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LOS BORBONES VAN Y VIENEN . “Comamos y bebamos, que mañana moriremos” (Epicuro) . -Por Francisco Blanco-.

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Tras la renuncia de Espartero a la regencia de España, las Cortes, reunidas el 8 de noviembre del año 1843, decidieron por mayoría absoluta declarar mayor de edad a la infanta Isabel, Princesa de Asturias, que tan sólo contaba 13 años de edad. Dos días después, la reina Isabel II juraba solemnemente la Constitución ante el pleno de las Cortes. España tenía una nueva reina: Isabel II de Borbón.

No se sabe seguro si fueron las razones de estado o la influencia de su madre Mª Cristina lo que la obligaron a casarse con su primo Francisco de Asís de Borbón, apenas cumplidos los 16 años. Su primo era hijo del infante Francisco de Paula de Borbón y de Luisa de Borbón Dos Sicilias, conocido popularmente como “Doña Paquita” o “Paco Natillas”, a causa de sus no disimuladas tendencias homosexuales. Según parece, al enterarse la reina de semejante decisión su reacción fue gritar: “¡No, con la Paquita no, con la Paquita no!”. Esta descabellada unión matrimonial, que por otro lado mantenía la tradicional costumbre borbónica de la unión consanguínea entre ellos, se convirtió en un desastre total desde la primera noche de bodas, según testimonio de la propia Isabel: “Qué podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes que yo”. A partir de aquí, la azarosa vida sexual de la reina tuvo total prioridad sobre sus restantes actividades como mujer y como reina, aunque, según parece, a Isabel II le traían bastante sin cuidado las opiniones de sus súbditos, que la colocaron el apodo de “la Golfona”. En el mes de enero del 1865 en la revista “Gil Blas”  se publicaba el siguiente poema satírico (1):

 

“Es madre, y de sus hijos se murmura;

es vieja y con enredos se entretiene;

es rica y nadie sabe lo que tiene;

es enferma de amor, y pide cura.

Aunque pocos le han visto la figura,

dicen que con su espíritu se aviene,

y tímido o viril, según le conviene,

el eco de su voz vibra en la altura.

Pilláronla una vez en un renuncio,

y aun puedes ver impreso en los diarios

de su historia fatal claro anuncio.

Vive en la corte, haciendo calendarios,

y en la plaza del Rey o en la del Nuncio,

admite  flete a precios ordinarios.”

 

No obstante, hay quien defiende que la ninfomanía de la reina Isabel estaba provocada, principalmente, por una violenta agresión sexual de que fue víctima a los pocos días de ser coronada reina de España. Ella misma acusa a Salustiano Olózaga, a quien había nombrado Presidente del Consejo de Ministros, de ser el autor de la agresión: “Me agarró del vestido, me obligó a sentarme  y me agarró de la mano hasta obligarme a rubricar”.

La acusación también provenía del vicepresidente del Consejo, el conservador Luis González Bravo, que acusaba a Olózaga de haber utilizado la intimidación para obligar a la reina a disolver las Cortes, que gozaban de mayoría conservadora. Olózaga se tuvo que exilar a Francia, mientras que el propio González Bravo, con el apoyo de Narváez, otro conservador, y también de Isabel II, se convertía en el nuevo presidente del Consejo. Sus primeras medidas fueron declarar el estado de sitio, disolver los ayuntamientos liberales e imponer la censura previa de prensa, para impedir que la oposición se defendiese.

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Isabel II tuvo una lista de amantes tan larga como escandalosa, encabezada por el general Serrano, con el que tuvo relaciones sexuales muy tempranas, a quien cariñosamente llamaba “mi general bonito”, pero la promiscuidad de la ardiente reina era insaciable. En la larga lista figuran políticos, militares, músicos, médicos, aristócratas,……….., con los que tuvo hasta doce embarazos, de los cuales seis nacieron muertos o fallecieron a las pocas horas o los pocos días de vida. En el 1857, fruto de su séptimo embarazo, nació un varón, Alfonso, Príncipe de Asturias y posteriormente rey de España con el nombre de Alfonso XII. La más longeva fue la infanta María Eulalia, duquesa de Galliera, casada con Antonio de Orleans y Borbón, que vivió nada menos que 92 años. Lo que no queda nada claro y posiblemente tampoco lo estuviera para la reina, es la paternidad de cada uno de ellos. La misma Isabel, dirigiéndose a su séptimo hijo Alfonso, le comentó: “Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía”. Sobre la posible paternidad de Alfonso XII corrían ciertos rumores, que se la atribuían al aristócrata valenciano Enrique Puigmoltó, conde de Torrefiel, vizconde de Miranda y militar cortesano, condecorado por su amante con la Gran Cruz de San Fernando de Primera Clase, se supone que para premiarle los servicios prestados en la cama.

Paradójico puede resultar también  que en el entorno más cercano a la reina, lo que se podría llamar su “camarilla”, que ejercía una gran influencia sobre su persona, figuraban personajes tan ligados a la religión católica, como su confesor, el padre Antonio María Claret, fundador de los claretianos y la monja de la Orden de la Inmaculada Concepción, Sor Patrocinio, conocida como la “Monja de las Llagas”(2), o la madre Micaela del Santísimo Sacramento, una aristócrata incorporada al grupo por el padre Claret, que fundó la congregación religiosa de las “Adoratrices Esclavas” (3). Esta “camarilla” la completaban el general Narváez y su pariente Carlos Marfori, el marqués de Loja, político, ministro de Ultramar y uno de los principales amantes de Isabel II.

Su hija Amalia, comentaba sobre dicha camarilla: “Oí muchas veces hablar a mi madre de que el Padre Claret, su confesor y personaje de gran influencia cerca de ella, y la monja Sor Patrocinio, le habían sugerido el dirigirse a Pío IX en solicitud de la declaración del nuevo dogma. Mi madre, muy religiosa, consiguió que otros soberanos católicos la firmaran con ella y también actuaran cerca del Pontífice”.(3)

Por su parte Sor Patrocinio, que ya había tratado con la regente Mª Cristina y su hija Isabel, cuando estaba en el convento madrileño de La Latina, se convirtió en consejera de la reina Isabel y su esposo Francisco de Asís, principalmente en temas políticos, defendiendo los intereses más ultraconservadores y totalmente  en contra de los liberales. También se dedicó a fundar o reformar conventos utilizando fondos públicos. Sus manejos políticos le crearon numerosas enemistades, tanto con los liberales como con los conservadores. El presidente del Consejo, Bravo Murillo, la obligó a marcharse a un convento en Roma, de donde pasó a Francia, no pudiendo regresar a España hasta la Restauración Borbónica, llamada por el propio Alfonso XII.

En lo que a la mesa se refiere, Isabel II tenía un excelente apetito, por lo que comía y bebía en abundancia, incorporando una nueva comida en las costumbres de Palacio, la famosa “Merienda”, en la que se tomaba chocolate con pastas, se charlaba y se criticaba.

A pesar de que en la mesa de la reina todavía predominaba la comida francesa, uno de sus platos favoritos era la “Olla podrida” o “Cocido castellano”, que prácticamente se convirtió en el plato nacional más emblemático y consumido.

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Políticamente, el reinado de Isabel II se caracteriza por la corrupción a todos los niveles, por su inestabilidad y por las continuas crisis de gobierno, sin que faltaran los pronunciamientos militares y los golpes de Estado. Se llegaron a suceder cerca de sesenta gabinetes de gobierno de todos los colores políticos,  que estuvieron al frente del país, desde liberales, moderados y progresistas, hasta el ultraconservador de González Bravo, que con su autoritarismo desencadenó la Revolución de setiembre del 1868 y la destitución de la propia reina. Este triste final del reinado se produjo como consecuencia de su insistente interferencia en los asuntos que eran competencia del Gobierno, como la trágica “Noche de San Daniel”, del 10 de abril del 1855, con motivo de la expulsión del republicano Castelar como rector de la Universidad Central y la intervención de la Guardia Civil por las calles de Madrid, provocando nada menos que 11 muertos y 193 heridos, entre los que había ancianos, mujeres y niños, que únicamente andaban paseando. A partir de este momento se puede decir que comienza la última etapa del reinado de Isabel II, sucediéndose los gobiernos de carácter moderado y represivo, lo que provocó el aumento progresivo de la oposición en todos los frentes y el creciente descrédito de la monarquía, gracias a los continuos escándalos de la propia reina y su “camarilla”. El ambiente político se enrareció y el camino de la insurrección fue tomando cada vez más consistencia. En el mes de enero del 1866 hay un intento de pronunciamiento por parte del general Prim, poco más tarde, el 22 de junio se produce el del Cuartel de San Gil, organizado por los Partidos progresista y democrático, con el firme propósito de destronar a la reina. Esta coalición firmó en agosto de 1866 el conocido  como el “Pacto de “Ostende”, al que se unieron O´Donell y los liberales, destinado a crear un ambiente pre revolucionario, que acabara con el régimen borbónico. Simultáneamente se fue creando una extensa trama civil formada por clubes y asociaciones democráticas que apoyaban sin reservas la revolución popular anti monárquica. Finalmente, el 18 de setiembre del 1868, la Armada española, que se encontraba anclada la bahía de Cádiz, se pronuncia al grito de “¡Abajo los Borbones! ¡Viva España con honra!”.

De esta forma en España daba comienzo una nueva etapa política, que tan sólo duraría seis años, conocida como el “Sexenio Democrático”, en la que se pusieron en marcha diferentes alternativas políticas, incluida una nueva monarquía, que finalmente acabaron con la proclamación de la Primera República Española.

Como dato positivo de este reinado destaca el esfuerzo realizado en promocionar las obras públicas, especialmente el trazado de nuevas carreteras con sus correspondientes puentes; la construcción de nuevas líneas de ferrocarril, que mejoraron notablemente las comunicaciones entre la Península,  y la construcción del Canal de Isabel II, cuya primera piedra se colocó en agosto del 1851, siendo inaugurado, en junio del 1858, por el  ministro de Fomento, el burgalés Manuel Alonso Martínez, por cuya labor recibió la Gran Cruz de la Orden de Carlos III.

En setiembre del año1868, como consecuencia de la Revolución conocida como “La Gloriosa”, se acaba el reinado de Isabel II, que estaba veraneando en San Sebastián y que se vio obligada a abandonar España, exilándose en Paris, donde fue acogida por otra grande de España, Eugenia de Montijo, esposa del emperador Napoleón III de Francia. Fijó su residencia en el Palacio de Castilla, un lujoso hotel propiedad del diplomático ruso Alexander Basiliewski, a quien se lo compró y que posteriormente se convirtió en el “Hôtel Majestic”. Aquí pasó el resto de su existencia, aunque separada de su marido, Francisco de Asís, que se fue a vivir a Epinay-Sur-Seine, a las afueras de París, donde falleció el 17 de abril del 1902, a los 79 años de edad.

La reina exilada abdicó de sus derechos a favor de su hijo Alfonso, aunque sus esperanzas fueran escasas, pues en el trono vacío de España, por capricho del general Prim, principal responsable de que estuviera vacante, se sentó un italiano, lejano pariente de los Borbones, Amadeo I de Saboya, que tampoco estuvo mucho tiempo. Después llegó la I República, tan esperada por la mayoría del pueblo español, pero tampoco fue muy duradera. El Destino cambió, con la ayuda de algún que otro  general, volviendo a favorecer a los Borbones, que se sentar0n de nuevo en el trono vacante, siendo igualmente testigo lejano de la restauración de su hijo como rey de España y su coronación el 29 de diciembre del 1874, también lo fue  de su muerte,  ocurrida el 25 de noviembre del 1885, cuando tan solo contaba 27 años de edad. Después llegó la regencia de su nuera, Mª Cristina de Hamburgo-Lorena, el nacimiento de su nieto Alfonso XIII y los comienzos de su reinado. De su vida privada durante todos estos años no se sabe demasiado. Murió en París, el día 9 de abril del 1904, a los 72 años de edad.

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Amadeo I, el nuevo rey de España, era hijo del rey de Italia Víctor Manuel II de Saboya y de María Adelaida de Austria, bisnieta del rey de España Carlos III.

En las postrimerías del reinado de Isabel II empezaron a circular por Madrid una serie de 89 ilustraciones, conocidas como “Los Borbones en pelotas”, que se publicaban en algunas revistas satíricas de la época y en láminas sueltas que corrían de mano en mano, dejando de aparecer en el 1870. Las ilustraciones se han atribuido al pintor Valeriano Bécquer y los textos a su hermano, el famoso poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer, aunque es muy posible que interviniera algún otro artista. Se trata de una serie de dibujos satíricos y pornográficos en los que aparecen, en posturas procaces, preferentemente la reina, su esposo, su famosa “camarilla” y  algunos miembros del gobierno, que suponían una durísima crítica a la corrupción y el desmadre  que imperaban en la Corte borbónica.

Oficialmente la serie no será publicada hasta el año 1991, y las láminas se refieren únicamente a la figura de Isabel II y su “camarilla”.

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NOTAS

  • “Gil Blas” fue una revista satírica de carácter político, que se publicó en Madrid entre los años 1864 y 1872.
  • Sor Patrocinio, conocida también como la “Monja de las Llagas”, se llamaba en realidad realmente María de los Dolores Anastasia de Quiroga, pertenecía a una ilustre familia de Cuenca y fue consejera de Isabel II y su esposo Francisco de Asís.
  • La madre Micaela era la vizcondesa de Jorbalán, María Micaela Desmaissieres y López de Dicastillo. Fue canonizada en el año 1931.
  • Se trata del dogma de la Inmaculada Concepción.

Autor Paco Blanco, Barcelona, julio 2018

EL MILAGRO DE LA PERDIZ CON TOCINO -Por Francisco Blanco-.

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El 14 de febrero del año 1580, en el Real Alcázar madrileño tuvo lugar el quinto parto de Doña Ana de Austria, esposa y también sobrina del poderoso monarca español D. Felipe II de Austria. El parto, como ocurriera en los cuatro anteriores, transcurrió con absoluta normalidad, con la diferencia de que en esta ocasión la recién nacida era una niña. Sin embargo, sin que nadie atinara con las causas, la reina, en lugar de recuperarse con la normalidad acostumbrada, comenzó a sentir una total inapetencia, que la fue dejando sin fuerzas, dejándola postrada y exhausta en su lecho. Ante este rápido deterioro de su salud se empezó a temer por su vida, siendo incapaz el equipo médico habitual, encabezado por el prestigioso doctor burgalés D. Francisco Vallés (1), de encontrar el diagnóstico correcto que les permitiera recetar el tratamiento adecuado.

El doctor Vallés afirmó: “Físicamente su cuerpo no presenta alteración alguna, más bien su espíritu, que está trastornado y se empeña en huir del cuerpo. Y si la egregia paciente no pone empeño en impedirlo, me temo que la ciencia resultará impotente para evitar el fatal desenlace que todos nos tememos”.

Ante tan desconsolador pronóstico, el rey, angustiado ante la perspectiva de quedar viudo por cuarta vez, a pesar de la confianza que tenía depositada en su Médico de Cámara, al que le había concedido el seudónimo de “Divino Vallés” como premio a las numerosas y milagrosas curaciones que le había realizado, especialmente de su congénito “mal de gota”, decidió renunciar a la ciencia médica y pedir ayuda a instancias más altas. Para ello, después de un largo rato de meditación, postrado ante una imagen de Jesucristo crucificado, suplicándole ayuda en tan difícil trance, decidió llamar a consejo al prestigioso teólogo agustino Fray Alonso de Orozco (2), predicador real nombrado por su padre el Emperador Carlos, que residía en el cercano monasterio de San Felipe el Real, situado en la Plaza Mayor de Madrid, muy próximo al Palacio Real (2)

Este agustino, a la sazón octogenario,  que ya había sido consejero del Emperador Carlos V, era muy conocido y apreciado en todos los estamentos de la Corte, donde gozaba por igual fama de santo y de sabio. En realidad, su abnegada y desinteresada entrega a las clases más populares y necesitadas le habían merecido el apelativo de “El Santo de San Felipe”.

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Una vez en presencia del rey, púsole éste en antecedentes del extraño mal que se había apoderado de la reina y de la incapacidad de sus médicos para atajarla:

-Si como parece, su mal atañe más al espíritu que al cuerpo-concluyó el apesadumbrado monarca-tal vez vos padre, que tan ducho sois en los negocios del alma, podríais encontrar el remedio que necesita la suya.

-Difícil me lo ponéis majestad, pues como vos bien sabéis, son muchas las acechanzas que ponen en peligro la salud de nuestra alma, aunque, gracias al Altísimo, también son muchos los remedios para atajarlas. Si su majestad lo permite, desearía visitar personalmente a la ilustre enferma-fue la respuesta del religioso.

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Una vez en los aposentos de la reina, Fray Alonso pidió al rey que les dejaran a solas, sentándose a la cabecera de la monumental cama donde yacía, entre sábanas blancas como sudarios, la reina Doña Ana de Austria, cuya lívida y enflaquecida faz la asemejaba más a un espectro que a la mujer joven y hermosa que hasta hacía muy poco tiempo había sido:

-Señora, vuestra alma os atormenta y vuestro cuerpo está tan débil que no ofrece ninguna resistencia. Deberéis fortalecer primero vuestro cuerpo para que se vayan aliviando las cuitas que tanto os agobian el alma-fueron las palabras del agustino.

Reunido de nuevo con el rey, el padre Alonso requirió pluma y papel donde redactar su receta. Cuando el rey la hubo leído, en el rostro del monarca, por lo general severo e impasible, se reflejó un gesto de enorme sorpresa:

-¿De verdad creéis Fray Alonso que éste es el remedio que necesita mi esposa?-preguntó en un tono en el que se mezclaban la duda y la perplejidad.

-Majestad, perdonad mi atrevimiento, pero con eso me siento capaz de resucitar a un muerto. Confiad en mí y serviros llamar a vuestro cocinero.

El remedio que había escrito el agustino se refería, ni más ni menos, que a la receta de una perdiz asada, aderezada con hierbas y acompañada de dos buenas lonchas de tocino. Cuando se presentó el cocinero mayor del rey, D. Francisco Martínez Montiño (3), le hizo saber lo que quería:

-Necesito una buena lumbre en los aposentos de la reina, que esté lo suficientemente cerca de su dormitorio como para que le llegue el olor del condimento. Además, una perdiz bien cebada, entera y limpia, grasa de cerdo, tomillo, romero y orégano para aliñarla, unas buenas rodajas de tocino fresco, un cuartillo de vino añejo de La Mancha y una jarra de agua-fue su solicitud.

Una vez dispuso de cuanto había pedido, untó la perdiz con la grasa, la sazonó con las especies y la puso a asar a fuego lento, dejando que fuera soltando su jugo, que despedía aromáticos y apetitosos efluvios, impregnando los aposentos de un sugestivo olor a buena comida, capaz de desatascar el más atascado de los gaznates y estimular el más decaído de los apetitos. Cuando la perdiz estaba a punto de hacerse la cubrió con las lonchas de tocino, que se doraron rápidamente. Considerando que todo estaba a punto, con la ayuda de las sirvientas de la reina, se dirigieron hasta el borde la cama, llevando una bandeja con la perdiz y el tocino y un vaso de vino, rebajado prudentemente con agua, para atenuar los efectos de su fuerte graduación.

Ayudado por la asustada sirvienta a incorporar la frágil figura de la reina, que curiosamente tenía los ojos abiertos y expectantes, después de murmurar a toda prisa una corta oración, acercó el vaso de vino a los labios de la enferma, animándola a que bebiese:

-Ánimo Majestad, bebed que esto os hará revivir-

Dos pequeños tragos consiguió que tomara la reina, mientras notaba que sus ojos le miraban con agradecida calidez.

Llegó después el turno del tocino, partido en pequeñas porciones y, poco a poco, con infinita paciencia, sin dejar de animarla y reconvenirla dulcemente, consiguió que engullera una de las lonchas. De la perdiz, que se había vuelto a poner al arrimo del fuego para que no se enfriara, tan sólo probó un poco de pechuga, que según indicación de su esposo, que permanecía en el aposento contiguo al dormitorio, prefería al muslo.

La ingesta fue lenta y laboriosa, la enferma necesitaba descansar entre bocado y bocado, pero cuando Fray Antonio consideró que era suficiente, las blancas y descarnadas mejillas de Doña Ana de Austria estaban cubiertas de un ligero arrebol.

Cuando después de haberla reconfortado también espiritualmente con otra oración, esta vez más larga y pausada, el religioso dejó sola a la reina, que se sumó en un placentero sopor, se encontró de nuevo con su soberano esposo, que le aguardaba expectante:

-¡Decid, decid Fray Alonso………!-

-¡Majestad, os puedo asegurar que no conozco a nadie que se haya resistido a una perdiz con tocino! Podéis quedar tranquilo majestad.

Pocas semanas tardó la reina en recuperarse y volver a sus habituales quehaceres en la corte, especialmente en los referentes a los cuidados de su hija recién nacida, de Diego y de Felipe, los dos varones que quedaban con vida y las dos infantas, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, hijas de su regio esposo y de Doña Isabel de Valois, su antecesora en el trono y en el lecho.

La noticia de la sorprendente recuperación de la soberana corrió como un reguero por todos los rincones de la Villa y Corte: villanos y cortesanos, hombres y mujeres, nobles y plebeyos, frailes y mendigos, se hacían cruces de admiración y daban por hecho que la recuperación era un milagro del “santo de San Felipe”, es decir, de Fray Alonso de Orozco, que con su milagrosa receta de perdiz con tocino había incrementado notablemente su aureola de santidad. Fray Alonso murió varios años después, pasados los noventa, en auténtico olor de santidad. En el primer proceso que se abrió para su beatificación, la Infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, presente en la corte cuando estos hechos ocurrieron, fue una de sus grandes valedoras. Con el transcurso del tiempo, en 1882 León XIII le beatificó y finalmente, el 19 de mayo del 2202, Juan Pablo II le elevó definitivamente a los altares.

El epílogo de esta historia feliz, que algo tiene de cierta, lo constituyen unos hechos, históricos, eso sí, pero teñidos de tragedia:

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Hacía ya mucho tiempo, desde antes del nacimiento de su última hija, la infanta María, que el poderoso rey Felipe estaba metido en el negocio de Incorporar el vecino reino de Portugal a la corona española, haciendo valer para ello los derechos que le conferían el hecho de ser el tataranieto de Doña María de Aragón y Castilla, hija de los Reyes Católicos; bisnieto de Doña Catalina de Austria, reina de Portugal e hija de D. Felipe el Hermoso y Doña Juana de Castilla; hijo de Doña Isabel de Portugal y el Emperador Carlos V y, finalmente, esposo de Doña María de Portugal, su primera mujer. El acariciado sueño de la unión geográfica y política de todos los reinos de la Península Ibérica estaba a punto de hacerse realidad. Para ello contaba, además de con sus indiscutibles derechos dinásticos, con un poderoso ejército que el Duque de Alba había conducido hasta la frontera portuguesa desde tierras flamencas, atravesando media Europa. La muerte del rey portugués D. Enrique I el Piadoso, también conocido como Enrique el Cardenal, por haberle sido concedido el capelo cardenalicio, fue el detonante que impulsó a Felipe II a entrar en la lucha por su sucesión. El rey portugués había muerto sin heredero debido a que el Papa Gregorio XIII, aliado de los Hasburgo, le prohibió renunciar a sus votos eclesiásticos, lo que le obligó a mantener el celibato hasta su muerte. En el mes de junio de 1586, con el ejército dispuesto estratégicamente y la salud de la reina restablecida, Felipe II decidió trasladar la corte a Badajoz para estar lo más cerca posible del campo de operaciones.

Apenas se habían instalado los reyes y su numerosa comitiva en la ciudad extremeña, cuando una epidemia de gripe que ya había asolado Europa y que posiblemente llegó a España con la tropa, se extendió por el campamento militar español, alcanzando también a la comitiva real. Rápidamente, la epidemia comenzó a causar numerosos estragos. El poderoso Austria, en cuyos dominios nunca se ponía el sol, fue atacado por el mal, cayendo gravemente enfermo. Las altas fiebres se apoderaron de su cuerpo, no demasiado fuerte por su natural constitución, poniéndole al borde de la muerte. Pero esta vez el burgalés D. Francisco Vallés, su Médico de Cámara, aplicándole ventosas y cataplasmas en la cabeza, el pecho y la espalda, y haciéndole ingerir purgas por él mismo preparadas, consiguió que las fiebres cedieran y el enfermo empezara a ganarle la batalla a la terrible enfermedad. Es posible que las fervientes oraciones de su abnegada esposa, mujer de acendrada religiosidad, que no se apartó de su lecho durante  los largos días que permaneció entre la vida y la muerte, también coadyuvaran a que el rey saliera triunfante en su lucha contra la muerte.

Más de dos meses tardó el convaleciente rey en poder asumir nuevamente sus tareas de Estado, la ola más fuerte de gripe parecía haber cedido y el Duque de Alba permanecía acampado con sus tropas cerca de la divisoria con el país vecino, esperando las órdenes de su monarca. En la improvisada corte todo apuntaba igualmente hacia la normalidad perdida. Pero todavía faltaba lo peor: una buena mañana, mientras jugaba con la infanta María, su pequeño bebé, la reina se sintió presa de fuertes escalofríos e insistentes molestias en la garganta. Puesto de nuevo en aviso el doctor Vallés, este la ordenó que se metiera inmediatamente en el  lecho. La reina Ana también había contraído la temida gripe. La causa de su contagio posiblemente fuera el constante contacto que mantuvo con su esposo mientras duró su enfermedad, pero en esta ocasión la temida gripe agarró fuertemente a su presa. Pronto, altas fiebres y grandes trastornos intestinales agravaron su estado, sin que esta vez los cuidados del doctor Vallés surtieran efecto. Como medida preventiva y tal vez con la pequeña esperanza de que en el último momento interviniera la Divina Providencia como médico celestial, el doctor Vallés, que también era conocido como “El Divino”, decidió que trasladaran la enferma al Convento de Santa Ana de la capital pacense, regido por monjas clarisas que dejaron todas sus labores para dedicarse exclusivamente a cuidar a su real huésped.

Y en este convento franciscano, mientras D. Diego Gómez de la Madrid obispo de Badajoz, la suministraba los últimos sacramentos, Doña Ana de Austria, hija del Emperador Maximiliano II de Austria y esposa del todopoderoso Felipe II, exhalaba su último suspiro. Sus restos permanecieron en el convento franciscano, hasta que posteriormente fueron trasladados al Panteón Real del Escorial.

Felipe II llegó triunfante a Lisboa, donde fue coronado como Rey de Portugal. Su ambición se había cumplido, pero el coste resultó mucho más alto de lo esperado. No hubo ninguna otra mujer a su lado para compartir su lecho y su trono, de los cinco hijos que tuvo con su sobrina Ana, dos ya habían fallecido antes de ocurrir estos hechos; Diego Félix, Príncipe de Asturias, falleció en noviembre de 1582 y María, la última hija del matrimonio, murió en 1583, sólo quedó Felipe, el cuarto, nuevo Príncipe de Asturias que reinó como Felipe III a la muerte de su padre, pero tanto su vida como su reinado fueron bastante breves. Los Austrias fueron arrastrando su decadencia física hasta Carlos II, el último, que murió sin sucesión, dando paso a una nueva dinastía, los Borbones, que todavía los tenemos instalados en el trono español.

NOTAS:

  • Había nacido en Covarrubias el 11 de octubre del 1524 y era hijo de médico. Felipe II le nombró “Médico de Cámara y Protomédico General de todos los Reinos y Señoríos de España”. También se le conoce como “el Divino Vallés”.
  • Fue canonizado por Juan Pablo II el 19 de mayo del año 2002.
  • Francisco Martínez Montiño fue el Cocinero mayor de Felipe II, Felipe III y Felipe IV. Su obra más destacada es “Arte de cocina, pastelería, bizcochería y conservería”.

Autor Paco Blanco, Barcelona marzo 2018

LA RECUPERACIÓN DE LOS RESTOS DEL CID EN 1883. -Por Juan Antonio García Rojas-.

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Transcurría el mes de abril de 1882, cuando al académico sanroqueño Francisco María Tubino, que se hallaba en Viena como Comisario de España de la Exposición Internacional de Bellas Artes, le llegaron noticias de que en el museo del Castillo de Sigmaringen (Alemania), propiedad del príncipe Carlos Antonio Hobenzollern, se hallaban custodiados parte de los restos del Cid y de Jimena, los cuales habían sido saqueados del Monasterio de Cardeñas, Burgos, durante la invasión napoleónica. Tras las indagaciones realizadas por Tubino en el lugar, en Francia y España, y verificada la autenticidad por expertos, dichos restos regresarían a Burgos en febrero de 1883, siendo depositados en el ayuntamiento en un cofre. Aquí permaneció hasta el año de 1921, en el que dicho cofre sería trasladado a la catedral.

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1  Fotografía de Francisco Maria Tubino
de la época de la recuperación de los restos del Cid. Archivo de su sobrina bisnieta Mercedes Tubino Solís.
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2  Urna de mármol negro donde estuvieron depositados en Alemania los restos saqueados del Cid y de Jimena.
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3  El Rey Alfonso XIII en los actos del traslado de los restos del Cid desde el Ayuntamiento a la Catedral de Burgos.
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4  Cofre con los restos del Cid en la Catedral de Burgos.
Fuentes de la que se ha extraido los datos del texto:
–  La Ilustración Española y Americana  Año XXVII.  Número XI.  22 de marzo de 1883.  Páginas 111, 114, 171 y 174.

LA GASTRONOMÍA CON LOS ROMANOS Y LOS VISIGODOS. -Por Francisco Blanco-.

“Cada época de la historia modifica el fogón y cada pueblo come según su alma, antes tal vez que según su estómago. Hay platos de nuestra cocina nacional que no son menos curiosos ni menos históricos que una medalla, un arma o un sepulcro”

(Doña Emilia Pardo Bazán)

Antes de la llegada de los romanos, el territorio que comprendía la actual provincia de Burgos estaba habitado por diferentes tribus celtas, como los vacceos, los verones, los arévacos y los celtíberos, que habitaban en pueblos amurallados, situados en los altos de los cerros para facilitar su defensa y vivían prácticamente de la caza, la ganadería y una muy escasa agricultura. Hacia el siglo II antes de Cristo empezaron a aparecer los romanos y comenzaron a surgir los problemas de convivencia, que se rompió definitivamente con la caída de Numancia en el 133 a.C., tras un asedio que duró nada menos que 20 años. La romanización fue progresiva, hasta que se completó en tiempos del emperador Augusto, pasando los territorios conquistados a formar parte de las provincias romanas de Lusitania y Tarraconensis.

Las huellas de los romanos en nuestra provincia son todavía abundantes, destacando los yacimientos arqueológicos hallados en  Roa (Rauda), Valdeande (Ciella), Baños de Valdearados, pero especialmente las ruinas romanas de Clunia Sulpicia, (actualmente Peñalba de Castro), que llegó a ser capital del Imperio en tiempos del emperador Tiberio. Son especialmente destacables su impresionante teatro romano y numerosas  “termas” y “domus”  decorados con bellos mosaicos perfectamente conservados. En el Museo de Burgos también se pueden admirar varias piezas procedentes de diferentes lugares de la provincia.

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Roma, a partir del siglo II antes de Cristo, en que empezaron a extender sus colonias por todo Oriente, dejó de ser un pueblo austero y frugal, para convertirse en un pueblo poderoso, que había recibido de Grecia una valiosa herencia cultural, y que  alcanzó igualmente un gran esplendor en todos los órdenes, incluido naturalmente el gastronómico. Las clases populares siguieron alimentándose a base de tres comidas diarias, de las que la más importante era la cena, pero con el esplendor y la riqueza aparecieron también las grandes diferencias sociales, que a su vez establecieron grandes diferencias en la forma de vivir de los romanos, incluida su forma de alimentarse.

Las grandes victorias militares que propiciaron la expansión de Roma por la mayor parte del mundo conocido, fueron aprovechadas por las clases dominantes para amasar grandes fortunas, que les permitieron llevar un fastuoso tren de vida. El lujo, la ostentación y el despilfarro estaban a la orden del día en la opulenta sociedad aristocrática romana.

Esta opulencia no dejó de sentirse en la comida, que se volvió mucho más abundante y sofisticada, incorporando un gran número de productos exóticos procedentes de los países conquistados. Los platos eran cada vez más complicados y requerían una larga elaboración, lo que dio lugar a que los cocineros alcanzaran una gran valoración.

A la poderosa capital del Imperio llegaban, aparte de numerosas clases de pescados que se fueron aclimatando a las aguas del Mediterráneo, las trufas que se traían de Libia, los melocotones y los melones de Persia, los rábanos y las ciruelas de Siria, los albaricoques de Armenia, los vinos de Siracusa y de Hispania.

Los ciudadanos más poderosos y acaudalados de Roma competían entre ellos en ofrecer a sus invitados los banquetes más sofisticados y suntuosos que se puedan imaginar.

Entre los más famosos se encontraban los que ofrecía Lucio Licinio Lúculo, político y militar durante los últimos años de la República, que acumuló una gran fortuna mientras estuvo en activo y que al abandonar la política se construyó una señorial mansión en el monte Pincio, cercano a Roma, dotada entre otras cosas de diez comedores o triclinios, en los que acogía a sus invitados según su número, ofreciéndoles delicados y exquisitos banquetes, que le convirtieron en el arquetipo del perfecto anfitrión.

Estos fastuosos banquetes romanos de las clases acomodadas, pasaron a tener de dos a tres partes: la entrada o “gustatio”, el plato fuerte o “primae mensae” y el postre o “secundae mensae”. El “gustatio” o “promulsis” se correspondía con nuestro actual aperitivo y consistía en pequeñas pero numerosas raciones de alimentos ligeros, como las aceitunas, las almejas, las ostras, los caracoles y algún otro pequeño molusco. Se acompañaba con el “mulsum”, una bebida hecha con vino y miel, servida fresca, y también con el “hipocrás”, que consistía en vino con azúcar, canela y otras especies que tenía efectos tonificantes. El plato fuerte o “primae mensae”, consistía en carnes o pescados, generalmente asados y acompañados con una gran profusión de guarnición. Para beber se servía vino rebajado con agua, debido a su alta graduación alcohólica, que podía alcanzar los 18 grados. Finalmente llegaban los postres o “secundae mensae”, en los que sobresalían una gran variedad de frutas, como los higos, los dátiles y las nueces, así como pasteles hechos con harina de trigo y bañados en miel. En esta parte final se servía el “passum”, vino dulce y fuerte hecho con pasas. 

Los invitados comían recostados en una especie de diván, llamado “lectus inclinaris”, en el que se podían acomodar hasta tres comensales y se repartían en forma circular alrededor de la mesa o “mensa”. Las mujeres, que durante mucho tiempo no pudieron estar presentes, comían separadas, sentadas en sillas. El servicio corría a cargo de los esclavos, que se ocupaban de partir y servir el pan, cortar las viandas y preparar y escanciar las bebidas, todo lo cual se encontraba en mesas auxiliares.

Antes de dar comienzo al banquete, que generalmente se celebraba por la noche, los comensales estaban obligados a lavarse las manos y los pies. Los alimentos los cogían con los dedos, que se volvían a lavar después de cada bocado, para limpiarse la boca utilizaban las servilletas o “nápae”. Durante su transcurso eran frecuentes las libaciones que se hacían en honor de los dioses y los invitados, perfumados y con las cabezas coronadas de flores, acostumbraban a entablar animadas conversaciones sobre temas filosóficos o literarios, pero también, durante toda su duración, estaba amenizado por acróbatas, bailarines, músicos y poetas.

También, para celebrar grandes acontecimientos, como triunfos militares, juegos deportivos, ceremonias religiosas, funerales o el regreso a Roma de algún militar victorioso, tenían lugar grandes banquetes públicos, que podían ser de dos tipos: el “recta cenae”, que tenía lugar en sitios públicos, y el “sportula”, que consistía en ofrecer a los asistentes cestas conteniendo los alimentos.

Uno de los más famosos, considerado como el más grande de la historia, fue el que ofreció Julio César a su victorioso regreso de sus campañas por Oriente. Se alargó durante varios días consecutivos, en los que se dio de comer a más de 200.000 personas.

Otro ilustre ciudadano romano, Caius Apicius, dejó una importante obra literaria sobre Gastronomía: “De re coquinaria libri decem” (los diez libros de cocina), consistente en diez libros de cocina escritos en griego, cada uno sobre un tema distinto (1).

Otro famoso político y literato romano fue Cayo Petronio, también conocido como “Arbiter elegantiae”, que se encargaba además de organizarle unos orgiásticos banquetes al emperador Nerón, muy aficionado a darse grandes comilonas. Su obra “Libri Satiricón”, compuesta por varios episodios de carácter satírico y festivo, entre los que destaca “El banquete de Trimalción”, se puede considerar como la primera novela picaresca de la historia, precursora de la posterior novela picaresca tanto en Europa como en España. Al perder el favor del emperador, Petronio decidió quitarse la vida, cortándose las venas sumergido en la bañera.

Tanto desenfreno tuvo como resultado la inapelable decadencia del imperio romano, que fue invadido, conquistado y sometido por los llamados “pueblos bárbaros” procedentes del norte de Europa, que no tardaron en llegar a España, imponiendo a su paso una nueva civilización que se impuso en todos los órdenes de la sociedad, incluido el gastronómico. Naturalmente esto tuvo un impacto demoledor sobre la vieja cultura grecorromana, provocando la destrucción o la desaparición de numerosos escritos y documentos, quedando abandonada igualmente cualquier clase de instrucción.

A principios del siglo V España en general estaba completamente romanizada, tanto en las zonas urbanas como las rurales, con la excepción de algunas franjas del norte de la península, en las que se resistían cántabros y vascones, que se mantuvieron al margen de la romanización, aunque en algunos puntos de Cantabria se empezaba a hablar en latín.

En el aspecto religioso, por el contrario, España estaba prácticamente cristianizada, salvo entre los vascones, que siguieron manteniendo sus tradiciones paganas. En el siglo IV por el noroeste peninsular las doctrinas un tanto heterodoxas del priscilianismo, que provocaron  serias disensiones en el seno de la iglesia católica, y una despiadada persecución contra su fundador el obispo Prisciliano (2), que acabó siendo detenido, declarado hereje y decapitado públicamente. El priscilianismo también fue suprimido en el III Concilio de Toledo.

Esta caótica situación en España se prolongó prácticamente hasta principios del siglo VII, con la celebración en el año 619 del III Concilio de Toledo, durante el cual se declaró el Cristianismo como religión oficial del reino visigodo, relegando definitivamente el arrianismo al olvido. De aquí viene el profundo sello eclesiástico que ha caracterizado desde entonces a la monarquía española como una institución al servicio de la Iglesia. A partir de aquí, la instrucción y la cultura durante varios siglos estuvieron exclusivamente en manos de los conventos, monasterios, iglesias y el resto de las entidades religiosas que fueron apareciendo durante la Alta Edad Media, que en parte impidieron que desapareciesen totalmente los rastros de la vieja cultura romana y griega.

En el plano cultural el principal responsable y promotor de esta recuperación de la cultura grecolatina fue sin duda San Isidoro de Sevilla, que presidió el III Concilio toledano, en el que se establecieron toda una serie de nuevas reglas que se consolidaron en el IV Concilio de Toledo del año 633. Este Doctor de la Iglesia, que había nacido en Cartagena el año 556, fue también el autor de “Las Etimologías”, una extensa y erudita recopilación de todos los conocimientos de la época, que la convirtieron en la enciclopedia del saber más importante y completa de todo el Medievo. En ellas su autor hace gala de su enciclopédico saber, haciendo referencia a  casi 160 autores y abordando de forma magistral todas las materias del saber de su época, escrita además en un lenguaje claro y conciso. La obra consta de 448 capítulos, agrupados en 20 libros, de los cuales el vigésimo está dedicado a las provisiones, los utensilios domésticos y agrícolas y el mobiliario.

Básicamente, divide la ciencia en tres partes: 1. La Física, que a su vez la divide en otras tres: geometría, aritmética y música. 2. La Lógica, formada por la gramática, la dialéctica y la retórica. 3. La Ética, que incluye la justicia, la prudencia y la fortaleza.

 

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San Isidoro, además de Arzobispo de Toledo y consejero de Recaredo, fue también uno de los hombres más sabios de su época, considerado como el “Maestro de La Edad Media”, dejó una ingente obra escrita cuya influencia se extendió por España y Europa, llegando hasta el Renacimiento, durante el que sus “Etimologías” fueron reimpresas en varias ocasiones durante los siglos XV y XVI. En Sevilla creó una gran biblioteca en la que figuraban numerosas obras de autores romanos y también de los Padres de la Iglesia. Esta biblioteca fue destruida por los árabes, pero su contenido había sido divulgado por conventos y monasterios, extendiéndose también por los barrios mozárabes. Murió de forma ejemplar el 4 de abril del año 636, después de haber repartido todo lo que poseía entre los más necesitados. Fue enterrado en Sevilla, pero en el año 1063 sus restos fueron trasladados a la basílica de San Isidoro de León, construida por orden expresa del rey de León y conde de Castilla Fernando Sánchez I, sus restos reposan en un panteón dedicado a su memoria.

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Los pueblos bárbaros o germánicos que llegaron a la península fueron los suevos, que se establecieron en Galicia y los visigodos, que se establecieron por toda la Hispania romana. Eran pueblos nómadas, eminentemente guerreros, que vivían de la caza y el pastoreo, que practicaban el pillaje como un modo natural de subsistencia. Como ésta se volvía cada día más difícil, se vieron obligados a practicar la agricultura, principalmente el cultivo de la avena, que se convirtió en un alimento tanto para las personas como para los animales.

Lógicamente el arte culinario sufrió un considerable retroceso, principalmente en la preparación y abundancia de los condimentos, que bajaron en calidad y cantidad. Pero a medida que estos pueblos bárbaros se fueron asentando en los territorios conquistados, estableciéndose de forma estable, construyendo sus hogares y viviendo en sociedad, fueron recuperando las ganas de comer bien y abundante, lo que propició la aparición de una nueva gastronomía, en la que los guisos eran abundantemente sazonados con toda clase especies. Uno de sus banquetes favoritos consistía en asar un buey entero. Sin embargo, este nuevo arte culinario y sus condimentos nunca llegaron a alcanzar el refinamiento de los ágapes romanos. También, con estos cambios en sus costumbres, fueron romanizándose lentamente, aprovechando el enorme legado cultural que la tradición romana les legaba, lo que supuso un refinamiento de su forma de vida y una mejora de su alimentación.

También se fueron consolidando las diferentes clases sociales, que quedaron clasificadas en nobles, libres, semi-libres y esclavos; entre la nueva nobleza también se  integró la antigua nobleza hispano-romana, convirtiéndose en la nueva clase dominante de la sociedad hispano-goda. Esta clase dominante empezó a consumir básicamente los mismos alimentos que en la época romana, predominando los cereales, como el trigo,  el mijo y otras variedades que se utilizaban para elaborar diferentes papillas, así como un pan de baja calidad, el cibarius, que se daba a los siervos. También se elaboraban diferentes labores de pastelería, en las que predominaba la miel, ya que el azúcar no se conocía. Preferían la carne al pescado, siendo la de cerdo la más estimada, aunque también consumían la de vaca y la de oveja en todas sus variantes. Las legumbres, las hortalizas y las frutas también figuraban en su dieta, y según algunos historiadores, introdujeron las alcachofas, las espinacas y el lúpulo, con el que empezaron a elaborar grandes cantidades de cerveza. Como además  eran grandes bebedores, protegieron y promocionaron la fabricación de sidra a partir de la fermentación del zumo de la manzana. En cuanto al vino, le dieron gran importancia, protegiendo las numerosas viñas que habían dejado los romanos y promulgando leyes para su conservación y ampliación. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que los visigodos fueron unos grandes bebedores, propiciando la cultura del vino y también la de la sidra. En la zona que actualmente se conoce como la Ribera del Duero, además de cuidar y conservar los viñedos obra de los romanos, implantaron un gran número de nuevas cepas.

También supieron aprovechar y utilizar las infraestructuras que había levantado los romanos, tales como calzadas, caminos, puentes y acueductos, así como la arquitectura urbana, como los templos, lo teatros, los baños y demás edificios públicos, pero sin demasiadas aportaciones propias.

Pero, en los primeros años del siglo VIII, los invasores visigodos fueron desplazados por otro pueblo invasor, con otra cultura, otra lengua, otra religión………….Naturalmente estamos hablando del Islam, pero eso ya es otra historia.


NOTAS

Sus títulos son:

  1. “Epimeles”: Reglas culinarias, remedios caseros y especies.
  2. Artopus”: Estofados y picados
  3. “Cepuros” : Hierbas para cocinar
  4. “Pandecter” : Generalidades
  5. “Osprión” : Sobre las verduras
  6. “Tropherter” : De las aves”
  7. “Polyteles” : Excesos y exquisiteces
  8. “Tetrapus” : De los cuadrúpedos
  9. “Thalassa” : Del mar
  10. Del pescado y sus variedades.
  • Prisciliano había nacido en la provincia romana de Galaecia el año 340, en el 385 fue detenido por hereje y trasladado a Tréveris, capital de la Renania-Palatinado, donde fue decapitado en la plaza pública.

Autor Paco Blanco, Barcelona, abril 2018

CONCLUSIÓN FINAL: LA DECADENCIA DE ESPAÑA. -Por Francisco Blanco-.

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“De entre tus piedras seculares, tumba

de rememoranzas del ayer glorioso,

de entre tus piedras recogió mi espíritu

fe, paz y fuerza…

……Ara gigante, tierra castellana…

Castilla, Castilla, Castilla,

madriguera de viejos hombres,

tus castillos nuerden el polvo……”

(Miguel de Unamuno)

Naturalmente, la derrota comunera en Villalar sacó de la órbita de la influencia imperial a la mayor parte de las ciudades castellanas que se habían enfrentado a D. Carlos V, el nuevo y flamante Emperador de Alemania, cargo que consiguió gracias, en gran parte, al dinero que aportaron sus súbditos castellanos, y que prácticamente acaparaba toda su atención, pasando su reino de España a un segundo plano. Muchas ciudades españolas comenzaron a padecer una lenta pero inexorable decadencia, por el contrario, alguna, como Madrid, se convirtió en la capital y Corte de los reinos de España, iniciando una gran prosperidad y engrandecimiento a todos los niveles, siendo favorecida igualmente por Austrias y Borbones. Burgos, lamentablemente, se encontraba entre las primeras y aunque su participación al final de la guerra, apoyando al emperador, fue decisiva para el triunfo de la causa imperial, y el emperador la recompensó con algunas concesiones, a partir del rígido centralismo impuesto por su hijo Felipe II desde El Escorial, se inicia una larga fase de decadencia política, económica y social de la que no ha podido recuperarse. Casi se podría decir que se convirtió en una ciudad de paso: De paso para Madrid, de paso para Valladolid, de paso para el norte, principalmente para La Rioja y el país vasco. De paso….., nuestros visitantes siempre estaban de paso.

Otras muchas ciudades castellanas, como Ávila, Segovia y Palencia también viven sumidas en su pasado esplendor, a la sombra de sus históricos y glorioso monumentos, que causan, eso sí, la admiración de sus visitantes.

Tal vez por eso, actualmente Castilla agoniza, vive soñando en glorias pasadas, adormecida por el continuo tañer de las viejas campanas de sus infinitas iglesias, que marcan el ritmo del adormecido caminar de sus gentes, antiguamente libres y activas, hoy adormiladas y sometidas. Hay que volver la vista y la memoria hacia atrás, hacia el lejano pasado que fue nuestro inicio, y recuperar la figura de Fernán González, aquél conde castellano que, en el siglo X, hizo de Castilla un estado libre y soberano, poderoso y activo, cuna y origen de una nación, España, que también ha sido grande, respetada y poderosa, pero injusta y secularmente maltratada por la ineptitud, la falta de escrúpulos, la corrupción  y la ambición personal de sus gobernantes………

Pero aquellas gentes valientes, tenaces y luchadoras que hace siglos poblaron, fundaron e imprimieron carácter y personalidad a Castilla ya no existen, las que aun quedan se marchan en busca de nuevos horizontes con mejor porvenir. Por eso hace años que Castilla perdió su independencia y casi está perdiendo su identidad, para impedirlo hay que dejar de entonar el “Dios salve a Castilla” y ponerse a trabajar, sustituir el tañido de las campanas por el de la expansión social, económica y cultural, priorizar el interés general de Castilla sobre los viejos y caducos intereses caciquiles y de clase. Hay que seguir luchando por recuperar la ”Unidad del Pueblo Castellano”, solo así conseguiremos restaurar la pasada grandeza de Castilla.

Entre los siglos XVI y XVII, en la “Corte de los Milagros”, como se conocía Madrid, hizo eclosión un inesperado esplendor cultural, que elevó el arte literario, especialmente la poesía, el teatro y también la novela a cotas impensables hasta entonces. Esta insólita eclosión cultural ha pasado nuestra historia con el merecido nombre de “Siglo de Oro Español”.

Los orígenes de este periodo tan brillante, conocido universalmente como el Renacimiento, hay que atribuirlos, entre otros, a la aparición de la imprenta, que revolucionó el mundo del libro, permitiendo editar y difundir a gran escala las obras de los clásicos, facilitando al mismo tiempo el conocimiento y la lectura de las obras de los modernos autores. El máximo apogeo del libro se alcanzó en Bélgica y Holanda, que estaban libres de la terrible censura eclesiástica impuesta por la Iglesia Católica, que condenaba cualquier publicación que no contase con su obligada autorización.

En España funcionaba la no menos terrible Inquisición, que levantó una infranqueable barrera para impedir la entrada de libros en nuestro país, cosa que se convirtió en un acto de alto riesgo, que  muy pocos se atrevían a realizar.

El Renacimiento, como tantas otras cosas, llegó tarde a España, en cuyo imperio no se ponía el sol, concentrándose prácticamente en Madrid y su corte. Los españoles, a pesar de las inmensas riquezas que periódicamente llegaban procedentes de las colonias americanas, pero que invariablemente salían destinadas a financiar los enormes gastos que ocasionaban las agotadoras guerras religiosas que manteníamos en Europa, éramos un país pobre. Los campesinos humildes, acosados por los impuestos,  apenas podían mal vivir. Las ciudades estaban llenas de mendigos, desarrapados y famélicos, que se agolpaban a las puertas de las iglesias o vagabundeando por las calles a la espera de que cayese en sus escuálidas manos un simple pedazo de pan que llevarse a la boca. Los valores dominantes eran la honra, el orgullo y la hidalguía, aderezados con grandes dosis de hipocresía. El trabajo era mal visto, era una mancha, un atentado al orgullo de clase y la hidalguía, era preferible pasar hambre y conservar las apariencias y el orgullo. En “El lazarillo de Tormes”, una de las joyas de nuestro “Siglo de Oro”, se puede leer lo siguiente:”Un hidalgo no debe a otro que a Dios, al rey nada”. Un triste espectáculo para un país en cuyo imperio nunca se ponía el sol.

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En la corte madrileña los mendigos y los hidalgos pobres proliferaban más que en  ninguna otra parte, deambulando y pidiendo los primeros, luciendo su pureza de sangre, su pobreza y su hidalguía los segundos. Estas dos lacras sociales, que Quevedo definió como la “Cultura latiniparda”, propiciaron el auge del género literario conocido como la “Novela picaresca”, que dio como resultado una serie de obras inmortales en las que queda perfectamente reflejada la miseria, la ignorancia y el disimilo reinantes en aquella sociedad española de los gloriosos años del imperio.

Entre otras muchas, vamos a mencionar algunas especialmente notables, como “La Celestina”, cuya editio princep se publicó en Burgos el año 1499, en la imprenta de D. Fadrique de Basilea, aunque a lo largo del siglo XVI se publicaron numerosas ediciones más, esta genial novela, atribuida al bachiller Alejandro de Rojas, se convirtió en la referencia de la posterior literatura picaresca y costumbrista; también fueron importantes  el “Lazarillo de Tormes”, “La vida del buscón don Pablos”, el “Guzmán de Alfarache”, “La vida y obra de Estebanillo González”, “El Diablo cojuelo” y otras muchas más.

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A principios del año 1605 D. Miguel de Cervantes publica la primera parte de su D. Quijote de la Mancha con el título de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, en la que desmitificaba y ridiculizaba la vida caballeresca y la grotesca imagen que ofrecían aquellos estrafalarios hidalgos arruinados y famélicos. En el 1615, en vista del éxito obtenido con la primera parte, publicó su “Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha”, en la que se completaba la vida del hidalgo manchego. No sé si entraba en las previsiones de Cervantes mientras escribía las aventuras y desventuras de aquel pobre hidalgo manchego, empeñado en emular las hazañas y aventuras de los legendarios caballeros andantes, pero lo cierto que su novela y su protagonista alcanzaron una gran fama e influencia en toda la posterior narrativa europea, incluida la española, siendo considerada como la primer novela moderna y una de las mejores obras de la historia.

De hecho, se convirtió en un icono universal del modernismo que rechazaba el medievalismo arcaico y oscurantista y apostaba por la cultura y el progreso que proponía el modernismo renacentista.

La figura de D. Quijote ha sido utilizada en numerosas ocasiones en España por políticos, intelectuales, filósofos, literatos y artistas como símbolo de la lucha de la España progresista contra la España decadente, oscurantista y clerical.

Además de en la novela, también destacaron en nuestro Siglo de Oro grandes poetas y autores de teatro, que han legado a la posteridad verdaderas obras maestras de la Literatura Universal. Muchos fueron los artistas que brillaron con luz propia en el firmamento literario de este Parnaso español, por lo que vamos a citar únicamente algunos que  alcanzaron con sus obras una merecida inmortalidad, como son: Lope de Vega, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Pedro Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Miguel de Cervantes, Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, Fray Juan de la Cruz, Fray Luis de Granada, Teresa de Jesús, Mateo Alemán, Gutierre de Cetina, Vicente Espinel, Baltasar Gracián, Lope de Rueda, Juan Ruiz de Alarcón, Juan Luis Vives, Luis Vélez de Güevara……..Muchos son los nombres famosos que se podrían añadir a esta lista, que sólo pretende reflejar la importancia que ha tenido nuestro Siglo de Oro en el desarrollo de la posterior literatura universal.

Ya en los umbrales del siglo XX, una gran crisis patriótica se desencadenó en España en  1898, como consecuencia de la humillante derrota sufrida por nuestra armada en la corta guerra contra los Estados Unidos, con la consiguiente pérdida de los restos de nuestro imperio colonial en Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, provocando que un nutrido grupo de intelectuales españoles iniciara un importante movimiento de protesta, de carácter regeneracionista, conocido como “La Generación del 98”, que pretendía sacar a España del marasmo social, político, económico y cultural, en el que la habían sumido sus gobernantes, utilizando para ello un modelo histórico y romántico de nuestra historia, comenzando por diferenciar la España real, pobre, oprimida e inculta, de la España oficial, falsa, retórica y triunfalista, tratando de recuperar, al  mismo tiempo, la verdadera identidad de lo español, mediante el debate que denominaron: “Ser de España”. Entre sus propósitos entraba el de que la cultura europea entrase también en España y con ella la modernización del país y su integración en las nuevas corrientes culturales y de todo tipo que estaban apareciendo. Para ello recuperaron nuestra literatura popular, comenzando por el Romancero, al tiempo que revalorizaban nuestras tradiciones, nuestras costumbres, nuestro paisaje y nuestro paisanaje, volviendo a poner de moda lo castizo, rechazando lo amanerado y retórico, al tiempo que intentaban también que entraran en España las corrientes dominantes que corrían por Europa. Anhelo que refleja Antonio Machado en unos hermosos versos:

 

“Una España implacable y redentora,

España que alborea,

con un hacha en la mano vengadora,

España de la rabia y de la idea

 

La figura de don Quijote se convirtió en el símbolo por antonomasia del español iluso, que sueña con empresas imposibles, ajeno por completo a la realidad; en contraposición aparece la figura de Sancho Panza, atento a la dura realidad, que pisa con los pies en el suelo e intenta imprimir sentido común a sus actos, aunque las disparatadas fantasías de su amo le llegan en ocasiones a deslumbrar, haciéndole perder el sentido de la realidad.

Este movimiento modernista, que provocó la aparición del sindicalismo y potenció el republicanismo,  tiene su continuación en la segunda decena del siglo XX con la entrada en acción de la llamada “Generación del 27”, integrada por un importante grupo de intelectuales españoles que optaron por pasar del Regeneracionismo encabezado por Joaquín Costa y los del 98, a un movimiento revolucionario en lo social y lo económico y democrático en lo político, que convirtiera España en una sociedad libre y moderna. Se crea la conjunción republicano socialista con el firme propósito de acabar con el régimen monárquico.

No queremos dejar sin mencionar alguno de los nombres que dieron fama y gloria tanto a la “Generación del 98”, como a los de la “Generación del 27”. Entre los primeros brillan con luz propia Unamuno, Azorín, Ganivet, Machado, Baroja, Pardo Bazán, Valle Inclán, Pérez Galdós, Pereda, “Clarín” y muchos otros. A la “Generación del 27” pertenecen: Ortega y Gasset, Marañón, Tuñón de Lara, Madariaga, Azcárate, Pedro Garfías, Juan Rejno,  Sender, García Lorca, Rafael Alberti, Teresa León y otros muchos que voy a dejar de mencionar por no alargar demasiado esta lista.

Los continuos errores cometidos por D. Alfonso XIII y sus diferentes gobiernos propiciaron que una nueva Dictadura de carácter militarista y conservador,  encabezada por el general Primo de Rivera y un grupo de generales se hiciera con el poder en el año 1921, aunque eso sí, con la tácita aceptación del propio monarca.

El 12 de abril del 1931, con el general Primo de Rivera desposeído del poder, se celebran en toda España unas elecciones municipales que son decisivas para el futuro inmediato del país. Su resultado, 39.000 concejales republicanos por 41.000 concejales monárquicos, sin embargo, en los grandes núcleos urbanos la mayoría republicana es arrolladora lo que pone de manifiesto la profunda división que impera en el país. A la vista de los resultados, el rey, en una de sus más acertadas decisiones, presenta su dimisión, coge a su familia y se marcha al exilio. El 14 de abril en España se proclama la II Republica española.

Pero su vida, tal como ocurriera con la primera, también fue corta: España seguía dividida entre los conservadores, que aspiraban a recuperar sus antiguos privilegios y el autoritarismo monárquico, y los progresistas, que luchaban por sacar al país de su secular atraso y crear un estado moderno y progresista, para lo cual, mientras gobernaron, pusieron en marcha una serie de medidas encaminadas a reformar la educación, mejorar la economía, especialmente la de los menos favorecidos y democratizar nuestra sociedad. ¡Pero, una vez más, no pudo ser!. En julio de 1936, un grupo de generales y oficiales, apoyados por la aristocracia terrateniente, la oligarquía económica y caciquil y la bendición de la Iglesia Católica, dieron un golpe de estado que provocó una larga y cruenta guerra civil, de tres años de duración, que acabó con la desaparición de la república y la supresión de la democracia, dando paso a una larga dictadura de carácter policíaco-militar que duró cuarenta años, arruinó España y relegó a los españoles a la categoría de súbditos.

En el año 1978, casi en las postrimerías del siglo XX, España vuelve a tener una Constitución democrática, esta vez sin enfrentamientos militares, y se crea el Estado de las Autonomías, España se integra en Europa y los españoles vuelven a recuperar su categoría de ciudadanos, con libertad para votar, pensar y expresarse libremente.

Actualmente, en pleno siglo XXI, el cambio experimentado por el país ha sido considerable, pero todavía queda mucho camino hacia adelante por recorrer.

Paco Blanco, Barcelona enero 2018.

LA DECADENCIA DE BURGOS. -Por Francisco Blanco-.

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El año 1492 fue rico en acontecimientos transcendentales para el inmediato devenir de nuestra historia. Comenzó en la noche del 1 al 2 de enero con la definitiva toma de Granada por las fuerzas coaligadas de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, a los que se les empezaba a conocer como los Reyes Católicos. Era el  último reducto de la presencia árabe en España, que se había iniciado unos ocho siglos antes.

Unos meses después, el 31 de marzo, los reyes, instalados en el fastuoso recinto residencial de la Alhambra granadina, firmaban conjuntamente el “Edicto de Granada”, redactado por el Inquisidor General, el dominico fray Tomás de Torquemada,  por el que se decretaba la expulsión, sin ninguna excepción, de todos los judíos residentes en los reinos de Castilla y Aragón. Se les daba como fecha límite el 31 de julio, aunque finalmente se tuvo que prolongar hasta el 31 de agosto.

Por último, el viernes 12 de octubre una pequeña flota de tres carabelas, que enarbolaban la bandera de Castilla y que estaba dirigida por un marino italiano llamado Cristóbal Colón, después de una azarosa travesía anclaba sus naves en una pequeña y desconocida isla, que resultó pertenecer a un nuevo continente, absolutamente desconocido para todos los integrantes de la expedición, iniciándose así la gran aventura histórica conocida  como la Conquista de América (1).

Las consecuencias que semejantes eventos provocaron en el cotidiano quehacer de toda España fueron inmediatas y afectaron trascendentalmente a prácticamente todos los órdenes de la vida de nuestro país. Burgos, naturalmente, no fue una excepción.

Castilla se había convertido en una potencia económica, basada en la industria, la agricultura, la ganadería ovina, dominada por la Mesta (2), y la exportación de materias primas, que luego regresaban convertidas en productos manufacturados.

Burgos era uno de los puntos neurálgicos desde donde se controlaba la exportación de la lana a los países del norte de Europa, por lo que los comerciantes, entre los que abundaban los judíos, representaban uno de los pilares de la economía de la ciudad.

La comunidad judía burgalesa disfrutaba de un gran poder económico, una importante influencia política, especialmente a nivel municipal, ocupando además un alto estatus en el ámbito social, pero también ejercían oficios como los de zapateros, chapineros, juboneros, sastres, coqueros, ceramistas, plateros e incluso agricultores.

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Con el decreto de expulsión, alrededor de un tercio de esta comunidad tuvo que salir huyendo, abandonando o malvendiendo todo su patrimonio. El  resto pudo quedarse, acreditando primero la autenticidad de su conversión al cristianismo, aunque siempre permanecieron bajo la estrecha vigilancia de la terrible Inquisición. El resultado de esta acción de limpieza religiosa no podía ser otro que el fin de una etapa de relativa prosperidad, en la que el comercio y la industria alcanzaron un importante nivel de crecimiento, que impulsó a su vez el desarrollo de otra muchas actividades, dando paso a otra de crisis económica, con la consecuente decadencia del resto de los valores.

En 1493 los Reyes Católicos convirtieron la Universidad de Mercaderes de Burgos, creada en el año 1443 por Juan II de Castilla, en el Real Consulado del Mar, una casa de contratación mercantil integrada por comerciantes burgaleses, que controlaban el mercado de la lana, tanto en su fase de producción como su posterior exportación a los mercados europeos, donde disponían de sus propios factores o cónsules en las principales ciudades de Flandes y también en Londres, París, La Rochelle, Nantes y Florencia. Esta última fase se hacía principalmente a través de los puertos de Santander, Laredo y Bilbao, hasta que en el año 1511 se estableció en esta última otro Consulado similar al de Burgos, aunque su actividad se centró principalmente en la exportación de minerales y la importación de paños, sedas y otros productos manufacturados. El vacío originado por la expulsión de los judíos provocó la llegada de numerosos banqueros y agentes de comercio extranjeros, principalmente alemanes, franceses y genoveses, que establecieron Bancas y Casas de Comercio cuyos beneficios no generaban ninguna repercusión económica sobre la ciudad. La falta de mano de obra, tanto artesanal como agrícola e industrial, mucho más difícil de sustituir, también tuvo una alta incidencia negativa sobre la economía burgalesa.

Carlos de Habsburgo, el nieto de los Reyes Católicos, había nacido en la ciudad flamenca de Gante el año 1500; la conjunción de una serie de acontecimientos imprevistos, pero igualmente transcendentales, le convirtieron en muy pocos años en el personaje más poderoso de su época. Con tan solo 16 años, en 1516 se convierte en rey de Castilla, sin conocer siquiera nuestra lengua, nuestras costumbres, ni haber pisado nunca territorio español. El gobierno de su nuevo reino pasó directamente a manos de sus consejeros y colaboradores flamencos, que se colmaron de privilegios y entraron a saco en las arcas del reino. Castilla primero y el resto de España después, incluidas todas sus posesiones, que eran inmensas, y que se convirtieron en la caja provisora de fondos para las múltiples empresas políticas, religiosas y militares emprendidas por su nuevo y flamante monarca. Primero fue la compra de la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, que había ostentado su otro abuelo, Maximiliano I de Austria; después llegaron la guerras contra los turcos de Solimán el Magnífico, la Francia de Francisco I, contra el que se enfrentó en cuatro ocasiones, para acabar enredándose en una interminable y agotadora guerra religiosa, en la que se erigió como el supremo defensor de la Fe Católica, amenazada por el discurso reformista de un sacerdote alemán, el agustino Martín Lutero; conflicto que acabó extendiéndose por toda Europa.

En Castilla, el año 1520 se levantó un movimiento comunero contra el centralismo, la arbitrariedad y los abusos de la Corte flamenca que gobernaba, pero fue sofocado por las armas y duramente reprimido posteriormente. Burgos, tras diferentes alternativas, acabó decantándose por el bando imperial, contribuyendo en la fase final a su victoria con una importante aportación de hombres y efectivos militares, al mando del condestable de Castilla D. Íñigo Fernández de Velasco (3).

Cuando en el mes de octubre de 1555 Carlos I de España y V de Alemania, agotado, viejo y enfermo, abdicó de la corona imperial a favor de su hermano Fernando, tres años más joven, que curiosamente era español, pues había nacido y se había educado en Alcalá de Henares, al tiempo que  cedía los reinos de España a su hijo Felipe, puede afirmarse también que España se encontraba prácticamente al borde de la ruina, famélica y esquilmada a pesar de los enormes recursos que llegaban periódicamente al puerto de Sevilla, procedentes de la explotación de nuestras colonias americanas. Burgos no era, ni mucho menos, ajena a esta situación de penuria general.

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La llegada de Felipe II, también conocido como el Prudente, no contribuyó precisamente a mejorar la situación, pues en las posesiones flamencas de la Monarquía Hispánica empezaron a surgir numerosos focos de descontento, cada vez más violentos, que acabaron convirtiéndose en una auténtica revuelta popular en lucha abierta por su independencia. Flandes se convirtió en otro campo de batalla para España, con la tremenda carga económica y de vidas humanas que suponía mantener los famosos tercios de Flandes, a lo que hay que añadir el consiguiente deterioro de las relaciones comerciales entre ambos países. Este enorme proceso de desgaste para la monarquía española finalizó el año 1581 con la destitución de Felipe II y la creación de la república holandesa.

Pero el heterogéneo y delicado edifico imperial español no solo se resquebrajaba en los Países Bajos, los turcos volvían a ser una amenaza, obligando a Felipe II a concentrar grandes recursos militares para proteger el Mediterráneo (4) y como remate, en 1588, Felipe II el Prudente emprende la desdichada aventura de la Invencible, en la que se deshizo prácticamente todo nuestro poderío naval y supuso un desmesurado coste económico.

Las arcas del Estado estaban vacías, lo mismo que los bolsillos de los españoles, sumidos en un generalizado estado de penuria. La inflación se disparó, los precios subieron y los alimentos escasearon. Los años del 1557 al  1566 fueron de crisis alimenticia por la escasez de las cosechas. En el imperio español no se ponía el sol, pero este no calentaba igual para todos.

En semejantes circunstancias, al igual que ocurriera con otras muchas ciudades españolas, el hundimiento económico de Burgos resultó completamente inevitable, colocando a muchos burgaleses en la triste coyuntura de verse obligados a abandonar su patria chica en busca de nuevos aires que les permitieran sobrevivir. Por si todas estas calamidades fueran insuficientes, en el año 1565 hizo su aparición la peste, que causó una terrible mortandad, pues según escribiera el historiador Hieronimus de Salamanca: “murieron en ella doze mil personas, que de allí començó su declinación”, causando además la huida enloquecida de otro gran número de ciudadanos.

Unos años más tarde, en el 1574, lo que quedaba del floreciente comercio burgalés sufrió un duro revés como consecuencia de la pérdida a manos holandesas del puerto de Middelburgo, en el que estaban ancladas numerosas naves castellanas cargadas de lana, procedente principalmente de Burgos y Segovia, consignada por comerciantes burgaleses, cuyo inmenso valor se perdió al negarse los aseguradores a asumir semejante riesgo.

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La repetición de las epidemias de peste y la pobreza generalizada se convirtieron en un verdadero azote para Burgos y su provincia, que hizo pensar al licenciado Mesa que se trataba de una maldición que “amenazaba a todas partes con las tres plagas de hambre, guerra y mortandad… de que Dios nos libre…”

En 1599, con el siglo XVI a punto de finalizar, la población de Burgos se había reducido a 2.247 vecinos, más de la mitad de la que existía a mediados de siglo, y un gran número de sus viviendas habían quedado deshabitadas o derruidas. Sin embargo, las alcábalas que la ciudad debía aportar a la hacienda pública no disminuyeron ni un maravedí, por lo que las cargas impositivas que tuvieron que soportar los vecinos se hicieron absolutamente insoportables. Por las calles de Burgos deambulaban numerosos grupos de personas desarrapadas y hambrientas en busca de cualquier sustento que llevarse a la boca.

El declive de la ciudad de Burgos continuó aumentando de forma imparable con los sucesivos Austrias que se sentaron en el trono de España. Hacia 1618, en tiempos de Felipe III, que pasaba largas temporadas de solaz y descanso en el palacio que su valido el duque de Lerma se había construido con dinero del erario público en la villa burgalesa de Lerma, los vecinos de la capital burgalesa se habían reducido a 915,  y con su sucesor, Felipe IV, el rey Planeta, apenas llegaban a los 800. A este rey los burgaleses le dirigieron un memorial de agravios, en el que le exponían la triste situación en que se encontraba la ciudad por culpa de los elevados impuestos que tenía que soportar: “…estos la tienen tan despoblada y sin gente, que la que hay se sale a vivir fuera por no se poder sustentar y están las casas y edificios casi todos caídos y arruinados por el suelo…”

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La cifra más baja de habitantes se alcanzó durante el reinado de Carlos II, el último de los Austrias, con tan solo 700 vecinos.

Recién estrenado el siglo XVIII, el año 1700 el rey Carlos II muere sin sucesión. Los Austrias son sustituidos por los Borbones y con ellos entra en España la Ilustración…..Pero es ya otra historia.

NOTAS:

  • Se da la contradictoria circunstancia de que la mayor parte de la financiación del viaje de Colón corrió a cargo del judío aragonés Luís de Santángelo, secretario y hombre de confianza del rey Fernando.
  • El Honrado Consejo de la Mesta alcanzó su máximo apogeo en tiempos de los Reyes Católicos y Carlos I, pero empezó a decaer a partir de la segunda mitad del siglo XVI, especialmente durante el reinado de Felipe II, como consecuencia de la progresiva disminución del número de cabezas trashumantes, que afectaba directamente a la producción de lana y su posterior exportación.
  • Desde el reinado de Enrique IV el cargo de Condestable de Castilla lo ostentaba un miembro de la Casa de Velasco con carácter hereditario.
  • En 1560 los turcos infligieron a los españoles una dura derrota en Djerba y en 1563 estuvieron a punto de conquistar Orán.

Autor Paco Blanco, Barcelona, Marzo 2018

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RAMÓN BONIFAZ. ALMIRANTE DE CASTILLA. -Por Francisco Blanco-.

“Castilla no tiene mar,

pero tiene un Almirante

que se llama Bonifaz,

que una flota construyó

y Sevilla conquistó”. 

Fernando III fue rey de Castilla desde el año 1217 y de León a partir del año 1230, falleciendo en Sevilla, ciudad que había conquistado y en cuya catedral recibió sepultura, el 30 de mayo de 1252. Fue canonizado por el papa Sixto V en el año 1590.

Entre sus muchos méritos figura el de haber impulsado la marina castellana, para lo cual encargó al burgalés Ramón Bonifaz la construcción de una escuadra naval castellana, compuesta por diez galeras nuevas, cuya misión principal consistiría en vigilar las costas africanas para prevenir posibles incursiones árabes. Creó, además, dos almirantazgos, uno en Sevilla y otro en Burgos, encargados de controlar dicha flota. Su sucesor Alfonso X, fue un gran continuador de su labor, incrementando el poderío de la Marina española, que hasta entonces había estado integrada por naves cántabras y genovesas, que trabajaban a sueldo. Dedicó además un capítulo de sus “Partidas” a la “guerra que se faze por mar”.

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Ramón Bonifaz y Camargo, “rico hombre de Castilla y sabidor de las cosas de la mar”, nació en Burgos en el año 1196, según afirma el Padre Berganza, Fray Francisco de Berganza y Arce, cronista de Burgos y abad del  Monasterio de San Pedro de Cardeña. El mismo Almirante dejó escrito en su testamento su expreso deseo de ser enterrado en la ciudad de Burgos, cosa que se hizo en el antiguo Monasterio de San Francisco. La iniciativa de su fundación, a principios del siglo XIII, partió del mismo San Francisco de Asís, en una visita que hizo a la ciudad de Burgos.

Ramón Bonifaz fue además un importante colaborador en las obras de la construcción del monasterio, financiando la primitiva nave del centro, a cuya entrada hizo poner su escudo de armas, posteriormente, junto con otros altos dignatarios de la ciudad y algunos acaudalados mercaderes, financiaron el levantamiento de hasta veintidós  altares y capillas, que proporcionaron al interior del recinto una gran suntuosidad.

Sobre la gran lápida de piedra de su tumba figuraba la siguiente inscripción:

“Aquí yace el muy noble y esforzado caballero don Ramón Bonifaz, primer almirante de Castilla que ganó Sevilla. Murió el año MCCLVI”

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Lamentablemente de este Monasterio tan sólo quedan algunos restos, descarnados y ruinosos, de lo que fueron sus muros, en los que se puede ver una de sus puertas y un rosetón con la estrella de David.

Su ruina comenzó en el 1808, durante la ocupación francesa, durante la que fue saqueado y utilizado como cuartel, llegando a ser bombardeado desde las laderas del Castillo de Burgos en el 1813, durante el asedio a la ciudad del duque de Wellington, provocando un devastador incendio, que destruyó la bóveda y numerosas capillas con sus  altares y sepulcros, esparciéndose por sus aledaños numerosos restos óseos, reliquias y otros objetos de valor. La demolición final tuvo lugar en el 1836 durante la Desamortización de Mendizábal. En el 1844, aprovechando los restos de sus muros, se acondicionó para albergar el batallón de las Milicias provinciales, destinándose después a diferentes usos, hasta el 1877, en el que fue declarado en ruina.

En el “Libro Armorial” de la Cofradía de Santiago de Burgos, a la que solo podían pertenecer los caballeros, aparece con toda clase de detalles la genealogía del linaje de los Bonifaz y también de los Camargo, incluidos pequeños retratos ecuestres miniados de sus miembros,  con sus armas heráldicas. También cabe la posibilidad de que alguna rama de los Camargo se estableciera en Laredo, dando pie a algunas  teorías que defienden el origen cántabro de los Bonifaz. En Burgos los Bonifaz tenían su residencia en la aristocrática calle de San Lorenzo, en vecindad con otros miembros de la nobleza  local y de acaudalados mercaderes. También  eran  poseedores de una considerable fortuna, y también  tuvieron una casa familiar en Cameno, un pequeño pueblo burebano, situado en el valle burgalés de Oca-Tirón.

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Ramón Bonifaz fue nombrado alcalde de la fortaleza de Burgos en el año 1243, un cargo más de carácter militar que político, cargo que ocupó hasta su regreso a Burgos, unos años después de la conquista de Sevilla, en el 1252, siendo sustituido por su hijo Pedro. De sus datos biográficos, se sabe que estuvo casado en tres ocasiones: con la italiana doña Andrea Grimaldo, doña Luisa de Velasco y doña Teresa Arias, todas igualmente de ilustres familias, de estos matrimonios nacieron seis hijos, cuatro hembras y dos varones. Las hijas parece que tomaron el estado religioso, de los dos hijos, Luis y Pedro, solo se tienen datos biográficos del segundo, Pedro, que sustituyó a su padre a su regreso de Sevilla como alcalde de Burgos, cargo que volvió a ocupar en otras dos ocasiones, en 1263 y 1268, nombrado personalmente por Alfonso X. Al igual que su padre, fue un destacado prohombre de la ciudad de Burgos, dueño de numerosas propiedades y una considerable fortuna.

En el 1245 el rey Fernando III, en una de sus habituales visitas a Burgos, trabó amistad con su alcalde, quedando sorprendido y admirado de los grandes conocimientos de  que hizo gala Ramón Bonifaz sobre la navegación marítima y la guerra en el mar. Hay que tener en cuenta que en Burgos se encontraba por entonces la sede de todos los marineros castellanos que faenaban con sus barcos o como tripulantes por las costas cántabras.

Tal vez como consecuencia de la anterior visita real, a principios del año 1247 el rey encarga a Ramón Bonifaz la creación de una escuadra de guerra, con el fin de dirigirse a las costas sevillanas y ayudar al ejército en la conquista de la ciudad de Sevilla, que ya llevaba meses sitiada, pero en la que no pudo entrar por culpa de sus fuertes defensas marítimas, situadas en el cauce del Guadalquivir.

Esta tarea fue realizada por Ramón Bonifaz con gran eficacia y rapidez, pues la flota de guerra estuvo lista en menos de seis meses. Para ello contó con la colaboración y ayuda de todos los astilleros y atarazanas de la costa cantábrica, en especial de las cuatro villas marineras de San Vicente, Santander, Laredo y Castro Urdiales, de donde también procedía la mayor parte de la tripulación, en la que además figuraban algunos marineros vascos.

La nueva flota, al mando de Ramón Bonifaz, partió rumbo al sur en el mes de noviembre del año 1247, aunque a su paso por Asturias y Galicia se le fueron incorporando nuevos navíos, uno de ellos al mando del marino de Avilés Ruy Pérez de Avilés, que jugaría un importante papel en el desarrollo de las posteriores operaciones militares.

Al llegar la flota a Sanlúcar de Barrameda, en la desembocadura del Guadalquivir, se tuvo que enfrentar a la dura tarea de remontar el río rumbo a Sevilla, hasta llegar al puente de Triana, cosa que no consiguieron hasta bien entrado el año 1248. Pero cuando por fin tuvieron a la vista el puente de Triana, se encontraron con que las dos orillas del Guadalquivir, entre la Torre del Oro y su gemela de Triana, desde donde les hostigaban, estaban defendidas además por una línea de barcas, atadas entre sí fuertemente por gruesas cadenas de hierro.

Ante tan inesperada defensa, Ramón Bonifaz y sus jefes se pusieron a cavilar sobre la mejor manera de acometerla. Una brillante idea del marino asturiano Ruy Pérez de Avilés, les dio la solución. Se trataba de un artilugio de “fierros aserrados” acoplado a la proa del barco, capaz de cortar las dichosas cadenas. Se eligieron las dos naves más grandes de la flota, la “Carceña” y la “Rosa de Castro”, reforzaron las proas con el mayor peso posible y acoplaron a la proa el bélico artilugio. Ramón Bonifaz tuvo la calma necesaria para esperar el  momento oportuno para lanzar el ataque, éste llegó cuando subió la marea y el viento se puso a su favor. Las dos naves iban dirigidas por Ruy Pérez de Avilés y el propio Ramón Bonifaz, ambas se lanzaron contra las cadenas como un pesado ariete, la primera no consiguió romperlas pero la segunda las partió como si fueran de vidrio, dejando expedito el camino para que el resto de la flota entrara en Sevilla y facilitara la entrada de las tropas castellanas que la acosaban, que pudieron penetrar en la ciudad por varios lugares.

Este hecho, que ha pasado a la historia como una hazaña legendaria, ocurría el 3 de mayo del año 1248. La conquista definitiva de Sevilla no se finalizó hasta el 23 de noviembre de ese mismo año. El rey taifa de Sevilla, Axafat, tuvo que entregar la ciudad al rey castellano, quien le puso como única condición que, en un plazo de tiempo razonable,  la ciudad quedase vacía de todos los musulmanes que en ella vivieran, por lo que en los siguientes días la abandonaron más de cien mil musulmanes, camino de otras taifas cercanas y cargados con los escasos enseres que pudieron acarrear. Finalmente, la ciudad quedó en poder de los cristianos el día 22 de diciembre del 1248, precisamente el día en que la cristiandad celebraba la festividad de San Isidoro de Sevilla. A partir de aquí, en Sevilla tuvieron lugar grandes festejos, tanto religiosos como populares, para celebrar tan importante conquista de las tropas cristianas y el avance que esto significaba para la Reconquista. También llegaron las recompensas, pues Ramón Bonifaz y sus hombres, muchos de los cuales se establecieron en Sevilla, fueron premiados con honores y propiedades-.

En el 1250 el Rey Fernando III concede a Ramón Bonifaz el título de Almirante de Castilla, siendo la primera vez que se concedía dicho título en España, definido como “Cabdillo de todos los navíos que sirven para guerrear”, creándose de esta forma la primera Armada Española, a la que su almirante dotó de las correspondientes Ordenanzas Militares, recogidas posteriormente en el “Código de las Siete Partidas”, que redactó Alfonso X.

También recibió el Almirante el encargo real de dragar y limpiar el Guadalquivir, crear un nuevo puerto en Sevilla donde pudieran entrar naves de mayor calado y construir las “Reales Atarazanas”.

Después de finalizar con éxito todas estas importantes empresas, el Almirante Bonifaz regresó a Burgos, su ciudad natal, donde renunció a su cargo del alcalde, dedicándose exclusivamente a sus funciones de Almirante, con jurisdicción sobre todos los asuntos de la mar y administrador de todas las rentas reales de todos los puertos españoles.

Ya durante el reinado de Alfonso X, éste concedió numerosos privilegios a Burgos, extendiéndolos a las villas cántabras y vascongadas que habían participado en la expedición sevillana: “Esta merced les fago por el mucho servicio al Rey don Fernado,mío padre, e a mi, mayormente en la presión de Sevilla”.

En el año 1256, ejerciendo sus funciones de Almirante, falleció en Burgos D. Ramón Bonifaz y Camargo.

En el séptimo centenario de la conquista de Sevilla, en la ciudad de Burgos tuvo lugar un acto de homenaje a la figura del Almirante Bonifaz, en la que se descubrió una lápida en la entrada de la Torre de Santa María, en la que está grabada a siguiente inscripción:

 

A RAMÓN BONIFAZ “UN HOME DE BURGOS” Y ALCALDE DE LA CIUDAD, LE DESCUBRE LA GLORIA DE VIRILES PROEZAS, AL FRENTE DE LOS MARINOS DEL MAR CÁNTABRO EN LA CONQUISTA DE SEVILLA LOGRADA POR SAN FERNANDO, REY. 1248  10 – IX – 1948

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Para finalizar, queremos señalar que en el escudo de la ciudad de Santander se alude claramente a la conquista de Sevilla, con el barco embistiendo las cadenas sujetas a la Torre del Oro. En el de Laredo también aparecen tres navíos y la Torre del Oro protegida por las cadenas y en del Avilés se ve el barco con el artilugio adosado a la proa, a punto de embestir las cadenas.

En la Crónica General de Alfonso X se puede leer un poema dedicado a loar la hazaña del marino asturiano Ruy Pérez de Avilés.

 

“Reinando el ínclito rey don Fernando

El Santo, que llamaron en Castilla,

pasó el de Avilés con su nave serrando

la fuerte y gran cadena de Sevilla”

 

Autor: Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2018