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PANCORBO: Puerta de Castilla. -Por Francisco Blanco-.

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                             “Era Castilla la Vieja un puerto bien cerrado,

                              non había entrada mas de un solo forado,

                              tuvieron castellanos un puerto bien guardado,

                              porque de toda España ese ovo fincado”  

                                        (Poema de Fernán González.)

En las últimas estribaciones meridionales de la Cordillera Cantábrica se alzan, como un ancestral e inexpugnable paredón natural, los Montes Obarenes, de origen jurásico, cuya cresta más alta es el Pan Perdido de 1237 metros de altitud. Cierran el paso a las llanas tierras burebanas y por el norte obligan al Ebro a excavar complicadas hoces en Sobrón y La Horadada, para seguir su curso hacia las tierras llanas de La Rioja, al mismo tiempo que van perfilando angostos desfiladeros, cual profundas y misteriosas gargantas de piedra. Un bello y estremecedor paisaje que nunca deja de impresionar al viajero que lo atraviesa, vigilado por un numeroso grupo de rapaces que revolotean vigilando sus nidos. Con todo merecimiento se le ha calificado como “Paisaje Protegido”.

El Desfiladero de Pancorbo es la secular puerta natural de comunicación entre Castilla y el País Vasco. En lo alto del desfiladero, cual atento e impávido centinela, se alza el castillo-fortaleza de Santa Engracia, construido en el año 1794 por orden de Carlos IV, como consecuencia de la guerra franco-española declarada en el 1793 y ante el temor de una posible invasión francesa. La guarnición estaba formada por 10.000 hombres, 600 caballos y 173 piezas de artillería. Quien sí ocupó la fortaleza fue Napoleón y sus tropas, cuando invadieron España en noviembre del 1808, permaneciendo en ella hasta junio de 1813, que fue recuperada por las tropas españolas, en plena desbandada del ejército invasor. En el año 1823 fue prácticamente arrasado por los “Cien Mil Hijos de San Luis”, que invadieron España con el único propósito de dejar bien sentado en su trono absolutista al rey español Fernando VII.

De la época medieval todavía quedan los restos del castillo de Santa Marta, que tantas veces soportara las violentas embestidas de los invasores, árabes ó cristianos, pues de todo hubo. Este castillo, construido en el siglo IX, que se alzaba sobre la cima de una impresionante cresta rocosa, situada al noroeste del actual núcleo urbano, hizo de Pancorbo la inexpugnable puerta de Castilla durante los duros años del acoso sarraceno. Fue prácticamente destruido en un asedio que tuvo lugar durante la Primera Guerra Carlista, el 10 de agosto de 1835.

Pero, ateniéndose a la Historia, el Desfiladero de Pancorbo ya tenía importancia en tiempos de los romanos; por él discurría la transitada Vía Aquitania, que partía de Narbona, llegaba hasta  Burdeos y atravesaba los Pirineos por Pamplona, llegando hasta la ciudad romana de Astorga. Esta ruta también era utilizada por los peregrinos del camino de Santiago que llegaban por el llamado “Camino Francés”.

Pancorbo fue un bastión para el condado de Castilla y sufrió numerosos ataques de las tropas musulmanas. A partir de la invasión musulmana, como consecuencia de la repoblación por los “foramontanos” de lo que más tarde se convirtió en Castilla, desde finales del siglo IX Pancorbo y su desfiladero se convirtieron en piezas claves de su historia. La primera invasión de las tropas  musulmanas se produjo en el año 803, cuando arrasaron las tierras alavesas atravesando el desfiladero al que denominaron del “Wadi Arum” (río Orón). Años más tarde, en el 837, el belicoso Abd al-Rahman III se apodera de la plaza fuerte, ocupándola durante varios años hasta que vuelve a poder de los Condes castellanos.

En el año 882 el emir cordobés Muhammad I envió una expedición de castigo contra el valle del Ebro, siendo por entonces alcaide de Pancorbo el conde Diego Rodríguez Porcelos, sin que consiguiera sus propósitos invasores. La “Crónica Albendense” nos lo relata así: “Esa misma hueste, llegando también al extremo de Castilla, al castillo que se llama Pancorbo, luchó por tres días y no consiguió victoria alguna, sino que a muchos de los suyos les perdió por venganza de la espada. Diego, hijo de Rodrigo, era conde de Castilla. También Munio, hijo de Nuño, dejó desierto Castrojeriz ante la llegada de los sarracenos, porque todavía no estaba fuertemente guarnecido”.

Muhammad I volvió a repetir su intento al año siguiente, en la primavera del 883, con el mismo resultado que en el anterior. La “Crónica Albeldense” nos lo vuelve a contar: “Luego pasó a los confines de Castilla, al castillo de Pancorbo, y allí empezó a luchar por su propia voluntad, pero al tercer día se retiró de allí muy maltrecho. El conde era Diego”.

Para la “Crónica Albeldense” Pancorbo se encuentra “in extremis Castelle ueniens ad castrum cui Ponte Curbum nomem…”, es decir, en los límites de Castilla, y su nombre, Ponte Curbo ó Ponte Curbun, se debe, con toda probabilidad, al puente que existía al principio del desfiladero, actualmente conocido como el Puente de la Magdalena. El nombre de Pancorbo ya aparece en el año 957 en un cartulario procedente del Monasterio de San Millán de la Cogolla.

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En el año 1028, tras el asesinato en León del joven conde castellano García Sánchez, el rey de Navarra, Sancho III el Grande, que era su tío, asume el control del Condado de Castilla, y a su muerte, ocurrida en octubre del 1035, Pancorbo pasa a formar parte el reino navarro, hasta que, en el 1054, tras la batalla de Atapuerca, en la que resultó vencedor el conde castellano Fernando Sánchez, pasó a integrarse definitivamente en lo que ya era, “de facto”, el reino de Castilla.

En el año 1147 el rey de Castilla y León, Alfonso VII el Emperador, concede fueros a la villa de Pancorbo, que empieza a adquirir una notable prosperidad económica, gracias, especialmente, al desarrollo de su agricultura y su ganadería y también al comercio establecido con sus vecinos de Álava y La Rioja, llegando, en el año 1463, a formar parte de la “Hermandad de Álava”, junto con Vitoria, Miranda de Ebro, Salvatierra y Sajazarra, hasta que en el 1481, tanto Pancorbo como Miranda la abandonaron. Actualmente pertenece al Partido Judicial de Miranda de Ebro, aunque durante la Edad Media llegó a ser la capital de la Merindad de La Bureba.

El pueblo, enmarcado en el abrupto y pétreo paisaje de los Montes Obarenes, está regado por el río Oroncillo, que nace en dichos montes y desemboca en Miranda por la orilla derecha del Ebro; su disperso y escalonado caserío es un típico y atractivo ejemplo de arquitectura popular, encajada en un paisaje verdaderamente espectacular. Actualmente cuenta con unos 600 habitantes, aunque como centro de atracción turística está bastante concurrido. También posee un importante “Centro de Cría y Selección del caballo Losino”, también conocido como “jaca burgalesa”, una raza equina totalmente autóctona de Castilla, que ha estado durante muchos años en peligro d extinción. En la actualidad la cabaña está compuesta por poco más de 300 ejemplares.

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En la zona norte del pueblo se encuentra la iglesia de Santiago, construida en el siglo XIV aprovechando los restos románicos de un templo anterior. La iglesia parroquial  de San Nicolás, del siglo XVIII, se encuentra en el centro del núcleo urbano. En la entrada al desfiladero por el lado norte, una enfrente de la otra, se alzan las ermitas de Nuestra Señora del Camino y la del Santo Cristo del Barrio, en las que periódicamente tienen lugar populares y devotas romerías.

El atractivo turístico de Pancorbo se completa con la incomparable belleza paisajística que ofrecen las rutas por los Montes Obarenes que la rodean, y los cercanos valles del Ebro con las espectaculares hoces que el río dibuja en su accidentado descenso hacia las tierras llanas.

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Autor: Paco Blanco, Barcelona, abril 2016

POR EL VALLE DE MENA: ROMÁNICO Y GASTRONOMÍA. -Por Paco Blanco-.

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El pintoresco Valle de Mena se encuentra en el extremo noroeste de la provincia de Burgos, colindando con las provincias vascas de Álava y Vizcaya. Los atractivos que este valle ofrece al viajero son numerosos y variados, empezando por los gastronómicos y continuando por los culturales y artísticos, sin olvidar el paisaje espectacular de los numerosos bosques de robles y hayas, en los que también conviven diferentes especies de pinos, además de una rica y variada flora y fauna.

Esta exuberancia del paisaje será lo primero que disfrute el viajero que llegue desde Trespaderne, donde hay una doble desviación a la derecha, la carretera mas a la derecha le llevará por el valle de Tobalina hacia el embalse de Sobrón y Santa María de Garoña, donde en el año 1970 se levantó una central nuclear que lleva su nombre y que mantuvo su actividad hasta el año 2012, en que fue cerrada; la otra desviación es la carretera de Bilbao o BU-550, que atraviesa unos cañones que siguen el curso del rio Jerea, hasta llegar al túnel de Peña Angulo, en este punto vale la pena desviarse y ascender a la cima de Peña Angulo, desde donde se disfrutará de una amplia y atractiva perspectiva del Valle de Mena y de los impresionantes cortantes que caen por la parte de Álava.

Desde el puerto de Peña Angulo por la carretera que lleva a Valmaseda, cogiendo el desvío que conduce a Arza, el viajero se encontrará con la iglesia de San Pelayo de Ayega, una de las joyas que jalonan la ruta románica del Valle de Mena.

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La iglesia se encuentra en el pequeño caserío de Ayega, lindando con las provincias vascas de Álava y Vizcaya. Fue construida entre los siglos XI y XII sobre los restos de un viejo monasterio y está consagrada a la advocación de San Pelayo, aquel joven gallego de 14 años, apresado por Abd-al-Rahmán III poco después de la Batalla de Valdejunquera y martirizado en Córdoba el año 925, al negarse a aceptar sus requerimientos amorosos y afirmarse rotundamente en su fe cristiana.
Como es lógico, de la antigua fábrica se conservan pocos elementos originales, debido a las diversas modificaciones que sufrió, y también a la labor destructora del tiempo y el abandono.

En la actualidad, se puede admirar el ábside semicircular con canecillos en los que hay grabadas figuras vegetales y animales, con una ventana en la que se representa el tema de la Anunciación de Nuestra Señora, de mucha devoción por aquellos tiempos. También se puede admirar la portada con tímpano historiado. Este tímpano, posiblemente la pieza más destacada de la portada, es de una sola pieza, aunque a simple vista parezca apoyado sobre un dintel. Representa en relieve una escena que podría tener como posible lectura el martirio de los cristianos que eran arrojados a los leones. Así, un león aparece a la derecha teniendo en sus fauces a una figura humana. En el centro cuatro figuras en pie tienen las manos atadas, posibles próximas víctimas de las fieras; a la izquierda una figura a caballo pudiera representar un juez (otros ven a Sansón con el león); en lo alto se ven siete cabezas con alas o brazos, que podrían ser las almas de los mártires que se elevan al cielo. En el dintel puede leerse la siguiente inscripción : EGO SU(M) PELAGI(US) CORDU(BA), “yo soy Pelayo de Córdoba”, lo que hace pensar en el martirio de San Pelayo, que fue degollado en Córdoba en el año 925, cuya devoción se extendió rápidamente por toda la España cristiana.

Toda esta ornamentación, sin embargo, ha sido motivo de diversas e interesantes interpretaciones. En la “Enciclopedia del románico”, por ejemplo, José Manuel Rodríguez Montañés, nos dice al respecto: “sobre estas figuras terrenales se dispusieron otras angélicas, creando así una doble oposición, en el plano longitudinal, entre la victoria de la fe sobre el diablo y el castigo del pecador y, en el vertical, entre lo terrenal y lo divino”.

En el interior de la iglesia, que albergó el panteón de la poderosa familia burgalesa de los Salazar, todavía se conservan algunas pinturas.
Finalizada la visita a la iglesia de San Pelayo, se vuelve de nuevo a la carretera en dirección Valmaseda y poco antes de llegar a Antuñano hay que desviarse a la izquierda en dirección a Bortedo y El Berrón y coger de nuevo la carretera de Bilbao a Burgos hasta llegar a Vallejo de Mena, localidad enclavada en un antiguo ramal del Camino de Santiago, cuya iglesia es el segundo objetivo de esta excursión. Total, unos 12 kilómetros.

En lo alto de una colina, dominando el pequeño pero pintoresco pueblo de Vallejo de Mena, se levanta la iglesia de San Lorenzo, sin duda una de las más preciadas joyas de todo el románico peninsular, que todavía se puede admirar en perfecto estado de conservación.

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Construida entre finales del siglo XII y principios del XIII, se trata de un templo-fortaleza tardo románico, cuya fundación, según indica la inscripción que aparece en una de sus tumbas: “Donna Endrequina de Mena dio esta casa a Hierusalem”, es atribuible a dicha doña Endrequina, posible descendiente de alguno de los primeros foramontanos o repobladores que llegaron aeste Valle de Mena desde tierras cántabras o vasconas, la cual, según se deduce de la palabra Hierusalem, la legó a la “Soberana y Hospitalaria Orden Militar de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta”, más conocida por la Orden de Malta, fundada en el siglo XI, una de sus misiones, por aquellos agitados tiempos de la dominación árabe, consistía en proteger a los peregrinos que discurrían por la “Ruta Jacobea” en busca del sepulcro con las reliquias de Santiago Apóstol. Los Caballeros Hospitalarios ó de Malta, en España estaban agrupados en cuarenta y una Encomiendas que pertenecían al Priorato de San Jorge y Santiago.

La iglesia es de nave única, con presbiterio desarrollado y un ábside semicircular. Al interior de la iglesia se puede acceder por tres puertas, siendo la occidental la más interesante, con dos archivoltas exteriores, en cuya ornamentación aparecen centauros, caballeros medievales, una representación del pecado original y otra del pecado de lujuria. La puerta sur está formada por tres archivoltas decoradas con motivos vegetales; sobre esta puerta se levanta una galería de catorce arcos de medio punto sobre columnas prismáticas sin decoración, a la galería se asciende por una escalera de husillo, a esta galería está adosada la sacristía. La tercera puerta es la más sencilla y se la conoce como “Puerta del perdón”. Toda la fachada está recorrida por dos niveles de canecillos, el superior está sin decorar y en el inferior se representan serpientes entrelazadas, flores de lis, figuras humanas y otros objetos diversos.

Sobre el ábside puede afirmarse que es uno de los más bellos del románico español. Su estructura es clásica de tipo lombardo, de bellas proporciones y sillería perfecta. Existe un rico juego de columnas de diversa altura. Está dividido en cinco tramos o paños mediante haces de columnas, en cuyos capiteles se representan temas vegetales, animales y también rostros humanos; lo mismo ocurre en los canecillos del tejado y en las arquerías ciegas.

El interior está formado por una sola nave con tres tramos, acabando en el presbiterio que precede al ábside. Está cubierto por bóveda de crucería y cada tramo está dividido mediante arcos fajones que descansan sobre pilares compuestos. Detrás del presbiterio se abre un nicho donde se encuentra el sepulcro renacentista de D. Fernando de Vivanco y Sarabia, capitán de Monteros al servicio de Felipe III, perteneciente a una ilustre familia de Espinosa, muerto al año 1631.
Al igual que ocurre en el ábside, los capiteles de las columnas interiores están decorados con representaciones de vegetales y animales y también con diferentes escenas de temas religiosos, como San Martín repartiendo su capa con un pobre, hombres navegando en una barca, que pudiera referirse a Jesús y sus discípulos, o la resurrección de Lázaro.

El viajero siempre retendrá en su memoria la monumental imagen de esta singular iglesia, de una calidad arquitectónica sorprendente y en un perfecto estado de conservación. Lo cual también resulta sorprendente.

Después de visitar la iglesia de San Lorenzo, el nuevo destino tan solo se encuentra a unos tres o cuatro kilómetros de camino. Se trata, en esta ocasión, de la pequeña localidad de Siones de Mena, rodeada de bosques y bañada por el río Cadagua, a los pies de los montes de la Peña.

En la falda de los montes de la Peña, descansando sobre un verde prado, está enclavada la bella iglesia de Santa María de Siones, levantada en las postrimerías del siglo XII, siendo, según algunas fuentes, de origen templario. En cualquier caso, se trata de una magnífica muestra del tardo románico burgalés, perfectamente conservada, aunque la cabecera ha sufrido alguna restauración.El templo presenta excelente obra de sillería. Consta de una sola nave rectangular con dos portadas, cabecera con ábside semicircular y torre sobre el falso crucero. Tiene dos portadas. La meridional es sencilla, mientras que la occidental tiene un gran desarrollo con cinco archivoltas con molduras y cuatro pares de columnas. La visita exterior descubre un templo de tres volúmenes escalonados y armónicos. La escultura exterior es escasa, pero ayuda a embellecer el conjunto.

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El interior del templo, con tres tramos perfectamente escalonados, es de gran riqueza. El presbiterio congrega el mayor interés y vistosidad. Tiene una bellísima arquería doble de siete arcos cada una, que recorre el hemiciclo. Existe una nutrida serie de capiteles decorados con esculturas con motivos vegetales y alegóricos. Se podría destacar una escena de “David y Goliat”, así como otra del “Paraíso Terrenal” con Adán, Eva, el árbol surtido de fruta y la serpiente.

El crucero merece una atención especial por su bóveda de crucería, soportada por arcos torales y en los muros laterales sendos edículos o tabernáculos con bóveda propia y variedad de arcos y capiteles con diversas decoraciones.

La visita ha terminado. Si el viajero no ha quedado satisfecho o el horario lo permite, en el cercano pueblo de El Vigo podrá detenerse a admirar el tímpano de su vieja iglesia románica de San Pedro, en el que hay grabada, en un bloque de piedra monolítico, una impresionante escena de La Crucifixión, que se desarrolla precisamente en el centro de dicho tímpano, en el que aparece la figura de Cristo semidesnudo dirigiéndose al Calvario con la cruz a cuestas, precedido por dos soldados romanos y escoltado por otros dos, todos ellos armados; la escena se completa con un personaje barbudo y una mujer cuyo rostro muestra un rictus de dolor. En los relieves externos se puede ver el sepulcro vacío vigilado por soldados y las tres Marías que acuden a visitarlo.

Esta pequeña iglesia románica, al igual que el pueblo en el que quedan alrededor de media docena de vecinos, se encuentra en franco estado de abandono, aunque se mantiene en pie la fachada y toda la estructura exterior de sólida piedra de sillería. Está situada muy próxima a la iglesia parroquial de San Pedro, construida en el siglo XIX.

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Otro de los atractivos, esta vez gastronómicos, que el Valle de Mena burgalés ofrece a sus visitantes es la “Cocina Menesa”, tanto la tradicional como la vanguardista. Hay platos para todos los gustos, incluidos los paladares más exigentes. Tanto del recetario típico regional, como de los más sofisticados platos de la “nueva cocina”, disfrutará el viajero por la calidad de los productos utilizados en su elaboración, la mayoría procedentes de la propia despensa comarcal. También son numerosas las “Jornadas Gastronómicas” que se celebran en diferentes localidades a lo largo de todo el año.

Tienen gran presencia en la cocina menesa los guisos y asados de cordero y también los de carne de cerdo, bovina y caprina. Y qué vamos a decir de los suculentos cocidos o platos de cuchara tan populares, elaborados con verduras, legumbres, carnes de cerdo y de vaca, morcillas, chorizos……., todos productos procedentes de la huerta o la cabaña del valle. Son tradicionales y dignos de ser disfrutados el Puchero menés o las Patatas a la menesa, también es muy popular y tradicional el Torto menés, consistente en un buen trozo de hogaza de pan blanco y enharinado, conteniendo en su interior una buena sarta de chorizo bien curado, procedente de la matanza. De los cercanos puertos del Cantábrico llegan diariamente al valle toda clase de pescado recién capturado, listo para ser cocinado al horno, a la sartén o a la plancha, aderezado o adornado con las ricas verduras, legumbres o patatas del valle y regados, si el comensal lo prefiere, con el chispeante “chacolí”, vino autóctono, elaborado en el Valle de Mena nada menos que desde la Edad Media. En los numerosos y tupidos bosques del valle, rodeados de verdes prados, abundan tanto un gran número de variedades de setas como de especies de caza, que también ocupan un lugar destacado en la rica cocina menesa.

Entre los pueblos a los que el viajero puede dirigir sus pasos para seguir disfrutando, esta vez de la suculenta gastronomía de este histórico y fértil valle, nos vamos a permitir citar los de Angulo, El Berrón, Mercadillo, Villasana, Cadagua o Valle de Mena, con la seguridad de que, sea cualquiera el que elija, no saldrá defraudado.

El alto valor ecológico de este singular y atractivo Valle le ha valido ser incluido en la “Red Natura 2000”, red ecológica europea y ser declarado cono “Zona de Especial Conservación” (ZEC).

Autor: Paco Blanco, Barcelona, marzo 2016

POR LA RUTA DE LA LANA. -Los Arauzos- -Por Francisco Blanco-

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“….late un mastín en el hato,

tiembla una esquila lejana,

de los álamos del río

llega un sonido de plata….”

(Enrique de Mesa)

Nada más superar el otero del “Confín”, que marca la línea divisoria entre las provincias de Soria y Burgos, nos encontramos con Hinojar del Rey, la primera localidad burgalesa de la “Ruta de la Lana”; se trata de un pequeño lugar de realengo, perteneciente a la antigua Jurisdicción de Los Arauzos, una histórica comarca castellana situada entre la Sierra de la Demanda y la Ribera del Duero. Según el censo de 1834 pertenecía al partido de Aranda de Duero y estaba integrada por diez villas, un lugar y una aldea, todas ellas con jurisdicción de realengo, lo cual quiere decir que era únicamente el rey quien tenía la potestad de conceder el señorío de estas villas a un noble o eclesiástico de alto rango, bien fuera por venta o por merced personal del monarca. Las villas son: Arauzo de Miel, Arauzo de Salce, Arauzo de Torre, Arauzo de Valdearados, La Gallega, Quintanarraya, Huerta de Rey, Tubilla del Lago, Espinosa de Cervera y Valdeande; Hinojar del Rey es el lugar y Doña Santos la aldea.

Según el Censo de Vecindarios de la Corona de Castilla, también conocido como el Censo de los Millones, realizado en 1591 durante el reinado de Felipe II, incluía también Jaramillo de la Fuente y Riocavado de la Sierra, contando con 876 vecinos pecheros. Por su parte, el historiador burgalés D. Canuto Merino Gayubas nos lo describe así: “En 1.591 aparece Arauzo de Miel como cabeza de partido de los “Arauces o Arauzos”, que reúne catorce localidades y que suma 876 vecinos con más de 4.000 habitantes. Lo formaban: Arauzo de Miel, Arauzo de Salce, Arauzo de Torre, Baños de Valdearados, Doña Santos, Espinosa de Cervera, La Gallega , Jaramillo de la Fuente , Valdeande, Riocabado, Tubilla del Lago, Huerta del Rey, Quintanarraya e Hinojar del Rey”.

La “Ruta de la Lana” la utilizaban las cuadrillas de esquiladores manchegos para trasladarse hasta Burgos, la gran capital del comercio de la lana desde el siglo XIII, aprovechando las viejas calzadas abiertas por los romanos, en especial la que conducía a la cercana ciudad romana de Clunia, que fueron utilizadas posteriormente por los visigodos, pero poco mejoradas.

Durante la ocupación árabe, debido a la conflictiva situación política y militar de la franja sur del Duero, el desarrollo de la ganadería fue muy superior al de la agricultura por simples razones de movilidad: el ganado se podía trasladar de un sitio a otro y las tierras no, éstas había que defenderlas con las armas en la mano. Además, a medida que la reconquista cristiana iba avanzando hacia el sur, se iban quedando vacías grandes extensiones de tierras abandonadas, más aptas para el pastoreo que para el cultivo. Esta nueva situación de estabilidad favorece la revalorización del ganado y la aparición de los grandes propietarios, que no son otros que los grandes monasterios, la alta nobleza y los señores de los concejos que van apareciendo a lo largo del valle del Duero. Los dueños de las tierras se convierten también, de esta forma, en los dueños del ganado, al que hay que suministrar los mejores pastos, tanto en invierno como en verano, para lo cual es preciso movilizar grandes rebaños que recorren largas distancias.

Se van creando las distintas Mestas, origen de la trashumancia, que acaban impulsando las diferentes Agrupaciones de ganaderos. También los Concejos establecen acuerdos entre ellos, en los que se delimitan las tierras dedicadas exclusivamente al pastoreo y su aprovechamiento en común. Todos estos acuerdos dieron paso a un verdadero derecho tributario de hierbazgo, montazgo y portazgo, pero lleno de privilegios, fueros y exenciones, que fueron el origen de numerosos conflictos, alguno de los cuales, como el de Cuéllar con Peñafiel, acabaron en duros enfrentamientos armados.

En 1273 el rey de Castilla y León, Alfonso X el Sabio, procede a refundir las diferentes Mestas existentes creando un organismo institucional único, de carácter superior, al que denominó como el Honrado Consejo de la Mesta, con atribuciones sobre todos los ganados trashumantes y también sobre los caminos que estos recorrían en sus desplazamientos, es decir, las Cañadas Reales, de cuyo cuidado también se hizo cargo.

Los esquileos tenían lugar en complejos preparados para llevar a cabo el proceso del esquilado del ganado lanar trashumante que circulaba por las Cañadas Reales, y solían estar situados en las riberas de los ríos, para poder llevar a cabo las tres operaciones que requería la lana recién esquilada: apaleado, lavado y secado, que de esta forma quedaba lista para su comercialización en los diferentes mercados laneros. El tráfico final de la lana se centralizó en Burgos, de donde salía para los puertos cántabros de Laredo y Santander en un principio y, a partir del 1300, se añadió el de Bilbao, ciudad recién fundada por el burgalés Diego López V de Haro.

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Hinojar del Rey es una pequeña pedanía de apenas 75 habitantes, cuyos orígenes se remontan a los vacceos, según se deduce de los restos de cerámica encontrados en el Alto de Cuerno, el Salterio y el Alto Redondo, aunque parece muy probable que también anduvieran por allí los arévacos, supuestos fundadores de la primitiva Clunia y de Coruña del Conde. Fue romanizada hacia el año 75 a.C., posiblemente como consecuencia de los enfrentamientos entre Pompeyo y Sertorio. En el término conocido como La Serna, por el que atraviesa la vía romana que iba de Zaragoza a Astorga, se pueden encontrar restos que hacen pensar en la existencia de una villa romana con restos de baños, viviendas, esculturas y objetos de cerámica.

Esta vía fue utilizada por el Cid en su destierro y por las tropas napoleónicas durante su invasión de la Península. La cruza el río Arandilla y, poco antes de su confluencia con el Espeja, se alza el molino conocido como “El Corcho”. En las lindes de ambos ríos abundaron los apreciados cangrejos de río, actualmente desaparecidos, en su lugar, todavía se pueden pescar la trucha y el barbo.

Después de los romanos, a principios del siglo V, llegaron los visigodos, de los que, en el término conocido como “El Barranco”, se encuentra una necrópolis con 80 tumbas, conteniendo restos de metal, de cerámica y otros objetos domésticos, procedentes del ajuar con el que se enterraba a los difuntos.

Los árabes, a su paso por estas tierras, optaron por llevarse a sus habitantes, cristianos en su mayoría, hacia sus dominios de Al Andalus, dejando abandonadas sus propiedades y sus tierras, lo que propició que la cuenca del Duero se convirtiera en un baldío desierto, que llegaba desde San Esteban de Gormaz hasta Calahorra. La repoblación de esta extensa franja de terreno, lenta y llena de dificultades, la inició a principios del siglo X el conde burgalés Gonzalo Fernández y la continuó su hijo, el legendario conde Fernán González. La villa de Hinojar queda entonces dentro de la ruta que unía Córdoba y Toledo con Clunia, lo que la convertía en presa fácil de las periódicas aceifas de los árabes en busca de botín.

Eclesiásticamente, desde el reinado de Alfonso VIII pasa a formar parte de la Diócesis de Osma. La iglesia parroquial preside la vida de los hinojareños, consagrada a San Andrés, patrón del pueblo, con torre y una sola nave con ábside y una sacristía adosada, de estilo entre románico y gótico, con dos capillas y coro. Una de las capillas está consagrada a la Inmaculada y la otra a San Miguel, en esta se encuentra el sepulcro del Bachiller Lezama, personaje principal del siglo XV, sobre cuyo asesinato corre una leyenda; dentro del pueblo se puede ver la casa blasonada en la que vivió.

El día de San Isidro los hinojareños visitan la cercana ermita del “Cristo del Otero”, procediéndose a la bendición de los campos, seguida de un almuerzo popular. También sienten gran devoción por su patrona la Virgen de Buezo, cuya imagen se venera en una sencilla ermita situada a unos 3 kilómetros, a la que acuden en romería la víspera de la Virgen de la Asunción, en la que se la sacaba a pasear después de subastar las andas. Después de la misa en su honor tenía lugar una fiesta campestre de hermandad, con comida, juegos y bailes incluidos.

También a 3 kilómetros hacia el norte se encuentra el pueblo de Quintanarraya, en cuyo término se encuentran igualmente restos arqueológicos prerromanos, pues parece cierto que la primitiva ciudad arévaca de Clunia, antes de su romanización estaba construida sobre una cercana loma conocida como “Alto del Cuerno”. El Alfoz de Lara, al que pertenecía en la Edad Media, se empezó a repoblar a finales del siglo IX, a medida que se iban construyendo los castillos de la línea defensiva del Duero, como el cercano de Huerta del Rey, y los árabes se iban replegando hacia el sur. El origen de su nombre puede proceder del nombre de su fundador, Quintana Anaya, aunque también es posible que se deba a la quintana, o quinta parte del territorio que correspondía a los repobladores y la raya que marcaba la separación con otras quintanas. Lo que sí es cierto es que en el año 1043 el rey de León y conde de Castilla, Fernando I, hizo donación al Monasterio de San Pedro de Arlanza, que fundara Fernán González, de numerosas propiedades, entre las que figuraban Huerta del Rey, Espeja y Quintanarraya. En el año 1073, Alfonso VI hizo donación del pueblo a la abadía de San Sebastián de Silos, pasando a depender eclesiásticamente de la diócesis de Osma, hasta 1955 en que se incorporó a la archidiócesis de Burgos. Fue behetría de varios señores, como los Leiva, los Hurtado de Mendoza y los Guzmán, hasta que en el siglo XVI pasó a ser de realengo.

Actualmente el pueblo está enclavado en una llanura con abundancia de robles y encinas y rodeada por los ríos Arandilla y Dor, que confluyen a la salida del pueblo que, además, está atravesado por el Canal de los Molinos, cuyas aguas se habían destinado a hacer funcionar varios molinos. Su edificio más notable es la iglesia parroquial de San Pedro de Antioquía, de origen románico, pero que a lo largo del tiempo ha sido objeto de numerosas reconstrucciones, por lo que se pueden encontrar muestras de diferentes estilos tanto en su exterior como en su interior; sobresalen una pila bautismal románica, el retablo de la nave principal, de estilo plateresco, construido en el siglo XVII en honor de San Pedro, dos capillas laterales con estelas funerarias del siglo XVI y la torre, cuya última reconstrucción tuvo lugar a mediados del pasado siglo XX, en cuya parte superior se aprecia el escudo del obispo de Osma D. Pedro Álvarez de Acosta.

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A las afueras del pueblo se encuentra la ermita de Santa María, del siglo XVI, en cuyo interior se guarda la imagen de su patrona la Virgen de la Antigua, en cuyo honor tiene lugar durante el mes de mayo una romería con misa, procesión y fiesta popular incluida.

La historia de la cercana Peñalba de Castro está estrechamente ligada a la de Clunia, de hecho, las ruinas de la ciudad romana están dentro de su jurisdicción. Con la llegada de los árabes en el 712 queda prácticamente arrasada, convirtiéndose en tierra de nadie, en la que eran frecuentes la disputas entre moros y cristianos. Cuando Alfonso I de Asturias, aprovechando las disensiones surgidas entre árabes y bereberes, reconquista el territorio, se lleva a los cristianos mozárabes a sus dominios de León, dejando una extensa franja desierta, conocida como los Campos Góticos, que marcó la frontera entre moros y cristianos. Su repoblación no comienza hasta los tiempos del conde burgalés Gonzalo Fernández y su hijo Fernán González, ya en el siglo X. Peñalba de Castro se convierte entonces en una aldea bajo la protección del castillo de Clunia, a cuyo Alfoz se incorpora. En 1674 la reina Doña Mariana de Austria, esposa de Felipe IV, la concede el rango de Villa.

Las fiestas religiosas y populares de esta villa acostumbran a celebrarse en la ermita de la Virgen de Castro, que guarda una notable talla románica del siglo XIII. Cuenta la leyenda que el joven Domingo de Guzmán y su madre doña Juana de Aza, peregrinaban desde Caleruega para postrarse a rezar ante la Virgen. Actualmente, para rememorar la leyenda, el tercer domingo de abril tiene lugar una romería conocida como “El Santito”, a la que acuden gentes de diferentes pueblos de la comarca que pasean a hombros la imagen de Santo Domingo de Guzmán, aquel devoto niño que acabaría fundando y difundiendo por el mundo la Orden de los Dominicos, que también es el patrono de la provincia.

El día 8 de setiembre es la festividad de la Virgen de Castro, pero su celebración se ha trasladado al último fin de semana de agosto, para que todos los peñalbinos ausentes puedan acudir a la fiesta en honor de su patrona.

También tienen lugar en la ermita otras fiestas como la de San Isidro, el 15 de mayo, o la de Santiago, el 25 de julio, incluyéndose en ambas celebración religiosa y fiesta popular.

Casi equidistante a las tres poblaciones citadas se encuentra la localidad de Huerta del Rey, la mayor de las cuatro, pues supera el millar de habitantes, y la más alta, pues supera los mil metros de altitud, por lo que resulta fácil para sus visitantes divisar uno de los símbolos más modernos del pueblo, el Toro de Osborne, situado en lo más alto del monte Zarrazuela, colocado en 1992, abatido por el viento en el 2010 y vuelto a levantar en el 2011 por el Ayuntamiento con el aplauso unánime de todo el pueblo, que cuenta con una arraigada tradición taurina, con Plaza de Toros propia, construida con materiales tan tradicionales como la madera, la piedra y el barro cocido, una de las más antiguas de Castilla, que constituye una interesante muestra de la arquitectura popular castellana, en la que se celebran interesantes festejos taurinos.

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Los orígenes de Huerta del Rey son sin duda celtíberos, arévacos posiblemente, como indican las raíces de algunas denominaciones geográficas, pero también es inevitable encontrar numerosos vestigios de la estancia romana en la zona, dada su cercanía con Clunia, a tan solo nueve kilómetros, en cuya calzada se encuentra.

Situada en la franja que quedó desierta durante la primera invasión árabe, fue repoblada a partir de la construcción de un castillo en la segunda mitad del siglo IX, durante el reinado de Alfonso III de Asturias, del que apenas quedan restos. En el siglo X fue arrasada y sometida por las incursiones de Abderramán III y en el 994 el terrible Almanzor, en su 41 aceifa contra los cristianos, devasta Clunia y todos los pueblos limítrofes. Durante el reinado de Alfonso VI pasó a depender del Monasterio de Santo Domingo de Silos como jurisdicción de abadengo, señorío que duró hasta que en el año 1637 el rey Felipe IV, mediante una transacción pecuniaria de 20.000 ducados, la concede la categoría de Villa con jurisdicción de realengo.

Durante el siglo XIX soportó la ocupación napoleónica y también en este siglo, durante la primera guerra carlista, isabelinos y carlistas tuvieron por estas tierras un fuerte enfrentamiento armado. Ya en siglo XX, el año 1918 un vasto incendio la destruyó parcialmente, dejando sin hogar a un gran número de familias. Pero no todo son desgracias, en el mes de enero del 2012, gran parte del Gordo de la lotería del Niño fue a parar a esta localidad, saneando generosamente la economía de muchos huertaños. También, a nivel internacional, Huerta del Rey se ha hecho famosa por haber pasado a ingresar en el “Libro Guinness de récords mundiales” por ser el pueblo cuyos vecinos poseen los nombres más raros del mundo, de los que trascribimos algunos como: Evilasio, Gláfida, Filadelfo, Walfrido, Hierónides, Filogonio, Sindulfo, Burgundófora, Firmo, Aniceto, Marciana, Alpidia o Ercilio. Parece que la costumbre de asignar a los recién nacidos nombres tan insólitos, procedentes del martirologio romano, empezó a finales del siglo XIX, en que en el pueblo abundaban los nombres corrientes como José, Pedro, Antonio, Carmen, María, Inés……, lo que daba lugar a algunas confusiones de tipo burocrático y administrativo, para solucionarlas, la idea partió de un alcalde que propuso bautizar a los nuevos vecinos con el nombre más raro y singular posible.

Desde luego, parece que lo consiguió sobradamente. En el verano del 2008 tuvo lugar en el pueblo un “Encuentro Internacional de Nombres Raros”.
En el centro del pueblo, regado por los ríos Arandilla y Aranzuelos, sel alza la iglesia parroquial de San Pelayo, de estilo gótico tardío de finales del siglo XVI; también cuenta con varias ermitas, entre las que destaca la de Nuestra Señora de Arandilla, situada en una colina a cuyo pie nace el Arandilla, que va a unirse con el Duero muy cerca de Aranda, cuya romería se celebra por la pascua de Pentecostés. Otra romería importante es la de la Virgen del Rosario, que tiene lugar el primer fin de semana de Octubre.

Paco Blanco, Barcelona, marzo 2015

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RUTAS BURGALESAS: POR LA RUTA DE LA OLLA A OJO GUAREÑA. -Por Francisco Blanco-

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                                   SUMIDERO DEL GUAREÑA

Muy cerca de Espinosa de los Monteros se encuentra el complejo kárstico de Ojo Guareña, un monumento natural único, cuya visita dejará en el viajero recuerdos únicos e imborrables. Si sigue utilizando el Tren de la Robla, el viajero se apeará en la estación llamada Redondo, situada muy próxima a la localidad de Quintanilla del Rebollar, donde se puede visitar el Museo, que permitirá al viajero curioso hacerse una idea de lo que va a ser la visita. Al salir del museo se debe coger la desviación hacia  el pueblo de Cueva, y subir la cuesta que nos llevará a la campa que hay debajo de la entrada de la cueva. Si el viajero va en coche, la mejor forma de llegar hasta allí es coger la carretera de Reinosa hasta Quintanilla del Rebollar y después la desviación al pueblo de Cueva, donde se encuentran los aparcamientos perfectamente señalizados.

El origen de este impresionante monumento natural es el pequeño río Guareña, que nace en las montañas que separan Cantabria de Burgos, atraviesa los valles de norte a sur y penetra por un sumidero, situado al pie de la peña donde se encuentra la cueva convertida en la ermita de San Tirso y San Bartolomé, para reaparecer en la zona de Cornejo. También penetran en las cuevas las aguas del río Trema y las del arroyo de Villamartín. En épocas de crecidas las aguas inundan las galerías inferiores.

Las 18 cuevas de Ojo Guareña están conectadas entre sí y tienen una extensión de más de 100 kilómetros de galerías subterráneas de diferentes niveles, que forman el complejo kártisco más grande de España y uno de los más grandes de Europa. Por la riqueza de sus numerosos yacimientos arqueológicos, en 1970 fueron declaradas como Bien de Interés Cultural (BIC) y en 1996 como Monumento Nacional, mediante la Ley de Espacios Naturales.

La presencia de actividad humana en su interior  comienza en el Paleolítico Medio y llega hasta la Edad Media. Se conservan restos humanos del Paleolítico Medio (70.000 años) en la Cueva de Prado Vargas. Huellas de pies humanos del Paleolítico Superior (15.000 años) en la Sala de las Huellas y pinturas rupestres de hace 11.000 años en la Sala de Pinturas de la Cueva Palomera.

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Ya en el siglo XIII, la cueva de la entrada fue convertida en ermita,  dedicada, en principio, a San Tirso y, posteriormente, a San Bernabé, dos santos entre los que no se puede encontrar ninguna relación. San Tirso fue un mártir cristiano natural de Frigia, que en el año 251, durante la persecución de Decio, fue condenado a ser cortado en dos. Según la leyenda, la sierra no podía penetrar en su piel y se volvió tan pesada que sus verdugos eran incapaces de manejarla. Finalmente, fue ahorcado y decapitado. San Bernabé vivió en el siglo I, fue coetáneo de Jesucristo y uno de sus últimos apóstoles. De su vida destaca su intensa labor evangelizadora junto a San Pablo, de quien fue colaborador y compañero durante muchos años. Murió lapidado en Salamina por judíos de la diáspora.

Se trata de un pequeño templo semi-rupestre, formado por una nave con altar y una espectacular bóveda natural. Entre los siglos XVIII y XIX fue decorada con pinturas murales en paredes y bóveda, que describen la vida y milagros de los dos santos, destacando las que representan el martirio de San Tirso.

Cada 11 de junio en la campa de la ermita se celebra una popular romería en honor de San Bernabé, con la asistencia de todo el concejo de la Merindad de Sotoscueva, oficiándose una solemne Misa Mayor en honor del santo, nombrándose, acto seguido, el “Carbonero Mayor”, uno de los oficios más frecuentes en las Merindades, en las que tanto abundan el roble y la encina, y se enciende una gran hoguera, a cuyo alrededor discurre la fiesta.

Curiosamente, a pesar de que ninguno de los dos santos ejerció sus labores evangélicas por España, su culto está muy extendido por muchas regiones españolas, especialmente por Castilla y León, Cantabria y La Rioja.

La otra cueva actualmente visitable de todo el complejo kárstico es la Cueva Palomera, que se encuentra en su cuarto nivel, con una extensión aproximado de unos 400 metros de galerías, que se cruzan y se entrecruzan, en las que se pueden contemplar algunas formaciones estalagmíticas y estalactíticas. Su recorrido permite al viajero recorrer una parte de la red subterránea, formada por la Cueva y Rampa de Palomera, Sala Edelweiss, Galería Principal, Sima Dolencias, Sala del Cacique y Museo de Cera. Se trata de una visita guiada para grupos de 25 personas como máximo, perfectamente comentada, con una presentación audiovisual incluida.

Además de la gran riqueza de sus yacimientos arqueológicos, en Ojo Guareña el viajero encontrará una extraordinaria diversidad faunística, principalmente entre los invertebrados, con 115 especies terrestres y 75 acuáticas. De todas ellas, 16  son únicas en el mundo.

La visita a las cuevas ha concluido. El resto de galerías, simas y lagos que forman este impresionante complejo kárstico permanece inaccesible para el viajero, debido a la fragilidad de su ecosistema interior.

Una vez finalizado el laberíntico recorrido subterráneo, el viajero se encontrará de nuevo en la campa, desde donde, entre valles y montañas, podrá contemplar uno de los más  espectaculares paisajes que le puede ofrecer el norte de la provincia de Burgos. Unos 60 metros más abajo, siguiendo un sendero perfectamente señalizado, el viajero encontrará el sumidero por donde el río Guareña penetra en las entrañas de la tierra.

Paco Blanco

Barcelona, febrero 2014

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POR LA CUENCA DEL ARLANZA: RECORRIDO FINAL. -Por Francisco Blanco-

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Arlanza, Pisuerga e aun Carrión

gozan el nombre de ríos, empero

después de juntados, llamámosles Duero.

“El Laberinto” (Juan de Mena) 

Antes de abandonar la cuenca del Arlanza, siguiendo su margen derecho por una sombreada y apacible vega de fértiles campos de viñas y cereales, el viajero rendirá visita al pueblo de Tordomar, enclavado en la romana Vía Aquitania, que unía la importante ciudad romana de Clunia con Astorga y la Galicia oriental, para lo que había que atravesar el monumental puente romano, de 23 ojos, mandado construir por el emperador Trajano; en su extremo meridional todavía se conservan dos miliarios que señalizaban dos direcciones, una hacia Lerma y la Sierra de la Demanda, la otra hacia Segovia, Astorga y la cuenca del Pisuerga.

En el siglo X fue repoblado por mozárabes procedentes de la Andalucía ocupada por los moros, que empezaron a formar la vanguardia fronteriza del condado de Castilla, junto con otros asentamientos como Tordueles, Tordable, Zael, Villahizán, Mahamud, Villacisla, Torremoronta…..

Dentro del pueblo destaca la Iglesia Parroquial, de trazo románico, que tiene adosada una torre-fortaleza rematada por una espadaña; dentro de la iglesia se encuentra una capilla dedicada a la poderosa familia Carrillo.

Siguiendo por la Vía Aquitania, con el Arlanza regando la extensa vega- tierras de pan y de vino-, en la que abundan las viñas, los huertos y las mieses, cuyo color dorado reverbera bajo el ardiente sol de Castilla, camino de Santa María del Campo el viajero tropezará con la villa de Mahamud, abigarrado caserío, en el que abunda el adobe y el ladrillo, agrupado en torno a su iglesia parroquial. También se pueden encontrar algunas  casas señoriales con escudos y blasones en torno a su amplia plaza mayor con Rollo en el centro, presidida por el edificio renacentista del Ayuntamiento. 

Esta villa, cuyo nombre sin duda es de raíz árabe, es posible que deba su poblamiento a mozárabes procedentes de los territorios ocupados por los árabes, aunque la arraigada devoción de sus vecinos por Nuestra Señora de Báscones (1), en cuyo honor se celebra una animada romería cada tercer domingo del mes de mayo, hace suponer que también llegaron vascones procedentes del norte de la península. Una poesía de D. Bonifacio Zamora nos recuerda esta devoción popular: 

Que bien, que bien el camino
Ella, la Virgen, se sabe,
de Báscones a Mahamud
y desde Mahamud a Báscones!
Por donde pasa la Virgen,
abren sendero los ángeles. 

En el siglo XII estaba integrada en el Alfoz de Muñó, que según nos cuenta Gonzalo de Berceo  “Munnó que es bien rica de vinnas y de era”, perteneciendo posiblemente a los poderosos Carrillo, o los no menos poderosos Rojas.  De lo que sí hay constancia es del nacimiento en el año 1234 del Infante D. Manuel, hermano de Alfonso X el Sabio y padre del Infante Juan Manuel, destacado escritor y político medieval, que participó activamente en los acontecimientos de su época. En el Libro  de las Behetrías de 1352 consta que “….este logar es behetría e es de Pero Royz Carriello………”. aunque  con la llegada al trono de Castilla de Enrique II, el de las Mercedes, en el año 1387 pasó a pertenecer a los Hurtado de Mendoza.

Pero en los primeros años del siglo  XVI esta villa iba a ser testigo activo de uno de los más singulares episodios de nuestra ajetreada historia. El 17 de setiembre de 1506 falleció repentinamente en Burgos Felipe I el Hermoso, esposo de Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos, y rey de España desde el mes de junio del mismo año. Fue  proclamado rey por las Cortes de Valladolid, aparentemente a causa del desarreglo mental de  doña Juana, más conocida como la Loca, aunque en dichas Cortes no se llegó a certificar su locura. Lo que sí es cierto es que la repentina muerte de D. Felipe en la Casa del Cordón de Burgos, sobre cuyas causas se elaboraron varias teorías, produjo una gran convulsión emocional en doña Juana, que además estaba embarazada de su cuarta y póstuma hija, doña Catalina. En un principio los restos del rey fueron trasladados a la Cartuja de Miraflores, pero la reina estaba decidida a trasladarlos cuanto antes a la catedral de Granada, donde reposaban los de su madre doña Isabel. El 20 de diciembre, desafiando el crudo invierno burgalés y a pesar de su avanzado estado de gestación, una innumerable comitiva se pone en marcha portando los restos mortales del joven rey-tan sólo tenía 28 años-. Su primera etapa debía acabar en Aranda de Duero, pero en realidad había comenzado el alucinante deambular de una comitiva regia por unos parajes desiertos y castigados por el frío, el viento y la nieve. Llegaron a Torquemada, donde la reina se puso de parto y el día 4 de enero de 1507 dio a luz a su hija Catalina, cuarta y última de su matrimonio con D. Felipe el Hermoso, por cuyo amor aseguran algunos que se volvió loca.  

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Casi un año después de la muerte del rey Felipe I, el 2 de setiembre de 1507, la fúnebre comitiva, a la que se unió su padre D. Fernando, que había regresado de Nápoles para asumir de nuevo la regencia de Castilla, hacía su entrada en Santa María del Campo, villa burgalesa muy cercana a la de Mahamud. El objetivo de esta visita era entregar al Cardenal Cisneros el capelo cardenalicio que le había concedido el papa Julio II, cuyo nombramiento portaba D. Fernando. Pero como dicho nombramiento debía celebrarse en la iglesia de Santa María, donde también se encontraba el féretro de Felipe el Hermoso, la reina Juana se opuso tenazmente a la celebración del acto. Veamos como lo cuenta el cronista Alonso de Santa Cruz: “Estando Sus Altezas en este lugar de Santa María del Campo, le fue traído el capelo de cardenal de Santa Balbina al arçobispo don Fray Francisco Jiménez, al qual enbió a mandar el Papa Julio Segundo que le recibiese. Y la Reina no consintió que se lo diesen en la yglesia de aquel lugar, por estar allí el cuerpo del rey don Felipe, diciendo que aquel acto avía de ser mucho placer, y que el cuerpo del Rey que estaba en la yglesia no requería sino mucho lloro y tristeza. Y a esta causa lo fue a recebir a un lugar allí muy cerca, dicho Mahamud, estando presente el rey don Fernando. Donde lo recibió con mucha solemnidad”.

La tenacidad de la reina obligó a la comitiva a trasladarse a la cercana villa de Mahamud, donde el día 14, en la iglesia de San Miguel, con la presencia de los reyes y de la corte en pleno, el nuncio de Su Santidad, cardenal Juan Rufo, consagró cardenal al franciscano fray Francisco Jiménez de Cisneros, a la sazón arzobispo de Toledo. Poco se imaginaba el nuevo cardenal, muy pronto convertido en Regente de Castilla, que la muerte le  aguardaba en un pueblo de la ribera del Duero, Roa de Duero, muy próximo a esta villa.

Todo el pueblo se congregó en torno a su iglesia parroquial para admirar el insólito y lujoso espectáculo que ofrecía la presencia en su modesta villa de reyes, príncipes-el infante D. Fernando viajaba con Cisneros-cardenales, obispos y toda la alta nobleza de Castilla.

Es muy probable que el gentilicio “gorrete”, con que se conoce a los naturales de esta villa tenga su origen en la imposición de este birrete.

Un siglo más tarde, en 1608, el rey Felipe III, cuyas arcas andaban bastante mermadas, vendía los derechos jurisdiccionales sobre esta villa a su valido, el duque de Lerma, que había llenado las suyas a costa del erario público.

La iglesia de San Miguel es del siglo XIII, con tres naves y un gran crucero, en el XVI se añadió un ábside decorado con artísticas columnas y capiteles. Pero lo más notable de esta iglesia es que a lo largo de los siglos ha ido almacenando en su interior hasta diez retablos de diferentes épocas y estilos. Entre 1566 y 1577, el escultor Domingo de Amberes la dotó de un magnífico retablo Mayor, de estilo  barroco con cuatro paneles en los que están representados escenas de la vida de Cristo y de su madre la Virgen María, rematadas por la del Calvario. El de San Juan es plateresco, destacando un Descendimiento de la Cruz. Además cuenta con dos renacentistas, el de Santiago y el de San Martín, procedentes de viejas ermitas de los alrededores. El del Rosario y los de San José y Santa Bárbara son churriguerescos. Por si esto fuera poco se puede admirar también una magnífica pila bautismal, románica del siglo XII y un soberbio púlpito mudéjar, claro indicio de la influencia árabe en esta zona.

No es de extrañar, después de lo visto, que el viajero desapercibido quede gratamente sorprendido de su visita a esta modesta villa burgalesa, tan henchida de historia. Pero si el viajero retoma el curso del Arlanza, no tardará en recibir nuevas y gratas sorpresas.

Santa María del Campo es “un lugar famoso, que mató a su Inquisidor tirándole a un pozo” (2), pero no tema el viajero, esta villa que en su tiempo fue Cabeza de las Behetrías de Castilla, es un sitio acogedor y placentero que ofrece a sus visitantes numerosos atractivos, especialmente históricos, culturales y artísticos. De sus derruidas murallas quedan las tres puertas originales, de la Fuente, de Costana y  de la Vega o de Negrillos; por cualquiera de ellas el viajero tendrá acceso a un recinto con recio sabor castellano en su arquitectura urbana, formada por intrincadas calles, soleadas plazas con arcadas y blasonados edificios.

 Uno de los más notables es el conocido como Casa del Cordón, aunque del edificio original del siglo XVI tan sólo se conservan el cordón franciscano, un escudo de armas y dos medallones, que decoran su portada; el escudo y los medallones, al parecer, pertenecen los Señores de Torremoronta, propietarios de un castillo, hoy en ruinas, en la cercana localidad de Torremoronta.  Esta casa se convirtió en  la Corte de Castilla y en ella estuvo hospedada la reina Juana, cuando llegó desde Torquemada, en setiembre de 1507, con su hija Catalina de ocho meses, acompañando y vigilando los restos de su esposo, Felipe el Hermoso, muerto en Burgos un año antes. Desde entonces la reina, con la mente enajenada,  deambuló con el féretro y un  numeroso séquito por distintas ciudades y villas castellanas,  dando, con su extraño comportamiento, palpables muestras de su locura. Durante su estancia en la villa el féretro del rey fue depositado en su magnífica iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. También llegaron a la villa D. Fernando el Católico, acompañado por el Nuncio Apostólico, D. Juan Rufo, con sus respectivos séquitos y el Arzobispo de Toledo, D. Francisco Jiménez de Cisneros, con el suyo. Esta reunión de tan alto rango tenía dos objetivos importantes; el primero era que doña Juana, dada su incapacidad mental para gobernar, cediera la regencia de sus reinos de Castilla a su padre D. Fernando, que había mantenido una tensa relación política con su yerno, el difunto rey Felipe I; esta cesión contaba  con la total aprobación del arzobispo Cisneros. El otro era, precisamente, imponer el capelo cardenalicio a éste último, cuyo nombramiento, hecho por el papa Julio II, traía desde Roma el Rey Católico. Finalmente, ante la negativa de la reina a que se alterara el eterno reposo de su esposo, esta ceremonia se tuvo que realizar en el cercano pueblo de Mahamud, hecho ya reflejado en esta crónica.

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Como se puede deducir fácilmente, estas trascendentales jornadas fueron decisivas para el futuro de la nación española, que pocos años después, con la muerte de D. Fernando y la llegada al trono de su nieto Carlos, hijo primogénito de Doña Juana las Loca y Don Felipe el Hermoso, alcanzó la definitiva unión política de todos los reinos de España. Doña Juana, finalmente, fue confinada de por vida en el castillo de Tordesillas; su única y fiel compañera en su encierro fue su hija Catalina, hasta que en 1525 se casó con su primo, el rey Juan III de Portugal.

Pronto se dará cuenta el viajero de que la auténtica joya arquitectónica de esta villa es su Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Ascensión, una de las más notables de toda Castilla-León, como se puede deducir por sus dimensiones: 60×45 varas burgalesas, que en nuestro sistema métrico equivalen a 50×37 metros aproximadamente. Situada en la zona más alta de la villa, su impresionante mole de piedra se impone majestuosamente al resto del conjunto urbano.       

Su estructura primitiva data del siglo XIII, aunque las obras de reforma y ampliación se prolongaron hasta el siglo XVIII. La iglesia tiene planta de cruz latina con tres naves, crucero y ábside, aunque la obra principal corresponde a la monumental torre, la “buena moza”, como la llaman sus paisanos, que se yergue como gran señora hacia el cielo azul de Castilla, brillando bajo el sol con los áureos destellos de su dorada cantería.

Tres arquitectos insignes contribuyeron a su levantamiento. Los dos primeros cuerpos son obra del genial escultor y arquitecto burgalés, Diego de Siloé, que los comenzó en 1527; el bajo corresponde a la entrada principal de la iglesia flanqueada por medias columnas corintias que enmarcan hornacinas con estatuas; el segundo cuerpo, de depurado estilo renacentista, lo forman un arco de medio punto con dos columnas estriadas, coronado por un delicado rosetón, a cuyos lados aparecen dos medallones que se supone representan a doña Juana y a don Felipe. En los laterales aparecen las estatuas de los Cuatro Doctores de la Iglesia: San Gregorio, San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo. El tercero y el cuarto son obra de Juan de Salas, uno de los grandes discípulos de Diego, que los comenzó en 1531, en cuyas cornisas ya se pueden apreciar verdaderas filigranas que apuntan al barroco; otro arquitecto y rejero burgalés, Cristóbal de Andino, coronó la torre con una linterna que fue destruida por el terremoto de Lisboa del año 1755. (3). Dentro de la iglesia cabe destacar el claustro del siglo XVI, una hermosa muestra  del gótico florido con tres galerías de capiteles bellamente decorados con motivos iconográficos; el púlpito gótico-mudéjar del siglo XVI; la sillería del coro, del siglo XV, decorada con motivos geométricos; la escalinata plateresca que conduce al presbiterio, a cuyos pies se encuentra el sepulcro de los Señores de Torremoronta (4); el retablo Mayor del siglo XVIII, obra de José Valdán y Joaquín de Villadiego, cuya barroca ornamentación la soportan dos majestuosas columnas salomónicas; en el trascoro se pueden contemplar dos valiosas tablas de Pedro Berruguete: El Bautismo de Cristo y La Degollación de San Juan Bautista; se puede finalizar la visita en el Museo de la sacristía, donde se encuentran diferentes y valiosas joyas del arte religioso, como custodias, cálices y cruces procesionales, así como algún tapiz flamenco del siglo XVI.

De nuevo en el recinto urbano, el viajero podrá descargarse del peso de tanta historia y de la contemplación de tanto arte, visitando los numerosos  lugares de ocio que el pueblo le ofrece, relajando su ánimo y su cuerpo a base de catar el rico vino de sus majuelos y sus primicias gastronómicas, procedentes, en su mayoría, de la matanza del cerdo. Si la visita se produce entre los días 15 y 16 de agosto, festividades de la Virgen de la Asunción y de San Roque, el ambiente festivo del pueblo estará marcado por numerosas peñas de mozas y mozos, que lo recorren bullangueras y alegres.

Cuando el viajero reemprenda su camino, recuperando la ribera del Arlanza, en pocos kilómetros, dentro todavía del municipio de Santa María del Campo, se encontrará en la pequeña localidad de Escuderos (5), en la que cada 24 de setiembre, festividad de la Virgen de las Mercedes, se celebra en su ermita una gran romería en su honor, a la que acuden devotos romeros procedentes de diferentes pueblos de la comarca: Santa María del Campo, Lerma, Peral de Arlanza, Torrepadre, Villahoz, Mahamud, Ciadocha, Pampliega……….invadiendo por un día la soledad de los campos, presididos por los restos de la torre de los Torremonta, uno de los antiguos puestos de vigilancia que defendían a aquellos valientes pobladores foramontanos de las peligrosas incursiones árabes.

En este punto el viajero se despide del Arlanza, que seguirá su tranquilo curso hacia las cercanas tierras palentinas, hasta que, tras recorrer 160 kilómetros desde su nacimiento en Quintanar de la Sierra, se una al Pisuerga en la localidad palentina de Quintana del Puente, muy cerca de Torquemada, donde durante ocho meses tuvo su Corte la Reina Juana, acompañada por los fúnebres despojos de su gran amor, Felipe el Hermoso. 

“El sol se aleja despacio,

las sombras lo invaden todo.

Castilla se queda muda……”        

 NOTAS 

(1) En la provincia de Burgos existe también el pueblo de Báscones, situado a orillas del Ebro por su margen izquierdo, en el valle de Zamanzas, partido judicial de Villarcayo, aunque está más cerca de Sedano, a cuyo partido judicial también perteneció. En sus orígenes estuvo integrado en el Bastón de Laredo.

(2) Del libro de Fray Valentín de la Cruz “Burgos, guía completa de las tierras del Cid”, aunque no da más razones del suceso.

(3) Del mismo libro

(4) Del mismo libro

(5) Existe otro Escuderos en la comarca de Páramos, ayuntamiento de Valdelucio

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POR LA CUENCA DEL ARLANZA: DE SANTO DOMINGO DE SILOS A LERMA. -PARADA Y FONDA-. -Por Francisco Blanco-

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Sobre laderas de huertos y viñedos divisará de lejos la airosa y señorial silueta de la villa ducal de Lerma, el viajero que llegue a ella siguiendo el curso del Arlanza, y se verá obligado a ascender por la cuesta que conduce al arco que une los dos cubos fortificados de la antigua Cárcel, para entrar en su singular recinto. Pero el pequeño esfuerzo habrá valido la pena. Si el viajero continúa por la empinada Calle Mayor no tardará en encontrarse admirando su monumental Plaza Mayor, una de las más grandes de España, con casi 7.000 m2. de superficie, más grande incluso que la de Salamanca.

Uno de nuestros más grandes poetas del Siglo de Oro, D. Félix Lope de Vega y Carpio, la cantó en una de sus comedias: 

Quisiera

que tú hubieras visto, Leonarda,

la hermosa plaza de Lerma,

un cuadro como en pintura:

fuertes pilares de piedra,

balcones todos iguales,

ventanaje y vidrieras,

en una dellas el rey

con la hermosísima reina de Francia;

Fragmento de “La burgalesa de Lerma”  (Lope de Vega) 

Como en toda la Comarca del Arlanza, en esta villa ya hubo actividad humana desde antes de los romanos, quienes también estuvieron en ella, pero empezó a alcanzar importancia durante la Edad Media, al ser paso obligado del ganado  de la Cañada Real, que unía la Sierra de la Demanda con Extremadura. En el siglo X el conde castellano García Fernández, el de las Manos Blancas, la reconoció como cabeza de Alfoz, pero el verdadero esplendor de la villa arranca cuando queda vinculada al señorío de la familia de los Sandoval, emparentada con los Trastamara, asentados en los tronos de Aragón y Castilla. Los Reyes Católicos, entre otras mercedes, les concedieron el marquesado de Denia y el condado de Lerma; además, desde el reinado de Enrique II de Trastamara el de las Mercedes, ostentaban también el título del Adelantamiento de Castilla. Pero el verdadero mercenazgo sobre la villa lo ejerció a partir del siglo XVII D. Francisco de Sandoval y Rojas, VI Marqués de Denia y I Duque de Lerma, título este que le concedió S. M. Don Felipe III, del que fue amigo personal y valido. Su cargo y su amistad con el rey le convirtieron en el hombre más poderoso del reino y también en uno de los más ricos, gracias a una extensa trama especulativa, en la que estaban integrados sus familiares y amigos.

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Este acaparamiento de poder y de riqueza fue perseguido y denunciado por un grupo de presión encabezado por la misma reina, doña Margarita de Austria-Estiria, en el que figuraba su propio hijo, D. Cristóbal Gómez de Sandoval Rojas, I Duque de Uceda, título concedido igualmente por Felipe III, que acabó siendo el sucesor de su padre como valido y primer ministro. La conspiración de este grupo, conocida como la “revolución de las llaves”, dio como resultado el descubrimiento de un complejo entramado de corrupción y de las numerosas irregularidades cometidas con el destino de los fondos públicos, que supuso la caída de muchos altos personajes de la Corte, entre ellos el secretario personal del duque, D. Rodrigo Calderón, que fue ajusticiado públicamente en la Plaza Mayor de Madrid el 21 de octubre de 1621.

El propio Duque de Lerma estuvo a punto de caer en manos de la Justicia, cosa que pudo  evitar al serle concedido el capelo cardenalicio por el Papa Paulo V, título que le daba impunidad-más o menos como ahora el de Diputado. La estratagema del duque fue  cantada en una coplilla popular que decía: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se viste de colorado”. Apartado de la vida pública, se retiró a sus posesiones de Lerma. El culterano Luís de Góngora escribió en su honor un extenso panegírico, del que extraemos el siguiente fragmento: 

«Crece, oh de Lerma tú, oh tú de España
bien nacido esplendor, firme coluna,
que al bien creces común, si no me engaña
el oráculo ya de tu fortuna;
Cloto el vital estambre de luz baña
al que Mercurio le previene cuna,
al santo rey que a tu consejo cano
los años deberá de Octaviano».
 

La gran influencia que D. Francisco de Sandoval ejerció sobre Felipe III le permitió conseguir que éste ordenara trasladar la Corte de Madrid a Valladolid, ciudad mucho más cercana a su villa favorita, a la que convirtió en una sucursal o Corte de Recreo, que tanto el rey como sus cortesanos visitaron en numerosas ocasiones, teniendo lugar en ella numerosas celebraciones, tanto cortesanas como religiosas, pues tanto Felipe III, al que ya se le conocía por el sobrenombre de el Piadoso, como el propio duque eran personas de acendrada religiosidad, razón por la cual llegó a financiar la construcción de seis conventos en la villa.

La monumental Plaza Mayor lleva, por lo tanto, el sello personal de este mecenas. Al fondo, ocupando casi todo el lado sur, se alza el soberbio Palacio Ducal, construido por el arquitecto Francisco de Mora, discípulo aventajado de  Juan de Herrera, el arquitecto que construyó para Felipe II el Monasterio del Escorial. Tal vez en la mente del duque se albergaba la idea de que Lerma emulase el Real Sitio del Escorial. El estilo herreriano de este palacio queda patente en la pureza y sobriedad de sus líneas, destacando las cuatro torres gemelas que lo encuadran. En la actualidad, después de una exhaustiva y fiel restauración, pues muchos años de abandono, dedicado a los más insospechados usos, le habían dejado muy deteriorado,  se ha convertido en un lujoso Parador Nacional, en el que  el viajero con buena cartera podrá disfrutar cómodamente de los atractivos culturales, artísticos y gastronómicos que esta villa ducal, declarada conjunto histórico-artístico en 1965, le ofrece.

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Casi colindante con el palacio, en una plaza anexa, se halla la Colegiata de San Pedro, donde el duque se refugiaba con frecuencia para dedicarse a la oración. En su sobria fachada neoclásica destacan los escudos de los Sandoval y de los Rojas. En su interior destaca el Retablo Mayor, de estilo barroco, sustentado sobre dos columnas salomónicas, en el que sobresalen las estatuas de San Pedro, San Pablo y San Andrés, las tres de grandes dimensiones.

Mirando al altar mayor  se encuentra el sepulcro con la estatua orante del  Arzobispo de Sevilla D. Gonzalo de Rojas, realizada en bronce dorado por el orfebre leonés Juan de Afre, aunque parece ser que la acabó su yerno, el orfebre burgalés Lesmes Fernández del Moral, del que hay pocas referencias biográficas; se sabe que sus restos se encuentran en la Iglesia Parroquial de Pesquera de Ebro. La existencia de esta magnífica escultura funeraria en la Colegiata se debe a que el Arzobispo D. Gonzalo era también tío carnal de D. Francisco. Igualmente es de destacar un  retablo barroco del escultor vallisoletano Juan de Avila. También se conservan dos órganos del siglo XVII, perfectamente restaurados. Durante el Mes Barroco, que cada agosto se celebra en Lerma,  se ofrecen con ellos conciertos de música renacentista y barroca. 

Cerrando el lado sur e  igualmente colindante con el palacio, al que estuvo unido por  un voladizo de tres arcos, se encuentra el Convento de San Blas, habitado desde su fundación por monjas dominicas de clausura. Fue construido por el mismo arquitecto que trazó el Palacio Ducal, Francisco de Mora y su esbelta  fachada de estilo neoclásico, consta de cuatro partes, rematadas por una espadaña con dos campanas. En el interior de la iglesia se puede admirar un retablo barroco con quince tablas flamencas rodeando la imagen de San Blas. Fue construido por Juan Gómez de Mora, sobrino de Francisco de Mora. El resto del edificio, soportado por dos claustros interiores,  pertenece a la clausura, por lo que es inaccesible para el visitante.

En el recinto de la Gran Plaza, como también se la conoce, que llegó a estar totalmente porticada, la Corte de Felipe III celebró grandes festejos; los de 1616, fecha en que se consagró la Colegiata de San Pedro, fueron especialmente sonados, ya que duraron trece días, en los que hubo toda clase de espectáculos, desde representaciones teatrales hasta las célebres corridas del toro enmodorrado. En estas corridas los toros eran rejoneados por nobles a caballo, que, lanza en ristre, los empujaban hasta un callejón que conducía directamente a un precipicio sobre el Arlanza, en el que acababan despeñándose. Estas fiestas se rememoran ahora cada año en la Fiesta Barroca, que tiene lugar durante la primera semana de agosto, declarada de interés turístico. Afortunadamente, el salvaje espectáculo del toro enmodorrado ha sido suprimido.

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En la actualidad también  se celebran en ella numerosas ferias y mercados, siendo la más importante, por su ámbito nacional, la “Feria de Maquinaria Agrícola”.

Abandonando el  recinto de la Plaza por la calle de la Audiencia, el viajero se encontrará con el Convento de Santa  Teresa, ocupado por frailes carmelitas hasta en siglo XIX. En la actualidad lo comparten las oficinas del Ayuntamiento y la Oficina de Turismo.

En la plaza de Santa Clara se encuentra el Convento de la Ascensión, o de Santa Clara, para monjas clarisas de clausura. Fue el primer convento que mandó construir el duque,  en el año 1604, en  honor a su nuera, Doña María de Padilla y Manrique, casada con su hijo Gonzalo. Desde el punto de vista arquitectónico se trata de un edificio muy austero, con nave crucero y cripta, en la que eran enterradas  las religiosas que pasaban a mejor vida. Antes de la reja que delimita la zona de clausura, hay cinco lienzos del pintor florentino  Bartolomé Carducho, que por entonces era el pintor de cámara de Felipe III, y un retablo con las figuras de San Francisco y  su discípula Santa Clara. Este convento estaba conectado por un pasaje con la Colegiata de San Pedro, para que las monjas pudieran pasar sin ser vistas a cumplir con sus obligaciones religiosas. Esta humilde, silenciosa y mística comunidad se mantuvo durante muchos años con el producto de la venta de los deliciosos artículos de repostería que tan primorosamente elaboraban, de los que podía asegurarse que estaban hechos por mano de monja. Estas auténticas “delicatessen” eran vendidas por las legas a la entrada del convento.

Pero, casi puede decirse que milagrosamente, la vida sencilla y contemplativa de estas religiosas sufrió una tremenda conmoción con la llegada, en enero de 1984, de una nueva profesa, la arandina de tan sólo 18 años, María José Berzosa Martínez, más conocida por su nombre religiosos de Sor Verónica. Su impresionante labor, primero como maestra de novicias y después como priora, ha hecho que las vocaciones para ingresar en el convento, sobre todo de jóvenes menores de treinta años, y muchas con titulación universitaria, se hayan  disparado de tal forma que este vetusto convento se ha visto incapaz de acogerlas a todas. En el año 2004 el núcleo más importante de estas nuevas religiosas se  trasladó, mediante previa cesión de la orden franciscana, al Santuario de San Pedro Regalado, situado en la localidad ribereña de La Aguilera, muy cerca de Aranda de Duero, por la que pasa el río Gromejón, en el que, hace ya tiempo, abundaban los ricos cangrejos; también cuenta con varias bodegas, en las que se elabora un excelente vino con D. O. Ribera del Duero.

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En el año  2010, bajo el magisterio y la dirección de la citada Sor Verónica, esta comunidad de monjas clarisas se transformó en una nueva Congregación religiosa bajo el nombre de “Iesu Communio”, cuyo principal objetivo apostólico es la evangelización de los jóvenes, muy en la línea con las “Jornadas Mundiales de la Juventud” (JMJ), que tanto promocionaron los pontífices Juan Pablo II y Benedicto XVI. Naturalmente, para desarrollar esta labor evangelizadora han debido de abandonar la vida de clausura y meterse plenamente en la complicada sociedad que vivimos. En la actualidad, entre los dos conventos suman más de 200 religiosas. Todo un milagro para los tiempos que corren.

En esta misma plaza de Santa Clara se encuentra, desde el año 1968, la tumba de uno de los personajes más legendarios de estas tierras; se trata del cura D. Jerónimo Merino Cob, natural de Villoviado, pequeño pueblo a 7 km de Lerma, que se convirtió en feroz guerrillero, primero para combatir a los franceses y expulsarlos al otro lado de los Pirineos, durante la Guerra de la Independencia, y después, repuesto en el trono el absolutista D. Fernando VII, para ayudar a éste y a  los Cien Mil Hijos de San Luís a eliminar a los traidores liberales, que querían restaurar la Constitución de 1812, más conocida como “La Pepa”. Al morir Fernando VII volvió a empuñar las armas, esta vez al servicio de los derechos del pretendiente, su hermano D. Carlos María Isidro. Finalizada la primera guerra carlista, para evitar  males mayores tuvo que exilarse a la localidad normanda de Alençon, donde volvió a ponerse la sotana  para convertirse en el director espiritual y confesor de un convento de monjas. Genio y figura la de este cura burgalés, que murió en 1844 en la citada ciudad francesa.

En esta misma plaza, desde la artística balconada  del “Mirador de los Arcos”, el viajero podrá descansar y  deleitarse contemplando la bella panorámica que, a sus pies, le ofrece la rica vega del Arlanza.

Entre convento y convento nos encontramos nuevamente  con el Arco de la Cárcel, a la entrada de la Villa, enfrente se alza el último edifico religioso del recinto urbano, se trata del Monasterio de la Madre de Dios, o convento del Carmen, pues lo ocuparon religiosas carmelitas descalzas; es un edificio  de una sola nave, con fachada neoclásica. Actualmente se ha convertido en un centro escolar.

Si el viajero vuelve a cruzar el arco, extramuros se encontrará con el convento de San Francisco de los Reyes, fundado por la hermana del duque, doña Leonor de Rojas, aunque su estado actual es de  total abandono. Todavía el viajero exigente o curioso podrá visitar la ermita de Nuestra Señora de la Piedad, con una talla verdaderamente conmovedora de dicha Virgen.

El recorrido artístico, histórico y religioso ha concluido, pero Lerma tiene algo más que ofrecer a sus visitantes. Si el viajero deambula a la buena de Dios y sin prisas, por sus calles y plazas, y se mete por sus soportales y bocacalles,  de recio estilo castellano, se encontrará con un sin fin de mesones, tabernas, tascas, figones donde obsequiarse con los exquisitos platos, platillos, cazuelas, cazuelitas, tapas y pinchos de todo tipo que en ellos encontrará en abundancia. Los productos del cerdo y el cordero son los más abundantes. Los del cerdo: morcillas, picadillo, chorizo, lomo, morro……..y los del cordero: patitas, mollejas, riñones, criadillas, asadurilla, cabecillas, chuletillas y el nunca bien ponderado cordero lechal al horno. Pero, además, podrá saborear también las ricas truchas del Arlanza, los cangrejos-lamentablemente cada vez más escasos-la cecina, el bacalao, los callos,  las setas, el queso……….y, por supuesto, los exquisitos dulces monjiles. Todo ello regado, naturalmente, con el rico vino de la tierra, tinto o clarete, ¡a elegir! Precisamente, a la entrada de la villa, en el edificio que se encuentra entre las dos torres del Arco de la Cárcel, se encuentra la sede de la Denominación de Origen “Vinos de la Ribera del Arlanza”, en franca competencia con sus vecinos de la Ribera del Duero.

El que esta crónica escribe, que no puede ocultar su afición por este sitio y esta comarca; en sus espaciadas visitas ha sido-y lo sigue siendo- cliente entusiasta de su oferta gastronómica. Por añadidura, su afición a meterse entre pucheros y cazuelas de vez en cuando, le ha llevado a elaborar una receta de bacalao, originaria de las antiguas monjas clarisas que, con la ayuda de San Francisco y Santa Clara, naturalmente, suele quedar de relamerse. ¡Vamos, que ni el pil pil de Bilbao!

Recuerdo especial me merece una casa de comidas que actualmente está cogiendo fama a nivel nacional e incluso internacional, que visité por primera vez hace ya más de treinta años; se trata de Casa Antón, situada en una de las bocacalles del lado derecho de la calle Mayor. Es una casona antigua en cuya planta baja funcionaba hace muchos años una tahona con su gran horno de leña, en el que se elaboraba el rico pan blanco, tan característico de estas tierras ribereñas de viñas y cereales. Pero con la aparición de las panificadoras, sus propietarios-una familia de tres hermanos, si no me falla la memoria- dejaron de amasar y cocer pan, para asar, en su lugar, tiernos corderitos lechales de la raza churra. El resto de la casa lo aprovecharon para repartir los comedores por las antiguas habitaciones, un tanto destartaladas. La antigua panadería se convirtió en una casa de comidas, en la que la única especialidad era el cordero asado al horno de leña. No se despreciaban los sabrosos despojos, que se servían como aperitivo. El éxito fue tan rotundo que al poco tiempo, para disfrutar de sus suculentos asados,  era necesario reservar mesa con varios días de antelación. Un próspero negocio que ha permitido a una nueva generación familiar de asadores abrir un nuevo local, mucho más amplio, moderno y confortable, a unos pocos metros del primigenio horno de leña. Sitios ribereños como Segovia, Sepúlveda, Avila, Valladolid, Peñafiel, Aranda, Roa……….famosos todos, entre otras cosas, por su lechazo al horno, dejaron un grato recuerdo en la memoria del que esto escribe, también viajero en sus buenos tiempos, pero si le obligaran a elegir, encaminaría sus pasos nuevamente hacia Casa Antón de Lerma.

De nuevo por la ribera del Arlanza prosigue el viajero su camino, sin poder evitar, de vez en cuando,  volverse a contemplar, erguida y señorial, la villa ducal de Lerma, que durante unos cuantos años fue la “Corte de Recreo” de los Austrias. El recuerdo de su monumental plaza, su palacio, sus conventos, sus calles, sus plazas, sus gentes, del buen comer y el bien beber, acompañarán al viajero mucho más allá de que su silueta se diluya en el horizonte.

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POR LA CUENCA DEL ARLANZA: DE COVARRUBIAS A SANTO DOMINGO DE SILOS -por Francisco Blanco-

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Muy cerca de la Yecla, también en la ribera del río Mataviejas, se encuentra el municipio de Santo Domingo de Silos que, junto con Covarrubias y Lerma,  conforman el turístico “Triángulo del Arlanza”, de gran interés histórico, cultural y artístico. Sin duda el principal atractivo de esta localidad es su famoso Monasterio de origen visigótico, dedicado a San Sebastián, en el que se refugió una pequeña comunidad de  monjes mozárabes, que vivían con grandes estrecheces, hasta que en el siglo XI, procedente del riojano Monasterio de San Millán de la Cogolla, llegó el  monje benedictino Domingo, natural del riojano pueblo de Cañas quién, bajo la protección del primer monarca de Castilla, Fernando I, lo refundó, e impulsó su desarrollo hasta convertirlo en otro de los más importantes centros religiosos y culturales del joven reino castellano.

Durante los años que permaneció como prior de la comunidad, alcanzó Domingo una merecida y extensa fama de taumaturgo por su capacidad para realizar milagros, incluso a grandes distancias. Se aseguraba que era capaz de liberar cristianos caídos en manos de los moros y presos en las cárceles sarracenas del norte de Africa. Todavía, en la antesacristía, pueden contemplarse los cepos y cadenas traídos como exvotos por los cautivos liberados. Sus hechos y curaciones milagrosas le dieron en vida merecida fama de santo, acrecentada a su muerte, anunciada por él mismo a sus monjes, pues también era visionario: “Pasé toda la noche con la Reina de los Ángeles, que me ha invitado a estar cerca de Ella, dentro de tres días, iré muy pronto al Celestial Festín donde ella me convida”. Su fama de santidad convirtió el Monasterio en un lugar de devoción y peregrinaje a su tumba, además de un centro de religiosidad, ciencia y arte.

En el siglo XVIII fue nuevamente reconstruido, pero respetando parte de la obra anterior, en especial el impresionante claustro interior de dos pisos, de techos artesonados, con arcos románicos sostenidos por dos o cuatro columnas, cuyos 64 capiteles están bellamente decorados, mostrando  cada uno  un tema diferente. En el centro del claustro se yergue el majestuoso ciprés, cantado por el poeta montañés Gerardo Diego en un bello soneto: 

EL CIPRES DE SILOS

Enhiesto surtidor de sombra y sueño

Que acongojas el cielo con tu lanza.

Chorro que a las estrellas casi alcanza

Devanado a sí mismo en loco empeño.

 

Mástil de soledad, prodigio isleño;

Flecha de fe, saeta de esperanza.

Hoy llego  a ti, riberas del Arlanza,

Peregrina al azar, mi alma sin dueño.

 

Cuando te ví, señero, dulce, firme,

Que ansiedades sentí de diluirme

Y ascender como tú, vuelto en cristales,

 

Como tú, negra torre de arduos filos,

Ejemplo de delirios verticales,

Mudo ciprés en el fervor de Silos.

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Dentro de la iglesia neoclásica, obra del arquitecto Ventura Rodríguez, hay que visitar la botica, construida a principios del XVIII, convertida actualmente en museo de cerámica en el que sobresalen 420 artísticas piezas de Talavera; es de destacar también su magnífica cajonería, decorada con placas en las que aparecen las diferentes hierbas que los monjes empleaban para elaborar los bebedizos, pomadas, pócimas y jarabes que aplicaban a la curación de toda clase de males.

En esta botica se llegó a elaborar la famosa “Triaca Mágica”, panacea farmacéutica medieval que lo curaba casi todo.  Dispone también de una valiosa biblioteca, en la que destacan códices e incunables de los siglos XI y XII y 510 libros sobre Medicina, Farmacia y Botánica, impresos entre los siglos XV y XIX..

A lo largo de su historia esta soberbia botica ha pasado por diferentes vicisitudes que pusieron en peligro su supervivencia, que la astucia y la tenacidad de sus priores supieron salvar. En el año 1825, por ejemplo, para evitar que el Estado la confiscase, el abad se confabula con la cuadrilla del cura Merino, famoso guerrillero que, después de luchar contra la invasión francesa, se había convertido en furibundo absolutista y contumaz salteador de caminos, para simular un saqueo y poner su contenido a buen recaudo. Finalmente, cien años después, en 1927, cuando iba a ser subastada públicamente, un millonario bilbaíno, D. Juan de Aguirre y Anchútegui, la compra para, acto seguido, cederla de nuevo al monasterio en un acto lleno de altruista generosidad. 

Si el viajero tiene suerte, o si espera a que las campanas del monasterio llamen a oración a sus monjes, podrá oírles entonar los famosos Cantos Gregorianos, cuyo origen se remonta al siglo VI, de los que son unos consumados intérpretes, con la seguridad de que van a ser un deleite para sus oídos y también para la vista. Y si dispone de más tiempo se puede albergar en su hostería para disfrutar de unos días de relajado y solitario descanso para el cuerpo y el espíritu. Para el primero seguro que sobre su mesa encontrará buen vino y buenos alimentos y sobre el segundo, difícilmente encontrará un ambiente más propicio donde buscar la paz y el sosiego.

El resto del pueblo, crecido a la sombra del monasterio, forma un interesante conjunto monumental, en el que destaca la magnífica iglesia parroquial de S. Pedro, del siglo XII, en cuya arquitectura conviven el románico y el gótico. También se pueden admirar viejas casonas blasonadas y restos de la antigua muralla.

Finalizada su estancia en Santo Domingo, siguiendo nuevamente las riberas del Arlanza, el viajero encaminará sus pasos hacia la ducal villa de Lerma.

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