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LOS ORÍGENES DE CASTILLA-BARDULIA-MALACORIA-LOS FORAMONTANOS: -Por Francisco Blanco-.

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La invasión de la Península Ibérica por  árabes y bereberes a principios del siglo VIII provocó la rápida desestructuración del reino visigodo, que ya estaba afectado en sus estructuras de gobierno por una fuerte corrupción y el malestar social era latente en el resto de las capas sociales, lo que allanó el camino a los invasores en sus proyectos de conquista. Los primeros focos de reacción contra la rápida expansión musulmana surgieron en el Noroeste peninsular y estaban encabezados por un noble toledano de nombre Don Pelayo, que se convirtió en el primer rey de Asturias hacia el año 730.

Otro foco de resistencia contra los musulmanes se instaló en el ducado de Cantabria, cuya capital era Amaya, y cuyo líder era el duque Pedro de Cantabria, otro noble godo que casó a su hijo, el futuro rey de Asturias Alfonso I el Católico, con Ermesinda, una hija de D. Pelayo, sucediendo en el trono asturiano a su cuñado Fruela, que sólo reinó entre los años 737 y 739, en el que murió despedazado por un oso, según cuenta la “Crónica rótense”.

Alfonso I reinó hasta el año 757, en el que le sucedió su hijo Fruela I. Todavía se sentaron varios monarcas en el inestable trono asturiano, que empezó a consolidarse durante el largo reinado de Alfonso II el Casto (791-842), en el dieron comienzo las primeras repoblaciones de lo que después fue la primitiva Castilla.

Con anterioridad, entre el 741 y el 742, se había producido la retirada de las tropas bereberes, que regresaron a África del Norte, lo que propició la creación de una extensa zona despoblada en la cuenca baja del Duero, conocida como los “Campos Góticos”, que permitió reforzar y fortificar las fronteras cristianas, que lentamente se fueron desplazando hacia el sur. También se produjeron movimientos migratorios por el noroeste, protagonizados por los visigodos que se habían refugiado en Cantabria y también por los excedentes de población que se habían formado en el Ducado de Cantabria y que se vieron obligados a buscarse nuevos asentamientos.

Según los “Anales Castellanos Primeros”: “In era DCCCLII exierunt foras montani de Malacoria et uenerunt ad Castiella”.  

En el año 814 salieron los foramontanos de Malacoria y llegaron a Castilla. Procedían de Mazcuerras, una población cántabra de la comarca Saja-Nansa y llegaron a Brannia Osoria (Brañosera), en la Montaña Palentina, donde se establecieron. En el año 824 el conde Munio Núñez, bisabuelo de Fernán González, y su esposa Argilo, concedieron la “Carta Puebla” de Brañosera, primera Carta de Población que se concedía en España, en la que se reconocía a los nuevos pobladores y se les concedía una serie de ayudas y privilegios. De esta forma nacía el pequeño campesinado libre castellano, embrión de la España posterior, que hizo desaparecer el arcaico sistema aristocrático galaico-leonés característico de los restos de la España visigoda que había iniciado la Reconquista. El papel de la monarquía asturiana se limitó únicamente a tomar posesión del territorio, pero su actividad económica la realizaron los nuevos campesinos llegados del norte, impulsados principalmente por su espíritu colonizador. Para ello realizaron presuras de terrenos, plantaron árboles, construyeron casas, restauraron iglesias y ermitas y recuperaron molinos, con el objetivo de crear una tierra donde vivir en adelante con sus mujeres, sus hijos, sus vecinos, sus ganados y sus enseres. También llegaron gentes del sur, los mozárabes, que aportaron sobre todo elementos culturales. Los jefes de estos nuevos asentamientos eran los llamados “señores solariegos”.

Además de ocupar las estribaciones de los Picos de Europa, los foramontanos se fueron extendiendo y asentando por los valles del norte de Burgos, en las tierras del alto Ebro, que constituían el territorio de la antigua Bardulia, que no tardaría en llamarse Castilla.

“Era toda Castilla sólo una alcaldía,
maguer que era pobre e de poca valía,
nunca de buenos omes fue Castilla vazía …”

La palabra Castilla aparece documentada por primera vez en el año 800, en la carta de fundación del monasterio de San Emeterio y San Celedonio de Taranco de Mena, llevada a cabo por el abad Vítulo y su hermano Ervigio, acompañados de Jaunti, Belastar, Azano, Munio y Lopino, que es el autor de la Carta fundacional, todos ellos familiares hispano-godos que procedían de la Trasmiera cántabra. Este grupo y sus familias llevaron a cabo la repoblación del burgalés Valle de Mena, que limita con las encartaciones vizcaínas y los valles alaveses, además de Cantabria.

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San Emeterio y San Celedonio eran dos jóvenes soldados romanos, martirizados en el siglo III, en Calahorra, por haber abrazado la fe cristiana. Sus restos se encuentran actualmente en la catedral de Santander.

Hasta el siglo VIII el nombre de Bardulia designaba territorios cercanos pero diferentes, Estrabón los sitúa ocupando la actual provincia de Guipúzcoa y parte de las de Álava y Navarra, en vecindad con caristios y valones. Según el historiador romano Idacio, a principios del siglo V Bardulia y las costas cantábricas fueron invadidas y saqueadas por los hérulos, una tribu germánica que el siglo anterior ya había asolado el tambaleante imperio romano, que acabaron invadiendo Galicia y uniéndose con los suevos y los alanos.

Pero a principios del siglo VIII las fronteras várdulas se desplazan hacia el noroeste, concretamente hacia el norte de la actual provincia de Burgos y el sur de Cantabria, las causas de este trascendental movimiento demográfico tal vez se debieron a la ocupación durante el siglo VI por los vascones de las actuales provincias de Vizcaya y Guipúzcoa, quedando independiente el territorio intermedio, correspondiente a la actual provincia de Álava. Esto ocurría durante la decadencia visigoda y poco antes de que árabes y bereberes invadieran la península, cosa que consiguieron gracias a la colaboración del conde godo D. Julián.

Por su parte, el rey asturiano Alfonso I y su hermano Fruela se encargaron de repoblar los territorios más al Este del reino astur, desde Saldaña hasta Amaya, Clunia y Osma, llegando hasta Oca. También, utilizando la calzada romana que unía Zaragoza con Astorga, pasando por La Bureba, hicieron incursiones por tierras de Miranda y La Rioja, aunque más bien fueron expediciones militares de expolio y saqueo.

En el año 759, en tiempos del rey Fruela,  con la sede episcopal de Oca abandonada y el territorio de los Montes de Oca ocupado por los musulmanes, cerca de la localidad burgalesa de Pancorbo la abadesa Nonna Bella funda el Monasterio de San Miguel del Pedroso, uno de los primeros monasterios femeninos que se crearon en España, según se puede leer en su carta fundacional (1):

“En el nombre de su santa e individua Trinidad. Yo, la abdesa Nuñabella propuse y cuidé de ofrecer y recomendar mi cuerpo y alma a este santo monasterio que proporcioné cerca del río Tirón y dispuse que fuese consagrado con las reliquias del Arcángel San Miguel, de los apóstoles San Pedro y San Pablo y de San Prudencio, y mis hermanas y yo prometimos, en presencia del gloriosos rey Fruela y del obispo Valentín en el día octavo antes de las calendas de mayo de la era setecientos noventa y siete, vivir aquí observando la regla”

Está firmado por el presbítero Luponio, pero no se hace referencia a la sede episcopal que ocupa el obispo Valentín, se supone que se refería al obispado de Oca, pero también es posible que se tratase de uno de los acompañantes del rey asturiano. También hay que tener en cuenta que la cercana amenaza musulmana convertían a la mayoría de los nuevos obispos en itinerantes, dado el peligro que suponía el hecho de permanecer mucho tiempo residiendo en su sede episcopal.

Pero en el año 767 el nuevo emir de Córdoba Abd al-Rahman I, fundador de la dinastía de los Omeya, volvió a invadir la zona repoblada, penetrando por La Rioja y la llanura alavesa, hasta casi llegar a la cabecera del Ebro, saqueándolo todo y  apoderándose de los puntos más estratégicos de la ruta, los que fortificó para facilitar nuevas aceifas. Entre ellos se encontraban Pancorbo en Burgos y Briones en La Rioja, ambos muy cercanos a los Montes de Oca. Su hijo y sucesor Hisam I continuó con la misma política agresiva de su padre, ahogando en sangre los intentos repobladores de la zona, emprendiendo una especie de “Guerra Santa” contra sus vecinos cristianos.

En el 804, durante el reinado de Alfonso II, Juan de Valpuesta y un grupo de repobladores fundan, aprovechando los restos de una vieja ermita dedicada a San Cosme y San Damián, el Monasterio de Santa María de Valpuiesta, cuya carta fundacional, conocida como el “Cartulario de Valpuesta” está fechada el 21 de diciembre del año 804, fundándose además el obispado de Valpuesta, cuyo primer titular fue el citado Juan, que según parce contaba con toda la confianza del monarca asturiano. Este grupo realiza presuras en el valle de Valdegobia, entre Burgos y Álava y en el burgalés valle de Losa, tomando posesión de los ríos y puentes que allí encontró, junto con varios molinos, alguna aldea abandonada y algunas ermitas que reconstruyó, fundando en Fresno de Losa la iglesia de San Justo y San Pastor. Todo ello igualmente  sancionado por el propio Alfonso II, aunque algunos historiadores, como el burgalés D. Gonzalo Martínez Díaz, consideran que la documentación en que se basan es apócrifa, por lo que ponen en duda su veracidad histórica, estableciendo la fecha de fundación del monasterio en el año 881, obra del obispo Felmiro.

Fue sin duda en los “scriptorium” de estos monasterios, en los que se redactaban toda clase de documentos relativos a las actas fundacionales, las donaciones, los litigios y las compraventas, donde aparecen las primeras palabras en lengua castellana.

En el año 2015 el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua organizó una exposición permanente sobre los orígenes del castellano, que se puede ver en su sede del Palacio de la Isla de Burgos.

NOTAS: 

  • Sacado del libro “Cuna del primer Monasterio de Monjas de Castilla” de D. Ignacio Manso.

Autor Paco Blanco, Barcelona diciembre del 2017

INSTITUTO CARDENAL LOPEZ DE MENDOZA. -Por Francisco Blanco-.

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Este espléndido edificio renacentista, que conserva algunos elementos tardo-góticos, se debe al mecenazgo del cardenal D. Iñigo López de Mendoza, nombrado en el 1528 obispo de Coria y transferido a la sede de Burgos al año siguiente, permaneciendo en ella hasta el año 1535. En el mes de mayo del 1530 fue nombrado Cardenal bajo la advocación de San Nicolás, por el papa Clemente VII. Anteriormente, en mayo del 1516 había sido nombrado, por el papa León X, Abad perpetuo del Monasterio de la Vid, cercano a Peñaranda de Duero, en el que en el año 1522, con la colaboración de su hermano, D. Francisco de Avellaneda y Velasco, III Conde de Miranda, llevaron a cabo unas importantes obras de mejora de dicho Monasterio, en las que intervinieron importantes arquitectos burgaleses, como los hermanos Pedro y Juan Rasines y Juan de Vallejo, artífice también del cimborrio de la catedral de Burgos.

Las obras del Instituto se comenzaron el 1538 y se dieron por finalizadas en el 1579, en ellas intervinieron numerosos arquitectos y canteros de gran renombre, como el ya mencionado Pedro Rasines, Baltasar de Castañeda, Juan del Campo y otros. Su fachada principal es una sólida obra de sillería, cuya piedra caliza procede de las célebres canteras de la cercana Hontoria de la Cantera. La escultura y los escudos que presiden la portada son obra de los escultores Diego Guillén y Antonio de Elejade.

Iñigo había nacido el año 1489 en Aranda de Duero, su padre era D. Pedro de Zúñiga y Avellaneda, II Conde del Castañar y señor de Peñaranda de Duero y otras villas ribereñas y su madre era Doña Catalina de Velasco y Mendoza, hija de los Condestables de Castilla, fundadores de la Casa del Cordón de Burgos y de la Capilla de los Condestables de la catedral burgalesa, donde están enterrados. Su verdadero nombre era, por consiguiente, D. Iñigo de Zúñiga Avellaneda y Velasco, pero cambió sus apellidos para honrar la memoria de su ilustre bisabuelo D. Iñigo López de Mendoza, I Marqués de Santillana. Él y su hermano estudiaron la carrera eclesiástica en Salamanca y estuvieron muchos años en Flandes, al servicio de Doña Juana de Castilla y su hijo, el futuro rey de España y emperador de Alemania D. Carlos I. El 21 de abril del año 1535 otorgó testamento, en el que legaba 15.000 ducados para la construcción del Colegio San Nicolás de Bari, el actual Instituto de Enseñanza Secundaria de la ciudad de Burgos. Murió repentinamente el 10 de junio de ese mismo año en la villa burgalesa de Tordomar. Fue enterrado en el convento ribereño de La Aguilera y posteriormente trasladado al cercano Monasterio de Santa María de la Vid, del que había sido un gran benefactor.

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Tres años después de su muerte, en el 1538, dieron comienzo las obras del Colegio de San Nicolás, impulsadas por su sobrino, el Condestable de Castilla D. Pedro Fernández de Velasco y Tovar, cumpliendo de esta forma con su voluntad testamentaria.

En el segundo cuerpo de su portada, entre dos columnas, se grabó su placa fundacional que dice lo siguiente:

“ESTE COLLEGIO MANDÓ HAZER EN SU TESTAMENTO EL ILLMO. Y REVERENDÍSIMO SEÑOR CARDENAL Y OBISPO DE BURGOS DON ÍÑIGO LÓPEZ HIJO DE LOS CONDE DE MIRANDA DON PEDRO DE ZÚÑIGA Y DE AVELLANEDA Y DOÑA CATALINA DE VELASCO NIETO DE LOS CONDES DE MIRANDA DON DIEGO LÓPEZ DE ZÚÑIGA Y DOÑA ALDONZA DE AVELLANEDA. BISNIETO DE LOS CONDES DE PLASENCIA DON PEDRO DE ZÚÑIGA Y DOÑA YSABEL DE GUZMÁN. FUERON TAMBIÉN SUS ABUELOS EL CONDESTABLE Y CONDE DE HARO DON PEDRO DE VELASCO Y LA CONDESA DOÑA MENCÍA DE MENDOZA SU MUJER. MANDOLO EDIFICAR DON PEDRO DE VELASCO QUARTO CONDESTABLE DE LOS DE SU LINAGE. ACABOSE EL AÑO MDXX[IX]”. 

Además de su espléndida portada renacentista, es de destacar su patio interior, verdadero eje del resto del edificio. Es de forma cuadrada con dos galerías con arcos soportados por pilastras. En su centro se levanta un pozo con brocal; dispone de dos galerías de arcos entrelazados, a las que se acede por una monumental escalera de cuatro tramos, en la primera estaban las sedes de las diferentes cátedras y en la segunda, durante parte del siglo XIX se utilizó como residencia de los estudiantes internos.

A lo largo de su dilatada historia, el Colegio de San Nicolás ha atravesado por diferentes vicisitudes, como su ocupación por las tropas francesas durante la guerra de la Independencia, a las que, finalizada la invasión napoleónica, sustituyeron las tropas españolas. En el año 1845, como consecuencia del Plan Pidal de enseñanza, por el que el Estado asumía el control de la enseñanza, se crearon en España los Institutos de Segunda Enseñanza, asignándose a Burgos el viejo Colegio de San Nicolás, aunque antes hubo que desalojar al Regimiento de Artillería que lo ocupaba, cosa que no se consiguió hasta el 1849, gracias a la tenacidad de su primer Director electo, D. Juan Antonio de la Corte y Ruano-Calderón, Marqués de la Corte, que era catedrático de Geografía e Historia. Cincuenta años más tarde, se instala el Jardín Botánico y se convierte además en la Escuela Normal de Magisterio. También se instaló el Observatorio Meteorológico Provincial, que ha venido funcionando hasta finales del pasado siglo XX. También, como no podía ser de otra manera, por sus cátedras pasaron ilustres profesores, cuya importante labor docente dieron lustre, tanto nacional como internacional, a sus respectivas cátedras. Podemos citar, entre otros muchos a D. Raimundo de Miguel,  catedrático de Latín; D. José Martínez Rives de Historia; sin olvidarnos de D. Eduardo Augusto de Bessón, catedrático de Psicología, que llegó a ser alcalde de Burgos y mandó construir el puente sobre el Arlanzón, que unía el Instituto con el Palacio de Justicia, situado en la otra orilla, aunque lo que realmente se pretendía era facilitar el acceso al Instituto de los estudiantes que vivían en la otra orilla. También, a finales del siglo XIX se creó la Escuela de Agricultura, cuyos alumnos realizaban sus prácticas en el invernadero que se añadió al Jardín Botánico, que acabó convirtiéndose en Cátedra.

Ya en el siglo XX, los profesores D. Mauricio Pérez San Millán y D. José López Zuazo ponen en marcha el Museo de Ciencias Naturales, que recibió numerosas donaciones particulares y se convirtió en el más importante colaborador de la cátedra de Ciencias Naturales. En el 1908, el catedrático de Francés D. Rodrigo Sebastián, junto con el Hispanista y catedrático de Lengua y Literatura españolas de la Universidad de Toulouse D. Ernest Merimée, fundaron los Cursos de Verano para Extranjeros de Burgos, los primeros de este tipo que se celebraban en España, que tuvieron una muy favorable acogida, registrándose una numerosa asistencia de estudiantes y una nutrida presencia de ilustres personajes de la cultura española, como el historiador D. Américo Castro, el arquitecto D. Vicente Lampérez, el profesor y escritor D. Juan Domínguez Berrueta y el profesor e historiador vallisoletano D. Narciso Alonso Cortés. En el 2017, ciento nueve años después, estos cursos se siguen celebrando y cuentan con una asistencia numerosa y entusiasta, constituyendo un extraordinario y ejemplar marco de  convivencia, de amistad, de aprendizaje y de difusión de las culturas española y francesa. Un verdadero acontecimiento cultural para la ciudad de Burgos.

Otros ilustres profesores del siglo XX han sido D.Teófilo López Mata , natural de Villarcayo, que además de catedrático fue director del Instituto, historiador y cronista de la ciudad, cuya historia conocía profundamente, también fue un estudioso de nuestra Guerra Civil y estuvo muy vinculado a la Junta de Ampliación de estudios; D. Tomás Alonso de Armiño, presidente de la Diputación y director del Museo Provincial mientras estuvo instalado en el Instituto; D. Ismael García Rámila, historiador, arqueólogo y bibliófilo burgalés, discípulo de García de Quevedo, profesor de Lengua y Literatura españolas, participando también durante varios años como profesor de los Cursos de Verano para extranjeros; el investigador y humanista burgalés D. Gonzalo Díez de la Lastra, que demostró el nacimiento en la ciudad de Burgos del jurista Fray Francisco de Vitoria, que se atribuían los vitorianos; D. José María Ordoño, profesor de Matemáticas, que también fue alcalde de Burgos. A esta lista se podrían añadir muchos nombres ilustres más, pero la vamos a cerrar aquí, para no hacerla casi interminable.

Igualmente, a lo largo del tiempo se ha ido creando una copiosa e importante biblioteca, que ha ido creciendo a base de los presupuestos del propio Instituto, de donaciones particulares, destacando las del gobierno francés y las del profesor, historiador, cronista y alcalde la ciudad D. Eloy García de Quevedo. También son de destacar las entradas procedentes de otras bibliotecas de Monasterios cerrados o sujetos a amortizaciones del Estado.

Por una Orden Ministerial del año 1957, el viejo Colegio de San Nicolás pasa a llamarse oficialmente “Instituto Cardenal López de Mendoza”. En el 1963 se inaugura un nuevo pabellón, dedicado únicamente a las alumnas de sexo femenino, pero poco más tarde, en el 1967, se inaugura en Burgos el Instituto Diego Porcelos, exclusivamente masculino, por lo que el primero se convierte en Instituto femenino. Precisamente, este segundo Instituto ha celebrado su cincuentenario este año de 2017, con tal motivo han tenido lugar conciertos, conferencias, exposiciones, una comida para el personal docente en un hotel de la ciudad y una comida campestre de hermandad en el Parque de Fuentes Blancas.

También en el 1995 se celebró el sexto centenario de la fundación del Cardenal Mendoza, celebrándose, entre otros actos que estuvieron presididos por el Ministro de Educación, una interesante exposición retrospectiva con abundante material y documentación alusivos a su larga trayectoria histórica.

Poco tiempo después, en el 1996, se pusieron en marcha unas importantes y necesarias obras de reparación del Instituto, en las que se realizaron numerosas mejoras, ampliaciones y cambios estructurales en la distribución y emplazamiento de las diferentes dependencias, concluyéndose las obras en el 1999, justo en los umbrales del siglo XXI.  En la inauguración del remozado Instituto estuvieron presentes relevantes miembros del Ministerio de Educación y Ciencia, acompañados de las autoridades locales y de la directora del centro Doña Pilar Cristóbal Plaza.

En la nueva capilla del centro se pueden ver diferentes placas conmemorativas, en las que se recuerdan los diferentes eventos que ha jalonado su larga trayectoria docente.

Autor Paco Blanco, Barcelona setiembre 2017.

 

PEDRO I «el cruel» -Rey de Castilla-.

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Pedro I de Castilla. (Burgos 1334-Montiel 1369). Fue hijo de Alfonso XI  a quien sucedió en la corona de Castilla desde 1350 hasta su muerte. Fue apodado posteriormente «el cruel» por sus detractores y «el justiciero» por sus partidarios.

Su reinado cuando aún no había cumplido los dieciseis años estuvo constantemente sometido a la debilidad de su reino debido a las facciones que se disputaban el poder y que estaban constituidas por los varios hijos bastardos que había tenido Alfonso XI con Leonor de Guzmán, los infantes aragoneses primos del rey y la reina madre, María de Portugal.

En un comienzo el control de los mandatos reales estuvo en manos de la reina madre y del favorito Alfonso de Alburquerque. Este hizo de su política una aproximación a la alianza con Francia,   y para afianzarla y consolidarla se realizó el matrimonio por interés del propio rey con Blanca de Borbón (1353). Sin embargo el pacto matrimonial fue roto por el propio rey que, una vez celebrado el matrimonio, y dado que ya era amante de María de Padilla, encerró a su reciente esposa en el Alcazar de Toledo lo que provocó la lógica ruptura con Francia, el estallido de una rebelión en Toledo y la caida de Alburquerque.

Estas rebeliones consiguieron aunar en el reino a la nobleza y a las oligarquias municipales, reclamando estas mayor peso en el discurrir habitual del gobierno del reino. Al frente de las rebeliones, y en el antecedente de una guerra civil declarada, se pusieron el propio Alburquerque y don Enrique de Trastamara que sería con el devenir de la historia Enrique II de Castilla, siendo como era uno de los bastardos de Alfonso XI. Pedro I ante estas insurrecciones quedó confinado en Toro, pero, al lograr escapar, recuperó la iniciativa comenzando entonces de facto la guerra civil  que acabaría con su muerte.

Con el proceso de ir recuperando ciudades comenzó también una persecución a los insurrectos que terminó con la ejecución de los mismos. Solo Enrique de Trastamara no fue eliminado al refugiarse en Asturias, lo cual sería clave posteriormente. La guerra civil se extendió a una guerra entre reinos al atacar Pedro I al reino de Aragón gobernado por Pedro IV de Aragón, todo ello en 1356 . Paralelemante, dentro de la guerra de los Cien Años, que enfrentaba a Inglaterra con Francia , los primeros se alinearon con  el rey Pedro, y los segundos con el oculto en Asturias Enrique de Trastamara.

Posteriormente, en 1361, se consiguió la paz de Terrer,  Se llegó a esta paz con la mediación pontificia del cardenal de Bolonia. Aparte de la liberación de los prisioneros y de la devolución de las plazas caídas en manos castellanas, se puso en manos del representante pontificio el contencioso sobre la disputada zona de Alicante y la plaza de Almazán.

Durante la tregua conseguida por la Paz de Terrer (1361), muertas tanto la reina (se sospecha que asesinada por orden del rey) como María de Padilla, don Pedro proclamó herederos suyos a los hijos que había tenido con esta última, a los que declaró descendientes legítimos. La guerra se reavivó en 1362, con suerte favorable para el rey castellano, que llegó a cercar Valencia. En el periodo de tregua murieron tanto la reina (probablemente mandada asesinar por el propio rey), como la amante del rey María de Padilla. El rey declaró descendientes y sucesores a los hijos que había tenido con esta.

Pese a que Pedro I, al comenzar de nuevo la guerra civil, pudo tener ventaja militar llegando a cercar Valencia, esta situación se equilibró con la intervención de Francia que deseaba intervenir y conseguir así poner en la monarquía castellana a un rey partidario de emplear la flota de Castilla en su guerra conta Inglaterra. Los franceses enviaron a suelo peninsular a las Compañías Blancas, cuerpos de mercenarios capitaneados por Bertrand Du Guesclin.

Pedro I, que quería de nuevo tomar la iniciativa, buscó el apoyo del Principe Negro, que gobernaba Aquitania, y que hizo su incursión en la Península con tropas Inglesas derrotando a los franceses en Nájera en 1367. En mitad de una cruel represión que le dio luego apelativo al rey Pedro I, Enrique de Tarstamara consiguió recuperar fuerzas y puso sitio a Toledo en 1368, derrotando después a Pedro I en Montiel en 1369, donde este se refugió en su castillo. Sitiada la fortaleza por su hermanastro, quisó una acuerdo de rendición para lograr la fuga enviando a su fiel caballero Men Rodríguez de Sanabria que entabló trato con Bertrand Du Guesclín capitán de las Compañías Blancas en nombre de Enrique II. El francés llevó a una tienda con ardides al rey Pedro que se encontró allí, frente a frente, a su hermanastro. Comenzó una lucha que dejó alos dos hermanos abrazados en el suelo y, cuando parece que el enfrentamiento individual estaba dominado por el rey Pedro, intervino el francés Duguesclín  pronunciando según cuenta la leyenda la frase muy apropiada para un mercenario «ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor», entonces puso debajo a Pedro I lo que aprovechó el hermanastro para apuñalarlo y darlo muerte.

A partir de ahí comenzó en Castilla el reinado de los Trastamara, que es la línea y el linaje de un personaje clave en la unificación de los reinos peninsulares como fue Fernando el Católico.

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EL MONASTERIO DE SAN PEDRO DE ARLANZA Y FERNÁN GONZÁLEZ. -Por Francisco Blanco-

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“Nunno Belchidez ovo filio a Nuño Rasuera.

Nunno Rasuera ovo filio a Goncalbo Nunnez.

Goncalbo Nunnez ovo filio al comte Fernand Goncalbez.

(del “Liber Regun”, siglo XIII) 

Según los “Anales Castellanos Primeros”, este Nuño Belchides que aparece en la Crónica como bisabuelo de Fernán González, parece que era un caballero teutón, originario de Colonia y descendiente de Carlomagno, que había aparecido por Castilla hacia el año 882, casando con Doña Sula, hija del conde Diego Rodríguez Porcelos, el repoblador, por orden del rey de Asturias, Alfonso III, de los territorios de Burgos y Ubierna. De este matrimonio nació Nuño Rasura, el legendario juez castellano, quien, junto con Laín Calvo, impusieron en Castilla el “Fuero del Albedrío”, dejando sin efecto el vigente “Fuero Visigótico”. Fue, sin duda, el primer y decisivo paso de Castilla hacia su independencia de León. Por cierto que Nuño Rasura era el suegro de Laín Calvo, que se había casado con su hija Teresa Núñez.

Gonzalo Fernández (1) ya era conde de Burgos en el año 899, estableciendo su sede en el fortificado castillo de la Peña de Lara, muy próximo a la frontera establecida por los moros, que habían llegado hasta Carazo, en cuyo castillo se habían hecho fuertes y de donde fueron expulsados por su hijo, el conde Fernán González, después de la batalla de Carazo, según nos cuenta el Poema de Fernán González, escrito por un  monje arlantino en el siglo XIII:

“Entonces era Castilla un pequeño rincón,

Era de castellano Montes de Oca mojón,

E de la otra parte Fitero el fondón,

Moros tenían a Carazo en aquella sazón”

Se había casado con Doña Muniadona, señora de Lara, con la que tuvo dos hijos, Fernán y Ramiro González. Murió en el año 915 siendo conde De Burgos y Castilla, quedando sus dos vástagos, todavía de corta edad, al cuidado de su esposa Muniadona, condesa de Lara, que le sobrevivió hasta el año 935. Según testimonio de fray Prudencio de Sandoval y fray Antonio de Yepes, fue enterrada en el Monasterio de San Pedro de Arlanza, que fundara su hijo Fernán González, conde de Lara, de Álava, de Lantarón, de Cerezo y de Castilla.

Prácticamente desde que era un mozalbete de siete u ocho años, la peripecia vital de Fernán González se ve rodeada de leyenda, y su figura y sus hazañas son cantadas en numerosos Romances y Cantares de Gesta, que han convertido al Buen Conde en una especie de paradigma del perfecto caballero medieval,  adornado con toda clase de virtudes. Son de destacar la “Crónica Rimada” y el “Poema de Fernán González”, escrito en el siglo XIII, muy posiblemente por un monje del mismo Monasterio de San Pedro de Arlanza. Pero también a principios  del siglo XVI, hacia el año 1512, un abad del Monasterio, Fray Gonzalo de Arredondo y Alvarado (2), escribe una encomiástica biografía del Conde, con el título de “Crónica del Conde Fernán González”, en la que se narran las hazañas militares y los hechos milagrosos del “Buen Conde”, incluyendo la fundación del Monasterio de San Pedro de Arlanza, que no duda en señalar como obra del Conde.

Huérfano desde los seis o siete años, si hacemos caso del Poema su educación corre a cargo de un carbonero, que le enseña a cazar y también a utilizar el arco y la daga, mientras que para otros biógrafos, fue un ayo de avanzada edad el que le educó, de nombre Martín González, en un apartado paraje de la sierra de las Mamblas, afirmando además que,  “era ya a essa sazon grand cauallero”.

Su nombramiento como conde de Burgos se produjo cuando tenía diecisiete años. Hasta entonces, la vida del conde había transcurrido entre las sierras de Carazo y de las Mamblas, a cuyos pies discurría el río Arlanza, trazando una pintoresca y caprichosa hoz, en cuyas márgenes crecían las hayas, los robles, las encinas, las sabinas y toda clase de plantas silvestres, formando un verde y tupido bosque, habitado por una variada fauna, entre la que abundaba la caza.

En lo más alto de la sierra de las Mamblas existía una pequeña y  rudimentaria ermita, habitada por  tres monjes eremitas, bajo la dirección del monje Pelayo, o “Pedro el Viejo”, como también se le llamaba, que vivían pobremente como ermitaños, dedicados exclusivamente a la oración y el ayuno, aunque también tenían que vigilar no ser sorprendidos por sus cercanos vecinos, los moros de Carazo.

No era infrecuente, por aquellos tiempos del Medievo y en estas recién pobladas tierras castellanas, de tan acendrada y encendida religiosidad, encontrar numerosos ermitaños o eremitas, solitarios o formando pequeños cenobios, dedicados a este tipo de vida, con el único propósito de santificarse y alcanzar la vida eterna.

Seguramente fue durante alguna de sus numerosas cacerías por aquellas sierras, cuando el joven conde entró en contacto con aquellos monjes, a los que provee de alguna pieza de caza, y con los que no tarda en contraer amistad, especialmente con Pelayo, que le toma bajo su protección y se convierte en su consejero, auspiciándole toda clase de victorias, tanto militares como diplomáticas. El Conde también toma afecto a aquel monje Pelayo y sus dos compañeros, Arsenio y Silvano, a los que no dejará de visitar, e impresionado por tan brillantes augurios, promete solemnemente destinar un quinto de sus ganancias a levantar un nuevo monasterio mucho más grande, capaz para dar cobijo a más de cien monjes. Esta promesa, que desde luego Fernán González cumplió a rajatabla, es el origen de San Pedro de Arlanza, cuyas monumentales ruinas todavía, aunque con el alma embargada por la pena, se pueden admirar, recreando aquellos lejanos tiempos, tan cuajados de historia y de leyenda.

“Quiso Dios al buen Conde esta gracia facer,
Que moros nin cristianos non le podían vencer”

(del Poema de Fernán González)

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El Monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza fue uno de los grandes símbolos de la cristiana gesta de la Reconquista, comenzada en las montañas astures y continuada en aquellas tierras de castillos, recién repoblada por los “foramontanos”, que acabó tomando el nombre de Castilla, en la que, junto a los castillos, se empezaron a levantar catedrales, iglesias, monasterios y ermitas, vigilantes testigos del triunfo de la Fe Cristiana sobre la herejía musulmana, del que dieron cumplida fe.

El nuevo monasterio se levantó a orillas del Arlanza, en una de las hoces que traza el río entre Hortigüela y Covarrubias, al pie de la Sierra de las Mamblas, semejante a una gigantesca ballesta, rodeado de hayas, encinas y sabinas.

En el Cartulario del propio Monasterio se encontraron las copias de dos Actas fundacionales, datadas ambas en el año 912, afirmando que la fundación fue obra del conde Fernán González, cosa poco probable, ya que numerosos biógrafos del conde establecen el 910 como la fecha más probable de su nacimiento, lo que nos lleva a pensar que los verdaderos fundadores del monasterio fueron sus padres, D. Gonzalo y Doña Muniadona, entre los años 912 al 915. En consecuencia, es casi seguro que las dos copias citadas sean apócrifas, escritas posteriormente para ligar la figura legendaria del Conde a la fundación del Monasterio.

A partir del siglo XI, las dádivas y donaciones al nuevo monasterio aumentan considerablemente, gracias, especialmente, a la generosidad de Fernando I, rey de León y conde de Castilla, hijo de Doña Muniadona Sánchez, nieta del conde Fernán González, del que era, por lo tanto, descendiente directo.

Era por entonces  García el abad arlantino, quien, al igual que hicieran Domingo en Silos y Sisebuto en Cardeña, dio al monasterio un importante impulso, aumentando el número de monjes, adoptando el rito romano de Cluny y engrandeciendo sus instalaciones.

También por esta época, procedentes de la ermita pre-románica, llegaron al monasterio los sarcófagos con los restos de Fernán González y de su primera esposa Doña Sancha, cumpliéndose así la última voluntad del conde.

En el siglo XII el monasterio siguió gozando del favor real y de la nobleza, recibiendo numerosos privilegios y donaciones, que le permitieron convertirse en un importante complejo monástico, con iglesia abacial, que tenía adosado un claustro procesional por el lado de la Epístola, al que estaban adosadas las dependencias monacales, tal como exigían las reglas de Cluny; por el lado del Evangelio estaba adosada una torre cuadrangular con campanario y una torre fortificada circular.

Todo el conjunto monacal  alcanzó su máximo esplendor durante el reinado de Alfonso VIII. Pero entre finales del siglo XV y principios del XVI, principalmente impulsada por el abad fray Gonzalo de Arredondo, que contaba con el patronazgo de las ilustres familias de los Girón y los Velasco, el complejo monástico sufrió una importante reforma que afectó tanto a la iglesia como al claustro,  construyéndose uno nuevo, de estilo renacentista, en la que intervino la familia de los Colonia, destacados arquitectos y escultores de origen alemán, aposentados en Burgos. Las obras afectaron también a los muros exteriores, que tuvieron que reforzarse con contrafuertes, añadiéndose nuevos pilares para sostener la nueva cubierta, una bóveda estrellada de estilo gótico tardío que, según aseguran algunos expertos, se asimilaba a la de la Cartuja de Miraflores, en las cercanías de Burgos. También se construyó un nuevo coro, se elevó y amplió el ábside de la cabecera y se incrementó la ornamentación, incorporándose los escudos de los Téllez Girón y los Velasco, sobresaliendo el de D. Pedro Girón de Velasco, conde de Haro y de Urueña y señor de Osuna.

También durante el siglo XVII se realizaron algunas reformas de menor importancia, destacando la construcción de la sacristía, adosada al muro norte, por la que se accedía a la Sala Capitular, obra del arquitecto cántabro Pedro Díaz de Palacios, que a su muerte fue enterrado en la nave central del templo.

Pero el periodo de expansión se acaba y comienza una lenta pero inexorable etapa de abandono y decadencia, que culmina en el año 1841 con la exclaustración de la comunidad y la venta del conjunto, que queda abandonado y expuesto al saqueo y al expolio de su contenido: innumerables obras de arte de incalculable valor.

En ese mismo año de 1841 los sarcófagos paleocristianos con los restos del conde Fernán González y su primera esposa doña Sancha, fueron trasladados a la cercana colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias, siendo colocados en el presbiterio del altar mayor, donde permanecen y se pueden visitar actualmente.

El expolio y la dispersión sufridos por el patrimonio del Monasterio durante los años y los siglos siguientes, ha sido total y descontrolado, yendo a parar los valiosos restos a las manos y los lugares más insospechados: La fachada occidental, incluida la portada principal del siglo XI, fue a parar en 1895 al Museo Arqueológico de Madrid. Las pinturas de la Sala Capitular se pueden admirar actualmente en el Museo de Arte Románico de Cataluña. El sepulcro de Mudarra el Vengador, el hermanastro árabe de los Siete Infantes de Lara, se puede admirar en el claustro alto de la catedral de  Burgos. La legendaria imagen de la “Virgen de las Batallas” (3), una primorosa talla del siglo XIII, de unos 30 cm., tallada en bronce dorado y policromado, con incrustaciones de piedras y esmalte, que estaba colocada en el ábside del lado de la Epístola, en el año 1883 se hizo cargo de ella el arzobispo de Burgos D. Saturnino Fernández de Castro, perdiéndose después su pista, hasta que, ya en pleno siglo XX, apareció en poder de un coleccionista privado de Nueva York. Finalmente, en el año 1997, fue subastada públicamente en la famosa Galería Sotheby’s, siendo adquirida por el Estado español, que se la cedió al Museo del Prado. Actualmente se puede admirar en el Museo de Burgos, que la tiene en calidad de depósito. Todos los pergaminos, cartas, cartularios, manuscritos y documentos generados en el Monasterio, andan totalmente dispersos, en colecciones privadas o en manos particulares, imposibles de identificar ni localizar, al igual que numerosos objetos y reliquias, que se pueden dar por perdidas para siempre…………….¿Las causas, los motivos? El que esto escribe lo desconoce…………. ¿Fueron las sucesivas desamortizaciones de Mendizábal, Espartero y Madoz las únicas causas del monumental derrumbe? ¡Evidentemente, no!.

De la iglesia, de estilo románico con tres naves, levantada con sólidos muros de sillería, quedan en pie los tres ábsides de la cabecera, con columnas rematadas con capiteles decorados con motivos vegetales y zoológicos, que sostenían las bóvedas desaparecidas. En los restos de los muros se pueden apreciar esbeltas columnas pareadas, que se convierten en una sola y que soportaban los arcos de medio punto.

Lo mejor conservado es, sin duda, la torre campanario de planta rectangular con dos cuerpos, el primero con dos arcos ciegos y columnas en las esquinas, en el superior se encuentran los huecos para las campanas, esta torre tiene adosada otra fortificada, de planta circular.

También se pueden contemplar las ruinas del claustro renacentista del siglo XVII, con dos pisos de arcos de medio punto sostenidos por pilastras. En el centro de este claustro se levantaba una artística fuente, que fue trasladada al Paseo de la Isla de Burgos hacia el año 1930.

Detrás de los restos de este claustro renacentista se encuentra la que se conocía como Torre del Tesoro, con dos alturas, la primera, de estilo románico, construida a mediados del siglo XII, era la ya citada Sala Capitular, mientras que  la segunda, del siglo XIII, era una zona de descanso, independiente del monasterio, en la que se albergaban los visitantes ilustres, miembros de la realeza o de la nobleza, con una interesante decoración mural, mediante paneles en  sus cuatro lados, siendo alguno de estos paneles de grandes dimensiones, en los que se representaban figuras de animales característicos del bestiario medieval y también motivos vegetales o geométricos. Todos estos paneles de pinturas fueron arrancados y vendidos durante la segunda década del siglo XX, encontrándose actualmente repartidos entre el “The Cloisters de Nueva York”, el “The Fogg Art Museum” de Harvard y el ya citado Museo Nacional de Arte de Cataluña en Barcelona.

También se conserva la portada de la fachada oriental, con un arquitrabe en el que figura una leyenda con la fecha de su finalización: “AÑO DE SOLIDEO HONOR Y GLORIA, 1643”, encima del cual aparece la figura ecuestre del conde Fernán González, en postura similar a la de Santiago Matamoros. Encima de la estatua se puede ver el escudo del Monasterio.

Estos restos  ruinosos de lo que podría llamarse “la cuna de Castilla”, uno de los cenobios más representativos de la vieja Castilla condal, siguen impasibles, ajenas a la morbosa curiosidad de los visitantes, en un soberbio paraje a orillas del Arlanza, la arteria principal de Castilla, que también sigue impasible su curso para unirse al Pisuerga, ya en tierras palentinas.

NOTAS: 

  • Tanto Menéndez Pidal como Fray Justo Pérez de Urbel admiten que el apellido Núñez es un error del Arlantino, siendo Gonzalo Fernández el verdadero nombre del padre de Fernán González.
  • Fray Gonzalo de Arredondo y Alvarado, además de abad de San Pedro de Arlanza fue cronista de los Reyes Católicos. La obra citada se la dedicó al Emperador Carlos V.
  • Según la leyenda, esta virgen acompañaba al conde en todas sus batallas.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, enero 2016

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GAZETA EXTRAORDINARIA DE MADRID DEL VIERNES 18 DE JUNIO DE 1813: NOTICIAS DE LA VOLADURA DEL CASTILLO DE BURGOS Y MARCHA DEFINITIVA DE LOS FRANCESES.

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A partir del nacimiento de la imprenta comienzan a publicarse en toda Europa (el más antiguo es el Opregte Haarlemsche Courant, ahora mismo llamado Haarlems Dagblad fundado en 1656 en Holanda). Normalmente es la iniciativa privada quien funda este tipo de ediciones.

En febrero de 1661 la Gaceta se convierte en el primer periódico de información general que surge en España.

Durante el siglo XVII la imprenta propició el nacimiento de numerosos boletines o gacetas en, prácticamente, toda Europa; estas publicaciones surgirán de manos de la iniciativa privada y con un contenido estrictamente informativo. Esa situación cambia  absolutamente  durante el reinado de Carlos III, quien, en 1762, decide focalizar en la Corona el hecho de imprimir la Gaceta.

El viernes 28 de julio de 1813 se publica este texto en la Gazeta Extraordinaria, relacionado con la ciudad de Burgos.

«El intendente en comisión de esta capital y su provincia acaba de recibir desde Burgos las noticias siguientes, que nos apresuramos a comunicar para satisfacción de este heróico pueblo.

El día 12 del corriente salieron de Burgos todos los ministros del intruso, y el 13, a las cuatro de la mañana, este último.

A las dos horas volaron los enemigos el castillo, empleando al efecto varias minas, en las que se colocaron más de 1200 bombas, que saltando a la vez, causaron un estrépito que se oyó muy claro a 18 leguas, y se esparcieron sus cascos por el pueblo, en cuyas casas provocaron muchos destrozos.Por fortuna ningún habitante pereció, y todo mal ha recaido sobre sus autores, que eran los únicos que al tiempo de la explosión se hallaban en las calles y plazas empleados en el saqueo.

En el fuerte perecieron tres compañías de franceses, excepto 11 hombres que bajaron a la ciudad tostados y miserables. en las calles fueron destrozados muchos hombres y caballos. Estas desgracias estaban preparadas solo para los habitantes de la ciudad; pero la Divina Providencia perimitió sucediesen seis horas antes de lo que ellos se prometían, y recayesen sobre los injustos agresores.

El gozo que han tenido aquellos habitantes de las pérdidas y salidas de estos, solo puede compararse con el que resultaba de ver conservadas sus vidas en medio de tantos peligros, y después de una exclavitud tan larga, y sostenido con el heroismo propio de los habitantes de la capital de Castilla la VIeja. 

El 13 a las 12 del día acabaron de salir de Burgos los enemigos, y a las dos de la tarde comenzaron a entrar tropas nuestras, y algunos empleados.

El 16 o 17 se esperaba en dicha ciudad el cuartel general del cuarto ejército. 

El de los aliados es muy numeroso y sigue al enemigo, y sigue su marcha flanqueando siempre al enemigo.

Anunciamos también que algunas cartas que se han recibido de Murcia  en el correo de hoy aseguran que los enemigos han evacuado a Valencia y Murviedro, cuyos puntos han ocupado nuestras tropas; añadiendo que la expedición que salió de Alicante se ha apoderado de Tarragona y de Coll de Balaguer.»

EN LA IMPRENTA NACIONAL

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BURGOS MONUMENTAL. MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE VILEÑA. -Por Francisco Blanco-.

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La vida matrimonial y amorosa del rey Fernando II de León resulta de lo más complicada, aunque, en realidad, gira tan solo alrededor de tres mujeres, sus tres esposas, con la particularidad de que dos de ellas, antes que esposas fueron también sus amantes, teniendo descendencia con las tres.

Fernando II había nacido en Benavente, el año 1137 y fue proclamado rey de León el 1157, a la muerte de su padre, Alfonso VII el Emperador, que fue el primer monarca español de la Casa de Borgoña, correspondiéndole a su hermano Sancho III el reino de Castilla. En el 1158 ambos hermanos, reunidos en el Monasterio de Sahagún, que era el principal foco espiritual del reino leonés, acordaron unirse para luchar juntos contra los musulmanes, repartirse los territorios que les arrebatasen y, en caso de fallecimiento de alguno de los dos, el superviviente heredaría sus reinos. La muerte le sobrevino al rey Sancho en Toledo, el 31 de Agosto del 1158, pocos meses después del tratado de Sahagún, que no llegó a llevarse a efecto, siendo nombrado rey de Castilla su hijo Alfonso VIII, que a la sazón era menor de edad.

Pero volvamos a la vida matrimonial del rey Fernando: en el 1165 contrajo matrimonio con la infanta Doña Urraca de Portugal, hija del rey Alfonso Henriques el Conquistador y de Doña Mafalda de Saboya, de la Casa de Borgoña, emparentada, por tanto, con el rey Alfonso VII el Emperador. De este matrimonio nació un hijo, que acabaría siendo, después de muchas intrigas y dificultades, el rey Alfonso IX de León. Pero este matrimonio no duraría mucho, pues el Papa Alejandro III, en el año 1171, procedió a anular el matrimonio por motivos de cosanguineidad. El rey Fernando, no se sabe si de buen grado u obligado por la bula papal, no le quedó más opción que repudiar a su esposa, pero eso sí, después de concederla varios municipios zamoranos como  compensación. La reina Doña Urraca ingresó en la Orden de San Juan de Jerusalén y se retiró al  Monasterio de Santa María de Wamba, en Valladolid, que pertenecía a la Orden.

El rey Fernando no tardó en encontrar consuelo en una alta dama de la corte leonesa, llamada Doña Teresa Fernández de Traba, viuda del conde Nuño Pérez de Lara, de la burgalesa estirpe de los Lara, con quien había tenido cinco hijos, pasando todos ellos a vivir en el palacio del rey leonés, de quien recibieron numerosas mercedes y propiedades. Las relaciones entre la pareja se legitimaron al contraer matrimonio en el año 1178. De este nuevo matrimonio nacieron dos hijos, el primero fue el infante Fernando de León, que nació en 1178, antes de que sus padres se hubieran casado, y que murió antes de cumplir los siete años. El segundo fue otro varón, que nació muerto y que, además, provocó el fallecimiento de su madre, la reina Teresa, esto ocurría en León, el 6 de febrero del 1180, siendo enterrados ambos en el Panteón de los Reyes de San Isidoro de León.

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Dos años permaneció viudo el rey Fernando. Hacia el año 1182 tomó por amante a Doña Urraca López de Haro, hija del conde D. Lope Díaz I de Haro, llamado El Rubio, señor de Vizcaya, y de la condesa Aldonza. Doña Urraca había estado casada anteriormente con el magnate gallego D. Nuño Meléndez, con quien tuvo una hija, Doña María Núñez.

Este amancebamiento también produjo sus frutos: en 1182 nació García, que solamente vivió dos años; en 1184 llegó Alfonso, que fallecía en 1188 y, por último, en 1186, nacía Sancho Fernández de León, llamado el Cañamero, señor de Monteagudo y Aguilar, que vivió hasta el año 1220.

Poco tiempo después, en mayo de 1187, cuando el fin de sus días estaba muy cercano, posiblemente apremiado por su amante, que conocía la proximidad de su muerte, Fernando II de León contrajo su tercer matrimonio, esta vez con su amante Doña Urraca López de Haro. La nueva reina intentó aprovechar esta circunstancia para  conseguir que el heredero del Reino leonés fuera su hijo Sancho, en detrimento del primogénito Alfonso, habido en el primer matrimonio del rey con Doña Urraca de Portugal. Para ello argumentaba que el nacimiento del infante Alfonso era ilegítimo, ya que el matrimonio de sus padres había sido anulado por el Papa, debido a los lazos de sangre existentes entre ambos. Llegó a conseguir que el rey Fernando desterrase a su hijo primogénito, pero sus propósitos no llegaron a verse hechos realidad, debido a los pocos apoyos  que recibió,  a causa, principalmente, de la corta edad de su hijo Sancho y a la oposición de la familia de la anterior esposa, los Fernández de Traba y los poderosos Lara.

Tal como se temía, el rey Fernando fallecía en Benavente, el 22 de enero de 1188, a los 53 años de edad. Le sucedió su hijo primogénito, Alfonso IX de León.

A raíz de la muerte del rey Fernando II su viuda se trasladó a Castilla, donde reinaba Alfonso VIII, sobrino del fallecido rey leonés, refugiándose en sus propiedades de La Bureba, situadas en  Santa María Ribarredonda y en los montes de Petralata. Con estas tierras, otras que recibió en donación del rey de Castilla, como Vileña, La Vid de Bureba y Villaprovedo, y algunos trueques que realizó con los monjes del cercano Monasterio  de San Salvador de Oña, en el año 1222 Doña Urraca funda el Monasterio de Santa María la Real de Vileña, para monjas cistercienses  sometidas al dominio de la Abadesa del Monasterio de Las Huelgas de Burgos, a quien la fundadora cedió todas sus propiedades.

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La ceremonia de fundación del  Monasterio tuvo lugar el 14 de abril de 1222 y en ella, además de la fundadora, Doña Urraca, estuvieron presentes el obispo D. Mauricio de Burgos y los abades de Oña, Bujedo, Salas, Herrera e Iranzu, quienes proclamaron a Doña Elvira García como primera abadesa.

En este Monasterio tomó Doña Urraca los hábitos, llevando una vida retirada hasta su muerte, ocurrida en el 1230, siendo enterrada en un sepulcro de piedra, que fue colocado en el presbiterio de la iglesia del Monasterio que ella misma había fundado.

El historiador burgalés D. Inocencio Cadiñanos (1) hace de este sepulcro la siguiente descripción: “La figura yacente de la reina es de gran tamaño, tallada en un solo bloque de piedra. Aparece someramente trabajada, vestida de monja, como consta lo que fue en sus últimos años. La cabeza descansa sobre una almohada, encuadrada por figuritas muy mutiladas de ángeles turiferarios. El sonriente rostro ovalado está centrado por la gran toca plisada. Desde la nariz para arriba la cara de Doña Urraca se halla muy estropeada. Las manos, de largos dedos, aparecen cruzadas sobre el vientre, la superior casi desaparecida. Una sencilla túnica de plegados someros y casi paralelos, cubre el resto de su cuerpo. A los pies, los pliegues son numerosos. Una inscripción nos recuerda que allí descansa DOÑA hURRACA hYJA DeL CONDE DON LOPE DÍAZ / MVGER DEL REY DON FERNANDO DE LEON”.

Este monasterio cisterciense femenino, prácticamente se convirtió en un convento familiar, pues en él procesaban, principalmente,  las hijas de las familias que integraban la nobleza comarcal, como los Zuñigas y los Rojas, que acabaron convirtiéndose en sus protectores. Algunos destacados miembros de estas familias, así como varias abadesas, entre ellas Doña Elvira de Rojas Bonifaz, nieta del Almirante de Castilla D. Ramón Bonifaz, eligieron el Monasterio para su último reposo.

Entre los años 1234 y 1246, la abadesa que rigió los destinos del monasterio fue la primera hija de la fundadora, Doña María Núñez, fruto de su primer matrimonio con D. Nuño Menéndez.

En la segunda mitad del siglo XIV, al igual que ocurriera con el de San Salvador, el monasterio no se libró del saqueo de los mercenarios del Príncipe Negro, que incluso llegaron a violar a las religiosas allí acogidas, pero durante los siglos XV, XVI y XVII, el cenobio alcanzó su máximo esplendor, ejerciendo jurisdicción sobra más de una treintena de lugares, casi todos en La Bureba, donde las monjas, que superaban la cincuentena, llegaron a disponer  de más de 3000 fanegas de tierras de cultivo, alcanzando, en el siglo XVIII, unos ingresos superiores a los 37000 reales de vellón.

Durante el siglo XVI se instaló en el Altar Mayor el retablo de la Asunción, obra del escultor burgalés Pedro López de Gámiz, nacido en Barbadillo del Pez, que tenía su taller en Miranda de Ebro. Durante la invasión napoleónica, el monasterio también sufrió el saqueo de los soldados franceses, provocando el comienzo de su decadencia económica, que se vio aumentada con los procesos desamortizadores llevados a cabo por Mendizabal primero, y posteriormente por Madoz. En 1868 el Gobierno revolucionario de Prim clausuró el cenobio, que llevaba varios años subsistiendo a consta de una exigua subvención del Estado, que a veces se retrasaba en llegar. Las religiosas tuvieron que trasladarse a Las Huelgas de Burgos hasta el año 1872, en que se las permitió regresar, pero para estas fechas el patrimonio del Monasterio había sido sometido a un exhaustivo saqueo por parte de particulares y también de Instituciones, dejando a la comunidad de monjas en una desesperada situación económica, que las obligó a malvender lo poco que les habían dejado.

El 21 de mayo de 1970 un terrible incendio destruyó casi por completo el monasterio, obligando  a las monjas a trasladarse a unas dependencias nuevas y muy modestas en la localidad del Villarcayo, donde instalaron un museo con los restos que lograron salvar del incendio, entre los que se encontraba el sepulcro de la fundadora. Este museo se cerró en el año 2008, cuando las tres últimas monjas del nuevo Monasterio lo abandonaron para trasladarse a un pequeño convento en el barrio burgalés de Villimar. Su contenido se encuentra repartido entre el Museo Provincial y el Museo del Retablo de Burgos.

NOTA: 

Para mayor información puede consultarse “El monasterio de Santa María la Real de Vileña, su museo y cartulario” por D. Inocencio Cadiñanos Bardeci. Año 1990.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, octubre 2015

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BURGOS MEDIEVAL: FRESDEVAL, RUINAS Y LEYENDA. -Por Francisco Blanco-

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Sin duda, la leyenda constituye el mejor antídoto contra el olvido. ¡Cuántos momentos y personajes de la Historia siguen vivos gracias a la leyenda que han generado!. Fresdelval es uno de ellos: ¿valle de fresnos o valle de freires?. De las dos cosas tuvo, los fresnos aún continúan, impasibles ante el paso del tiempo, proporcionando verdor y frescura a un paraje singularmente atractivo, situado en el camino de Sotragero, a unos cinco kilómetros de la capital burgalesa. Los freires hace tiempo que desaparecieron, aunque durante varios siglos fueron los habitantes del Monasterio de Nuestra Señora de Fresdelval, formando una comunidad de frailes jerónimos, jerárquicamente dependientes del Monasterio de Guadalupe.

Haciendo un poco de historia, en el 1524 lo visitó el emperador Carlos, que pasó una Semana Santa alojado en sus aposentos, quedando tan encantado con el paraje que decidió convertirlo en su retiro cuando abdicase de la corona imperial, que ya le debía pesar lo suyo. Finalmente, sus médicos de cámara desautorizaron la elección, tal vez a causa de los duros inviernos burgaleses, decidiéndose finalmente por el también monasterio jerónimo de Yuste, de clima más benigno, aunque, para entonces, los achaques del emperador eran ya muy numerosos.

Pero retrocedamos un poco en el tiempo y entremos en la leyenda por la puerta de la historia. Parece ser que desde el tiempo de los visigodos, al final del citado valle, sobre un pequeño montículo, existía una pequeña ermita en la que se rendía un fervoroso culto popular a una pequeña, pero artística talla de la Virgen María, hallada por un pastor, a la que acudían numerosos creyentes de los alrededores, de toda clase y condición, para entregarla sus ofrendas y hacerla llegar sus peticiones.

A mediados del siglo XIV tan grande era el culto que se rendía a aquella virgen por los habitantes de la comarca, que el por entonces Adelantado Mayor de Castilla, D. Pedro Manrique de Lara, de la poderosa familia de los Lara, señores de aquellas tierras, tomó a la ermita y a la Virgen bajo su protección. Este D. Pedro Manrique de Lara, también llamado “El Viejo”, estaba casado con Doña Teresa de Cisneros, otra aristocrática castellana, pero de esta unión no hubo descendencia. Si que la tuvo D. Pedro de unos amores ilegítimos que mantuvo con una bella dama mora, durante sus correrías por la taifa de Granada como Adelantado del reino, de los que nació un hijo varón, que a la postre sería su sucesor, D. Gómez Manrique de Lara, pero que fue educado por su madre en la religión islámica. Cuando regresó a Castilla, al lado de su padre, abjuró de las creencias en que le habían educado, recibiendo el bautismo y tomando el nombre de Gómez, convirtiéndose, además, en un fiel devoto de la virgen de Fresdelval, a cuya ermita iba a orar con cierta frecuencia. Casó, posteriormente D. Gómez, con doña Sancha de Rojas, señora de Santa Gadea, dama muy devota, con la que tuvo seis hijas, a la mayor de las cuales llamaron María, precisamente en honor a la Virgen. Siendo María aún muy niña y sin que se puedan sospechar las causas, un mal día la niña se quedó muda, no pudiendo articular palabra alguna; consternados los padres, y sin saber qué hacer, ni qué camino tomar, tomaron el de la ermita de Fresdelval, para pedirle a la virgen que intercediera a favor de la desventurada mudita. Pues bien, no sé si se le puede llamar milagro, pero en cuanto la niña puso sus pies en la ermita, recuperó el habla por completo, poniéndose a alborotar loca de alegría.

Naturalmente, los padres achacaron aquella curación a un milagro de la Virgen. Pero no se acaba aquí la intervención de la Virgen. De regreso D. Gómez a sus campañas contra los moros de Granada, una flecha enemiga, que se dirigía directamente contra su corazón, cambió súbitamente  la mortal trayectoria, yendo a romperse contra una roca cercana. Naturalmente, D. Gómez volvió a atribuir tan milagroso hecho a una nueva intervención de Nuestra Señora de Fresdelval. Desde entonces, en la cabeza del Adelantado fue madurando la idea de erigir un monasterio en su honor, para agradecerle la protección que le venía deparando. De regreso a Castilla, tras consultarlo con su esposa doña Sancha, que se mostró totalmente de acuerdo, decidió convertir la vieja ermita en el Monasterio de Nuestra Señora de Fresdelval. Después de obtener la conformidad del Monasterio de Guadalupe y la licencia del Papa Benedicto XIII, el 25 de marzo del  año 1404, festividad de la Anunciación de Nuestra Señora, se colocaba la primera piedra del nuevo  monasterio jerónimo. Unos años más tarde, en el 1410, se había concluido la construcción de una buena parte del monasterio, concretamente la iglesia y los claustros, en el claustro alto se encontraban las celdas de los frailes y también las cocinas y el refectorio, por lo que  pudieron instalarse los primeros frailes, procedentes de Guadalupe, que abrieron la iglesia al culto, viéndose pronto frecuentada por  numerosos y devotos fieles, que acudían en peregrinaciones y romerías a ponerse bajo la protección de la Virgen de Fresdelval, que había adquirido fama de milagrera.

El fundador, D. Gómez, que había provisto hasta entonces los fondos suficientes para la construcción y el acondicionamiento del templo y sus dependencias, murió en Córdoba, el 3 de junio del año 1411, luchando contra los moros, siendo enterrado en la iglesia del monasterio, tal como había dispuesto en su testamento.

A la muerte del fundador, bajo el patronazgo de su esposa y de sus hijas y nietos, las obras del gótico monasterio, aunque a un ritmo más lento, siguieron su curso, fieles al modelo de los monasterios jerónimos ya existentes en España, como el de San Miguel del Monte, en Miranda de Ebro; el de Santa María de la Sisla, en Toledo; el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, o el de Yuste, donde pasó sus últimos días el Emperador Carlos, ambos en la provincia de Cáceres. En realidad, la Orden de los Jerónimos solamente tuvo implantación en España y Portugal, gozando del favor y la protección de los monarcas de ambos países. El de Fresdelval también gozó del favor de algunos monarcas castellanos de la casa Trastamara, incluyendo el del infante D. Fernando de Antequera, hermano de Enrique III, que acabaría siendo el rey Fernando I de Aragón. Todos ellos fueron grandes protectores de la Orden de los Jerónimos.

Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, grandes benefactores de la ciudad de Burgos, tan cercana, estuvieron en Fresdelval en al menos dos ocasiones, quedando encantados tanto de la belleza del paraje, como del conjunto arquitectónico del Monasterio.

Se trata de una iglesia de nave única de grandes dimensiones, con testero y trasepto, en cuyos laterales se fueron construyendo capillas funerarias, de carácter privado, como la de San Andrés, en el lado del evangelio o la de San Juan Bautista, del lado de la epístola. En el centro de la nave se encontraban los sepulcros de los fundadores, Don Gómez y Doña Sancha, obra excepcional, realizada en alabastro, que posteriormente se partió en dos mitades que se colocaron a ambos lados de la capilla mayor (1). Es de destacar la Sala Capitular, o capilla de San Jerónimo, con grandes ventanales, construida hacia el año 1432, a la que se accedía por una puerta lateral. La sacristía y el claustro cuadrangular con doble galería, completaban la obra inicial, aunque en el siglo XVI se llevaría a cabo una gran remodelación.

El monumento funerario más importante del Monasterio es, sin duda, el sepulcro del joven Juan de Padilla y Pacheco, doncel de la reina Isabel la Católica, que murió en mayo del año 1491, durante el cerco de Granada. Fue la misma reina, quien al parecer le tenía mucho afecto, pues le llamaba el mi loco”, la que ordenó el traslado de sus restos a Fresdelval, para que allí recibieran sepultura. Este noble castellano pertenecía a la poderosa Casa de Lara por línea directa, hijo de los señores de Santa Gadea, su padre era D. Pedro López de Padilla y su madre Doña Isabel de Pacheco, hija del marqués de Villena. El sepulcro (2), que se encuentra adosado al muro del lado del Evangelio, representa al doncel en actitud orante y ataviado con una rica vestidura; fue encargado por su madre al escultor burgalés Gil de Siloé y guarda cierta similitud con el del infante D. Alfonso, hermano menor de la reina Isabel, que se encuentra en la burgalesa Cartuja de Miraflores, obra, igualmente, del mismo escultor.

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Durante la segunda década del siglo XVI D. García López de Padilla, Clavero y Comendador  Mayor de la Orden de Calatrava, asumió la protección y el mecenazgo del Monasterio de Fresdelval, que habían fundado sus antepasados, comenzando una profunda reestructuración del mismo, cuyas obras se prolongarían durante toda la primera mitad del siglo, que afectaron a todas las capillas, el coro, la portada, el claustro alto y la hospedería, incluso se derribaron cuatro bóvedas, para ser sustituidas por otras de bastante más altura. Dentro de la iglesia se sustituyó el retablo gótico por otro barroco, obra de artistas burgaleses, también se reservó un espacio enrejado para proporcionar una mayor exclusividad a los sepulcros de los fundadores: los Manrique, los Sarmiento y los Padilla. En el exterior, se sustituyó la puerta gótica por otra renacentista, al parecer obra de Felipe de Vigarny, maestro de tallistas de la Catedral de Burgos. La fachada de la hospedería, también conocida como “Casa de Carlos V”, estaba presidida por un monumental escudo de Carlos V, reforzando la teoría de que Fresdelval pudo ser la última morada del César español. Este escudo  todavía se puede contemplar en la actualidad.

  1. García López de Padilla falleció en el mes de setiembre de 1542, pasando la protección de Fresdelval a manos de los Sarmiento, parientes, igualmente, de los fundadores. D. Pedro Sarmiento, nieto de Gómez Manrique, estaba enterrado en la capilla mayor del monasterio. Sus hijos, D. Diego, señor de Ubierna, D. Gaspar y D. Pedro, fueron todos valedores de Fresdelval y fieles servidores del emperador Carlos.

Otros monarcas de la Casa de Austria también visitaron Fresdelval. Felipe II lo hizo en setiembre de 1592, concediendo al valle el privilegio de ser señorío propio. También lo visitaron sus sucesores, Felipe III y Carlos II, a quienes se les concedió el honor de pernoctar en las habitaciones construidas para el emperador Carlos V.

El esplendor de Fresdelval empezó a decaer en los comienzos del siglo XVII, acelerándose a lo largo del XVIII, para acabar desapareciendo durante el XIX, en el que las ruinas, todavía orgullosas y desafiantes, se enseñorearon del valle. Varios fueron los factores que determinaron este irremediable proceso de autodestrucción. Por un parte, la extinción de la línea varonil de la familia de los fundadores dejó el valle y el monasterio sin señor, y en consecuencia sin protector. A este determinante hecho hay que añadir que en el país se desencadenó una dura crisis económica, que dejó vacías las arcas reales. Esta crisis provocó que el patrimonio del Monasterio sufriera un duro revés, como consecuencia de la devaluación de los juros (3), a causa del enorme crecimiento de la deuda pública de la hacienda española, que prácticamente hizo suspensión de pagos.

A principios del XIX otro emperador, esta vez el corso Napoleón Bonaparte, se empeñó en dominar Europa, valiéndose de lo que hiciera falta, incluidas las armas. Naturalmente España entraba en sus planes, por lo que en 1808, después de destronar a los Borbones y nombrar rey de España a su hermano José, envió sus ejércitos a invadir militarmente la Península Ibérica.

La estratégica ciudad de Burgos fue uno de los objetivos personales del Emperador, hacia ella se dirigió en los primeros días de noviembre de 1808, rodeado de su Guardia Imperial y al frente de cinco Cuerpos de Ejército, integrados por 20.000 infantes, 4.000 caballos y una numerosa artillería. En los términos municipales de Gamonal y Villafría, a la entrada de la ciudad, se desplegaron los defensores, que apenas llegaban a 6.000 infantes, 2.500 caballos y cuatro piezas de artillería, mandados por un bisoño general, D. Ramón Patiño, conde de Belveder, más curtido en lides cortesanas que en campañas militares. El desigual choque tuvo lugar durante la madrugada del día 10, quedando desbaratadas, en muy pocas horas, las escasas y mal mandadas fuerzas defensoras, dejando el paso franco a los franceses, que se apoderaron de la ciudad, dando comienzo de inmediato a un rapaz y prolongado saqueo.

El Monasterio de Fresdelval, muy cercano al lugar donde se desarrolló la Batalla de Gamonal, no se salvó del asalto y el pillaje de los soldados franceses. La comunidad jerónima no tuvo otra alternativa que salir huyendo para salvar sus vidas. Regresó en 1814, pero para entonces el monasterio ya se encontraba sin bóvedas y en un estado tan ruinoso, que les obligó a reanudar el culto en la primitiva sacristía. Pero este regreso iba a durar muy poco. Durante el Trienio Constitucional de 1821 a 1823, uno de los gobiernos emite un decreto de desamortización de numerosas propiedades eclesiásticas, que permite su enajenación mediante subasta pública. Fresdelval, incluidos terrenos y monasterio, pasa a ser propiedad de los hermanos Victoriano y Manuel de la Puente, pertenecientes a una conocida familia liberal burgalesa, muy influyente por aquellos años, hasta el punto que ambos hermanos llegaron a ser alcaldes de la ciudad, Victoriano en 1840 y Manuel en 1846.

Pero en 1823, con la ayuda de los “Cien mil hijos de San Luis”, Fernando VII restauró el absolutismo en España, que duraría hasta su muerte en 1833. Este cambio significó la anulación de las ventas de las llamadas “Fincas Nacionales”, y la devolución de los bienes enajenados a sus antiguos propietarios. De esta forma, los frailes jerónimos de Fresdelval pudieron regresar de nuevo a su monasterio, que hallaron en una deplorable situación de ruina, ocasionada por el saqueo y el abandono, que convertían su restauración en una tarea casi imposible. Con estas condiciones, la vida de la comunidad no debió resultar nada fácil hasta que, en el 1836, la desamortización de Mendizábal les obligó a desalojar definitivamente el monasterio. Los pocos objetos de valor que quedaban fueron a parar a las parroquias más próximas o a manos de particulares, mucho menos desinteresadas. La talla de Nuestra Señora de Fresdelval acabó en la  iglesia parroquial de San Salvador, en la cercana localidad de Villatoro.

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A partir de entonces, el uso y destino de las ruinosas dependencias del monasterio, fue de lo más variopinto e insospechado, desde refugio para las numerosas partidas carlistas de la provincia durante la 1ª Guerra Carlista, que se alargó hasta el año 1840, hasta una fábrica de cerveza que instaló D. Dionisio Martín en el año 1860, que no obtuvo demasiado éxito, pues la tuvo que cerrar al poco tiempo. Pero su uso más frecuente fue el de cantera pública de piedra perfectamente labrada, lo que fue acrecentando el aspecto ruinoso del monasterio, hasta conferirle una apariencia verdaderamente fantasmal.

Pero la historia no solo genera ruinas y leyendas, también desata pasiones y ejerce una atracción irresistible sobre toda clase de artistas: Poetas, escritores, escultores, pintores……., que buscan su inspiración removiendo sus entresijos.

El nuevo comprador del monasterio y su entorno resultó ser un pintor, el alicantino Francisco Jover y Casanova (4), discípulo de Madrazo, gran aficionado a la pintura histórica, que durante la segunda mitad del siglo XIX estuvo trabajando en la decoración de las bóvedas de la madrileña Basílica de San Francisco el Grande.

Según nos cuenta María Cruz Ebro en sus “Memorias de una burgalesa”, este pintor se enamoró de Fresdelval, donde pasaba largas temporadas entregado a la restauración del claustro y algunas celdas del derruido monasterio. Su pasión por aquellas ruinas, que tanta historia encerraban, resultó contagiosa, pues pronto, especialmente durante los veranos, Jover se vio acompañado y ayudado por un selecto grupo de amigos, entre los que no faltaban los escultores, ni los pintores. El escultor leridano Antonio Alsina fue uno de los más asiduos, dejando labradas varias gárgolas, entre las que destacan una representando a Mefistófeles y otra a Margarita.

Algunos artistas burgaleses también acudieron al reclamo artístico-cultural del pintor alicantino, coadyuvando a que Fresdelval se convirtiera en un atractivo centro de cultura, en el que tenían lugar largas y agradables veladas. Burgaleses asiduos a estas tertulias fueron, entre otros, el pintor, ilustrador y restaurador Juan Antonio Cortés, muy aficionado también a la fotografía, por lo que plasmó en mil imágenes la belleza decadente de aquellas ruinas y el atractivo paisaje del bosque de fresnos. Otro de los asiduos tertulianos era el también pintor Isidro Gil Gabilondo (5), que también era ilustrador, historiador, escritor y político, muy popular en Burgos por haber diseñado los trajes de los famosos gigantillos. No se puede dejar de mencionar  a otro tertuliano asiduo, el pintor y dibujante Evaristo Barrio (6), poseedor de una excelente voz de barítono, que lucía en las veladas musicales, acompañado al piano por su hija Carolina.

La siguiente propietaria de Fresdelval, a la muerte del pintor Jover, fue la Marquesa de Villanueva y Geltrú, Doña Rafaela de Torrents e Higuero, viuda del acaudalado indiano D. Josep Sarriá Mota, que pasaba allí los veranos, siempre acompañada de un selecto grupo de amigos, entre los que destacaba la presencia del político y escritor catalán Víctor Balaguer, gran admirador del teatro de Zorrilla, que quedó encantado de aquel singular paraje, sobre el que escribió: «Y en verdad que no puede ofrecerse mansión más agradable, ni hospitalidad más atrayente, ni sitio más encantador, ni centro más propio para regocijos de soledad y para deleites de excursión«.

Esta acaudalada marquesa trató de mejorar el aspecto ruinoso del  monasterio, levantando nuevas y espaciosas celdas, que sirvieran de albergue y acomodo para su selecta corte de amigos. También convirtió en capilla pública la restaurada por Jover y quiso crear una biblioteca y un museo, recogiendo, mediante compra, alguno de los valiosos restos dispersos por las iglesias de los pueblos de alrededor, como Villatoro, Pedrosa del Páramo o Valmala. En esta tarea recibió la ayuda de D. Isidro Gil Gabilondo. La labor de la marquesa fue continuada por su hijo, D. Salvador Sarriá y Torrens, I Marqués de Mindanao y los sucesivos marqueses de Mindanao.

Un comerciante de Madrid, D. Deogracias Ortega, compró a principios del pasado siglo gran parte de los terrenos del valle, incluido lo que quedaba de “La Casa de Carlos V”, recuperando su uso residencial. Todo pasó posteriormente a sus hijos y a sus nietos, que los convirtieron en la actual Fresdelval S.L.

Fueron estos los últimos años de esplendor del monasterio, en los que la soledad del valle se vio alterada por sonora actividad humana, contemplada por unas impasibles ruinas, que cada día se vuelven más sobrecogedoras. Ruinas que generaron imperecederas leyendas.

En el año 1931 el gobierno de la 2ª República lo declaró Bien de Interés Cultural, aunque no puede decirse que haya servido para mucho, si acaso para impedir la construcción de 2.171 viviendas, según el Plan Urbanístico del año 2009, que hubiesen acabado definitivamente con el valle. Actualmente existe un nuevo P.G.O.U. que, según parece, va a respetar de nuevo la supervivencia de Fresdelval, su valle de fresnos, sus ruinas, su historia y su leyenda.     

NOTAS

  • Actualmente se encuentran en el Museo Provincial de Burgos
  • Actualmente se encuentra también en el Museo Provincial de Burgos
  • Los Juros eran una especie de Bonos de la Deuda Pública, emitidos por la corona, con unos intereses que oscilaban entre el 15 y el 20%.
  • Francisco Jover y Casanova, (Muro, Alicante, 1836 – Madrid, 1890). Pintor español de temas históricos, que decoró los techos de la Basílica de San Francisco el Grande de Madrid.
  • Isidro Gil Gabilondo había nacido en Azcoitia (Guipúzcoa), el año 1843, pero después de acabar sus estudios de Derecho en la Universidad de Madrid, se afincó en Burgos, convirtiéndose enseguida en un verdadero burgalés de adopción, que pronto consiguió el cariño y la admiración de sus paisanos. En nuestra ciudad no tardó en destacar por su polifacética actividad, tanto en el ámbito de la política municipal, como en el plano artístico-cultural. Desde su actividad en la Academia de Dibujo del Consulado del Mar, de la que fue profesor y director, se le puede considerar como uno de los grandes impulsores de la escuela burgalesa de pintura de los siglos XIX y XX, en la que tantos artistas destacaron. Perteneció también a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y a la Real Academia de la Historia. Como político fue Presidente de la Cámara de Comercio y secretario del Ayuntamiento. Como ilustrador colaboró con gran número de dibujos en la revista “La Ilustración Española y Americana”. También elaboró numerosos carteles de las Fiestas de Burgos y fue uno de los que participó en el diseño de los populares Gigantillos, que se convirtieron en uno de los más queridos emblemas de la ciudad. Murió en Burgos en marzo el año 1917. Su trabajo como ilustrador destacó en numerosas
  • Evaristo Barrio nació en Zaragoza, en el año 1841. Su primera vocación fue la militar, pero su primer destino como Alférez fue Marruecos, donde recibió una herida de bala en su brazo izquierdo, que le hizo desistir de su carrera militar y dedicarse a su gran pasión, la pintura, aunque también tuvo devaneos con la música, pues poseía una bonita voz de barítono. En 1874 ya era Académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, pero su carrera como pintor y dibujante se desarrollo totalmente en la ciudad de Burgos, que acabó siendo su patria de adopción. Como profesor de la Academia de Dibujo del Consulado del Mar, de la que llegó a ser Director, tuvo discípulos de la talla de Marceliano Santa María, Luis Manero o Julio del Val, coincidiendo con la época de su mayor esplendor. Artista polifacético, su ingente obra está muy dispersa y mal catalogada, por lo que tal vez no haya sido valorada suficientemente. Muy aficionado a la pintura histórica, por encargo del Ayuntamiento realizó el cuadro titulado “La primera hazaña del Cid”, fechado en 1891, en la que El Cid presenta a su padre, Diego Laínez, la cabeza del conde Lozano, como venganza a las afrentas recibidas; esta pintura causó gran sensación en el ambiente cultural burgalés. Su faceta como ilustrador, una de las más conocidas, se puede apreciar en numerosas series de libros editados por la editorial burgalesa Santiago Rodríguez, en la actualidad Hijos de Santiago Rodríguez. Fue también un importante cartelista, especialmente para las fiestas mayores de San Pedro y San Pablo de Burgos. En 1904, tras casi 30 años de una intensa actividad al frente de la Academia de Dibujo del Consulado del Mar, abandonó el cargo de Director. También colaboró con su colega D. Isidro Gil en el diseño de los trajes de los populares Gigantillos. Murió en Burgos el año 1924.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, setiembre 2015

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LAS LEYES DE BURGOS DE 1512. -Por Francisco Blanco-

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Es casi seguro que Colón, antes de emprender su primer viaje hacia el nuevo mundo, había leído los famosos viajes que el veneciano Marco Polo relata en su “Libro de las cosas maravillosas”, en los que describe las fabulosas riquezas que encontró en Oriente, las maravillas de Catay y el esplendor de la corte del Gran Jan. También es posible que conociera la teoría del cardenal francés Pierre d’Ailly, en la que  afirmaba que la extensión del mar que separaba las costas más occidentales de Europa de las más orientales de Asia podía ser navegada en pocos días, si se hacía con vientos favorables

Lo que sí es cierto que el objetivo del viaje de Colón era montar un próspero tráfico comercial entre los puertos españoles y las ricas ciudades orientales que esperaba encontrar. Cuando desembarcó en la que sería  La Española y se encontró con aquellas tierras prácticamente vírgenes y con unos nativos cuyo aspecto, lengua y forma de vida le eran absolutamente extraños, evidentemente el  Almirante desconocía donde se encontraba. Pero como aquella era una expedición comercial, financiada para obtener rentabilidad, según constaba en Las Capitulaciones de Santa Fe”, e  igualmente, todos los que le habían acompañado  en el viaje esperaban verse recompensados, participando en el reparto de las riquezas encontradas, no tardaría mucho Colón en darse cuenta, en tanto no se pusieran en explotación aquellas tierras, que el negocio estaba en montar un tráfico regular de esclavos con la metrópoli, tal como lo hacían los marinos portugueses con sus colonias africanas.

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De hecho, los indígenas que se trajo en su viaje de regreso fueron vendidos como esclavos en 1495. Una real disposición del 16 de abril del mismo año declaró nula dicha venta, hasta que los reyes fueran aconsejados de “teólogos, letrados y canonistas”.

Puede decirse que con esta disposición se inicia el conflicto jurídico, económico, social y religioso sobre los derechos de los indios americanos y el tratamiento que debían recibir por parte de sus nuevos e inesperados dueños.

Los teólogos se plantearon la cuestión de si aquellas gentes que venían de tan lejanas tierras, tan diferentes desde el punto de vista antropológico, eran capaces de razonar, o eran bárbaros carentes de alma, o bien una especie de híbrido entre hombre y bestia. De su catalogación dependía el que se les pudiera considerar como esclavos o como personas libres.

Los reyes hicieron llegar al Almirante una carta fechada en Medina del Campo, el 22 de julio de 1497, en la que se le autorizaba a repartir tierras entre españoles, con la única condición de que las explotasen durante un periodo mínimo de cuatro años. Naturalmente, para poner en marcha tal medida los nuevos propietarios tuvieron que recurrir a la mano de obra indígena, cosa que hicieron de forma abusiva.

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Pero en 1498, el Almirante, ajeno a estas elucubraciones jurídico-religiosas sobre la naturaleza de los indios, embarcó 300 indígenas rumbo a Sevilla, para que fueran vendidos como esclavos. Este hecho causó la indignación de los reyes, hasta el punto que Doña Isabel exclamó colérica: “¿Qué poder tiene mío el Almirante para dar a nadie mis vasallos?.

En realidad, Colón emprendió su segundo viaje en setiembre de 1493 y tal vez no estaba muy al corriente sobre las bulas promulgadas desde Roma por el papa Alejandro VI, acerca de los derechos sobre las nuevas tierras descubiertas. El se atenía, principalmente, a las citadas Capitulaciones de Santa Fe”, cerradas a tres bandas entre los reyes, el propio Colón y D. Luis de Santángel, judío converso de origen aragonés, secretario y hombre de confianza de Don Fernando, que financiaba con su propio dinero el coste de aquella empresa. En ellas se nombraba a Colón Almirante de Castilla, además de Virrey y Gobernador General de todas las tierras conquistadas, con derecho de sucesión para sus herederos. Como compensación económica recibiría un diezmo del valor de todo lo que hallase. También podía ejercer el derecho de arbitraje en todos los pleitos relacionados con la hacienda de sus subordinados.

No es raro que, con tantos privilegios, el Almirante ambicionara el poder y la riqueza para él y para sus descendientes y, en ocasiones, se excediera en sus funciones. Al final de su vida su espíritu visionario le llevó a la convicción de que el Descubrimiento era una inspiración directa de Nuestro Señor Jesucristo a su persona, dejándolo escrito en su Libro de las Profecías”: “Milagro evidentísimo quiso facer Nuestro Señor en esto del viaje a las Indias por me consolar a mí y a otros con estotro de la Casa Santa”.

En “Las Bulas Alejandrinas” Alejandro VI, de la familia valenciana de los Borja, concedía a los Reyes Católicos el derecho y la autoridad para incorporar  su dominio sobre todos los territorios descubiertos y por descubrir, pero les obligaba a la evangelización de sus habitantes. El arbitrio de Roma zanjaba la cuestión sobre la esclavización de los indios americanos.

El 20 de junio de 1500 los reyes expidieron la “Real Cédula” por la que declaraban libres a los indígenas vendidos en Andalucía, disponiendo también el regreso a sus tierras en la flota de D. Francisco de Bobadilla, a quien habían nombrado  nuevo Gobernador.

A pesar de las buenas intenciones de los reyes y de sus disposiciones, los abusos de todo tipo cometidos por los conquistadores en las llamadas Encomiendas, sobre la población indígena, fueron inevitables y frecuentes.

La Encomienda se basaba en el trabajo personal y forzoso del nativo, sin límite de jornada, ni limitaciones en función de la edad, el sexo o la condición social, ni, por supuesto, percepción de salario alguno. Los encomendaderos eran todos españoles nombrados por el gobernador en nombre de los reyes, que tomaban a su cargo un determinado núcleo de población, a la que podían obligar a trabajar o a tributar. A cambio, estaban obligados a darles instrucción cristiana, alimentarles y protegerles. De toda esta explotación la Corona recibía un impuesto anual por cada indio encomendado.

La evidente incapacidad del Almirante para la gobernación y administración de los territorios conquistados llevó a los monarcas a tomar la decisión de relevarle de sus cargos. Para ello, el 16 de setiembre de 1501 nombraron para sustituirle a D. Nicolás de Ovando, entregándole, junto con su nombramiento, un nuevo plan para la colonización de las Indias, en el que se trataba de conjugar la evangelización de los indios-cosa que se consideraba prioritaria-y la forma en que como personas debían de ser tratados, con su utilización como mano de obra barata para la explotación de las riquezas de aquellas tierras, de cuyo monto la Corona percibía la undécima parte: “…..e porque para coger oro e facer las otras labores que Nos mandamos facer será necesario aprovecharnos del servicio de los indios, compelir que los eis que trabasen en las cosas de Nuestro servicio, pagando a cada uno el salario que xustamente vos pareciere que debieren de aber sygund la calidad de la tierra”.

Este nuevo plan también fracasó. A los indios no les gustaba trabajar ni en las minas ni en el campo. A  pesar del salario, preferían no trabajar sino estaban obligados.

Para remediar este nuevo fracaso se tuvo que recurrir, en el año 1503, a “La Cédula de Medina del Campo”, que restablecía la obligatoriedad del trabajo de los indios. Igualmente, se les obligaba a abrazar la fe cristiana como única verdadera. Naturalmente, dicha cédula constituía una autentica carta blanca para continuar con la explotación abusiva de los encomendaderos sobre los indígenas a su cargo.

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Las primeras denuncias contra los abusos que el sistema de encomiendas provocaba se produjeron con la llegada a La Española, a principios de 1511, de fray Pedro de Córdoba y tres dominicos más. Fray Pedro de Córdoba, en una extensa carta dirigida al rey Fernando, le expone su perplejidad por el mal estado en que se encuentra la isla, así como de los abusos y malos tratos a que están sometidos los indios.

El último domingo de Adviento del mismo año, el dominico fray Antonio de Montesinos, que había llegado con fray Pedro, desde el púlpito de una iglesia de La Española, en presencia del gobernador, los oficiales reales y las principales autoridades de la isla, lanza un terrible anatema contra los encomendaderos españoles, acusándoles de cometer graves pecados contra los indios. Entre éstos  figuraba  fray Bartolomé de las Casas, otro fraile dominico que había llegado en el año 1502, quién poco después se convertiría en acérrimo defensor de los indios.

El sermón, del que se declararon coautores la comunidad de dominicos en pleno, causó un gran impacto en la buena sociedad española de la isla. El propio gobernador, D. Diego Colón, hijo del Almirante, protestó ante el prior de la congregación, fray Pedro de Córdoba, exigiendo una rectificación pública de las acusaciones de Montesinos. Pero en lugar de rectificar, en el sermón del domingo siguiente, con la iglesia abarrotada de fieles esperando una reparación, el mismo predicador, con el mismo tono amenazador, volvió a insistir en el tema de los malos tratos, llegando a amenazar a los encomendaderos con negarles la absolución si persistían en su conducta.

La postura de los dominicos provocó que D. Diego Colón acudiera a la mediación del propio rey. En su respuesta, el monarca, mediante carta fechada el 20 de marzo de 1512, autorizaba al gobernador a imponer a los dominicos el castigo que considerara oportuno, “porque un yerro fuer muy grande”. Es decir, que el rey condenaba la actitud de los dominicos. Incluso el Provincial de los dominicos en España, fray Alonso de Loaysa, recriminó, mediante carta, a sus compañeros de la isla las denuncias que habían lanzado, llegando a amenazarles con su expulsión de la Orden.

Pero los dominicos de La Española no se arredraron ante las amenazas, sino que decidieron enviar al propio Montesinos, en compañía del franciscano fray Alonso del Espinal, para exponer personalmente en la Corte sus argumentos.

Los dos frailes se entrevistaron con el rey Fernando en la ciudad de Burgos, y le transmitieron su exposición sobre lo que verdaderamente estaba ocurriendo en La Española. A raíz de esta entrevista el monarca asumió un criterio reformador, encaminado a modificar y mejorar la situación de los indios, para lo cual decidió convocar una Junta de teólogos y letrados, con el fin de que estudiaran el asunto, emitieran su dictamen y tomaran las medidas necesarias y oportunas.

Dicha Junta se reunió en Burgos, el mismo año de 1512. La presidió el entonces obispo de Palencia, Juan Rodríguez de Fonseca, encargado de los asuntos de Indias. Estuvo integrada por los juriconsultos y teólogos más importantes del reino, entre los que cabe destacar a Juan López de Palacios Rubios, “doctísimo en su facultad de jurista”; los dominicos Tomás Durán, Pedro de Covarrubias, el profesor de Salamanca, Matías de Paz, el gran predicador Bernardo de Mesa, y el predicador real, licenciado Gregorio.

Pronto se pusieron de acuerdo en la necesidad de someter a los indios al dominio de los españoles, aunque no dejaron de surgir posturas contrarias, en especial sobre los medios a utilizar. Para el licenciado Gregorio el indio debía de ser sometido a servidumbre y ser regido “virga férrea”, pues los aborígenes no se diferenciaban apenas de un animal. Fray Bernardo de Mesa, más conciliador, opinaba que los indios eran libres, pero necesitaban la tutela protectora de los españoles. Fray Matías de Paz, por el contrario, defendía la absoluta libertad de los indígenas.

La tesis de Matías de Paz fue defendida y ampliada años después por el jurista burgalés Francisco de Vitoria, que ya estaba trabajando en lo que posteriormente sería su gran obra: “El Derecho de Gentes”.

Después de largas deliberaciones y de escuchar a cuantos testigos quisieron comparecer, los miembros de la Junta decidieron elevar al monarca siete proposiciones de carácter moral, sobre las que se debían asentar las relaciones de los españoles con los indios, a fin de conseguir la evangelización y la civilización de los mismos. Fueron las siguientes:

1ª/ Los indígenas eran libres, y como tal debían ser tratados.

2ª/ Era preciso adoctrinarlos en la religión católica, “Como el Papa manda en su bula” y la Corona de Castilla estaba obligada a hacerlo, poniendo los medios necesarios.

3ª/ Era lícito obligar a los indios a trabajar, siempre que no impidiera el aprendizaje de los principios religiosos y sea “provechoso a ellos y a la república”.

4ª/ Que el trabajo que se les encomendara no fuera excesivo y tuvieran tiempo de descanso.

5ª/ Los indios tenían derecho a poseer casa y hacienda, siendo el tamaño de ésta a criterio de los gobernantes, así como tiempo suficiente para llevarla.

6ª/ Fomentar al máximo la relación de los indios con los españoles, a fin de ser más fácilmente instruidos.

7ª/ Que se pagará el salario correspondiente por su trabajo, pero no en dinero, sino en ropas, utensilios y útiles para sus casas y haciendas.

A partir de estas siete proposiciones se elaboraron las llamadas “Leyes de Burgos”, promulgadas el 27 de diciembre de 1512, conjunto de normas “para el buen regimiento y tratamiento de los indios”, que constituyen el punto de partida de las sucesivas “Leyes Indianas”.

No obstante, estas nuevas ordenanzas no convencieron a fray Pedro de Córdoba y su comunidad de dominicos, por lo que el mismo prior decidió trasladarse a Valladolid, a entrevistarse personalmente con el rey. Después de largas conversaciones, el rey se convenció de la necesidad de efectuar una nueva reforma de las citadas leyes.

Con este objetivo se convocó un nueva Junta, esta vez en Valladolid, presidida de nuevo por el obispo Fonseca, que pronto sería nombrado Obispo de Burgos.

De las deliberaciones de la Junta nacieron las “Leyes de Valladolid”, promulgadas el 28 de Julio de 1513.

NOTA FINAL

El texto de este artículo está basado principalmente en la obra “Leyes de Burgos de 1512 y Leyes de Valladolid de 1513”, editada por: “FUNDACION PARA EL DESARROLLO PROVINCIAL” (Burgos, 1991).

Paco Blanco

La Pobla de Lillet/Barcelona (agosto-noviembre 2009)

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BURGOS MEDIEVAL. TRES GESTAS DEL CID. -Por Francisco Blanco-

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“Gesta bellorum possumus referre
Paris et Pyrri necnon et Eneae,
multi poete plurima in laude
que conscripsere.”
 

(Gestas guerreras podemos narrar
de Paris y Pirro, y también de Eneas
que muchos poetas en loor suyo
han reunido.)

Estos son los primeros versos del “Carmen Campidoctoris”, poema épico y panegírico en el que se ensalzan tres de las gestas del héroe burgalés Rodrigo Díaz de Vivar, más universalmente conocido como el Cid Campeador. No caben muchas dudas  sobre las intenciones del autor de equiparar al caudillo castellano con los fabulosos héroes de la mitología greco-latina, como Paris y Eneas, cantados por Homero y Virgilio, de ahí que también se le conozca como El Poema latino del Cid.

Según la opinión de historiadores medievalistas tan eminentes como D. Ramón Menéndez Pidal o el burgalés D. Gonzalo Martínez Díez (1), está escrito entre los años 1182 y 1193 y su autor pudiera ser un monje del Monasterio de Roda de Isábena, por entonces capital del condado de Ribagorza, perteneciente actualmente a la provincia de Huesca. Posteriormente fue trasladado al Monasterio de Ripoll, en Gerona, donde fue encontrado y en la actualidad, sin que el que esto escribe sea capaz de explicar las razones, se encuentra en la Biblioteca Nacional de París.

Del Códice original tan solo se conservan 129 versos, los primeros 128 formados por estrofas de cuatro versos, tres sáficos y uno adónico; del verso 129 únicamente son legibles las dos primeras palabras. Se trata de un fragmento de un poema encomiástico de la figura y hazañas del Cid, escrito en un latín culto, posiblemente compuesto para celebrar las bodas del conde catalán Ramón Berenguer III el Grande, con la hija menor del Cid, María Rodríguez, que tuvo lugar el año 1098, viajando ese mismo año el matrimonio al Monasterio de Ripoll. Es muy posible que el autor se inspirase en la “Historia Roderici”, una crónica biográfica escrita por un testigo presencial durante la segunda mitad del siglo XII, que es la biografía más antigua y más fiable de la vida y hazañas del héroe de Vivar. Existe otro poema, “El Cantar de mio Cid”, sin duda el más famoso, que es un cantar de gesta anónimo, en el que se relatan hazañas heroicas del Cid, en las que se mezclan lo real con lo imaginario, relativas a los últimos años de la vida del Campeador. Se compuso hacia el año 1200 y está escrito en “lengua romance” de alto valor literario, alcanzando en poco tiempo una gran difusión popular.

La primera gesta que se describe en el “Carmen Campidoctoris” tuvo lugar en el año 1063 y se refiere al singular combate que mantuvo Rodrigo, cuando era un mozalbete de quince años de edad, con el gigante navarro Eximeni Garcés, caballero de la Corte de Pamplona que se había ganado merecida fama de invencible, a quien, tras más de tres horas de duro e implacable combate, consiguió vencer asestándole un terrible mandoble en plena cabeza, que casi le parte en dos. Esta sonada victoria le valió el sobrenombre de “Campeador”, que según Martínez Díez se identifica con el concepto de luchador, guerrero o campeón que reta a sus enemigos a combate singular. No tardó en difundirse este triunfo por todos los reinos cristianos, causando la admiración de las gentes y también la del infante D. Sancho, futuro rey de Castilla, que le tomó bajo su protección, no tardando en armarle caballero y convertirle en su lugarteniente favorito nombrándole Alférez general del reino.

La segunda hazaña del Campeador, cantada en el poema, tiene lugar en el 1079, siete años después de que Alfonso VI el Bravo se hiciera con el trono de Castilla, tras el asesinato a los pies de las murallas de Zamora de su hermano mayor, el rey Sancho II el Fuerte, por el traidor Bellido Dolfos. Las discrepancias entre el Campeador y su nuevo rey, principalmente por causa del juramento que le tomó en la burgalesa iglesia de Santa Gadea de no haber tenido parte en la muerte de su hermano, relegaron a D. Rodrigo a un segundo plano en la Corte leonesa, pero sin perder totalmente la confianza real, prueba de ello es que le casó con Doña Jimena Díaz, hija del conde Diego Fernández, del linaje de los Flaínez, prima en segundo o tercer grado del propio rey Alfonso, pues ambos compartían como ancestro a Bermudo Núñez, primer conde de Cea y fundador del linaje de los Flaínez. Después de la boda, que se celebró entre los años 1074 al 1076, el matrimonio se retiró a vivir a las posesiones de D. Rodrigo en la ciudad de Burgos, donde el Campeador llevó una vida tranquila y hogareña, cuidando de sus propiedades en el cercano señorío de Vivar y dedicado a la caza y a la vida cortesana, aunque en ocasiones el rey Alfonso le encomendaba algún encargo o misión que cumplir.

En el 1079 el Campeador recibió la orden de Alfonso VI de cobrar las parias o impuestos anuales a su tributario, el rey de Sevilla Al-Mutamid. La misma misión, pero en la taifa de Granada, gobernada por Abd Allah al-Muzaffar, le fue encomendada al conde riojano

García Ordóñez (2), también conocido como “El Crespo”, que en la Corte de León ocupaba el cargo de primer Alférez del reino, el mismo que durante el reinado de Sancho II ostentara D. Rodrigo, lo que había suscitado una incipiente aversión entre ambos magnates.

Por aquellos azarosos y agitados años Castilla se había convertido en un reino emergente, cuyo poderío, en constante aumento, le había permitido alcanzar la supremacía política y militar sobre el resto de los reinos de la península, tanto moros como cristianos. Los árabes, tras casi tres siglos de dominación, estaban en franca decadencia, divididos en pequeñas taifas desde la caída de los Omeya y enfrentados entre ellos, necesitaban la protección de aliados militarmente poderosos para conservar su independencia. Tanto la taifa de Sevilla como la de Granada recibían la protección del rey Alfonso VI de Castilla, a cambio del pago anual de las correspondientes parias. Esta protección incluía la defensa de posibles ataques tanto de otras taifas como del resto de los reinos cristianos.

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En el año 1079 el Campeador, seguido de sus mesnadas, se trasladó a Sevilla con el objetivo de cumplir la orden de su señor, el rey Alfonso VI. Una vez en la corte del rey Al-Mu’tamid, llegó a Sevilla la noticia de que una numerosa tropa formada por moros y cristianos, a cuyo frente figuraban el conde castellano García Ordóñez y los hermanos navarros Lope y Fortuño Sánchez, yernos del rey García de Navarra, había sido enviada por el rey de Granada, Abd Allah al-Muzaffar, con la sana intención de saquear la taifa de Córdoba, que también era tributaria del rey de Castilla.

El Campeador, creyéndolo sin duda su deber, no lo dudó mucho y con sus fieles mesnadas y la tropa que le prestó el rey sevillano, se dirigió con presteza en busca de los supuestos saqueadores. El encuentro se produjo frente a las murallas de la ciudad cordobesa de Cabra, ambos ejércitos se embistieron con furia, pero el empuje de las huestes del Campeador fue tan terrible, que pronto pusieron en desbandada a sus rivales, causándoles gran mortandad y cogiendo hacer prisioneros a los hermanos navarros. El conde García Ordóñez, a la vista del desastre, emprendió la huida, pero avisado el Campeador de sus intenciones, a lomos de su caballo “Babieca” se lanzó en su persecución, dándole alcance y derribando al mismo tiempo caballo y caballero. El Campeador, poniendo pie a tierra, agarró al abatido conde por las crespas barbas e izándole como un muñeco le acusó de cobarde, traidor, felón y otros cuantos epítetos más que dejaron al conde lívido y tembloroso, totalmente entregado a la fuerza de su apresador. El Campeador y los suyos, con rico botín y muchos prisioneros, regresaron victoriosos a Sevilla, donde fueron triunfalmente recibidos por la población, que les aclamó como héroes, especialmente a su caudillo D. Rodrigo. El rey Al-Mu’tamid se portó generosamente con el Campeador, pagándole no solo las parias, sino entregándole una buena parte del botín obtenido, conteniendo valiosos regalos, parte de los cuales fueron para el Campeador, como premio a su brillante victoria. El conde García Ordóñez y los otros jefes apresados fueron puestos en libertad por orden del Campeador, que tampoco quiso pedir ningún rescate, coso muy infrecuente por aquellos tiempos, especialmente si se tiene en cuenta que se trataba de personajes de alto rango, emprendiendo el regreso a la corte de Alfonso VI, vencidos y humillados, especialmente el conde riojano, que no podía olvidar la afrenta que su rival le había inferido cogiéndole por las barbas e iba rumiando la forma de vengarse. De hecho, la malquerencia del magnate riojano hacia el magnate burgalés duró toda su vida, intentando una y otra vez, utilizando principalmente la calumnia y la mentira, desprestigiarle ante el rey de Castilla, cosa que consiguió en más de una ocasión.

Finalmente, la tercera gesta del Campeador, que narra el “Carmen Campidoctoris”, se refiere a la decisiva actuación del Campeador en la batalla de Almenar durante el verano del año 1082, cuando el Campeador, que el año anterior había sido desterrado de Castilla por Alfonso VI, estaba como mercenario con sus mesnadas al servicio del rey de la taifa de Zaragoza, Al-Muqtadir, una de las taifas árabes, junto con la de Sevilla, más poderosa de la península, pues sus fronteras llegaban hasta Tortosa y Denia, por lo que también estaba rodeada de enemigos, principalmente los reinos de Aragón y Navarra por el norte y el oeste y los condados catalanes por el sur. A estos condes catalanes había ofrecido primero sus servicios el Campeador, siendo rechazados, razón por la que pasó a servir al rey zaragozano.

En el año 1082 Al-Muqtadir, viejo y enfermo, dividió sus reinos entre sus dos hijos; Zaragoza fue para Al-Mutaman y Lérida para su otro hijo, Al-Mundir. Esta división, a la muerte del viejo Al-Muqtadir, ocurrida ese mismo año, provocó la disensión y el enfrentamiento entre los dos hermanos, pues cada uno aspiraba a quedarse con la parte del otro. El Campeador permaneció al servicio de Al-Mutaman, el más poderoso de los dos, mientras que Al-Mundir, consciente de su inferioridad, formó una coalición con el rey de Aragón, Sancho Ramírez I; el conde Barcelona, Berenguer Ramón II, también conocido como “El Fraticida” y el conde de Cerdaña, Guillem Ramón I. Pronto se produjeron diferentes encuentros militares en las plazas fuertes fronterizas de Zaragoza y Lérida, como Monzón, Peralta de Alcolea o Tamarite de Litera, en los que el Campeador y sus huestes siempre salieron vencedores. Pero mientras el Campeador se encontraba en Monzón, las tropas de Al-Mundir, a las que se habían unido las de los condes catalanes, pusieron sitio al estratégico castillo de Almenar, muy próxima a la ciudad de Lérida, donde los zaragozanos habían dejado una pequeña guarnición, incapaz de resistir un asedio tan numeroso. El Campeador reunió el grueso de sus huestes y se dirigió a defender a los de Almenar, a pesar de estar en inferioridad numérica. A los pies del castillo de Almenar tuvo lugar una terrible batalla campal, en la que el empuje y la audacia del Campeador y los suyos pusieron en fuga al ejército de la coalición árabe-catalano-aragonesa, haciéndose con la victoria, lo que supuso la obtención de un gran botín y la captura del conde de Barcelona, Berenguer Ramón II y una buena parte de los caballeros de su corte personal, por cuya libertad tuvieron que pagar un elevado rescate, como era costumbre en aquellos belicosos tiempos. El gran artífice de esta victoria fue sin duda el héroe burgalés Rodrigo Díaz de Vivar, al que a partir de entonces tanto sus numerosos enemigos  como sus amigos, empezaron a llamar “sidi”, o señor, convirtiéndose en adelante en el legendario y temido  Cid Campeador.

No acabaron con esta batalla las rencillas ni los enfrentamientos entre el Cid y los condes de Barcelona, aunque las causas de las futuras desavenencias tienen una génesis diferente. Precisamente hasta el año 1082 los condados de Barcelona, Osona, Gerona y Carcasona habían sido gobernados por los hermanos mellizos Ramón Berenguer II, también conocido comoCap d’Estope” (Cabeza de estopa), a causa del color  pajizo de su cabellera y  Berenguer Ramón II, que acabó conociéndosele por  el Fratricida”. A la muerte del primero, ocurrida en el 1082, al parecer en un accidente durante una cacería en la sierra del  Montseny, Berenguer Ramón II quedó como amo y señor de los citados condados, a pesar de que el Cap d’Estope” había dejado un hijo, de nombre  Ramón Berenguer, que fue apartado inmediatamente por su tío de la línea de sucesión. Pero la sospecha sobre la complicidad del nuevo conde en la muerte de su hermano llevó a unos cuantos nobles de su corte a acusarle de asesinato, exigiéndole, para demostrar su inocencia, que se sometiera a una Justa o juicio de Dios, tal como era costumbre por aquellos años del Medievo. Perdida la Justa, que tuvo lugar hacia el año 1097 en la corte castellana de Alfonso VI, fue considerado culpable, desposeído de su título de conde y obligado a abandonar sus posesiones, marchando con la Primera Cruzada a la conquista de Jerusalén, en cuyo cerco murió. Quedaba como sucesor su sobrino Ramón Berenguer III, más tarde conocido como “El Grande”, que por entonces contaba unos quince años de edad, por lo que quedó bajo la tutela de Berenguer Sunifredo, que era el obispo de Vic. La asamblea de nobles catalanes que había provocado la caída de Berenguer Ramón II, estuvo a punto de entregar el condado de Barcelona al rey Alfonso VI de Castilla, pero la oposición del vizconde de Cabrera consiguió que se deshiciese el proyecto, consolidándose Ramón Berenguer III como único Conde de Barcelona, Girona, Carcasona y Rasés. Este conde, al que se le concedió el apelativo de “El Grande”, practicó una política de expansión territorial a consta, principalmente, de sus vecinos, en la que utilizó los tratados y los pactos en unos casos, y en otros la fuerza de las armas. Los condados de Osona, Besalú, Cerdaña y Provenza pasaron a depender del conde de Barcelona; también repobló la comarca de Tarragona, en poder de los musulmanes y consiguió la independencia eclesiástica de Cataluña con respecto a Francia.

Aunque en el año 1097 también consiguió conquistar Amposta, fracasó, sin embargo, en uno de sus principales objetivos, la conquista de Tortosa, importante plaza militar árabe, que era una amenaza para su dominio sobre Tarragona y comarca. Tal vez fuera este revés el que indujo al conde catalán a poner cerco a la plaza de Oropesa, que era una posesión del Cid Campeador, viejo y conocido enemigo, que había derrotado en más de una ocasión a los anteriores condes, su padre y su tío, con lo que volvían a renacer viejas enemistades. La respuesta del Cid, que por aquellas fechas vivía en su variopinta y polifacética corte valenciana, un tanto alejado de los asuntos de la guerra, disfrutando de la compañía de su mujer y sus dos hijas, pues su hijo Diego había perecido el 1097 en la batalla de Consuegra, luchando al lado del que siempre fue su  señor, el rey Alfonso VI, fue reunir de nuevo sus fieles mesnadas y dirigirse a levantar el sitio de Oropesa, aunque esta vez, antes de entrar en combate, envió una delegación al conde catalán advirtiéndole de que no solo se conformaría con levantar el sitio a su castillo, sino que continuaría invadiendo y asolando sus posesiones en la comarca de Tarragona. El conde pareció  entender el mensaje, pues su respuesta fue conciliadora, invitando al Cid a sentarse a la mesa de las negociaciones y llegar a un acuerdo del que ambas partes salieran satisfechas. Uno de los acuerdos a que se llegó fue el matrimonio de la hija menor del Cid, doña María Rodríguez, con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III. La boda se celebró a finales del año 1098, marchando después el matrimonio hacia sus posesiones de Ripoll, posiblemente el “Carmen Campidoctoris”, se compuso para celebrar este acontecimiento.

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El Cid fallecería el año 1099, según Martínez Diez el 10 de julio, recibiendo sus restos sepultura en la catedral de Valencia, fundada por él mismo, aunque más tarde fueron traslados al Monasterio de San Pedro de Cardeña.

El acuerdo al que llegaron el conde de Barcelona y el Cid Campeador, sin duda debió de tener aspectos muy positivos para ambos. Para el Cid, al que el peso de las numerosas heridas recibidas en cientos de batallas, de las que siempre salió vencedor, habían debilitado su cuerpo y mermado sus fuerzas, relajando, al mismo tiempo, su carácter beligerante y luchador, le supuso, sin duda, un gran respiro en su militar andadura, que le permitió continuar con su vida familiar y de holganza en su corte valenciana. Significaba, igualmente, conseguir un heredero varón que rigiera sus dominios cuando muriese, además de un poderoso aliado militar contra la constante amenaza de su encarnizado e implacable enemigo Ben Yusuf, el emir de los almorávides, quien a pesar de las numerosas derrotas que el Cid le había infligido, seguía obstinado en la reconquista de Valencia, por lo que sus tropas siempre estaban al acecho y dispuestas al asalto. Para el conde catalán, contar con el apoyo del Cid y conseguir el señorío de Valencia significaba consolidar su supremacía sobre el resto de los condes catalanes y la preponderancia sobre todo el mediterráneo oriental, lo que le permitiría continuar con su tan ansiada expansión territorial, que incluía las cercanas islas de Ibiza y Mallorca.

Pero, desde la muerte del Cid, la defensa de Valencia, a pesar de los esfuerzos de Doña Jimena y de su yerno el conde de Barcelona, cada día se hacía más insostenible. Finalmente, en el año 1102, Doña Jimena pidió ayuda a su pariente el rey Alfonso VI, que tampoco pudo controlar la situación; en el mes de mayo, Doña Jimena y los suyos, protegidos por las tropas de Alfonso VI, abandonaron la ciudad, después de haberla pegado fuego por sus cuatro costados. Con ellos, bajo la atenta custodia de sus fieles mesnaderos, viajaban los restos del burgalés D. Rodrigo Díaz  de Vivar, convertido ya en el inmortal Cid Campeador. Su destino: el Monasterio de San Pedro Cardeña de Burgos. Los deseos del Cid de convertir Valencia en un señorío fuerte, independiente y soberano se habían desvanecido, pero todavía…..” a todos alcanza honra por el que en buen hora nació”.   

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NOTAS:

  • Gonzalo Martínez Diez (Quintanar de la Sierra, Burgos, 20-V-1924-Villagarcía de Campos, Valladolid,22-IV-2015). El recientemente fallecido jesuita burgalés, miembro de la Compañía de Jesús desde 1942, fue un destacado medievalista, historiador y académico con un impresionante historial: Licenciado en Filosofía y Derecho Canónico por la Universidad de Comillas, en Teología por la Innsbruck, en Derecho Canónico por la Estrasburgo en Derecho por la de Valladolid y en Filosofía y Letras por la Central de Madrid. Desde 1958 fue profesor y catedrático en varias Universidades como la de Comillas, la Complutense, la de San Sebastián y la de Valladolid; académico de la Real Academia de la Historia y de la Institución Fernán González. Se le puede considerar un experto en la historia medieval de Castilla, sus orígenes, sus figuras, especialmente la del Cid Campeador, sus fueros y sus Instituciones. A lo largo de su larga vida, dedicada a la investigación histórica, nos ha dejado una ingente obra Imposible de referenciar, por lo que vamos a citar algunos títulos tan importantes como “El Condado de Castilla (711-1038) la historia frente a la leyenda”, “Historia latina de Rodrigo Díaz de Vivar”, “El Cid histórico”. También fue un destacado y activo castellanista, participando en la fundación de la “Alianza Regional de Castilla y León” y del PANCAL, (Partido Nacionalista Autonómico de Castilla y León), fundado en Toro en 1977. Sobre el tema castellanista, suyas son las obras “Castilla, víctima del centralismo”, publicada en 1977 y “Castilla, manifiesto para su supervivencia” de 1984. Sobre Burgos cabe mencionar “Fueros locales del territorio de la provincia de Burgos” y “Génesis histórica de la provincia de Burgos y sus divisiones administrativas “

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GONZALO MARTINEZ DIEZ

  • García Ordoñez, también conocido como “El Crespo”, conde de Nájera, era hijo del conde Ordoño Ordoñez, descendiente del rey Bermudo II de León, por lo que estaba emparentado con el rey Alfonso VI en el mismo grado que Doña Jimena, la esposa del Campeador. Había nacido hacia el año 1060, por lo que era más joven que el Campeador, con quien mantuvo una larga rivalidad, que a veces se convirtió en enemistad. Murió peleando en la batalla de Uclés el 29 de mayo del año 1108.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, setiembre 2015

LAÍN CALVO Y NUÑO RASURA. DOS JUECES CASTELLANOS. -Por Francisco Blanco-

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«Et los Castellanos que vivian en las montañas de Castiella, faciales muy grave de yr à Leon porque era muy luengo, è el camino era luengo, è avian de yr por las montañas, è quando allà llegavan asoverviavan los Leoneses, è por esta raçon ordenaron dos omes buenos entre si los quales fueron estos Muño Rasuella, è Laín Calvo, è estos que aviniesen los pleytos porque non oviesen de yr à Leon, que ellos no podian poner Jueçes sin mandado del Rey de Leon. Et ese Muño Rasuella era natural de Catalueña, è Laín Calvo de Burgos, è usaron así fasta el tiempo del Conde Ferrant Gonçalvez que fue nieto de Nuño Rasuella. Por qual raçon los fijosdalgo de Castiella tomaron el fuero de Albedrío».

El rey astur Alfonso I «el Católico», comienza a reinar en el año 739, ampliando los primitivos territorios del reino de Asturias con los heredados de su padre, el duque Pedro de Cantabria, que incluían Cangas de Onís, Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza y Bardulia (primitiva Castilla), con lo que sus fronteras meridionales quedaban fijadas por el margen derecho del río Ebro hasta la frontera con el reino de Pamplona. Al mismo tiempo, en los reinos de Al-Andalus se está produciendo un enfrentamiento civil entre árabes y bereberes, que acabará con la retirada de éstos últimos hacia el norte de África, abandonando sus dominios del norte de la Meseta.

El nuevo rey decide aprovechar semejante oportunidad de debilitamiento musulmán para reforzar y consolidar sus fronteras y de esta forma fortalecer su reino, dotándole de una estructura muy similar al de los visigodos. Para ello, en compañía de su hermano Fruela, asoló y despobló un extenso territorio de la cuenca del Duero, conocido como «los Campos Góticos«, eliminando los núcleos de población musulmana y llevándose a los habitantes cristianos o mozárabes hacia sus villas y ciudades del norte.

Con esta acción se creaba una vasta franja fronteriza, prácticamente despoblada, entre las líneas divisorias de los reinos árabes y cristianos.

Esta tierra de nadie, aunque muy lentamente, empezó a repoblarse durante los siglos IX y X, especialmente durante el reinado de Alfonso III el Magno. Esta repoblación se desarrolla en tres etapas sucesivas, que empiezan con la ocupación del territorio, continúan con el levantamiento de una línea defensiva, finalizando con la puesta en cultivo de los campos por el sistema de «pressura», o adquisición de la propiedad mediante la roturación de las tierras o «scalio», para hacerlas productivas. También dieron lugar a la aparición de importantes núcleos urbanos de población, como Toro, Zamora, Burgos, Ubierna, Castrojeriz, Dueñas, Simancas……

Los reyes astur-leoneses dieron su beneplácito a esta repoblación, que suponía la creación de una línea de torres fortificadas que, además de adelantar sus fronteras, servían de vigía y defensa contra las frecuentes «aceifas» árabes, incrementadas notablemente en tiempos de Abderramán III.

Los nuevos pobladores, curiosamente, procedían mayoritariamente de las zonas occidentales de las montañas cántabras y vasconas, aunque también llegaron familias mozárabes procedentes de la España musulmana. Los primeros, también conocidos como los «foramontanos», eran gentes muy poco romanizadas y escasamente influidas por la cultura visigótica imperante en los reinos astur-leoneses, que preferían seguir respetando sus ancestrales costumbres o las decisiones de hombres justos, nombrados por ellos mismos, en lugar de someterse a la ley de sus señores leoneses, representada todavía por el «Liber judicorum» visigótico.

Esta característica, evidentemente diferencial, es lo que da lugar a la aparición de las behetrías castellanas, impensables e inasumibles para los visigodos de León y Asturias, y son las que empiezan a marcar una nueva concepción de la sociedad medieval en todos los órdenes.

Así, para resolver sus pleitos sin tener que acudir a la jurisdicción de la corte astur-leonesa, los castellanos, de común acuerdo, decidieron quemar públicamente el «Fuero Juzgo Visigótico», vigente en todos los restos territoriales de la época visigótica, incluidos los francos, sustituyéndole por el «Fuero del Albedrío», que acabaría convirtiéndose en el derecho común de los españoles.

«Todos los castellanos a una se concertaron,

dos hombres de valía por alcaldes alzaron;

los pueblos castellanos por ellos se guiaron;

sin nombrar ningún rey largo tiempo duraron»

(Poema de F. G.)

Como administradores de dichos fueros eligieron, entre sus personajes más notables, dos jueces o magistrados, uno civil y otro militar: la magistratura civil recayó sobre Nuño Rasura y la militar sobre Laín Calvo, siendo conocidas sus sentencias como «Fazañas«. También se eligieron numerosos alcaldes.

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Este hecho trascendental sucedía en la actual localidad burgalesa de Vijueces (Bisjueces), a unos cinco kilómetros de Villarcayo, en un paraje conocido como Fuente Zapata, el año 842, recién comenzado el reinado de Ramiro I de León. Actualmente, en esta pequeña localidad se puede admirar una artística iglesia del siglo XVI, atribuida nada menos que a los burgaleses Juan de Vallejo y Simón de Colonia. En su bellísimo pórtico plateresco se contemplan las estatuas sedentes de los dos jueces, acompañadas de otros tres condes castellanos.

Las figuras de los dos jueces castellanos, absolutamente históricas por una parte, se han convertido, por otra, en legendarias, tal vez por el significado que su nombramiento representa en la posterior evolución del medievo español, encorsetado hasta entonces en las arcaicas estructuras que los romanos habían legado a los godos, cuya decadencia era evidente bastante antes de que los árabes entraran en España, y que éstos aprovecharon muy bien para su rápida expansión. Consecuentemente, trazar una biografía de ambos personajes, enclavada exclusivamente en la historia, es una tarea que está fuera del objetivo del presente trabajo, que sólo pretende resaltar alguno de sus hechos más notables, aunque sean legendarios:

Nuño Núñez Rasura era Conde y Señor de Amaya (ó Amaia), donde había nacido hacia el año 789. Era hijo único de Diego Rodríguez, segundo conde de Castilla, que le proporcionó una esmerada educación, de la que se encargó un monje del monasterio de S. Martín de Tama, llamado Mauro.

Amaya, antiguo campamento militar del emperador Augusto en su lucha contra los cántabros, se convirtió en el año 680, en tiempos del rey godo Ervigio, en la capital del Ducado de Cantabria y posteriormente, hacia el 744, el rey asturiano, Alfonso I, se la mandó repoblar a su abuelo Rodrigo, primer conde de Castilla. En el 824 concedió carta de población a la villa palentina de Brañosera, en la que se habían refugiado numerosos «foramontanos« procedentes de las montañas de Cantabria, mediante la promulgación del famoso «Fuero de Brañosera«, que constituye, sin duda, la fuente que utilizó Nuño Rasura, cuando fue elegido juez, para confeccionar el «Fuero del Albedrío«, que independizó jurídicamente a Castilla de León.

«Villas y castillos tengo, todos a mi mandar son; dellos me dejó mi padre, dellos me ganara yo. Los que me dejó mi padre poblelos de ricos hombres, los que yo me hube ganado poblelos de labradores. Quien no había más que un buey, dable otro que eran dos; el que casaba su hija le daba yo rico don; Cada día que amanece por mí hacen oración…»

(Poema de F.G.)

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El legendario Juez probablemente murió en Burgos, hacia el año 862, a una edad muy avanzada para aquellos tiempos. En la fachada de la puerta de Santa María de dicha ciudad, se encuentra una estatua del conde con la siguiente inscripción: «Nunio Rasura civi sapientis. Civitatis Clipeo«.

Sobre el otro juez, Laín Calvo, encargado de los asuntos de la guerra, se conocen pocos datos biográficos, aunque genealógicamente se le tiene por descendiente del Duque de Cantabria, D. Fruela, yerno de Nuño Núñez Rasura, por su matrimonio con su segunda hija, doña Teresa Núñez y antepasado directo de Diego Laínez y Rodrigo Díaz, el Cid Campeador. Algunos cronistas apuntan que pudo nacer hacia el 798 en la localidad burgalesa de Villalaín, perteneciente al Alfoz de Villacaryo, donde se alza el monolito de «Fuentezapata«, lugar en el que, según la leyenda, se encontraba el estrado donde los recién nombrados jueces dictaban sus sentencias, pero lo más probable es que fuera una de sus fundaciones; otros apuntan hacia el pueblo de Castro Xeriz (Castrojeriz), al que hizo algunas importantes donaciones. En lo que casi todos los cronistas están de acuerdo es que era un personaje de fuerte carácter y temperamento combativo, más aficionado a las acciones militares que a las disquisiciones jurídicas, aunque siempre participó en todas las decisiones políticas que ambos jueces tomaron.

Siendo ya juez de Castilla, el 23 de mayo del 844 luchó al lado del rey de Asturias Ramiro I en la legendaria batalla de Clavijo (1), por tierras riojanas, en la que el Apóstol Santiago ayudó a los cristianos a derrotar las tropas de Abderramán II. En los años siguientes sus campañas militares por el condado castellano consiguieron liberar del dominio musulmán hasta veinticinco poblaciones, que pasaron a formar parte del Condado de Castilla.

Igualmente se ignora la fecha exacta de su muerte, aunque pudo ocurrir hacia el año 870 pero, si se acepta la leyenda, está enterrado en la ermita románica de Santa María del Torrentero, perteneciente a la citada localidad de Villalaín. Su estatua, junto a la de Nuño Rasura y Diego Rodríguez Porcelos, se encuentra en la fachada de la puerta de Santa María de la capital burgalesa, con la inscripción: «Laino Calvo fortiss. Civi Gladio Galeeque Civitatis»

En la Sala Capitular de dicha torre, donde durante muchos años se reunía el concejo de la ciudad, se puede apreciar una pintura en la que aparecen los dos jueces departiendo sobre los asuntos de su competencia.

Un hecho militar, desfavorable para los reinos cristianos, marca el comienzo de la rebeldía civil y militar de los condes castellanos contra sus señores, los reyes de León, y su imparable marcha hacia la total independencia: El poderoso califa de Córdoba, Abderramán III, a la cabeza de un formidable ejército, organizó una expedición militar que salió de Córdoba el 4 de julio del 920, con el objetivo de destruir y saquear el reino de Pamplona, tomando rápidamente la plaza de Calahorra.

El rey de Navarra, Sancho Garcés I, se había refugiado en Arnedo, esperando los refuerzos de leoneses y castellanos. El rey de León, Ordoño II, llegó a unírsele con sus tropas, pero los condes castellanos no dieron señales de vida, por lo que las fuerzas de la coalición cristiana quedaron bastante mermadas y en clara desventaja ante el enemigo. El primer enfrentamiento entre ambos bandos tuvo lugar en la localidad riojana de Viguera, donde los cristianos salieron derrotados; pero el total descalabro lo sufrieron al intentar cortar el paso de las tropas de Abderramán hacia Pamplona. El encuentro se produjo el 26 de julio del 920 en el valle de Junquera, a unos veinticinco kilómetros al sur de Pamplona, quedando diezmadas las huestes de los reyes cristianos, que tuvieron que emprender la fuga de nuevo, esta vez en dirección a la localidad navarra de Muez, en cuya fortaleza se refugiaron, pero no pudieron aguantar al acoso musulmán, que la arrasó, pasando a cuchillo a los escasos supervivientes. (2)

El rey Ordoño culpó de este desastre militar a los condes castellanos que le negaron su ayuda, sin duda porque veían con recelo la potencia militar que empezaba a alcanzar el joven reino navarro y sus ganas de expansión a costa de sus territorios fronterizos. Los condes tachados de desertores fueron: Nuño Fernández, tío de Fernán González, de la familia de los Lara; Fernando Ansúrez, de la familia de los Ansúrez y Munio Gómez, de la familia palentina de los Banu Gómez (algunos cronistas sustituyen a éste último por el conde Rodrigo Díaz, aunque es poco probable que así fuera).

De nuevo la leyenda vuelve a hacer su intromisión en los acontecimientos siguientes, pues nos cuenta que el rey Ordoño II, deseando vengarse de sus vasallos los condes, a los que consideraba traidores, les atrajo con engaños a un lugar llamado Tejar, a orillas del Carrión, donde los mandó apresar y ejecutar. (Este hecho no está históricamente confirmado, al menos en el caso del conde Fernando Ansúrez, que aparece citado en numerosas crónicas posteriores, aunque también es posible que se trate de otro conde del mismo nombre y de la misma familia). (3)

Un nieto de Nuño Rasura, el también legendario conde Fernán González, consiguió la independencia administrativa de Castilla, dejando el camino abierto para que, en pocos años, se consume su total separación del reino de León.

NOTAS:

Clavijo es una localidad riojana situada en las estribaciones de la Sierra de Cameros. Supuestamente, en el año 844 tuvo lugar una batalla entre las huestes del rey Ramiro I de Asturias y el caudillo árabe Abderramán II, cuyo objetivo era liberar a los cristianos del tributo e las 100 doncellas. La victoria se inclinó del lado cristiano gracias a la intervención a su favor del Apóstol Santiago. Para agradecérselo, el rey asturiano impuso a sus súbditos el «Voto de Santiago», que les obligaba a peregrinar al sepulcro del Apóstol, que había sido descubierto unos años antes.

Las tropas árabes todavía permanecieron por tierras navarras y riojanas, devastando y saqueando todos los enclaves cristianos de la zona, con objeto de abastecer y proteger sus dominios. La marcha de regreso a Córdoba fue dada el 26 de agosto, la expedición de castigo de Abderramán III había durado casi 3 meses.

A pesar de que la leyenda dice que los condes fueron apresados y ejecutados inmediatamente, parece más probable, a la vista de documentos y hechos posteriores, que fueran liberados al poco tiempo.

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