña y  rudimentaria ermita, habitada por  tres monjes eremitas, bajo la dirección del monje Pelayo, o “Pedro el Viejo”, como también se le llamaba, que vivían pobremente como ermitaños, dedicados exclusivamente a la oración y el ayuno, aunque también tenían que vigilar no ser sorprendidos por sus cercanos vecinos, los moros de Carazo.

No era infrecuente, por aquellos tiempos del Medievo y en estas recién pobladas tierras castellanas, de tan acendrada y encendida religiosidad, encontrar numerosos ermitaños o eremitas, solitarios o formando pequeños cenobios, dedicados a este tipo de vida, con el único propósito de santificarse y alcanzar la vida eterna.

Seguramente fue durante alguna de sus numerosas cacerías por aquellas sierras, cuando el joven conde entró en contacto con aquellos monjes, a los que provee de alguna pieza de caza, y con los que no tarda en contraer amistad, especialmente con Pelayo, que le toma bajo su protección y se convierte en su consejero, auspiciándole toda clase de victorias, tanto militares como diplomáticas. El Conde también toma afecto a aquel monje Pelayo y sus dos compañeros, Arsenio y Silvano, a los que no dejará de visitar, e impresionado por tan brillantes augurios, promete solemnemente destinar un quinto de sus ganancias a levantar un nuevo monasterio mucho más grande, capaz para dar cobijo a más de cien monjes. Esta promesa, que desde luego Fernán González cumplió a rajatabla, es el origen de San Pedro de Arlanza, cuyas monumentales ruinas todavía, aunque con el alma embargada por la pena, se pueden admirar, recreando aquellos lejanos tiempos, tan cuajados de historia y de leyenda.

“Quiso Dios al buen Conde esta gracia facer,
Que moros nin cristianos non le podían vencer”

(del Poema de Fernán González)

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El Monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza fue uno de los grandes símbolos de la cristiana gesta de la Reconquista, comenzada en las montañas astures y continuada en aquellas tierras de castillos, recién repoblada por los “foramontanos”, que acabó tomando el nombre de Castilla, en la que, junto a los castillos, se empezaron a levantar catedrales, iglesias, monasterios y ermitas, vigilantes testigos del triunfo de la Fe Cristiana sobre la herejía musulmana, del que dieron cumplida fe.

El nuevo monasterio se levantó a orillas del Arlanza, en una de las hoces que traza el río entre Hortigüela y Covarrubias, al pie de la Sierra de las Mamblas, semejante a una gigantesca ballesta, rodeado de hayas, encinas y sabinas.

En el Cartulario del propio Monasterio se encontraron las copias de dos Actas fundacionales, datadas ambas en el año 912, afirmando que la fundación fue obra del conde Fernán González, cosa poco probable, ya que numerosos biógrafos del conde establecen el 910 como la fecha más probable de su nacimiento, lo que nos lleva a pensar que los verdaderos fundadores del monasterio fueron sus padres, D. Gonzalo y Doña Muniadona, entre los años 912 al 915. En consecuencia, es casi seguro que las dos copias citadas sean apócrifas, escritas posteriormente para ligar la figura legendaria del Conde a la fundación del Monasterio.

A partir del siglo XI, las dádivas y donaciones al nuevo monasterio aumentan considerablemente, gracias, especialmente, a la generosidad de Fernando I, rey de León y conde de Castilla, hijo de Doña Muniadona Sánchez, nieta del conde Fernán González, del que era, por lo tanto, descendiente directo.

Era por entonces  García el abad arlantino, quien, al igual que hicieran Domingo en Silos y Sisebuto en Cardeña, dio al monasterio un importante impulso, aumentando el número de monjes, adoptando el rito romano de Cluny y engrandeciendo sus instalaciones.

También por esta época, procedentes de la ermita pre-románica, llegaron al monasterio los sarcófagos con los restos de Fernán González y de su primera esposa Doña Sancha, cumpliéndose así la última voluntad del conde.

En el siglo XII el monasterio siguió gozando del favor real y de la nobleza, recibiendo numerosos privilegios y donaciones, que le permitieron convertirse en un importante complejo monástico, con iglesia abacial, que tenía adosado un claustro procesional por el lado de la Epístola, al que estaban adosadas las dependencias monacales, tal como exigían las reglas de Cluny; por el lado del Evangelio estaba adosada una torre cuadrangular con campanario y una torre fortificada circular.

Todo el conjunto monacal  alcanzó su máximo esplendor durante el reinado de Alfonso VIII. Pero entre finales del siglo XV y principios del XVI, principalmente impulsada por el abad fray Gonzalo de Arredondo, que contaba con el patronazgo de las ilustres familias de los Girón y los Velasco, el complejo monástico sufrió una importante reforma que afectó tanto a la iglesia como al claustro,  construyéndose uno nuevo, de estilo renacentista, en la que intervino la familia de los Colonia, destacados arquitectos y escultores de origen alemán, aposentados en Burgos. Las obras afectaron también a los muros exteriores, que tuvieron que reforzarse con contrafuertes, añadiéndose nuevos pilares para sostener la nueva cubierta, una bóveda estrellada de estilo gótico tardío que, según aseguran algunos expertos, se asimilaba a la de la Cartuja de Miraflores, en las cercanías de Burgos. También se construyó un nuevo coro, se elevó y amplió el ábside de la cabecera y se incrementó la ornamentación, incorporándose los escudos de los Téllez Girón y los Velasco, sobresaliendo el de D. Pedro Girón de Velasco, conde de Haro y de Urueña y señor de Osuna.

También durante el siglo XVII se realizaron algunas reformas de menor importancia, destacando la construcción de la sacristía, adosada al muro norte, por la que se accedía a la Sala Capitular, obra del arquitecto cántabro Pedro Díaz de Palacios, que a su muerte fue enterrado en la nave central del templo.

Pero el periodo de expansión se acaba y comienza una lenta pero inexorable etapa de abandono y decadencia, que culmina en el año 1841 con la exclaustración de la comunidad y la venta del conjunto, que queda abandonado y expuesto al saqueo y al expolio de su contenido: innumerables obras de arte de incalculable valor.

En ese mismo año de 1841 los sarcófagos paleocristianos con los restos del conde Fernán González y su primera esposa doña Sancha, fueron trasladados a la cercana colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias, siendo colocados en el presbiterio del altar mayor, donde permanecen y se pueden visitar actualmente.

El expolio y la dispersión sufridos por el patrimonio del Monasterio durante los años y los siglos siguientes, ha sido total y descontrolado, yendo a parar los valiosos restos a las manos y los lugares más insospechados: La fachada occidental, incluida la portada principal del siglo XI, fue a parar en 1895 al Museo Arqueológico de Madrid. Las pinturas de la Sala Capitular se pueden admirar actualmente en el Museo de Arte Románico de Cataluña. El sepulcro de Mudarra el Vengador, el hermanastro árabe de los Siete Infantes de Lara, se puede admirar en el claustro alto de la catedral de  Burgos. La legendaria imagen de la “Virgen de las Batallas” (3), una primorosa talla del siglo XIII, de unos 30 cm., tallada en bronce dorado y policromado, con incrustaciones de piedras y esmalte, que estaba colocada en el ábside del lado de la Epístola, en el año 1883 se hizo cargo de ella el arzobispo de Burgos D. Saturnino Fernández de Castro, perdiéndose después su pista, hasta que, ya en pleno siglo XX, apareció en poder de un coleccionista privado de Nueva York. Finalmente, en el año 1997, fue subastada públicamente en la famosa Galería Sotheby’s, siendo adquirida por el Estado español, que se la cedió al Museo del Prado. Actualmente se puede admirar en el Museo de Burgos, que la tiene en calidad de depósito. Todos los pergaminos, cartas, cartularios, manuscritos y documentos generados en el Monasterio, andan totalmente dispersos, en colecciones privadas o en manos particulares, imposibles de identificar ni localizar, al igual que numerosos objetos y reliquias, que se pueden dar por perdidas para siempre…………….¿Las causas, los motivos? El que esto escribe lo desconoce…………. ¿Fueron las sucesivas desamortizaciones de Mendizábal, Espartero y Madoz las únicas causas del monumental derrumbe? ¡Evidentemente, no!.

De la iglesia, de estilo románico con tres naves, levantada con sólidos muros de sillería, quedan en pie los tres ábsides de la cabecera, con columnas rematadas con capiteles decorados con motivos vegetales y zoológicos, que sostenían las bóvedas desaparecidas. En los restos de los muros se pueden apreciar esbeltas columnas pareadas, que se convierten en una sola y que soportaban los arcos de medio punto.

Lo mejor conservado es, sin duda, la torre campanario de planta rectangular con dos cuerpos, el primero con dos arcos ciegos y columnas en las esquinas, en el superior se encuentran los huecos para las campanas, esta torre tiene adosada otra fortificada, de planta circular.

También se pueden contemplar las ruinas del claustro renacentista del siglo XVII, con dos pisos de arcos de medio punto sostenidos por pilastras. En el centro de este claustro se levantaba una artística fuente, que fue trasladada al Paseo de la Isla de Burgos hacia el año 1930.

Detrás de los restos de este claustro renacentista se encuentra la que se conocía como Torre del Tesoro, con dos alturas, la primera, de estilo románico, construida a mediados del siglo XII, era la ya citada Sala Capitular, mientras que  la segunda, del siglo XIII, era una zona de descanso, independiente del monasterio, en la que se albergaban los visitantes ilustres, miembros de la realeza o de la nobleza, con una interesante decoración mural, mediante paneles en  sus cuatro lados, siendo alguno de estos paneles de grandes dimensiones, en los que se representaban figuras de animales característicos del bestiario medieval y también motivos vegetales o geométricos. Todos estos paneles de pinturas fueron arrancados y vendidos durante la segunda década del siglo XX, encontrándose actualmente repartidos entre el “The Cloisters de Nueva York”, el “The Fogg Art Museum” de Harvard y el ya citado Museo Nacional de Arte de Cataluña en Barcelona.

También se conserva la portada de la fachada oriental, con un arquitrabe en el que figura una leyenda con la fecha de su finalización: “AÑO DE SOLIDEO HONOR Y GLORIA, 1643”, encima del cual aparece la figura ecuestre del conde Fernán González, en postura similar a la de Santiago Matamoros. Encima de la estatua se puede ver el escudo del Monasterio.

Estos restos  ruinosos de lo que podría llamarse “la cuna de Castilla”, uno de los cenobios más representativos de la vieja Castilla condal, siguen impasibles, ajenas a la morbosa curiosidad de los visitantes, en un soberbio paraje a orillas del Arlanza, la arteria principal de Castilla, que también sigue impasible su curso para unirse al Pisuerga, ya en tierras palentinas.

NOTAS: 

  • Tanto Menéndez Pidal como Fray Justo Pérez de Urbel admiten que el apellido Núñez es un error del Arlantino, siendo Gonzalo Fernández el verdadero nombre del padre de Fernán González.
  • Fray Gonzalo de Arredondo y Alvarado, además de abad de San Pedro de Arlanza fue cronista de los Reyes Católicos. La obra citada se la dedicó al Emperador Carlos V.
  • Según la leyenda, esta virgen acompañaba al conde en todas sus batallas.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, enero 2016

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