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EL PARNASO BURGALÉS. -Por Francisco Blanco-

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La cultura de los siglos XIV y XV, como se puede deducir fácilmente, estaba aposentada principalmente en iglesias, conventos y monasterios. San Pedro de Arlanza, San Pedro Cardeña, Santo Domingo de Silos y San Salvador de Oña, libres ya del acoso mahometano, se convierten en los principales centros desde los que irradia toda la cultura literaria, científica y artística de aquel reino de Castilla, cada vez más poderoso, pero cuyo suelo todavía tiembla bajo el galope de sus guerreros.

por necesidad batallo, y cuando monto en la silla, se va ensanchando Castilla al trote de mi caballo 

La ciudad de Burgos, erigida desde mediados del siglo XIII en “Caput Castellae” y titulada “Camera Regia”, “Prima voz et fide”, se convirtió en el centro receptor de este inusitado esplendor cultural.   ”Non seré de cierto Rey de Castilla fasta que no sea en Burgos y faga allí mi coronación como la ficieron los reyes onde yo vengo”. Así se expresaba Enrique II el de las Mercedes, antes de ser coronado Rey de Castilla por las Cortes de Burgos, tras haber apuñalado a su hermanastro Pedro I el Cruel, poniendo de esta forma punto final a la larga guerra civil que los tenía enfrentados. En realidad todos los reyes de la Casa Trastamara, de los cuales Enrique III el Doliente, o el Enfermo, como también se le conocía, había nacido en Burgos, sintieron una especial predisposición por esta ciudad castellana, en la que residieron, convocaron Cortes, favorecieron y engrandecieron, pero fue durante el reinado de Juan II cuando la ciudad alcanza su máximo auge de riqueza, de poder y de expansión artística. Baste como muestra el impresionante sepulcro que Gil de Siloé le construyó en la Cartuja de Miraflores para su descanso eterno.  

Treinta y cinco años, de 1419 a 1454, duró el reinado de Juan II de Castilla, también conocido como el Rey Poeta. Durante este largo periodo nuestra Historia Medieval se cuajó de acontecimientos de la más variada índole, que impulsaron a la nación castellana por los caminos de la modernidad, aunque eso sí, en un ambiente de hostil enfrentamiento entre el rey y la nobleza.

El tumultuoso plano político estuvo dominado por la figura del Condestable de Castilla, D. Álvaro de Luna, que supo dominar la levantisca y ambiciosa nobleza, especialmente a los Infantes de Aragón, que todavía mantenían aspiraciones al trono de Castilla por considerarse herederos de Pedro I el Cruel.

Finalmente, D. Álvaro cayó en desgracia y fue detenido en Burgos por el Justicia Mayor D. Álvaro de Estrúñiga el 4 de abril de 1453. Sufrió prisión en el castillo de Portillo hasta que, finalmente, fue ejecutado públicamente el 2 de junio en la Plaza Mayor de Valladolid. Este polémico personaje no sólo fue un hábil político y diplomático, también era poseedor de una gran cultura y una gran afición por la poesía y la prosa. Dejó escrita una obra titulada “Virtuosas y claras mujeres”, una de las primeras obras feministas de nuestra literatura escrita por un varón, en la que respondía a las posturas machistas defendidas por el Arcipreste de Talavera en su obra “El Corbacho”. (1)

Por el contrario, en el plano cultural las manifestaciones artísticas en todos los órdenes fueron de un inusitado esplendor. Una figura clave para que esto se produjera fue el judío converso Pablo de Santamaría, rabino mayor de la judería burgalesa que, en 1390, cuando más dura era en toda la España cristiana la persecución a los judíos, abjuró del judaísmo junto con la mayor parte de su familia, hijos y hermanos incluidos, excepto su esposa y su padre, que permanecieron fieles a sus creencias, por lo que tuvo que separarse judicialmente de ella. El rabino  Selemoh-Ha-Leví se convirtió, gracias al bautismo, en Pablo García de Santamaría, también conocido como “El Burgense”, que en su nueva vida se orientó, tal vez gracias a la influencia de San Vicente Ferrer, que había estado predicando en la judería de Burgos, hacia la vida eclesiástica, estudiando primero en París y después en la ciudad papal de Aviñón, en la que el año 1395 fue nombrado Arcediano de Treviño por el papa Bonifacio IX.

De nuevo en su ciudad natal  la carrera de este eclesiástico, teólogo, humanista, poeta, políglota, etc., puede clasificarse de impresionante. En 1401 el rey de Castilla, Enrique III el Doliente, le propuso para el obispado de Cartagena, pero le hizo también su consejero personal, nombrándole, además, ayo de su hijo, el futuro rey Juan II. En 1407, tras la muerte de Pero López de Ayala, es nombrado canciller mayor de Castilla, convirtiéndose así en el personaje más poderoso del reino, después del propio monarca. También fue consejero de Fernando de Antequera mientras fue Regente de Castilla durante la minoría de edad de Juan II. En 1415 alcanza la dignidad de obispo de Burgos, en cuya sede episcopal permaneció hasta su muerte en 1436, siendo sucedido por su hijo Alonso de Cartagena.

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De la ingente obra de este ilustre burgalés cabe destacar su monumental “Las siete edades del Mundo”, glosa histórica escrita en 250 octavas reales. El sobrenombre de Burgense lo utilizó en su “Scrutiniun Scripturarum”, obra teológica en la que explica los errores del judaísmo, para pasar a rebatirlos y explicar los misterios y beneficios de la fe cristiana.

Muchas páginas se podrían escribir también sobre su labor pastoral y de mecenazgo. Además de convocar dos Sínodos, en 1418 y 1427, con su fortuna personal colaboró en las obras de construcción del convento de San Pablo de Burgos, donde fue enterrado, y también de los monasterios de San Juan de Ortega, San Miguel del Monte, en Miranda de Ebro y el de las clarisas de Nofuentes.

La saga de los Santa María, a través de la destacada labor de gran número de sus miembros, como iremos viendo a continuación, dejó una profunda y fructífera huella en la historia de la Baja Edad Media burgalesa. Los familiares del obispo D. Pablo, empezando por sus hermanos y continuando por sus hijos y sus descendientes, ocuparon los más altos cargos en todas las actividades, no sólo de la ciudad de Burgos, sino de todo el Reino de Castilla. Sus descendientes, mediante enlaces matrimoniales principalmente, fueron emparentando con numerosas familias de la nobleza castellana y aragonesa, extendiéndose incluso por las provincias vascongadas, aragonesas y valencianas. Su influencia llegó a conseguir que el rey Felipe III  obtuviera, en 1603, un Breve del papa Clemente VIII, en el que  declaraba este linaje  apto para alcanzar todos los más altos honores del reino.

Los tres hermanos del obispo Pablo, que se convirtieron al cristianismo junto con él, fueron: Pedro Juárez de Santa María, regidor perpetuo de Burgos, procurador en Cortes y administrador de las rentas reales; Alvar  García de Santa María, escribano, cronista y consejero del rey, regidor perpetuo de Burgos; Tomás García de Santa María, del que no se tienen muchas noticias, aunque parece ser que se estableció en Zaragoza; su nieto, Micer Gonzalo de Santa María, fue el autor de la primera traducción de la Biblia al castellano, editada por el impresor zaragozano Pablo Hurus, que después fue quemada por orden de la Inquisición.

Mención especial merecen sus hijos, habidos antes de su conversión. El primero, Gonzalo García de Santamaría, fue Doctor en Leyes y obispo de Astorga; el segundo, del que volveremos a hablar más adelante, fue Alonso García de Santa María, conocido posteriormente como Alonso de Cartagena, obispo de Cartagena y de Burgos, en cuya sede sucedió a su padre, y uno de los hombres más ilustres y poderosos de su tiempo; Pedro de Cartagena, el tercero, se puede considerar como el fundador del mayorazgo familiar, adoptando el apellido Cartagena, fue militar, procurador en Cortes y regidor de Burgos (2), casó con María de Sarabia, con la que tuvo cuatro hijos, y en segundas nupcias con Mencía de Rojas, de cuyo matrimonio nacieron otros tres; el cuarto fue Alvar Sánchez de Cartagena, miembro del Consejo Real, gobernador de Toledo y embajador del rey Juan II de Castilla; su única hija, María de Santa María, casó en Burgos con un hijodalgo de la familia de los Covarrubias. (3)

 El espíritu de trovador del monarca y su afición por la poesía y las canciones, compartida con su valido D. Álvaro, propició que en la corte castellana se respirasen aires culturales de diferentes procedencias. Otro judío converso, Juan Alfonso de Baena, posiblemente protegido de los Santa María, recopiló para el monarca el conocido como “Cancionero de Baena”, en el que aparecen obras de 56 poetas, entre los que ocupa lugar destacado el burgalés Alfonso Álvarez de Villasandino, del que publica más de un centenar de poemas de todo tipo, cortesanos, amorosos, satíricos, panegíricos, en el más puro estilo provenzal y al que califica como “Esmalte e lus e espejo e corona e monarca de todos los poetas e trovadores, maestro e patrón del arte poética”.

Otro poeta burgalés citado en el Cancionero es Fernán Martínez de Burgos, que atacó en sus versos a los procuradores que administraban la justicia del reino y también es el recopilador del “Cancionero Castellano”, en el que se encuentran algunas trovas de D. Juan Manrique de Lara y Castilla, II Conde de Castañeda. El cancionero circuló al mismo tiempo que el de Baena. Este poeta era hijo de Juan Martínez de Burgos, que ejerció de escribano en la ciudad burgalesa y padre del también poeta Diego de Burgos; los tres estaban emparentados con los Maluenda, poderosa familia de comerciantes burgaleses, parientes a su vez de los más poderosos Santa María.

Diego de Burgos, posiblemente de origen converso, como su padre y su abuelo, fue secretario y amigo del famoso Marqués de Santillana, D. Iñigo López de Mendoza, uno de los personajes clave en la actividad literaria del reinado de Juan II. A la muerte del marqués, ocurrida el 24 de marzo de 1458, compuso en su honor un laudatorio poema en 236 coplas de arte mayor, titulado “El Triunfo del Marqués”, que se puede considerar como una de las obras maestras de la Escuela alegórico-dantesca. En dicho poema el poeta, guiado por el propio Dante, llega a la cumbre de un monte donde se encuentra el marqués rodeado de sabios que elogian su sabiduría y guerreros que alaban sus gestas militares. Acaba con la subida del marqués a la Gloria a bordo de un carro triunfal. También compuso otros poemas de carácter laudatorio dedicados al propio monarca Juan II y al rey de Portugal, Alfonso V. El poeta falleció el año 1514, siendo secretario del hijo primogénito del marqués, D. Diego Hurtado de Mendoza. (4)

Otro escritor, perteneciente a la vieja nobleza castellana, fue D. Pedro Fernández de Velasco, (1399-1470), conocido como  el buen conde de Haro, uno de los más poderosos nobles del reino, que en 1439 actuó como mediador en el llamado «Seguro de Tordesillas», por el que se intentaba reestablecer la paz entre la levantisca nobleza, encabezada por los Infantes de Aragón y la autoridad real de Juan II, apoyada por el condestable D. Álvaro de Luna. Este episodio le sirvió para escribir su «Crónica del Seguro de Tordesillas».

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Las modas literarias francesas dieron paso a las nuevas corrientes renacentistas implantadas en Italia por el genio de Dante, Petrarca y Bocaccio. La Divina Comedia, especialmente, fue la obra que más influyó en los primeros literatos españoles del Renacimiento. El humanista burgalés, Pedro Fernández de Villegas, arcediano de la catedral de Burgos, que había estudiado cinco años en Roma, la glosó y tradujo al castellano, siendo su primera edición  publicada en Burgos por el impresor Fadrique de Basilea en 1515 (5). También el propio monarca se aficionó muy pronto a las nuevas modas italianas, merced a la relación personal y epistolar mantenida con el filósofo y escritor florentino “El Aretino”, al que, según cuentan, mandaba embajadores con órdenes de mantenerse de rodillas en su presencia.

En 1434 D. Juan II de Castilla envía a D. Alonso de Cartagena, por entonces chantre de la catedral de Burgos, como representante suyo en el Concilio de Basilea, en el que llegó a desempeñar una gran labor. Uno de sus mayores logros fue conseguir que se reconociera el derecho preferente del rey de Castilla sobre el de Inglaterra, que por aquellos tiempos era Enrique VI, último monarca de la dinastía de los Lancaster. Al finalizar el Concilio, siendo ya obispo titular de Burgos, nombrado por el papa Eugenio IV que sentía gran admiración por su vasta sapiencia, regresó a su ciudad natal acompañado de un selecto séquito, en el que figuraban artistas, científicos e intelectuales de gran valía, que contribuyeron a convertir la capital castellana en uno de los focos culturales más destacados de Europa.

Fernán Pérez del Pulgar, en su obra “Claros varones de Castilla”, escribe: “Este obispo don Alfonso, su fijo, desde su mocedad fue criado en la iglesia, y en escuela de sciencia, e fue gran letrado en derecho canónico e cevil. Era asimesmo gran filósofo natural”.

Al igual que su padre el obispo D. Pablo, la labor que desarrolló fue versátil y fecunda: Reanudó las obras paradas de la Catedral, finalizó la construcción del convento de San Pablo, iniciada por su padre y contribuyó financieramente a reedificar algunas iglesias y monasterios de su diócesis. Una de sus principales actividades estuvo encaminada a elevar el nivel cultural de la nobleza y el clero, para ello escribió un “Doctrinal de Caballeros”, adaptación de la II Partida de Alfonso X, formada por cuatro libros; tradujo y fomentó la lectura de los clásicos, Cicerón y Séneca especialmente, y fundó en Burgos una escuela pública, llamada “De toda doctrina” en la que estudiaron los más doctos latinistas de la época. Mantuvo, igualmente, una intensa relación epistolar con las mentes más eminentes de la época, como el ya citado Aretino; el humanista Enea Silvio Piccolomini, que llegó a ser Papa con el nombre de Pío II y que le llamó: “Deliciae hispanorum decus praelatorum non minus eloquentia quam doctrina preclarus, inter omnes consilio et facundia praestans”, y, entre los españoles, el historiador Fernán Pérez de Guzmán y el ilustre Marqués de Santillana. Su obra poética anda dispersa por diferentes cancioneros de la época, principalmente en el “Cancionero General” de Hernando del Castillo. Es también destacable su labor diplomática como embajador de Juan II ante la corte del emperador Alberto II de Hamsburgo y las de los reyes de Aragón, Navarra y Portugal. Murió en el pueblo burgalés de Villasandino el año 1456, al regresar de una peregrinación al sepulcro del Apóstol Santiago. Indudablemente la figura de este ilustre humanista y la ingente labor que desarrolló propiciaron que durante un largo período de tiempo se desarrollase en Burgos una intensa y fructífera actividad cultural.

En el “Cancionero General” de Hernando del Castillo aparece otro poeta descendiente de los Santa María, se trata de Pedro de Cartagena, hijo del señor de Villafuerte, D. García Franco de Toledo, Contador Mayor de la reina Isabel la Católica, y de Doña María de Saravia, nieta del obispo D. Pablo (6). Murió el año 1486, a la temprana edad de treinta años, luchando contra los árabes durante el asedio a Loja, en plena campaña de los Reyes Católicos contra el reino de Granada. Su poesía es de carácter preeminentemente amatorio y en ella se inspiró Garcilaso para componer su “Oh dulces prendas”.

Pero no solamente los varones de esta ilustrada familia alcanzaron notoriedad en alguna de las ramas de las letras o las ciencias, también una mujer, Teresa de Cartagena, hija de Pedro de Cartagena y nieta, por lo tanto, del obispo D. Pablo, fue, tal vez, la primera escritora mística española.

Había nacido en Burgos en 1425 y a los quince años, como les ocurría a la gran mayoría de las jóvenes de la alta sociedad que no eran destinadas al matrimonio, ingresó en el monasterio de San  Francisco de Burgos como novicia clarisa, aunque unos años más tarde fue trasladada al monasterio de Santa María Real de las Huelgas, donde profesó como monja de la Orden del Císter. Fue en este monasterio cisterciense donde se despertaron sus aficiones literarias. Hacia el año 1459 fue atacada por una enfermedad progresiva que la fue privando del habla y del oído. El aislamiento y la soledad provocados por su enfermedad la decidieron a emprender la escritura de su primera obra, “Arboleda de los enfermos”, escrita en castellano, en la que ensalza, con mística dulzura, los beneficios de los sufrimientos que Dios la envía, menospreciando el mundo exterior y sumiéndose en su espiritual mundo interior. Esta obra llegó a alcanzar una notable difusión, pero muchos de sus lectores, los varones en especial, llegaron a la conclusión de que una obra de tan gran calidad literaria no podía haber sido escrita por una mujer, sino por un hombre oculto bajo un seudónimo femenino. Tal era la misoginia imperante en la época. Este rechazo de la autoría de su obra la indujo a escribir una segunda, titulada “Admiraçión Operum Dei”, en la que defiende la capacidad de la mujer para emular o superar a los hombres en el arte de escribir. De esta forma, Teresa de Cartagena se convierte también en la pionera de las escritoras feministas españolas. (7)

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Otro de los escritores que configuran el Parnaso burgalés es el canónigo Pedro de Lerma, converso igualmente, nacido en 1461 en Burgos. Estudió en París y en 1504 obtuvo el título de Doctor en Teología por la Sorbona. En 1506 es nombrado canónigo de la catedral de Burgos y dos años más tarde, en 1508, el Cardenal Cisneros le nombra primer canciller de la Universidad de Alcalá. Fue uno de los primeros erasmistas españoles, lo que le valió ser perseguido por la Inquisición, que le obligó a renunciar a su cargo de canciller. De vuelta a Burgos en 1537, la Inquisición siguió acosándole, incoándole un juicio con la  acusación de difundir por España los escritos de Erasmo, esta persecución inquisitorial  le decidió a volverse nuevamente a París, donde llegó a ser decano de la Facultad de Teología de la Sorbona hasta su muerte, ocurrida en 1541. De su obra literaria hay que destacar las “Farsas”, precursoras del teatro de Juan de la Encina.

No se puede dejar de mencionar, aunque con escasa información sobre su persona, a Fray Antonio de Mazuelo, monje benedictino que seguramente pertenecía a la familia de los Mazuelo de Muñó, emparentada con los Carrillo y los Rojas. Lo que si se sabe de cierto es que fue el traductor del romance didáctico en verso “Le Pelerinage de vie humaine”, escrito por Gillaume de Digulleville durante el primer tercio del siglo XIV. La traducción la realizó en prosa y en ella añadió numerosos comentarios y notas explicativas del texto original. Fue publicada en 1490 por el impresor Enrique Mayer Alemán con el título de “El Peregrino de la vida humana”.

Otro ilustre religioso y humanista burgalés fue Andrés Gutiérrez de Cerezo, nacido en Cerezo de Río Tirón el año 1459. Estudió humanidades y fue profesor de Retórica en la Universidad de Salamanca. En 1485 se encuentra en Burgos ejerciendo de Racionero de la Catedral y también de maestro de la Escuela de Gramática del Cabildo. Su protector, el obispo Acuña, en 1495  le nombra abad del Monasterio de San Salvador de Oña, a cuyo engrandecimiento contribuyó de forma importante. Escribió el “Ars Grammatica”, publicada el año 1485 por el impresor burgalés Fadrique de Basilea, y también la “Vida de San Vitores”, santo y mártir burgalés del siglo IX, paisano suyo además, pues también nació en Cerezo de Río Tirón. Murió el año 1503 siendo abad del monasterio. 

Otro burgalés de origen converso y pariente e los Maluenda, Fernando de la Torre, (1416-1475) es autor de poesía lírica amorosa, en la que destacan las serranillas, además de un Cancionero escrito hacia el año 1465.

No hay una certeza absoluta sobre la fecha y el lugar de nacimiento del religioso franciscano Fray Iñigo de Mendoza y Cartagena, aunque es muy probable que ocurriera en Burgos, mediado el segundo decenio del siglo XV. Era hijo de D. Diego Hurtado de Mendoza, perteneciente a una de las ramas segundonas de los Mendoza, y de Doña Juana de Cartagena, descendiente de uno de los parientes del obispo Pablo de Santa María, cabeza y origen de la familia conversa Santa María-Cartagena. Esta afirmación puede hacerse en base al Libro de la Fundación del convento de los dominicos de Burgos: “En la pared deste capítulo, a la entrada ala mano derecha de un arco, están enterrados D. Diego Hurtado de Mendoza y su mujer Doña Juana de Cartagena, padres del padre fr. Iñigo de Mendoza, fayre de San Francisco….” (8)

La obra de este fraile franciscano es de carácter ascético y misógino, siendo la más conocida su “Vita Christi”: “Coplas que fizo fray Yñigo de Mendoza, flayre menor, doze en vituperio de las malas hembras, que no pueden las tales ser dichas mugeres. E doze en loor de las buenas mugeres que mucho triumpho de honor merecen”. También se le atribuyen las “Coplas de Mingo Revulgo”, que constituyen una acerba sátira contra Enrique IV, glosadas en 1464  por Hernando del Pulgar.

Ya en tiempos del Emperador Carlos nos encontramos con el licenciado burgalés Juan Fernández, autor de uno de los primeros libros de caballería escritos en castellano, titulado “Belianís de Grecia”, que alcanzó gran popularidad, llegando a ser uno de los favoritos del Emperador. En él se describen, de forma prolija y amena, las aventuras del caballero Belianís y sus amores con la bella princesa Florisbella de Babilonia. El éxito alcanzado indujo a su autor a escribir una segunda parte, pero murió antes de finalizarla, cosa que hizo su hermano, el también burgalés Andrés Fernández. Ambas fueron impresas en Burgos el año 1547 y reimpresas el 1587 por el impresor burgalés Fadrique de Basilea.

Otro humanista burgalés, Francisco de Encinas, alcanzó una extraordinaria relevancia en tiempos del Emperador Carlos, aunque, por su heterodoxia religiosa, su figura y su obra han sido injustamente arrinconadas prácticamente desde su fallecimiento en 1552, cuando sólo contaba 34 años de edad. Había nacido en Burgos, el 1 de noviembre de 1518, en el seno de una acomodada familia de comerciantes; su madre Ana murió siendo todavía un niño y su padre, Juan de Enzinas, volvió a casar con Beatriz de Santa Cruz, perteneciente a otra distinguida familia burgalesa. Fue a estudiar a la Universidad de Lovaina, donde entró en contacto con importantes personajes protestantes, a los que no tardó en unirse. De Lovaina pasó a la Universidad de Wittenberg, a continuar con sus estudios de griego, donde comenzó a traducir al castellano el Nuevo Testamento, tarea que finalizó en 1543. Ese mismo año fue publicada en Amberes con el nombre de “El Nuevo Testamento de nuestro Redemptor y Salvador Jesu Christo”. Sus influencias en las altas esferas debían de ser importantes, puesto que él mismo entregó en persona al Emperador, que por entonces se hallaba en Bruselas, un ejemplar dedicado a la “Cesarea Magestad”. No obstante, esta ingente obra causó la desconfianza de la Inquisición, que la confiscó, condenándola a la hoguera, al mismo tiempo que empezó a perseguir a su autor por orden, curiosamente,  del confesor de Carlos V, el dominico Fray Pedro de Soto. Apresado en 1544 fue encarcelado en Bruselas, permaneciendo en prisión durante casi dos años, hasta que logró huir. A partir de entonces comenzó su exilio, perseguido siempre por la Inquisición Española, que le llevó por distintas ciudades de Europa, Estrasburgo entre ellas, donde en 1548  casó con Margarethe Elter. También dio el salto a Inglaterra,  llegando a ser “Regius Professor of Greek”  en la famosa Universidad inglesa de Cambridge.

Además de la citada traducción del Nuevo Testamento, cuya exclusiva se arrogaba la Iglesia Católica Romana con su versión canónica en latín, conocida como la Vulgata, traducida por San Jerónimo en el siglo IV, hizo también numerosas traducciones de los clásicos Plutarco, Tácito, Tito Livio, Lucano y otros, a las que hay que añadir numerosas obras de Historia. (9)

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Una de las numerosas epidemias de peste que asolaban aquella Europa tridentina, acabaron con la vida, primero de Francisco de Enzinas, el 30 de diciembre de 1552, y un mes después, el 1 de febrero de 1553, con la de su esposa.        

Durante la España Imperial de Carlos I las modernas corrientes culturales empezaron a  abandonar los claustros de los monasterios, emigrando hacia la Corte madrileña, aposentándose, esta vez, en las nuevas Universidades de Salamanca, Valladolid, Sevilla y Alcalá. El resultado de esta emigración fue el glorioso Siglo de Oro español, que tantos y tantos ingenios proporcionó a nuestras letras. Por Burgos estas corrientes pasaron de largo y su esplendor fue decayendo paulatinamente, hasta casi apagarse, mientras su cultura va quedando arrinconada en las bibliotecas de sus viejos monasterios. El Parnaso burgalés deja de brillar por falta de poetas y escritores. Siempre en un segundo plano, apenas si se pueden mencionar las coplas del cura de Gamonal o los versos de Luís de la Cadena o Jorge de Bustamante, que puso letra a algunas composiciones del músico burgalés Francisco de Salinas, catedrático en Salamanca. Tal vez merezca ser mencionada la querella literaria surgida hacia el año 1580 entre Francisco de Herrera y Garcilaso de la Vega, dos de los poetas que más brillaron en nuestro Siglo de Oro. En dicha querella, y en defensa de Garcilaso, intervino el Condestable de Castilla, duque de Frías y conde de Haro, D. Juan Fernández de Velasco, «padre de las ciencias y Mecenas de los virtuosos», con sus “Observaciones del Licenciado Prete Jacopín, vecino de Burgos, en defensa del príncipe de los poetas castellanos Garcilasso de la Vega, vecino de Toledo, contra las Anotaciones que hizo a sus obras Fernando de Herrera, poeta sevillano”, a las que contestó el propio Herrera con un opúsculo “Al muy reverendo padre Prete Jacopín, secretario de las Musas”.(10)

Tampoco se puede olvidar al jesuita Sebastián de Matienzo, “Profesor de Rhetórica y letras Humanas, Natural de Burgos”, autor de la “Heroyda”,  de la que D. Marcelino Menéndez Pelayo dijo  que era un libro «bastante común y conocido». Esta obra fue publicada el año 1628 en Burdeos.

Otro religioso y humanista burgalés del siglo XVII (1577-1645), fue el cisterciense Fray Ángel Manrique (11), catedrático de Teología en la Universidad de Alcalá y posteriormente obispo de Badajoz, autor del Memorial  “Exequias, túmulo y pompa funeral que la Universidad de Salamanca hizo en las honras del rey nuestro Señor Felipe III” y también de los “Anales Cistercienses” en cuatro volúmenes. Fue también predicador en la Corte de Felipe IV, hasta que éste le nombró obispo de Badajoz.

En Villarcayo, el año 1583, nació Pedro de Torres Rámila, que llegó a ser Maestro de Gramática en la Universidad de Alcalá. En 1617 publicó un Opúsculo titulado “Spongia”, en el que censuraba nada menos que algunas de las obras más importantes de Lope de Vega, el más insigne escritor de su época, conocido como el Fénix de los Ingenios; entre ellas estaban “La Arcadia”, “La hermosura de Angélica”, “La Dragontea” y “La Jerusalén conquistada”. La crítica originó otra gran polémica en los círculos literarios de la corte madrileña, que se saldó con la publicación en 1618 de otro Opúsculo, escrito por el propio Lope y alguno de sus amigos, que lo firmaron con el seudónimo de “Julio Columbario”, titulado “Expostulatio Spongiae”, en el que arremetían contra las críticas de Torres Rámila. (12). Pedro de Torres Rámila murió en Madrid el año 1657.

Todavía, en el oscurecido cielo de las letras burgalesas, surge una estrella fugaz. D. Antonio de Maluenda ha sido, tal vez, el más insigne de los poetas nacidos en Burgos, aunque los datos sobre su verdadera identidad han sido igualmente causa de polémica entre algunos eruditos y estudiosos de su vida y obra. Dentro de la familia de los Maluenda burgaleses nos encontramos con un Fray Antonio Maluenda y García de Castro, que fue doctor por Bolonia (1545) y abad de San Juan. Vivió de 1492 a 1580. Hay otro Antonio Maluenda (1554-1615), hijo de Andrés de Maluenda y de Isabel de la Torre, abad de San Millán de Lara y canónigo de la catedral de Burgos, aunque vivió durante muchos años en la corte madrileña antes de regresar a Burgos para comenzar a desempeñar sus cargos eclesiásticos, siendo ya de edad avanzada. Fue enterrado en el panteón familiar del desaparecido Monasterio de San Pablo de Burgos.

Es a este Antonio Maluenda de la Torre, sin duda, al que se refiere el poeta y comediante sevillano, Andrés de Claramonte y Corroy, en su “Letanía Moral”, impreso en Sevilla hacia 1612, en el que le cita como “el Abad Maluenda, insigne varón en letras humanas y aventajado poeta de Burgos, cuyo estro poético brilló en la corte de tres de los Austria, comenzando en los últimos años del reinado de Felipe II, siguiendo en el de Felipe III y llegando a alcanzar el de Felipe IV. Pocas noticias se tienen sobre la vida y obra de este poeta, que compartió su actividad literaria con otros autores tan famosos como Lope de Vega, Cervantes, Góngora, Vicente Espinel, con el que parece que mantuvo una buena relación de amistad, Quevedo  o el conde de Villamediana, que le dedicó un soneto laudatorio, que fue devuelto por el poeta burgalés. Firmó sus composiciones poéticas, en su mayoría sonetos, que tienen carácter laudatorio, amoroso y satírico, con el sobrenombre de “El Sacristán de la Vieja Rúa”. Su obra completa, o al menos la que se conoce, que se aproxima a los mil sonetos, figura, junto con la de otros autores coetáneos, en el “Cancionero de la Rosa”, publicado en Madrid, el año 1899, por Juan Pérez de Guzmán. (13). Es posible que la obra de este poeta burgalés no haya sido apreciada en su justo valor y sus méritos literarios hayan quedado oscurecidos por el brillo de los grandes poetas del Siglo de Oro, con los que convivió. También es muy probable que sus sonetos los leyera en los salones de los numerosos mecenas que protegieron las Artes y los artistas, o en las igualmente numerosas Academias literarias de la época, por las que pasaron tantas figuras ilustres de nuestras letras. Su paso por los salones literarios madrileños resulta evidente por el elogio que Maluenda hace en uno de sus sonetos de Doña Ana de Zuazo, distinguida dama de palacio, tan consumada en el canto, que Vicente Espinel la incluyó entre las deidades de su tiempo a quienes dio puesto inmortal en su poema de “La Casa de la Memoria”. También se sabe, entre otras cosas, que en 1598 participó en Salamanca en los certámenes poéticos convocados con motivo de la muerte y honras del rey Felipe II.

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Sea como sea, afortunadamente gran parte de su obra ha sido recuperada para mayor gloria de las letras burgalesas, que con su desaparición quedaron huérfanas de talento durante los siglos siguientes.

Reproducimos aquí uno de sus sonetos: 

SONETO A LOS HIJOS DE LA CIUDAD DE BURGOS 

¿Adonde está la fe, la verdad pura,

la modesta vergüenza, el trato llano

de aquel buen pueblo antiguo castellano

cuyo valor fue igual a su ventura? 

¡Huyeron de esta tierra; y sombra obscura

de infames vicios cubre el nombre vano

de honor, que sin virtud muere temprano,

cual tierna planta en tierra seca y dura! 

Nobles hijos de aquellos claros hombres,

cuyos hechos ilustres y famosos

dieron eterna vida a su memoria; 

pues heredasteis de ellos los renombres.

Su clara sangre y títulos honrosos

respondan vuestros hechos a su gloria. 

NOTAS: 

(1) Este interesante texto ha sido editado por Lola Pons Rodríguez (Burgos: Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, 2008 y por Julio Vélez-Sainz : Madrid, Cátedra, 2009).

(2) En la ciudad de Burgos había hasta dieciséis regidores, razón por la que también se les conocía como los “sece”.

(3) Para mejor conocimiento se recomienda “Los conversos Pablo de Santa María y Alonso de Cartagena” de Luciano Serrano, abad del Monasterio de Silos.

(4) Otros versos de este poeta se pueden encontrar en el  “Cancionero de Oñate-Castañeda” del siglo XV, que actualmente se encuentra en Estados Unidos, o en el Cancionero General de Hernando del Castillo, del año 1511.

(5) Un ejemplar de esta edición se conserva actualmente en la Biblioteca Pública de Burgos.

(6) Villafuerte de Esgueva es una localidad vallisoletana situada en la ribera del Esgueva. Los Franco de Toledo procedían de Toledo y es muy posible que fueran también, como los Cartagena, de origen converso.

(7) Ambas obras, recopiladas en un único códice por Pero López de Trigo, se conservan en la Biblioteca del Escorial.

(8) Francisco Cantera Burgos lo descubrió en el Archivo Histórico Nacional.

(9) En 1556, cuatro años después de la muerte de Enzinas se publica anónimamente “El Testamento Nuevo de nuestro senor y salvador Iesu Christo”. El artífice de esta edición fue Juan Pérez de Pineda (1500-1567), un protestante español, y fue impresa en Ginebra Casiodoro de Reina (1515-1594) copió, en su traducción de la Biblia de 1569, capítulos y libros enteros de los evangelios de la edición de Pérez de Pineda. La traducción de Reina fue revisada luego por Cipriano de Valera (1520-1602), lo que dio origen a la llamada “Edición Reina-Valera de la Biblia”, que fue oficialmente autorizada en el siglo XVIII, y es la base de todas las siguientes traducciones de carácter protestante de la Biblia al idioma español.

(10) No tengo más referencias sobre otras posibles obras del condestable escritas con el apodo de Prete Jacopín, pero a lo largo de su vida fue creando una de las más importantes bibliotecas de aquella época, con más de 3.500 volúmenes, que legó testamentalmente a sus sucesores, con la orden de que se conservasen en una de sus casas de Burgos. En la actualidad su contenido se encuentra muy disperso por diferentes Bibliotecas europeas.

Para los eruditos se recomienda “Garcilaso en las polémicas literarias del Siglo XVI”.  Autor: Bienvenido Morros Mestres.

(11) Fray Ángel Manrique pertenecía a una de las ramas de la ilustre familia de los Manrique.

(12) Ver “Estudios sobre Lope de Vega”, de Joaquín de Entrambasaguas (1929).

(13) Sobre este poeta burgalés tenemos “Algunas rimas castellanas del abad D. Antonio de Malüenda natural de Burgos”. Este manuscrito fue descubierto en la Biblioteca Nacional de Madrid por D. Juan Pérez de Guzmán y Gallo, que las publica por vez primera bajo los auspicios del Excelentísimo Sr. D. Manuel Pérez de Guzmán y Boza, marqués de Jerez de los Caballeros, en Sevilla,  1802  Imprenta de E. Rasco.

Otro estudioso del poeta fue el cronista burgalés y alcalde la ciudad D. Eloy García de Quevedo y Cancellón, que publicó en 1902 “El Abad Maluenda y el Sacristán de la Vieja Rúa”.

También lo cita el bibliógrafo y bibliotecario burgalés D. Manuel Martínez Añíbarro y Rives,  en su obra “Intento de un diccionario biográfico y bibliográfico de autores de la provincia de Burgos”, publicado a finales del siglo XIX. 

AUTORES CONSULTADOS:

Julio Valdeón, Juan Abellán, Santiago Aiguadé, César González, Miguel Angel Marzal, Manuel Recuero, Mª Isabel Pérez de Tudela. 

Paco Blanco, Barcelona, abril 2012

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HEREJES BURGALESES (Parte IV) -Por Francisco Blanco-

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Al año siguiente de la muerte del agustino Martín Lutero, ocurrida en el año 1546, el duque de Alba propuso al emperador Carlos V desenterrar sus restos y quemarlos públicamente. El emperador se negó a la petición del duque, pero es muy posible que en más de una ocasión se arrepintiera de aquella decisión, a la vista de los pasados, presentes y futuros quebraderos de cabeza que le proporcionaron los protestantes luteranos, de los que decía: “Hay que guardarse de ellos y de sus malas artes, ni siquiera hay que escucharles, porque pueden hacer crecer en tu cabeza la sombra de la duda”. Lo que lleva a la conclusión de que, en algún momento de sus relaciones con los reformistas luteranos, sus doctrinas habían creado dudas en la  mente del emperador sobre su validez.

Tal vez uno de estos reformistas, capaces de hacer dudar al emperador Carlos, fue el burgalés Francisco San Román, que hasta por tres veces consecutivas se presentó ante él, poniendo todo su entusiasmo en inculcarle sus ideas.

Francisco San Román había nacido en Burgos, entre 1510 y 1515, en el seno de una familia de mercaderes acomodados de origen converso, cuyos miembros andaban repartidos por diversas ciudades de los Países Bajos, como Amberes, Bruselas, Lovaina o Brujas. Su educación, sin embargo, no había sido tan exquisita como, por ejemplo, la de su paisano y tocayo, Francisco de Enzinas, un poco más joven, con el que había compartido juegos infantiles.

Se había limitado, como en la mayoría de los jóvenes de su mismo status social, a aprender algunos rudimentos de gramática y aritmética, alguna noción de la religión católica, que incluía la asistencia a misa los días de guardar, confesar y comulgar una vez al año, recitar sus oraciones cuando la ocasión lo requiriese, comprar bulas e indulgencias para suavizar el rigor de la Cuaresma, los ayunos y las abstinencias y poca cosa más. Naturalmente, una vez iniciado en su profesión de comerciante, sus horizontes se fueron ampliando a medida que fue visitando nuevos países y conociendo nuevas gentes.

En 1540 San Román viajó a la ciudad alemana de Bremen, perteneciente a la Liga de la Hansa (1), para cerrar una importante operación comercial. Mientras se iban desarrollando las consiguientes transacciones a  San Román, hombre inquieto y curioso, le entraron ganas de ver cómo eran en realidad los templos protestantes y las doctrinas que predicaban los seguidores de aquel fraile agustino, Martín Lutero, del que tanto se hablaba en Flandes. Es de suponer que fue el Destino quien  le llevase a entrar en una iglesia de Bremen en la qué, precisamente en aquel momento, estaba predicando otro agustino, fray Jacobus Spreng, que había sido prior de los agustinos de Amberes, pero que acabó pasándose a las filas luteranas.

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A pesar de que San Román no dominaba la lengua alemana como para entender en toda su profundidad el contenido del sermón que estaba pronunciando el maestro Jacobus, las palabras de aquel predicador causaron tal impresión en el burgalés que, sin pensárselo dos veces, cual otro San Pablo, decidió abandonar todas sus actividades comerciales y dedicarse exclusivamente a comprender aquel mensaje reformista, que estaba dividiendo la Iglesia y que tan ferozmente era perseguido por la Inquisición en su país.

El entusiasmo de Francisco le convirtió en un discípulo inseparable del maestro Jacobus, como era conocido en los círculos protestantes, quién lo llevó a su propia casa con intención de catequizarle e iniciarle en la nueva doctrina.

Tal como le sucediera a Pablo de Tarso tras su caída del caballo, a San Román se le despertaron, al tiempo que un ansia ilimitada de saber, un celo evangelizador y propagandístico de sus nuevas creencias tan entusiasta, que se dedicó en cuerpo y alma a estudiar las Sagradas Escrituras, los sermones de su maestro, que aprendía de memoria, a profundizar en el conocimiento de las lenguas francesa y alemana para poder escribir sus propios sermones, llegando incluso a escribir un catecismo en castellano, que se propuso difundir entre sus amistades de Flandes y de España.

Entabló también una abundante correspondencia con sus amigos de Amberes, a los que explicaba detalladamente la experiencia espiritual que había cambiado su vida tan radicalmente, exhortándoles a que la compartieran con él. Tanta vehemencia y tanto entusiasmo llegaron a alarmar a su maestro Jacobus, que le recomendó moderación y, sobre todo, prudencia, pues sabía como se las gastaban sus numerosos enemigos y especialmente la Inquisición española. Incluso su amigo y paisano Francisco de Enzinas, con el que mantenía correspondencia y por entones se encontraba en Amberes, contestó a sus cartas advirtiéndole del peligro que corría actuando tan imprudentemente.

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Pero todo resultó inútil. Francisco estaba dispuesto a llevar adelante su empresa evangelizadora costara lo que costara, para lo cual decidió trasladarse a Flandes. Naturalmente en cuanto llegó a Amberes fue detenido y entregado a los frailes dominicos, que actuaban de inquisidores, para que éstos decidieran si se trataba o no de un hereje peligroso. En su equipaje le fueron hallados numerosos libros en alemán y en latín, escritos por Lutero, Melanchton y su propio maestro Spreng, lo que no era, precisamente, una buena carta de recomendación.

Durante ocho largos meses los dominicos sometieron al burgalés a interminables interrogatorios en los que le apremiaban a que confesase sus culpas y se retractara de sus errores. La actitud estoica y resignada de San Román, que manifestaba humildemente: “No temo morir por mi Señor, ¿qué derechos tenéis sobre mí? ¿qué otra cosa podéis quemar sino este pecador y miserable cuerpo?”, les dejaba desarmados y con la duda de si habían detenido a un hereje o a un pobre iluso.   

Finalmente, en el 1541, después de hacerle prometer que, en lo sucesivo, sería más moderado en sus manifestaciones, le dejaron en libertad.

San Román, al recuperar la libertad, se apresuró a abandonar Amberes, aplicándose aquel famoso principio evangélico: “Donde no seáis bien recibidos, salid y sacudid el polvo de vuestras sandalias”. Encaminó sus pasos hacia Lovaina, donde residía su paisano y amigo Francisco de Enzinas, que por entonces ya era un reformista convencido, pero que actuaba de forma mucho más mesurada, volviéndole a recomendar prudencia y discreción. Pero el espíritu inquieto de San Román y aquella pasión reformista que le dominaba no estaban para atender los consejos de su docto amigo.

Al poco tiempo se dirigió a Ratisbona, donde por aquellas fechas, a instancias del propio emperador,  se estaba celebrando la Dieta, una reunión de irenistas en un desesperado intento por buscar posturas conciliadoras entre católicos y protestantes. En su cabeza llevaba un proyecto del que no había hablado a nadie, pero que estaba seguro podía significar el triunfo de la Reforma: Se trataba de convertir nada menos que al propio Carlos V. Había que convencerle de que los verdaderos caminos de la religión y la fe se encontraban en las doctrinas de la Reforma. Convencido el emperador, todo lo demás sería cómo coser y cantar.

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Hasta tres veces consiguió San Román que el césar le concediera audiencia y por tres veces se postró el burgalés ante él, tratando de demostrarle que la verdadera religión era la que predicaban los protestantes, arengándole a que la abrazara y la impusiera en todos sus dominios.

Finalmente, el dictamen del emperador fue que fuese detenido y conducido a España para que el Santo Oficio le abriera un proceso por hereje.

Arrojado a un carro de bueyes, encadenado a otros prisioneros, Francisco San Román atravesó toda Europa, camino de Valladolid, donde se iba a consumar su trágico destino. Su paisano Francisco de Enzinas nos habla de la entereza de ánimo que demostró San Román durante el viaje: “¿Ves estas cadenas de hierro? Estas cadenas, estos hierros, esta ignominiosa cautividad que padezco por la gloria de Nuestro Señor Jesucristo ahora, me reportarán un triunfo mucho más honroso en presencia de Dios que lo que nunca viste y que la pompa regia en la corte del emperador”. 

Precisamente, el emperador Carlos, junto con su séquito, hicieron también el mismo camino, para luchar esta vez contra los turcos.

Ambas comitivas, la del emperador y la del hereje, llegaron a Valladolid por los primeros días de enero de 1542. El frío en la capital castellana era glacial y el ambiente contra los presos extremadamente hostil. Francisco San Román fue encarcelado, al tiempo que se le abría proceso por sospechoso de luteranismo.

Entre los que asesoraron al Tribunal que debía valorar la gravedad de la herejía que padecía San Román, se encontraba el dominico Fray Bartolomé de Carranza, por entonces profesor de teología en el Colegio de San Gregorio de Valladolid, que había trabajado durante varios años como Consejero de Estado al lado de Carlos V, al que había acompañado a Flandes en más de una ocasión y contaba con amplia experiencia como miembro de los tribunales del Santo Oficio (2). Por aquella época el cargo de Inquisidor General en España lo ocupaba el cardenal zamorano Juan Pardo de Tavera.

Alguna corriente de afinidad sensitiva se estableció entre el dominico y el luterano burgalés, pues ambos mantuvieron a solas  largas conversaciones de contenido teológico, durante aquel largo y frío invierno vallisoletano. San Román se quejaba a Carranza de aquel injusto trato que estaba recibiendo tan sólo por defender el verdadero Evangelio, al tiempo que acusaba a la alta curia romana y a los frailes españoles de corrupción y conductas impías y, por consiguiente, poco cristianas. Su juicio sobre la Inquisición española, según escribió en sus Memorias Francisco de Enzinas, fue el siguiente: “Dijo que España se había de perder por la Inquisición e por estos administradores de la fe, deciendo que cosa es la Inquisición y quien la ordenó. Por ella se han de levantar los pueblos contra la injusticia, porque no hacían sino quitarles las haciendas e echarles un sanbenito sin tener culpa. E que Su Majestad tenía cargo de muchas personas que eran muertas por estas cosas, las cuales merecían ser canonizadas por sanctos, tan bien como otros que son tenidos por sanctos e que habían muerto mártires”.

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Como se puede apreciar, San Román, en lugar de defenderse, se dedicó a no dejar títere con cabeza. Para Carranza, aquel hombre que tenía enfrente le hablaba con el corazón en la mano, expresando de forma apasionadamente sincera su amor a Cristo y su supremo anhelo de vivir en la fe, pero era evidente que partía de posturas equivocadas, especialmente en las que se referían al Papa y a la Iglesia. No le quedaba otra alternativa que tratar de persuadirle de que volviera a encaminar sus pasos por los caminos de la ortodoxia religiosa, que marcaba la Iglesia de Roma, con el Sumo Pontífice a la cabeza, como guía infalible.

Pero todo fue inútil, San Román, firme en sus creencias, no retrocedió ni un ápice, manteniéndose inquebrantable ante sus jueces. Todos los miembros del Tribunal, incluido el propio Carranza, votaron a favor de que el preso fuera “relajado”, es decir entregado a la justicia secular para que ésta procediera a quemarle en la hoguera.

Sobre esta actitud de San Román ante sus jueces, Francisco de Enzinas escribe lo siguiente en sus Memorias: “La conducta de Francisco de San Román demuestra una exaltación parecida a la locura”. (3)

El auto de fe se llevó a cabo en la Plaza Mayor de Valladolid el 23 de abril de 1542. En la ciudad castellana ya no hacía frío, la primavera se había aposentado y los días eran largos, luminosos y templados. Un gentío numeroso y exaltado acudió a contemplar el cruel espectáculo. El dominico Fray Bartolomé de Carranza pronunció un elocuente sermón, condenando los errores que cometían los herejes, que amenazaban con alterar el secular orden establecido, que todos los buenos cristianos debían acatar, para mayor gloria de Dios y de la Iglesia. Mientras la multitud gritaba y se enardecía contra el reo, San Román escuchaba en silencio, con la cabeza erguida y un chispazo de amarga ironía en su mirada, y sin mostrar ninguna alteración cuando se le leyó la sentencia que le condenaba a ser quemado vivo.

Una vez conducido al quemadero y subido a la pira, un gesto del burgalés fue interpretado como una petición de clemencia, pero cuando los frailes que le conducían intentaron retirarle para que hiciese una confesión pública de su culpa, éste les increpó gritando furioso: “¿Qué intenta ahora esa malicia vuestra que no cesa? ¿Por qué me negáis mi mayor ventura? ¿Por qué me apartáis de mi verdadera gloria?”.

El epílogo de este Auto de Fe al parecer lo escribieron algunos miembros de la guardia del emperador, encargados de mantener el orden, que sentían alguna afinidad con las nuevas doctrinas por las que Francisco San Román había ardido en la hoguera, y que se dedicaron a recoger huesos y cenizas del ajusticiado, como si fueran las reliquias de un nuevo santo. También parece cierto que el embajador inglés pagó 300 escudos por un hueso de la cabeza del burgalés.  

NOTAS 

(1)  La Liga Hanseática ó Hansa era una Federación de ciudades comerciantes del Norte de Europa, a la que Burgos estaba agregada.

(2)  Carranza participó poco después en el Concilio de Trento, del que fue figura destacada. Después llegó a ser Arzobispo de Toledo e Inquisidor General. La Inquisición se sometió a un largo proceso entre 1559 y 1567, del que salió finalmente absuelto por el papa Gregorio XIII poco antes de su muerte.

(3)  Las “Memorias” de Francisco de Enzinas fueron publicadas por el impresor protestante belga Campán. 

Paco Blanco, Barcelona, diciembre de 2012

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-Este texto está relacionado con HEREJES BURGALESES  I II y III

HEREJES BURGALESES (Parte III) -Por Francisco Blanco-

1Diego del Castillo era un acomodado comerciante burgalés que viajaba con frecuencia a Flandes, donde tenía numerosas conexiones comerciales. Además de atender sus negocios, aprovechaba sus estancias en las diferentes ciudades europeas para proveerse de las nuevas publicaciones, especialmente las de carácter religioso y las diferentes traducciones de las Sagradas Escrituras, muy frecuentes por aquella época, y que en España eran muy difíciles de conseguir, debido al estrecho cordón policial que a partir de 1525 había montado la Inquisición española en torno  a cualquier libro que pudiera contener ideas o pensamientos reformistas.

El mismo Diego del Castillo formaba parte de un grupo de alumbrados, conocido como “Los doce apóstoles de Medina de Rioseco”, a cuyo desarrollo contribuía no sólo con los libros que traía de Flandes, sino con generosas aportaciones dinerarias de su propio bolsillo. En 1530 sería denunciado a la Inquisición por dos miembros del grupo, Francisca Hernández y María Ramírez, que le acusaron de luterano. Como consecuencia de esta denuncia entre 1530 y 1532 varios miembros del grupo fueron cayendo en manos de la Inquisición. Entre ellos se encontraban sus primos Gaspar y Petronila, burgaleses también, y otros compañeros del grupo: Bernardino de Tovar, Juan López de Celaín y Diego López Husillos, con los que, además de sus afinidades teológicas, compartían una estrecha relación de amistad. Otro miembro del grupo, el burgalés Juan del Castillo, hermano de Gaspar y Petronila, primos carnales los tres de Diego, logró escapar de esta primera redada y ponerse a salvo en Paris.

Diego del Castillo, después de permanecer en la cárcel inquisitorial de Granada hasta 1535, fue reconciliado y puesto en libertad, pero con todos sus bienes confiscados. Sus primos Gaspar y Petronila fueron absueltos, pero debieron pagar una fuerte multa. Bernardino de Tovar, considerado como el jefe del grupo y el toledano Diego López Husillos salieron en libertad en el 1533, con diferentes penas y multas no demasiado graves ni excesivas; peor suerte corrió el vizcaíno Juan López de Celaín, condenado por el Tribunal a que “sea degradado y relaxado a la justicia y braço seglar, con confiscación de bienes”. La sentencia se ejecutó en Granada, siendo quemado en la hoguera el día 24 del mes de julio de 1530.

El grupo de Medina de Rioseco en principio era un movimiento reformista, entusiasta de Erasmo y de Luis Vives, cuyas obras habían llegado por mediación del burgalés Diego del Castillo, pero que poco a poco fue derivando hacia el luteranismo. El grupo se había formado gracias a la protección y el mecenazgo que les dispensó el Almirante D. Fadrique Enríquez de Velasco, IV Almirante de Castilla, III conde de Melgar y señor de Medina de Rioseco, alto personaje de la nobleza castellana y también hombre culto y liberal, lleno de inquietudes espirituales, que estaba dispuesto a llevar a la práctica aquellos proyectos reformistas que elaborara aquel grupo de humanistas y teólogos que protegía y financiaba, cuyo objetivo final era “la reformación de la verdadera cristiandad”. A su muerte, ocurrida en 1538, el grupo prácticamente desapareció.

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Juan del Castillo, como tantos otros hijos de acaudalados comerciantes burgaleses, completó su educación en Flandes. En 1522 era alumno de griego en la Universidad Católica de Lovaina, donde tantos humanistas españoles y burgaleses se habían formado. Después, también como tantos otros, se trasladó a París, en cuya Universidad había estudiado Erasmo de Rotterdam y donde, ya por entonces, se habían formado numerosos círculos erasmistas que defendían y propagaban su nuevo concepto del humanismo cristiano y sus críticas al dogmatismo y la intolerancia que imponía la Iglesia de Roma. No tardó mucho Luis del Castillo en convertirse en un convencido erasmista, decidido a difundir sus libros por España, para lo que contaba con la ayuda de su primo Diego, y convertirse él mismo en predicador de sus contenidos, para lo que contaba con grandes aptitudes y profundos conocimientos. Su primo Diego, que le admiraba, le consideraba como “un mancevo muy gentil y predicador”.

De nuevo en Castilla, una vez finalizados sus estudios, se trasladó a Toledo donde entró en contacto con el grupo de “Los iluminados de Toledo”, a los que dio clases de griego y con los que compartió las doctrinas luteranas y erasmistas. En esta ciudad se doctoró en Teología y se ordenó sacerdote, adquiriendo fama de hombre docto y gran predicador. Su elocuencia y sus conocimientos le merecieron que en el círculo de sus amigos se le conociera como ”el maestro Castillo”.    

Su progresiva inclinación hacia el luteranismo estuvo marcada por su relación de amistad con Bernardino de Tovar, profesor de griego de la Universidad de Alcalá, cabeza visible y director del grupo de “alumbrados” conocido como “Los doce apóstoles de Medina de Rioseco”, en el que también se habían integrado su primo Diego y sus hermanos, Gaspar y Petronila.

Castillo y Tovar, además de la amistad, compartieron ideas, pensamientos, estudios, proyectos y experiencias. Incluso, con el apoyo de su patrocinador, el almirante Fadrique, llegaron a solicitar una bula papal que les permitiera la pública divulgación de su doctrina por toda Castilla.

Pero antes que la organización de la secta llegara a hacerse realidad ni a extender sus hilos, vino a ahogarla en su nacer la poderosa mano del Santo Oficio….” (1)

Efectivamente, a partir del año 1530 la red de vigilancia establecida por el Santo Oficio, apoyada por otra red paralela de espionaje, en la que abundaban los chivatos capaces de denunciar parientes, amigos y compañeros, si ello les servía para auto exculparse, no tardaron en localizar las diferentes sectas de “alumbrados” e “iluminados”, erasmistas y luteranos, que se habían ido propagando por las dos Castillas, estableciéndose principalmente en los núcleos urbanos más importantes, como Toledo, Talavera, Alcalá, Valladolid, Medina, Palencia y otras. Las detenciones fueron muy numerosas, dando lugar a la puesta en marcha de diferentes procesos y Autos de Fe contra sus miembros, llegando, como ya se ha visto anteriormente, a ser ejecutado en la hoguera uno de ellos.

Juan del Castillo logró ponerse a salvo en Paris, de donde pasó  después a Roma para, finalmente, establecerse en Bolonia, en cuya Universidad volvió a dar clases de griego.

Pero la Inquisición, para la que era un hereje y, en consecuencia, un elemento a perseguir y eliminar, le seguía los pasos y no cejó hasta localizarle y apresarle. Lo consiguió tres años después de su marcha de España. Durante estos tres años el Santo Oficio había ido acumulando pruebas contra el burgalés, consistentes principalmente en denuncias presentadas por alguno de sus antiguos compañeros, o cartas recibidas, o escritas por él mismo en las que hacía clara exposición de sus nuevas creencias. En una remitida a su hermana Petronila escribió: “Que el Espíritu Santo esté contigo de una manera nueva, para que alguna vez por el sacrificio de adoración la pureza de nuestras almas, nosotros podamos ofrecernos a nuestro Padre bendito para que Él, con su dulzor inefable y la paz soberana que sobrepasa todo entendimiento, envíe a Su Único Hijo engendrado Jesucristo para morar para siempre en nuestras almas. En Su presencia todas las cosas se hacen una, porque Él contiene la Esencia que todas las cosas deben tener, conforme al orden admirable y provisión de Dios…”.

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Luis del Castillo fue trasladado primero a la cárcel inquisitorial de Barcelona, donde fue interrogado por el Inquisidor General Manrique, que había sido un tenaz defensor del erasmismo en España, pero éste se inhibió y remitió el preso a los inquisidores de Toledo. En la capital manchega se le abrió un proceso por hereje y luterano que duró varios años, durante los que fue sometido a largos y duros interrogatorios, acompañados de crueles torturas. El clérigo Diego Hernández, un chivato de la Inquisición que ya había denunciado a varios miembros del grupo de Medina, fue el principal testigo de cargo: “El maestro Juan del Castillo me dijo que si se le prendiese, él moriría en la secta luterana, alabando a Dios y, si fuera quemado vivo, no revelaría los nombres de ninguno de los que él sabía que eran de su secta, para que ellos pudieran seguir viviendo y extender y glorificar a Dios y que si no fuera por la Inquisición él mismo predicaría esto, pues había más penas para los luteranos en España que en Alemania, él mismo como lo hizo Juan de Celaín se dejaría quemar y moriría en la secta como un noble y no traicionaría a nadie”.

Los interrogatorios y las torturas que el burgalés tuvo que soportar durante los cuatro largos años que duró su proceso sólo consiguieron que este se confesase ferviente luterano, afirmándose totalmente en sus creencias, sobre todo en las relativas a la salvación del alma. Él mismo llegaría a manifestar a sus jueces que se había autoinculpado  «más de los que avía menester».

El Tribunal, atendiendo a las numerosas pruebas inculpatorias contra Luis del Castillo, se mostró implacable y le condenó a morir en la hoguera.

La sentencia se cumplió en Toledo, el 18 de marzo de 1537. El condenado se mantuvo completamente sereno, sin muestras de temor ni arrepentimiento.

 Con el cuerpo del hereje burgalés también se convertía en cenizas el sueño de aquel grupo que se conoció como “Los doce apóstoles de Medina de Rioseco”, que aspiraba a que la tolerancia religiosa permitiera a los españoles mejorar su convivencia. Vano anhelo, la Inquisición estaba allí para impedirlo. 

 NOTAS

(1)  D. Marcelino Menéndez Pelayo. (Historia de los heterodoxos españoles).

Paco Blanco. Barcelona, diciembre 2012

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-Este texto está relacionado con HEREJES parte I , HEREJES parte II y HEREJES parte IV

HEREJES BURGALESES (Parte II) -Por Francisco Blanco-

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Diego de Enzinas, también nacido en Burgos hacia el año 1520, era, por lo tanto, dos años más joven que su hermano Francisco. En un principio parece que estaba destinado a ejercer la profesión de comerciante, continuando la larga tradición familiar, por lo que en el año 1538 fue enviado a estudiar al “Collegium Triliungue” de la Universidad Católica de Lovaina, donde también estudiaba su hermano. Pero, al igual que su hermano Francisco, Diego dio pronto el salto a París, impulsado por sus inquietudes religiosas, donde entró en contacto con un grupo de calvinistas, entre los que se encontraban el conquense Juan Díaz, con el que trabó una firme amistad y los hermanos Luis y Claudio Senarclaus, acogidos todos al magisterio de Martín Bucer.

En 1542, abandonados sus proyectos comerciales, se encuentra en Amberes dedicado a la traducción del “Catecismo” de Calvino y de la “Libertad Cristiana” de Lutero, ambas prologadas por él mismo (1). También se encargó de la impresión y publicación de la obra de su hermano “Breve y compendiosa institución de la religión cristiana”.

Sus primeros problemas con la Inquisición le vienen al ser descubierto su intento de introducir en España varios cientos de ejemplares de la obra de su hermano citada anteriormente, que él mismo se había encargado de imprimir. El envío fue interceptado por la Inquisición de Calahorra el 31 de mayo de 1542, siendo quemado todo su contenido. A partir de esta fecha la Inquisición le incluye en su lista de posibles herejes y ya no deja de seguir sus pasos.

Por consejo de su familia se traslada a Roma, donde pensaba encontrarse más seguro, pero, para su desgracia, la Inquisición fue reinstaurada en Roma ese mismo año. Durante su estancia en Roma, tratando de pasar desapercibido adoptó el seudónimo de Jacobus Dryander, continuando con sus escritos y manteniendo correspondencia con destacados protestantes, incluido el mismo Martín Lutero.

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También se encontró en Roma con su paisano y pariente, el clérigo humanista Pedro de Maluenda, que puso gran empeño en desviar a Diego de sus tendencias reformistas, echándole en cara que un burgalés, perteneciente a tan ilustre linaje, pudiera convertirse en hereje. Igualmente le cogió en la ciudad romana la apertura del nuevo Concilio, que acabaría condenando todas las doctrinas de la Reforma y declarando herejes a todos sus seguidores.

En la ciudad libre de Trento, en el norte de Italia, el 13 de diciembre de 1545 tenía lugar la apertura de la primera sesión del Concilio General de la Iglesia Católica, convocado por el Papa Pablo III después de muchos intentos frustrados.

Con él la Iglesia Católica de Roma iniciaba la Contrarreforma, haciendo ya imposible la reconciliación entre católicos y protestantes. Las sesiones estuvieron presididas por el propio Papa, 25 obispos y 5 Vicarios Generales de diferentes Órdenes religiosas, con una asistencia masiva de clérigos y frailes de diferentes países. La presencia española fue de las más numerosas, destacando especialmente la de teólogos jesuitas y dominicos.

Varios burgaleses también participaron activamente en el desarrollo de sus sesiones. Además del ya citado dominico burgalés, Pedro de Maluenda, enviado personalmente por Carlos V, estuvieron presentes en algunas de sus sesiones el predicador franciscano Fray Cristóbal de Santirso, el carmelita Fray Antonio de la Cruz, eminente teólogo y obispo de Canarias; el obispo de Segovia, D. Gaspar de Zúñiga y Avellaneda, natural Peñaranda de Duero, hijo de un Grande de España, D. Francisco de Zúñiga Avellaneda y Velasco, III conde de Miranda del Castañar, señor de Avellaneda, Aza, Iscar, Peñaranda de Duero y otras villas más; su pariente D. Pedro de Acuña y Avellaneda, natural de Aranda de Duero, obispo de Astorga, y después de Salamanca. Ambos parientes se habían doctorado en Teología por la Universidad de Salamanca, siendo discípulos de otro teólogo burgalés ilustre, el dominico Francisco de Vitoria.

Una de las primeras decisiones del Concilio fue declarar como texto oficial de la Biblia la “Vulgata”, traducción al latín vulgar realizada por el Padre de la Iglesia, San Jerónimo, a finales del siglo IV, es decir, casi mil años ha. En consecuencia, la interpretación de las Sagradas Escrituras, causa primera de la aparición de la Reforma protestante, quedaba reservada a la Iglesia de Roma y era declarada dogma de fe. Cualquier disensión sería tomada como herejía y, lógicamente, los disidentes como herejes.

La causa más probable de la detención de Diego de Enzinas por la Inquisición romana fue la interceptación de una carta que le escribió Lutero desde Wittemberg, ciudad a la que pensaba desplazarse en breve.

El historiador y abogado calvinista francés Jean Crespin, en su “Martirologio de Ginebra” (2), escribe lo siguiente sobre su encarcelamiento: «Enzinas estuvo algunos años en Roma, por necia voluntad de sus padres, y que fue preso por los mismos de su nación cuando se disponía a irse a Alemania llamado por su hermano Francisco; que le encerraron en una estrecha prisión; que fue interrogado sobre su fe delante del papa y una grande asamblea de todos los cardenales y obispos que residían en Roma; que condenó abiertamente las impiedades y diabólicos artificios del grande Anticristo romano, y que todos los cardenales y los españoles empezaron a clamar en alta voz que se le quemase; lo cual se llevó a ejecución pocos días después de la muerte de Juan Díaz».

Es decir que, en la primavera del año 1547, el burgalés Diego de Enzinas fue apresado, interrogado, torturado para obligarle a que delatase a sus amigos, procesado, conminado a abjurar de sus creencias y, ante su inquebrantable firmeza, condenado a muerte y quemado en la hoguera. Posiblemente, si hubiera muerto defendiendo la fe católica hoy sería San Diego de Enzinas, mártir. Un santo más del santoral burgalés.

En el Siglo de Oro español uno de sus más insignes dramaturgos, Pedro Calderón de la Barca, en su obra “El sitio de Breda” dedica estos delicados versos a los herejes quemados por la Inquisición:

“¡Qué maldita canalla!
Muchos murieron quemados,
y tanto gusto me daba
verlos arder, que decía,
atizándoles la llama:
“Perros herejes, ministro
soy de la Inquisición Santa”

NOTAS

(1) Sobre esta obra el historiador francés Marcel Bataillon dijo que se trata de «un trozo excepcional de la literatura espiritual protestante»
(2) Se trata de “Le livre des martyrs”, publicado en Ginebra (Suiza), en 1554, en el que aparece una lista de personas quemadas por herejes por la Inquisición, entre los años 1415 y 1554.

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-Relacionado con HEREJES BURGALESES (Parte I) , HEREJES BURGALESES (Parte III) y HEREJES BURGALESES (Parte IV)

HEREJES BURGALESES (Parte I) -Por Francisco Blanco-

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La persecución llevada a cabo durante los comienzos del siglo XIII por el burgalés Domingo de Guzmán y sus dominicos en el sur de Francia, contra cátaros y albigenses, fue la causa de que algunos de estos llamados herejes emprendieran la huida hacia los reinos cristianos de la Península Ibérica a través del Camino de Santiago, camuflados como peregrinos o mercaderes, llegando a establecerse en algunas ciudades como Burgos, Palencia y, sobre todo, León, tres de las ciudades más importantes de la ruta jacobea, bastante alejadas, además, de sus lugares de origen. No se tienen noticias fiables sobre el grupo que se quedó en Burgos, pero lo más probable es que fuera poco numeroso y sus miembros pasaran desapercibidos en aquel mundo abigarrado y tolerante que se había propiciado, especialmente en los núcleos urbanos, con la llegada masiva de romeros y sin que sus creencias heréticas dejaran apenas huella (1).

Fernando III el Santo, tolerante con los judíos, pero que desconfiaba de las corrientes heterodoxas que pudieran llegar de allende los Pirineos, publicó un edicto por el que a los herejes se les condenaba a la confiscación de sus bienes, el destierro y a llevar una señal indicativa en el rostro, hecha con un hierro candente. Los “Anales Toledanos” nos cuentan como este monarca “enforcó muchos omes e coció muchos en calderas”. Otra cosa era el problema judío: Latente prácticamente desde el inicio de la Reconquista, alcanzó su máxima virulencia durante el reinado de los Reyes Católicos, que acabaron expulsándolos nada más acabar la definitiva conquista del reino de Granada en 1492. Unos años antes, en 1478, la bula concedida por el papa Sixto IV permitió la creación en España del Tribunal de la Inquisición, que durante los primeros años de su actuación dedicó prácticamente su actividad a perseguir judíos y judíos conversos sospechosos de seguir practicando de forma clandestina sus prohibidos ritos hebreos.

Unos 5.000 judaizantes fueron quemados en la hoguera tan sólo durante este reinado. También es cierto que la raza judía y su religión no contaban con la simpatía popular, la mayoría de los “cristianos viejos” consideraba que gozaban de “muy gran riqueza y vanagloria y vivían de oficios holgados, y en comprar y vender no tenían conciencia con los cristianos. Nunca quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los campos criando ganados, ni lo enseñaron a sus hijos, salvo oficios de poblados, y de estar asentados ganando de comer con poco trabajo”. Lo cual no era del todo incierto, pues muchos judíos y conversos ocupaban altos cargos eclesiásticos, desempeñaban puestos dirigentes en los municipios, se enriquecían con actividades mercantiles o practicaban las profesiones liberales que casi estaban vedadas a la masa cristiana.

Por si esto fuera poco, actuaban también como recaudadores de impuestos para la corona y la nobleza. Contra estos privilegios protestaron las Cortes celebradas en Burgos el año 1367. La respuesta del rey Enrique II fue la siguiente: “……Verdad es que Nos mandamos arrendar las dichas rentas a judíos, porque non fallamos otras gentes que las tomasen…….”. Tal era el caso de Burgos, ciudad en la que poderosas familias de conversos ocupaban cargos de gran importancia, contando incluso con el favor y la protección de algunos monarcas de la dinastía Trastamara, como Juan II y Enrique IV. La judería de Burgos, después de la de Toledo, era la más importante del reino de Castilla y estaba formada por diferentes sinagogas concentradas, posiblemente, en la zona oeste de la parte más alta de la ciudad, pero dentro de sus murallas. Sus integrantes pertenecían a diferentes clases sociales, siendo, en consecuencia, muy diversas las actividades que ejercían: había médicos, escribanos, comerciantes, artesanos y hasta campesinos y no parece que sus relaciones con el resto de los burgaleses estuvieran marcadas por enfrentamientos excesivamente violentos.

A finales del siglo XIV apareció por Burgos el fraile valenciano San Vicente Ferrer, dominico discípulo del burgalés Santo Domingo de Guzmán y feroz antisemita. Este predicador, dotado de una gran capacidad de persuasión y elocuencia, don de lenguas y poderes taumatúrgicos, consiguió que una gran cantidad de judíos burgaleses se convirtieran al cristianismo recibiendo las aguas bautismales, originándose, a partir de entonces, una importante comunidad de judíos conversos, también conocidos como “cristianos nuevos”. Fuera o no sincera la conversión de estos judíos, lo cierto es que la nueva clase social a la que dio lugar se constituyó en una pieza clave para el desarrollo económico y el esplendor cultural que alcanzó la ciudad de Burgos en los dos siglos siguientes. (2) Precisamente, gracias al dinero de un prestamista judío, Juan Fust, en el año 1449 el alemán Johannes Gutemberg pudo llevar a buen fin su invento de la imprenta, que iba a cambiar por completo el panorama cultural de la humanidad. En principio, el objetivo era demostrar que con su invento se podían realizar varias copias de la Biblia en el mismo tiempo que copiaba una el más rápido y experto de los monjes copistas y con la misma calidad en todas ellas. Hasta entonces los libros se difundían gracias a las copias manuscritas que una legión de monjes realizaba en sus respectivos monasterios por encargo de las altas jerarquías eclesiásticas, o de los propios reyes y nobles.

De esta forma la cultura y el conocimiento quedaban encerrados en castillos, iglesias, monasterios y catedrales, quedando su acceso totalmente cerrado para el pueblo llano. Pero a pesar del éxito conseguido, Gutemberg no pudo comercializar sus copias, pues se consideraba herejía realizar copias de la Biblia sin autorización del pontífice de Roma. Esta llegó en el año 1454 gracias a la Bula emitida por el papa Nicolás V. A partir de aquí la difusión de la Biblia comenzó a extenderse por toda la Europa cristiana, y con ella toda clase de libros, aunque la cultura siguió siendo un privilegio de las clases dominantes. Sin embargo, esta relativa facilidad de acceso a la Biblia y al resto de lo que hasta entonces habían escrito humanistas, filósofos, poetas y científicos, fue en detrimento del dogmatismo que la Iglesia Católica había impuesto hasta entonces a la sociedad.

El poder ejercido desde Roma empezó a resquebrajarse por la presión de nuevas ideas y doctrinas que hablaban de reformas. El 17 de octubre de 1517 un fraile agustino, Martín Lutero, catedrático de teología de la Universidad de Wittemberg, clavó en las puertas de la iglesia de dicha Universidad las 95 tesis denunciando la avaricia y la corrupción de la Iglesia de Roma y proponiendo la apertura de un debate sobre el abuso de las indulgencias papales. El Papa León X no dio demasiada importancia a este requerimiento, afirmando que “fue un borracho alemán quien escribió las tesis y cuando esté sobrio cambiará de parecer”, pero, en realidad, acababa de saltar la chispa que iba provocar la inmensa hoguera de la reforma protestante, que se extendió rápidamente por toda Europa, llegando incluso hasta España, a pesar del cordón protector y represivo desplegado por la Inquisición, que sin dejar de perseguir moriscos y falsos judíos conversos, amplió su campo de acción sobre los herejes. En la Universidad de Alcalá, fundada por el cardenal Cisneros el año 1498, mediante la creación de diferentes cátedras de teología, se abrieron las puertas a la entrada en España de las nuevas corrientes humanísticas que corrían por Europa, y por ellas no tardaron en entrar las doctrinas de un tal Erasmo de Rotterdam sobre un humanismo cristiano, basado en el conocimiento de las Sagradas Escrituras. En la propia Universidad se puso en marcha el proyecto de la “Biblia Políglota” que incluía el texto del Antiguo Testamento en hebreo, caldeo y arameo, y el del Nuevo Testamento en griego y latín.

El propio cardenal Cisneros invitó a Erasmo de Rotterdam a participar en el proyecto, obteniendo del humanista una negativa respuesta que se hizo famosa: “Non placet Hispania”. Tal vez el humanista flamenco adivinó o intuyó la dura persecución que no tardarían en sufrir sus ideas, sus seguidores y sus obras a lo largo y lo ancho de nuestro país. En el año 1512, hace ahora 500 años, el burgalés Pedro de Lerma, doctor en teología por la Sorbona y destacado humanista, era nombrado por el cardenal Cisneros primer Canciller de la Universidad de Alcalá. La ceremonia de la toma del cargo por parte del nuevo canciller se celebró en el Colegio de San Idelfonso y el tema de su discurso de investidura versó nada menos que sobre la Ética de Aristóteles. Este teólogo y humanista burgalés era un entusiasta erasmista y un profundo conocedor de las Sagradas Escrituras. Su labor al frente de la Universidad de Alcalá, participando activamente en el proyecto de edición de la Biblia Políglota emprendido por Cisneros, duró hasta que en el año 1535, acosado por la Inquisición, que le acusaba de propagar por España las ideas erasmistas, tuvo que regresar a Burgos. En su ciudad natal fue procesado por la Inquisición, que le obligó a retractarse públicamente de once proposiciones “heréticas, impías, malsonantes, escandalosas y ofensivas”.

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Finalmente, dos años después, el 1537, ante el riesgo cada vez mayor de ser encarcelado por la Inquisición, que no cesaba de perseguirle, emprendió, como tantos otros españoles insignes a lo largo de nuestra historia, el camino del exilio, trasladándose a Paris, donde reanudó su vida docente, ocupando una cátedra de teología en la Universidad de la Sorbona, de la que llegó a ser decano hasta que murió en el año 1541. En realidad, durante el primer cuarto del siglo XVI las doctrinas de Erasmo y sus publicaciones habían disfrutado de una buena acogida por parte de los teólogos y humanistas españoles más destacados. Por ejemplo, de su obra “Enchiridion militis christiani” (Manual del caballero cristiano) se llegó a decir: “En la corte del César, en las ciudades, en las iglesias, en los conventos, hasta en las posadas y caminos, apenas hay quien no tenga el Enquiridion de Erasmo”. (3) Incluso gozó del favor y la protección del Inquisidor General, el arzobispo de Sevilla D. Alonso de Manrique, convencido erasmista, que le defendió de los ataques y las envidias de las órdenes religiosas más poderosas (4).

Incluso un ortodoxo tan implacable y estricto como D. Marcelino Menéndez Pelayo llegó a decir unos siglos más tarde: “Quien habla mal de Erasmo, o es fraile o es asno”. (5) Pero en el año 1527 un grupo de teólogos reunidos en Valladolid empezaron a poner en cuestión las doctrinas renovadoras de Erasmo, acusándole de atacar los dogmas y costumbres de la Iglesia. La orden franciscana, por su parte, pide a la Inquisición que recupere el espíritu del terrible Torquemada, consiguiendo que algunos notables erasmistas, como Juan de Vergara y Alonso de Virués fueran encarcelados. La Iglesia Católica pone en marcha la Contrarreforma y Erasmo, que había muerto en 1536, a pesar de que nunca había cuestionado la autoridad de Roma, se convierte en una figura a eliminar: sus textos fueron requisados y quemados por la Inquisición y sus simpatizantes perseguidos y encarcelados por herejes.

Su gran defensor en España, el arzobispo Manrique, murió en el 1538. Se puede afirmar, sin riesgo a equivocarse, que a partir del año 1540 el nombre de Erasmo no podía pronunciarse en España sin riesgo de ser detenido por la Inquisición. Otro humanista burgalés, D. Francisco de Enzinas, para poder continuar con sus estudios de hebreo y sus trabajos para traducir la Biblia del hebreo al castellano, también tuvo que huir de España, haciendo caso del consejo de su tío D. Pedro de Lerma, otro exilado burgalés: “Márchate a un lugar donde todavía puedas acercarte a las Santas Escrituras con libertad, donde puedas escribir con libertad, donde sea posible leer con libertad”. Francisco de Enzinas, había nacido en Burgos el 1 de noviembre del año 1518, su padre, Juan de Enzinas, de origen converso, era un acomodado comerciante burgalés con prósperos negocios en Flandes, su madre, de nombre Ana, murió cuando Francisco aún era un niño y su padre volvió a contraer matrimonio con Beatriz de Santa Cruz, perteneciente a otra de las familias mas influyentes de la ciudad burgalesa.

La acomodada situación de su familia y sus importantes contactos con numerosas ciudades de Europa facilitaron la entrada de Francisco en la Universidad Católica de Lovaina, donde ya aparece matriculado en el año 1539. Con anterioridad había sido alumno de La Universidad de Alcalá, de la que era Canciller su tío Pedro de Lerma; de allí pasó a París, donde fue alumno del catedrático de hebreo, François Vatable, en el Collège Royal. En la capital de Francia permaneció Enzinas acompañando a su anciano y enfermo tío, hasta su fallecimiento en 1541. Muy pronto, Enzinas, de espíritu inquieto y trato agradable, entró en relación con un círculo de estudiantes tan inquietos como él, ávidos también de ampliar sus conocimientos teológicos, incluso traspasando, si fuera necesario, los límites marcados por la ortodoxia católica. En este círculo figuraban su amigo y paisano Francisco San Román, el conquense Juan Díaz, Hernando de Jarava y su sobrino Juan de Jarava; su hermano menor Diego de Enzinas, que permaneció poco tiempo en París, y algunos extranjeros conocedores de las ideas reformistas de Melanchthon, como Jan Lasky y Albert Hardenberg.

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Después de la muerte de su tío se traslada a Wittenberg, matriculándose en su famosa Universidad, en la que acudió a las clases de griego del gran amigo y colaborador de Lutero, Phillipp Melanchthon. La relación entre catedrático y alumno se hizo tan íntima, que Enzinas estuvo viviendo en la casa de Melanchthon durante más de un año. Esta íntima amistad marcó de forma profunda el pensamiento del estudiante burgalés, que si no llegó a declararse abiertamente protestante si le hicieron reflexionar muy seriamente sobre algunos de sus aspectos teológicos, tal como lo cuenta él mismo: “……no hay en la vida cualidad más alta y más valiosa que asumir la defensa de la religión verdadera con nobleza de espíritu y reciedumbre invencible, y una vez asumida, defender la fe cristiana enérgicamente y hasta el último suspiro”. Durante su estancia en Wittenberg Enzinas continuó trabajando en su traducción al castellano del “Nuevo Testamento”, que había comenzado en Lovaina, pero esta vez con el apoyo de su maestro Melanchthon, dejando el manuscrito listo para entregar a la imprenta a principios del año 1543. Con el manuscrito bajo el brazo Enzinas se trasladó a Amberes, donde residía su impresor y donde tenía parientes y amigos a los que saludar y con los que reanudar viejas relaciones.

Pero el ambiente de la ciudad flamenca no era por entonces el más propicio para recibir a un joven estudiante español procedente de Wittemberg, donde predicaban Lutero y Melanchthon. Poco antes de su llegada, por orden del procurador general de la ciudad, varios vecinos sospechosos de simpatizar con los reformistas protestantes habían visto sus domicilios sometidos a un riguroso registro en busca de pruebas de su supuesta herejía. En vista de un panorama tan desalentador, Francisco de Enzinas, después de entregar su manuscrito al impresor Esteban Meerdmann, no tuvo más alternativa que empaquetar de nuevo sus cosas y abandonar Amberes en busca de lugares más seguros para su persona. En Bruselas las cosas no andaban mucho mejor que en Amberes, por lo que decidió volver a Lovaina, donde más amigos y parientes tenía y donde, por fin, fue acogido por su tío Diego Ortega, otro acaudalado comerciante burgalés que había fijado su residencia en dicha ciudad. Durante esta su segunda estancia en Lovaina Enzinas pudo sentir el ambiente de intolerancia y persecución que se había generado en torno a los sospechosos de simpatizar con las doctrinas reformistas, llegando incluso a ser testigo de algún auto de fe contra vecinos acusados de herejes por la Inquisición. Este ambiente de miedo y estas duras experiencias dejaron una angustiosa huella en su ánimo, pero no alteraron su firme propósito de seguir adelante con la publicación de su obra, aunque, eso sí, extremando las precauciones.

Por consejo de un dominico español el título inicial de “El Nuevo Testamento, o la nueva alianza de nuestro Redemptor y solo Salvador, Jesucristo”, fue sustituido por el de “El Nuevo Testamento de nuestro Redemptor y Salvador Jesu Christo”, al mismo tiempo recabó el examen de unos teólogos franciscanos, que dictaminaron que la traducción no parecía infiel ni sospechosa. Finalmente, el libro salió de la imprenta en el mes de octubre de 1543. Con el libro impreso y dedicado al emperador Carlos, el 13 de noviembre de 1543 Francisco de Enzinas llegaba a Bruselas dispuesto a entregárselo en propia mano, aunque para ello tuviera que recurrir a todas sus influencias. El obispo de Coria, D. Francisco de Mendoza (6), que por entonces era el capellán del emperador, y al que había conocido como profesor en la Universidad de Alcalá, fue su valedor y el que consiguió que el César Carlos le concediera audiencia. Ésta tuvo lugar el 25 de noviembre de 1543. La dedicatoria, sacada del Deuteronomio, decía “Copiará el rey el libro de esta Ley en un volumen delante de los sacerdotes y de los levitas; le tendrá siempre junto a sí y le leerá todos los días de su vida para no apartarse de sus preceptos a derecha ni a izquierda y dilatar su reinado y el de sus hijos en Israel”, e iba acompañada por tres razones: 1ª/ Por tolerancia: “Si es de Dios sobrevivirá a este tiempo” 2ª/ Por honra: “La honra de nuestra nación española, a la que muchas otras tratan mal de palabra y se ríen de ella por no disponer de las Escrituras” 3ª/ Por legalidad: “Si fuera cosa mala, S. M. o el Papa ya hubiesen mandado que no se escribieran tales libros”.

El emperador aceptó el libro de Enzinas, advirtiéndole que lo pasaría a su confesor para su examen. Por aquella época, estando muy reciente su nombramiento, el confesor real era el Vicario General de los dominicos alemanes, Fray Pedro de Soto, nacido en Alcalá de Henares y ordenado en Salamanca, en cuya Universidad había sido profesor de teología. Este dominico, que presumía de pureza de sangre, o sea, de “cristiano viejo” y estaba empeñado en una lucha sin cuartel contra el protestantismo, invitó al burgalés a mantener una charla informal y distendida sobre el tema, antes de sacar conclusiones. Éste aceptó la invitación sin tan siquiera sospechar que se trataba de una trampa que le tendía el dominico. Efectivamente, unos días después, el 13 de diciembre, ambos personajes intercambiaron sus puntos de vista. Al finalizar la entrevista, ya entrada la noche, Enzinas fue apresado y conducido a la cárcel de la ciudad, donde le mantuvieron incomunicado durante varios días, hasta que le notificaron que se le iba a abrir un proceso por hereje.

Durante más de un año permaneció preso el burgalés, sometido a duros e interminables interrogatorios y acosado además por su familia, que le presionaba para que abjurase de sus ideas, reprochándole que con su actitud estaba echando sobre ellos el más negro de los baldones. Él mismo, en sus memorias, hace la siguiente reflexión: “Fue entonces cuando sentí un estremecimiento de horror en mi conciencia, terrores de muerte y la lucha indescriptible entre el espíritu y la carne. Pensaba yo, en efecto, que de un modo u otro se desembocaría en una discusión sobre tema religioso, y nadie ignora cuánto riesgo y qué seguridad de morir hay en tales discusiones, sobre todo con gente que de antemano tiene trazado perseguir al Evangelio. El espíritu me empujaba a resistir y proclamar libremente mi fe en Cristo; la carne me ponía delante la probabilidad de morir y me invitaba, tembloroso y en lucha abierta con la muerte, a desertar”. Finalmente, de una forma casi milagrosa, el 1 de febrero de 1545 consiguió huir de la cárcel de Bruselas y encaminarse de nuevo a su seguro refugio de Wittemberg.

Huésped de nuevo de su amigo y maestro Melanchthon, en cuya casa permaneció durante dos meses, escribiendo sus memorias, a las que tituló “De statu Belgico deque Religione Hispánica. Historia Franciscus Enzinas Burgensis”, en las que lanza implacables acusaciones contra la Inquisición y el clero español, pero evitando criticar la actuación del emperador, al que consideraba secuestrado por los fanáticos frailes españoles. Pero, a partir de aquí, Francisco de Enzinas se convierte en un fugitivo que se traslada de ciudad en ciudad y de país en país, adoptando diferentes nombres para ocultar su identidad, pero perseguido siempre por la larga y amenazadora sombra de la Inquisición. (7) Visitó, amparado por nombres falsos, numerosas ciudades como Núremberg, Estrasburgo, Constanza, Zurich, Lindau, San Galo, Memmingen, Ginebra e incluso Amberes. Mantuvo contactos personales y correspondencia con las figuras más importantes del protestantismo, como Martín Bucer, Jerónimo Seiler, Vadiam, Bullinger, Calvino y su buen amigo, el conquense Juan Díaz, al que tenía intención de visitar en su casa de Neoburgo, cosa que no pudo llevar a cabo, pues el 27 de marzo de 1546 Díaz fue salvajemente asesinado, de un hachazo en la cabeza, por orden de su propio hermano, Alfonso Díaz, clérigo de la curia romana.

El autor material del crimen fue su criado, que anteriormente había ejercido en España el oficio de verdugo, pero en este crimen religioso hubo también una tercera persona que actuó como inductor, se trata del fraile dominico burgalés Pedro de Maluenda, antiguo condiscípulo de Juan Díaz en la Universidad de Paris; ambos, que discrepaban profundamente en sus apreciaciones teológicas, habían tenido varios enfrentamientos dialécticos durante la celebración de la Dieta de Ratisbona a principios de este mismo año de 1546. Cuando Pedro de Maluenda regresó a Roma y se encontró con Alfonso Díaz, le puso en antecedentes sobre las ideas heréticas de su hermano. Semejante información causó primero la sorpresa y después la indignación de Alfonso, que se manifestó dispuesto a solucionar el problema al precio que fuera, para evitar que el deshonor y la infamia cayeran sobre su familia. El precio, como se ha podido ver, fue la vida de Juan Díaz. Los autores, amo y criado, fueron detenidos en Innsbruck, pero ninguno de los dos llegó a ser juzgado, gracias a la personal intervención del emperador Carlos. La noticia del impune asesinato de Juan Díaz se extendió con rapidez por toda Europa, levantando una ola de indignación y de protesta de las ciudades alemanas por la injusta arbitrariedad cometida por Carlos V.

Francisco de Enzinas recoge el suceso en su “Christianae Religionis Summa”, que obtuvo un gran éxito de difusión y fue traducido a varias lenguas. Todavía no se habían acabado las desgracias para Francisco de Enzinas en este malhadado año de 1546. En diciembre su hermano Diego, preso de la Inquisición en Roma, fue juzgado por hereje y quemado vivo en la hoguera, al no querer retractarse de sus heréticas ideas. Todo se ponía en su contra, se sentía decepcionado, decaído y sin saber que camino tomar; uno de sus hermanos le remitió desde España una carta en la que le advertía: “Ten cuidado Francisco, vigila, hay quien preferiría matarte a ti, como traidor a la patria y a la fe, que a cualquier rebelde alemán por poderoso que sea”. Durante un tiempo, sigue vagando de ciudad en ciudad, sintiéndose siempre perseguido. Pero en 1548 una nueva luz ilumina su vagabunda existencia, en Estrasburgo conoce a Margarita Elder y se casa con ella. La nueva familia, atendiendo los consejos de numerosos amigos, se trasladó a Inglaterra, donde Francisco impartió clases de griego en la Universidad de Cambrige como “Regius Professor of Greek” y continuó trabajando en sus proyectos editoriales, que incluían traducciones de Plutarco, Tito Livio, Lúculo, Luciano y otros clásicos.

También nace su primera hija, Teresa. En 1550 la familia decide regresar a Estrasburgo, al haber encontrado Enzinas un impresor para sus traducciones. Establecida la familia en esta ciudad, Enzinas continua con sus traducciones y sus proyectos editoriales y en 1551 nace su segunda hija, Beatriz. Pero la andadura del heterodoxo burgalés, Francisco de Enzinas, estaba a punto de llegar a su fin. A finales de 1552 una epidemia de peste se extiende por Estrasburgo y el 30 de diciembre acaba con su vida cuando tan sólo contaba 34 años de edad, su esposa Margarita sucumbe el 1 de febrero de 1553. Las dos huérfanas, que sobrevivieron a la epidemia, quedaron al cuidado de los familiares de la madre.

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NOTAS

(1) Lucas de Tuy, llamado el Tudense, humanista y obispo de Tuy, en su obra “De altera vita fideique controversiis adverus Albigensium errores libri III”, escrita hacia el año 1235, combate la herejía albigense.

(2) El profesor mirandés D. Francisco Cantera Burgos es un destacado historiador del Judaísmo Español. En su ciudad natal se encuentra la “Fundación Cantera Burgos”, que posee una nutrida biblioteca sobre el tema.

(3) Carta del madrileño Alonso Fernández al propio Erasmo, fechada en 1527.

(4) El Enquiridion se publicó en 1.527 y estaba dedicado al arzobispo Manrique.

(5) D. Marcelino Menéndez Pelayo “Historia de los heterodoxos españoles”.

(6) D. Francisco de Mendoza había sido profesor de teología y griego en la Universidad de Alcalá mientras fue Canciller D. Pedro de Lerma. Fue nombrado obispo de Burgos en 1550, permaneciendo en la silla episcopal hasta 1566. Murió ese mismo año en Arcos de la Llana (Burgos), en un palacio en el que acostumbraban a descansar los obispos de Burgos.

(7) Franciscus Dryander, Françoys du Chesne, Franciscus Quernaeus o Quercetanus, Claude de Senarclens, fueron los nombres más utilizados por Enzinas para despistar a sus perseguidores. Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2012

Francisco Blanco -Barcelona 2012-

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-Relacionado con HEREJES BURGALESES (Parte II) , HEREJES BURGALESES PARTE (Parte III) y HEREJES BURGALESES (Parte IV)

BODA REAL EN BURGOS -Por Francisco Blanco-

El joven y enfermizo rey de España, D. Carlos II de Austria, había manifestado en numerosas ocasiones su deseo de casarse, para dar un heredero a la corona “en la medida de sus fuerzas”, bastante escasas por cierto, como se podrá apreciar fácilmente. Tan apremiantes debieron ser sus deseos, que por la Villa y Corte los madrileños también los hicieron suyos a través de una cancioncilla que corría de boca en boca: 

“Nuestro rey D. Carlos se quiere casar con una princesita que sepa reinar en uno y otro lado de la vasta mar” 

El pecho hundido, la voz cascada, la cara pálida y alargada por su mandíbula colgante-herencia de familia-no conferían al casadero monarca un aspecto atractivo, más bien al contrario, sin embargo, le eligieron por esposa a una bella parisina, Mª Luisa de Orleans, hija del Duque de Orleans y sobrina, por tanto,  de Luís XIV, rey de Francia, que a su vez estaba casado con su hermana Mª Teresa de Austria.

Según los rumores que siempre se producen en torno a los casamientos, parece ser que a D. Carlos, cuando contempló el retrato de su prometida, se le aceleraron los deseos de que la boda se celebrase cuanto antes, y así se lo hizo saber a su hermano bastardo D. Juan José de Austria: “La reina de España será la gabachita o ninguna”. Seguramente su hermano, que en su fuero interno todavía albergaba alguna esperanza de sentarse en su lugar en el trono de España, debió pensar para sí que mejor ninguna; pero esto es ya meterse en especulativas intimidades familiares, de modo que sigamos con los hechos. (1)

Lo cierto es que los trámites para la boda se aceleraron y el 19 de noviembre de 1679 en Quintanapalla, pueblo perteneciente al Alfoz de Burgos, a tan solo tres leguas de  la capital, se celebró el encuentro y la confirmación de los desposorios, realizados previamente por poderes, de la real pareja. Según testigos presenciales, el rey quedó tan embelesado contemplando en persona la atractiva figura de  su esposa, que solo fue capaz de balbucir: “Oh, mi reina”, “Oh, mi reina”……., moqueando y con los ojos inundados de lágrimas, provocadas por la emoción del encuentro y por un fuerte catarro que había pescado por tierras burgalesas, en las que ya se había instalado el crudo invierno castellano.       

La ceremonia tuvo lugar en la iglesia parroquial de San Esteban, oficiada por el Patriarca de las Indias y con carácter muy íntimo, pues los asistentes se limitaron a los personajes más notables de sus respectivos séquitos. Por parte de la reina, su aya la duquesa de Terranova, el embajador Villars y el príncipe d´Hartcourt; el rey iba acompañado por el marqués de Oñate, su mayordomo y el Condestable de Castilla, su anfitrión.  El novio contaba 18 años y la novia 16.

Antes de regresar a la Corte la real pareja pasó unos días en el palacio burgalés de los Condestables de Castilla (Casa del Cordón), por la que ya habían pasado sus antecesores los Reyes Católicos; la hija de éstos, Juana I de Castilla “La Loca” con su marido Felipe I “El Hermoso” y su hijo, el César Carlos I (V de Alemania). Con objeto de darse a conocer al pueblo burgalés,  en los comedores del palacio algunas de las comidas que se celebraron fueron públicas, cosa que se hizo rompiendo el protocolo, por lo que muchos burgaleses curiosos acudieron a ver comer a sus reyes, al tiempo que los observaban de cerca; la belleza de la joven reina no dejó de causar admiración a quienes la pudieron contemplar. También visitaron el Real Monasterio de las Huelgas, situado en los suburbios de la ciudad, donde fueron recibidos por su abadesa doña Inés de Mendoza y Niño.

Durante su corta luna de miel,  en la capital burgalesa se celebraron corridas de toros y fuegos artificiales en su honor, así como varias misas solemnes en la Catedral, pues el joven monarca era una persona muy piadosa, acostumbrada a vivir rodeado de personajes con sotana.

Lo que no quedó muy  claro fue si el matrimonio llegó a consumarse en su noche de bodas o en las sucesivas, pero si resulta absolutamente evidente que la impotencia del infeliz monarca-una de las numerosas taras con que le había dotado la naturaleza-le incapacitaba para tener descendencia.

No obstante, el pueblo español le inventó a la joven e infortunada reina-cuya belleza se merecía un marido algo mejor dotado-otra popular coplilla: 

“Parid bella flor de Lis, que en aflicción tan extraña si parís, parís a España, si no parís, a Paris”. 

El matrimonio de Carlos II y Mª Luisa de Orleans duró casi diez años, falleciendo la reina el 12 de febrero de 1689, al parecer por una perforación intestinal. Según aseguran algunos testigos de su muerte, sus últimas palabras fueron para su marido: «Muchas mujeres podrá tener Vuestra Majestad; pero ninguna que le quiera más que yo».

De su segundo matrimonio con Mariana del Palatinado-Neoburgo, como es bien sabido, tampoco tuvo descendencia, por lo que al morir sin sucesión este rey al que llamaban el Hechizado, varias Cortes europeas se liaron a bofetadas disputándose el trono español. Finalmente, un tal Felipe de Anjou, quien curiosamente era nieto de Luís XIV y por lo tanto primo de Mª Luisa, su linda primera esposa, se llevó el gato al agua, ocupando el trono vacante con el nombre de Felipe V (2).   

NOTAS: 

(1) D. Juan José de Austria era uno de los muchos hijos bastardos que tuvo Felipe IV; su madre fue María Calderón, una bailarina y actriz que actuaba en el teatro madrileño del “Corral de la Cruz”, más conocida como la Calderona.

(2) Felipe V fue coronado rey de España en Versalles, el 19 de setiembre de 1700. La Guerra de Sucesión española duró desde 1700 hasta 1714 

Paco Blanco, Barcelona, diciembre de 2011

LOS MALUENDA -Por Francisco Blanco-

MALUENDA es una población de la provincia de Zaragoza, perteneciente al Partido Judicial de Calatayud, que en la actualidad cuenta con unos mil habitantes. Históricamente su fundación se remonta al siglo X , durante las correrías de Abderramán III, que estableció allí un castillo-fortaleza, como puesto avanzado de vigilancia fronteriza de la Marca Superior.

En el transcurso de los siglos siguientes, como ocurrió en tantos pueblos y ciudades de todo el territorio peninsular, se fueron desarrollando tres comunidades diferentes, la árabe, la mozábe-cristiana y la judía, que consiguieron convivir de forma estable, aunque no faltaron los elementos diferenciadores en cada una de ellas, que en ocasiones eran causa de enfrentamientos y fricciones. La comunidad judía llegó a alcanzar bastante importancia, sino por su número, sí por la relevancia social, cultural y económica que consiguieron durante los siglos centrales de la Edad Media. Muchos de sus miembros se ganaron la confianza de las clases dominantes, incluidos los reyes, convirtiéndose en funcionarios, administradores y consejeros, con gran influencia en los asuntos públicos. Tampoco faltaron hombres de letras y de ciencias, destacando especialmente los médicos, que eran muy solicitados y apreciados. El resto, es decir, la mayoría, desempeñaban toda clase de oficios artesanos o se dedicaban al comercio, tanto en pequeña como en gran escala.

Esta secular convivencia, sin embargo, se quebró a finales del siglo XIV. Tal vez las causas de esta rotura haya que buscarlas en la hambruna y las terribles epidemias que asolaron prácticamente  todo el continente europeo, España incluida, que originaron además numerosas guerras y una crisis económica sin precedentes hasta entonces. Sea como sea, lo cierto es que se desencadenó un período de brutal persecución contra todo lo que oliese a judío. En el año 1391 el predicador valenciano  Vicente Ferrer, (1) un fraile dominico discípulo aventajado del burgalés Domingo de Guzmán, (2) recorre los reinos de España lanzando contra los judíos la consigna de: “Bautismo o muerte”. Cómo resultado de esta campaña antisemita, las juderías de Castilla y Aragón fueron asaltadas y muchos de sus moradores pasados a cuchillo. Naturalmente, también se consiguió que muchos de sus miembros aceptaran el bautismo para evitar males mayores. De esta forma, en España se genera una nueva comunidad: la de los judíos conversos, también conocidos como los cristianos nuevos, que fue haciéndose cada vez más numerosa a lo largo de los siglos XV y XVI.

Aunque no se puede precisar con una absoluta certeza, existen muchos indicios de que la familia de los Maluenda se encontraba entre estos últimos.

Los primeros Maluenda procedentes de Aragón se establecieron en  Burgos a principios del siglo XV, es decir en plena ebullición del movimiento antijudío, lo que hace pensar que tal vez tuvieron que salir huyendo hacia tierras castellanas, donde es posible que contaran con el apoyo de otras familias de conversos, como por ejemplo la de los ya por entonces poderosos Santa María. (3)

Lo que si parece fuera de toda duda es que Juan Rodríguez de Maluenda, llamado el Viejo, casó con María Núñez, la hermana conversa del obispo converso Pablo de Santa María, consejero del rey Enrique III el Doliente y preceptor de su hijo, el futuro Juan II. Este enlace, por sí sólo, permitió a los Maluenda acceder rápidamente a puestos de responsabilidad en las altas esferas de la sociedad burgalesa, al mismo tiempo que emparentaban con ilustres familias de la vieja nobleza castellana.

Los Maluenda  llegaron a disponer de una considerable fortuna, basada en unas compañías mercantiles que controlaban el tráfico de la lana, los paños y la lencería castellanos hacia los centros de distribución más importantes de Inglaterra, Francia y los Países Bajos

Hay constancia escrita de que en 1418 este Juan  Rodríguez Maluenda y su mujer, María Núñez,  poseían bienes en el barrio judío de la Villa. Un sobrino suyo, Martín Rodríguez de Maluenda, casó con Leonor Álvarez de Castro, perteneciente también a otra ilustre familia burgalesa.

Del anterior matrimonio nació Gonzalo Rodríguez de Maluenda y Núñez, regidor de Burgos entre 1429 y 1439, que a su vez casó con Leonor Rodríguez y también tuvieron descendencia. Una de sus hijas, Teresa Rodríguez Maluenda casó con Pedro de Torquemada, también de la nobleza burgalesa, con lo que se crea otra rama familiar.

Hermano de Gonzalo fue Alfonso Rodríguez Maluenda y Núñez, uno de los primeros que siguieron la carrera eclesiástica, que fue capellán del Papa, arcediano y canónigo de Coria, beneficiado de la catedral de Plasencia, abad de Valladolid y obispo de Salamanca. Falleció en 1453 y su sepulcro se encuentra en la Capilla de la Visitación de la catedral de Burgos. (4)

También se sabe que en 1486 Don Diego de Soria, regidor de la ciudad, y su mujer Doña Catalina de Maluenda, junto con otras ricas familias burgalesas financiaron la finalización de las obras del presbiterio y la Capilla Mayor de la iglesia de San Gil. (5)

Otros miembros religiosos de la familia que vivieron en el siglo XV fueron Juan Maluenda y Núñez, canónigo de la catedral de Burgos, fallecido en 1481; fray Gonzalo de Maluenda, prior del Monasterio de San Juan de Ortega y  Juan Ortega de Maluenda, que fue obispo de Coria, fallecido en 1489.

Ya en el siglo XVI nos encontramos con  Alonso de Maluenda y Miranda, casado con Isabel de Salamanca, cuyo hijo Lesmes de Maluenda y Salamanca está enterrado en la iglesia de  S. Nicolás de Burgos, muy próxima al palacio que en 1565 había adquirido Andrés de Maluenda y García de Castro para que fuera la residencia familiar. Este Andrés de Maluenda, Regidor de Burgos, casado con Isabel de la Torre, era uno de los hijos de Martín Rodríguez de Maluenda y de Juana García de Castro, perteneciente a una noble y acaudalada familia burgalesa.

De esta rama hay que destacar también a sus hermanos Pedro de Maluenda y García de Castro, Doctor en Teología y capellán del emperador Carlos V, a quien representó en el famoso Concilio de Trento, y fray Antonio de Maluenda y García de Castro, Doctor por la Universidad de Bolonia y abad del Monasterio de S. Juan de Burgos.

De la rama de los Maluenda y García de la Torre destaca Antonio de Maluenda y de la Torre, canónigo de la catedral de Burgos y abad de San Millán de Lara, que vivió durante muchos años en la Corte madrileña de los Austrias, donde destacó como esclarecido y fecundo poeta. Sobrino suyo por parte de la rama valenciana fue Jacinto Alonso de Maluenda, otro hombre de letras que en 1629 publicó en la ciudad de Valencia “El Tropezón de la Risa” y en 1631 “El Bureo de las Musas”, que la dedicó a “D. Juan Alonso de Maluenda, “Señor de la casa de Maluenda en las montañas de Burgos”.

Tampoco faltaron los Maluenda que se dedicaron al comercio trasatlántico entre España y las nuevas tierras conquistadas. En 1521 se tienen noticias de un  Pedro de Maluenda que andaba por Méjico al servicio de Hernán Cortés, acompañado de su sobrino Fernando de Santa Cruz. Otra rama de los Maluenda se estableció en Santiago de Chile a finales del siglo XVI.

La parte femenina del tronco de los Maluenda es igualmente muy numerosa, y sus enlaces matrimoniales son el origen de diferentes linajes burgaleses y de otros que se fueron extendiendo por toda España.

Creo que no se puede cerrar esta relación, que no deja de ser bastante incompleta por no convertirla en una lista excesivamente larga y farragosa, sin mencionar el matrimonio de Francisca Alonso de Maluenda con el hidalgo burgalés Jerónimo de San Vitores, padres de Diego Luís de San Vitores y Alonso de Maluenda, nacido en Burgos el año 1627, que con el tiempo sería miembro de la Compañía de Jesús. En 1662 marchó como misionero a   evangelizar  las Islas Marianas, donde recibió martirio en 1672. Fue beatificado por Juan Pablo II en 1985.

Hacia el año 1630 se producen los matrimonios  de Francisco  Garcés de Maluenda con Francisca de Brizuela y Cardona y el de Iñigo de Brizuela y Urbina con Francisca de Maluenda y Medina, lo que vino a representar el primer engarce de los Maluenda con los Brizuela, poderosa familia procedente de Miranda de Ebro, que acabaría por absorber el linaje de los Maluenda, al menos en la ciudad de Burgos.

En el año 1430 el obispo de Burgos, D. Pablo de Santamaría, aportará los fondos necesarios para dar el impulso final a la construcción del Convento de San Pablo, que se levantaba extramuros de la ciudad, en la calle de San Lucas, a orillas del Arlanzón, cuyo proyecto incluía iglesia, claustro y dependencias conventuales para los frailes dominicos que lo regían. Muy pronto, las clases dominantes de la ciudad de Burgos, tales como los altos cargos eclesiásticos y urbanos, las familias de la nobleza y la enriquecida burguesía, eligieron el convento para instalar en él, mediante las correspondientes aportaciones pecuniarias, las capillas funerarias donde descansarán sus restos y los de sus descendientes por los siglos de los siglos.

Una de las más importantes fue la de los Maluenda, conocida como la Capilla de las “Once Mil Vírgenes”, situada en el transepto sur de la iglesia, que fue cedida por el convento en el año 1563 a D. Andrés y D. Francisco de Maluenda, “concediéndoles la dicha capilla para uso de sus enterramientos e de quienes ellos quisieren libremente con derecho de patronazgo en ella” (6).

Desde entonces la capilla albergará los sepulcros de las familias Maluenda y Brizuela hasta la desaparición del convento (7). Con anterioridad a esta fecha de 1563, otros enterramientos de los Maluenda se efectuaron en las iglesias de San Nicolás, San Lorenzo y posiblemente en la de San Gil, al menos las armas de la familia se encuentran en la capilla de los Castro y los Mújica. Todas estas iglesias se encuentran en  la ciudad de Burgos.

NOTAS:

(1) El día 29 de junio de 1455 otro valenciano, Alfonso de Borja, el primer Papa de la familia, que había adoptado para su pontificado el nombre de Calixto III, anunció la canonización de Vicente Ferrer.

(2) Santo Domingo de Guzmán, el predicador burgalés de Caleruega, fundador de la Orden de los Dominicos, había sido canonizado en 1234. Una de las primeras misiones que le encomendó el Papa Inocencio III fue acabar con la herejía de los Cátaros, cosa que realizó por el sencillo procedimiento de exterminarlos físicamente.

(3) Sobre la fecha en que los primeros Maluenda llegaron a Burgos dos ilustres profesores e historiadores burgaleses defienden criterios distintos. Para Ismael García Rámila a principios del siglo XV llegaron Albar, Juan y Martín Rodríguez Maluenda, mientras que según Francisco Cantera Burgos los Maluenda ya estaban aposentados en la ciudad burgalesa a finales del XIV.

(4) La Capilla de la Visitación la mandó construir el obispo D. Alonso de Cartagena para que en ella reposaran sus restos y los de sus allegados. Además del sepulcro del obispo, otra de las grandes obras de Gil de Siloé, se encuentran los de D. García Ruiz de la Mota, D. Alonso de Cartagena (militar sobrino del obispo), D. Luis García de Maluenda, D. Diego Ruiz de Villena y D. Juan Díez de Coca, todos ellos unidos por lazos familiares con los Santa María y los Maluenda.

(5) La iglesia de San Gil, declarada Bien de Interés Cultural (BIC), es desde 1931 Monumento Histórico-Artístico Nacional. Su historia la recoge el burgalés P. Enrique Flórez, agustino, en su monumental obra “España Sagrada”.

(6) Con anterioridad había pertenecido a la familia de los Velasco, Condestables de Castilla.

(7) Para mayor conocimiento de la historia del convento se puede ver “Historia del Convento de San Pablo de Burgos” por G. de Arriaga, publicada por la Institución Fernán González.

Paco Blanco, Barcelona, mayo 2012

LA ORDEN DE LA BANDA FUNDADA POR ALFONSO XI EN BURGOS. -Por Francisco Blanco-

LA ORDEN DE LA BANDA fue fundada en Burgos  por  el rey Alfonso XI, llamado el Justiciero, en el año de 1.332, con motivo de las fiestas de su coronación como monarca de Castilla, pues según cuenta su crónica: “Este Rey era muy noble en el su cuerpo, tuvo por bien de rescebir la honra de la coronación et otrosí honra de caballería: ca avía voluntat de facer mucho por honrar la corona de sus regnos”.

La ceremonia fundacional se llevó a cabo, con gran solemnidad, en la Capilla de Santiago del Real Monasterio de las Huelgas. Los aspirantes se presentaban en fila  de dos, precedidos de un escudero portador de la “Espada Garante” con la que el rey los armará, recibiendo a continuación el espaldarazo de la articulada mano armada de una talla policromada del Apóstol Santiago. El representante eclesiástico, generalmente un prelado, acababa la ceremonia pronunciando su bendición: “Bendice, ¡Oh Señor! A través de la mano de Su Majestad, ésta espada con la que este tu sirviente desea ser armado caballero, para que se convierta en defensor de la Iglesia y de todos los creyentes”. Sólo podían pertenecer a ella los hijos segundones de familias nobles, que hubiesen servido durante diez años en la corte o en el ejército.

Sus miembros vestían de blanco con banda negra, a excepción del propio rey, que la lucia roja, pudiendo lucir también adornos de oro y plata. En dicho acto fundacional el monarca, haciendo uso de su prerrogativa real, se armó caballero a sí mismo e hizo lo mismo con más de un centenar de caballeros, pertenecientes, en su mayoría, a la nobleza burgalesa, a los que ofreció sus  presentes, consistentes en paños de seda bordados de oro y una espada con empuñadura de oro y plata. En total fueron armados caballeros de la Orden veinte ricos-homes y ochenta y tres hijosdalgo.  (Curiosamente, por aquellos gloriosos tiempos, más del cincuenta por ciento del censo de la ciudad burgalesa pertenecía a esta clase social, por lo que resulta sencillo deducir que no faltaban aspirantes). Muchos de estos  insignes caballeros fueron enterrados en el mismo Monasterio. Sus sepulcros, junto con el de  otros  de la Orden de Calatrava,  se encuentran en la Nave de los Caballeros, que da acceso al atrio del Monasterio, siendo algunos de gran belleza.

Las fiestas de la coronación se celebraron con gran fasto, organizándose  numerosos Torneos caballerescos, no sólo en la ciudad de Burgos, sino también en sus contornos, pues “el Rey quería ir a folgar algunas veces a las aldeas….mandaba que le toviesen  puesta la tabla para justar et que toviesen presto guisamento de armas”. En estos torneos los recién armados caballeros justaron con otros muchos, llegados de la cercana Valladolid y de otras muchas ciudades del Reino castellano.

El Estatuto de esta nueva Orden de Caballería venía a ser algo así como un código de buenas maneras y modales. Uno de sus estatutos rezaba de la siguiente forma:“No comer manjares sucios, nin los coman sin mantel, salvo si fuere letuario o fruta. Que en el beber guardaren estas tres cosas: Que nunca beban de pie, salvo el agua, que nunca bebieren vino en cosas de barro o de madera y que, cuando bebieren vino, por mucha sed que tuvieren, nunca se santiguaren con el vaso o taza en que bebieren.” Ni que decir tiene que las reuniones de la Orden se solían realizar en torno a una mesa bien surtida de cosas de comer y de beber.

Los Reyes Católicos la abolieron y, posteriormente,  fue restaurada por Felipe V hasta que se deshizo en 1836.

Uno de los grandes dramaturgos de nuestro Siglo de Oro, Francisco de Rojas Zorrilla, en su obra dramática “Del rey abajo ninguno, o el labrador más honrado”, relata como D. Mendo, un caballero aspirante a ser miembro de la Orden, recomendado por el conde de Orgaz, luciendo una banda roja en su atavío, usurpa la personalidad del monarca para intentar seducir a la bella esposa del honrado labrador, García del Castañar, a cuya casa acudió invitado.

-Texto enviado expresamente a Burgospedia.org  por Francisco Blanco (Barcelona 2012)-

GREGORIO PECES BARBA -Político-

GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ  nació en Madrid el 13 de enero de 1938 y falleció en Oviedo el 24 de Julio de 2012.

Después de estudiar el Bachillerato en el Liceo Francés de esta ciudad, se matriculó en Derecho en la UCM, donde se licenció y se doctoró ‘cum laude’ con una tesis sobre el filósofo Jacques Maritain que precisamente completó en Burgos como después se explicará..

Posteriormente, se licenció en Derecho Comparado en la Universidad de Estrasburgo (Francia) y, ya de vuelta en España, pasó a formar parte del desaparecido Tribunal de Orden Público (TOP), donde destacó por su defensa de los Derechos Humanos y del sistema democrático.

En 1963, participó en la fundación de la revista ‘Cuadernos para el diálogo’ junto a su maestro, Joaquín Ruiz-Giménez. La publicación, que aglutinó las opiniones más dispares, nació con una clara vocación democrática y, con el paso del tiempo, se convirtió en referencia.

Su actitud antifranquista le granjeó varios y poderosos enemigos en el seno del régimen, hasta tal punto que, en 1969, fue detenido y desterrado durante varios meses.

Fue durante el estado de excepción de 1969 cuando las autoridades franquistas desterraron a Gregorio Peces-Barba al pueblo burgalés de Santa María del Campo por sus actividades políticas contra la dictadura, y, especialmente, por las revueltas estudiantiles madrileñas.

Durante los tres meses que residió en esta localidad de la provincia de Burgos, donde hizo innumerables amigos , y a la que volvió de visita oficial siendo presidente del Congreso, realizó  su tesis doctoral sobre el pensamiento social y político del filósofo francés Jacques Maritain; calificada finalmente con sobresaliente cum laude y Premio Extraordinario.

Tras la muerte de Franco, el jurista se presentó a las primeras elecciones de la Democracia con el PSOE y obtuvo un sillón como diputado en el Congreso, formando parte de la comisión encargada de redactar la Constitución de 1978 en representación de este partido.

De esta forma, PecesBarba se convirtió en uno de los siete ‘padres’ de la Constitución Española, junto a Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, Gabriel Cisneros y José Pedro Pérez Llorca (UCD); Manuel Fraga Iribarne (AP), Jordi Solé Tura (PCE) y Miquel Roca (CiU).

Tras las elecciones generales de 1982, en las que el PSOE obtuvo la mayoría absoluta, el jurista fue elegido presidente del Congreso con 338 votos a favor y ninguno en contra. Después de esta etapa, que se prolongó cuatro años, abandonó las Cortes y se dedicó a la enseñanza.

Años más tarde, PecesBarba definió aquella legislatura como una “auténtica revolución”, en la que “se pusieron en marcha instituciones como el Defensor del Pueblo, se culminó el proceso autonómico y se moderrnizó a la Fuerzas Armadas”.

En 1989, fue nombrado presidente de la Comisión Gestora de la Universidad Carlos III de Madrid, que se pusó en marcha un año después y que ya cuenta con 40 titulaciones. Desde entonces, ocupó el puesto de rector y fue sucedido en 2007 por el estadista Daniel Peña.

En 2004, fue nombrado alto comisionado para la Atención a las Víctimas del Terrorismo, coincidiendo con el retorno al poder del PSOE, aunque su función, lejos de resultar sencilla, desató las críticas de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT).

En 2009, pasó a dirigir el grupo de notables encargados de diseñar el programa del PSM de cara a las elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid y, durante esta etapa, compaginó este trabajo con la participación en diversas conferencias en calidad de experto.

Puedes verle en una de sus intervenciones.

DIEGO GÓMEZ DE SANDOVAL -Conde de Castro-

DIEGO GÓMEZ DE SANDOVAL 1385-1454. Pasó sus primeros años en la cámara del infante Fernando, luego el rey Fernando I de Aragón.

Acompañó a Fernando de Antequera (hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón, hermana de Enrique III ‘el Doliente’ y tío de Juan II de Castilla, Rey de Aragón (1412-1416)  en la conquista de las ciudades de Antequera y Ronda, obteniendo en recompensa la cesión de Lerma (Burgos) y Saldaña (Palencia). Apoyó a Fernando de Antequera en su lucha por la cuestión sucesoria de Aragón.

Fue Canciller y Adelantado Mayor de Castilla. En 1426 recibió de Juan II el título de Conde de Castrojeriz. En 1445 cayó prisionero en la batalla de Olmedo, siendo confiscados sus bienes que le fueron restituidos durante el reinado de Enrique IV ‘el Impotente’ (1454-1474).

Diego Gómez de Sandoval casó con Beatriz de Avellaneda (hija de los Señores de Gumiel) uniendo el Condado de Castrojeriz a los títulos de nobleza del linaje de los Avellaneda. El linaje tuvo descendencia en Fernando de Sandoval, 2º Conde de Castrojeriz y María de Sandoval, esposa de Diego Manrique de Lara, Conde de Treviño y Nájera, hermano de Juana Manrique de Lara. Se establecieron alianzas matrimoniales entre dos hermanos de cada familia.

Diego Gómez de Sandoval, hijo de Fernando de Sandoval y Juana Manrique de Lara obtendrá de los Reyes Católicos el título de Marqués de Denia, tomando parte en las guerras de Portugal y Granada.

Diego Gómez de Sandoval, fue uno de los caballeros más valerosos, prudentes y celebrados de su siglo. Se crió en la Cámara del Infante don Fernando, llamado el de Antequera (luego Rey de Aragón) y un fraternal cariño les unió siempre. Don Diego acompañó a dicho Infante en la conquista de Antequera y de otras poblaciones andaluzas y de él obtuvo grandes mercedes, figurando entre ellas la cesión de las villas de Lerma (Burgos) y Saldaña (Palencia), que eran del patrimonio del Infante.

Fue Mariscal, Canciller Mayor y Adelantado Mayor de Castilla y General contra los valencianos, a los que venció, en la guerra sobre el derecho de sucesión a la Corona de Aragón. También prestó grandes servicios a don Juan II de Castilla, y este Monarca se los premió dándole la villa de Castrojeriz (Burgos), con el título de Conde de Castrojeriz, en 1426. Se desnaturalizó de Castilla para no parecer ingrato a los hijos del Infante don Fernando de Antequera, ya entonces Rey de Aragón, que tanto le había favorecido; pero hechas las paces entre aquellos y don Juan II se restituyó a Castilla.

Después, por su intervención en las diferencias entre los Grandes y don Álvaro de Luna, cayó prisionero en la batalla de Olmedo, siéndole confiscados sus bienes. El Rey don Enrique IV mandó que se restituyesen, pero sólo tuvo efecto la restitución en aquellos de los que no se habían apoderado los Grandes. Falleció el primer Conde de Castrojeriz en 1454  en Aragón y fue enterrado en San Fancisco de Borja, aunque años más tarde, sus restos fueron trasladados al Monasterio de Santa María la Real (Aguilar de Campoo) junto a su mujer doña Beatriz de Avellaneda, hija de los Señores de Gumiel.

El título de Conde de Castro fue  creado oficialmente por decreto del 30 de septiembre de 1862, y confirmado por carta de 2 de octubre de ese año, del rey Luis I, a favor de José Joaquim Gomes de Castro, ministro y dirigente político importante Cabral.

Utilizaron el título las siguientes personas: José Joaquim Gomes de Castro , 1.º conde de Castro António Gomes de Castro, 2.º conde de Castro; José Joaquim Gomes de Castro, 3.º conde de Castro. Actualmente, el pretendiente al título es José Joaquim de Carvalho Gomes de Castro.

Puedes ver un vídeo sobre Castrojeriz.