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LA COCINA DE ALFONSO XII. -Por Francisco Blanco-.

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El año 1874 acabó tan mal como había empezado: con otro pronunciamiento militar. El 3 de enero, el general Pavía había penetrado en el Congreso de los Diputados con un grupo de guardias civiles y soldados, para proclamar como rey de España a D. Alfonso XII, lo que significó el fin de la I República. El  29 de diciembre, el general Martínez Campos, al frente de una tropa de 1.800 hombres, concentrada en un lugar llamado “Alquerietas”, donde comienza la carretera de Sagunto a Burgos (1), volvió a proclamar como rey de España a D. Alfonso de Borbón y Borbón, hijo de Isabel II, al grito de ¡Viva Alfonso XII rey de España!.

Tres días antes, el 26 de diciembre, por iniciativa de D. Antonio Cánovas del Castillo, con motivo del decimoséptimo aniversario de D. Alfonso, que estudiaba en la prestigiosa Academia Militar de Sandhust en Inglaterra, se hace público el conocido como “Manifiesto de Sandhust”, en el que el príncipe afirmaba: “…..no dejaré de ser buen español ni, como todos mis antepasados, buen católico ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal”.

Con el levantamiento del día 29, que fue respaldado por la mayoría de los generales españoles,  prácticamente todas las puertas quedaban abiertas a la restauración de la monarquía borbónica. El propio Cánovas, que siempre se había opuesto a la utilización de la violencia, se apresuró a asumir el Ministerio de Regencia y a preparar la llegada del que iba a ser el nuevo rey de España que, por cierto, tuvo que abandonar sus estudios en Inglaterra.

El 31 de diciembre de este tumultuoso año de 1874, el Capitán general de Madrid, D. Fernando Primo de Rivera (2), se presentó en el Consejo de ministros que se estaba celebrando, le disolvió y nombró un gobierno provisional presidido por Cánovas del Castillo. Su primera medida fue restaurar la monarquía en la persona de D. Alfonso XII quien, el 14 de enero del 1875,  hacía su entrada triunfal en Madrid, la capital del que iba a ser su reino. Su primera acción como monarca fue ponerse al frente de las tropas que luchaban contra los carlistas en el País Vasco y Cataluña, lo que le proporcionó popularidad y el sobrenombre de “Rey Soldado”. Tenía 17 años.

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Su reinado fue corto pero azaroso, en el 1876 se puso en marcha una nueva Constitución, diseñada para consolidar la Restauración Borbónica y convertir la Monarquía Constitucional en nuestro sistema permanente de gobierno. Fue inspirada por D. Antonio Cánovas del Castillo, que creó una comisión de 39 notables del reino, que se encargaron de redactar el nuevo texto constitucional  bajo la dirección del jurista burgalés D. Manuel Alonso Martínez. El texto fue aprobado el 30 de junio del 1876 por unas Cortes Constituyentes elegidas mediante sufragio directo masculino, tal como había ocurrido con la Constitución de 1869.

La figura de este monarca, que siempre recibió el apoyo propagandístico del Gobierno, pronto se hizo muy popular, pues tenía un carácter afable y abierto y siempre se mostró cercano a su pueblo y solidario con sus desgracias.

Tampoco le faltaron los devaneos y las aventuras amorosas, en el mes de enero del 1878, en la Basílica madrileña de Nuestra Señora de Atocha, se casó con su prima María de las Mercedes de Orleans y Borbón. Al parecer, en este matrimonio, por encima de las razones de estado estuvo presente un amor mutuo y sincero, por lo que la boda produjo un gran júbilo popular. Desgraciadamente, apenas habían transcurrido seis meses desde la boda, cuando la reina falleció a causa del tifus, dejando a su esposo sumido en una profunda desolación. La noticia de la muerte de la reina consorte más joven que había tenido España, pues sólo tenía 18 años, causó también un profundo dolor popular y un fuerte impacto social, causa de la aparición de numerosas coplas y romances que han inmortalizado los amores de la real pareja.

Una de las coplas más famosas fue el “Romance de la reina Mercedes”, compuesto por los compositores Quintero, León y Quiroga (3), del que adjuntamos una de sus últimas estrofas:

 “En hombros por los Madriles,
cuatro duques la llevaron
y se contaban por miles
los claveles que la echaron.
Te vas camino del cielo
sin un hijo que te herede.
España viste de duelo
y el rey no tiene consuelo,
María de las Mercede”.

El desconsuelo del joven y viudo rey no fue muy prolongado, en el mes de noviembre del siguiente año 1879, aunque en esta ocasión prevalecieron las razones de estado, todo hay que decirlo, Alfonso XII se volvió a casar con María Cristina de Habsburgo-Lorena, de este matrimonio nacieron tres hijos: María de las Mercedes, María Teresa y un varón, el futuro Alfonso XIII, que no llegó a conocer a su padre, por lo que nació siendo rey.

Su vida amorosa extra matrimonial también fue bastante activa, los más famosos fueron sus amores con la cantante de ópera castellonense Elena Sanz, una famosa contralto a la que su portentosa voz la hizo triunfar en numerosos teatros de Ópera de América y Europa, especialmente en París, donde era muy querida y solicitada. De sus amores con Alfonso XII nacieron dos criaturas, Alfonso y Fernando, que tuvieron que adoptar el apellido de su madre, pues su padre murió antes de haberlos reconocido.

En el aspecto gastronómico D. Alfonso XII era una persona sobria, tanto en el comer como en el beber, de gustos sencillos, pero sin que esto significara que no le gustara comer y beber bien. En la mesa de palacio y en los banquetes reales seguía predominando la cocina y la etiqueta francesa, pero cada vez estaban más presentes los platos más tradicionales de la cocina española, al tiempo que iban apareciendo nuevas recetas de platos exclusivamente españoles, pues buenos cocineros no faltaban. La sabrosa “olla podrida”, presente en numerosas comidas oficiales, se convirtió en “el buque insignia” de la cocina española.

De hacho, las cocinas de palacio disponían de numerosas, amplias y modernas instalaciones, en las que se podían realizar toda clase de actividades culinarias, atendidas por un personal especializado cercano a las cien personas, a las órdenes de los diferentes jefes de cocina, también disponían de acceso directo a la calle, para la entrada y salida de mercancías.

Alfonso XII hizo ampliar el comedor  de gala del Palacio Real, haciendo unir tres salones, separados por columnas,  presidido por una larguísima mesa, situada en el centro, a la que se podían sentar hasta 140 comensales. Disponía además de una habitación contigua en la que se instalaba la Orquesta Real, que solía amenizar algunos banquetes oficiales. Este comedor de gala contaba además con una profusa y rica decoración, en la que destacaban los jarrones de porcelana, las grandes lámparas de cristal que colgaban del techo, la cubertería, la vajilla y la mantelería.

También se incorporaron  algunos cambios en los nombres con los que se identificaban los alimentos que aparecían en los menús de los banquetes oficiales, en los que el español apenas era utilizado. Se impuso la norma de que los platos españoles aparecieran escritos en castellano, respetando, eso sí, el nombre original de los platos extranjeros. Es posible que esta medida contribuyera a la aparición de la cocina española, prácticamente desconocida y excluida de la cocina internacional. A esto hay que añadir los esfuerzos de algunos eruditos gastrónomos, como José Castro y Serrano, gran colaborador de otro gastrónomo y escritor, Mariano Pardo y Figueroa, que en el 1888 publicó “LA MESA MODERNA” también conocida como “CARTAS SOBRE EL COMEDOR Y LA COCINA CAMBIADAS ENTRE EL DOCTOR THEBUSSEM Y UN COCINERO DE S.M”. En una de estas cartas el Dr. Thebussem recomienda al Cocinero de S. M. lo siguiente: “Que la Olla Podrida debe figurar entre los manjares reales de España, en señal de respeto y deferencia al plato nacional de dicho país”. En estas cartas literarias que componen “La Mesa Moderna”, aparecen relacionados numerosos menús, tanto de los ofrecidos en el Palacio Real con carácter oficial, como otros muchos celebrados en los palacios o mansiones de numerosos personajes de la nobleza, la política y la diplomacia,  tanto españoles como extranjeros. En el fondo de esta correspondencia, cargada de erudición y escrita en un excelente lenguaje literario, recargado con algunas pequeñas dosis de pedantería, aparecen dos posturas diferentes, la del doctor Thebussem, liberal y partidaria de fomentar y difundir la cultura gastronómica española y la del cocinero de S. M., admirador del gran cocinero francés Grimon de la Rayniere, más conservadora y defensora de la supremacía de la cocina francesa, madre y maestra de toda la ciencia gastronómica.

Otros personajes ilustres que contribuyeron a que la cocina española fuera internacionalmente reconocida y apreciada fueron el ya citado Angel Muro, principalmente con su obra “El Practicón”; Dionisio Pérez Gutiérrez, que adoptó el sobrenombre de “Post-Thebussem”, gastrónomo y escritor, fundó la “Revista Portuense”, del Puerto de Santa María y fue uno de los primeros en defender la idea de una cocina española formada por los platos de sus diferentes regiones; el aragonés Teodoro Bardají , el catalán Ignacio Doménech, la vasca María Mestayer de Echague, marquesa de Parabere y el gallego Manuel Puga y Parga, más conocido como “Picadillo”, fueron otros importantes escritores y gastrónomos, nacidos en los últimos años del siglo XIX, pero que sus obras más relevantes fueron realizadas durante la primera mitad del siglo XX.

La escritora gallega Doña Emilia Pardo Bazán afirmaba que:”Los fogones y las letras no están reñidos”. Esta prolífica escritora, que nos ha dejado novelas tan importantes como “Los Pazos de Ulloa”, también era una gran aficionada a la gastronomía, defendiendo nuestra cocina, a la que consideraba una importante parte de nuestro patrimonio. En el tema gastronómico fue la autora de dos importantes obras culinarias: “La cocina española antigua” y “La cocina española moderna”.

En el 1908, en reconocimiento a su inmensa obra literaria, Alfonso XIII la concedió el título de Condesa de Pardo Bazán.

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Doña Emilia, de noble familia gallega, en el año 1868 se casó, cuando sólo tenía 16 años, con otro noble gallego, D. José Quiroga y Pérez Deza. La boda tuvo lugar en el famoso Pazo de Meirás, una de sus residencias familiares, que posteriormente fue ocupada por el dictador Franco y su familia. En el 1883 se separó de su marido y a partir de entonces su vida sentimental estuvo íntimamente ligada a la de otro famoso escritor, el canario autor de los “Episodios Nacionales” D. Benito Pérez Galdós. Doña Emilia falleció en Madrid el 5 de mayo del 1921.

Naturalmente las costumbres gastronómicas del pueblo español eran muy diferentes a las de la Corte y las altas jerarquías de la encopetada nobleza, la Iglesia y las clases más acomodadas y pudientes. Por los mesones, fondas, posadas y tabernas dispersas por la geografía española la sofisticada cocina francesa no existía y los viajeros sólo podían disfrutar de los más populares platos de la cocina tradicional española, que empezó a ser conocida por los cada vez más numerosos viajeros europeos que se decidían a visitar nuestro país, aunque algunos no quedaran demasiado satisfechos, criticando en especial el abuso del aceite de oliva y el ajo, a cuyo sabor no conseguían adaptarse sus afrancesados paladares.

En los modestos hogares españoles la gastronomía francesa era una perfecta desconocida. Tanto en las zonas urbanas como en las rurales, los diarios alimentos que aparecían sobre las mesas, generalmente se reducían a la sopa y al puchero con garbanzos o alguna otra legumbre, alguna patata, alguna verdura, algún trozo de tocino o algún trozo de carne de vaca, todo ello acompañado por un buen pedazo de pan y, en algunos casos, algún trago de vino. La fruta y los dulces solamente aparecían en las grandes solemnidades familiares.

Durante el breve reinado de D. Alfonso XII, al frente del Gobierno se sucedieron, alternativamente, el conservador D. Antonio Cánovas del Castillo y el liberal D. Práxedes Mateo Sagasta. El primero, que había sido uno de los principales artífices de la “Restauración Borbónica”, era un monárquico inmovilista, partidario a ultranza del bipartidismo y de la monarquía parlamentaria. El riojano Sagasta era un monárquico liberal, igualmente partidario del bipartidismo, aunque cuando le llegaron sus correspondientes turnos de gobierno emprendió importantes reformas, que afectaron principalmente a la libertad de prensa y al cada vez más presente movimiento obrero.

A pesar de la abrumadora mayoría monárquica, tanto conservadora como liberal, que conformaba el Parlamento, el resto de las fuerzas políticas, con los republicanos de Castelar a la cabeza, cada día se mostraban más beligerantes, exigiendo más libertad de acción,  más democracia y una nueva ley Electoral, basada en el sufragio universal.

Entre los círculos republicanos, dirigidos por el soriano del Burgo de Osma, D. Manuel Ruiz Zorrilla, casado con una burgalesa, destacaba otro burgalés de Medina de Pomar, D. Ramón Chíes, redactor político de “El Voto Nacional” en 1875 y posteriormente fundador del semanario “Las Dominicales del Libre Pensamiento”, desde donde defendió el movimiento obrero y luchó por conseguir la jornada laboral de ocho horas. Poco antes de morir fue elegido concejal del Ayuntamiento de Madrid.

 Las últimas elecciones del reinado de Alfonso XII tuvieron lugar en el mes de abril del 1884, obteniendo nuevamente la mayoría el Partido conservador.

El 25 de noviembre del 1885, víctima de la tuberculosis, fallecía en el palacio del Pardo, donde se había retirado a descansar, S. M. D. Alfonso XII, rodeado de sus dos hijas y de su viuda, la reina María Cristina de Habsburgo, embarazada del que sería su póstumo hijo y futuro heredero del reino de España: D. Alfonso XIII:

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El día anterior, alertados por la repentina gravedad del ilustre enfermo, se habían reunido Cánovas y Sagasta para analizar la futura situación política tras el inminente fallecimiento del rey, llegando a un acuerdo, conocido como el “Pacto del Pardo”, por el que se comprometieron a mantener la monarquía y el consenso mediante la alternancia bipartidista en el poder. De esta forma daba comienzo la regencia de Doña María Cristina de Habsburgo.

La enfermedad del monarca no era demasiado conocida por la mayoría de sus súbditos, pues no se la había dado publicidad para no crear alarma y también porque se desconocía su verdadera gravedad y cuanto podría alargarse. La inesperada noticia de la muerte del rey causó gran sorpresa y dolor en todo el pueblo español.

En principio, la capilla ardiente se instaló en la  misma capilla de El Pardo, hasta que el día 27, el féretro con el cuerpo fue trasladado al Palacio Real de Madrid, donde quedó expuesto al público. Durante los dos días siguientes sus restos mortales recibieron la visita y el homenaje enfervorizado de todo el pueblo de Madrid, que acudió en masa a despedirse de un rey que había sido muy popular y cercano. Finalmente sus restos mortales fueron depositados en la cripta de reyes y reinas del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial.

NOTAS

  • Actualmente es la N-234
  • Fernando Primo de Rivera era tío de otro general golpista, D. Miguel Primo de Rivera.
  • Antonio Quintero, Rafael de León y Manuel Quiroga, compositores, poetas y músicos españoles que con sus obras dieron un gran impulso a la lírica popular española.

Autor Paco Blanco, Barcelona setiembre 2018

LLEGA EL SIGLO XX. LOS AÑOS DE LAS ÚLTIMAS COLONIAS. -Por Francisco Blanco-

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Los últimos años del siglo XIX fueron muy duros para España, que se convirtió en presa fácil para la política expansionista yanqui, cuyos  objetivos más inmediatos eran apoderarse de nuestras últimas colonias, tanto en el Caribe: Cuba y Puerto Rico,  como en el Pacífico: las Filipinas, las Carolinas, las Marianas y las Palaos (1).

La Armada de los Estados Unidos, sin apenas recibir daño, destruyó dos flotas españolas, la de Filipinas y la de Cuba. Lo poco que quedó de nuestro “Glorioso Imperio” fue vendido a Alemania en el 1899.

Tras la humillante derrota militar llegó el ignominioso Tratado de París. Las negociaciones de paz tuvieron lugar en el Ministerio de Asuntos Exteriores de París y dieron comienzo el día 1 de octubre del 1898, la delegación española estaba presidida por D. Eugenio Montero Ríos con otros cinco diplomáticos, actuando de moderador el diplomático francés  Mn. Jules Cambon. Durante las largas negociaciones, España tuvo que aceptar, una a una, todas las exigencias impuestas por los yanquis, que actuaron como implacables e inflexibles vencedores, amenazando incluso con suspender las negociaciones si España no aceptaba íntegramente sus condiciones. En un telegrama oficial enviado por la Regente Doña María Cristina, saltándose sus competencias constitucionales, aconsejaba a Montero Ríos que aceptara los términos que los EE.UU. exigían. España, finalmente, tuvo que asumir hasta el pago de la deuda externa de Cuba. Las razones de la reina regente eran de carácter humanitario, considerando que era más beneficioso para España ceder sus colonias que continuar nuestro enfrentamiento militar con la poderosa potencia americana.

Finalmente, a España tan sólo le quedaron las colonias africanas que nos habían tocado en el reciente reparto de África, integradas por el Protectorado Español de Marruecos, el Sahara y Río de Oro, Ifni y la Guinea Española.

El 17 de mayo  del año 1902 Alfonso XIII, nada más cumplir los 17 años, se sienta en el trono de España, que ya le pertenecía desde su nacimiento, por lo que concluye la regencia de su madre, Doña María de Habsburgo y comienza el triste reinado de Alfonso XIII. España, tras la pérdida de sus colonias, atraviesa una profunda crisis económica, aumentada por una prolongada crisis agrícola, que provocaron serias carencias en una gran parte de la población, que tuvo que apretarse el cinturón. De la misma manera, los sentimientos nacionales de los españoles, sustentados y alimentados por nuestro glorioso pasado, sufren una fuerte crisis de identidad, que provoca la aparición de un nuevo nacionalismo, encabezado por un grupo de intelectuales, conocidos como la “Generación del 98”.

En un principio, Alfonso XIII continuó el sistema de gobierno basado en la alternancia entre conservadores y liberales. El líder de los conservadores, D. Antonio Cánovas del Castillo, que había ocupado hasta por seis veces el sillón de Presidente del Gobierno, había fallecido el 9 de agosto del 1897, víctima de un atentado  mientras tomaba las aguas en un balneario de Mondragón, perpetrado por el anarquista italiano Michele Angiolillo (2). Sus principales seguidores en el Partido conservador y en el gobierno fueron Silvela, Polavieja y Maura.

El mapa político español también estaba cambiando, pues republicanos, socialistas y anarquistas, a los que hay que añadir el incipiente nacionalismo catalán, iban adquiriendo cada día más peso político y haciendo una oposición cada vez más dura a la política excesivamente conservadora de los sucesivos gobiernos.

La política africanista se convirtió en prioritaria para los generales, que querían recuperar el prestigio perdido en Cuba y Filipinas, por lo que la costa norte de Marruecos se convirtió en el nuevo objetivo colonial español, propiciado además por el reconocimiento de las potencias europeas más importantes, como Francia e Inglaterra, efectuada en la Conferencia de Algeciras del año 1906. Numerosos empresarios, bajo la protección del ejército, se apresuraron a explotar la inhóspita zona minera del Rif, en la que abundaba el mineral de hierro (3). Las ciudades de Ceuta y Melilla se convirtieron en  las capitales de nuestro Protectorado en Marruecos.

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Pero lo que parecía un nuevo “EL Dorado”, se convirtió en una trampa mortal para miles de trabajadores y soldados españoles. Las kábilas rifeñas se mostraban muy belicosas y agresivas, hostigando constantemente a los trabajadores españoles, por lo que el Sr. Maura, jefe del Gobierno, en febrero del 1909 decidió enviar un primer contingente de tres brigadas de reservistas, mal equipados y peor formados para proteger a los mineros y vigilar a los rifeños. El resultado, sin embargo, no fue el esperado. A mediados del mes de julio empiezan a llegar a Melilla las fuerzas expedicionarias, a las órdenes del general Marina, y se producen los primeros enfrentamientos con los rifeños, que tienden varias emboscadas las tropas españolas, en una de las cuales muere el coronel Álvarez Cabrera, que se había perdido durante la noche con un destacamento, sufriendo la baja de 26 soldados muertos y casi trescientos heridos. Pero la gran debacle española se produce el 26 de julio, en que una brigada española, mandada por el general Pinto, fue copada por rifeños, emboscados en las laderas del monte Gurugú, cuando los españoles penetraron en el Barranco del Lobo. Resultaron muertos 153 hombres, entre tropa y oficiales, incluido el general Pinto y unos 600 heridos. Lo más vergonzoso es que luchaban contra un enemigo muy inferior en número y con un armamento mucho más anticuado (4).

“En el Barranco del Lobo
hay una fuente que mana
sangre de los españoles
que murieron por España”.

La noticia del desastre causó un gran impacto en toda España y una gran indignación popular. En Barcelona, de donde procedían un gran número de expedicionarios, se produjo un levantamiento popular de protesta, conocido como “La Semana Trágica”, que fue reprimida con gran dureza por orden de Maura, cuya impopularidad se hizo tan grande que se vio obligado a dimitir.

El ejército español en Marruecos se reforzó de inmediato, hasta superar los 35.000 hombres, a los que hay que añadir un importante número de piezas de artillería, con lo que la superioridad militar española se fue imponiendo, consiguiendo que a finales de año la zona quedara pacificada y se pudiese continuar la explotación minera, cuyos beneficios iban a parar a unos pocos bolsillos privilegiados.

En el mes de febrero del 1910 se rompió la alternancia, y a Maura le sucedió en la jefatura del gobierno el progresista liberal D. José Canalejas, que puso en marcha diferentes reformas sociales, aunque la más conocida fue su famosa “Ley candado”, por la que se limitaba la creación de nuevas Órdenes religiosas, con lo que se ganó la animadversión de la Iglesia, a pesar de que era un ferviente católico. También realizó un viaje por Marruecos en compañía de Alfonso XIII y entabló conversaciones con Prat de la Riba para buscar soluciones al conflicto catalán. Murió el 12 de noviembre de 1912, asesinado por el anarquista Manuel Pardiñas mientras contemplaba el escaparate de la librería San Martín en plena Puerta del Sol (5).

Con la muerte de Canalejas la situación política del país se vuelve caótica. Quedan paralizadas las reformas emprendidas para democratizar el país y acabar con  la corrupción y el caciquismo imperante y la conflictividad social aumenta, provocando una situación  conocida como la “Crisis de la Restauración”. El campo andaluz y las zonas industriales de Barcelona y Cataluña fueron las más conflictivas. Finalmente, se tuvo que formar un gobierno de concentración, formado por liberales y conservadores, además de  dar entrada a los nacionalistas catalanes. La situación económica de España empezaba a ser angustiosa.

Pero todavía podía agravarse más: el 28 de de julio del 1914 el nacionalismo serbio y el imperialismo alemán provocaron el estallido de la Primera Guerra Mundial. El detonante fue el asesinato de Sarajevo, pero la conflagración se extendió rápidamente por toda Europa, prolongándose durante más de cuatro años, causando millones de muertos, cambiando el mapa político europeo y dando paso a la revolución industrial. España no participó directamente en la guerra, pues no estaba para tirar cohetes. En agosto del 1914, el jefe de gobierno, el conservador D. Eduardo Dato publicó un decreto por el que se consideraba en la obligación de “ordenar la más estricta neutralidad a todos los españoles con arreglo a las leyes vigentes y a los principios del Derecho Público Internacional”. Lo cierto es que España carecía del peso económico y la potencia militar suficiente para participar en una guerra de tan grandes dimensiones. El propio Dato lo reconoció en una posterior entrevista a la prensa: “Con sólo intentarlo arruinaríamos la nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y de fuerzas para toda la campaña”.

A pesar de todo, fueron numerosos los efectos de la guerra que afectaron a la vida de los españoles, provocando numerosos conflictos sociales, que crearon un ambiente de enfrentamiento de clase. No faltaron, sin embargo, algunos efectos positivos, como el aumento de la producción en las zonas industrializadas, como Cataluña y el País Vaso, gracias a los nuevos mercados que aparecieron en los países beligerantes, aunque los salarios no subieron, la inflación se disparó y la carestía de la vida era mayor cada día. En el 1916 los precios se habían incrementado hasta un 13,4%, aunque en algunos productos como la leche, la subida había sido de un 58% y el pan el 25%.

Los sindicatos mayoritarios, UGT y CNT, apoyados por sus respectivos partidos socialista y anarquista, acordaron convocar una huelga general de 24 horas para el 18 de diciembre del 1916.  La convocatoria resultó un completo éxito y la huelga contó con la general aprobación del país, incluidas las clases medias, cansadas del conservadurismo a ultranza de los sucesivos gobiernos, que siguieron mirando hacia otro lado. Pero la crisis era ya irreversible, en julio del 1917 se formó una asamblea de unos 70 parlamentarios, entre republicanos, reformistas, socialistas y catalanistas, que exigieron la dimisión del Gobierno en pleno y la urgente convocatoria de unas Cortes Constituyentes. La respuesta por parte del presidente del gobierno, D. Eduardo Dato, fue suspender las garantías constitucionales y encarcelar a unos cuantos dirigentes, lo que provocó la convocatoria de una nueva huelga general de carácter revolucionario y de duración indefinida en toda España, que comenzó el 10 de agosto. La respuesta del gobierno fue sacar las tropas a la calle, provocando enfrentamientos con los piquetes, en los que hubo varios muertos y heridos, además de numerosas detenciones. Esta huelga general, según el socialista Largo Caballero perseguía “una transformación completa de la estructura política y económica del país”.

El 29 de setiembre, finalizada ya la huelga, los miembros del “Comité de Huelga” fueron encarcelados, sometidos a un Consejo de Guerra, condenados a cadena perpetua y encarcelados en el penal de Cartagena.

En el mes de octubre cayó el gobierno de Dato (6), sustituido por el primer gobierno de concentración de la monarquía y presidido por el liberal García Prieto, que también fue bastante efímero y tampoco resolvió nada.

En el mes de febrero del 1918 fueron convocadas otras elecciones generales, a las que se presentaron como candidatos todos los encarcelados por la huelga del 1917, saliendo todos  elegidos, por lo que en el mes de mayo el gobierno se vio obligado a concederles la amnistía, tomando posesión de sus actas de diputados el 18 de mayo. En la nueva cámara se creó la coalición “Alianza de Izquierdas”, en la que se integraron los socialistas, presididos por Pablo Iglesias e Indalecio Prieto. En estas elecciones, como en tantas otras, resultaron vencedores conservadores y liberales, que consiguieron más de 230 escaños, siguiendo como Presidente del Gobierno el liberal García Prieto. Todo continuó como si en España no pasara nada.

Pero sí que pasaba, en realidad los problemas de España no habían hecho más que agravarse, la sociedad cada día estaba más dividida y anarquistas y socialistas cada vez protagonizaban más reivindicaciones sociales. La sombra de una confrontación de clases cada vez se hacía más grande, pero la monarquía, la Iglesia y las clases dominantes seguían aferradas a sus privilegios y contaban con el apoyo de una gran parte del ejército para mantenerlos. Pero la chispa volvería a saltar en Marruecos.

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El 21 de julio del 1921 D. Alfonso XIII visitaba la ciudad de Burgos. Los burgaleses, soportando un sol implacable, abarrotaban las calles para recibir y aplaudir a la comitiva real. El objetivo de la presencia de D. Alfonso y su esposa Doña Victoria Eugenia en la ciudad burgalesa era presidir la ceremonia del traslado de los restos del Cid Campeador del Ayuntamiento, dentro de los actos conmemorativos del VII Centenario de la consagración de la catedral, a su nuevo mausoleo, cubierto por una gran losa situada bajo el crucero central de la catedral. Durante la misa de acción de gracias se pronunció una oración en recuerdo de los soldados españoles que seguían luchando contra los moros en Marruecos. A continuación tuvo lugar una brillante parada militar, mientras surcaban el cielo una escuadrilla de aviones en perfecta formación. Finalizado el acto, los reyes emprendieron el regreso a San Sebastián, donde se  encontraban veraneando. Eran aproximadamente las cinco de la tarde.

A esa misma hora, en el norte de Marruecos, también bajo un calor asfixiante y sin apenas agua ni víveres, el grueso del ejército español, unos 4000 hombres, al mando del general Fernández Silvestre, que se dirigía hacia Alhucemas, quedaba copado en la localidad de Annual, a unos 60 kilómetros al oeste de Melilla, por las fuerzas del caudillo rifeño Abd el Krim, al frente de una fuerza armada cercana a los 10.000 hombres. La mortandad entre los españoles es espantosa y amenaza con ser total, lo que hace que el general Silvestre, ante la práctica imposibilidad de recibir refuerzos a tiempo, se plantee la opción de evacuar el campamento de Anual. La retirada comienzó a las 11 de la mañana del día 22 de julio, pero para entonces las vías de evacuación ya estaban ocupadas por las tropas enemigas, que atacaron a los que se retiraban por los cuatro costados, causando la desbandada general y el abandono de las armas, pensando cada cual en su propia salvación. Más de 4000 soldados españoles, entre los que no había ningún voluntario, murieron en aquella funesta batalla. Sus cadáveres cubrieron una tierra que no era la suya, a la que habían ido obligados para defender los intereses de una selecta minoría a la que ni siquiera conocían. El gran responsable de aquella carnicería, general Fernández Silvestre, parece que se suicidó, volándose la cabeza con su propia pistola, pero su cuerpo nunca fue encontrado.

El Desastre de Annual allanó el camino para que en setiembre del 1923 el general Primo de Rivera (7), con el respaldo de Alfonso XIII diera un golpe de Estado e implantara en España una Dictadura Militar, con el objetivo de “Libertar a España de los profesionales de la política, de las desdichas e inmoralidades que empezaron en el año 98y amenazan a España con un fin próximo, trágico y deshonroso….”.

En realidad, detrás de esta declaración de principios se ocultaba el interés del rey y del propio general por diluir las responsabilidades que tanto el rey como los militares habían tenido en los trágicos acontecimientos acaecidos, suprimiendo, de paso, la Comisión nombrada por el Congreso para depurar dichas responsabilidades. También se suspendió la Constitución, se disolvieron los Ayuntamientos, se prohibieron los Partidos Políticos y se pusieron en marcha los Somatenes (10) para que actuasen como milicias tanto rurales como urbanas. Vamos, que esta dictadura con rey hizo  lo que se llama “Borrón y Cuenta Nueva”, ¡así de fácil!.

Por el contrario, a pesar de tanto desastre político, militar, económico y social, la Gastronomía española ofrecía unas perspectivas llenas de esperanzador optimismo.

Ya en las postrimerías del XIX algunos excelentes cocineros y gastrónomos, como Angel Muro con su “El Practicón”; Manual Puga y Pardo, más conocido como “Picadillo”, autor de “La cocina práctica”, con prólogo de Doña Emilia Pardo Bazán o Mariano Pardo y Figueroa, con su “La cocina Moderna”, entre otros, realizaron grandes esfuerzos por revitalizar y dar carácter propio a la dispersa cocina española.

En los comienzos del siglo XX esta corriente se multiplicó, incorporando a escritores y periodistas que realizaron un serio y profundo estudio de la cocina española, incluido sus orígenes, su historia, sus costumbres y tradiciones, sus productos y un variado recetario en el que se reflejaban los gustos culinarios de todas las regiones españolas, dando a conocer cientos de recetas de todos los rincones de España, que hasta entonces se habían ido trasmitiendo de generación en generación por el procedimiento del “boca a boca”.

El polifacético gaditano Dionisio Pérez Gutiérrez fue escritor, periodista, político y gastrónomo, que cuando escribía sobre gastronomía utilizaba el seudónimo de “Post-Thebussem”, como continuador del trabajo iniciado por Mariano Pardo y Figueroa de dar una identidad nacional a la cocina española, integrada por el conjunto de las cocinas regionales. Además de numerosos artículos en periódicos y revistas, en el 1929 publicó “Guía del buen comer español”, una especie de inventario de los platos clásicos de todas las regiones de España. Su obra póstuma fue “La Cocina Clásica Española” publicada en 1935, que contiene un extenso recetario ilustrado.

Algunos escritores modernos han calificado a Teodoro Bardají Mas como el “padre de la gastronomía española moderna”. Este aragonés, nacido en Binéfar (Huesca) el 16 de mayo del 1882, además de repostero y cocinero, fue un erudito gastrónomo, gran conocedor y defensor de la cocina española clásica. Viajó y trabajó como cocinero en Francia, para conocer la cocina francesa y cuando regresó a España prestó sus servicios como cocinero y repostero en numerosos lugares como el Hotel Oriente de Zaragoza y la Exposición Hispano-Francesa de 1908, que también se celebró en Zaragoza. Fue jefe de cocina del Casino de Madrid y también trabajó en el Palacio Real y en diferentes casas de la más alta nobleza, como la condesa de Castañeda o el duque del Infantado. En 1928, con motivo de la apertura del Parador Nacional de Gredos (11), dirigió una comida ofrecida por Alfonso XIII a más de 200 comensales. Como periodista, publicó un gran número de artículos en revistas especializadas como “El Gorro Blanco”, “La Cocina Elegante”, “La Confitería Española” o “Unión del Arte culinario”, de la que fue redactor-jefe. De sus numerosos libros, cabe destacar “El Índice Culinario”, “La cocina de ellas” y “Cocina para fiestas”. En 1976 se publicó una amplia recopilación de sus recetas con el título de “Arte Culinario Práctico”. También mantuvo una intensa relación personal y profesional con el escritor catalán Ignacio Doménech, otro ilustre gastrónomo. Falleció en Madrid el  6 de marzo del 1958 a los 75 años.

Ignacio Doménech, un catalán de Manresa, además de un gran cocinero, fue un prolífico escritor, cuya obra está dedicada casi por completo al estudio de la gastronomía. Editó dos revistas culinarias que tuvieron gran aceptación: “La Cocina Elegante” y “El Gorro Blanco”, una revista mensual que salió a la calle hasta el año 1945. A esto hay que sumar una veintena de libros sobre temas gastronómicos, destacando “Ayunos y Abstinencias-Cocina de Cuaresma”, que fue el primer libro que apareció en España sobre la comida cuaresmal y sus múltiples recetas. Están además “La Cocina vasca”, “Cocina de recursos”, “La Pastelería mundial y los helados modernos” y otras cuantas más. Falleció en Barcelona el 11 de noviembre del 1956.

También, durante la primera mitad del siglo XX destacó la figura y la obra de una mujer, la bilbaína María Mestayer de Echagüe, marquesa de Parabere, cuyo libro “La cocina completa”, aparecido después de la Primera Guerra alcanzó una gran difusión y fue reeditado en varias ocasiones. Murió en Madrid a los 72 años de edad.

Por vez primera y gracias al trabajo de estos gastrónomos y otros muchos que no citamos, pero también trabajaron, aparecieron impresos y asequibles a todo el mundo numerosos libros conteniendo las recetas culinarias de todas las regiones españolas, cuyo conjunto formaba lo que se empezó a denominar  ”Cocina Española”, origen, a su vez, de la moderna cocina del siglo XXI, también conocida como “Gastronomía Molecular”.

Las dos guerras mundiales que asolaron Europa durante la primera mitad del siglo XX, en las cuales España no participó directamente, también tuvieron una gran incidencia sobre la alimentación, y en consecuencia sobre la gastronomía. Debido a la gran necesidad de suministrar alimentos a miles de personas, tanto en el frente como en la retaguardia,  aumentó la investigación sobre la elaboración y la conservación de los alimentos, dando lugar a la aparición de los productos envasados y enlatados, y aunque las recetas no variaron mucho, pues había otras prioridades, si que varió la forma de condimentarlas. También aparecieron los frigoríficos para el almacenamiento y conservación de todos estos nuevos productos envasados.

En España, la coyuntura impuesta por el conflicto bélico europeo, trajo consigo una  relativa bonanza económica que permitió reactivar muchos sectores del país, dando paso a los que se conocieron como los “Felices Años Veinte”. Sin embargo, el militarismo impuesto por Primo de Rivera, la falta de libertades y su corporativismo de corte fascista, crearon una tensión política y social, que provocaba continuos conflictos. Esta realidad hizo pensar a D. Alfonso XIII que aquel régimen, que él había apoyado, podía acabar con la monarquía. Intelectuales, estudiantes, obreros, patronos, partidos políticos y organizaciones sindicales clandestinas comenzaron a salir a la calle y manifestarse abiertamente en contra del régimen. A esto hay que sumar el conflicto surgido entre el Cuerpo de Artillería y Primo de Rivera, que en el 1926  acabó por disolver el cuerpo. La Dictadura, como solución política para España, había fracasado por su propia incompetencia. El 28 de enero del 1930 el general Primo de Rivera presentaba su dimisión a S. M. D. Alfonso XIII, que se apresuró a aceptarla. Claro que su sustitución tampoco fue muy acertada, pues en su lugar puso al general Berenguer. Se pasaba de la “dictadura”, que había durado casi siete años, a la “dictablanda”, que fue mucho más breve. Primo de Rivera se exiló a París, donde falleció poco después, el 16 de marzo, como consecuencia de una complicación gripal.

Su sucesor, el general Dámaso Berenguer, que había nacido en Cuba, tampoco pudo dominar la situación, ni crear un gobierno estable, por lo que no le quedó otra salida que convocar elecciones generales para el mes de marzo, pero se encontró con la negativa a participar de todas las fuerzas políticas que habían sido marginadas durante la Dictadura, incluidos los partidos monárquicos. Los republicanos se agrupan en el llamado “Pacto de San Sebastián”, con el declarado objetivo de acabar con la monarquía. Berenguer y su gobierno dimitieron en pleno y Alfonso XIII tuvo grandes dificultades para encontrarle un sustituto, finalmente el almirante Aznar aceptó el encargo, formando un gobierno monárquico de concentración, en el que figuraba el propio Berenguer como ministro de la Guerra. Este nuevo gobierno se marca como objetivo devolver a España la normalidad constitucional, para lo que convoca nuevas elecciones: municipales, provinciales y generales, que también serían constituyentes, para sustituir la Constitución de 1876.

Las elecciones municipales tuvieron lugar el 12 de abril del 1931. Los partidos monárquicos obtuvieron mayor número de votos y de concejales, pero en las grandes ciudades y en la mayoría de las capitales de provincia la mayoría republicana resultó abrumadora, la opción monárquica tan sólo resultó vencedora en las siguientes capitales de provincia: Soria, Pamplona, Lugo, Gerona, Cádiz, Burgos, Palma de Mallorca, Ávila y Vitoria.

La noche del 12 y durante todo el día 13 las calles y plazas de toda España se vieron invadidas por millones de españoles que gritaban entusiasmados ¡Viva España! y ¡Viva la República!. El día 14 se declaró una huelga general de forma espontánea y en algunas ciudades se empieza a proclamar la II República. Todo de una forma alegre y ordenada, sin incidente ni alteraciones del orden público, lo que en España no dejaba de ser bastante insólito. A las siete de la tarde de ese mismo día 14 Niceto Alcalá Zamora, jefe provisional del Gobierno de la República, pactaba con el general Sanjurjo, que se había hecho cargo del orden público, la entrega de la Monarquía y la salida de España del rey y su familia. Poco más tarde, desde el Ministerio de la Gobernación, situado en la Puerta del Sol madrileña, era proclamada la Segunda República Española.

Por su parte Alfonso XIII, tal vez aconsejado por su camarilla de confianza, Romanones, Maura y Gamazo, tuvo que aceptar lo que ya era irreversible: “Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo. Mi conciencia me dice que este desvío no será definitivo, porqué procuré siempre servir a España……”

Vamos, que se marchaba porque nadie le quería,  pero pensaba volver cualquier día, porque las cosas del cariño son siempre pasajeras.

Hacia las nueve de la noche de ese mismo día 14 Alfonso XIII y su comitiva salió para Cartagena para embarcarse en el buque “Príncipe Alfonso”, que partió hacia las cinco de la madrugada del día 15 rumbo a Cádiz a recoger a su hijo el infante D. Juan y continuar rumbo a Inglaterra.

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El día 15 de abril, su esposa la reina Victoria Eugenia y sus seis hijos, protegidos por la Guardia Civil, salían en tren desde la madrileña estación de Atocha en dirección a Hendaya. En la burgalesa estación de Miranda de Ebro se cruzaron con otro tren, este procedente de Hendaya y con destino a la estación de Atocha, en el que regresaban a España los exilados españoles que habían conspirado contra la monarquía en el mes de diciembre del 1930. Simultáneamente, por las calles de Burgos una gran multitud se manifestaba gritando ¡Viva España! y Viva la República!.

 

NOTAS

  • Las islas Carolinas fueron descubiertas en el año 1526 por los exploradores españoles Alonso de Salazar y Diego de Saavedra. Las islas Marianas fueron descubiertas en el 1521 por el portugués Fernando de Magallanes, que tomó posesión de ellas en nombre del rey de España, Carlos I. fueron conocidas como Islas de los Ladrones hasta que en el siglo XVII se las cambió el nombre en honor a la reina-regente Mariana de Austria. Las islas Palaos se descubrieron en el 1522 durante la expedición de Magallanes-Elcano, su primer explorador fue el español Gonzalo Gómez de Espinosa.
  • Michelle Angiolillo fue detenido y ajusticiado por garrote vil el 20 de agoste de ese mismo año. El verdugo era el burgalés de Cavia, Gregorio Mayoral Sandino.
  • Las minas del Rif estaban explotadas por la Compañía Española de Minas del Rif. Tenía su sede en Madrid y se cerró en el 1984.
  • Los restos mortales de los fallecidos están depositados en el “Panteón de los Héroes” del Cementerio Municipal de la Purísima Concepción de Melilla.
  • Manuel Pardiñas, el asesino de Canalejas, se suicidó después de cometer el asesinato
  • Eduardo Dato fue asesinado a tiros, en la Puerta de Alcalá de Madrid, el 8 de marzo de 1921 por tres anarquistas catalanes: Pedro Mateu, Luis Nicolau y Ramón Casanellas.

Primo de Rivera era el Capitán General de Cataluña.

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LA REPÚBLICA LLEGA Y SE VA. -Por Francisco Blanco-.

La revolución de setiembre del 1868, encabezada por Prim y un grupo de generales descontentos, consiguió destronar a la reina Isabel II y expulsarla de España. El nuevo gobierno, para legalizar la nueva situación convocó Cortes Constituyentes, que proclamaron la Constitución de 1869 en la que, ante el asombro y la incredulidad de la mayoría del pueblo español, que soñaba con la desaparición de la monarquía y la instauración de la República, que reclamaba al grito de ¡Fuera los Borbones! ¡Viva España con honra!, España fue declarada una Monarquía Constitucional. Naturalmente esto fue posible gracias a que los monárquicos eran mayoritarios en la Cámara, cuyos Diputados fueron elegidos por el voto de todos los españoles mayores de 25 años.
Al general Prim le tocaba ahora la desagradable y complicada tarea de encontrar sustituto para el trono que él mismo había ayudado a desalojar recientemente.

Finalmente, tras muchas dudas y deliberaciones, la elección recayó en la persona del italiano Amadeo de Saboya, duque de Aosta y tercer hijo del rey de Italia Víctor Manuel II y su esposa Adelaida de Austria. Al parecer, este joven príncipe de 34 años ofrecía el mejor perfil posible para convertirse en el rey de todos los españoles: joven, atractivo, casado con la parisina Mª Victoria del Pozzo, princesa de La Cisterna; perteneciente a una Dinastía lejanamente emparentada con los Borbones, católico y con fama de progresista y tolerante. Otra cosa era que aceptara el cargo que le ofrecían ¿a quién no le gusta ser rey? Pero España en aquellos momentos estaba en una situación de empobrecimiento generalizado y sumida en un estado de total convulsión política, que la convertía en un país ingobernable. Pero, finalmente, Amadeo aceptó ceñirse la corona de rey constitucional de España y sus colonias. El 16 de noviembre del 1870 las Cortes españolas reunidas en sesión plenaria, por 191 votos a favor, 101 en contra y 19 abstenciones, nombraron a D. Amadeo I de Saboya nuevo Rey de España. El presidente de las Cortes, D. Manuel Ruiz Zorrilla, republicano declarado, ratificó dicho nombramiento:”Queda elegido Rey de los españoles el señor duque de Aosta”.

Una comisión parlamentaria se dirige a Florencia para comunicar al duque el resultado de la votación, éste, el 4 de diciembre acepta el nombramiento, embarcando poco después en el puerto italiano de La Spezia rumbo a su nuevo reino, desembarcando en Cartagena el 30 de diciembre y dirigiéndose, acto seguido, hacia Madrid.

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Ese mismo día fallecía en Madrid su gran valedor el general Prim, como consecuencia del atentado que sufrió el pasado día 27 en la madrileña calle del Turco (1) cuando abandonaba el Palacio de Congresos para dirigirse a su domicilio en el Ministerio de la Guerra, situado en el Palacio de Buenavista, precisamente para ultimar los preparativos de su viaje a Cartagena para recibir al nuevo rey. En una tarde invernal, desapacible y oscura, dos carruajes interceptaron la berlina del general cuando iba a entrar en la calle de Alcalá, Moya, el cochero del presidente, tuvo que tirar de las riendas para evitar el encontronazo. Tres individuos, armados con trabucos de boca ancha, descendieron de los carruajes y comenzaron a acribillar por ambas portezuelas la berlina del general, que  viajaba acompañado de su ayudante Nandín, éste trató de protegerle con su cuerpo, acabando con una mano destrozada y varias heridas en el brazo. Por su parte, el presidente, en su instintivo gesto de defensa, fue alcanzado en la mano, brazo y hombro derecho, pero aparentemente sin tocar ningún órgano vital.  La acción apenas tardó unos segundos, los que necesitó el cochero para evitar los carruajes y fustigar a los caballos para escapar al trote por la calle de Alcalá. Una vez la berlina en su domicilio, Prim se apeó del vehículo sin ayuda y subió él sólo las escalinatas del ministerio de la Guerra, apoyándose en la barandilla con su brazo izquierdo intacto, pero dejando a su paso un reguero de sangre. Todavía tuvo la entereza de tranquilizar a su esposa y dirigirse a sus habitaciones para esperar al equipo médico.

Su médico personal doctor Losada y el doctor Lladó fueron los primeros en practicarle las primeras curas, tenía la mano derecha perforada y se vieron obligados a amputarle la primera falange del anular derecho, además, de su maltrecho costado le extrajeron hasta siete balas. Después de suministrarle algún sedante, el general Prim se sumió en un profundo sueño. Afortunadamente, la esperanza de que los órganos vitales no hubieran sufrido ningún daño se convirtió en certeza, por lo que el diagnóstico fue favorable a su rápida recuperación. Peor suerte corrió su ayudante Nandín, al que le quedó paralizado el brazo con el que intentó proteger a su presidente.

Los días 28 y 29 el herido presidente permaneció convaleciente en el lecho,  bajo los correspondientes y atentos cuidados médicos, sin que nada hiciera pensar que su recuperación no iba a ser rápida y total y que incluso podría acudir a recibir al nuevo rey, que estaba a punto de llegar a Madrid. Pero, inesperada y misteriosamente, el día 30 el herido se ve atacado por una fuerte infección pútrida, que nadie fue capaz de atajar y que sí afectó a sus órganos vitales, causándole la muerte.

Amadeo I llegó a Madrid el día dos de enero del año 1871. Su primer acto fue visitar la Basílica de Nuestra Señora de Atocha y postrarse a rezar ante el cadáver embalsamado del general Juan Prim, su gran valedor y principal artífice de su coronación como rey de España. Después se dirigió a las Cortes, reunidas bajo la presidencia de D. Manuel Ruiz Zorrilla, para prestar el preceptivo y solemne juramento: “Acepto la Constitución y juro guardar y hacer guardar las Leyes del Reino”. Acto seguido, el Presidente de las Cortes procede a clausurar el acto con otra solemne declaración: Las Cortes han presenciado y oído la aceptación y juramento que el Rey acaba de prestar a la Constitución de la Nación española y a las leyes. Queda proclamado Rey de España don Amadeo I”.

En primera instancia, el cuerpo momificado del general D. Juan Prim Prats recibió sepultura en el “Pabellón de Hombres Ilustres” de  Madrid. En el año 1971 sus restos mortales fueron trasladados a Reus, su ciudad natal.

Las verdaderas causas de la muerte de Prim siguen siendo un “misterio histórico” sin resolver, origen de innumerables teorías que continúan estando vigentes en la actualidad: ¿Murió como consecuencia de las heridas recibidas en el atentado, o a causa de la infección posterior? ¿Murió estrangulado o envenenado? ¿Quién fue el autor o los autores? ¿Existía un complot político detrás?.

El primer supuesto parece estar totalmente descartado, por lo que nos encontramos ante un crimen de Estado o Magnicidio, cuya verdadera autoría se desconoce, pero sobre la que existen numerosos sospechosos. El nombre que más se repite  es el del Duque de Montpensier, que había financiado la revolución de “La Gloriosa”  que destronó a su cuñada Isabel II, a cuya corona aspiraba. También suenan los nombres del Regente general Serrano y el del periodista y diputado republicano José Paúl y Angulo, al que se acusó de ser el autor material y a su Partido el instigador, que también quedan descartados si son ciertas las palabras del propio general Prim cuando ya estaba en la agonía: “No lo sé, pero no me matan los republicanos”. Más recientemente, en uno de sus libros, el ilustre historiador catalán Josep Fontana segura que sigue siendo un misterio la identidad de los asesinos de Prim (2).

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En este ambiente, un tanto fúnebre y poco favorable, comenzó el corto reinado de Amadeo I en un país en el que imperaba la inestabilidad política, el descontento ciudadano, la crisis económica y, por si fuera poco, estalló la Tercera Guerra Carlista y se recrudeció la guerra con Cuba, que luchaba por su independencia. Además, como postre, en el mes de julio del 1872 sufrió un atentado en el que, afortunadamente, su persona resultó ilesa. No es extraño que ante tan caótica situación exclamara:Io non capisco niente. Siamo  una gabbia di pazzi ” (No entiendo nada, esto parece una jaula de locos).

Evidentemente, la muerte de Prim rompió el consenso del Gobierno, la Unión Liberal se escindió, volviendo muchos de sus miembros a abrazar la causa monárquica; los Progresistas se dividieron en radicales, encabezados por Ruiz Zorrilla y constitucionalistas, dirigidos por Sagasta. Hasta seis ministerios se sucedieron en su corto reinado, lo que da idea del desbarajuste político que reinaba en España. Incluso a finales del 1872 Serrano y Sagasta propusieron a Amadeo I saltarse la Constitución y empezar a gobernar con más dureza. El rey, que en todo momento mantuvo una postura constitucional impecable, se negó en redondo a secundar semejante propuesta, lo que aumentó la tensión entre los partidos y una nueva convocatoria de las Cortes.

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La crisis final se desató cuando surgió el conflicto entre Ruiz Zorrilla, Presidente de las Cortes, y el Cuerpo de Artillería. El primero estaba empeñado en disolver dicho Cuerpo a lo que el Ejército respondió exigiendo al rey que disolviese las Cortes y gobernase de forma personal y autoritaria. Esto debió de colmar la paciencia del monarca, que esta vez, convencido de que los españoles éramos ingobernables, sin consultar al gobierno ni a los diputados como exigía la Constitución, escribió una carta de abdicación, cogió a su familia y se refugió en  la embajada italiana. De aquí, acompañado de Ruiz Zorrilla, que se convirtió en su protector, viajó a Lisboa, de donde se trasladó definitivamente a Italia, estableciéndose en Turín.

El mismo día de su abdicación, el 11 de febrero del año 1873, tras conocerse la dimisión de Amadeo I, reunidos de urgencia el Congreso y el Senado, por 258 votos a favor y 32 en contra, proceden a proclamar la I República Española.

¡Llegaba con tres años de retraso!

El día siguiente 12 de febrero, la Asamblea Nacional nombra Presidente del Poder Ejecutivo al abogado catalán  D. Estanislao Figueras, republicano federal, lo que devuelve el poder a los republicanos, pero la división entre los Partidos y la falta de consenso hace inviable la formación de un gobierno estable, hasta que el 25 de abril, el diputado por Toledo Cristino Martos, apoyado por el Partido Conservador, los Generales monárquicos y la Guardia Civil provocó un golpe de estado que fracasó gracias a la contundente acción de Pí y Maragall desde el Ministerio de la Guerra. Finalmente, el día 11 de abril, cansado y aburrido de tanta lucha estéril, el presidente Figueras presenta su dimisión irrevocable y abandona el país estableciéndose en Francia. Le sucedió D. Francisco Pí y Maragall, otro republicano catalán, que tampoco consiguió el apoyo de los conservadores ni del Ejército, lo que provocó una nueva dimisión y la formación de otro Gobierno, esta vez presidido por D. Emilio Castelar, un republicano unitario que acababa de regresar del exilio al que se vio obligado a marchar por su dura oposición a Isabel II, que se hizo cargo del Gobierno el día 7 de setiembre del 1873.

Este nuevo gobierno inició una política autoritaria de pacto con los conservadores y recortes de libertades, tanto personales como institucionales. Pero Castelar, por una parte se encontró con la oposición del resto de los republicanos, partidarios del federalismo, pero lo más grave y definitivo fue el golpe de estado que, en nombre del Ejército, dio el general Pavía el 3 de enero del 1874, que dio paso a la creación de un gobierno provisional presidido por otro general, D. Francisco Serrano, antiguo amante de Isabel II. De esta forma tan a la española, finalizaba el “Sexenio Democrático“ y el primer intento de convertir España en República. Los monárquicos, encabezados por Cánovas del Castillo, con la ayuda de otro general, el segoviano D. Arsenio Martínez Campos, no tardaron en devolver la corona española a otro Borbón, D. Alfonso XII, el hijo de Isabel II:

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Esta discrepancia entre republicanos federalistas, radicales y unitarios también trajo como consecuencia la aparición de un movimiento cantonalista, de carácter independentista en algunos casos, que se extendió rápidamente por muchas regiones de España con la intención de dividirla. En el mes de julio de 1873 se constituyó en Madrid un “Comité de Salud Pública”, que con la colaboración de la “Asociación Internacional de Trabajadores” (AIT), inició la puesta en marcha del cantonalismo por las regiones de Valencia, Murcia y Andalucía, en las que fueron apareciendo los Cantones, como los de Cartagena, Alcoy, Jumilla y otros, lo que obligó al por entonces presidente del Poder ejecutivo, el republicano moderado D. Nicolás Salmerón, a utilizar el ejército para sofocar la rebelión. También en Extremadura y en algunas provincias de Castilla-León, como Salamanca y Ávila, se llegaron a constituir cantones independentistas, integrados en la “federación Española” de repúblicas independientes.

Una vez conseguida la restauración de la monarquía, en la persona de Alfonso XII, D. Antonio Cánovas del Castillo, el artífice de la hazaña, aunque contó con la ayuda no solicitada de los generales Pavía y Martínez Campos, se dedicó a diseñar una nueva Constitución, la de 1876, que sustituyera la democrática de 1869. Para ello, en mayo de 1875 convocó la “Asamblea de Notables”, integrada en su mayoría por monárquicos moderados y presidida por  el jurista burgalés D. Manuel Alonso Martínez.

Estaba compuesta por 39 miembros, que finalmente quedaron reducidos a nueve. El objetivo principal de la nueva Constitución era  blindar y dejar bien protegidos los privilegios del Antiguo Régimen, tal como el mismo Cánovas se encargó de definirla: “Preténdese restaurar no en el sentido riguroso de restablecer un antiguo régimen, sino en el de concertar ciertos principios políticos tradicionales y las innovaciones reclamadas por los tiempos, con la pretensión de salvar el dualismo abierto por el reciente movimiento revolucionario”.

Cánovas, siguiendo el modelo inglés, trata de imponer el bipartidismo como base fundamental para conseguir la estabilidad política, aunque en su Artículo 18 concede una importancia decisiva a la figura del rey: “La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey”.

Como resulta fácil de entender, en este convulso clima de enfrentamiento político y social, rozando lo militar, la gastronomía no ocupaba un lugar prioritario entre los asuntos que preocupaban a los españoles, lo que quiere decir, salvo alguna que otra excepción, que en las capas más acomodadas siguió predominando la cocina francesa, mientras que en el resto seguían dominando las diferentes cocinas regionales, con sus platos más tradicionales a la cabeza. También es cierto que la migración del campo a la ciudad del campesinado más pobre, la aparición del automóvil y la llegada de los primeros turistas, supuso que restaurantes, mesones y casas de comida fueran en aumento en las zonas urbanas, principalmente en Madrid. También, en relación con las comidas, empezaron a aparecer y tenerse en cuenta los primeros conceptos sobre la alimentación, tales como las calorías, las vitaminas, los hidratos de carbono y las comidas más sanas, que ocasionaron la aparición de las dietas alimenticias, directamente relacionadas con la salud.

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Sin embargo, toda España, incluidas Castilla la Vieja y Burgos, atravesaba por una larga y profunda crisis económica que afectaba a una gran mayoría de la población, con  una importante serie de carencias que les impedía llevar una vida digna, afectando incluso a su diaria alimentación. ¿Cómo, en tales circunstancias, se podía hablar de “dietas alimentarias?. Había que procurarse el cotidiano sustento como mejor podía cada cual.

La base alimenticia de Castilla seguía siendo, sobre todo, los cereales, las legumbres, las verduras, y los tradicionales platos que con ellos se cocinaban su comida diaria. Felices eran las familias que a la hora de comer podían reunirse en torno a una fuente con un buen cocido con  algún trozo de pollo o vacuno, acompañado por un buen trozo de pan y una copa de vino.

Trascribimos un fragmento del “Practicón”, un tratado de cocina que se hizo muy popular, escrito por Angel Muro (3) a finales del siglo XIX:

Oda al garbanzo
“Si a pensar en los males de Castilla
y en su miseria y desnudez me lanzo,
como origen fatal de esta mancilla,
te saludo, ¡Oh garbanzo!
Tú en Burgos, y en Sigüenza, y en Zamora,
y en Guadalajara, capital del hielo,
alimentas la raza comedora,
y así le crece el pelo.
Esa tu masa insípida y caliza,
que de aroma privó naturaleza,
y de jugo y sabor, ¿qué simboliza?
vanidad y pobreza”. 

 

NOTAS

  • La calle del Turco es la actual calle del Marqués de Cubas
  • Josep Fontana es un historiador catalán, profesor emérito de la Universidad Pompeu Fabra, fallecido recientemente, el 20 de agosto de este mismo año 2018, que ha dejado una importante obra histórica y de investigación económica y social.
  • Angel Muro (1839-1893) fue un escritor madrileño que se especializó en temas gastronómicos de la cocina española. Además de “El Practicón” había publicado un “Diccionario General de Cocina” y numerosos recetarios. La “Oda al garbanzo” que reproducimos pertenece a un autor anónimo, posiblemente del Siglo de Oro, que aparece en la citada obra de Angel Muro.

Autor Paco Blanco, Barcelona, setiembre 2018

VIAJEROS EN BURGOS. -Por Francisco Blanco-.

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Tal vez debido a que los caminos y carreteras españoles se habían hecho más transitables y se habían ampliado las líneas del ferrocarril, hacia la mitad del siglo XIX empezaron a pisar nuestro suelo los que se podrían considerar como los primeros turistas. Muchos eran viajeros ilustres, artistas y escritores románticos muchos de ellos, que nos dejaron sus crónicas sobre las impresiones que la forma de vida de los españoles les iban causando. También por esta época y tal vez por los mismos motivos, empezaron a aparecer las fondas, hoteles y restaurantes que reemplazaron, especialmente en las zonas urbanas, las arcaicas ventas y posadas, mesones y figones, que hasta entonces encontraban los escasos y atrevidos viajeros que tenían que moverse por las escasas y complicadas rutas que recorrían la geografía española.

La cocina francesa, especialmente entre las más altas capas sociales, seguía siendo la dominante, hasta el punto de que los tratados y libros de cocina que se podían adquirir en España eran simples traducciones de libros de cocina franceses, en la que se estaba imponiendo la “cuisine classique”, impulsada por el renovador chef Auguste Escoffier (1).

Lógicamente, los grandes restaurantes y los grandes “chefs” eran sus incondicionales seguidores. Sin embargo, la cocina popular española cada vez tenía más arraigo y cada región se ocupó de dar a conocer sus platos más tradicionales y representativos, a los que se les apellidó con el nombre de su región de origen,  como la paella valenciana, el cocido madrileño, el bacalao a la vizcaína, la escudella catalana, la fabada asturiana, el pote gallego, el pisto manchego, el gazpacho andaluz, la morcilla de Burgos, el botillo de León y tantos y tantos otros, que han convertido la cocina española en una de las más variadas, sustanciosa y apetitosa, capaz de deleitar el más exigente paladar y levantar el más decaído de los ánimos.

Sin embargo, estos primeros viajeros que se interesaron por nuestra cocina popular no reflejan mucho entusiasmo sobre nuestra comida, a la que encuentran condimentada con exceso de aceite de oliva y ajo. Al parecer, estos viajeros románticos tenían sus paladares y sus estómagos tan acostumbrados a la cocina francesa, que los sólidos ingredientes de nuestros sustanciosos platos tradicionales les resultaban extraños y difíciles de digerir.

Por otro lado, las impresiones transmitidas por tanto viajero ilustre han contribuido  a crear la imagen de una España llena de tópicos, muchos de los cuales todavía conservamos, que han generado una imagen de España totalmente caricaturizada, desde la bailarina gitana, pasando por el bandolero que robaba a los ricos para dárselo a los pobres,  hasta llegar al valiente “toreador”, que se enfrentaba él sólo al astado  en la plaza de toros. En resumen: se generó la imagen de un pueblo atrasado y despreocupado, muy alejado de la forma de vivir europea. Incluso un periodista y escritor romántico español, Mariano José de Larra, en uno de sus “Artículos de Costumbres” se mostró crítico con el servicio que ofrecían algunas casas de comida españolas: “Un mozo para cada sala y una sala para cada veinte mesas”

Estos viajeros ilustres y románticos fueron bastante numerosos a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, destacando Alejandro Dumas, que redactó un “Diccionario Gastronómico”, Teófilo Gautier, Próspero Merimée, autor de la famosa “Carmen”, protagonizada por gitanas, bandoleros y toreros, que hizo un largo viaje gastronómico por Andalucía, dejando abundantes notas sobre la cocina tradicional andaluza; el inglés Richard Ford, escritor, dibujante e hispanista, que vivió cuatro años entre Sevilla y Granada, viajando por toda España, mezclándose con el pueblo y vistiendo como un español más, fue un auténtico enamorado de las costumbres españolas, pero también muy crítico con las clases dirigentes y su forma de gobernar. Suya es la siguiente opinión: “El pueblo español es muy superior a sus dirigentes y clases altas”

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En el año 1839 se inaugura en la castiza y céntrica calle madrileña de la Carrera de San Jerónimo nº 8 el restaurante Lhardy, fundado por el confitero francés Émile Huguenin Lhardy, que mantenía una buena relación con el novelista Prospero Merimée, de quien es muy posible que surgiera la idea. Se inició como pastelería, pero poco a poco fue incorporando comidas para llevar, como fiambres, consomés, que se hicieron muy famosos y otros platos preparados, acabando por montar varios salones en su interior, que se convirtieron en restaurante, alcanzando enseguida gran popularidad. Fue uno de los primeros restaurantes españoles que ofreció a sus clientes un menú cerrado. Entre sus servicios incluía el “table d´hôte”, lo que se podría definir como un “catering de “alto standing” para los hoteles, centros oficiales o mansiones particulares.

En Madrid la llegada de viajeros empieza a tener un gran incremento y las terrazas de los cafés se llenan de visitantes de paso, ansiosos de consumir los productos tradicionales, tanto de comer como de beber, lo que obliga a los hosteleros a incrementar notablemente su oferta. Además, hace su aparición el automóvil, que también contribuye a aumentar el tráfico de viajeros de alto poder adquisitivo, que acudían a los hoteles y restaurantes  más lujosos.

En todas las capitales de provincia se crean hoteles y restaurantes para atender el incesante aumento de la demanda. En Barcelona, donde los sitios para comer eran bastante escasos, destacaba el decano y casi el único “Can Culleretes”, una fonda-restaurante abierta por un valenciano en el 1786. Bastante más tarde, en el 1839 se abrió “El 7 Puertas”, situado en el Paseo de Isabel II, cerca del Port Vell, que aún sigue siendo uno de los más famosos de la ciudad. El “Justin”, un restaurante francés abierto en el año 1876 en el nº 12 de la Plaza Real, un sitio muy frecuentado por la alta burguesía catalana, que acabó llamándose “Grand Restaurante de France”. Actualmente la oferta gastronómica de Barcelona es muy amplia y variada.

A finales del siglo XIX se consumó para España la pérdida de todas sus colonias, lo que dio origen a un fuerte movimiento intelectual conocido como “El Regeneracionismo del 98”, que realiza un profundo análisis de las causas de la larga decadencia de España, proponiendo las correspondientes medidas para enderezarla. En el año 1904 algunas de estas propuestas se exponen en el stand español de la grandiosa Exposición Universal de San Luis, que tuvo lugar entre los meses de abril a diciembre en la ciudad de San Luis, del Estado de Misuri, que había sido la capital de la Louisiana española. A esta magna exposición, la más grande celebrada hasta entonces, acudieron más de 60 países y en ella se presentaron las últimas novedades de las ciencias y las artes en general. En lo referente a la gastronomía, hicieron su aparición las hamburguesas y los “perritos calientes”, entre otras muchas. También en el Stand español se presentaron varios platos de nuestra cocina tradicional.

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Burgos, debido a su estratégica situación geográfica, era un paso obligado para todos los viajeros procedentes del otro lado de los Pirineos, que se dirigían a Madrid o Andalucía, lo que provocó que además de los numerosos peregrinos que atravesaban las tierras burgalesas camino de la tumba del Apóstol Santiago, que ya tenían su ruta marcada, en la que disponían de numerosos hospitales, monasterios y conventos donde alimentarse y descansar, hiciera su aparición otro tipo de viajeros con otros objetivos, otras inquietudes, otro sentido crítico y una bolsa mucho más llena. En definitiva: se trataba de una nueva forma de viajar.

En el antiguo Hospital del Rey, que tenía capacidad para cerca de 2000 personas, se recibían diariamente, durante siglos cientos de peregrinos, atraídos por el buen trato que recibían. Un peregrino francés, el sastre picardo Guillermo Manier, que viajaba con la bolsa vacía hacia Santiago en el año 1726, nos ha dejado el siguiente recuerdo de su paso por Burgos y el Hospital del Rey: “Más allá de la ciudad nos han dado sopa y carne, más de lo que uno puede comer, con una libra de pan excelente y un cuartillo de vino bueno”. Naturalmente, a esto hay que añadir la cama y la asistencia corporal y espiritual, esta última podía ser en varias lenguas. A lo largo de la ruta jacobea que atraviesa la provincia de Burgos se podían encontrar más de treinta establecimientos benéficos con similares características.

Aparte de la Ruta Jacobea, perfectamente equipada y señalizada y el Camino Real, que enlazaba Madrid con Bayona atravesando igualmente toda la provincia de Burgos, encontrándose bastante deteriorada en algunos tramos, la provincia de Burgos contaba con una red viaria escasa y en un pésimo estado, por lo que los desplazamientos entre los distintos pueblos resultaban igualmente escasos y llenos de dificultades. A pesar de todo, no faltaban las ventas y ventorros donde los arriesgados viajeros podían hacer un alto en el camino para reponer fuerzas y descansar. Famosas eran la Venta del tío Veneno, refugio de guerrilleros durante la Guerra de la Independencia, que controlaba el desfiladero de Pancorbo; la Venta de la Gamarra, cerca de Logroñ; la del Fraile y otras situadas por las Merindades, La Bureba, las Loras, el Valle de Sedano, Roa y otras poblaciones de la Ribera del Duero.

A finales del siglo XVII parece que estuvo viajando por España la aristócrata francesa, baronesa Madame d’Aulnoy, que dejó escrito su “Viaje por España”, aunque hay quien lo pone en duda. Sea como sea, gran parte de este libro está dedicado a la cocina burgalesa, que parece conocer bien y a la que encuentra bastante aceptable, según se deduce de lo que a continuación se transcribe: “Aunque el cordero sea allí muy bueno, su manera de freírlo con aceite hirviendo no gusta a todo el mundo. Los pichones son allí excelentes y en varios sitios se encuentra buena pesca, especialmente el besugo, que tiene el sabor de la trucha y con los que hacen empanadas, que serían muy buenas si no estuvieran llenas de ajo, de azafrán y de pimienta. El pan es bastante blanco y se diría que es amasado con azúcar, tan dulce es, pero está bien hecho y tan poco cocido que es un trozo de plomo lo que uno se mete en el estómago. El vino es bastante bueno y en la estación de las frutas hay motivos para sentirse satisfechos, porque el moscatel es de un tamaño y un sabor admirables y los higos no son menos excelentes. Se come también unas ensaladas hechas con una lechuga tan dulce y tan fresca, que nosotros no tenemos nada ni aproximado.” (2)

Como se puede apreciar es  común el rechazo de la mayoría de gourmets franceses hacia las especias que aderezaban nuestras comidas, especialmente el ajo y la pimienta. También resulta obvio que en Burgos es más fácil comerse una buena trucha que un besugo.

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Vale la pena recordar aquí un pequeño poema sobre las truchas del Arlanzón, escrito por Francisco Melcón, un poeta burgalés del siglo XVII:

“Adiós huertas y jardines

que el río Arlanzón os baña,

donde truchas prodigiosas

en sus cristales se hallan” 

Por lo demás, el juicio es mucho más benévolo que el que posteriormente emitieron otros compatriotas suyos que también viajaron por España y estudiaron su gastronomía.

Hasta que aparecieron los primeros restaurantes, fondas, mesones, figones, tabernas y posadas, en las que se solía comer alrededor de una mesa redonda, eran los sitios donde se podía comer en Burgos, los había de todos los estilos , para todos los gustos y repartidos por todo el casco urbano, tanto a un lado como al otro del Arlanzón y su principal clientela eran los labriegos  procedentes  de los pueblos más cercanos que llegaban  en diligencias, carromatos, mulas o a pie y que acudían a la capital a las ferias o a solucionar sus asuntos oficiales y se quedaban a comer, generalmente en los sitios de los que tenían referencias.

Por su parte, los cafés cumplían otras funciones más lúdicas y festivas, que animaban un poco la vida de la decadente sociedad burgalesa. Durante el reinado de Carlos III, que fue un gran benefactor de la ciudad, dos cafés destacaban sobre todo en esta faceta festiva, el “Café de la Comedia”, situado en la calle de la Puebla y el “Café del Salvaje”, en el Mercado Mayor. El mismo monarca, que había regalado a la ciudad las monumentales estatuas que adornan el Paseo del Espolón entre los puentes de San Pablo y Santa María, en el 1788 autorizó la construcción en el edificio del Consulado del Mar y Casa de Contratación, situado en dicho paseo, de una nueva planta destinada al Mesón del Consulado, arrendado por D. Carlos Bertaron y Cía., propietarios de la línea de diligencias Madrid-Bayona. De esta forma, los cada vez más numerosos viajeros que visitaban Burgos podían elegir dónde comer con mayor comodidad. Hacia el 1820 el maestro de postas Joaquín Ugarte era el responsable del trayecto Burgos-Vitoria y viceversa. En Vitoria salían y entraban de la calle Postas y en Burgos de la plaza de Vega y en el 1828 la Compañía de Caleseros de Burgos montó un servicio similar. El tráfico se interrumpió en el 1833 con el comienzo de la 1ª Guerra Carlista, reanudándose en el 1839, tras el Convenio de Vergara. La Compañía de Caleseros de Burgos realizaba dos viajes semanales entre Madrid y las Vascongadas en ambas direcciones. (3)

Hacia los años ochenta del siglo XIX se inaugura en Burgos el Hotel París, en la céntrica calle de Vitoria muy cerca de la plaza del Mercado Mayor, hoy conocida como plaza de la Libertad, en la que se alza la famosa Casa del Cordón,. Ofrecía alto confort y unos esmerados servicios muy similares a los del hotel Llhardy de Madrid, en los que seguía dominando la moda francesa. Su alto confort y su privilegiada situación coadyuvaron a que pronto se hospedaran en él los viajeros más ilustres que visitaban nuestra ciudad.  En el año 1885 amplió su oferta gastronómica instalando en sus bajos el “Restaurante-Colmado Burgalés”, cuyo lema comercial habla por sí sólo: En este establecimiento encontrarán buen surtido de fiambres, como el jamón dulce, hueso de cerdo, pastel de liebre, lenguas a la escarlata, pavo en gelatina y otros muchos. Además se reciben toda clase de encargos concernientes a la cocina y la repostería a precios muy económicos”.

Su Carta se caracterizaba por la gran cantidad de platos que ofrecía y que se cambiaban a diario. Entre los más frecuentes se encontraban los siguientes:

 

  -Ternera con guisantes               1,00 pts.
  -Callos a la burgalesa                          0,50 pts.
-Liebre a la campesina                  1,00 pts.
-Salmón en escabeche                   1,00 pts.

                                     -Ragut a la española                     1,00 pts.                                     
-Bacalao a la vizcaína                  0,75 pts.
-Besugo al gratén                         0,75 pts.
-Salmón a la tártara                     1,25 pts.
-Ostras de Arcachón frescas        1,50 pts
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También ofrecía un servicio de abono para los comensales de cada día, con diferentes tipos de menú, al precio de 2,50 pesetas diarias el más económico, lo que contribuía a que su comedor estuviera muy a menudo abarrotado de una entusiasta y ávida clientela.

Dentro de la variedad de su amplia carta podían encontrarse platos procedentes de la cocina francesa, como las ostras de Arcachon o el salmón a la tártara, pero también se ofrecían platos muy tradicionales de la cocina española, burgalesa y regional, como el bacalao a la vizcaína, el cordero asado, la olla podrida y otros.

Tanto el hotel como el colmado estuvieron funcionando hasta el comienzo de la década de los cincuenta, en el pasado siglo XX. En su última etapa estuvieron regidos por su propietaria doña Ana Mata, popularmente conocida como Doña Anita, quien en el 1934, en la misma calle de Vitoria y casi enfrente del Hotel París, puso en marcha el Hotel Condestable, otro lujoso hotel, a cuya sombra fue decayendo el primero, al que superaba en confort y comodidad. 

NOTAS:

  • Auguste Escoffier es autor de la “Guía Culinaria”, con más de 5.000 recetas, también es el fundador, con César Ritz, de la cadena de Hoteles Ritz.
  • Texto sacado de “La Cocina en Burgos” de J.L. Cuasante, Fuyma y Luis San Valentín, editada en el 1986 por la “Caja de Ahorros del Círculo Católico de Burgos”.
  • Fuente: Teófilo López Mata. 

Autor Paco Blanco, Barcelona, agosto 2018

LOS BORBONES VAN Y VIENEN . “Comamos y bebamos, que mañana moriremos” (Epicuro) . -Por Francisco Blanco-.

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Tras la renuncia de Espartero a la regencia de España, las Cortes, reunidas el 8 de noviembre del año 1843, decidieron por mayoría absoluta declarar mayor de edad a la infanta Isabel, Princesa de Asturias, que tan sólo contaba 13 años de edad. Dos días después, la reina Isabel II juraba solemnemente la Constitución ante el pleno de las Cortes. España tenía una nueva reina: Isabel II de Borbón.

No se sabe seguro si fueron las razones de estado o la influencia de su madre Mª Cristina lo que la obligaron a casarse con su primo Francisco de Asís de Borbón, apenas cumplidos los 16 años. Su primo era hijo del infante Francisco de Paula de Borbón y de Luisa de Borbón Dos Sicilias, conocido popularmente como “Doña Paquita” o “Paco Natillas”, a causa de sus no disimuladas tendencias homosexuales. Según parece, al enterarse la reina de semejante decisión su reacción fue gritar: “¡No, con la Paquita no, con la Paquita no!”. Esta descabellada unión matrimonial, que por otro lado mantenía la tradicional costumbre borbónica de la unión consanguínea entre ellos, se convirtió en un desastre total desde la primera noche de bodas, según testimonio de la propia Isabel: “Qué podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes que yo”. A partir de aquí, la azarosa vida sexual de la reina tuvo total prioridad sobre sus restantes actividades como mujer y como reina, aunque, según parece, a Isabel II le traían bastante sin cuidado las opiniones de sus súbditos, que la colocaron el apodo de “la Golfona”. En el mes de enero del 1865 en la revista “Gil Blas”  se publicaba el siguiente poema satírico (1):

 

“Es madre, y de sus hijos se murmura;

es vieja y con enredos se entretiene;

es rica y nadie sabe lo que tiene;

es enferma de amor, y pide cura.

Aunque pocos le han visto la figura,

dicen que con su espíritu se aviene,

y tímido o viril, según le conviene,

el eco de su voz vibra en la altura.

Pilláronla una vez en un renuncio,

y aun puedes ver impreso en los diarios

de su historia fatal claro anuncio.

Vive en la corte, haciendo calendarios,

y en la plaza del Rey o en la del Nuncio,

admite  flete a precios ordinarios.”

 

No obstante, hay quien defiende que la ninfomanía de la reina Isabel estaba provocada, principalmente, por una violenta agresión sexual de que fue víctima a los pocos días de ser coronada reina de España. Ella misma acusa a Salustiano Olózaga, a quien había nombrado Presidente del Consejo de Ministros, de ser el autor de la agresión: “Me agarró del vestido, me obligó a sentarme  y me agarró de la mano hasta obligarme a rubricar”.

La acusación también provenía del vicepresidente del Consejo, el conservador Luis González Bravo, que acusaba a Olózaga de haber utilizado la intimidación para obligar a la reina a disolver las Cortes, que gozaban de mayoría conservadora. Olózaga se tuvo que exilar a Francia, mientras que el propio González Bravo, con el apoyo de Narváez, otro conservador, y también de Isabel II, se convertía en el nuevo presidente del Consejo. Sus primeras medidas fueron declarar el estado de sitio, disolver los ayuntamientos liberales e imponer la censura previa de prensa, para impedir que la oposición se defendiese.

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Isabel II tuvo una lista de amantes tan larga como escandalosa, encabezada por el general Serrano, con el que tuvo relaciones sexuales muy tempranas, a quien cariñosamente llamaba “mi general bonito”, pero la promiscuidad de la ardiente reina era insaciable. En la larga lista figuran políticos, militares, músicos, médicos, aristócratas,……….., con los que tuvo hasta doce embarazos, de los cuales seis nacieron muertos o fallecieron a las pocas horas o los pocos días de vida. En el 1857, fruto de su séptimo embarazo, nació un varón, Alfonso, Príncipe de Asturias y posteriormente rey de España con el nombre de Alfonso XII. La más longeva fue la infanta María Eulalia, duquesa de Galliera, casada con Antonio de Orleans y Borbón, que vivió nada menos que 92 años. Lo que no queda nada claro y posiblemente tampoco lo estuviera para la reina, es la paternidad de cada uno de ellos. La misma Isabel, dirigiéndose a su séptimo hijo Alfonso, le comentó: “Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía”. Sobre la posible paternidad de Alfonso XII corrían ciertos rumores, que se la atribuían al aristócrata valenciano Enrique Puigmoltó, conde de Torrefiel, vizconde de Miranda y militar cortesano, condecorado por su amante con la Gran Cruz de San Fernando de Primera Clase, se supone que para premiarle los servicios prestados en la cama.

Paradójico puede resultar también  que en el entorno más cercano a la reina, lo que se podría llamar su “camarilla”, que ejercía una gran influencia sobre su persona, figuraban personajes tan ligados a la religión católica, como su confesor, el padre Antonio María Claret, fundador de los claretianos y la monja de la Orden de la Inmaculada Concepción, Sor Patrocinio, conocida como la “Monja de las Llagas”(2), o la madre Micaela del Santísimo Sacramento, una aristócrata incorporada al grupo por el padre Claret, que fundó la congregación religiosa de las “Adoratrices Esclavas” (3). Esta “camarilla” la completaban el general Narváez y su pariente Carlos Marfori, el marqués de Loja, político, ministro de Ultramar y uno de los principales amantes de Isabel II.

Su hija Amalia, comentaba sobre dicha camarilla: “Oí muchas veces hablar a mi madre de que el Padre Claret, su confesor y personaje de gran influencia cerca de ella, y la monja Sor Patrocinio, le habían sugerido el dirigirse a Pío IX en solicitud de la declaración del nuevo dogma. Mi madre, muy religiosa, consiguió que otros soberanos católicos la firmaran con ella y también actuaran cerca del Pontífice”.(3)

Por su parte Sor Patrocinio, que ya había tratado con la regente Mª Cristina y su hija Isabel, cuando estaba en el convento madrileño de La Latina, se convirtió en consejera de la reina Isabel y su esposo Francisco de Asís, principalmente en temas políticos, defendiendo los intereses más ultraconservadores y totalmente  en contra de los liberales. También se dedicó a fundar o reformar conventos utilizando fondos públicos. Sus manejos políticos le crearon numerosas enemistades, tanto con los liberales como con los conservadores. El presidente del Consejo, Bravo Murillo, la obligó a marcharse a un convento en Roma, de donde pasó a Francia, no pudiendo regresar a España hasta la Restauración Borbónica, llamada por el propio Alfonso XII.

En lo que a la mesa se refiere, Isabel II tenía un excelente apetito, por lo que comía y bebía en abundancia, incorporando una nueva comida en las costumbres de Palacio, la famosa “Merienda”, en la que se tomaba chocolate con pastas, se charlaba y se criticaba.

A pesar de que en la mesa de la reina todavía predominaba la comida francesa, uno de sus platos favoritos era la “Olla podrida” o “Cocido castellano”, que prácticamente se convirtió en el plato nacional más emblemático y consumido.

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Políticamente, el reinado de Isabel II se caracteriza por la corrupción a todos los niveles, por su inestabilidad y por las continuas crisis de gobierno, sin que faltaran los pronunciamientos militares y los golpes de Estado. Se llegaron a suceder cerca de sesenta gabinetes de gobierno de todos los colores políticos,  que estuvieron al frente del país, desde liberales, moderados y progresistas, hasta el ultraconservador de González Bravo, que con su autoritarismo desencadenó la Revolución de setiembre del 1868 y la destitución de la propia reina. Este triste final del reinado se produjo como consecuencia de su insistente interferencia en los asuntos que eran competencia del Gobierno, como la trágica “Noche de San Daniel”, del 10 de abril del 1855, con motivo de la expulsión del republicano Castelar como rector de la Universidad Central y la intervención de la Guardia Civil por las calles de Madrid, provocando nada menos que 11 muertos y 193 heridos, entre los que había ancianos, mujeres y niños, que únicamente andaban paseando. A partir de este momento se puede decir que comienza la última etapa del reinado de Isabel II, sucediéndose los gobiernos de carácter moderado y represivo, lo que provocó el aumento progresivo de la oposición en todos los frentes y el creciente descrédito de la monarquía, gracias a los continuos escándalos de la propia reina y su “camarilla”. El ambiente político se enrareció y el camino de la insurrección fue tomando cada vez más consistencia. En el mes de enero del 1866 hay un intento de pronunciamiento por parte del general Prim, poco más tarde, el 22 de junio se produce el del Cuartel de San Gil, organizado por los Partidos progresista y democrático, con el firme propósito de destronar a la reina. Esta coalición firmó en agosto de 1866 el conocido  como el “Pacto de “Ostende”, al que se unieron O´Donell y los liberales, destinado a crear un ambiente pre revolucionario, que acabara con el régimen borbónico. Simultáneamente se fue creando una extensa trama civil formada por clubes y asociaciones democráticas que apoyaban sin reservas la revolución popular anti monárquica. Finalmente, el 18 de setiembre del 1868, la Armada española, que se encontraba anclada la bahía de Cádiz, se pronuncia al grito de “¡Abajo los Borbones! ¡Viva España con honra!”.

De esta forma en España daba comienzo una nueva etapa política, que tan sólo duraría seis años, conocida como el “Sexenio Democrático”, en la que se pusieron en marcha diferentes alternativas políticas, incluida una nueva monarquía, que finalmente acabaron con la proclamación de la Primera República Española.

Como dato positivo de este reinado destaca el esfuerzo realizado en promocionar las obras públicas, especialmente el trazado de nuevas carreteras con sus correspondientes puentes; la construcción de nuevas líneas de ferrocarril, que mejoraron notablemente las comunicaciones entre la Península,  y la construcción del Canal de Isabel II, cuya primera piedra se colocó en agosto del 1851, siendo inaugurado, en junio del 1858, por el  ministro de Fomento, el burgalés Manuel Alonso Martínez, por cuya labor recibió la Gran Cruz de la Orden de Carlos III.

En setiembre del año1868, como consecuencia de la Revolución conocida como “La Gloriosa”, se acaba el reinado de Isabel II, que estaba veraneando en San Sebastián y que se vio obligada a abandonar España, exilándose en Paris, donde fue acogida por otra grande de España, Eugenia de Montijo, esposa del emperador Napoleón III de Francia. Fijó su residencia en el Palacio de Castilla, un lujoso hotel propiedad del diplomático ruso Alexander Basiliewski, a quien se lo compró y que posteriormente se convirtió en el “Hôtel Majestic”. Aquí pasó el resto de su existencia, aunque separada de su marido, Francisco de Asís, que se fue a vivir a Epinay-Sur-Seine, a las afueras de París, donde falleció el 17 de abril del 1902, a los 79 años de edad.

La reina exilada abdicó de sus derechos a favor de su hijo Alfonso, aunque sus esperanzas fueran escasas, pues en el trono vacío de España, por capricho del general Prim, principal responsable de que estuviera vacante, se sentó un italiano, lejano pariente de los Borbones, Amadeo I de Saboya, que tampoco estuvo mucho tiempo. Después llegó la I República, tan esperada por la mayoría del pueblo español, pero tampoco fue muy duradera. El Destino cambió, con la ayuda de algún que otro  general, volviendo a favorecer a los Borbones, que se sentar0n de nuevo en el trono vacante, siendo igualmente testigo lejano de la restauración de su hijo como rey de España y su coronación el 29 de diciembre del 1874, también lo fue  de su muerte,  ocurrida el 25 de noviembre del 1885, cuando tan solo contaba 27 años de edad. Después llegó la regencia de su nuera, Mª Cristina de Hamburgo-Lorena, el nacimiento de su nieto Alfonso XIII y los comienzos de su reinado. De su vida privada durante todos estos años no se sabe demasiado. Murió en París, el día 9 de abril del 1904, a los 72 años de edad.

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Amadeo I, el nuevo rey de España, era hijo del rey de Italia Víctor Manuel II de Saboya y de María Adelaida de Austria, bisnieta del rey de España Carlos III.

En las postrimerías del reinado de Isabel II empezaron a circular por Madrid una serie de 89 ilustraciones, conocidas como “Los Borbones en pelotas”, que se publicaban en algunas revistas satíricas de la época y en láminas sueltas que corrían de mano en mano, dejando de aparecer en el 1870. Las ilustraciones se han atribuido al pintor Valeriano Bécquer y los textos a su hermano, el famoso poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer, aunque es muy posible que interviniera algún otro artista. Se trata de una serie de dibujos satíricos y pornográficos en los que aparecen, en posturas procaces, preferentemente la reina, su esposo, su famosa “camarilla” y  algunos miembros del gobierno, que suponían una durísima crítica a la corrupción y el desmadre  que imperaban en la Corte borbónica.

Oficialmente la serie no será publicada hasta el año 1991, y las láminas se refieren únicamente a la figura de Isabel II y su “camarilla”.

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NOTAS

  • “Gil Blas” fue una revista satírica de carácter político, que se publicó en Madrid entre los años 1864 y 1872.
  • Sor Patrocinio, conocida también como la “Monja de las Llagas”, se llamaba en realidad realmente María de los Dolores Anastasia de Quiroga, pertenecía a una ilustre familia de Cuenca y fue consejera de Isabel II y su esposo Francisco de Asís.
  • La madre Micaela era la vizcondesa de Jorbalán, María Micaela Desmaissieres y López de Dicastillo. Fue canonizada en el año 1931.
  • Se trata del dogma de la Inmaculada Concepción.

Autor Paco Blanco, Barcelona, julio 2018

EL MILAGRO DE LA PERDIZ CON TOCINO -Por Francisco Blanco-.

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El 14 de febrero del año 1580, en el Real Alcázar madrileño tuvo lugar el quinto parto de Doña Ana de Austria, esposa y también sobrina del poderoso monarca español D. Felipe II de Austria. El parto, como ocurriera en los cuatro anteriores, transcurrió con absoluta normalidad, con la diferencia de que en esta ocasión la recién nacida era una niña. Sin embargo, sin que nadie atinara con las causas, la reina, en lugar de recuperarse con la normalidad acostumbrada, comenzó a sentir una total inapetencia, que la fue dejando sin fuerzas, dejándola postrada y exhausta en su lecho. Ante este rápido deterioro de su salud se empezó a temer por su vida, siendo incapaz el equipo médico habitual, encabezado por el prestigioso doctor burgalés D. Francisco Vallés (1), de encontrar el diagnóstico correcto que les permitiera recetar el tratamiento adecuado.

El doctor Vallés afirmó: “Físicamente su cuerpo no presenta alteración alguna, más bien su espíritu, que está trastornado y se empeña en huir del cuerpo. Y si la egregia paciente no pone empeño en impedirlo, me temo que la ciencia resultará impotente para evitar el fatal desenlace que todos nos tememos”.

Ante tan desconsolador pronóstico, el rey, angustiado ante la perspectiva de quedar viudo por cuarta vez, a pesar de la confianza que tenía depositada en su Médico de Cámara, al que le había concedido el seudónimo de “Divino Vallés” como premio a las numerosas y milagrosas curaciones que le había realizado, especialmente de su congénito “mal de gota”, decidió renunciar a la ciencia médica y pedir ayuda a instancias más altas. Para ello, después de un largo rato de meditación, postrado ante una imagen de Jesucristo crucificado, suplicándole ayuda en tan difícil trance, decidió llamar a consejo al prestigioso teólogo agustino Fray Alonso de Orozco (2), predicador real nombrado por su padre el Emperador Carlos, que residía en el cercano monasterio de San Felipe el Real, situado en la Plaza Mayor de Madrid, muy próximo al Palacio Real (2)

Este agustino, a la sazón octogenario,  que ya había sido consejero del Emperador Carlos V, era muy conocido y apreciado en todos los estamentos de la Corte, donde gozaba por igual fama de santo y de sabio. En realidad, su abnegada y desinteresada entrega a las clases más populares y necesitadas le habían merecido el apelativo de “El Santo de San Felipe”.

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Una vez en presencia del rey, púsole éste en antecedentes del extraño mal que se había apoderado de la reina y de la incapacidad de sus médicos para atajarla:

-Si como parece, su mal atañe más al espíritu que al cuerpo-concluyó el apesadumbrado monarca-tal vez vos padre, que tan ducho sois en los negocios del alma, podríais encontrar el remedio que necesita la suya.

-Difícil me lo ponéis majestad, pues como vos bien sabéis, son muchas las acechanzas que ponen en peligro la salud de nuestra alma, aunque, gracias al Altísimo, también son muchos los remedios para atajarlas. Si su majestad lo permite, desearía visitar personalmente a la ilustre enferma-fue la respuesta del religioso.

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Una vez en los aposentos de la reina, Fray Alonso pidió al rey que les dejaran a solas, sentándose a la cabecera de la monumental cama donde yacía, entre sábanas blancas como sudarios, la reina Doña Ana de Austria, cuya lívida y enflaquecida faz la asemejaba más a un espectro que a la mujer joven y hermosa que hasta hacía muy poco tiempo había sido:

-Señora, vuestra alma os atormenta y vuestro cuerpo está tan débil que no ofrece ninguna resistencia. Deberéis fortalecer primero vuestro cuerpo para que se vayan aliviando las cuitas que tanto os agobian el alma-fueron las palabras del agustino.

Reunido de nuevo con el rey, el padre Alonso requirió pluma y papel donde redactar su receta. Cuando el rey la hubo leído, en el rostro del monarca, por lo general severo e impasible, se reflejó un gesto de enorme sorpresa:

-¿De verdad creéis Fray Alonso que éste es el remedio que necesita mi esposa?-preguntó en un tono en el que se mezclaban la duda y la perplejidad.

-Majestad, perdonad mi atrevimiento, pero con eso me siento capaz de resucitar a un muerto. Confiad en mí y serviros llamar a vuestro cocinero.

El remedio que había escrito el agustino se refería, ni más ni menos, que a la receta de una perdiz asada, aderezada con hierbas y acompañada de dos buenas lonchas de tocino. Cuando se presentó el cocinero mayor del rey, D. Francisco Martínez Montiño (3), le hizo saber lo que quería:

-Necesito una buena lumbre en los aposentos de la reina, que esté lo suficientemente cerca de su dormitorio como para que le llegue el olor del condimento. Además, una perdiz bien cebada, entera y limpia, grasa de cerdo, tomillo, romero y orégano para aliñarla, unas buenas rodajas de tocino fresco, un cuartillo de vino añejo de La Mancha y una jarra de agua-fue su solicitud.

Una vez dispuso de cuanto había pedido, untó la perdiz con la grasa, la sazonó con las especies y la puso a asar a fuego lento, dejando que fuera soltando su jugo, que despedía aromáticos y apetitosos efluvios, impregnando los aposentos de un sugestivo olor a buena comida, capaz de desatascar el más atascado de los gaznates y estimular el más decaído de los apetitos. Cuando la perdiz estaba a punto de hacerse la cubrió con las lonchas de tocino, que se doraron rápidamente. Considerando que todo estaba a punto, con la ayuda de las sirvientas de la reina, se dirigieron hasta el borde la cama, llevando una bandeja con la perdiz y el tocino y un vaso de vino, rebajado prudentemente con agua, para atenuar los efectos de su fuerte graduación.

Ayudado por la asustada sirvienta a incorporar la frágil figura de la reina, que curiosamente tenía los ojos abiertos y expectantes, después de murmurar a toda prisa una corta oración, acercó el vaso de vino a los labios de la enferma, animándola a que bebiese:

-Ánimo Majestad, bebed que esto os hará revivir-

Dos pequeños tragos consiguió que tomara la reina, mientras notaba que sus ojos le miraban con agradecida calidez.

Llegó después el turno del tocino, partido en pequeñas porciones y, poco a poco, con infinita paciencia, sin dejar de animarla y reconvenirla dulcemente, consiguió que engullera una de las lonchas. De la perdiz, que se había vuelto a poner al arrimo del fuego para que no se enfriara, tan sólo probó un poco de pechuga, que según indicación de su esposo, que permanecía en el aposento contiguo al dormitorio, prefería al muslo.

La ingesta fue lenta y laboriosa, la enferma necesitaba descansar entre bocado y bocado, pero cuando Fray Antonio consideró que era suficiente, las blancas y descarnadas mejillas de Doña Ana de Austria estaban cubiertas de un ligero arrebol.

Cuando después de haberla reconfortado también espiritualmente con otra oración, esta vez más larga y pausada, el religioso dejó sola a la reina, que se sumó en un placentero sopor, se encontró de nuevo con su soberano esposo, que le aguardaba expectante:

-¡Decid, decid Fray Alonso………!-

-¡Majestad, os puedo asegurar que no conozco a nadie que se haya resistido a una perdiz con tocino! Podéis quedar tranquilo majestad.

Pocas semanas tardó la reina en recuperarse y volver a sus habituales quehaceres en la corte, especialmente en los referentes a los cuidados de su hija recién nacida, de Diego y de Felipe, los dos varones que quedaban con vida y las dos infantas, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, hijas de su regio esposo y de Doña Isabel de Valois, su antecesora en el trono y en el lecho.

La noticia de la sorprendente recuperación de la soberana corrió como un reguero por todos los rincones de la Villa y Corte: villanos y cortesanos, hombres y mujeres, nobles y plebeyos, frailes y mendigos, se hacían cruces de admiración y daban por hecho que la recuperación era un milagro del “santo de San Felipe”, es decir, de Fray Alonso de Orozco, que con su milagrosa receta de perdiz con tocino había incrementado notablemente su aureola de santidad. Fray Alonso murió varios años después, pasados los noventa, en auténtico olor de santidad. En el primer proceso que se abrió para su beatificación, la Infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, presente en la corte cuando estos hechos ocurrieron, fue una de sus grandes valedoras. Con el transcurso del tiempo, en 1882 León XIII le beatificó y finalmente, el 19 de mayo del 2202, Juan Pablo II le elevó definitivamente a los altares.

El epílogo de esta historia feliz, que algo tiene de cierta, lo constituyen unos hechos, históricos, eso sí, pero teñidos de tragedia:

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Hacía ya mucho tiempo, desde antes del nacimiento de su última hija, la infanta María, que el poderoso rey Felipe estaba metido en el negocio de Incorporar el vecino reino de Portugal a la corona española, haciendo valer para ello los derechos que le conferían el hecho de ser el tataranieto de Doña María de Aragón y Castilla, hija de los Reyes Católicos; bisnieto de Doña Catalina de Austria, reina de Portugal e hija de D. Felipe el Hermoso y Doña Juana de Castilla; hijo de Doña Isabel de Portugal y el Emperador Carlos V y, finalmente, esposo de Doña María de Portugal, su primera mujer. El acariciado sueño de la unión geográfica y política de todos los reinos de la Península Ibérica estaba a punto de hacerse realidad. Para ello contaba, además de con sus indiscutibles derechos dinásticos, con un poderoso ejército que el Duque de Alba había conducido hasta la frontera portuguesa desde tierras flamencas, atravesando media Europa. La muerte del rey portugués D. Enrique I el Piadoso, también conocido como Enrique el Cardenal, por haberle sido concedido el capelo cardenalicio, fue el detonante que impulsó a Felipe II a entrar en la lucha por su sucesión. El rey portugués había muerto sin heredero debido a que el Papa Gregorio XIII, aliado de los Hasburgo, le prohibió renunciar a sus votos eclesiásticos, lo que le obligó a mantener el celibato hasta su muerte. En el mes de junio de 1586, con el ejército dispuesto estratégicamente y la salud de la reina restablecida, Felipe II decidió trasladar la corte a Badajoz para estar lo más cerca posible del campo de operaciones.

Apenas se habían instalado los reyes y su numerosa comitiva en la ciudad extremeña, cuando una epidemia de gripe que ya había asolado Europa y que posiblemente llegó a España con la tropa, se extendió por el campamento militar español, alcanzando también a la comitiva real. Rápidamente, la epidemia comenzó a causar numerosos estragos. El poderoso Austria, en cuyos dominios nunca se ponía el sol, fue atacado por el mal, cayendo gravemente enfermo. Las altas fiebres se apoderaron de su cuerpo, no demasiado fuerte por su natural constitución, poniéndole al borde de la muerte. Pero esta vez el burgalés D. Francisco Vallés, su Médico de Cámara, aplicándole ventosas y cataplasmas en la cabeza, el pecho y la espalda, y haciéndole ingerir purgas por él mismo preparadas, consiguió que las fiebres cedieran y el enfermo empezara a ganarle la batalla a la terrible enfermedad. Es posible que las fervientes oraciones de su abnegada esposa, mujer de acendrada religiosidad, que no se apartó de su lecho durante  los largos días que permaneció entre la vida y la muerte, también coadyuvaran a que el rey saliera triunfante en su lucha contra la muerte.

Más de dos meses tardó el convaleciente rey en poder asumir nuevamente sus tareas de Estado, la ola más fuerte de gripe parecía haber cedido y el Duque de Alba permanecía acampado con sus tropas cerca de la divisoria con el país vecino, esperando las órdenes de su monarca. En la improvisada corte todo apuntaba igualmente hacia la normalidad perdida. Pero todavía faltaba lo peor: una buena mañana, mientras jugaba con la infanta María, su pequeño bebé, la reina se sintió presa de fuertes escalofríos e insistentes molestias en la garganta. Puesto de nuevo en aviso el doctor Vallés, este la ordenó que se metiera inmediatamente en el  lecho. La reina Ana también había contraído la temida gripe. La causa de su contagio posiblemente fuera el constante contacto que mantuvo con su esposo mientras duró su enfermedad, pero en esta ocasión la temida gripe agarró fuertemente a su presa. Pronto, altas fiebres y grandes trastornos intestinales agravaron su estado, sin que esta vez los cuidados del doctor Vallés surtieran efecto. Como medida preventiva y tal vez con la pequeña esperanza de que en el último momento interviniera la Divina Providencia como médico celestial, el doctor Vallés, que también era conocido como “El Divino”, decidió que trasladaran la enferma al Convento de Santa Ana de la capital pacense, regido por monjas clarisas que dejaron todas sus labores para dedicarse exclusivamente a cuidar a su real huésped.

Y en este convento franciscano, mientras D. Diego Gómez de la Madrid obispo de Badajoz, la suministraba los últimos sacramentos, Doña Ana de Austria, hija del Emperador Maximiliano II de Austria y esposa del todopoderoso Felipe II, exhalaba su último suspiro. Sus restos permanecieron en el convento franciscano, hasta que posteriormente fueron trasladados al Panteón Real del Escorial.

Felipe II llegó triunfante a Lisboa, donde fue coronado como Rey de Portugal. Su ambición se había cumplido, pero el coste resultó mucho más alto de lo esperado. No hubo ninguna otra mujer a su lado para compartir su lecho y su trono, de los cinco hijos que tuvo con su sobrina Ana, dos ya habían fallecido antes de ocurrir estos hechos; Diego Félix, Príncipe de Asturias, falleció en noviembre de 1582 y María, la última hija del matrimonio, murió en 1583, sólo quedó Felipe, el cuarto, nuevo Príncipe de Asturias que reinó como Felipe III a la muerte de su padre, pero tanto su vida como su reinado fueron bastante breves. Los Austrias fueron arrastrando su decadencia física hasta Carlos II, el último, que murió sin sucesión, dando paso a una nueva dinastía, los Borbones, que todavía los tenemos instalados en el trono español.

NOTAS:

  • Había nacido en Covarrubias el 11 de octubre del 1524 y era hijo de médico. Felipe II le nombró “Médico de Cámara y Protomédico General de todos los Reinos y Señoríos de España”. También se le conoce como “el Divino Vallés”.
  • Fue canonizado por Juan Pablo II el 19 de mayo del año 2002.
  • Francisco Martínez Montiño fue el Cocinero mayor de Felipe II, Felipe III y Felipe IV. Su obra más destacada es “Arte de cocina, pastelería, bizcochería y conservería”.

Autor Paco Blanco, Barcelona marzo 2018

LA RECUPERACIÓN DE LOS RESTOS DEL CID EN 1883. -Por Juan Antonio García Rojas-.

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Transcurría el mes de abril de 1882, cuando al académico sanroqueño Francisco María Tubino, que se hallaba en Viena como Comisario de España de la Exposición Internacional de Bellas Artes, le llegaron noticias de que en el museo del Castillo de Sigmaringen (Alemania), propiedad del príncipe Carlos Antonio Hobenzollern, se hallaban custodiados parte de los restos del Cid y de Jimena, los cuales habían sido saqueados del Monasterio de Cardeñas, Burgos, durante la invasión napoleónica. Tras las indagaciones realizadas por Tubino en el lugar, en Francia y España, y verificada la autenticidad por expertos, dichos restos regresarían a Burgos en febrero de 1883, siendo depositados en el ayuntamiento en un cofre. Aquí permaneció hasta el año de 1921, en el que dicho cofre sería trasladado a la catedral.

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1  Fotografía de Francisco Maria Tubino
de la época de la recuperación de los restos del Cid. Archivo de su sobrina bisnieta Mercedes Tubino Solís.
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2  Urna de mármol negro donde estuvieron depositados en Alemania los restos saqueados del Cid y de Jimena.
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3  El Rey Alfonso XIII en los actos del traslado de los restos del Cid desde el Ayuntamiento a la Catedral de Burgos.
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4  Cofre con los restos del Cid en la Catedral de Burgos.
Fuentes de la que se ha extraido los datos del texto:
–  La Ilustración Española y Americana  Año XXVII.  Número XI.  22 de marzo de 1883.  Páginas 111, 114, 171 y 174.