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RAMÓN BONIFAZ. ALMIRANTE DE CASTILLA. -Por Francisco Blanco-.

“Castilla no tiene mar,

pero tiene un Almirante

que se llama Bonifaz,

que una flota construyó

y Sevilla conquistó”. 

Fernando III fue rey de Castilla desde el año 1217 y de León a partir del año 1230, falleciendo en Sevilla, ciudad que había conquistado y en cuya catedral recibió sepultura, el 30 de mayo de 1252. Fue canonizado por el papa Sixto V en el año 1590.

Entre sus muchos méritos figura el de haber impulsado la marina castellana, para lo cual encargó al burgalés Ramón Bonifaz la construcción de una escuadra naval castellana, compuesta por diez galeras nuevas, cuya misión principal consistiría en vigilar las costas africanas para prevenir posibles incursiones árabes. Creó, además, dos almirantazgos, uno en Sevilla y otro en Burgos, encargados de controlar dicha flota. Su sucesor Alfonso X, fue un gran continuador de su labor, incrementando el poderío de la Marina española, que hasta entonces había estado integrada por naves cántabras y genovesas, que trabajaban a sueldo. Dedicó además un capítulo de sus “Partidas” a la “guerra que se faze por mar”.

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Ramón Bonifaz y Camargo, “rico hombre de Castilla y sabidor de las cosas de la mar”, nació en Burgos en el año 1196, según afirma el Padre Berganza, Fray Francisco de Berganza y Arce, cronista de Burgos y abad del  Monasterio de San Pedro de Cardeña. El mismo Almirante dejó escrito en su testamento su expreso deseo de ser enterrado en la ciudad de Burgos, cosa que se hizo en el antiguo Monasterio de San Francisco. La iniciativa de su fundación, a principios del siglo XIII, partió del mismo San Francisco de Asís, en una visita que hizo a la ciudad de Burgos.

Ramón Bonifaz fue además un importante colaborador en las obras de la construcción del monasterio, financiando la primitiva nave del centro, a cuya entrada hizo poner su escudo de armas, posteriormente, junto con otros altos dignatarios de la ciudad y algunos acaudalados mercaderes, financiaron el levantamiento de hasta veintidós  altares y capillas, que proporcionaron al interior del recinto una gran suntuosidad.

Sobre la gran lápida de piedra de su tumba figuraba la siguiente inscripción:

“Aquí yace el muy noble y esforzado caballero don Ramón Bonifaz, primer almirante de Castilla que ganó Sevilla. Murió el año MCCLVI”

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Lamentablemente de este Monasterio tan sólo quedan algunos restos, descarnados y ruinosos, de lo que fueron sus muros, en los que se puede ver una de sus puertas y un rosetón con la estrella de David.

Su ruina comenzó en el 1808, durante la ocupación francesa, durante la que fue saqueado y utilizado como cuartel, llegando a ser bombardeado desde las laderas del Castillo de Burgos en el 1813, durante el asedio a la ciudad del duque de Wellington, provocando un devastador incendio, que destruyó la bóveda y numerosas capillas con sus  altares y sepulcros, esparciéndose por sus aledaños numerosos restos óseos, reliquias y otros objetos de valor. La demolición final tuvo lugar en el 1836 durante la Desamortización de Mendizábal. En el 1844, aprovechando los restos de sus muros, se acondicionó para albergar el batallón de las Milicias provinciales, destinándose después a diferentes usos, hasta el 1877, en el que fue declarado en ruina.

En el “Libro Armorial” de la Cofradía de Santiago de Burgos, a la que solo podían pertenecer los caballeros, aparece con toda clase de detalles la genealogía del linaje de los Bonifaz y también de los Camargo, incluidos pequeños retratos ecuestres miniados de sus miembros,  con sus armas heráldicas. También cabe la posibilidad de que alguna rama de los Camargo se estableciera en Laredo, dando pie a algunas  teorías que defienden el origen cántabro de los Bonifaz. En Burgos los Bonifaz tenían su residencia en la aristocrática calle de San Lorenzo, en vecindad con otros miembros de la nobleza  local y de acaudalados mercaderes. También  eran  poseedores de una considerable fortuna, y también  tuvieron una casa familiar en Cameno, un pequeño pueblo burebano, situado en el valle burgalés de Oca-Tirón.

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Ramón Bonifaz fue nombrado alcalde de la fortaleza de Burgos en el año 1243, un cargo más de carácter militar que político, cargo que ocupó hasta su regreso a Burgos, unos años después de la conquista de Sevilla, en el 1252, siendo sustituido por su hijo Pedro. De sus datos biográficos, se sabe que estuvo casado en tres ocasiones: con la italiana doña Andrea Grimaldo, doña Luisa de Velasco y doña Teresa Arias, todas igualmente de ilustres familias, de estos matrimonios nacieron seis hijos, cuatro hembras y dos varones. Las hijas parece que tomaron el estado religioso, de los dos hijos, Luis y Pedro, solo se tienen datos biográficos del segundo, Pedro, que sustituyó a su padre a su regreso de Sevilla como alcalde de Burgos, cargo que volvió a ocupar en otras dos ocasiones, en 1263 y 1268, nombrado personalmente por Alfonso X. Al igual que su padre, fue un destacado prohombre de la ciudad de Burgos, dueño de numerosas propiedades y una considerable fortuna.

En el 1245 el rey Fernando III, en una de sus habituales visitas a Burgos, trabó amistad con su alcalde, quedando sorprendido y admirado de los grandes conocimientos de  que hizo gala Ramón Bonifaz sobre la navegación marítima y la guerra en el mar. Hay que tener en cuenta que en Burgos se encontraba por entonces la sede de todos los marineros castellanos que faenaban con sus barcos o como tripulantes por las costas cántabras.

Tal vez como consecuencia de la anterior visita real, a principios del año 1247 el rey encarga a Ramón Bonifaz la creación de una escuadra de guerra, con el fin de dirigirse a las costas sevillanas y ayudar al ejército en la conquista de la ciudad de Sevilla, que ya llevaba meses sitiada, pero en la que no pudo entrar por culpa de sus fuertes defensas marítimas, situadas en el cauce del Guadalquivir.

Esta tarea fue realizada por Ramón Bonifaz con gran eficacia y rapidez, pues la flota de guerra estuvo lista en menos de seis meses. Para ello contó con la colaboración y ayuda de todos los astilleros y atarazanas de la costa cantábrica, en especial de las cuatro villas marineras de San Vicente, Santander, Laredo y Castro Urdiales, de donde también procedía la mayor parte de la tripulación, en la que además figuraban algunos marineros vascos.

La nueva flota, al mando de Ramón Bonifaz, partió rumbo al sur en el mes de noviembre del año 1247, aunque a su paso por Asturias y Galicia se le fueron incorporando nuevos navíos, uno de ellos al mando del marino de Avilés Ruy Pérez de Avilés, que jugaría un importante papel en el desarrollo de las posteriores operaciones militares.

Al llegar la flota a Sanlúcar de Barrameda, en la desembocadura del Guadalquivir, se tuvo que enfrentar a la dura tarea de remontar el río rumbo a Sevilla, hasta llegar al puente de Triana, cosa que no consiguieron hasta bien entrado el año 1248. Pero cuando por fin tuvieron a la vista el puente de Triana, se encontraron con que las dos orillas del Guadalquivir, entre la Torre del Oro y su gemela de Triana, desde donde les hostigaban, estaban defendidas además por una línea de barcas, atadas entre sí fuertemente por gruesas cadenas de hierro.

Ante tan inesperada defensa, Ramón Bonifaz y sus jefes se pusieron a cavilar sobre la mejor manera de acometerla. Una brillante idea del marino asturiano Ruy Pérez de Avilés, les dio la solución. Se trataba de un artilugio de “fierros aserrados” acoplado a la proa del barco, capaz de cortar las dichosas cadenas. Se eligieron las dos naves más grandes de la flota, la “Carceña” y la “Rosa de Castro”, reforzaron las proas con el mayor peso posible y acoplaron a la proa el bélico artilugio. Ramón Bonifaz tuvo la calma necesaria para esperar el  momento oportuno para lanzar el ataque, éste llegó cuando subió la marea y el viento se puso a su favor. Las dos naves iban dirigidas por Ruy Pérez de Avilés y el propio Ramón Bonifaz, ambas se lanzaron contra las cadenas como un pesado ariete, la primera no consiguió romperlas pero la segunda las partió como si fueran de vidrio, dejando expedito el camino para que el resto de la flota entrara en Sevilla y facilitara la entrada de las tropas castellanas que la acosaban, que pudieron penetrar en la ciudad por varios lugares.

Este hecho, que ha pasado a la historia como una hazaña legendaria, ocurría el 3 de mayo del año 1248. La conquista definitiva de Sevilla no se finalizó hasta el 23 de noviembre de ese mismo año. El rey taifa de Sevilla, Axafat, tuvo que entregar la ciudad al rey castellano, quien le puso como única condición que, en un plazo de tiempo razonable,  la ciudad quedase vacía de todos los musulmanes que en ella vivieran, por lo que en los siguientes días la abandonaron más de cien mil musulmanes, camino de otras taifas cercanas y cargados con los escasos enseres que pudieron acarrear. Finalmente, la ciudad quedó en poder de los cristianos el día 22 de diciembre del 1248, precisamente el día en que la cristiandad celebraba la festividad de San Isidoro de Sevilla. A partir de aquí, en Sevilla tuvieron lugar grandes festejos, tanto religiosos como populares, para celebrar tan importante conquista de las tropas cristianas y el avance que esto significaba para la Reconquista. También llegaron las recompensas, pues Ramón Bonifaz y sus hombres, muchos de los cuales se establecieron en Sevilla, fueron premiados con honores y propiedades-.

En el 1250 el Rey Fernando III concede a Ramón Bonifaz el título de Almirante de Castilla, siendo la primera vez que se concedía dicho título en España, definido como “Cabdillo de todos los navíos que sirven para guerrear”, creándose de esta forma la primera Armada Española, a la que su almirante dotó de las correspondientes Ordenanzas Militares, recogidas posteriormente en el “Código de las Siete Partidas”, que redactó Alfonso X.

También recibió el Almirante el encargo real de dragar y limpiar el Guadalquivir, crear un nuevo puerto en Sevilla donde pudieran entrar naves de mayor calado y construir las “Reales Atarazanas”.

Después de finalizar con éxito todas estas importantes empresas, el Almirante Bonifaz regresó a Burgos, su ciudad natal, donde renunció a su cargo del alcalde, dedicándose exclusivamente a sus funciones de Almirante, con jurisdicción sobre todos los asuntos de la mar y administrador de todas las rentas reales de todos los puertos españoles.

Ya durante el reinado de Alfonso X, éste concedió numerosos privilegios a Burgos, extendiéndolos a las villas cántabras y vascongadas que habían participado en la expedición sevillana: “Esta merced les fago por el mucho servicio al Rey don Fernado,mío padre, e a mi, mayormente en la presión de Sevilla”.

En el año 1256, ejerciendo sus funciones de Almirante, falleció en Burgos D. Ramón Bonifaz y Camargo.

En el séptimo centenario de la conquista de Sevilla, en la ciudad de Burgos tuvo lugar un acto de homenaje a la figura del Almirante Bonifaz, en la que se descubrió una lápida en la entrada de la Torre de Santa María, en la que está grabada a siguiente inscripción:

 

A RAMÓN BONIFAZ “UN HOME DE BURGOS” Y ALCALDE DE LA CIUDAD, LE DESCUBRE LA GLORIA DE VIRILES PROEZAS, AL FRENTE DE LOS MARINOS DEL MAR CÁNTABRO EN LA CONQUISTA DE SEVILLA LOGRADA POR SAN FERNANDO, REY. 1248  10 – IX – 1948

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Para finalizar, queremos señalar que en el escudo de la ciudad de Santander se alude claramente a la conquista de Sevilla, con el barco embistiendo las cadenas sujetas a la Torre del Oro. En el de Laredo también aparecen tres navíos y la Torre del Oro protegida por las cadenas y en del Avilés se ve el barco con el artilugio adosado a la proa, a punto de embestir las cadenas.

En la Crónica General de Alfonso X se puede leer un poema dedicado a loar la hazaña del marino asturiano Ruy Pérez de Avilés.

 

“Reinando el ínclito rey don Fernando

El Santo, que llamaron en Castilla,

pasó el de Avilés con su nave serrando

la fuerte y gran cadena de Sevilla”

 

Autor: Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2018

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FERNANDO SÁNCHEZ I, CONDE DE CASTILLA Y REY DE LEÓN. -Por Francisco Blanco-.

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A estas alturas de la Historia, todavía existen discrepancias sobre si Fernando Sánchez I fue el primer monarca de Castilla ó si también lo fue de León, con el título de Fernando I Rey de Castilla y de León.

El ilustre historiador burgalés D. Gonzalo Fernández Díaz es muy rotundo cuando afirma: “Podemos y debemos afirmar con absoluta certeza el hecho de que Fernando nunca fue rey de Castilla, y que ésta nunca cambió su naturaleza de condado subordinado al rey de León, para convertirse en reino a su muerte, ocurrida en el año 1065”.

Sin embargo, otro historiador ilustre, el vallisoletano Julio Valdeón, en el año 2005 afirmaba todo lo contrario: “A partir del año 1037 ya están unidos los reinos de Castilla y de León; Fernando I es rey de Castilla y unos años después se incorpora León, intitulándose rey de Castilla y de León”, en este orden.

Si recurrimos a los datos históricos vemos que Fernando era el segundo de loa hijos del rey de Pamplona Sancho Garcés III el Mayor y de su esposa Muniadona de Castilla, hija del conde de Castilla Sancho García I el de los Buenos Fueros. Había nacido el año 1016, posiblemente en Pamplona, y en el año 1029, como consecuencia de la muerte de su sobrino, el conde García Sánchez, su padre le nombra Conde de Castilla aunque, eso sí, sin prerrogativas de gobierno, cosa que se reservó para él, conservándolas hasta su muerte.

El conde García Sánchez, también conocido como “El último conde”, que había nacido en el año 1009,  se había quedado huérfano siendo todavía un niño, ocupándose de la regencia del condado su tía Doña Urraca, que era además abadesa de Covarrubias; en el año 1028, con 19 años y siendo ya conde efectivo de Castilla, mediante un pacto matrimonial concierta su casamiento con la infanta Sancha, hija del rey Alfonso V de León; a tal efecto, acompañado por un nutrido séquito en el que figuraba su cuñado  el rey Sancho Garcés III de Pamplona, se traslada a León, donde tendría lugar la ceremonia nupcial. Pero el Destino tenía otros designios. Unos días antes de la boda, cuando se encaminaba hacia la iglesia de San Juan Bautista de León para proceder a las presentaciones rituales, fue asaltado y asesinado por una cuadrilla de asesinos que le estaban esperando (1). Sobre la autoría de este magnicidio todavía siguen barajándose diferentes teorías.

Lo que resulta evidente es que el gran beneficiado de este asesinato fue su cuñado, el rey de Pamplona Sancho Garcés III, quien no dudó en autoproclamarse conde de Castilla, alegando sus derechos como esposo de la hermana mayor del conde asesinado, Doña Muniadona de Castilla, aunque en el año 1029 nombró a su hijo Fernando conde de Castilla, mas bien como título honorario, como ya queda dicho.

Fernando I no fue conde efectivo de Castilla hasta la muerte de su padre, ocurrida en el año 1035 en unas circunstancias altamente sospechosas.

Sancho Garcés III, que se denominaba a sí mismo como “Rex Ibéricus”, había sido un rey anexionista que había hecho crecer territorialmente a Navarra incorporándola territorios de Aragón, Guipúzcoa, Vizcaya, Álava, La Rioja, el condado de Castilla entero e incluso parte del reino de León. En su testamento repartió este extenso territorio entre sus hijos de acuerdo con el derecho sucesorio navarro, implantado en el siglo X por Sancho Garcés I: A García, su hijo primogénito, le correspondió el reino patrimonial, que era Pamplona, al que también pertenecían algunas tierras de Aragón, a esto le añadió una buena parte del Condado de Castilla, como La Bureba, los Montes de Oca, Trasmiera y la parte oriental conocida como Castilla Vetula, muy cercana a Cantabria. Su segundo hijo, Fernando, siguió gobernando el Condado de Castilla, que ya le correspondía por herencia de su madre y su sobrino  y que además seguía estando bajo la autoridad del rey de León, pero al que le habían arrebatado los territorios arriba mencionados. Gonzalo, el benjamín, recibió los condados de Sobrarbe y Ribagorza y a Ramiro, un hijo bastardo que había tenido con Sancha Aibar antes de casarse con Muniadona de Castilla, le correspondieron los territorios que poseía en Aragón, llegando posteriormente a convertirse en el rey Ramiro I de Aragón (2). Su única hija, Jimena, estaba casada con el rey Bermudo III de León.

Casi un año después de su toma de posesión efectiva como conde Castilla, el 22 de junio del año 1038, Fernando  es coronado rey en la catedral de León por el obispo Servando, convirtiéndose en Fernando I, rey de León. A partir de esta fecha el título de conde de Castilla dejará de existir, pasando exclusivamente al dominio de la historia.

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Fue el propio rey Sancho Garcés III quien, en el año 1032, concertó la boda de su hijo Fernando con la infanta leonesa Doña Sancha, hija de Alfonso V y hermana de Bernudo III, que reinaba en León y que precisamente estaba casado con su hija Jimena, boda igualmente concertada por él, lo que convertía a Bermudo y Fernando en cuñados por partida doble.

Esta infanta leonesa en el año 1028 había estado a punto de convertirse en condesa consorte de Castilla, cosa que impidió el asesinato de su prometido el joven conde García Sánchez a la entrada de la iglesia de San Juan Bautista de León. Después de ver su boda frustrada, la infanta Doña Sancha estuvo unos años retirada en la abadía asturiana de San Pelayo en Oviedo, en la que ejerció de abadesa aunque conservó su condición seglar. A la muerte de su hermano, el rey Bermudo III, se convirtió en la heredera legítima del trono leonés, aunque el poder efectivo lo cedió a su esposo Fernando, pues, por aquellos, tiempos en León no se reconocía a las mujeres como reinas “de Facto”.  Fue la impulsora, junto con su esposo, de la fundación de la Real Colegiata  de San Isidoro de León, donde está enterrada.

A la muerte del poderoso rey de Pamplona se rompió el precario equilibrio en que se mantenían los reinos cristianos de la península y empezaron a aparecer las discordias familiares, que pronto provocaron la aparición de la violencia entre las familias reinantes.

El primero de estos enfrentamientos lo provocó precisamente el joven y belicoso rey de León Bermudo III, que estaba ansioso por resarcirse de los agravios que había tenido que soportar por parte de su suegro el rey de Pamplona, además de querer recuperar los territorios que éste le había arrebatado entre el Cea y el Pisuerga, y tampoco había digerido muy bien el matrimonio de su hermana la infanta Doña Sancha con el nuevo conde castellano. Para ello planeó una campaña militar contra Castilla, con el objetivo de recuperar los territorios arrebatados. Se puso al frente de su ejército y penetró en tierras castellanas con el objetivo de derrotar a su cuñado Fernando.

El conde castellano, que también aspiraba a hacer más fuerte su condado a base de ampliar su territorio, recuperando sobre todo los que le habían arrebatado, también era consciente de que para enfrentarse a su cuñado el rey leonés, necesitaba algún aliado, por lo que cuando se enteró de que Bermudo avanzaba hacia Castilla al frente de sus tropas, formó una coalición con su hermano el rey de Pamplona García Sánchez III, conocido como el Nájera.

El día 1 de setiembre del año 1037, cerca la localidad burgalesa de Tamarón de Campos, en el valle que se forma a orillas del arroyo de Penillas, se produjo el encuentro entre ambos ejércitos. El castellano-navarro comandado por Fernando I y el  leonés por Bermudo III. El rey leonés, de carácter impulsivo y belicoso, montaba un caballo llamado “Pelayuelo”, joven y fogoso como su dueño. A la vista del ejército castellano, Bermudo no se pudo contener y puso  su caballo a un desenfrenado galope, en busca de su cuñado Fernando. Esto fue su perdición, pues la velocidad de “Pelayuelo” pronto le hizo dejar atrás al grueso de sus tropas que no pudieron seguirle; rápidamente fue rodeado por caballeros castellanos y navarros, que le desmontaron y una vez en el suelo fue lanceado sin compasión, propinándole más de cuarenta lanzazos que lo convirtieron en un mortal guiñapo humano cubierto de sangre.

Aquí se terminó la batalla, pues las tropas leonesas, a la vista de su rey muerto recogieron su cuerpo y emprendieron el regreso a León. Los restos del rey Bermudo III, último rey de origen godo de Asturias y León, recibieron sepultura en la Real Colegiata de San Isidoro de León (3).

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Con esta fácil victoria, que además convertía a su esposa Doña Sancha en la legítima heredera del trono leonés, al conde castellano se le allanó el camino para proclamarse rey de León, siendo ungido como tal el 21 de junio del 1038, después de vencer la oposición de un buen número de caballeros leoneses, contrarios a su coronación.

Pero las rencillas familiares volvieron a tomar cuerpo, esta vez entre los dos reyes hermanos: García Sánchez III de Pamplona y Fernando I de León. Las causas de esta nueva desavenencia hay que volver a buscarlas en las anexiones territoriales hechas por su padre, el rey Sancho Garcés III, de buena parte de los territorios del Condado de Castilla. Las reclamaciones de devolución  realizadas por Fernando no fueron atendidas por García, posiblemente receloso ante el engrandecimiento territorial y el poder que estaba consiguiendo su hermano Fernando, a esto hay que añadir el miedo de ver disminuido el suyo propio.

Con estas posturas contrarias, el enfrentamiento entre hermanos se hizo inevitable y los dos reyes volvieron a coger las armas, en esta ocasión para enfrentarse entre ellos.

Esta vez el choque tuvo lugar el día 1 de setiembre del año 1045, en la burgalesa sierra de Atapuerca, muy próxima a la capital burgalesa, que todavía pertenecía al reino navarro. Fernando iba al frente del ejército castellano-leonés y García mandaba el navarro, en el que, según la “Crónica Silense”, participaban tropas moras, seguramente proporcionadas por su hermano Ramiro. En los “Anales Compostelanos” se puede leer el siguiente relato de la batalla: “En la era MLXXXII, el primer día de setiembre fue matado el rey García, luchando con su hermano el rey Fernando en Atapuerca, por un caballero  suyo llamado Sancho Fortún, a quien había injuriado con su mujer”.

Todo parece indicar que la muerte del rey navarro fue un crimen pasional cometido por el caballero navarro Sancho Fortún, como venganza del adulterio de su esposa Doña Velasquita, que se había convertido en la amante del rey García.

Finalmente, la batalla, que se alargó hasta el anochecer y fue encarnizada, causando numerosas bajas en ambos bandos, se decantó a favor del rey leonés.

Fernando I, muy afectado por el asesinato de su hermano, pues había dado órdenes de respetar su  vida, además de castigar al asesino, renunció al reino navarro y en el mismo campo de batalla proclamó rey de Pamplona a su sobrino Sancho Garcés IV, que apenas contaba quince años. El cuerpo del rey García fue trasladado por sus súbditos a Nájera, donde recibió sepultura en el monasterio de Santa María la Real.

Cabe también señalar que en las filas del rey Fernando luchaban el noble leonés Diego Laínez y su hijo Rodrigo Díaz, que no tardaría en ser conocido como el legendario Cid Campeador.

La batalla de Atapuerca y la total recuperación de los territorios del condado castellano, que aún pertenecían a los navarros, marcaron un antes y un después, tanto en Castilla, que empezó a consolidarse como el más poderoso reino cristiano, como en Navarra, donde dio comienzo una lenta decadencia, tanto territorial como política.

Fernando I firmemente asentado en lo que ya se podría llamar el reino castellano-leonés, pudo dedicar todos sus esfuerzos a consolidar la tranquilidad de sus reinos y dedicarse además a extender sus fronteras hacia el sur, aprovechando al máximo la incipiente desintegración del hasta entonces poderoso califato de Córdoba.

En el año 1055 inició su primera campaña contra el rey de la taifa de Badajoz Muhammad al-Muzaffar, apoderándose de las plazas de Viseo y Lamego en Portugal e imponiéndole su vasallaje y el pago de Importantes “parias”(5) .

Un año más tarde, en  1056, avanzó con su ejército por la calzada romana que unía Osma con Medinacelli, apoderándose entre otras plazas, de San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero y Aguilera, destruyendo a su paso todas las atalayas y torres defensivas que encontró y penetrando en el reino taifa de Zaragoza, conquistando la localidad manchega de Taracena y llegando hasta Medinacelli, en el valle del Jalón. El rey Sulayman al-Muqtdir le rinde vasallaje y se compromete al pago de las correspondientes “parias”.

En el año 1062 emprendió una nueva campaña, esta vez contra el reino taifa de Toledo, arrasando los campos de Alcalá de Henares y Guadalajara y devastando la plaza fuerte de Talamanca, en el curso medio del Jarama. El rey taifa de Toledo Ismail al-Mamun también le rinde vasallaje y paga las correspondiente “parias”.

Finalmente en el mes de julio del año 1064, tras seis largos meses de asedio, se apoderó de la importante plaza fuerte portuguesa de Coimbra, lo que significaba ampliar las fronteras con los reinos musulmanes hasta el río Mondego.

Con estas victoriosas campañas del rey leonés, éste asegura definitivamente las fronteras de Castilla y de León por el sur y por el este, obteniendo además el vasallaje de sus vecinos musulmanes, consiguiendo igualmente grandes beneficios económicos a través del cobro de las “parias”.

A finales del año 1064, el rey Fernando emprendió su última campaña, que dirigió contra Valencia, uno de los reinos de taifas más poderosos que quedaban en la península, donde reinaba Abd al-Malik al-Muzaffata. Sus tropas llegaron sin dificultad hasta las murallas de la ciudad, a la que pusieron cerco a comienzo del año 1065, pero la fortaleza de las murallas y la resistencia de los valencianos le impidieron penetrar en su interior. Mediante una estratagema, Fernando consiguió que las tropas musulmanas salieran a luchar en campo abierto. El encuentro se produjo en Paterna y las tropas castellano-leonesas salieron vencedoras, pero Abd al-Malik al-Muzaffata, que se había quedado en Valencia, recibió los refuerzos de su suegro al Mamum de Toledo, por lo que los vencedores  tampoco pudieron esta vez apoderarse de la ciudad. En esta situación, el rey Fernando se sintió enfermo, por lo que decidió regresar a León con su ejército, donde falleció poco después, el 27 de diciembre del año 1065, un año después de haber emprendido su última campaña militar.

En su testamento, el rey de León cometió el mismo error que su padre, el rey de Pamplona. Sin respetar el derecho de sucesión visigótico, vigente todavía en León, que prohibía la división del reino entre más de un heredero, dividió sus reinos entre sus cinco hijos: A Sancho, el primogénito, le correspondió Castilla; Alfonso recibió el reino de León; a García le tocó Galicia y los territorios de Portugal; a Urraca le correspondió el señorío de Zamora y a Elvira el de Toro. Todos ellos recibieron la herencia a título real, por lo tanto Castilla, como León y Galicia se convirtieron en reinos independientes.

Las“parias” de los respectivos reinos de taifas que le había rendido vasallaje únicamente las repartió entre sus tres hijos varones.

Este reparto no parece que satisfizo las ambiciones de Sancho, nuevo rey de Castilla, ni tampoco las de Alfonso, por lo que las diferencias entre ambos no tardaron en surgir, provocando un nuevo enfrentamiento entre hermanos, en el que todos estuvieron involucrados, ocasionando, además, la muerte de dos de ellos: Sancho y García.

NOTAS

  • Sobre este Crimen de Estado se puede consultar “El Romanz del Infant García”
  • A la muerte de su hermano Gonzalo en el 1045, se anexionó los condados de Sobrarbe y Ribagorza.
  • Tanto en la Crónica Silense, como en la Tudense, se hace referencia a la batalla de Tamarón.
  • En el año 1076 este rey fue asesinado por sus hermanos.
  • Las parias eran un tributo que pagaban unos reyes a otros por su protección y en reconocimiento de superioridad.

Autor Paco Blanco,  Barcelona diciembre del 2017.

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LOS ORÍGENES DE CASTILLA-BARDULIA-MALACORIA-LOS FORAMONTANOS: -Por Francisco Blanco-.

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La invasión de la Península Ibérica por  árabes y bereberes a principios del siglo VIII provocó la rápida desestructuración del reino visigodo, que ya estaba afectado en sus estructuras de gobierno por una fuerte corrupción y el malestar social era latente en el resto de las capas sociales, lo que allanó el camino a los invasores en sus proyectos de conquista. Los primeros focos de reacción contra la rápida expansión musulmana surgieron en el Noroeste peninsular y estaban encabezados por un noble toledano de nombre Don Pelayo, que se convirtió en el primer rey de Asturias hacia el año 730.

Otro foco de resistencia contra los musulmanes se instaló en el ducado de Cantabria, cuya capital era Amaya, y cuyo líder era el duque Pedro de Cantabria, otro noble godo que casó a su hijo, el futuro rey de Asturias Alfonso I el Católico, con Ermesinda, una hija de D. Pelayo, sucediendo en el trono asturiano a su cuñado Fruela, que sólo reinó entre los años 737 y 739, en el que murió despedazado por un oso, según cuenta la “Crónica rótense”.

Alfonso I reinó hasta el año 757, en el que le sucedió su hijo Fruela I. Todavía se sentaron varios monarcas en el inestable trono asturiano, que empezó a consolidarse durante el largo reinado de Alfonso II el Casto (791-842), en el dieron comienzo las primeras repoblaciones de lo que después fue la primitiva Castilla.

Con anterioridad, entre el 741 y el 742, se había producido la retirada de las tropas bereberes, que regresaron a África del Norte, lo que propició la creación de una extensa zona despoblada en la cuenca baja del Duero, conocida como los “Campos Góticos”, que permitió reforzar y fortificar las fronteras cristianas, que lentamente se fueron desplazando hacia el sur. También se produjeron movimientos migratorios por el noroeste, protagonizados por los visigodos que se habían refugiado en Cantabria y también por los excedentes de población que se habían formado en el Ducado de Cantabria y que se vieron obligados a buscarse nuevos asentamientos.

Según los “Anales Castellanos Primeros”: “In era DCCCLII exierunt foras montani de Malacoria et uenerunt ad Castiella”.  

En el año 814 salieron los foramontanos de Malacoria y llegaron a Castilla. Procedían de Mazcuerras, una población cántabra de la comarca Saja-Nansa y llegaron a Brannia Osoria (Brañosera), en la Montaña Palentina, donde se establecieron. En el año 824 el conde Munio Núñez, bisabuelo de Fernán González, y su esposa Argilo, concedieron la “Carta Puebla” de Brañosera, primera Carta de Población que se concedía en España, en la que se reconocía a los nuevos pobladores y se les concedía una serie de ayudas y privilegios. De esta forma nacía el pequeño campesinado libre castellano, embrión de la España posterior, que hizo desaparecer el arcaico sistema aristocrático galaico-leonés característico de los restos de la España visigoda que había iniciado la Reconquista. El papel de la monarquía asturiana se limitó únicamente a tomar posesión del territorio, pero su actividad económica la realizaron los nuevos campesinos llegados del norte, impulsados principalmente por su espíritu colonizador. Para ello realizaron presuras de terrenos, plantaron árboles, construyeron casas, restauraron iglesias y ermitas y recuperaron molinos, con el objetivo de crear una tierra donde vivir en adelante con sus mujeres, sus hijos, sus vecinos, sus ganados y sus enseres. También llegaron gentes del sur, los mozárabes, que aportaron sobre todo elementos culturales. Los jefes de estos nuevos asentamientos eran los llamados “señores solariegos”.

Además de ocupar las estribaciones de los Picos de Europa, los foramontanos se fueron extendiendo y asentando por los valles del norte de Burgos, en las tierras del alto Ebro, que constituían el territorio de la antigua Bardulia, que no tardaría en llamarse Castilla.

“Era toda Castilla sólo una alcaldía,
maguer que era pobre e de poca valía,
nunca de buenos omes fue Castilla vazía …”

La palabra Castilla aparece documentada por primera vez en el año 800, en la carta de fundación del monasterio de San Emeterio y San Celedonio de Taranco de Mena, llevada a cabo por el abad Vítulo y su hermano Ervigio, acompañados de Jaunti, Belastar, Azano, Munio y Lopino, que es el autor de la Carta fundacional, todos ellos familiares hispano-godos que procedían de la Trasmiera cántabra. Este grupo y sus familias llevaron a cabo la repoblación del burgalés Valle de Mena, que limita con las encartaciones vizcaínas y los valles alaveses, además de Cantabria.

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San Emeterio y San Celedonio eran dos jóvenes soldados romanos, martirizados en el siglo III, en Calahorra, por haber abrazado la fe cristiana. Sus restos se encuentran actualmente en la catedral de Santander.

Hasta el siglo VIII el nombre de Bardulia designaba territorios cercanos pero diferentes, Estrabón los sitúa ocupando la actual provincia de Guipúzcoa y parte de las de Álava y Navarra, en vecindad con caristios y valones. Según el historiador romano Idacio, a principios del siglo V Bardulia y las costas cantábricas fueron invadidas y saqueadas por los hérulos, una tribu germánica que el siglo anterior ya había asolado el tambaleante imperio romano, que acabaron invadiendo Galicia y uniéndose con los suevos y los alanos.

Pero a principios del siglo VIII las fronteras várdulas se desplazan hacia el noroeste, concretamente hacia el norte de la actual provincia de Burgos y el sur de Cantabria, las causas de este trascendental movimiento demográfico tal vez se debieron a la ocupación durante el siglo VI por los vascones de las actuales provincias de Vizcaya y Guipúzcoa, quedando independiente el territorio intermedio, correspondiente a la actual provincia de Álava. Esto ocurría durante la decadencia visigoda y poco antes de que árabes y bereberes invadieran la península, cosa que consiguieron gracias a la colaboración del conde godo D. Julián.

Por su parte, el rey asturiano Alfonso I y su hermano Fruela se encargaron de repoblar los territorios más al Este del reino astur, desde Saldaña hasta Amaya, Clunia y Osma, llegando hasta Oca. También, utilizando la calzada romana que unía Zaragoza con Astorga, pasando por La Bureba, hicieron incursiones por tierras de Miranda y La Rioja, aunque más bien fueron expediciones militares de expolio y saqueo.

En el año 759, en tiempos del rey Fruela,  con la sede episcopal de Oca abandonada y el territorio de los Montes de Oca ocupado por los musulmanes, cerca de la localidad burgalesa de Pancorbo la abadesa Nonna Bella funda el Monasterio de San Miguel del Pedroso, uno de los primeros monasterios femeninos que se crearon en España, según se puede leer en su carta fundacional (1):

“En el nombre de su santa e individua Trinidad. Yo, la abdesa Nuñabella propuse y cuidé de ofrecer y recomendar mi cuerpo y alma a este santo monasterio que proporcioné cerca del río Tirón y dispuse que fuese consagrado con las reliquias del Arcángel San Miguel, de los apóstoles San Pedro y San Pablo y de San Prudencio, y mis hermanas y yo prometimos, en presencia del gloriosos rey Fruela y del obispo Valentín en el día octavo antes de las calendas de mayo de la era setecientos noventa y siete, vivir aquí observando la regla”

Está firmado por el presbítero Luponio, pero no se hace referencia a la sede episcopal que ocupa el obispo Valentín, se supone que se refería al obispado de Oca, pero también es posible que se tratase de uno de los acompañantes del rey asturiano. También hay que tener en cuenta que la cercana amenaza musulmana convertían a la mayoría de los nuevos obispos en itinerantes, dado el peligro que suponía el hecho de permanecer mucho tiempo residiendo en su sede episcopal.

Pero en el año 767 el nuevo emir de Córdoba Abd al-Rahman I, fundador de la dinastía de los Omeya, volvió a invadir la zona repoblada, penetrando por La Rioja y la llanura alavesa, hasta casi llegar a la cabecera del Ebro, saqueándolo todo y  apoderándose de los puntos más estratégicos de la ruta, los que fortificó para facilitar nuevas aceifas. Entre ellos se encontraban Pancorbo en Burgos y Briones en La Rioja, ambos muy cercanos a los Montes de Oca. Su hijo y sucesor Hisam I continuó con la misma política agresiva de su padre, ahogando en sangre los intentos repobladores de la zona, emprendiendo una especie de “Guerra Santa” contra sus vecinos cristianos.

En el 804, durante el reinado de Alfonso II, Juan de Valpuesta y un grupo de repobladores fundan, aprovechando los restos de una vieja ermita dedicada a San Cosme y San Damián, el Monasterio de Santa María de Valpuiesta, cuya carta fundacional, conocida como el “Cartulario de Valpuesta” está fechada el 21 de diciembre del año 804, fundándose además el obispado de Valpuesta, cuyo primer titular fue el citado Juan, que según parce contaba con toda la confianza del monarca asturiano. Este grupo realiza presuras en el valle de Valdegobia, entre Burgos y Álava y en el burgalés valle de Losa, tomando posesión de los ríos y puentes que allí encontró, junto con varios molinos, alguna aldea abandonada y algunas ermitas que reconstruyó, fundando en Fresno de Losa la iglesia de San Justo y San Pastor. Todo ello igualmente  sancionado por el propio Alfonso II, aunque algunos historiadores, como el burgalés D. Gonzalo Martínez Díaz, consideran que la documentación en que se basan es apócrifa, por lo que ponen en duda su veracidad histórica, estableciendo la fecha de fundación del monasterio en el año 881, obra del obispo Felmiro.

Fue sin duda en los “scriptorium” de estos monasterios, en los que se redactaban toda clase de documentos relativos a las actas fundacionales, las donaciones, los litigios y las compraventas, donde aparecen las primeras palabras en lengua castellana.

En el año 2015 el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua organizó una exposición permanente sobre los orígenes del castellano, que se puede ver en su sede del Palacio de la Isla de Burgos.

NOTAS: 

  • Sacado del libro “Cuna del primer Monasterio de Monjas de Castilla” de D. Ignacio Manso.

Autor Paco Blanco, Barcelona diciembre del 2017

INSTITUTO CARDENAL LOPEZ DE MENDOZA. -Por Francisco Blanco-.

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Este espléndido edificio renacentista, que conserva algunos elementos tardo-góticos, se debe al mecenazgo del cardenal D. Iñigo López de Mendoza, nombrado en el 1528 obispo de Coria y transferido a la sede de Burgos al año siguiente, permaneciendo en ella hasta el año 1535. En el mes de mayo del 1530 fue nombrado Cardenal bajo la advocación de San Nicolás, por el papa Clemente VII. Anteriormente, en mayo del 1516 había sido nombrado, por el papa León X, Abad perpetuo del Monasterio de la Vid, cercano a Peñaranda de Duero, en el que en el año 1522, con la colaboración de su hermano, D. Francisco de Avellaneda y Velasco, III Conde de Miranda, llevaron a cabo unas importantes obras de mejora de dicho Monasterio, en las que intervinieron importantes arquitectos burgaleses, como los hermanos Pedro y Juan Rasines y Juan de Vallejo, artífice también del cimborrio de la catedral de Burgos.

Las obras del Instituto se comenzaron el 1538 y se dieron por finalizadas en el 1579, en ellas intervinieron numerosos arquitectos y canteros de gran renombre, como el ya mencionado Pedro Rasines, Baltasar de Castañeda, Juan del Campo y otros. Su fachada principal es una sólida obra de sillería, cuya piedra caliza procede de las célebres canteras de la cercana Hontoria de la Cantera. La escultura y los escudos que presiden la portada son obra de los escultores Diego Guillén y Antonio de Elejade.

Iñigo había nacido el año 1489 en Aranda de Duero, su padre era D. Pedro de Zúñiga y Avellaneda, II Conde del Castañar y señor de Peñaranda de Duero y otras villas ribereñas y su madre era Doña Catalina de Velasco y Mendoza, hija de los Condestables de Castilla, fundadores de la Casa del Cordón de Burgos y de la Capilla de los Condestables de la catedral burgalesa, donde están enterrados. Su verdadero nombre era, por consiguiente, D. Iñigo de Zúñiga Avellaneda y Velasco, pero cambió sus apellidos para honrar la memoria de su ilustre bisabuelo D. Iñigo López de Mendoza, I Marqués de Santillana. Él y su hermano estudiaron la carrera eclesiástica en Salamanca y estuvieron muchos años en Flandes, al servicio de Doña Juana de Castilla y su hijo, el futuro rey de España y emperador de Alemania D. Carlos I. El 21 de abril del año 1535 otorgó testamento, en el que legaba 15.000 ducados para la construcción del Colegio San Nicolás de Bari, el actual Instituto de Enseñanza Secundaria de la ciudad de Burgos. Murió repentinamente el 10 de junio de ese mismo año en la villa burgalesa de Tordomar. Fue enterrado en el convento ribereño de La Aguilera y posteriormente trasladado al cercano Monasterio de Santa María de la Vid, del que había sido un gran benefactor.

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Tres años después de su muerte, en el 1538, dieron comienzo las obras del Colegio de San Nicolás, impulsadas por su sobrino, el Condestable de Castilla D. Pedro Fernández de Velasco y Tovar, cumpliendo de esta forma con su voluntad testamentaria.

En el segundo cuerpo de su portada, entre dos columnas, se grabó su placa fundacional que dice lo siguiente:

“ESTE COLLEGIO MANDÓ HAZER EN SU TESTAMENTO EL ILLMO. Y REVERENDÍSIMO SEÑOR CARDENAL Y OBISPO DE BURGOS DON ÍÑIGO LÓPEZ HIJO DE LOS CONDE DE MIRANDA DON PEDRO DE ZÚÑIGA Y DE AVELLANEDA Y DOÑA CATALINA DE VELASCO NIETO DE LOS CONDES DE MIRANDA DON DIEGO LÓPEZ DE ZÚÑIGA Y DOÑA ALDONZA DE AVELLANEDA. BISNIETO DE LOS CONDES DE PLASENCIA DON PEDRO DE ZÚÑIGA Y DOÑA YSABEL DE GUZMÁN. FUERON TAMBIÉN SUS ABUELOS EL CONDESTABLE Y CONDE DE HARO DON PEDRO DE VELASCO Y LA CONDESA DOÑA MENCÍA DE MENDOZA SU MUJER. MANDOLO EDIFICAR DON PEDRO DE VELASCO QUARTO CONDESTABLE DE LOS DE SU LINAGE. ACABOSE EL AÑO MDXX[IX]”. 

Además de su espléndida portada renacentista, es de destacar su patio interior, verdadero eje del resto del edificio. Es de forma cuadrada con dos galerías con arcos soportados por pilastras. En su centro se levanta un pozo con brocal; dispone de dos galerías de arcos entrelazados, a las que se acede por una monumental escalera de cuatro tramos, en la primera estaban las sedes de las diferentes cátedras y en la segunda, durante parte del siglo XIX se utilizó como residencia de los estudiantes internos.

A lo largo de su dilatada historia, el Colegio de San Nicolás ha atravesado por diferentes vicisitudes, como su ocupación por las tropas francesas durante la guerra de la Independencia, a las que, finalizada la invasión napoleónica, sustituyeron las tropas españolas. En el año 1845, como consecuencia del Plan Pidal de enseñanza, por el que el Estado asumía el control de la enseñanza, se crearon en España los Institutos de Segunda Enseñanza, asignándose a Burgos el viejo Colegio de San Nicolás, aunque antes hubo que desalojar al Regimiento de Artillería que lo ocupaba, cosa que no se consiguió hasta el 1849, gracias a la tenacidad de su primer Director electo, D. Juan Antonio de la Corte y Ruano-Calderón, Marqués de la Corte, que era catedrático de Geografía e Historia. Cincuenta años más tarde, se instala el Jardín Botánico y se convierte además en la Escuela Normal de Magisterio. También se instaló el Observatorio Meteorológico Provincial, que ha venido funcionando hasta finales del pasado siglo XX. También, como no podía ser de otra manera, por sus cátedras pasaron ilustres profesores, cuya importante labor docente dieron lustre, tanto nacional como internacional, a sus respectivas cátedras. Podemos citar, entre otros muchos a D. Raimundo de Miguel,  catedrático de Latín; D. José Martínez Rives de Historia; sin olvidarnos de D. Eduardo Augusto de Bessón, catedrático de Psicología, que llegó a ser alcalde de Burgos y mandó construir el puente sobre el Arlanzón, que unía el Instituto con el Palacio de Justicia, situado en la otra orilla, aunque lo que realmente se pretendía era facilitar el acceso al Instituto de los estudiantes que vivían en la otra orilla. También, a finales del siglo XIX se creó la Escuela de Agricultura, cuyos alumnos realizaban sus prácticas en el invernadero que se añadió al Jardín Botánico, que acabó convirtiéndose en Cátedra.

Ya en el siglo XX, los profesores D. Mauricio Pérez San Millán y D. José López Zuazo ponen en marcha el Museo de Ciencias Naturales, que recibió numerosas donaciones particulares y se convirtió en el más importante colaborador de la cátedra de Ciencias Naturales. En el 1908, el catedrático de Francés D. Rodrigo Sebastián, junto con el Hispanista y catedrático de Lengua y Literatura españolas de la Universidad de Toulouse D. Ernest Merimée, fundaron los Cursos de Verano para Extranjeros de Burgos, los primeros de este tipo que se celebraban en España, que tuvieron una muy favorable acogida, registrándose una numerosa asistencia de estudiantes y una nutrida presencia de ilustres personajes de la cultura española, como el historiador D. Américo Castro, el arquitecto D. Vicente Lampérez, el profesor y escritor D. Juan Domínguez Berrueta y el profesor e historiador vallisoletano D. Narciso Alonso Cortés. En el 2017, ciento nueve años después, estos cursos se siguen celebrando y cuentan con una asistencia numerosa y entusiasta, constituyendo un extraordinario y ejemplar marco de  convivencia, de amistad, de aprendizaje y de difusión de las culturas española y francesa. Un verdadero acontecimiento cultural para la ciudad de Burgos.

Otros ilustres profesores del siglo XX han sido D.Teófilo López Mata , natural de Villarcayo, que además de catedrático fue director del Instituto, historiador y cronista de la ciudad, cuya historia conocía profundamente, también fue un estudioso de nuestra Guerra Civil y estuvo muy vinculado a la Junta de Ampliación de estudios; D. Tomás Alonso de Armiño, presidente de la Diputación y director del Museo Provincial mientras estuvo instalado en el Instituto; D. Ismael García Rámila, historiador, arqueólogo y bibliófilo burgalés, discípulo de García de Quevedo, profesor de Lengua y Literatura españolas, participando también durante varios años como profesor de los Cursos de Verano para extranjeros; el investigador y humanista burgalés D. Gonzalo Díez de la Lastra, que demostró el nacimiento en la ciudad de Burgos del jurista Fray Francisco de Vitoria, que se atribuían los vitorianos; D. José María Ordoño, profesor de Matemáticas, que también fue alcalde de Burgos. A esta lista se podrían añadir muchos nombres ilustres más, pero la vamos a cerrar aquí, para no hacerla casi interminable.

Igualmente, a lo largo del tiempo se ha ido creando una copiosa e importante biblioteca, que ha ido creciendo a base de los presupuestos del propio Instituto, de donaciones particulares, destacando las del gobierno francés y las del profesor, historiador, cronista y alcalde la ciudad D. Eloy García de Quevedo. También son de destacar las entradas procedentes de otras bibliotecas de Monasterios cerrados o sujetos a amortizaciones del Estado.

Por una Orden Ministerial del año 1957, el viejo Colegio de San Nicolás pasa a llamarse oficialmente “Instituto Cardenal López de Mendoza”. En el 1963 se inaugura un nuevo pabellón, dedicado únicamente a las alumnas de sexo femenino, pero poco más tarde, en el 1967, se inaugura en Burgos el Instituto Diego Porcelos, exclusivamente masculino, por lo que el primero se convierte en Instituto femenino. Precisamente, este segundo Instituto ha celebrado su cincuentenario este año de 2017, con tal motivo han tenido lugar conciertos, conferencias, exposiciones, una comida para el personal docente en un hotel de la ciudad y una comida campestre de hermandad en el Parque de Fuentes Blancas.

También en el 1995 se celebró el sexto centenario de la fundación del Cardenal Mendoza, celebrándose, entre otros actos que estuvieron presididos por el Ministro de Educación, una interesante exposición retrospectiva con abundante material y documentación alusivos a su larga trayectoria histórica.

Poco tiempo después, en el 1996, se pusieron en marcha unas importantes y necesarias obras de reparación del Instituto, en las que se realizaron numerosas mejoras, ampliaciones y cambios estructurales en la distribución y emplazamiento de las diferentes dependencias, concluyéndose las obras en el 1999, justo en los umbrales del siglo XXI.  En la inauguración del remozado Instituto estuvieron presentes relevantes miembros del Ministerio de Educación y Ciencia, acompañados de las autoridades locales y de la directora del centro Doña Pilar Cristóbal Plaza.

En la nueva capilla del centro se pueden ver diferentes placas conmemorativas, en las que se recuerdan los diferentes eventos que ha jalonado su larga trayectoria docente.

Autor Paco Blanco, Barcelona setiembre 2017.

 

PEDRO I “el cruel” -Rey de Castilla-.

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Pedro I de Castilla. (Burgos 1334-Montiel 1369). Fue hijo de Alfonso XI  a quien sucedió en la corona de Castilla desde 1350 hasta su muerte. Fue apodado posteriormente “el cruel” por sus detractores y “el justiciero” por sus partidarios.

Su reinado cuando aún no había cumplido los dieciseis años estuvo constantemente sometido a la debilidad de su reino debido a las facciones que se disputaban el poder y que estaban constituidas por los varios hijos bastardos que había tenido Alfonso XI con Leonor de Guzmán, los infantes aragoneses primos del rey y la reina madre, María de Portugal.

En un comienzo el control de los mandatos reales estuvo en manos de la reina madre y del favorito Alfonso de Alburquerque. Este hizo de su política una aproximación a la alianza con Francia,   y para afianzarla y consolidarla se realizó el matrimonio por interés del propio rey con Blanca de Borbón (1353). Sin embargo el pacto matrimonial fue roto por el propio rey que, una vez celebrado el matrimonio, y dado que ya era amante de María de Padilla, encerró a su reciente esposa en el Alcazar de Toledo lo que provocó la lógica ruptura con Francia, el estallido de una rebelión en Toledo y la caida de Alburquerque.

Estas rebeliones consiguieron aunar en el reino a la nobleza y a las oligarquias municipales, reclamando estas mayor peso en el discurrir habitual del gobierno del reino. Al frente de las rebeliones, y en el antecedente de una guerra civil declarada, se pusieron el propio Alburquerque y don Enrique de Trastamara que sería con el devenir de la historia Enrique II de Castilla, siendo como era uno de los bastardos de Alfonso XI. Pedro I ante estas insurrecciones quedó confinado en Toro, pero, al lograr escapar, recuperó la iniciativa comenzando entonces de facto la guerra civil  que acabaría con su muerte.

Con el proceso de ir recuperando ciudades comenzó también una persecución a los insurrectos que terminó con la ejecución de los mismos. Solo Enrique de Trastamara no fue eliminado al refugiarse en Asturias, lo cual sería clave posteriormente. La guerra civil se extendió a una guerra entre reinos al atacar Pedro I al reino de Aragón gobernado por Pedro IV de Aragón, todo ello en 1356 . Paralelemante, dentro de la guerra de los Cien Años, que enfrentaba a Inglaterra con Francia , los primeros se alinearon con  el rey Pedro, y los segundos con el oculto en Asturias Enrique de Trastamara.

Posteriormente, en 1361, se consiguió la paz de Terrer,  Se llegó a esta paz con la mediación pontificia del cardenal de Bolonia. Aparte de la liberación de los prisioneros y de la devolución de las plazas caídas en manos castellanas, se puso en manos del representante pontificio el contencioso sobre la disputada zona de Alicante y la plaza de Almazán.

Durante la tregua conseguida por la Paz de Terrer (1361), muertas tanto la reina (se sospecha que asesinada por orden del rey) como María de Padilla, don Pedro proclamó herederos suyos a los hijos que había tenido con esta última, a los que declaró descendientes legítimos. La guerra se reavivó en 1362, con suerte favorable para el rey castellano, que llegó a cercar Valencia. En el periodo de tregua murieron tanto la reina (probablemente mandada asesinar por el propio rey), como la amante del rey María de Padilla. El rey declaró descendientes y sucesores a los hijos que había tenido con esta.

Pese a que Pedro I, al comenzar de nuevo la guerra civil, pudo tener ventaja militar llegando a cercar Valencia, esta situación se equilibró con la intervención de Francia que deseaba intervenir y conseguir así poner en la monarquía castellana a un rey partidario de emplear la flota de Castilla en su guerra conta Inglaterra. Los franceses enviaron a suelo peninsular a las Compañías Blancas, cuerpos de mercenarios capitaneados por Bertrand Du Guesclin.

Pedro I, que quería de nuevo tomar la iniciativa, buscó el apoyo del Principe Negro, que gobernaba Aquitania, y que hizo su incursión en la Península con tropas Inglesas derrotando a los franceses en Nájera en 1367. En mitad de una cruel represión que le dio luego apelativo al rey Pedro I, Enrique de Tarstamara consiguió recuperar fuerzas y puso sitio a Toledo en 1368, derrotando después a Pedro I en Montiel en 1369, donde este se refugió en su castillo. Sitiada la fortaleza por su hermanastro, quisó una acuerdo de rendición para lograr la fuga enviando a su fiel caballero Men Rodríguez de Sanabria que entabló trato con Bertrand Du Guesclín capitán de las Compañías Blancas en nombre de Enrique II. El francés llevó a una tienda con ardides al rey Pedro que se encontró allí, frente a frente, a su hermanastro. Comenzó una lucha que dejó alos dos hermanos abrazados en el suelo y, cuando parece que el enfrentamiento individual estaba dominado por el rey Pedro, intervino el francés Duguesclín  pronunciando según cuenta la leyenda la frase muy apropiada para un mercenario «ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor», entonces puso debajo a Pedro I lo que aprovechó el hermanastro para apuñalarlo y darlo muerte.

A partir de ahí comenzó en Castilla el reinado de los Trastamara, que es la línea y el linaje de un personaje clave en la unificación de los reinos peninsulares como fue Fernando el Católico.

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EL MONASTERIO DE SAN PEDRO DE ARLANZA Y FERNÁN GONZÁLEZ. -Por Francisco Blanco-

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“Nunno Belchidez ovo filio a Nuño Rasuera.

Nunno Rasuera ovo filio a Goncalbo Nunnez.

Goncalbo Nunnez ovo filio al comte Fernand Goncalbez.

(del “Liber Regun”, siglo XIII) 

Según los “Anales Castellanos Primeros”, este Nuño Belchides que aparece en la Crónica como bisabuelo de Fernán González, parece que era un caballero teutón, originario de Colonia y descendiente de Carlomagno, que había aparecido por Castilla hacia el año 882, casando con Doña Sula, hija del conde Diego Rodríguez Porcelos, el repoblador, por orden del rey de Asturias, Alfonso III, de los territorios de Burgos y Ubierna. De este matrimonio nació Nuño Rasura, el legendario juez castellano, quien, junto con Laín Calvo, impusieron en Castilla el “Fuero del Albedrío”, dejando sin efecto el vigente “Fuero Visigótico”. Fue, sin duda, el primer y decisivo paso de Castilla hacia su independencia de León. Por cierto que Nuño Rasura era el suegro de Laín Calvo, que se había casado con su hija Teresa Núñez.

Gonzalo Fernández (1) ya era conde de Burgos en el año 899, estableciendo su sede en el fortificado castillo de la Peña de Lara, muy próximo a la frontera establecida por los moros, que habían llegado hasta Carazo, en cuyo castillo se habían hecho fuertes y de donde fueron expulsados por su hijo, el conde Fernán González, después de la batalla de Carazo, según nos cuenta el Poema de Fernán González, escrito por un  monje arlantino en el siglo XIII:

“Entonces era Castilla un pequeño rincón,

Era de castellano Montes de Oca mojón,

E de la otra parte Fitero el fondón,

Moros tenían a Carazo en aquella sazón”

Se había casado con Doña Muniadona, señora de Lara, con la que tuvo dos hijos, Fernán y Ramiro González. Murió en el año 915 siendo conde De Burgos y Castilla, quedando sus dos vástagos, todavía de corta edad, al cuidado de su esposa Muniadona, condesa de Lara, que le sobrevivió hasta el año 935. Según testimonio de fray Prudencio de Sandoval y fray Antonio de Yepes, fue enterrada en el Monasterio de San Pedro de Arlanza, que fundara su hijo Fernán González, conde de Lara, de Álava, de Lantarón, de Cerezo y de Castilla.

Prácticamente desde que era un mozalbete de siete u ocho años, la peripecia vital de Fernán González se ve rodeada de leyenda, y su figura y sus hazañas son cantadas en numerosos Romances y Cantares de Gesta, que han convertido al Buen Conde en una especie de paradigma del perfecto caballero medieval,  adornado con toda clase de virtudes. Son de destacar la “Crónica Rimada” y el “Poema de Fernán González”, escrito en el siglo XIII, muy posiblemente por un monje del mismo Monasterio de San Pedro de Arlanza. Pero también a principios  del siglo XVI, hacia el año 1512, un abad del Monasterio, Fray Gonzalo de Arredondo y Alvarado (2), escribe una encomiástica biografía del Conde, con el título de “Crónica del Conde Fernán González”, en la que se narran las hazañas militares y los hechos milagrosos del “Buen Conde”, incluyendo la fundación del Monasterio de San Pedro de Arlanza, que no duda en señalar como obra del Conde.

Huérfano desde los seis o siete años, si hacemos caso del Poema su educación corre a cargo de un carbonero, que le enseña a cazar y también a utilizar el arco y la daga, mientras que para otros biógrafos, fue un ayo de avanzada edad el que le educó, de nombre Martín González, en un apartado paraje de la sierra de las Mamblas, afirmando además que,  “era ya a essa sazon grand cauallero”.

Su nombramiento como conde de Burgos se produjo cuando tenía diecisiete años. Hasta entonces, la vida del conde había transcurrido entre las sierras de Carazo y de las Mamblas, a cuyos pies discurría el río Arlanza, trazando una pintoresca y caprichosa hoz, en cuyas márgenes crecían las hayas, los robles, las encinas, las sabinas y toda clase de plantas silvestres, formando un verde y tupido bosque, habitado por una variada fauna, entre la que abundaba la caza.

En lo más alto de la sierra de las Mamblas existía una pequeña y  rudimentaria ermita, habitada por  tres monjes eremitas, bajo la dirección del monje Pelayo, o “Pedro el Viejo”, como también se le llamaba, que vivían pobremente como ermitaños, dedicados exclusivamente a la oración y el ayuno, aunque también tenían que vigilar no ser sorprendidos por sus cercanos vecinos, los moros de Carazo.

No era infrecuente, por aquellos tiempos del Medievo y en estas recién pobladas tierras castellanas, de tan acendrada y encendida religiosidad, encontrar numerosos ermitaños o eremitas, solitarios o formando pequeños cenobios, dedicados a este tipo de vida, con el único propósito de santificarse y alcanzar la vida eterna.

Seguramente fue durante alguna de sus numerosas cacerías por aquellas sierras, cuando el joven conde entró en contacto con aquellos monjes, a los que provee de alguna pieza de caza, y con los que no tarda en contraer amistad, especialmente con Pelayo, que le toma bajo su protección y se convierte en su consejero, auspiciándole toda clase de victorias, tanto militares como diplomáticas. El Conde también toma afecto a aquel monje Pelayo y sus dos compañeros, Arsenio y Silvano, a los que no dejará de visitar, e impresionado por tan brillantes augurios, promete solemnemente destinar un quinto de sus ganancias a levantar un nuevo monasterio mucho más grande, capaz para dar cobijo a más de cien monjes. Esta promesa, que desde luego Fernán González cumplió a rajatabla, es el origen de San Pedro de Arlanza, cuyas monumentales ruinas todavía, aunque con el alma embargada por la pena, se pueden admirar, recreando aquellos lejanos tiempos, tan cuajados de historia y de leyenda.

“Quiso Dios al buen Conde esta gracia facer,
Que moros nin cristianos non le podían vencer”

(del Poema de Fernán González)

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El Monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza fue uno de los grandes símbolos de la cristiana gesta de la Reconquista, comenzada en las montañas astures y continuada en aquellas tierras de castillos, recién repoblada por los “foramontanos”, que acabó tomando el nombre de Castilla, en la que, junto a los castillos, se empezaron a levantar catedrales, iglesias, monasterios y ermitas, vigilantes testigos del triunfo de la Fe Cristiana sobre la herejía musulmana, del que dieron cumplida fe.

El nuevo monasterio se levantó a orillas del Arlanza, en una de las hoces que traza el río entre Hortigüela y Covarrubias, al pie de la Sierra de las Mamblas, semejante a una gigantesca ballesta, rodeado de hayas, encinas y sabinas.

En el Cartulario del propio Monasterio se encontraron las copias de dos Actas fundacionales, datadas ambas en el año 912, afirmando que la fundación fue obra del conde Fernán González, cosa poco probable, ya que numerosos biógrafos del conde establecen el 910 como la fecha más probable de su nacimiento, lo que nos lleva a pensar que los verdaderos fundadores del monasterio fueron sus padres, D. Gonzalo y Doña Muniadona, entre los años 912 al 915. En consecuencia, es casi seguro que las dos copias citadas sean apócrifas, escritas posteriormente para ligar la figura legendaria del Conde a la fundación del Monasterio.

A partir del siglo XI, las dádivas y donaciones al nuevo monasterio aumentan considerablemente, gracias, especialmente, a la generosidad de Fernando I, rey de León y conde de Castilla, hijo de Doña Muniadona Sánchez, nieta del conde Fernán González, del que era, por lo tanto, descendiente directo.

Era por entonces  García el abad arlantino, quien, al igual que hicieran Domingo en Silos y Sisebuto en Cardeña, dio al monasterio un importante impulso, aumentando el número de monjes, adoptando el rito romano de Cluny y engrandeciendo sus instalaciones.

También por esta época, procedentes de la ermita pre-románica, llegaron al monasterio los sarcófagos con los restos de Fernán González y de su primera esposa Doña Sancha, cumpliéndose así la última voluntad del conde.

En el siglo XII el monasterio siguió gozando del favor real y de la nobleza, recibiendo numerosos privilegios y donaciones, que le permitieron convertirse en un importante complejo monástico, con iglesia abacial, que tenía adosado un claustro procesional por el lado de la Epístola, al que estaban adosadas las dependencias monacales, tal como exigían las reglas de Cluny; por el lado del Evangelio estaba adosada una torre cuadrangular con campanario y una torre fortificada circular.

Todo el conjunto monacal  alcanzó su máximo esplendor durante el reinado de Alfonso VIII. Pero entre finales del siglo XV y principios del XVI, principalmente impulsada por el abad fray Gonzalo de Arredondo, que contaba con el patronazgo de las ilustres familias de los Girón y los Velasco, el complejo monástico sufrió una importante reforma que afectó tanto a la iglesia como al claustro,  construyéndose uno nuevo, de estilo renacentista, en la que intervino la familia de los Colonia, destacados arquitectos y escultores de origen alemán, aposentados en Burgos. Las obras afectaron también a los muros exteriores, que tuvieron que reforzarse con contrafuertes, añadiéndose nuevos pilares para sostener la nueva cubierta, una bóveda estrellada de estilo gótico tardío que, según aseguran algunos expertos, se asimilaba a la de la Cartuja de Miraflores, en las cercanías de Burgos. También se construyó un nuevo coro, se elevó y amplió el ábside de la cabecera y se incrementó la ornamentación, incorporándose los escudos de los Téllez Girón y los Velasco, sobresaliendo el de D. Pedro Girón de Velasco, conde de Haro y de Urueña y señor de Osuna.

También durante el siglo XVII se realizaron algunas reformas de menor importancia, destacando la construcción de la sacristía, adosada al muro norte, por la que se accedía a la Sala Capitular, obra del arquitecto cántabro Pedro Díaz de Palacios, que a su muerte fue enterrado en la nave central del templo.

Pero el periodo de expansión se acaba y comienza una lenta pero inexorable etapa de abandono y decadencia, que culmina en el año 1841 con la exclaustración de la comunidad y la venta del conjunto, que queda abandonado y expuesto al saqueo y al expolio de su contenido: innumerables obras de arte de incalculable valor.

En ese mismo año de 1841 los sarcófagos paleocristianos con los restos del conde Fernán González y su primera esposa doña Sancha, fueron trasladados a la cercana colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias, siendo colocados en el presbiterio del altar mayor, donde permanecen y se pueden visitar actualmente.

El expolio y la dispersión sufridos por el patrimonio del Monasterio durante los años y los siglos siguientes, ha sido total y descontrolado, yendo a parar los valiosos restos a las manos y los lugares más insospechados: La fachada occidental, incluida la portada principal del siglo XI, fue a parar en 1895 al Museo Arqueológico de Madrid. Las pinturas de la Sala Capitular se pueden admirar actualmente en el Museo de Arte Románico de Cataluña. El sepulcro de Mudarra el Vengador, el hermanastro árabe de los Siete Infantes de Lara, se puede admirar en el claustro alto de la catedral de  Burgos. La legendaria imagen de la “Virgen de las Batallas” (3), una primorosa talla del siglo XIII, de unos 30 cm., tallada en bronce dorado y policromado, con incrustaciones de piedras y esmalte, que estaba colocada en el ábside del lado de la Epístola, en el año 1883 se hizo cargo de ella el arzobispo de Burgos D. Saturnino Fernández de Castro, perdiéndose después su pista, hasta que, ya en pleno siglo XX, apareció en poder de un coleccionista privado de Nueva York. Finalmente, en el año 1997, fue subastada públicamente en la famosa Galería Sotheby’s, siendo adquirida por el Estado español, que se la cedió al Museo del Prado. Actualmente se puede admirar en el Museo de Burgos, que la tiene en calidad de depósito. Todos los pergaminos, cartas, cartularios, manuscritos y documentos generados en el Monasterio, andan totalmente dispersos, en colecciones privadas o en manos particulares, imposibles de identificar ni localizar, al igual que numerosos objetos y reliquias, que se pueden dar por perdidas para siempre…………….¿Las causas, los motivos? El que esto escribe lo desconoce…………. ¿Fueron las sucesivas desamortizaciones de Mendizábal, Espartero y Madoz las únicas causas del monumental derrumbe? ¡Evidentemente, no!.

De la iglesia, de estilo románico con tres naves, levantada con sólidos muros de sillería, quedan en pie los tres ábsides de la cabecera, con columnas rematadas con capiteles decorados con motivos vegetales y zoológicos, que sostenían las bóvedas desaparecidas. En los restos de los muros se pueden apreciar esbeltas columnas pareadas, que se convierten en una sola y que soportaban los arcos de medio punto.

Lo mejor conservado es, sin duda, la torre campanario de planta rectangular con dos cuerpos, el primero con dos arcos ciegos y columnas en las esquinas, en el superior se encuentran los huecos para las campanas, esta torre tiene adosada otra fortificada, de planta circular.

También se pueden contemplar las ruinas del claustro renacentista del siglo XVII, con dos pisos de arcos de medio punto sostenidos por pilastras. En el centro de este claustro se levantaba una artística fuente, que fue trasladada al Paseo de la Isla de Burgos hacia el año 1930.

Detrás de los restos de este claustro renacentista se encuentra la que se conocía como Torre del Tesoro, con dos alturas, la primera, de estilo románico, construida a mediados del siglo XII, era la ya citada Sala Capitular, mientras que  la segunda, del siglo XIII, era una zona de descanso, independiente del monasterio, en la que se albergaban los visitantes ilustres, miembros de la realeza o de la nobleza, con una interesante decoración mural, mediante paneles en  sus cuatro lados, siendo alguno de estos paneles de grandes dimensiones, en los que se representaban figuras de animales característicos del bestiario medieval y también motivos vegetales o geométricos. Todos estos paneles de pinturas fueron arrancados y vendidos durante la segunda década del siglo XX, encontrándose actualmente repartidos entre el “The Cloisters de Nueva York”, el “The Fogg Art Museum” de Harvard y el ya citado Museo Nacional de Arte de Cataluña en Barcelona.

También se conserva la portada de la fachada oriental, con un arquitrabe en el que figura una leyenda con la fecha de su finalización: “AÑO DE SOLIDEO HONOR Y GLORIA, 1643”, encima del cual aparece la figura ecuestre del conde Fernán González, en postura similar a la de Santiago Matamoros. Encima de la estatua se puede ver el escudo del Monasterio.

Estos restos  ruinosos de lo que podría llamarse “la cuna de Castilla”, uno de los cenobios más representativos de la vieja Castilla condal, siguen impasibles, ajenas a la morbosa curiosidad de los visitantes, en un soberbio paraje a orillas del Arlanza, la arteria principal de Castilla, que también sigue impasible su curso para unirse al Pisuerga, ya en tierras palentinas.

NOTAS: 

  • Tanto Menéndez Pidal como Fray Justo Pérez de Urbel admiten que el apellido Núñez es un error del Arlantino, siendo Gonzalo Fernández el verdadero nombre del padre de Fernán González.
  • Fray Gonzalo de Arredondo y Alvarado, además de abad de San Pedro de Arlanza fue cronista de los Reyes Católicos. La obra citada se la dedicó al Emperador Carlos V.
  • Según la leyenda, esta virgen acompañaba al conde en todas sus batallas.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, enero 2016

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GAZETA EXTRAORDINARIA DE MADRID DEL VIERNES 18 DE JUNIO DE 1813: NOTICIAS DE LA VOLADURA DEL CASTILLO DE BURGOS Y MARCHA DEFINITIVA DE LOS FRANCESES.

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A partir del nacimiento de la imprenta comienzan a publicarse en toda Europa (el más antiguo es el Opregte Haarlemsche Courant, ahora mismo llamado Haarlems Dagblad fundado en 1656 en Holanda). Normalmente es la iniciativa privada quien funda este tipo de ediciones.

En febrero de 1661 la Gaceta se convierte en el primer periódico de información general que surge en España.

Durante el siglo XVII la imprenta propició el nacimiento de numerosos boletines o gacetas en, prácticamente, toda Europa; estas publicaciones surgirán de manos de la iniciativa privada y con un contenido estrictamente informativo. Esa situación cambia  absolutamente  durante el reinado de Carlos III, quien, en 1762, decide focalizar en la Corona el hecho de imprimir la Gaceta.

El viernes 28 de julio de 1813 se publica este texto en la Gazeta Extraordinaria, relacionado con la ciudad de Burgos.

El intendente en comisión de esta capital y su provincia acaba de recibir desde Burgos las noticias siguientes, que nos apresuramos a comunicar para satisfacción de este heróico pueblo.

El día 12 del corriente salieron de Burgos todos los ministros del intruso, y el 13, a las cuatro de la mañana, este último.

A las dos horas volaron los enemigos el castillo, empleando al efecto varias minas, en las que se colocaron más de 1200 bombas, que saltando a la vez, causaron un estrépito que se oyó muy claro a 18 leguas, y se esparcieron sus cascos por el pueblo, en cuyas casas provocaron muchos destrozos.Por fortuna ningún habitante pereció, y todo mal ha recaido sobre sus autores, que eran los únicos que al tiempo de la explosión se hallaban en las calles y plazas empleados en el saqueo.

En el fuerte perecieron tres compañías de franceses, excepto 11 hombres que bajaron a la ciudad tostados y miserables. en las calles fueron destrozados muchos hombres y caballos. Estas desgracias estaban preparadas solo para los habitantes de la ciudad; pero la Divina Providencia perimitió sucediesen seis horas antes de lo que ellos se prometían, y recayesen sobre los injustos agresores.

El gozo que han tenido aquellos habitantes de las pérdidas y salidas de estos, solo puede compararse con el que resultaba de ver conservadas sus vidas en medio de tantos peligros, y después de una exclavitud tan larga, y sostenido con el heroismo propio de los habitantes de la capital de Castilla la VIeja. 

El 13 a las 12 del día acabaron de salir de Burgos los enemigos, y a las dos de la tarde comenzaron a entrar tropas nuestras, y algunos empleados.

El 16 o 17 se esperaba en dicha ciudad el cuartel general del cuarto ejército. 

El de los aliados es muy numeroso y sigue al enemigo, y sigue su marcha flanqueando siempre al enemigo.

Anunciamos también que algunas cartas que se han recibido de Murcia  en el correo de hoy aseguran que los enemigos han evacuado a Valencia y Murviedro, cuyos puntos han ocupado nuestras tropas; añadiendo que la expedición que salió de Alicante se ha apoderado de Tarragona y de Coll de Balaguer.

EN LA IMPRENTA NACIONAL

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