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1943: EL REGIMEN CELEBRA EL MILENARIO DE CASTILLA. -Por Francisco Blanco-

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“Mil años ya, Castilla, madre mía,

y tu frente de reina persevera

tan niña y tan clara como el primer día,

cuando a Santa María

rezabas desde el claustro de Valneras.

Castilla de la historia y geografía,

efímera del año y milenaria.

Castilla o Sobrespaña, en este día

a besarte venía

tu invisible mejilla planetaria”. 

Estos versos pertenecen al poema “Castilla Milenaria”, que el poeta santanderino, Gerardo Diego, uno de los destacados miembros de la “Generación del 27”, escribió para conmemorar el “Milenario de Castilla”, que se celebró en Burgos y provincia durante los meses de agosto y setiembre de 1943.

En España se vivían los años triunfales que siguieron a la victoria militar de Franco, en los que había que reconstruir una imagen de España acorde con las doctrinas del salvador Movimiento Nacional, en las que abundaban viejas resonancias imperiales, que identificaban la grandeza de la milenaria Castilla con la gloria de la nueva Sobrespaña que iba a surgir del Nuevo Régimen.

En realidad, la idea de la celebración del milenario nació en el seno de la Vicesecretaría de Educación Popular, un organismo de Falange creado en 1941, dependiente de la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda, cuya misión era doble, por un lado ejercía el control y la censura de todos los medios sociales de comunicación: prensa, radio, cines, libros, celebraciones populares, conferencias etc. y, por el otro, se encargaba de insertar en dichos medios toda clase propaganda ensalzando las excelencias del franquismo y las virtudes de sus dirigentes. Se trataba de consolidar el régimen franquista, partiendo de la “hora cero” que significó la victoria de 1939, para lo cual había que borrar para siempre el recuerdo de la República y su pluralidad democrática, implantando en su lugar una idea monolítica del concepto España, inmovilista e impermeable, destinada exclusivamente a colmar las aspiraciones políticas de los dirigentes del Nuevo Estado, para lo cual no dudaron en poner la historia de Castilla a su servicio.

Con este objetivo, en setiembre de 1943 la ciudad de Burgos, que había ostentado durante los años de la contienda la capitalidad de dicho Nuevo Estado, se convirtió en un magnífico escenario para la representación histórica del “Milenario de Castilla”, a la que asistieron desde las primeras filas sus más conspicuos representantes, civiles, militares y religiosos, encabezados por el general Franco, su nuevo e invicto Caudillo, tan solo comparable a aquel legendario burgalés, llamado Fernán González, o a aquel invicto guerrero, llamado Rodrigo Díaz de Vivar.

De nuevo Castilla, al igual que ocurriera con los “Regeneracionistas” del 98, se convirtió en el instrumento espiritual para dotar a España de una nueva identidad nacional, esta vez al más puro estilo fascista, bendecida por el nacional-catolicismo. La celebración del “Milenario de Castilla” debía de ser, en consecuencia, el impulso definitivo del nuevo renacimiento español.

Durante los años de la guerra, Burgos, como capital de la zona rebelde, tuvo la responsabilidad de mantener y fomentar la moral de la retaguardia, razón por la cual se prodigaron por sus calles los desfiles militares de carácter patriótico y en sus templos y conventos las misas y las rogativas colectivas, junto con otros actos políticos de carácter propagandístico. Cuando, tras la victoria final, en abril de 1939, los vencedores volvieron a trasladar el Gobierno a Madrid, el ajetreo cesó y la capital burgalesa retornó a la antigua placidez y monotonía de la vida de una pequeña ciudad provinciana, con el desencanto y la decepción de la clase dirigente local, que vio como se disipaban sus aspiraciones políticas. Por eso, la idea de la celebración del milenario, que ya había sido apuntada por el falangista cántabro Víctor de la Serna en 1938, fue acogida con entusiasmo por parte de la falange local burgalesa y el resto de los dirigentes, que vieron en ella la oportunidad de volver al primer plano de la actualidad política y recuperar parte del pasado prestigio, por lo que en febrero de 1943 se apresuraron a crear una Comisión Organizadora que se pusiera a elaborar el programa de los festejos, que debían de ser de gran repercusión nacional. Al frente de dicha comisión se puso el propio alcalde de Burgos, Aurelio Gómez Escolar, abogado y destacado falangista, que había tomado parte en la guerra con el grado de teniente. De su equipo municipal incorporó a Lucas Rodríguez Escudero, Presidente de la Comisión Municipal de Gobierno; Juan José Fernández-Villa y Dorbe, Secretario Municipal; Gonzalo Díez de la Lastra, Archivero del Ayuntamiento; Eloy García de Quevedo, Cronista de la ciudad; Luciano Huidobro, Cronista de la provincia.

De otras instituciones se integraron Pedro Avellanosa, diputado provincial y procurador en Cortes; el canónigo Emilio Rodero, Deán del Cabildo catedralicio; el sacerdote Bonifacio Zamora Usábel, afamado poeta y Delegado en Burgos de la Vicesecretaría de Educación Popular; los coroneles Lorenzo García y Enrique Vera, en representación del Ejército, el poeta y periodista Andrés Ruiz Valderrama, por entonces redactor del Diario de Burgos y Eladio Escudero, jefe provincial de la obra social “Educación y Descanso”. También contó la comisión con el apoyo incondicional de la revista falangista “Escorial”, cuyo director era otro destacado falangista burgalés, José María Alfaro.

A medida que esta comisión iba avanzando en la confección del programa, en el que al principio se dio preferencia a destacar los valores locales, la figura del fundador Fernán González y la exaltación histórica de Burgos como “Caput Castellae”, se fueron ampliando los objetivos de la conmemoración, para lo que se dio entrada a altos personajes del Régimen, como el también burgalés Carlos Rodríguez de Valcarcel, jefe nacional del SEU (Sindicato Español Universitario) (1), procurador de las Cortes franquistas y Consejero Nacional de Falange, a través del cual, en el mes de mayo la Comisión Organizadora pudo entrar en contacto con la Jefatura del Estado, consiguiendo del Ministerio de Educación el apoyo oficial para poder llevar a término la celebración del Milenario, incluyendo la financiación necesaria.

A partir de este momento, con las puertas totalmente abiertas al aparato fascista del Régimen, la Delegación Nacional de Prensa, dirigida por el falangista “camisa vieja” Juan Aparicio, puso en marcha una intensa campaña de prensa promocionando el proyecto del Milenario por toda España. También, durante este mes de mayo, una delegación de la Comisión, integrada por el alcalde Gómez Escolar, el periodista José María Alfaro y Fray Justo Pérez de Urbel (2), monje de Silos, procurador en Cortes y Consejero Nacional del Movimiento, que se había unido al proyecto a última hora, tuvieron una entrevista personal con el Jefe del Estado, general Franco, quien les felicitó por el proyecto, prometiéndoles su presencia en los fastos conmemorativos.

También se recabó la colaboración de intelectuales de la talla de Ramón Menéndez Pidal, historiador y filólogo, que había vuelto del exilio para incorporarse a la nómina de los adictos al Régimen, adoptando, eso sí, una postura estrictamente academicista. Se le pidió que compusiera y leyera la conferencia inaugural del Milenario y su aceptación fue una especie de espaldarazo a los postulados de exaltación nacionalista, que los intelectuales falangistas “puros” querían que presidiesen el ámbito ideológico de la celebración. De los intelectuales “oficiales” de la Falange también prestaron su colaboración personajes tan notables como Ernesto Giménez Caballero, José María Pemán, Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar y el ya citado Gerardo Diego.

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Por fin, las celebraciones del “Milenario de Castilla” dieron comienzo el 22 de agosto con una ceremonia celebrada en la Colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias, a la que solo acudieron los organizadores, precisamente ante el sepulcro del fundador “El Buen Conde Fernán González”, al que Giménez Caballero, en su exaltación ultranacionalista atribuyó todas las virtudes de la raza teutona, y bajo cuyo caudillaje se había construido Castilla, en una gesta que tenía notable parangón con la redentora cruzada del 18 de Julio de 1936. La ceremonia se selló con la celebración de una misa bajo el rito mozárabe, utilizado por los principales monasterios cristianos de aquellos siglos medievales, en los que guerreros y monjes luchaban juntos por conseguir la unidad de España. Antecedente claro, según el mismo Giménez Caballero, de la actual “Unidad de Destino en lo Universal”.

Finalizado el acto de Covarrubias, la comitiva se trasladó al Ayuntamiento de Burgos donde, desde uno de sus engalanados balcones, un heraldo ataviado con ropajes medievales anunció a los burgaleses allí reunidos la buena nueva de los fastos del Milenario, que iban a tener lugar entre los días 5 y 8 del próximo mes de setiembre. Burgos retrocedía mil años para reencontrarse de nuevo con su Historia.

En la calurosa tarde del 4 de setiembre, miles de burgaleses, a los que había que sumar un gran número de visitantes procedentes del resto de España, entre los que destacaban los más de dos mil jóvenes falangistas del “Campamento Sancho el Fuerte” de Pamplona, se apiñaban en sus engalanadas calles para aplaudir con entusiasmo la llegada del Caudillo, acompañado de un numeroso séquito en el que figuraban varios ministros y numerosos miembros de la jerarquía militar y eclesiástica que, después del triunfal recorrido por las calles de la ciudad, se dirigieron a la antigua residencia de Franco en el palacio de la Isla.

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En la mañana del día 5 los festejos se iniciaron con una solemne misa de pontifical celebrada en la Catedral, en la que Franco entró bajo palio, seguido de una numerosa corte ostentosamente uniformada para la ocasión. Fueron los oficiantes el cabildo en pleno, encabezado por el arzobispo de Burgos, Manuel de Castro y Alonso y el arzobispo de Toledo y primado de España, Enrique Plá y Deniel, que además era procurador en Cortes y Consejero del Reino y que había apoyado de forma incondicional, junto con otros altos jerarcas de la Iglesia, el golpe militar contra la República. La homilía corrió a cargo de otro ilustre invitado, el nuncio del papa Pío XII, monseñor Cicognani.

De esta forma, el aparato dirigente de la Iglesia Católica tendió nuevamente su mano protectora a aquel régimen surgido de una guerra civil, dando su bendición a toda aquella parafernalia fascista. Acto seguido, por las naves del templo catedralicio tuvo lugar una procesión de acción de gracias, integrada por las autoridades civiles, militares y religiosas allí presentes, que eran muchas.

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Por la tarde, en el campo Laserna, abarrotado por un numeroso y expectante público, tuvo lugar una multitudinaria representación medieval, en la que participaron más de 200 personajes ataviados con ropajes de la época y donde se vieron cabalgar caballeros medievales, lanza en ristre, practicando el milenario juego del bohordo; también hubo desfile de maceros, timbaleros y dulzaineros, ataviados con las vistosas dalmáticas; danzas populares y lectura de poemas del Romancero. Todo ello bajo el sol implacable de Castilla, que parecía encantado de animar con su resplandor aquel inusitado espectáculo.

Desde la tribuna de las autoridades presidieron la brillante representación el general Franco, su mujer y su hija. Les acompañaban un sinnúmero de autoridades, llegadas desde todas las provincias de España, para honrar con su presencia aquella histórica conmemoración. Entre los Ministros se encontraban el del Movimiento, José Luis Arrese; el de Educación, José Ibáñez Martín; el de Exteriores, Gómez Jordana; el de Obras Públicas, Alfonso Peña Boeuf; el de Justicia, Eduardo Aunós; el de Gobernación, Blas Pérez y otros muchos altos cargos del Ejército, la Iglesia y la Administración.

Para cerrar esta primera jornada triunfal, por la noche la Orquesta Municipal de Bilbao ofreció un concierto de gala en el Teatro Principal.

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Durante el día 6 tuvieron lugar unos Juegos Florales de los que fue Madrina de Honor la joven de 17 años, Carmen Franco Polo, también conocida por el cariñoso apelativo de “Nenuca”, hija única del Caudillo y su esposa Doña Carmen Polo. Comenzaron con la lectura, por parte de Ramón Menéndez Pidal, de su discurso “Carácter originario de Castilla”, en el que salieron a relucir las viejas esencias y virtudes del austero carácter castellano y su trascendencia en el posterior desarrollo de nuestra historia.

También, un numeroso grupo de falangistas, presididos por el Ministro Secretario General del Movimiento, José Luís Arrese, realizó una ofrenda floral ante la gran Cruz de los Caídos, erigida en la puerta del Sarmental de la Catedral, con mención especial a la memoria de José Antonio Primo de Rivera, el Gran Ausente, pero sin olvidarse de exaltar la figura salvadora del Caudillo, que junto con el Ejército y la Falange, formaban los tres pilares sobre los que se asentaba la unidad y la grandeza de la Nueva España.

Por su parte, el ministro de Educación Nacional José Ibáñez Martín, en una visita al Arco de Fernán González, construido en el siglo XVI, pronunció un discurso en el que declaró a Franco como el heredero de Fernán González, con quien le une su amor a Castilla y a España, que tan recientemente había asumido la transcendental tarea de defenderlas de sus seculares enemigos, para conducirlas después por las sendas del Movimiento y del Nacional Catolicismo.

Como no podía ser de otra forma, también fue ensalzada la no menos legendaria figura del Cid, el héroe burgalés y castellano por antonomasia, invicto guerrero implacable con los enemigos, pero siempre leal servidor de su señor natural, el rey de Castilla.
La Junta del Milenario acordó erigir una monumental estatua ecuestre en su honor al principio del puente de “los Trece Caballeros”, actual puente de San Pablo, enfrente del Teatro Principal y del Palacio de la Diputación. La obra fue encargada al notable escultor Juan Cristóbal y, tras algunas accidentadas peripecias, sería inaugurada diez años más tarde, en setiembre de 1953.
Por su parte, el Consistorio burgalés acordó por unanimidad nombrar “alcalde honorario” de Burgos al Jefe del Estado, general Franco, concediéndole al mismo tiempo la Medalla de Oro de la Ciudad.

Aparte de las ceremonias oficiales de carácter político-religiosas, cargadas de rituales propagandísticos, durante los días que duró la celebración del Milenario la ciudad de Burgos vivió en una continua fiesta popular, en la que no faltaron los desfiles por sus calles de los Danzantes y los Gigantones, encabezados por las populares figuras de los Gigantillos; las ferias de atracciones, los conciertos, las verbenas, los bailes, los fuegos artificiales y las corridas de toros; una de las cuales fue presidida por Franco y su esposa, acompañados, como siempre, por un nutrido grupo de jerarcas.

Los actos de la celebración del Milenario fueron ampliamente difundidos por toda la nación a través de los medios de difusión del régimen, especialmente por medio de la Red Nacional de Radiodifusión, e igualmente filmados por el Noticiario NO-DO, por lo que pronto fueron apareciendo en las pantallas de todos los cines españoles. También estuvieron presentes las cámaras de la Alemania nazi, que se ocuparon principalmente de filmar los actos oficiales.

El “Milenario de Castilla” fue, en definitiva, una cita entre el Medievo y el espectáculo de masas, en la que estuvieron presentes viejas y gloriosas efemérides históricas, cocinadas con rituales políticos al más puro estilo fascista. Los jerarcas del Nuevo Estado no dudaron en erigirse en “guardianes de la Historia”, depositarios de los destinos nacionales y guías en el presente caminar de nuestra patria ………”por el Imperio hacia Dios”.

NOTAS
• Además de Jefe Nacional del SEU, Carlos Mª Rodríguez de Valcárcel era el propietario del derruido Monasterio de San Pedro de Arlanza, fundado por el Conde Fernán González y centro religioso y cultural de aquella Castilla medieval. Durante las celebraciones del Milenario se iniciaron conversaciones entre Rodríguez de Valcárcel y el Ayuntamiento de Burgos, tanteando la posibilidad de la adquisición del Monasterio y sus terrenos por parte del municipio burgalés.

• Durante la estancia del Cuartel General de Franco en Burgos fue el director de la revista “Flechas y Pelayos” y asesor religioso y confesor de la Sección Femenina, instalada en el convento de las Clarisas y dirigida por Pilar Primo de Rivera. Desde 1958 fue el primer abad mitrado de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.

Paco Blanco, Barcelona, diciembre 2014

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BURGOS, 1936-1939: CAPITAL DE LA CRUZADA. Por Francisco Blanco.

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El lunes 20 de julio de 1936, tras el fácil triunfo de la rebelión militar en Burgos y el encarcelamiento del jefe de la VI División Orgánica, general Batet y de cuantos jefes y oficiales permanecieron leales a la República, el general de brigada D. Emilio Mola Vidal, jefe de la trama conspiratoria conocido como “el Director”, que acababa de llegar de Pamplona para asumir el mando rebelde, hizo llegar al pueblo burgalés, que había acogido con entusiasmo su llegada a la ciudad, el siguiente Bando:

“HAGO SABER: Que por exigirlo la imperiosa, ineludible e inaplazable por encima de toda otra consideración, la salvación de España en trance inminente de sumirse en la más desenfrenada situación de desorden, he resuelto asumir por mi autoridad el mando de las provincias de Burgos, Santander, Guipúzcoa, Álava, Navarra, Logroño y Palencia, que constituyen el territorio de esta División, en las que queda a partir de este momento declarado el estado de guerra………………”

Con este bando y las disposiciones que en él se detallaban, puede decirse que Burgos se convierte, “de facto”, en la capital de la zona sublevada.

A primeras horas del día 23 aterrizaba en el aeropuerto de Gamonal, procedente de Aragón, un bimotor en el que viajaba el veterano general Cabanellas, que fue recibido con honores militares por los también generales Mola, Saliquet y Dávila, a los que acompañaban el arzobispo de Burgos y las nuevas autoridades locales y provinciales.

La comitiva se dirigió hacia la Capitanía General de Burgos, situada en la plaza de Alonso Martínez, que ya se encontraba ocupada por una multitud de enfervorizados burgaleses que habían acudido a recibirles entre aplausos y gritos de adhesión.

Ese mismo día quedó constituida la Junta de Defensa Nacional, que iba a presidir y dirigir el destino de aquella España sublevada.

La Junta quedó presidida por el general de División D. Miguel Cabanellas Ferrer, en su calidad de ser el más antiguo en el escalafón; como vocales quedaron nombrados los generales D. Andrés Saliquet Zamora (1), D. Miguel Ponte y Manso de Zúñiga (2), D. Emilio Mola Vidal y D. Fidel Dávila Arrondo (3); el Estado Mayor quedó integrado por los coroneles D. Federico Montaner Carey y D. Fernando Moreno Calderón (4).

Sobre las seis de la tarde, con la Junta ya formada, sus integrantes, con el general Cabanellas a la cabeza, se asoman a los balcones de Capitanía para dirigir una arenga patriótica a la multitud apiñada a sus pies, que les aplaude y les aclama con entusiasmo, prorrumpiendo a su vez en gritos patrióticos de ¡Viva España! y ¡Viva el Ejército!.

Al día siguiente la Junta tomó una de sus primeras decisiones, al hacer despegar del aeropuerto de Gamonal un avión con destino a Roma, en el que viajaban Antonio Goicoechea (4), Pedro Sainz Rodríguez (5) y Luis de Zunzunegui, con la orden explícita de solicitar ayuda militar al régimen fascista de Mussolini, para poder continuar con la guerra civil que acababa de estallar en la dividida España. Con la llegada a Melilla el día 30 de julio de 7 aviones “Saviola 81” y al puerto de Vigo de un buque con 9 cazas “Fiat” y numeroso armamento, comienza la ayuda de las potencias del eje Berlín-Roma a la España sublevada. Ayuda que no cesaría hasta el año 1939, con la consumación de la derrota del ejército que había permanecido fiel a la II República española.

El 3 de agosto el general Cabanellas, como presidente de la Junta de Defensa, firma un decreto por el que nombra vocal de dicha Junta al general de División D. Francisco Franco Bahamonde, jefe del Ejército de Marruecos y del Sur de España.

La primera visita de Franco a Burgos se produjo el domingo 16 de agosto. Llegó a primeras horas de la mañana al aeropuerto de Gamonal, en un bimotor Douglas DC-1, con capacidad para 14 pasajeros, venía acompañado del general Kindelan y sus respectivos ayudantes.

La ciudad de Burgos se había engalanado para recibirles, sus calles estaban repletas de una multitud que aguardaba impaciente su llegada para vitorearles con entusiasmo; en muchos edificios colgaban de sus balcones la recuperada bandera rojo y gualda, sobre la que lucía el yugo y las flechas. El paroxismo llegó cuando Franco salió al balcón del Palacio de Capitanía a saludar a la multitud congregada en la plaza de Alonso Martínez, dirigiéndola una breve alocución en la que se refirió a la unidad que reinaba en la España nacional y su agradecimiento para el Ejército del Norte, los camisas azules y los boinas rojas, que tantas muestras de heroísmo estaban dando en aquellas transcendentales horas en las que estaba en juego el destino de España y de los españoles.

Después de desayunar, la Junta en pleno se dirigió a la Catedral para cumplir con sus obligaciones religiosas dominicales, asistiendo a una misa solemne oficiada por el arzobispo D. Manuel de Castro Alonso. Al finalizar la ceremonia la comitiva hizo el regreso a pie por el popular paseo del Espolón, enmarcado por dos hileras de un incontable gentío que les saludaba brazo en alto, al estilo fascista, entonando canciones patrióticas y vivas al Ejército, a España, a Cabanellas, a Mola y, especialmente, a Franco.

Por la tarde, la Junta de Defensa Nacional, todavía presidida por Cabanellas, permaneció reunida, deliberando sobre las campañas militares que se debían emprender para ganar aquella guerra que ellos mismos habían iniciado. A la mañana siguiente Franco y Kindelan regresaron a Sevilla en el mismo avión.

Pocos días después, el 30 de setiembre, Burgos volvía a estar de fiesta. La Junta había decidido conceder al general Franco omnímodos poderes, nombrándole Jefe del Gobierno del Estado español y Generalísimo de los Ejércitos de Tierra Mar y Aire.

La ciudad de Burgos engalanó de nuevo sus calles y los burgaleses volvieron a invadirlas para recibir a su nuevo caudillo, cuya llegada se esperaba sobre las 11 de la mañana, procedente de Valladolid. A la entrada de la plaza de Alonso Martínez por la calle de Laín Calvo se había instalado una gran pancarta de recibimiento, que decía lo siguiente:

“BURGOS, CABEZA DE CASTILLA, CAPITAL DE ESPAÑA, ABRAZA A LOS HÉROES. ¡VIVA EL EJÉRCITO! ¡ARRIBA ESPAÑA! ¡VIVA ESPAÑA!”

La comitiva, encabezada por un automóvil en el que viajaban Franco y Mola, fue aclamada de forma incesante por una multitud enardecida, que no cesaba de aplaudirla y vitorearla. En las escalinatas del Palacio de Capitanía les esperaban el general Cabanellas y el resto de la Junta, también se encontraban los generales Álvarez Arenas y Gil Yuste, y el jefe de la División de Burgos, general Benito. Las tropas de guarnición en Burgos rindieron honores militares a los ilustres visitantes, al son de una marcha militar. Acto seguido, Franco y Cabanellas se fundieron en un efusivo abrazo.

La ceremonia de la toma de poderes tuvo lugar al día siguiente, 1 de octubre, en el Salón del Trono del Palacio de Capitanía, en presencia de todas las autoridades eclesiásticas, civiles y militares. Por parte de la Corporación municipal, el alcalde Sr. García Lozano ofreció a Franco el apoyo incondicional de la capital burgalesa. Llegado el momento de los discursos, el Presidente de la Junta, general Cabanellas, fue el primero en hacer uso de la palabra, dirigiéndose al nuevo Generalísimo: “En nombre de esta Junta que represento, os entrego los poderes de que ella está investida….En V. E., soldado de cepa, se conjugan todas las virtudes de la raza y bajo vuestro mando la victoria está asentada entre nosotros….. ¡Arriba España! ¡Viva España! ¡Viva el Jefe del Estado español!…..”. Finalizada la unánime ovación con que fueron premiadas sus palabras por parte de los allí congregados, le llega al turno al general Franco, cuya emocionada respuesta fue la siguiente: “Mi general, generales y jefes de la Junta, podéis sentiros orgullosos de vuesra obra, recibisteis unos pedazos de España y me entregáis una España firme y unida. Os alzasteis en vuestra guarniciones para desplegar la verdadera bandera de España y defender las sagradas tradiciones de nuestro pueblo y de la civilización occidental, atacada por las hordas rojas de Moscú ¡Ponéis en mis manos España! Mi pulso será firme y mi mano no temblará. Estoy dispuesto a llevar a buen término la tarea que me encomendáis o a morir en el empeño, derramando mi sangre por España. Vosotros seguiréis a mi lado. ¡Cuento con vosotros, mis bravos soldados! Y cuento con mis bravos legionarios, falangistas y requetés, dispuestos igualmente a derramar la sangre por la patria amenazada. Juntos y unidos alzaremos de nuevo a España al alto lugar que siempre le ha correspondido en la Historia. ¡Arriba España!

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Las palabras del nuevo Caudillo español provocaron el entusiasmo de la entregada audiencia, que rompió en una estruendosa ovación, acompañada de los gritos de ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!

Afuera, la plaza de Alonso Martínez continuaba repleta de una multitud ansiosa por saber lo que estaba ocurriendo en la Sala del Trono. Finalmente, Franco tuvo que salir al balcón, esta vez en solitario, para recibir el aplauso y el fervor de los burgaleses, que le aclamaron al grito de ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!…………….

Desde este momento, aquella España, que los que se habían levantado contra la República llamaban “nacional”, tenía un Caudillo, un Generalísimo, un Jefe de Estado que se puso al frente de lo que ya se empezaba a llamar “El Glorioso Movimiento Nacional”, cuyo proyecto era construir un “Nuevo Estado” que devolviese a España sus viejas glorias. Para ello, era preciso llevar a cabo una auténtica cruzada contra la terrible acechanza del socialismo, el comunismo, la masonería y el ateísmo. Para esta ardua tarea contaban con el complacido beneplácito de la Iglesia española, que no dudó en apoyarla públicamente desde el púlpito de las iglesias.……………..La capital de ese Nuevo Estado y de esa Cruzada iba a ser Burgos.

Con la capitalidad se empieza a instalar en Burgos todo el aparato burocrático del Nuevo Estado. Muchos edificios públicos y privados se convierten en las nuevas sedes de los nuevos Ministerios y Organismos oficiales, como la Jefatura del Movimiento y el Ministerio de Agricultura, que se instalan en el Ayuntamiento, bajo la dirección de Raimundo Fernández Cuesta, obligando al nuevo alcalde, Manuel de la Cuesta, a trasladar su despacho al cercano Círculo de la Unión del paseo del Espolón, donde a partir de entonces también se celebraron los plenos municipales. En el Palacio de la Diputación se establecen el Ministerio del Interior, la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda y la redacción de Radio Nacional, todo bajo el control de Serrano Súñer. La Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera se instaló en un convento de clausura cercano al Palacio de la Isla. En el edificio del Ayuntamiento también se establece la Junta Técnica del Estado, bajo la dirección del general Dávila, que asume las funciones de Ministerio de Industria. El histórico Palacio del Condestable, popularmente conocido como “la Casa del Cordón”, pasa a ser la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores y el Palacio de la Audiencia acoge al Ministerio de Hacienda……………..

A imitación del nazismo y el fascismo, también se suceden todo tipo de masivas celebraciones, de carácter militar, religioso y político principalmente, en las que predomina la ideología fascista del aparato propagandístico de la Jefatura del Movimiento, todo orquestado desde los medios de prensa y radio locales, como “El Diario de Burgos”, “El Castellano”, Radio Castilla y más tarde Radio Nacional, totalmente controlados por la Falange. Todo ello con el propósito de legitimar aquel régimen militar, buscando el mayor consenso por parte de la población civil.

Cuando Serrano Súñer (7) se hace cargo del Ministerio de la Gobernación, en diciembre de 1938, se apresura a crear las Delegaciones Nacionales de Prensa y Propaganda, cuyo objetivo prioritario era establecer una España oficial, mediante el control de todos los medios de comunicación, difusión y propaganda, encauzando ideológicamente cualquier tipo de manifestación de carácter social, cultural, festivo, popular…………., llegando incluso a establecerse un nuevo calendario de fiestas oficiales.

Como no podía ser de otra forma, las primeras adhesiones al régimen de Franco llegaron de los regímenes totalitarios de Italia y Alemania. El 18 de noviembre de 1936 los Gobiernos del Hitler y Mussolini reconocen oficialmente a la España de Franco. La noticia la hace pública el día 19 la Secretaría de Relaciones Exteriores de Franco, que suplía las funciones de Ministerio de Asuntos Exteriores. El III Reich ha enviado su embajador, el barón Von Storher, a Salamanca, donde se encuentra el Cuartel General de Franco. En Burgos, al conocerse la noticia un numeroso gentío se ha concentrado en la Plaza Mayor y en otros puntos de la ciudad, lanzando vivas a Alemania, Italia, España, Hitler, Mussolini y Franco. En marzo de 1937 llega a Salamanca Roberto Cantalupo, embajador del Duce.

“Una eficaz acción de gobierno, cual está realizando el Nuevo Estado español, nacido bajo el signo de la unidad y grandeza de la Patria, requiere supeditar al bien común cualquier tipo de interés individual o colectivo…………….”

Así daba comienzo el Decreto nº 259, dado por Franco en Salamanca, el 19 de abril de 1937, difundido el día 20 por Radio Castilla de Burgos y Radio Nacional de España, por el cual se unificaban, política y militarmente, las milicias de la Falange y los Requetés, dando paso a una nueva organización denominada Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S.(8), que queda bajo el mando personal y único del general Franco. Con esta disposición Franco acapara todos los poderes del Estado, consolidando su mando único y reforzando su caudillaje, tanto político como militar.

La ceremonia de confirmación oficial de este decreto tuvo lugar unos meses más tarde, el 2 de diciembre de 1937, en la Sala Capitular del Monasterio de las Huelgas, presidida por el propio Caudillo, quien ante los Santos Evangelios, sobre los que se había colocado la cruz de la batalla de las Navas de Tolosa, con el Primado de España, cardenal Gomá como testigo, pronunció el siguiente juramento:

“Ante Dios juro darme siempre al servicio de la Unidad, la Grandeza y la Libertad de España, vivir con la Falange Española Tradicionalista en hermandad y conducirla como Jefe. En el nombre de Dios juro darme en servicio con exactitud y vigilancia, con milicia y sacrificio de la misma vida por la Grandeza Imperial de España”.

Acto seguido, el Secretario General del Consejo Nacional del Movimiento, Raimundo Fernández Cuesta, da lectura al juramento de lealtad del Consejo:

“¿Juráis lealtad a nuestro Caudillo, fidelidad estricta a sus mandatos, custodia a su persona y entregaros en hermandad cristiana a los demás miembros del Consejo Nacional?”

Todos los Consejeros, con su Secretario General a la cabeza, desfilaron ante Franco y los Evangelios, y con su mano derecha sobre ellos pronunciaron su juramento: “Así lo juro en el nombre de Dios sobre los santos Evangelios”.

En agosto de 1937, el nuevo Estado del Vaticano, reconocido recientemente por Mussolini, también reconoce de facto el Gobierno de Burgos, mediante un telegrama que Su Santidad Pío XI, gran enemigo también del comunismo y el socialismo, remite al general Franco en los siguientes términos: “Elevando nuestra alma a Dios, agradecemos a Él, sinceramente con Vuestra Excelencia, por la victoria de la España Católica”.

La adhesión del episcopado español al nuevo régimen político surgido del alzamiento militar del 18 de julio de 1936, y su posterior bendición a lo que calificaron como “Cruzada de Liberación”, quedó así plenamente refrendada por la máxima e infalible autoridad del Sumo Pontífice de Roma. Pío XI fallecería en Roma el 11 de febrero de 1939. En el Solio Pontificio se sentaría su sucesor Pío XII, que se manifestó contra el nazismo y también contra el comunismo, pero que reconoció explícitamente el régimen de Franco, con el que en 1953 firmo un Concordato que concedía carácter de legitimidad al “Nacional-catolicismo” implantado oficialmente en España.

El día 3 de enero de 1938 Franco se decidió a nombrar lo que podría denominarse como su primer Gobierno de carácter formal, en el que dio cabida a los más conspicuos representantes de las corrientes políticas que seguían presentes en aquella España ultra nacionalista. Entre los monárquicos, eligió al general Jordana como ministro de Asuntos Exteriores y a Andrés Amado como ministro de Hacienda; el conde de Rodezno como ministro de Justicia y Pedro Sáinz Rodríguez de Educación Nacional, representaban a la Comunión Tradicionalista; el falangista González Bueno se convirtió en ministro de Trabajo y el “camisa vieja”, Raimundo Fernández Cuesta siguió como Secretario General del Movimiento, además de ministro de Agricultura; el general Martínez Anido, ministro de la Gobernación con Primo de Rivera, pasó a ser ministro de Orden Público; su concuñado, Ramón Serrano Súñer, que había conseguido evadirse de la “zona roja”, pasó a ser ministro de la Gobernación, convirtiéndose en realidad en su hombre de confianza y consejero más directo; a su paisano y viejo amigo, Juan Antonio Suanzes, le nombró ministro de Industria y Comercio; la fidelidad de su incondicional general Fidel Dávila fue premiada con el Ministerio del Ejército; el único tecnócrata de este Gobierno fue el ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, Alfonso Peña Boeuf, a quien Franco nombró ministro de Obras Públicas. Se echó en falta la notable ausencia del general Mola, que había fallecido el 3 de junio de 1937, en un fatídico accidente de aviación ocurrido en el pueblo burgalés de Alcocero, a unos 30 km. de Burgos, en una mañana de niebla cuando se dirigía con su Estado Mayor a la capital burgalesa.

El escenario donde estos nuevos prohombres de la Patria juraron su cargo fue de nuevo la Sala Capitular del Monasterio de las Huelgas, en una ceremonia que Serrano Súñer definió como “íntima, ferviente y devota, como una vigilia en armas”. En esta ocasión, el acto se cerró en el claustro con un vino español, acompañado por las tradicionales pastas de yema de huevo, elaboradas por las propias monjas del Monasterio. El primer Consejo de Ministros se celebró aquella misma tarde en el Palacio de la Isla, residencia oficial de Franco y su familia, incluida la de su cuñado Serrano Súñer, en la capital burgalesa.

De este Gobierno empezaron a surgir las “Leyes Fundamentales”, por las que se iba a regir España durante los siguientes 40 años. Una de las primeras que se promulgó fue el “Fuero del Trabajo”, aprobado el 9 de marzo de ese mismo año.

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Para estas fechas, el desarrollo de la guerra era claramente desfavorable para el Ejército de la República. El Pacto de No Intervención, firmado en agosto de 1936 por 27 países europeos, entre los que se encontraban Alemania, Italia y Portugal, que no cesaron de apoyar a la España sublevada con envíos de hombres y armamento hasta el final de la contienda, habían dejado aislada a la República española, que solo pudo contar con los voluntarios de las Brigadas Internacionales que se negaron a marchar, y los envíos militares de Rusia, cada vez más escasos. La inferioridad logística entre ambos ejércitos se hizo tan evidente, que las posibilidades de una victoria republicana cada vez eran más remotas.

En el mes de julio de 1938, tratando de equilibrar la marcha de la guerra, la República lanza una desesperada ofensiva en la parte baja del valle del Ebro, por las provincias de Zaragoza y Tarragona, que ha pasado a nuestra historia militar como “La Batalla del Ebro”, que se prolongó hasta el mes de noviembre, acabando con la victoria de las tropas de Franco, aunque ambos contendientes sufrieron enormes pérdidas, tanto en vidas humanas: se calcula una cifra aproximada de 100.000 muertos entre los dos bandos, como en material bélico, cuyo valor resulta prácticamente incalculable; la aviación republicana quedó totalmente destruida y 20.000 combatientes republicanos cayeron prisioneros.

El propio Presidente Negrín, en el mes de setiembre reconoce la imposibilidad de ganar la guerra y apunta, como posible solución al conflicto español, una conciliación política entre las partes contendientes, para lo cual se muestra dispuesto a ordenar un alto el fuego a sus tropas. Pero la respuesta del Gobierno de Burgos no puede ser más tajante: “El Gobierno Nacional de España no aceptará jamás como fin de la guerra otra solución que no sea la rendición sin condiciones del enemigo. Toda campaña o sugerencia en sentido contrario representa una eficaz ayuda a la destrucción de España, que no otra cosa supondría cuanto desvirtuase en lo más mínimo el triunfo rotundo del Ejército Nacional. Al realizar esta declaración, el Gobierno no hace sino reconocer fielmente los anhelos de una Nación que está defendiendo heroicamente sus esencias históricas”.  

Así de rotundo y de seguro se siente el general Franco de su victoria final sobre los enemigos seculares de la España inamovible y eterna, a la que está dispuesto a conducir personalmente “por el Imperio hacia Dios”. Respuesta, por otro lado, muy parecida a la que había dado el cardenal Isidro Gomá en una de sus intervenciones en el Congreso Eucarístico de Budapest, celebrado el pasado mes de mayo: “Paz, sí. Pero cuando no quede un adversario vivo”. Tanto para Franco como para el Cardenal, la paz significaba el total aniquilamiento del enemigo.

El 1 de octubre, Burgos volvía a celebrar entusiásticamente “el día del Caudillo”, con ostentosas manifestaciones callejeras de un nacionalismo triunfalista y vociferante. Desde los órganos de propaganda del Régimen, a través de la prensa, la radio y miles de octavillas panfletarias se intentó llegar a los restos de la España republicana un mensaje en el que se mezclaba la burla con la esperanza:

“En la España nacional, una, grande y libre, no hay un hogar sin lumbre ni una familia sin pan. Vuestros jefes exportan las cosechas y malgastan el oro en propagandas calumniosas o en comprar armas con que prolongar vuestra agonía. La España nacional siente la angustia que padecéis y os envía una muestra de su recuerdo para los niños, las mujeres y los ancianos. Todo es mentira, todas las propagandas rojas. Éste el pan de cada día en la España de Franco, el que guardamos en nuestros graneros para compartirlo el día de la liberación con los hermanos católicos”.

Durante este mes de octubre embarcaron en Cádiz, rumbo a Italia, los últimos 10.000 voluntarios italianos que habían luchado junto a las tropas de Franco.

La política social del Régimen, propiciada por la reciente entrada en vigor del “Fuero de Trabajo”, no tardó en ser utilizada por el aparato propagandístico fascista como un gran logro de la Justicia Social de Franco para la clase obrera española.

En el mes de marzo de 1939, con la guerra prácticamente finalizada, se organizó en el mismo Palacio de la Isla, residencia familiar de los Franco, el acto de entrega a treinta y siete matrimonios españoles con familia numerosa, de un sobre con el importe del correspondiente Subsidio Familiar, que el propio Franco les entregó personalmente, interesándose al mismo tiempo por la marcha de su trabajo y sus necesidades familiares; estuvieron presentes Doña Carmen Polo, su hija Carmencita y el resto de la familia, acompañada por la jefe de la Sección Femenina, Pilar Primo de Rivera, quienes también departieron amigablemente con los matrimonios beneficiados. Estuvieron igualmente presentes el Arzobispo, varios ministros y las principales autoridades municipales y civiles, junto con un nutrido grupo de fotógrafos, reporteros y operadores del NODO, que captaron el acto para su posterior difusión a mayor gloria del Nuevo Estado. Tanto los jardines de Palacio como los alrededores del Paseo de la Isla se llenaron de una multitud de burgaleses pendientes del acto, al que premiaron en varias ocasiones con fuertes aplausos.

El Ayuntamiento había considerado a aquellas familias como huéspedes de honor de la ciudad, buscándoles alojamiento en las casa de otros tantos trabajadores burgaleses y obsequiándoles por la tarde con una merienda en el Hotel Condestable, seguida de una película en el cercano Cine Avenida.

El último parte de guerra llegó a los burgaleses el día 1 de abril de 1939, a través de los micrófonos de Radio Nacional de Burgos, en la voz emocionada del locutor Fernando Fernández de Córdoba, que le anuncio haciendo tañer un gong, seguido de un toque de silencio:

“Último parte: La guerra ha terminado. En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, primero de abril de 1939. Año de la Victoria.

El Parte estaba firmado por el Jefe del Estado, general Franco, que precisamente aquel día se encontraba en cama, convaleciente de una ligera enfermedad.

Aquel Movimiento Nacional que la España rebelde había iniciado el 18 de julio de 1936 había conseguido una aplastante victoria militar. Su primer objetivo se había cumplido. A partir de aquí, España se iba a convertir en ¡Una, Grande y Libre!.

Desaparecido el obstáculo que representaba la subsistencia del gobierno republicano, el gobierno de Burgos pone abiertamente en marcha su política imperialista pro eje Roma-Berlín, haciendo público un tratado firmado en la capital burgalesa el 27 de marzo, días antes de dar por finalizada la guerra, por el cual España se adhería al pacto anticomunista, suscrito por el Imperio del Japón, la Alemania nazi de Hitler y la Italia fascista de Mussolini. El protocolo de este Pacto Antikomintern lo firmaron el ministro español de Asuntos Exteriores, conde de Jordana, el embajador de Alemania, barón Von Stohrer, el embajador italiano, conde de Campalto y el ministro del Japón, Mañotu Yaño. Su objetivo era asegurar la colaboración de los países firmantes contra cualquier tipo de injerencia de la Internacional bolchevique, al tiempo que se estrechaban las relaciones de amistad entre los países firmantes y para que sirviera de advertencia a las potencias occidentales. Queda así formado el eje Berlín-Roma-Burgos-Tokio. Tanto el Führer como el Duce, felicitaron personalmente a Franco por unirse a dicho pacto.

Por si resultara insuficiente, la postura política del Gobierno de Burgos con respecto a Europa queda perfectamente clarificada en el mes de mayo, al pedir oficialmente el ministro de Asuntos Exteriores Sr. Jordana, la salida de España de la Sociedad de Naciones.

Con la práctica desaparición de las operaciones militares, la actividad política del Nuevo Estado se multiplica, con Burgos como escenario y los burgaleses como privilegiados espectadores de primera fila. En el Palacio de la Isla se suceden los Consejos de Ministros, así como las reuniones en Capitanía, el Ayuntamiento, la Diputación y las sedes de los distintos Ministerios y Sindicatos. También comienzan a llegar los Embajadores de los diferentes países que empiezan a reconocer el nuevo Estado surgido de la victoria del 1º de abril, como Perú y los Estados Unidos, a los que se les recibe con toda clase de honores en solemnes recepciones, siempre en medio de un caluroso entusiasmo popular. También son frecuentes los homenajes falangistas a sus héroes caídos en la lucha contra las hordas rojas, con especial preferencia hacia la figura del protomártir José Antonio, todos dentro del marco de una parafernalia fascista de “camisas viejas” con el brazo en alto, cantando el “Cara al Sol” y gritando consignas rematadas con el grito unísono y fervoroso de: “Por Dios, España y su Revolución Nacional Sindicalista”. De Italia llegó el conde Ciano, que fue recibido por su amigo Serrano Súñer e invitado a comer por el Generalísimo; a su paso por las calles de Burgos recibió un rendido homenaje de fervor por parte de los miles de burgaleses que acudieron a recibirle. Al día siguiente, acompañado por el general Dávila y otras autoridades, acudió a visitar el Monumento erigido en el alto del Escudo a los legionarios italianos caídos en la batalla de Santander (9), depositando una ofrenda de coronas de flores en la capilla del anexo cementerio.

En el mes de agosto, al regresar a Burgos de su estancia veraniega en San Sebastián, el Jefe del Estado y del Gobierno, general Franco, decide remodelar su Consejo de Ministros, para adecuarlo a los nuevos tiempos de gloria que se avecinan, formando lo que se denominó como el “Gobierno de la Paz”.

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Con más presencia de militares, pero menos monolítico y monocolor que el anterior, bajo la presidencia indiscutible del general Franco el día 11 de agosto el nuevo Gobierno quedó constituido de la siguiente manera: La Secretaría General del Movimiento pasa a manos del general Muñoz Grandes; Juan Beigbeder Atienza se convierte en el nuevo ministro de Asuntos Exteriores; el general Juan Yagüe Blanco, compañero de armas del Caudillo, es nombrado ministro del Aire; el general Varela se convierte en ministro del Ejército y el vicealmirante Salvador Moreno en ministro de Marina; Esteban Bilbao Eguía es el titular del nuevo Ministerio de Justicia; se unifican los Ministerios de Agricultura y Trabajo, que pasan a manos de Joaquín Benjumea; José Ibáñez Martín pasa a ser ministro de Educación Nacional; la Cartera de Hacienda es para José Larraz López y la de Industria y Comercio para Luis Alarcón de la Lastra; Ramón Serrano Súñer y Alfonso Peña Boeuf siguen siendo los titulares de Gobernación y Obras Públicas, respectivamente; el nuevo Gabinete se completa con los ministros in cartera Rafael Sánchez Mazas y Pedro Gamero del Castillo.

La autoridad de su cuñado Serrano Súñer salió también reforzada con el nombramiento adicional de Jefe de la Junta Política.
Por estas fechas Europa se encuentra en estado pre bélico y de máxima expectación, ante las ambiciones imperialistas de la Alemania nazi, que pretende anexionarse el territorio fronterizo de Dantzig. El conflicto bélico estalla el día 1 de setiembre, con la entrada en Polonia por varios sitios de tanques y tropas nazis y el bombardeo de Varsovia por la aviación alemana. Francia responde inmediatamente declarando la guerra a Alemania, imitándola poco después Gran Bretaña y la mayoría de los países de la Commonwealth.
Ante la gravedad de la situación, el Gobierno de Franco se apresura a declararse oficialmente neutral, mediante la publicación del siguiente decreto:

“Constando oficialmente el estado de guerra que, por desgracia, existe entre Inglaterra, Francia y Polonia, de un lado, y Alemania de otro, ordeno por el presente decreto la más estricta neutralidad a los súbditos españoles, con arreglo a las leyes vigentes y a los principios del Derecho Público Internacional”.

Dado en Burgos, a 4 de septiembre de 1939. Año de la Victoria.

Firmado: FRANCISCO FRANCO”. España, al menos operativamente, se mantenía fuera del conflicto.

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Después de la profunda remodelación de su Consejo de Ministros, a Franco no le queda otra opción que remodelar igualmente el Consejo Nacional del Movimiento, cosa que lleva a cabo el 26 de setiembre, con la misma solemnidad y en el mismo escenario donde tuvo lugar el nombramiento del primero, en diciembre de 1937:

En la Sala Capitular del Monasterio de las Huelgas los nuevos Consejeros Nacionales juran su cargo ante el Generalísimo Franco. En esta ocasión la asistencia a la solemne ceremonia es mucho mayor, pues además de las consabidas jerarquías militares, civiles y eclesiásticas y de numerosos invitados, están presentes el Gobierno en pleno y el Cuerpo Diplomático acreditado en Burgos, destacando la presencia del embajador de Francia, mariscal Petain, al lado del embajador de Alemania barón Von Stohrer. Franco hizo su entrada en el recinto bajo palio, como ya era habitual en este tipo de actos religiosos, acompañado por el Cardenal Primado, el Arzobispo de Burgos y la Abadesa del Monasterio. Tras la ceremoniosa misa de Espíritu Santo, los nuevos consejeros de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, encabezados por Ramón Serrano Súñer, pronunciaron la fórmula ritual del juramento a los principios del Movimiento. Al finalizar el acto, Franco impuso al arzobispo de Burgos, doctor Castro, la Gran Cruz del Yugo y las Flechas y se entonó el “Cara al Sol”.

También con más pompa y fastuosidad si cabe que en años anteriores, el 1 de octubre se vuelve a celebrar en Burgos la Fiesta del Caudillo, para conmemorar el tercer aniversario de la proclamación del general Franco como Jefe del Estado. Para ello, las calles de la ciudad han sido engalanadas con profusión de banderas y gallardetes y en muchas ventanas, balcones y miradores cuelgan banderas nacionales y del Movimiento, luciendo los nuevos símbolos del águila imperial y el yugo y las flechas. La fiesta comenzó en la Catedral, en la que Franco entró bajo palio, siendo recibido por el Arzobispo, que se encargó de presidir la ceremonia religiosa en su honor, a la que asistieron los ministros del Gobierno, los consejeros nacionales, los jefes militares, las autoridades burgalesas, el cabildo catedralicio y las representaciones extranjeras que habían dado su placet al nuevo Estado español, destacando la presencia del Nuncio de Roma. Después de la ceremonia, Franco, escoltado por su Guardia Mora y jaleado por el aplauso y los vítores de miles de burgaleses que habían llenado de nuevo las calles para mostrarle su adhesión, se trasladó a Capitanía, donde tuvo lugar la recepción oficial.

“Cinco palabras que resumen

todo un ingenio y noble afán.

en el desfile luminoso,

en la parada militar,

hombres y mujeres a codazos:

¡Vamos a ver al General!”

(J.Mª Pemán) 

¡El Gobierno se marcha a Madrid! En el último Consejo de Ministros celebrado en el Palacio de la Isla, el Gobierno, prácticamente por unanimidad, decide trasladar la capitalidad de la nueva España a la reconquistada ciudad de Madrid.

Hay que preparar la despedida y el alcalde, Florentino Martínez Mata (10), hace un llamamiento a todos los burgaleses para que acudan a despedir a Franco de forma masiva y cariñosa.

En la mañana del 19 de octubre, el Ayuntamiento y la Diputación en pleno se presentan ante S. E. para rendirle homenaje y manifestarle su incondicional adhesión, al mismo tiempo que le ofrecen, como regalo de despedida y en señal de gratitud, el Palacio de la Isla. El alcalde de la ciudad castellana se comprometió también a conservar aquel palacio tal como se encontraba, tras haber sido usado como residencia del general desde los comienzos de la Guerra Civil; desde allí dirigió y enderezó el curso de la guerra hasta la victoria final. El invicto general, después de manifestar que “.. .he pasado en este despacho los días más difíciles y decisivos de la Historia de España. Vinimos para dirigir y enderezar desde aquí la guerra en el Norte, en Levante y en el Sur, y aunque no he podido disfrutar de las delicias de esta ciudad, he apreciado en todo momento el cariño y entusiasmo de este noble pueblo burgalés, del que marcho altamente agradecido”, aceptó el ofrecimiento, prometiendo volver a pasar en él alguna temporada, mostrándose sumamente agradecido por la generosidad y nobleza del pueblo burgalés.

Sobre las tres de la tarde, el Caudillo, con el uniforme de Capitán General, acompañado del jefe de su Casa Militar, general Moscardó y seguido de una larga comitiva, abandonó el Palacio de La Isla y se dirigió lentamente hacia la carretera de Madrid, por unas calles profusamente engalanadas con banderas, gallardetes y pancartas, llenas de una entusiasmada muchedumbre que la despedía con los gritos fervorosos de ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco! y ¡Viva España! ¡Arriba España!

Burgos dejaba de ser capital de la Cruzada y el Palacio de la Isla tan sólo volvió a abrir sus puertas para recibir a su nuevo propietario en las esporádicas visitas que efectuaba a la capital castellana.

”… y la ciudad, como al Caballero de Vivar, le dio como presente el corazón y hoy le dice: “Caudillo, aquí está Burgos, Gloria a Dios en las Alturas y alabanza a ti, Salvador de España”. (Diario de Burgos. 19.10.1939).

El 20 de octubre, Burgos dejaba de ser la capital del Nuevo Estado para volver a recuperar el pulso de lo que había sido antes del 18 de julio del 36, una capital de provincia en la que la vida transcurría sin demasiados sobresaltos, cuyo pulso lo marcaba el tañer de los miles de campanas de sus iglesias y conventos.

En 1936 Burgos era una ciudad de 40.000 habitantes y en 1939 pasaban de 100.000, pero sus infraestructuras seguían siendo las mismas, no se habían creado nuevos espacios para asimilar semejante crecimiento, lo que quiere decir que durante los tres años de guerra se había improvisado casi todo, tomando medidas sobre la marcha, para solucionar problemas que también surgían sobre la marcha. Pero tanto las instituciones locales como la población burgalesa se habían volcado en asumir con dignidad y orgullo el papel de capitalidad que les había tocado representar.

Ahora llegaba la resaca, ya anunciada por el propio general Franco en su discurso de despedida: “…..ahora, de momento, sufriréis las consecuencias de la resaca producida por la marcha de los órganos oficiales que aquí se instalaron durante la guerra……” y, lógicamente, el desencanto de ver como se esfumaban las ilusiones de una parte de la oligarquía burgalesa de ver convertida su ciudad en la auténtica capital de España.

El Ayuntamiento se había endeudado atendiendo las numerosas necesidades económicas que generaba el mantenimiento del aparato burocrático, administrativo y doméstico del Régimen. La angustiosa situación económica ya se había planteado en algunos plenos municipales por parte de los concejales Sres. Echevarrieta y Ávila, que habían propuesto solicitar ayuda económica al nuevo Estado, para paliar, al menos en parte, los importantes gastos que el mantenimiento de la capitalidad estaban ocasionando al municipio, cuyas arcas estaban prácticamente vacías. La respuesta del por entonces alcalde en funciones, Sr. Martínez Lostau, fue siempre la misma o parecida: “….que se hubiera dicho de la corporación si por cicatería no se hubieran realizado obras de adaptación para los organismos oficiales, máxime en estos momentos en que Burgos, como capitalidad del Nuevo Estado, recibe constantes visitas de todas partes, y es lógico que con la resonancia mundial que su nombre ha alcanzado se encuentre compensación sobrada….”

En el pleno municipal del 27 de mayo de 1939, presidido por el recién nombrado alcalde, Florentino Martínez Mata, acompañado por los también recién nombrados tenientes de alcalde, señores Díaz Reig, Conde, Rodríguez, Carazo y Martín Cobos, todos ellos “camisas viejas”, que habían colaborado desde el principio con el Glorioso Movimiento Nacional, después de aceptar las cuentas del consistorio saliente, se tomaron diversos acuerdos para hacer frente al pago de la deuda y sus intereses, que representaba más de un tercio del presupuesto municipal, y también para comprar el Palacio de la Isla (12), que el Consistorio pensaba regalar a Franco en nombre de la ciudad. Para ello, se acordó solicitar un crédito de 1.100.000 pts. a la Caja de Ahorros Municipal. Se acordó también iniciar la construcción de la Academia Militar de Ingenieros (11) y elevar la subvención para la construcción de casas baratas para los obreros de 10.000 a 50.000 pesetas.

Tras los primeros años triunfales que siguieron a la victoria, en la España de Franco se pasó de una euforia triunfalista a una situación de pobreza generalizada, en la que las carencias eran enormes, afectando incluso a los artículos de primera necesidad, como el pan, la leche y el azúcar. Sólo los jerarcas del Régimen y sus compinches vivían en la opulencia.

Burgos no fue una excepción. El agradecimiento de Franco a la ciudad de Burgos, que le había acogido y aclamado durante los tres primeros años triunfales, prácticamente no se notó hasta que fue incluida en el Primer Plan de Desarrollo de 1964, que incluía la creación del Polo de Promoción Industrial de Burgos.

En el plano honorífico, en 1961 Franco concedió a Burgos el título oficial de “Capital de la Cruzada”, que ha ostentado, no sé si con orgullo, hasta que en el mes de febrero de 2008 deja de ostentarlo, como resultado de la decisión unánime de los tres grupos municipales de la ciudad: Partido Popular, PSOE y Solución Independiente. A Burgos le quedan los de “Muy Noble y Muy Leal”, de los que sí se puede sentir orgullosa. 

NOTAS

  • El general Saliquet había sido gobernador militar de Santander durante la dictadura del general Primo de Rivera, haciéndose tristemente célebre por la implacable persecución a la que sometió a cualquier tipo de oposición, persiguiendo y encarcelando a numerosos dirigentes políticos y sindicales.
  • El general retirado Ponte y Manso de Zúñiga era un aristócrata y gran terrateniente, propietario de numerosas fincas rústicas en la Rioja, que había participado junto al general Sanjurjo en la intentona del golpe de estado del 10 de agosto de 1932. Huido a Portugal, regresó a España después de la amnistía concedida en 1933 por el Gobierno cedo-radical de Lerroux. El 18 de julio, Ponte y Saliquet se encontraban en Valladolid encabezando la rebelión militar, siendo los encargados de detener a su superior en el mando, el general Melero, que se negó a participar en el alzamiento, por lo que fue fusilado posteriormente.
  • El general Dávila había pedido el pase a la reserva a raíz de la reforma militar llevada a cabo por Azaña. Se trasladó a vivir a Burgos, de donde era su mujer, la aristócrata doña Teresa Jalón Rodríguez. En la capital burgalesa se erigió en la cabeza visible de la trama contra la República. Tras la sublevación del 18 de julio se apoderó del Gobierno Civil y se auto nombró gobernador civil.
  • Antonio Goicoechea era el presidente de Renovación Española, uno de los partidos derrotados en las elecciones de 1936, en las que perdió su acta de diputado. Tomó parte activa en el complot contra la República y mantuvo buenas relaciones con el conde Ciano, razón por la cual participó en dicha misión. El 18 de julio se encontraba en Burgos.
  • Pedro Sainz Rodríguez después del asesinato de Calvo Sotelo se convirtió en el líder del Bloque Nacional, participando activamente en el complot anti republicano como enlace con el general Sanjurjo, deportado a Portugal. En 1938 el general Franco le nombra Ministro de Educación Nacional del Nuevo Estado.
  • El coronel Moreno Calderón era el jefe de Estado Mayor del general Batet y uno de sus aprehensores.
  • Serrano Súñer se encontraba en Madrid el 18 de julio, siendo recluido en la Cárcel Modelo, de donde, alegando una enfermedad gástrica, consiguió que le enviaran a una clínica privada, de la que consiguió escapar y refugiarse en la Embajada holandesa. Con un visado republicano falso logró llegar hasta Alicante, donde se reunió con su mujer y sus hijos y de allí marchar a Francia y a través de Hendaya entrar en la zona nacional. En febrero de 1937 consiguió reunirse con su cuñado, el general Franco, incorporándose rápidamente a la dirección política del nuevo Régimen. Estaba casado con Ramona Polo Menéndez Valdés, familiarmente conocida como “Zita”, hermana de Carmen Polo, la mujer de Franco.
  • Las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalistas), fue el resultado de la unión, en octubre de 1931, del grupo de Ramiro Ledesma Ramos, cuyo órgano representativo era el semanario “La Conquista del Estado”, con las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica que lideraba Onésimo Redondo. Utilizaban como emblema las cinco flechas enlazadas por el yugo y como lema “¡España Una, Grande y Libre!”.
  • La batalla de Santander se libró después de la caída de Vizcaya, entre el 14 de agosto de y el 17 de setiembre de 1937, en que cayó la capital montañesa. La ofensiva nacionalista salió de Burgos y estaba formada por 3 divisiones y 1 brigada del CTV italiano, con el apoyo de 6 brigadas navarras y 2 brigadas castellanas, al mando del general Dávila. Los primeros combates se iniciaron en la línea formada por Reinosa, el puerto del Escudo, Barruelo, Santullán, Aguilar de Campoo y Soncillo.

(10)Florentino Martínez Mata era ingeniero de Montes y jefe local de Falange en Burgos. El 27 de mayo de 1938 el gobernador civil de Burgos, José Álvarez Imaz, le nombra alcalde, poniéndole al frente de una nueva corporación municipal, que fue llamada de la Paz. Dimitió en agosto de 1941.

(11) El edifico de la nueva Academia, situado en el cruce de las carreteras de Vitoria y Logroño, se acabó de construir en 1954

(12) El Palacio de la Isla pertenecía a los condes de Muguiro, una familia burgalesa de origen navarro, ennoblecida por Alfonso XII, que le utilizaba como residencia de verano, pues habitualmente residían en Madrid. El palacio fue construido en el siglo XIX por el arquitecto Carlos Zavara, tiene toques modernistas y consta de dos plantas más la buhardilla habitable, con zona ajardinada y un pabellón a la entrada, ocupando todo el recinto una extensión de unos 13.300 metros cuadrados. A principios de marzo de 1940 toda la finca fue adquirida a Doña Francisca de Muguiro, viuda de D. Juan Muguiro, por la suma de 821.025 pesetas, cuyo pago fue asumido a partes iguales por el Ayuntamiento y la Diputación.

Desde el 12 de agosto de 1937 se convirtió en la residencia oficial de Franco y su familia. También vivieron en él Ramón Serrano Súñer y su familia; la hermana de Doña Carmen Polo, Isabel Polo de Guezala y su marido; el hermano de ésta, Felipe Polo y el primo y secretario personal de Franco, general Francisco Franco Salgado Araujo.

Paco Blanco, Barcelona, enero 2015

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D. POLICARPO CASADO: EL COMIENZO DE UNA SAGA. -Por Francisco Blanco-

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Los bienes del clero nacionalizados por la Ley de Mendizábal de 1836 no se empezaron a vender, por medio de subastas, hasta el año 1841, durante la regencia de Espartero, con el fin principal de recaudar fondos para hacer frente a la amortización de la enorme deuda pública de la Hacienda española, que se había incrementado notablemente debido a los elevados intereses que generaba, a los que había que sumar el enorme coste que había supuesto sufragar la primera guerra contra los carlistas. También se intentaba crear una nueva clase de propietarios, campesinos y arrendatarios que fueran fieles al nuevo sistema de producción que se trataba de implantar en la arcaica agricultura española, con el objetivo de hacer más rentable y mejor repartida la productividad del campo español, aumentando el hasta ahora bajo nivel de las cosechas. Se trataba, en definitiva, de facilitar el acceso a la propiedad de la tierra a los campesinos con menos ingresos. En la práctica, sin embargo, los que acapararon la tierra confiscada fueron los grandes propietarios y los inversores y especuladores financieros, que eran los únicos que disponían de dinero contante y sonante y estaban mejor informados sobre el funcionamiento de las subastas; los campesinos más modestos quedaron al margen y el campo español continuó sumido en su secular atraso. Los grandes propietarios siguieron viviendo cómodamente en las ciudades, disfrutando de sus rentas y totalmente ajenos a los problemas del campo.

Esta primera desamortización no consiguió resolver el problema de la deuda, pero ayudó, al menos, a mitigarla. Con la vuelta al poder en 1843 de conservadores y moderados, liderados por Narváez, el nuevo gobierno procedió a suspender las subastas, aunque, eso sí, garantizó las ventas efectuadas hasta la fecha. Se había amortizado alrededor del 60% de los bienes confiscados a la Iglesia y se había recaudado una importante cantidad de dinero pero, al mismo tiempo, quedó aún más reforzada la arcaica estructura de la propiedad de la tierra.

La segunda desamortización la llevó a cabo en 1855 otro político liberal, D. Pascual Madoz, mientras fue Ministro de Hacienda con el Bienio Progresista de 1854 a 1856. Mucho más ambiciosa que la de Mendizábal, en esta ocasión la incautación afectó a las tierras comunales, poniéndose a la venta una enorme cantidad de propiedades rústicas y urbanas pertenecientes al Estado, a los Municipios y también algunas de la Iglesia, que rompió las relaciones con el Gobierno, al que acusó de violar el Concordato con la Santa Sede firmado en 1851, rompiéndose así la tradicional alianza Iglesia-Estado.

El jueves 3 de mayo de 1855 se publicaba en La Gaceta de Madrid la Ley Madoz aprobada por el Consejo de Ministros el día 1 de mayo, que decía lo siguiente:

«Se declaran en estado de venta, con arreglo a las prescripciones de la presente ley, y sin perjuicio de cargas y servidumbres a que legítimamente estén sujetos, todos los predios rústicos y urbanos, censos y foros pertenecientes: al Estado, al clero, a las órdenes militares de Santiago, Alcántara, Montesa y San Juan de Jerusalén, a cofradías, obras pías y santuarios, al secuestro del exinfante Don Carlos (1), a los propios y comunes de los pueblos, a la beneficencia, a la instrucción pública. Y cualesquiera otros pertenecientes a manos muertas, ya estén o no mandados vender por leyes anteriores».

Quedaron excluidos los bienes pertenecientes a las Escuelas Pías, que se ocupaban de la instrucción pública, y los hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios, que prestaban atención médica gratuita a los más necesitados.

A pesar de la polémica que semejante medida provocó entre liberales y conservadores, al final todos llegaron a la conclusión de que era absolutamente necesario rescatar aquella enorme cantidad de bienes inactivos, para contribuir con el importe de su venta a impulsar el desarrollo económico de la empobrecida y agobiada nación española, nivelando sus presupuestos y disminuyendo su enorme deuda pública.

El mayor número de transacciones se realizó durante los años 1855-1856, pero hasta poco antes de la «septembrina», en 1868, se habían vendido más de 200.000 fincas, entre rústicas y urbanas, por un valor cercano a los ocho mil millones de reales, prácticamente el doble de lo obtenido en la anterior de Mendizábal. Se continuaron efectuando subastas hasta finales de siglo, aunque cada año eran más escasas, pues cada vez quedaba menos que vender. El dinero recaudado se destinó a cubrir el déficit presupuestario y amortizar parte de la enorme deuda pública del Estado. También hubo algunas partidas destinadas a Obras Públicas y a la conservación y reparación de las iglesias españolas. La Ley de Madoz quedó sin vigor el año 1924, durante la Dictadura de Primo de Rivera, siendo Ministro de Hacienda D. José Calvo Sotelo.

Naturalmente, las consecuencias de esta desamortización tuvieron aspectos positivos y negativos. Por una parte se saneó la Hacienda pública, se aumentó la superficie cultivada y se redujo la deforestación. En las ciudades, muchos edificios religiosos de exclusivo uso interno de la comunidad, se convirtieron en públicos, dedicándose a escuelas, hospitales, bibliotecas,………y, en general, el ambiente clerical en que se había desarrollado la vida de sus ciudadanos se hizo menos agobiante. También se incrementó la pequeña y gran burguesía, que fue la gran beneficiada, pues se apoderaron de los mejores edificios, dedicándose a vivir de sus rentas, sin preocuparse de hacer inversiones que mejorasen la productividad agraria.

Los más perjudicados, como ya ocurriera con la de Mendizábal, fueron los modestos campesinos con escaso poder adquisitivo, que vieron reducidos drásticamente sus medios de subsistencia al privatizarse una enorme masa de tierras comunales, de las que dependían en gran medida, principalmente como pastura para el ganado y para aprovisionarse de leña. Las inmediatas consecuencias fueron el abandono del campo por una gran parte de este campesinado, que tuvo que emigrar a las Américas, o integrarse en el incipiente proletariado de las grandes ciudades y de las zonas que empezaban a industrializarse, principalmente en Cataluña y las Provincias Vascongadas. La migración del campo a la ciudad alcanzó un gran auge en los dos primeros decenios del siglo XX, con el consiguiente incremento de la conflictividad social.

Por el contrario, a la antigua aristocracia feudal se unen ahora los nuevos grandes propietarios, con lo que se genera una nueva élite terrateniente que va a defender su nuevo y privilegiado status con todos los medios a su alcance. En las dos Castillas los latifundios se incrementan y los caciques rurales salen reforzados.

En Burgos y su provincia el peso de la jerarquía católica, de la aristocracia dominante y de los caciques, tanto rurales como urbanos, era tan grande que la sociedad burgalesa prácticamente permaneció inmune a los cambios sociales y económicos que ocasionó la desamortización, aunque, como es natural, hubo algunos burgaleses, políticos cuneros, abogados y grandes propietarios principalmente, que se beneficiaron de ella, entre los que merece la pena destacar a D. Manuel Alonso Martínez, ministro de Fomento en 1855; D. Cirilo Álvarez Martínez, ministro de Gracia y Justicia entre agosto y octubre de 1856 y senador vitalicio desde 1858; D. Fernando Álvarez Martínez, abogado y diputado por Villarcayo; D. José Arroyo Revuelta, consejero del Banco de Burgos fundado en 1863 y propietario agrícola y de minas; D. Santiago Liniers Gallo, que compartía sus trabajos de escritor y periodista con el cargo de Consejero del Banco de España, fue premiado por D. Alfonso XIII con el título de Conde de Liniers; D. Pedro González Marrón, cofundador del Banco de Burgos; el ilustre político santanderino D. Pedro Salaverría, que empezó su carrera de hacendista en el Gobierno Civil de Burgos, llegando a ser ministro de Hacienda y Fomento en varias ocasiones, gobernador del Banco de España y diputado a Cortes por Valladolid, Santander y Burgos, gran amigo y valedor de D. Policarpo Casado, al que nos vamos a referir a continuación un poco más extensamente:

D. Policarpo Casado y Lostau, había nacido en Burgos el 26 de enero de 1816, era hijo de D. Atanasio Casado y de Doña Rosa Lostau y Sáiz, una linajuda y honrada familia, muy conocida en la ciudad.

Desde sus estudios de bachillerato en San Pablo y los Jerónimos de Burgos, destacó por su brillantez, especialmente en humanidades, obteniendo en cada curso la calificación de sobresaliente. Pasó después a la Universidad de Valladolid, donde el año 1841 se licenció en Leyes y Jurisprudencia con la misma calificación. Profesionalmente, sus primeros pasos como abogado los dio en Madrid, pero pronto sintió la llamada de la patria chica y en 1842 regresó a su ciudad natal, inscribiéndose en el Colegio de Abogados de Burgos (2). A partir de esta fecha su trayectoria profesional se caracteriza por el desarrollo de una incesante actividad, tanto en el ámbito judicial como en el político y financiero, destacando por sus enormes cualidades, tanto profesionales como humanas. Como jurista, en el año 1851 obtuvo el título de Doctor en Jurisprudencia y por la labor desarrollada como catedrático de la Escuela de Notariado en la capital burgalesa, en 1854 la reina Isabel II le concede la Cruz de Carlos III. Como miembro activo de la vida pública burgalesa, desempeñó los cargos de Vocal de las Juntas de Sanidad, Beneficencia, Pósitos, Instrucción Pública, Monumentos Históricos, Agricultura, Industria y Comercio.

Como abogado, durante los más de treinta años en los que estuvo presente en el foro burgalés, sus intervenciones alcanzaron una merecida fama, consiguiendo una numerosa y distinguida clientela. Dentro del Colegio desempeñó los cargos de diputado segundo entre 1850 y 1851, diputado primero en 1856, decano en 1860 y en 1880 y tesorero en 1867. Su aparición en la política municipal burgalesa se produce a instancias de su amigo el ministro Salaverría, con el que había coincidido en sus tiempos de funcionario del Gobierno Civil; gracias a su influencia fue nombrado Alcalde de Burgos, cargo que desempeñó entre 1861 y 1862, siendo posteriormente reelegido en el cargo para los años 1863 y 1864. Durante su permanencia al frente de la alcaldía la capital burgalesa experimentó notables mejoras urbanísticas, siendo las más notables la finalización de las obras de conducción de agua potable a la ciudad y la instalación en sus calles del alumbrado público por gas. En el ámbito social mejoró notablemente los establecimientos municipales de Beneficencia, especialmente el deteriorado Hospital de San Juan que, precisamente a raíz de la desamortización, se había convertido en un Patronato civil.

En 1862 la reina Isabel II rindió una visita oficial a la ciudad de Burgos, en su calidad de Cabeza de Castilla, alojándose en el palacio arzobispal. En uno de los actos oficiales, acompañada del Alcalde Sr. Casado y la Corporación en pleno, visitó la Casa Consistorial. Al asomarse a los balcones que dan a la Plaza Mayor se encontró ante una entusiasmada multitud que la llenaba por completo y no cesaba de aclamarla y vitorearla, lo que no dejó de emocionar a S. M., que así se lo manifestó al alcalde, aprovechando éste la ocasión para expresarle lo siguiente: «Señora, es el pueblo que paga y sufre. Permitidme que os recomiende su afecto como la medida más segura de la solidez de vuestro trono». Un buen consejo, sin duda, que la reina no siguió si nos atenemos a como finalizó su reinado tan sólo seis años después.

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El 7 de noviembre de 1863 el Gobierno publica un decreto aprobando la fundación del Banco de Burgos. La iniciativa había corrido a cargo de un grupo de propietarios y comerciantes burgaleses, presididos por el propio alcalde D. Policarpo Casado, en el que figuraban D. Francisco Bohigas, D. José María Simó, D. Roque Iglesias, D. Francisco Arquiaga, D. Marcos Arnáiz y D. Pedro González Marrón. Se trataba de un Banco de Emisión con una validez de 25 años y un capital social de cuatro millones de reales, divididos en dos mil acciones. Su órgano de dirección sería una Junta de Gobierno formada por 12 consejeros y 3 suplentes, más un Comisario Regio nombrado por el Gobierno.

Poco después de la fundación del Banco de Burgos, siendo aún alcalde de Burgos, en agosto de 1864, compró a D. Cayetano Silva y Fernández de Córdoba, duque de Híjar y conde Salvatierra, diversas fincas y censos que éste poseía en el pueblo de Ubierna, incluido su castillo, junto con otros censos de San Adrián de Juarros, San Millán de Juarros y Salgüero, pertenecientes al condado de Salinas (3), por lo que a su condición de renombrado jurista y político añadió la de gran propietario.

En 1867 el Sr. Casado deja la alcaldía y pasa a ser Presidente de la Diputación, cargo que abandona en 1868 al producirse la Revolución de Setiembre, retirándose de la vida pública hasta 1875, en que vuelve a presidir la Diputación burgalesa.

D. Policarpo, que con tanta actividad se había enriquecido, convirtiéndose en el primer contribuyente de la Provincia, era un castellano de lo más tradicional, católico practicante y devoto, de arraigadas creencias religiosas, firme defensor y protector de la Iglesia Católica; de ideas políticas muy conservadoras, era un convencido monárquico, contrario a cualquier otra forma de gobierno, razón por la cual, al ser derrocada Isabel II en setiembre de 1868, abandonó por completo la vida pública, dedicándose a sus negocios y a la vida familiar. Estaba casado con Doña Juliana Pardo Alcalde, matrimonio prolífico del que nacieron ocho hijos, todos ellos educados igualmente dentro de la más pura ortodoxia católica. Su última hija, Doña Petronila Casado y Pardo, ha pasado en letras de oro a la historia de la ciudad de Burgos como una de sus grandes benefactoras.

En enero de 1876, restaurada la dinastía borbónica en la figura del joven monarca D. Alfonso XII y con D. Antonio Cánovas del Castillo encabezando un proyecto político de carácter monárquico y conservador, se convocaron unas elecciones a Cortes Constituyentes, para dotar al país de una nueva Constitución que reforzara y protegiera la figura del monarca de los avatares sufridos durante el azaroso reinado de su madre.

D. Policarpo Casado, ante la nueva situación política con la que tan afín se sentía, reconsideró su inactividad política presentando su candidatura al Senado por Burgos, a la que le daba derecho su calidad de primer contribuyente de la provincia. Tal vez en esta decisión influyó el hecho, desde luego nada irrelevante, de que otro burgalés, su viejo amigo y compañero de profesión, D. Manuel Alonso Martínez, era el presidente de la comisión encargada de elaborar el nuevo texto constitucional. No creo necesario añadir que las candidaturas monárquico-conservadoras obtuvieron en Burgos una mayoría apabullante y D. Policarpo Casado se convirtió en un nuevo y flamante Senador. Junto con él, por los distintos distritos electorales de Burgos fueron elegidos senadores sus igualmente viejos amigos y colegas: D. Cirilo Álvarez, D. José Revuelta y D. Damián Sedano.

El 30 de junio de 1876 era promulgada por las Cortes la nueva Constitución española, que duraría hasta 1931, año en que cayó nuevamente la Monarquía, para dar paso a la II República española, que tampoco duró mucho, por cierto.

Una vez nombrado senador, no puede decirse que su voz se oyera con frecuencia en la Cámara Alta, pues sus intervenciones personales fueron escasas, limitándose casi siempre a sumar su voto al de la mayoría a la que estaba adscrito. El día 9 de junio, poco antes de que se aceptase el nuevo texto del Artículo 11 que hacía referencia a la libertad de cultos, había intervenido pronunciando un vehemente discurso en el que defendió la unidad religiosa, amenazada por dicho artículo, que propiciaba una cierta tolerancia de cultos. Contra ese texto presentó una enmienda, que finalmente no prosperó, cuyo contenido era el siguiente: «El artículo 11 de dicho proyecto se redactará en esta forma: La religión de la nación española es la católica apostólica romana. El Estado se obliga a mantener el culto y sus ministros, y se prohíbe el ejercicio de cualquier otra«. Su principal argumentación se basaba en que la unidad de la fe católica en España debía de estar siempre por encima de cualquier conveniencia o razón de Estado, y que el texto presentado por la Cámara conculcaba abiertamente el vigente Concordato con la Santa Sede.

Como miembro de diferentes comisiones, en otras intervenciones tomó la palabra para defender la nueva Ley Hipotecaria, la de Desahucios, la de Cuentas y la de Fueros. Tal vez su ponencia más destacada, por ser la primera vez que se planteaba, fue la de defender la incompatibilidad de los cargos de Diputado o Senador con cualquier otro empleo retribuido, fuese público o privado, siendo su intervención de gran peso a la hora de redactarse el proyecto de ley.

A finales del año 1877 su salud, que ya había sufrido algunos altibajos, empezó a resquebrajarse seriamente, siendo inútiles cuantos intentos hizo la ciencia médica por devolverle su maltrecha salud. Falleció en Madrid el día 4 de diciembre, siendo trasladados sus restos a Burgos, donde recibieron sepultura en el panteón familiar del cementerio municipal, en presencia de sus familiares y amigos, entre los que figuraban nutridas comisiones de todas las Instituciones en las que había participado a lo largo de su prolífica y activa vida profesional.

NOTAS:

Lo más probable es que se refiera a las propiedades que en los términos municipales de Alameda de Gardón y Aldea del Obispo, en la provincia de Salamanca, poseía el Infante D. Carlos María de Borbón, hermano menor de Fernando VII y aspirante a su muerte al trono de España, lo que desencadenó la 1ª Guerra Carlista o Guerra de los Siete Años. El pretendiente había muerto en Trieste el 10 de marzo de 1855.

A principios del año 1834 se crea en Burgos la Audiencia Territorial de las Provincias del Norte, con sede en el edificio de las Cuatro Torres o Palacio de Diego González de Medina, reservándose para los abogados la Sala de la Audiencia, hasta que el 22 de enero de 1887 se inauguró el actual Palacio de la Audiencia, donde se instaló la sede del Ilustre Colegio de Abogados de Burgos, hasta 1988, en que se trasladó a su actual ubicación

El condado de Salinas tiene su origen en el reinado de D. Enrique IV, que lo creó a favor de D. Diego Gómez Sarmiento y Mendoza, señor de Salinas, en el valle de Añana. 

Paco Blanco, Barcelona octubre 2014

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EVOLUCIÓN EN EL TIEMPO DE LOS LÍMITES TERRITORIALES DE LA PROVINCIA DE BURGOS.

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A través de herramientas como el Catastro de la Ensenada, podemos ver la distinta distribución de la extensión de la provincia de Burgos a lo largo de los últimos siglos.

Con salida al mar por Cantabria, e integrando también a la Rioja, Castilla y Léon tenía otros límites geográficos.

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En 1847 se proyectó crear la COMUNIDAD DE BURGOS, con las provincias de Burgos, Santander, Logroño y Soria.
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En 1884 la COMUNIDAD DE BURGOS comprendía las provincias de Burgos, Palencia, Soria y Santander.
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En 1891 se proyecta la COMUNIDAD de Castilla la Vieja: capital Valladolid, incluyendo también a Burgos, León, Palencia, Salamanca y Zamora. Salamanca se divide en dos y se reparte con Extremadura.
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BURGOS INÉDITO: EL CRIMEN DE LA CATEDRAL. -Por Francisco Blanco-.

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Finalizada la » Septembrina», o lo que es lo mismo, la Revolución de setiembre de 1868 que acabó destronando y expulsando de España a la reina Isabel II, se formó un Gobierno Provisional presidido por el general Serrano, que estaba integrado por el general Prim como ministro de la Guerra, el almirante Topete en Marina, Sagasta en Gobernación, López de Ayala en Ultramar, Romero Ortiz en Gracia y Justicia, Lorenzana en Estado, Laureano Figuerola en Hacienda y el soriano Ruiz Zorrilla en Fomento.

El 1 de enero de 1869 el ministro de Fomento, D. Manuel Ruiz Zorrilla, firmaba un Decreto cuyo contenido era el siguiente:

«Artículo 1º: El Estado, y en su nombre el Ministro de Fomento, se incautará de todos los Archivos, Bibliotecas, Gabinetes y demás colecciones de objetos de ciencia, arte o literatura que con cualquier nombre estén hoy a cargo de Catedrales, Cabildos, Monasterios u Órdenes Militares.

Artículo 2º: Esta riqueza será considerada como nacional y puesta al servicio del público, en cuanto se clasifique, en las Bibliotecas, Archivos y Museos nacionales.

Artículo 3º: Continuarán en poder del clero las Bibliotecas de los Seminarios.

Madrid, 1 de enero de 1.869. El Ministro de Fomento, Manuel Ruiz Zorrilla.»

Naturalmente, a la publicación del Decreto siguió una orden del Ministerio de la Gobernación dirigida a todos los gobernadores provinciales, para que el día 25 de enero ejecutasen, sin la menor demora, las actuaciones pertinentes para llevar a efecto lo dispuesto en el decreto:

«ORDEN: En uso de las atribuciones que me competen como miembro del Gobierno Provisional y Ministro de Fomento, y para llevar a efecto lo dispuesto el decreto de esta fecha sobre incautaciones por el Estado sobre los objetos de ciencia, arte o literatura que posea el clero, he tenido a bien dictar las disposiciones siguientes:

1ª/ El día 25 de enero los gobernadores civiles o la Autoridad civil de las poblaciones en que existan Catedrales, iglesias, colegiatas, monasterios etc. se personarán en nombre del Gobierno Provisional en dichos edificios, acompañados de un individuo del cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios que oportunamente se pondrá a sus órdenes, o en defecto de este de una persona notoriamente ilustrada elegida por la misma Autoridad. Esta invitará asimismo a todos los individuos que tuviesen alguna parte el la dirección, administración o guarda de los mismos a reunirse en el perentorio plazo de una hora.»

Según el Gobierno, esta medida tenía un carácter preventivo y estaba destinada a salvaguardar los numerosos tesoros artísticos en poder del clero de la demoledora obra del tiempo, el abandono, el saqueo, el fuego o el uso indebido por parte de sus actuales beneficiarios.

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Al parecer, el Sr. Ruiz Zorrilla, que estaba casado con la burgalesa María de la Paz Barbadillo y que conocía la poderosa influencia que el clericalismo ejercía sobre la devota sociedad burgalesa y la de otras muchas capitales de provincia en las que abundaban los monumentos religiosos, trató de que esta orden se llevase a cabo con la máxima discreción y dentro del mayor sigilo posible, sin duda temeroso de la posible reacción contraria por parte de la Iglesia Católica, en franca y abierta oposición a la política laicista que había puesto en marcha el nuevo Gobierno Provisional, especialmente con la declaración de libertad de cultos, que amenazaba con acabar con muchas de las prebendas y privilegios que disfrutaba desde tiempos inmemoriales el numeroso clero español, curas, monjas y frailes incluidos.

Pero algo no funcionó y hubo una filtración por parte de algún funcionario, que puso a la jerarquía eclesiástica española al corriente de las aviesas intenciones del Gobierno Provisional, al que ya habían acusado de ateo, traidor, revolucionario y de ser la auténtica encarnación del Anticristo. Muchos obispos, al enterarse de lo que se les venía encima, decidieron poner a buen recaudo los tesoros más valiosos de sus Diócesis, pero el por entonces Arzobispo de Burgos, D. Anastasio Rodrigo Yusto, decidió propagar la noticia entre sus feligreses con la clara intención de soliviantar los ánimos de los más exaltados, que eran muchos, creando un ambiente de oposición violenta a lo que la Iglesia calificaba como un sacrílego saqueo.

El nuevo Gobernador Civil de Burgos, nombrado recientemente por Sagasta, a cuyo Partido pertenecía, era el jerezano D. Isidoro Gutiérrez de Castro, un republicano liberal e ilustrado, educado por los escolapios y los jesuitas, que había recorrido Europa, dominaba varios idiomas y ya había desempeñado importantes cargos políticos durante alguno de los anteriores gobiernos de Isabel II.

Recibida la orden del Gobierno, y aún a sabiendas del riesgo que llevaba aparejada, D. Isidoro, acompañado del inspector de Seguridad D. Domingo Mendívil y de un comisionado de Madrid, a las diez horas del día 25 de enero de 1869 se presentaron en la puerta principal del templo catedralicio, dispuestos a llevar a efecto la orden recibida, procediendo a inventariar todos aquellos objetos de valor y obras de arte que consideraran debían ser confiscados.

En una glacial mañana, digna de los crudos inviernos burgaleses, los tres funcionarios salieron del Palacio de la Diputación y atravesando el desierto Paseo del Espolón, se dirigieron hacia la Plaza de Santa María, donde ya les esperaba una nutrida y hostil multitud que les recibió lanzando exaltados gritos de ¡Viva la Religión! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Carlos VII! ¡Abajo el Gobierno! ¡Muerte al Gobernador!.

El gobernador y sus dos acompañantes, rodeados por los cabecillas más exaltados y vociferantes, consiguieron llegar hasta las puertas de la Catedral, donde les esperaban varios canónigos del Cabildo, entre los que se encontraban el Deán, el Provisor y el Magistral. Una vez dentro del templo, el gobernador ordena al inspector Mendívil que vaya en busca de la Guardia Civil y de los Voluntarios de la Libertad (1) para que acudan a controlar aquella enfurecida multitud, que quedaba fuera sin dejar de gritar amenazadoras consignas, dirigiéndose después, en compañía del comisionado y de los miembros del cabildo, hacia el claustro catedralicio donde se encontraba el acceso a los archivos, para llevar a cabo aquella fatídica misión que le había llevado hasta allí. El provisor acompaña al inspector hasta la puerta pero, lo que son las cosas, en un inoportuno y lamentable descuido, no se sabe si intencionado, se olvida de asegurarse de que quede bien cerrada.

Pronto, los cabecillas de los manifestantes se dan cuenta de que tienen el paso franco y las turbas comienzan a invadir las naves del templo, cada vez más agresivas, sin dejar de proferir los amenazadores gritos de ¡Nos quieren robar! ¡Viva la Religión! ¡Viva Carlos VII! ¡Muerte al Gobernador!. Algunos de ellos ya exhibían en las manos navajas, martillos y garrotes.

El gobernador comete la imprudencia de abandonar el claustro, alarmado sin duda por la resonancia que alcanzaba el intenso griterío bajo las góticas bóvedas del templo. Ante la pasividad de los canónigos que le acompañan, la enloquecida multitud empieza a zarandearle, golpearle y empujarle hacia la Puerta del Sacramental, sacándole del templo hasta la explanada que se forma delante de la escalinata que sube a la calle de Fernán González. Allí se ensañan con el cuerpo maniatado del indefenso D. Isidoro, acuchillándole, machacándole, despojándole de sus vestiduras, llegando en su delirante paroxismo a mutilarle alguno de sus miembros, convirtiendo su cuerpo en un sanguinolento despojo.

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Mientras se desarrollaban estos hechos tan execrables, la Guardia Civil seguía sin dar señales de vida. El Ayuntamiento y la Diputación habían enviado un pequeño grupo de Voluntarios de la Libertad, que, al no ir armados, se vieron impotentes y desbordados por la desatada furia de aquel gentío enardecido. Finalmente, tuvo que intervenir el Regimiento de Caballería de Bailén, que por entonces se hallaba de guarnición en Burgos, cuya firme actuación consiguió dominar la situación, dispersando a los manifestantes y recuperando los inertes restos del gobernador, que fueron trasladados a la Casa Consistorial. También hay que dejar constancia de que esta intervención por parte del Ejército se hizo sin el conocimiento del Comandante Militar de la Plaza, el general Martín Colmenares, que todavía no se había dado por enterado de los lamentables sucesos que estaban teniendo lugar en el mismo centro de la ciudad.

Enterado el Gobierno Provisional del alevoso asesinato, procede a declarar el estado de guerra en Burgos, dando comienzo las investigaciones y las detenciones. Del orden público se hacen cargo fuerzas del Ejército y los Voluntarios de la Libertad.
En los días siguientes al luctuoso suceso, que conmocionó profundamente la ciudad por lo inesperado y cruel de lo acaecido, fueron detenidas hasta 140 personas, acusadas de estar más o menos implicadas en el asesinato del gobernador. Entre los miembros del cabildo se encontraban el deán D. Pedro Gutiérrez de Celis; el provisor D. Jorge de Arteaga; el magistral D. Manuel González Peña y otros tres canónigos, todos ellos puestos en libertad a los pocos días sin ningún tipo de cargo. Tampoco se le pidió ninguna responsabilidad al arzobispo D. Anastasio Rodrigo Yuste, que no se había movido de su palacio arzobispal, sin hacer ni un solo gesto para intentar detener la profanación del templo catedralicio por aquella masa de ciudadanos enfurecidos. Eso sí, a los pocos días publica una pastoral lamentando y condenando el atentado, al tiempo que ordenaba cerrar la catedral al culto durante unos días, para proceder a su purificación.
Del resto de los detenidos, todos ellos ciudadanos burgaleses pertenecientes a diferentes estamentos sociales, unos 60 fueron procesados y juzgados por el Tribunal Supremo de Guerra y Marina, acusados de asesinato, alteración del orden público, profanación de recinto sagrado y unos cuantos cargos más.

Se condena a la pena capital al carpintero Mariano Camarero, alias “Cascorro”, al que se le ocupó un martillo manchado de sangre. Fueron condenados a diferentes penas de cárcel Dámaso San Martín, Blas Gil, Pedro Miguel Bueno, Clemente Martínez Ávila, Francisco Martínez Hernando y el confitero Gervasio Díez de la Lastra, conocido carlista y uno de los más destacados cabecillas de aquella triste jornada, al que siempre se le vio a la cabeza de los manifestantes.
Sin embargo, ninguna de las sentencias emitidas por el alto tribunal militar llegó a cumplirse en su totalidad. Al condenado a garrote se le conmutó la pena por la de cadena perpetua, pero a los tres años ya estaba en libertad.

El resto de los condenados a prisión a los pocos meses también se paseaban tranquila y libremente por las calles de Burgos como si nada hubiese ocurrido. Para el confitero Gervasio Díez de la Lastra, a quien la escritora María Cruz Ebro en sus “Memorias de una burgalesa”, es de suponer que en sentido peyorativo, califica como “el héroe de la jornada”, su destacada actuación como cabecilla de los manifestantes fue como una especie de epinicio que atrajo a su pequeña confitería de la calle de Laín Calvo un inesperado e importante número de clientes, lo que le permitió al cabo de pocos meses trasladar el negocio a un local mucho más amplio, situado en la misma calle. Durante mucho tiempo, muchos burgaleses a los que se les pedía su opinión sobre aquel trágico episodio que conmocionó la ciudad, respondían sin apenas dudarlo que “si cien veces intentase el Gobierno despojar a la ciudad de sus riquezas, cien veces volverían a cometer la misma acción”.

Durante los días y las semanas siguientes al público linchamiento del Gobernador Civil de Burgos, la noticia del trágico suceso fue profusamente difundida por toda la prensa nacional y sus macabros detalles ampliamente comentados en periódicos como «La Esperanza», «La Correspondencia de España», «La Iberia», «El Imparcial», «La Discusión» y «El Norte de Castilla». Pero sin duda la crónica más espectacular y fidedigna fue la publicada por la revista liberal «El Museo Universal», debida a uno de sus ilustradores que casualmente se encontraba de visita en Burgos y el día de la tragedia se hallaba en la calle de Fernán González admirando la belleza arquitectónica del monumental crucero de la catedral. De la pluma de este ilustrador, cuyo nombre desconocemos, salieron unos espectaculares grabados del brutal asesinato del Gobernador, consumado prácticamente a sus pies. La excepción fue la prensa burgalesa, sometida por la censura eclesiástica a un discreto silencio.

Curiosamente, todavía actualmente en los archivos de la Catedral y el Ayuntamiento constan muy pocos datos y muy imprecisos sobre el tema. Los profesores Cuenca Toribio y Serrano García lo han tratado en alguno de sus trabajos. También lo menciona Amador de los Ríos en su obra «Burgos, su naturaleza y su Historia», publicada en el año 1888.

Dos meses después de los hechos relatados, el 28 de marzo, el Cabildo en pleno, presidido por su Arzobispo y con asistencia de las Corporaciones locales, el clero parroquial y un inmenso gentío, celebra una ceremonia de purificación en la que se procede a lavar la sangre derramada por el inmolado D. Isidoro Gutiérrez de Castro, al tiempo que queda declarada la reapertura de la Catedral al culto. La prisa por la reapertura se debía a la proximidad de la Semana Santa y la petición había sido cursada por el arzobispo al nuevo gobernador D. Carlos Massa Sanguinetti, que dio su visto bueno previa consulta con el Gobierno. El crimen de la Catedral quedaba de esta forma lavado y expiado.

NOTA:

Los «Voluntarios de la Libertad» fue una milicia de voluntarios civiles cuya principal misión era la de salvaguardar el orden público tras la batalla de Alcolea del 28 de setiembre de 1868, en la que isabelinos, absolutistas, neos y conservadores fueron derrotados por los militares «septembrinos», que acabaron derrocando a Isabel II y su conservador gobierno.

Paco Blanco, Barcelona octubre 2014

LA REVISTA “PARÁBOLA” Y LA TERTULIA EL CIPRÉS. -Por Francisco Blanco-

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«Con la fragancia y la pomposidad que se abren las rosas en los huertos meridionales, ha cuajado, milagrosamente, en lo más típico de la fría y silenciosa estepa castellana, en tierras de Burgos, la musa toda fuego y aroma de Eduardo Ontañón»

(Fernando López Martín)

La Generación del 27, conocida como la «Edad de Plata» de nuestras letras, se caracteriza, ante todo, por su espíritu vanguardista y renovador, por su deseo de abrir las puertas de España a las corrientes de modernidad que ya corrían por Europa, por su apasionado afán de perfeccionismo en lo estético y por su incansable lucha por la libertad, en todas sus manifestaciones. No querían regenerar España, como sus colegas del «Noventa y ocho», sino renovarla. Renovarla sobre todo culturalmente, como primer paso imprescindible en el camino hacia una nueva España. Su centro espiritual era la Institución Libre de Enseñanza y su centro de reunión la Residencia de Estudiantes. Uno de sus representantes más relevantes, el santanderino Gerardo Diego, la definió como un grupo en el que predomina el equilibrio entre posturas estéticas contradictorias. Con esta definición quería dejar bien sentado que no era un grupo unido por las ideologías política o religiosa, pero tampoco separado por ellas.

Con un poco más de diez años de diferencia entre ellos, la extensa nómina de la generación del 27 está integrada por figuras de la talla intelectual de Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre y otros muchos de iguales o parecidos méritos, que no vamos a reseñar aquí. También el género femenino estuvo representado por figuras tan señeras como María Zambrano, Concha Méndez, novia de Buñuel y esposa de Altolaguirre; Rosa Chacel, María de Maeztu, Ernestina de Champourcin……………….

Dos polifacéticos artistas burgaleses pertenecen por méritos propios a esta elitista generación: la novelista, autora teatral, periodista, conferenciante y activista política, María Teresa León, esposa de Rafael Alberti, y el poeta, escritor, periodista, librero y editor, Eduardo de Ontañón.

Eduardo de Ontañón y Lebantini había nacido en Burgos, el 13 de febrero de 1904 y era hijo de Jacinto de Ontañón, propietario de la «Librería Ontañón», además de escritor, ateneísta, editor y periodista, que en 1878 había refundado y dirigido durante casi veinte años la revista satírica burgalesa «El Papa-Moscas».

Con estos antecedentes familiares, no es de extrañar que a los trece años Eduardo ya sintiera inquietudes literarias y empezara a publicar algunos poemas en la revista de su padre y que, una vez acabada la carrera de periodismo, se convirtiera en un solicitado colaborador en numerosas publicaciones, como los periódicos «El Diario español» de La Habana, «La Voz de Madrid», «El Sol» o «La Hora de España», y también en revistas gráficas como «Crisol», «Luz» o «Estampa», en la que publicó un centenar de artículos sobre diferentes temas burgaleses.

Su inquietud intelectual y su intensa actividad creadora también tienen una importante repercusión en la provinciana vida literaria de la capital burgalesa, sumida en un largo letargo con olor a sacristía, del que intenta sacarla impulsando nuevos foros de debate cultural a través de dos nuevas publicaciones: los «Cuadernos mensuales de valoración castellana» y, especialmente, con la revista literaria «Parábola», en la que llegaron a colaborar los más selectos representantes de la generación del 27, como Francisco Ayala, Gerardo Diego, César Arconada, Juan Chabás, Concha Méndez, Benjamín Jarnés, Pedro Salinas, Pedro Garfias y Federico García Lorca. También colaboraron burgaleses de prestigio, como el músico Antonio José Martínez Palacios, el poeta Luis Sáez o los escritores José María Alfaro y Eduardo Aresti.

Ontañón, desde su tribuna de «Parábola», tratará de escapar de las anchas redes del rancio espíritu castellano, entre conventual, y cuartelero, tan inmovilista y tan contrario a la modernidad y al progreso. «Parábola» será el punto de arranque de un nuevo concepto del castellanismo que, sin renunciar a sus viejas y gloriosas tradiciones, empiece a mirar hacia fuera, se abra a la modernidad dejando entrar las corrientes vanguardistas que hagan posible el cambio que tanto necesita la anquilosada sociedad burgalesa.

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Los autores del 27 utilizaron con profusión las revistas literarias de carácter vanguardista, como vehículo para difundir por todo el país sus escritos y sus ideas. Se hizo muy popular el estribillo: «Cada maestrillo su librillo, cada poeta su revista y cada catedrático su cátedra».

Tan solo Juan Ramón Jiménez, el poeta de Moguer, llegó a publicar tres: «Índice», «Sí» y «Ley»; Gerardo Diego también publicó la suya, «Carmen», editada en Santander, pero además se pueden citar la coruñesa «Alfar», que fue una de las pioneras y alcanzó una notable difusión; «Cervantes», «Perseo», «Grecia», «Ultra», «Horizonte», «Vértice», la canaria «Rosa de los vientos» y las castellanas «Meseta» de Valladolid, «Manantial» de Segovia y la burgalesa «Parábola», aparecida en 1923, cuyo impulsor fue el joven poeta Eduardo Ontañon, empeñado en ensanchar los limitados horizontes de la cultura burgalesa, cargada de tópicos y depositaria de los gazmoños intereses de una burguesía adocenada y clerical.

En este empeño por sacudir el anquilosamiento cultural de la sociedad burgalesa, se valió también de un instrumento que cada vez se hacía más popular en España: la tertulia literaria, especie de cenáculo de gente variopinta, presidida generalmente por una figura de las artes, las letras o la política, que se reunían al caer la tarde, o por la noche, en cafés, cervecerías, reboticas o casinos, para hablar de lo divino y de lo humano. Tienen su origen en la Generación del 98 y proliferaron en las dos primeras décadas del siglo XX. Muchas se hicieron famosas y se convirtieron en verdaderos oráculos de la vida intelectual española. De una de las más famosas que se celebraban en Madrid decía Valle-Inclán lo siguiente: «El Nuevo Café de Levante ha ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias juntas». Además del «Café de Levante», también fueron muy concurridas la del «Café y botellería Pombo», en torno a Ramón Gómez de la Serna, en la que estaba prohibido hablar de la guerra europea del 14 y acostumbraba a prolongarse hasta altas horas de la madrugada; la del «Café Español», frecuentada por los hermanos Machado; la del «Gato negro», a la que solía acudir Jacinto Benavente; a la de «Cervecería de Correos» solía asistir Federico García Lorca; también eran muy famosas y concurridas las que tenían lugar en el «Fornos» y el «Café Gijón», que se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX. Fuera de Madrid alcanzó renombre la del «Café Novelty» de Salamanca, verdadero centro cultural de la ciudad, presidida por la imponente figura de D. Miguel de Unamuno.

En Burgos, propiciada por Eduardo de Ontañón, se hizo muy popular y concurrida la tertulia literaria «El Ciprés», conocida como el Pombo burgalés y definida por uno de sus tertulianos como «verdadero hogar de ingenio y de encuentro intelectual», en referencia a la armonía que presidía la variedad de ideologías y puntos de vista de sus contertulios, así como la diversidad de sus actividades personales. Sus primeras reuniones tuvieron lugar en la misma «Librería Ontañón», pero la inusitada afluencia de tertulianos en busca de debate les llevó en poco tiempo al «Café Iris», situado en la vieja y concurrida calle del Caño Gordo, de donde pasaron al recién inaugurado «Café Candelas», situado en la rinconada que forma la esquina derecha de la Plaza Mayor con el paseo del Espolón, una vez cruzados los arcos de la Casa Consistorial. Lo regentaba Antonio Candelas, ayudado por su hijo Andrés, «Candelillas» para los parroquianos, virtuoso violinista que deleitaba a la clientela interpretando diversas y conocidas piezas musicales. El «Café Candelas», tal vez debido a lo céntrico de su ubicación, pronto se convirtió en uno de los más populares y concurridos de la ciudad; disponía de una gran terraza, que en los días soleados se llenaba a rebosar y también ofrecía un buen servicio de restaurante y cafetería.

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En esta su nueva sede los tertulianos de «El Ciprés» se reunían cada tarde del jueves, ocupando la terraza en los cortos veranos burgaleses y pasando al interior cuando el mal tiempo así lo aconsejaba.

Sería imposible poder referenciar los nombres de todos los asistentes a esta tertulia tan plural, por lo que vamos a mencionar algunos de los que, en nuestra opinión, fueron más notables, empezando por el músico Antonio José, director del Orfeón Burgalés y de la Escuela Municipal de Música, que ya empezaba a ser conocido más allá de nuestra provincia y de nuestras fronteras, cuya prometedora carrera se frustró en el 36, al ser asesinado por un grupo de fanáticos falangistas; el escultor Félix Alonso; el orfebre Saturnino Calvo, personaje muy popular conocido como «Maese Calvo», que también pasó por las cárceles franquistas; el dibujante Ignacio Arroyo y el impresor y poeta Luis Sáiz, ambos víctimas de la guerra civil del 36; el diputado de Izquierda Republicana Moisés Barrio, que marchó al exilio; el pintor y escultor Fortunato Julián; el catedrático y cronista municipal Eloy García de Quevedo; el archivero y destacado carlista Gonzalo Díez de la Lastra; la escritora y periodista del «Diario de Burgos» María Cruz Ebro; el jefe provincial de Falange Florentino Martínez Mata, que sería alcalde de la ciudad durante los primeros años de la postguerra; los pintores Alfredo Palmero, Próspero García Gallardo y Alberto Retes; los escritores Eduardo Arasti y Antonio Pardo Casas; el destacado arqueólogo José Luis Monteverde y el político socialista Luis Labín Besuita, que pasó muchos años preso en el Penal de Burgos.

Tan heterogéneo mosaico desarrolló una actividad literaria, artística e intelectual sin precedentes en la vida cultural burgalesa, por encima de divergencias políticas, económicas, sociales o religiosas.

Durante los cortos años de la II República, Ontañón participó también en la creación y promoción de las revistas burgalesas Castilla industrial y agrícola y Burgos gráfico. Al estallar la guerra civil en julio del 36, Burgos quedó en poder de los rebeldes, lo que obligó al republicano Ontañón a marchar a Valencia, donde dirigió el periódico «Verdad» y se casó con Mada Carreño, redactora de «Mundo Obrero», periódico oficial del Partido Comunista de España (PCE). El matrimonio acompañó al gobierno republicano en su traslado a Barcelona, y a principios de 1939, con la guerra prácticamente perdida para la República, tomaron el camino del exilio, primero a Francia y después a Inglaterra, donde se unieron a otro grupo de exilados españoles protegidos por un miembro del Partido Laborista británico, en el que se encontraba el también poeta y escritor Pedro Garfias, antiguo colaborador de la revista «Parábola». Finalmente, junto con otros mil seiscientos exilados (en realidad fueron exactamente 1599), abocados a abandonar España por haber permanecido fieles a la Republica, el 23 de mayo de 1939 zarparon de Séte, rumbo a México, a bordo del buque «Sinaia» en una travesía que ha pasado a la historia del Exilio republicano español. Entre su abigarrado pasaje compuesto por españoles de todas las regiones, además de numerosos combatientes, figuraban mujeres y hombres de diferentes profesiones y condición social: había funcionarios, maestros, catedráticos, médicos, artistas, escritores, periodistas…., entre los que se encontró Ontañón con viejos e ilustres conocidos de la Generación del 27, como el ya citado Pedro Garfias, Benjamín Jarnés, que también había colaborado en «Parabola»; María Enciso, notable poeta y escritora, o el escritor y periodista Juan Rejano, con el que coincidió poco tiempo después, trabajando ambos en la redacción del periódico mexicano «El Nacional». Como no podía ser de otra forma, la actividad literaria y cultural de este grupo pronto hizo acto de presencia a bordo, especialmente en forma de un periódico al que llamaron «SINAIA, DIARIO DE LA PRIMERA EXPEDICIÓN DE REPUBLICANOS ESPAÑOLES A MÉXICO», en cuya edición participaron numerosas personas y que se distribuía gratuitamente entre el pasaje.

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En vísperas de su llegada a puerto, Pedro Garfias compuso un poema de homenaje al país que les iba a acoger con los brazos abiertos, que finalizaba con estos emotivos versos:

«Como en otro tiempo por la mar salada,

te va un río español de sangre roja,

de generosa sangre desbordada.

Pero eres tú, esta vez, quien nos conquistas.

Y para siempre ¡oh vieja y nueva España!»

Llegaron a Veracruz el 13 de junio y muy pronto Eduardo de Ontañón reemprendió su carrera periodística como colaborador del periódico «Nacional» de México capital y la revista «Ábside», sin olvidarse tampoco de su faceta de editor, creando y dirigiendo «Ediciones Xóchitl», que se especializó en publicar esmeradas biografías de ilustres personalidades mexicanas.

Desgraciadamente, el destino iba a ser cruel con este polifacético artista burgalés, pues en 1948 una terrible enfermedad le obligó a regresar a España, donde ingresó en un sanatorio de Madrid, falleciendo el 20 de setiembre, cuando tan solo tenía 45 años y su vena artística y su capacidad creadora estaban en su auge. No obstante, nos dejó un valioso legado cultural que no podemos ni debemos olvidar, sino todo lo contrario. La ciudad de Burgos ha dedicado una céntrica calle a su memoria.

«Chopos… Chopos… Chopos…

Mis amigos de la infancia,

¿no tenéis en vosotros

la lírica fragancia

de lo que ya se ha ido,

de lo que pudo ser y nunca ha sido…?»

(Eduardo Ontañón, fragmento de «Sinfonía Azul»)

Paco Blanco, Barcelona, setiembre 2014

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HÉROES BURGALESES EN LA GUERRA DE CUBA. (IV) EL SOLDADO RUPERTO MARTÍN, HÉROE DE CASCORRO. -Por Francisco Blanco-

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En 1945 la ciudad de Burgos tributaba un público homenaje a uno de los héroes de Cascorro, el soldado burgalés Ruperto Martín Sanz, al tiempo que un decreto de la Jefatura del Estado le concedía de forma honorífica el grado de teniente.

Ruperto había nacido en la localidad burgalesa de Barbadillo del Mercado el año 1876 y al cumplir los veinte años se apuntó voluntario para luchar contra los insurgentes cubanos, que amenazaban acabar con nuestras colonias en el Caribe.

Embarcó en el puerto de Santander a bordo del vapor «Montevideo», junto con otros 5.000 voluntarios. Al llegar a La Habana fue destinado a la provincia de Camagüey, pasando después a Puerto Príncipe, de donde en el mes de mayo, salió con un pequeño destacamento del Regimiento de Infantería María Cristina nº 63, al mando del capitán Neila, hacia la cercana población de Cascorro, donde quedó de guarnición.

El 22 de setiembre de 1896 la pequeña población de Cascorro fue rodeada por una partida de más de tres mil guerrilleros mambises, al mando de los generales insurrectos Máximo Gómez y Calixto García.

Los insurgentes se habían apoderado de un cercano bohío desde donde, durante varios días con sus noches, no dejaron de bombardear la posición que ocupaban los españoles, que empezaron a sufrir numerosas bajas, pero que resistieron a pie firme todas las embestidas que lanzaron los mambises para ocupar su posición, llegando el capitán Neila a rechazar a unos parlamentarios que se acercaron con bandera blanca ofreciéndoles una honrosa rendición.

Finalmente, el 27 de setiembre, con el destacamento español diezmado, agotado por la falta de comida y sin apenas dormir, el capitán Neila pidió voluntarios para una peligrosa misión, que consistía en pegar fuego a aquel cercano bohío desde donde les estaban acribillando. Muchos fueron los voluntarios, entre ellos el burgalés Ruperto, pero, finalmente, el encargado de llevar cabo la hazaña que les iba a salvar fue el madrileño Eloy Gonzalo García (1), quien en la madrugada del 29 al 30, llevando un gran bidón de petróleo, se deslizó hacia la posición enemiga logrando prenderla fuego por varios sitios y obligando a sus ocupantes a abandonarla, consiguiendo regresar con los suyos sano y salvo. Al parecer, el soldado madrileño había pedido que le atasen una cuerda a su pierna para que pudieran recuperar su cuerpo en caso de que resultara abatido por los mambises. El destacamento de Cascorro fue recuperado pocos días después por una columna española al mando del general Adolfo Jiménez Castellanos.

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La escritora burgalesa Mari Cruz Ebro en sus «Memorias de una burgalesa», cuenta que en unas charlas que mantuvo con Ruperto Martín unos cuantos años después de ocurridos estos hechos, éste le contaba como había salvado milagrosamente la vida durante el asedio mientras ocupaba su puesto de vigía: «A mí me salvó la Divina Providencia. Una noche estaba yo en el corredor de la casa cuando oí una voz que me decía: ¡Quítate de ahí! Me volví rápidamente y nada. Ni por detrás, ni a uno ni a otro lado había alma viviente. Ocupé de nuevo mi puesto y de nuevo volví a oír: ¡Quítate de ahí! Y así tres veces. Intrigado por aquellas misteriosas voces, abandoné el corredor y entré en la sala contigua. Una bala me pasó rozando y fue a estrellarse justo en el sitio que yo antes había ocupado…».

Los supervivientes de esta heroica acción fueron condecorados con una medalla al Mérito Militar, y el Casino español de Puerto Príncipe les hizo entrega de un Diploma conmemorativo.

También la gesta de Cascorro fue muy pronto dada a conocer y elogiada por la prensa de la Península, donde las noticias sobre el desarrollo de la guerra colonial, en la que tantos soldados españoles se estaban jugando la vida, eran esperadas con ansiedad y zozobra.

El Diario de Burgos también se hizo eco de ella, publicando en sus páginas la Orden General del Ejército de La Habana, que rezaba así: «Una compañía del primer batallón del Regimiento María Cristina que guarnecía el poblado de Cascorro, se ha defendido durante trece días contra fuerzas insurrectas muy superiores, mandadas por los principales cabecillas de Oriente. Ni las 219 granadas que le dispararon ni la debilidad de los muros de sus tres fuertes, ni las repetidas intimidaciones de rendición, ni los cuatro muertos y once heridos que tuvieron, fueron bastante para conseguir que el ánimo de los defensores decayese un instante, seguros como estaban de que serían socorridos, como lo fueron, por las fuerzas del general Castellanos. Tan brillante hecho me complace publicarlo en orden general para conocimiento de su ejército, y en nombre de S.M. la Reina Regente, felicito a los defensores de Cascorro, que serán recompensados cual merecen, porque han sabido con su valor demostrar que no en vano lleva su regimiento el nombre de tan Augusta Señora, poniendo una vez más de relieve las cualidades de este ejército de operaciones que se honra en mandar vuestro general. Valeriano Weyler».

Concluida la guerra, Ruperto Martín regresó a España en el vapor alemán «Fulda», volviéndose a Burgos, donde reanudó su vida de modesto campesino. Se casó con una joven burgalesa de Quintanilla del Agua, con la que tuvo ocho hijos, de los que tan solo les vivieron tres. Después de trabajar en diferentes faenas, acabó como guarda de campo hasta su jubilación. Murió en el mes de mayo de 1954.

NOTAS

Eloy Gonzalo García falleció de enfermedad el año 1897 en el Hospital Militar de Matanzas, sus restos fueron repatriados a España junto con los del general burgalés D. Fidel Alonso de Santocildes y reposan en el mausoleo del Cementerio de la Almudena de Madrid, levantado en honor de los muertos españoles de Cuba y Filipinas.

El Ayuntamiento de Madrid le dedicó una plaza, que actualmente se llama Plaza de Cascorro, y le levantó una estatua en el Rastro, que fue inaugurada por D. Alfonso XIII.

Paco Blanco, Barcelona setiembre 2014

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HÉROES BURGALESES EN LA GUERRA DE CUBA. (III) EL SARGENTO VÍCTOR HORTIGÜELA, HÉROE DE HOLGUÍN. -Por Francisco Blanco-

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Un burgalés de Villayuda, el sargento Víctor Hortigüela Carrillo, ha recibido en su pecho la Cruz Laureada de la Real y Militar Orden San Fernando, la más alta condecoración militar que se concede en España.

Este alto galardón lo ha recibido como recompensa a su heroica actuación en la defensa de un fortín español situado en el kilómetro 18 de la línea defensiva de Holguín a Gibara, en el término de Aguas Claras.

El 20 de agosto de 1896, estando el sargento Hortigüela encargado de la defensa del citado fortín, al frente de 19 soldados de un batallón del Regimiento de Sicilia Nº 7, se vieron acosados por miles de rebeldes mambises al mando de los generales rebeldes Máximo Gómez y Calixto García. El fortín fue sometido durante más de dos horas a un intenso bombardeo, que causó la muerte de dos soldados y heridas a otros cinco, además de dejar el fortín semiderruido por dos de sus costados. Ante tan desesperada situación, el sargento burgalés supo mantener la calma y organizar una salida de los cinco heridos, protegidos por otros diez soldados, hacia el siguiente fortín de la línea defensiva, situado a unos tres kilómetros, quedándose él y otros dos soldados para proteger la retirada y mantener la posición hasta que ellos mismos pudieron abandonarla y llegar sanos y salvos a lugar seguro. El fortín se perdió, pero se salvaron las vidas de dieciocho soldados, incluida la suya.

El 4 de marzo de 1898, con toda la guarnición de la plaza de Holguín presente, recibiría la preciada condecoración, junto con el diploma de ascenso a segundo teniente de la Escala de Reserva.

El sargento Hortigüela había nacido en el pueblo burgalés de Villayuda el 12 de abril de 1867, en el seno de una modesta familia de labradores. En 1888, al cumplir los 21 años, ingresó como soldado de infantería en el Regimiento Inmemorial del Rey para cumplir con el servicio militar obligatorio, consiguiendo enseguida los galones de cabo segundo. En 1890, cuando llegó el momento de la licencia, parece que le atrajo más permanecer en la vida militar que regresar al pueblo a faenar las escasas tierras familiares, por lo que decidió reengancharse, alistándose en el Regimiento de Sicilia Nº 7, consiguiendo ascender rápidamente, primero a cano primera y más tarde, en 1893 a sargento. Luciendo los galones de sargento, ese mismo año se alistó como expedicionario a Cuba, embarcándose para la isla en el puerto de Santander.

Al estallar en la isla la insurrección de 1895, estaba destinado en la jurisdicción de Holguín, ocupándose su batallón en la protección de la línea del ferrocarril de Jibara a Holguín, donde se encontraba en el mes de agosto cuando se produjo la ofensiva lanzada por más de dos mil mambises rebeldes contra dicha línea férrea.

El sargento Hortigúela siguió combatiendo en primera línea durante los años siguientes, ganando una nueva medalla, la Cruz Roja del Mérito Militar, en 1897.

La temida fiebre amarilla hizo presa en este valeroso soldado, obligándole, tras una larga estancia en un hospital militar, a pedir su traslado a la Península, a donde regresó en 1898, poco antes de que se produjera el total descalabro del ejército colonial español.

Reanudada su vida militar en España, pasó por diferentes destinos en San Sebastián, Vitoria, Pamplona y Burgos y también por Murcia y Andalucía, consiguiendo, siempre dentro de la Escala de Reserva, los correspondientes ascensos a primer teniente, capitán y comandante. En 1919 alcanzó el grado de teniente coronel, siendo destinado a la 6ª Región Militar, alternando su residencia entre Burgos y Santander. En 1927, con el grado de coronel, pasó a la situación de disponible y en 1931, como consecuencia de la reforma militar llevada a cabo por Azaña, pasó a la reserva.

Este héroe de Cuba falleció en Burgos el 7 de junio de 1948.

Paco Blanco, Barcelona, agosto 2014.

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HÉROES BURGALESES EN LA GUERRA DE CUBA. (II) EL GENERAL SANTOCILDES, HÉROE DE PERALEJO. -Por Francisco Blanco-

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El 29 de diciembre de 1898 fondeaba en el puerto de Santander, procedente de Cuba, el vapor «San Ignacio», en el que viajaban los restos mortales de tres esforzados héroes españoles de la guerra de Cuba: el soldado Eloy Gonzalo García, héroe de Cascorro; el general Joaquín Vara del Rey, héroe de El Viso y el general burgalés Fidel Santocildes, héroe de Peralejo.

Fidel Alonso de Santocildes había nacido el 24 de abril de 1844 en el pueblo burgalés de Cubo de Bureba, muy cercano a Briviesca, la capital de la comarca de La Bureba.

Con muy pocos años fue llevado a la ciudad de Burgos, donde tenía dos tíos, uno coronel del Ejército y otro párroco de la iglesia de San Nicolás, los cuales se hicieron cargo de su educación, aunque cada uno tenía sus propias ideas al respecto.

El destino de Fidel, como consecuencia de las diferentes presiones de sus tíos, durante los años de su primera educación en Burgos estuvo fluctuando entre la Iglesia y el Cuartel; tal vez el hecho de que su abuelo materno fuera el teniente general don José María de Santocildes y Llanos (1), coadyuvó a que venciera finalmente la opción militar, por lo que el año 1859 ingresaba como cadete en el Colegio de Infantería de Toledo, del que salió en el año 1861con el grado de alférez.

A partir de aquí, su brillante carrera militar se desarrolló prácticamente en las Antillas Españolas, salvo algunas cortas estancias en la península.

Su primer destino fue Puerto Rico, donde también consiguió su primer ascenso a teniente, como recompensa a su brillante actuación durante la insurrección de Santo Domingo. En 1869 marchó para Cuba, desembarcando en la ciudad porteña de Manzanillo, donde fue destinado al Batallón de Cazadores de San Quintín, incorporándose de inmediato a las acciones militares contra la primera insurrección de los isleños, a las órdenes directas del por entonces coronel Martínez Campos, con el que participó en las acciones costeras de Manzanillo, Bayamo y Juagani y también en las del interior de la Loma de Pancho Fonseca, Faldón, Las Cajitas, Piedra de Oro y La Rinconada, en las que contrajo unas dolencias reumáticas que le acompañaron de forma intermitente durante el resto de su vida. Nuevamente, su destacada actuación personal en estas acciones le valieron varias condecoraciones y en 1871 el ascenso a capitán. Pasó después a la Provincia Oriental, donde estuvo a las órdenes del general Galbis, alcanzando el grado de comandante en 1875 y el de teniente coronel en 1878, esta vez como recompensa a su heroico comportamiento en la retirada de San Ulpiano, bajo el mando de otro burgalés, el coronel Sanz Pastor. Por esta acción militar su Batallón se hizo acreedor a la Corbata de San Fernando.

En 1878, finalizada la primera insurrección con la llamada paz de Zanjón, que ponía fin a la guerra de los «Diez Años» (1868-1878), Santocildes fue trasladado a Cifuentes, donde alcanzó el grado de coronel, pasando después a la guarnición de La Habana, al mando del Regimiento «Cazadores de Chiclana».

Permaneció en la Península entre 1881 y 1884, y en este último año volvió a Cuba, asignándosele el mando del Regimiento de la Reina.

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Entre los años 1889 y 1895 estuvo al mando de los Regimientos de la Reina, de Isabel la Católica y del Batallón de Orden Público de la Habana, siendo su persona querida y respetada tanto por la población civil como por los oficiales y tropa a sus órdenes.

En la capital isleña, la nutrida colonia burgalesa que allí estaba aposentada había fundado la «Sociedad Benéfica Burgalesa de La Habana», de la que el coronel Santocildes fue nombrado presidente, promocionando la construcción de un monumento al Cid Campeador, el héroe burgalés por antonomasia, a cuya financiación contribuyó aportando una importante suma. También aprovechó esta época de tranquilidad militar para contraer matrimonio con una dama de la alta sociedad de La Habana.

Como dato curioso, cabe reseñar que uno de estos miembros de la colonia burgalesa en la capital antillana, D. Manuel Alarcia, propietario de una librería, visitó Burgos en el verano de 1894, aprovechando su estancia en su patria chica, entre otras muchas cosas, para comprar unos cuantos números de lotería para el próximo sorteo de Navidad. Pues bien, uno de esos décimos, con el número 8.653, resultó agraciado con el Premio Gordo, consistente nada menos que en tres millones de pesetas. Era la primera vez que un premio gordo de Navidad era vendido en una administración burgalesa.

La paz de Zanjón, firmada en 1878 por el Capitán General de Cuba, general Martínez Campos y los cabecillas insurgentes Máximo Gómez y Antonio Maceo, no había dejado satisfechos a los cubanos, pues suponía un reforzamiento del centralismo y el aumento de la influencia de la metrópoli en los asuntos cubanos, lo que representaba la total frustración de sus aspiraciones independentistas. El descontento generalizado y el incumplimiento de algunas promesas por parte del Gobierno español, llevó a los cubanos a una nueva insurrección militar, conocida como la «Guerra Chiquita».

El 26 de agosto de 1879, al grito de «¡Independencia o muerte!» se levantaba la ciudad de Holguin, en la Provincia Oriental, a la que pronto se unió la de Manzanillo, ambas pertenecientes a la Comandancia Militar que mandaba el coronel Santocildes, que inmediatamente se puso al frente de sus tropas para acudir a sofocar este nuevo levantamiento. Esta segunda insurrección, conocida como «guerra chiquita» terminó en setiembre de 1880 con la derrota total de los rebeldes, que mal pertrechados y faltos de sus principales dirigentes, la mayoría exilados, sufrieron numerosos reveses a manos de los mejor preparados soldados españoles. Sin embargo, esta nueva derrota militar no acabó con las aspiraciones independentistas de los cubanos. Un nuevo líder, José Martí, se convirtió en el dirigente del pueblo cubano, que en 1895 iniciaría la tercera y última insurrección, que acabaría con el dominio español en Cuba.

El 24 de febrero de 1895, de forma simultánea, 35 localidades cubanas se alzaron en armas contra la ocupación española. Era la tercera insurrección de los cubanos contra el dominio de la metrópoli, que acabaría en 1898 con la rendición incondicional del ejército colonial español ante los rebeldes mambises, aunque estos contaban para entonces con la importante ayuda del ejército yanqui, que había desarbolado los tristes restos de la exigua armada española.

El coronel Santocildes se puso nuevamente en campaña, esta vez al frente del Regimiento de Isabel la Católica, desarrollando sus operaciones por la zona de Manzanillo, donde el conflicto se había generalizado y los enfrentamientos entre los dos ejércitos eran frecuentes y encarnizados. En el mes de mayo de este mismo año de 1895, en plena campaña, le fue comunicado su ascenso a General de Brigada.

La presencia en la zona Oriental del general rebelde Antonio Maceo, obligó al general Martínez Campos, que era el Capitán General de Cuba, a dirigirse hacia dicha zona en ayuda del general Santocildes.

El 11 de julio de 1895 el general Maceo concentraba sus fuerzas en Bayamo, mientras el general Martínez Campos organizaba un convoy en Veguitas para dirigirse contra él, mientras el general Santocildes se dirigía hacia Río Buey. El día 13 Maceo abandonaba Bayamo y ocultaba sus tropas entre las sabanas de Barrancos y Río Mabay, esperando las tropas de Santocildes, acampadas en la sabana de Peralejo, mientras que el general Martínez Campos y sus refuerzos quedaban bloqueados en Bayamo. En el enfrentamiento, las tropas españolas mandadas por Santocildes sufrieron un gran descalabro, superándose la impresionante cifra de mil bajas, entre las que se encontraba el propio general Santocildes que, al frente de sus hombres, recibió dos balazos en el pecho, a pesar de los cuales siguió alentando a sus soldados, hasta que un tercer balazo en la cabeza acabó definitivamente con su vida.

El general Martínez Campos estuvo durante ocho días bloqueado en Bayamo, hasta que llegaron en su ayuda las tropas de los generales Lachambre y García Navarro, lo que le permitió levantar el cerco y abandonar la ciudad. Este desastre militar de Peralejo, además de costarle el puesto a Martínez Campos, permitió a los mambises apoderarse de la totalidad de la Provincia Oriental, lo que significó el primer golpe importante en la lucha de los cubanos por su independencia. El propio Generalísimo de los rebeldes, el general Máximo Gómez, felicitó al general Antonio Maceo por su espectacular victoria.

El general Santocildes fue condecorado, a título póstumo, con la Cruz Laureada de San Fernando. En 1904 sus restos recibieron sepultura en el Real Panteón de Nuestra Señora de Atocha.

NOTA: El teniente general D. José María de Santocildes y Llanos fue un heroico defensor de la ciudad de Astorga durante la invasión napoleónica.

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HÉROES BURGALESES EN LA GUERRA DE CUBA (I). EL GENERAL SANZ PASTOR HÉROE DE SAN ULPIANO. -Por Francisco Blanco-

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El 10 de febrero de 1878 se firmaba con los insurrectos cubanos la Paz de Zanjón, que ponía fin a una guerra de 10 años entre cubanos y españoles, conocida también como la «Guerra Grande». La falta de unidad, la indisciplina y el cansancio, habían hecho mella en las tropas mambisas, circunstancias que aprovechó el general Martínez Campos, por entonces Capitán General de Cuba, para ir minando la moral del llamado «Ejército Libertador», hasta conseguir su rendición.

Sin embargo, este final victorioso para las armas españolas se vio empañado por la importante debacle que, tan sólo unos días antes, había sufrido en la acción militar de San Ulpiano el famoso y laureado Batallón de cazadores San Quintín nº 11, mandado por el coronel burgalés Pascual Sanz Pastor, a cuyas órdenes, como 2º jefe, también combatía otro burgalés, el comandante Fidel Alonso de Santocildes.

El 6 de febrero, el general mambís Antonio Maceo Grajales, al frente del último contingente de tropas insurgentes que seguían combatiendo en la Provincia Oriental, tendieron una emboscada a una columna española, dirigida por el citado coronel Sanz Pastor, obligándola a refugiarse en el alto de San Ulpiano, donde se hizo fuerte, dando comienzo una tenaz resistencia, que se prolongó durante tres días, con sus respectivas noches, durante los que tuvieron que soportar las feroces y continuadas acometidas mambises, que fueron diezmando los efectivos españoles, pero sin lograr que se rindieran, a pesar de su superioridad numérica, que les permitía atacar en oleadas y de que la distancia entre los contendientes apenas llegaba a los 50 metros. Finalmente, la valerosa acción del corneta Cayetano Fernández, que en la noche del día 7 se ofreció voluntariamente a intentar cruzar las líneas enemigas en busca de refuerzos, consiguiendo llegar al destacamento de La Caoba, de donde salió una columna, al mando del teniente coronel Valenzuela, que el día 8 consiguió romper el cerco y dispersar las fuerzas atacantes, pudiendo los escasos sobrevivientes del Batallón llegar al campamento de Floridablanca, después de sufrir, entre muertos y heridos, más de 200 bajas. Tan sólo 80 de los hombres que integraban el Batallón, muchos de ellos con heridas de bala, y todos al borde del desfallecimiento, pudieron entrar en el campamento de Floridablanca, donde fueron recibidos con honores militares.

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Unos meses después de esta heroica gesta, el 11 de agosto de 1878, el general Martínez Campos, Capitán General de la isla de Cuba, leía ante la formada guarnición del cuartel general de La Habana la orden del rey D. Alfonso XIII, concediendo al Batallón de San Quintín su segunda Corbata de la Real y Militar Orden de San Fernando. Al finalizar la lectura, el general Martínez Campos desmontó de su caballo y, en medio de un sepulcral silencio, ciñó la Corbata a la bandera del Batallón, al tiempo que orgullosamente exclamaba: Su Majestad el Rey ha tenido a bien condecorar a este batallón con la Corbata de San Fernando. ¡Yo, en su nombre, la cuelgo de su bandera! ¡Soldados, Viva España! ¡Viva el Rey!

Pascual Sanz Pastor había nacido el año 1843 en Zazuar, un pequeño pueblo de la Ribera del Duero muy cercano a Aranda de Duero, ingresando como cadete el año 1860 en la Academia de Infantería de Toledo, de donde salió tres años después con el grado de subteniente. El Ejército español en las Antillas fue uno de sus primeros destinos, pues en 1864 tomó parte en la campaña de Santo Domingo (1), pasando a Cuba una vez finalizada. En 1870, luchando contra los insurgentes cubanos fue herido dos veces, lo que le valió el ascenso a capitán y la concesión de la Cruz del Mérito Militar de 1ª clase. Su salud se resintió, por lo que en 1872 fue enviado a la Península, donde tras unos meses de convalecencia y recuperación, le tocó participar en la 3ª Guerra Carlista con el II Batallón del Regimiento de Infantería de América nº 14, actuando contra las partidas carlistas que operaban por Cataluña, siendo herido por tercera vez y alcanzando el grado de teniente coronel por méritos de guerra, siendo también condecorado por su valerosa actuación personal con la Cruz Roja del Mérito Militar de 2ª clase. También participó, formando parte del Regimiento de Infantería Luchana nº 28, en el levantamiento del sitio de Bilbao, acción por la que la I República española le concedió la Medalla de Defensa de Bilbao y el ascenso al empleo de coronel, nuevamente por méritos de guerra. Pasó después a luchar contra los carlistas navarros, resultando nuevamente herido en el frente de Viana, por lo que se le concedió una Cruz Roja del Mérito Militar de 2º clase. Su última acción en la guerra carlista fue para levantar el bloqueo de Pamplona, lo que le valió la concesión de la Encomienda de Carlos III.

En 1876, este laureado coronel solicita su regreso a Cuba, donde vuelve al combate, esta vez a las órdenes del general Martínez Campos, poniéndose al frente del Batallón de San Quintín, una fuerza de élite que se había hecho famosa por sus valientes actos de guerra. Su valerosa actuación en la citada defensa de San Ulpiano le valió el ascenso a General de Brigada y la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando (2).

Su brillante carrera militar continuó en la Península, donde ejerció diferentes cargos en Valencia y Castilla la Nueva, siendo nombrado en 1887 Gobernador militar de Logroño. En 1890 alcanza el empleo de General de División, siendo nombrado Comandante General del Distrito Militar de las Provincias Vascongadas, pasando en abril de 1893 a ser el 2º cabo de la Capitanía General de Burgos. Su muerte se produjo en la capital burgalesa el 30 de agosto de este mismo año, siendo Capitán General interino de Burgos y su Región militar. La lista de las numerosas condecoraciones a las que el general Sanz Pastor se hizo acreedor gracias a su valor y su genio militar, se completan con la Cruz sencilla de San Hermenegildo, la Placa de San Hermenegildo y, poco antes de su muerte, la Gran Cruz de San Hermenegildo.

En la ciudad de Burgos hay una calle con su nombre, que mantiene viva la memoria de tan ilustre militar burgalés.

NOTAS:

En 1861 el primer presidente de la República Dominicana en 1844, Pedro Santana, firmó un pacto con el Gobierno de Isabel II, por el que se restablecía en la nación su antiguo estado colonial. Pero esta decisión causó un gran rechazo por parte de la oposición política de la isla, que en 1863 acabó provocando una sublevación armada contra el colonialismo español conocida como la «Guerra de la Restauración», que finalizó en 1865 con el abandono de la isla por parte de las tropas españolas. En agradecimiento por su generoso gesto, la reina Isabel II nombró a Pedro Santana Marqués de las Carreras.

En Cuba, el 10 de octubre de 1978 también se rindió homenaje a la memoria de Antonio Maceo, declarando la acción de San Ulpiano como Monumento Nacional.

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