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POR LA PEÑA AMAYA. LA BATALLA DE ORDEJÓN. —-Por Francisco Blanco—-

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Cerca de la Peña Amaya, al sur de la cordillera Cantábrica, se alza el macizo conocido como la Peña Ureña, en el que actualmente se encuentran dos pequeñas localidades, conocidas como Oredejón de Arriba y Ordejón de Abajo, situadas en un agreste paraje, lleno de peñascos, castros, barrancos y cortados naturales, protegidos por una muralla igualmente natural, en los que todavía se pueden encontrar restos de la Edad de Hierro y también de la época romana y visigótica, pues están muy cercanas a la antigua calzada romana que iba de Clunia y Sasamón a Cantabria. Se trata, pues, de un lugar con unas extraordinarias características defensivas, que le convertían prácticamente en inexpugnable, especialmente para aquellos remotos tiempos a los que nos referimos, en los que se sitúa la legendaria batalla de Ordejón.

También la leyenda ha convertido a Bernardo del Carpio en uno de los prototipos del héroe épico medieval, cuyas hazañas guerreras han sido difundidas en numerosos romances y poemas épicos, destacando especialmente su brillante victoria sobre el rey de los francos Carlomagno y su poderoso ejército, en la conocida como la Segunda Batalla de Roncesvalles, supuestamente acaecida en el año 823 por el Pirineo navarro, en la que encontró la muerte el caballero Roldán, uno de los “Doce Pares de Francia” y sobrino del emperador franco. Esta batalla legendaria fue cantada en numerosos romances:

¡Mala la hubisteis franceses,

en esa de Roncesvalles!

Pero su veracidad histórica es puesta en duda por numerosos medievalistas, que se basan en la falta de documentación auténtica, aunque tiene un defensor en el historiador y sacerdote asturiano Vicente José González García, que afirma que existe una confusión de fechas entre la Primera y la Segunda Batalla de Roncesvalles, que es la razón por la que se duda de su autenticidad.

L0s datos biográficos de Bernardo carecen igualmente de documentación fehaciente, generados principalmente por la leyenda. Se supone que fue un hijo extramatrimonial del conde de Saldaña y mayordomo de Alfonso II, Sancho Díaz y de la infanta asturiana Doña Jimena, hermana del rey de Asturias Alfonso II el Casto, uno de los grandes propulsores de la Reconquista. Lo que nos lleva a suponer que había nacido a finales del sigo octavo en la localidad palentina de Saldaña, en la que todavía se pueden ver las ruinas del castillo de los Condes de Saldaña.

“-Padre fidalgo habéis, fijo,

fidalgo, que non villano.

El Conde don Sancho Díaz,

que en Saldaña es su condado,

os ovo en Doña Ximena

en casa del rey estando.

Y como su hermana era,

por vengarse del agravio,

en el castillo de Luna

puso al Conde aprisionado,

y a vuestra madre también,

reclusa y a buen recaudo,

porque aunque público,

non fue el matrimonio aclarado.”

 

“Bastardo me llaman, rey,

siendo hijo de tu hermana.

Tu y los tuyos lo dicen,

que ninguno otro no osaba;

cualquiera que de tal dicho

ha mentido por la barba,

que ni mi padre es traidor

ni mala mujer tu hermana,

 que cuando yo fui nacido,

ya mi madre era casada”.

 

Fragmentos de la “Primera Crónica General de España” de Alfonso X el Sabio. 

Según parece, esta unión no fue del agrado del rey asturiano, tal vez porque iba contra sus castas costumbres ó porque tenía otros planes para su hermana. El caso es qué, lleno de indignación, encerró al conde en una mazmorra del castillo de Luna en León, y a su hermana la internó en un monasterio. Sin embargo, a Bernardo, el fruto de esta unión carnal, no le causó ningún daño, más bien al contrario, pues se lo llevó consigo a la Corte asturiana, que se había trasladado a León, protegiéndole y tratándole casi como a un hijo, además de proporcionarle una esmerada educación y convertirle en uno de los principales caballeros del reino astur, pero sin informarle nunca de su origen, ni del encierro de sus padres.

La primera mención sobre estos hechos, supuestamente legendarios, se encuentra en la “Primera Crónica General” de Alfonso X, que dedica los capítulos 617 al 655 a narrar la vida y proezas del héroe palentino.

Los hechos que provocaron la Batalla de Ordejón, tampoco tienen ninguna base histórica, por lo que su relato se basa en una o varias leyendas, cuyo origen es igualmente desconocido.

Parece ser que en el año 843, reinando en Asturias Alfonso III el Magno, las tropas francas, acaudilladas por el caballero franco Don Bueso, habían penetrado en Castilla causando numerosos desmanes, por lo que el rey asturiano, que ya dominaba algunos condados castellanos, envió a su encuentro un poderoso ejército, al mando del caballero Bernardo, con el objetivo de frenar su avance. Asturianos y franceses se encontraron en las cercanías de la localidad burgalesa de Amaya, que por entonces pertenecía al Ducado de Cantabria, precisamente en el pueblo de Ordejón, que parece corresponde al actual Ordejón de Abajo, en un terreno en el que ambas tropas tropezaban con enormes dificultades geográficas para maniobrar. El choque fue muy duro y violento, empleándose ambas partes con desatada furia, pero sin que ninguna de ellas consiguiera hacer retroceder a la otra, hasta que los dos caudillos se encontraron frente a frente, entablando un singular combate a muerte. Primero se embistieron a caballo, lanza en ristre, hasta que ambos quedaron descabalgados, continuando luchando pie a tierra, a espadazo limpio, hasta que Bernardo, con un terrible mandoble, acabó con la vida de su oponente.

A la vista de su caudillo, tendido muerto en el suelo, las tropas francas abandonaron precipitadamente el campo de batalla, emprendiendo una veloz retirada.

La primera reseña escrita sobre esta legendaria batalla aparece también en la “Primera Crónica General” de Alfonso X el Sabio, en el siglo XIII, unos cinco siglos después y lo hace de la siguiente forma:

“Andado VII annos del regnado d’este rey don Alfonso el Magno— et fue esto en la era de DCCC et LXXX e I anno, et andava otrossí estonces ell anno de la Encarnatión del Sennor en DCCC et XLIII, et el dell imperio de Lotario emperador de Roma en VII— el rey don Alfonso cuedando ya estar en paz, llegaron las nuevas de cómo un alto omne de Francia, que avie nombre Bueso, le era entrado en la tierra con grand hueste, et que gela andava destruyendo, et faziendo en ella quantos males podie. El rey don Alfonso, luego que estas nuevas sopo, llegó su hueste et grand poder, et fue contra él, et falláronse, et ovo el rey don Alfonso su batalla con éll en Ordejón, que es en tierra de Castiella cerca’l castiello que dixen Amaya, et murieron ý muchos de cada parte. Et dizen algunos en sus cantares segund cuenta la estoria que este francés Bueso que so primo era de Bernaldo. El lidiando assí unos con otros oviéronse de fallar aquel Bueso et Bernaldo; et fuéronse ferir un por otro tan rezio que fizieron crebar las lanças por medio; et desí metieron mano a las espadas et dávanse muy grandes golpes con ellas; mas al cabo venció Bernaldo et mató ý a Bueso. Los franceses, cuando vieron so cabdiello muerto, desampararon el campo et fuxieron”. 

Se desconocen también los motivos o las razones por las que se originó y se divulgó la leyenda de la Batalla de Ordejón, es posible que se basara en otros acontecimientos militares que tuvieron lugar por esta zona de Amaya, que durante buena parte de los  siglos VIII y IX  sufrió numerosas acometidas por parte  de los árabes, que utilizaron la calzada romana de Clunia a Cantabria, arrasándola y saqueándola en más de una ocasión, llegando incluso hasta La Rioja y Álava. En este sentido existe una hipótesis elaborada por el historiador abulense D. Claudio Sánchez Albornoz.

Los éxitos militares del caballero Bernardo al lado del rey Alfonso III no se limitaron a la citada batalla de Ordejón, luchó también contra una rebelión de los vascones, venciendo y capturando a su caudillo Eylon, a quien el rey encerró por el resto de sus días, también participó activamente en una campaña por Extremadura y en la conquista de Zamora y de Toro. Por tan leales servicios y sus importantes acciones de guerra, Bernardo se ganó la confianza y agradecimiento de su rey, que le nombró señor del Carpio, una población salmantina donde construyó su propio castillo.

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Pero las relaciones entre el rey y su vasallo no tardaron en deteriorarse, hasta llegar a la ruptura total entre ambos. ¿Las causas?: Como en todos los acontecimientos en los que la Leyenda y la Historia se entremezclan y cofunden, llegar a establecer las verdaderas causas por las que estos se producen suele convertirse en complicada tarea, por lo que hay que contentarse con recurrir a las posibles hipótesis. Lo más probable es suponer que enterado Bernardo de su verdadero origen y del triste destino que sufrieron sus padres, pues su padre había muerto, ciego y enfermo y su madre continuaba enclaustrada, exigiera al rey Alfonso explicaciones sobre lo sucedido y alguna reparación oficial de la injusticia cometida, lo que no sentó muy bien al monarca, que acabó desterrándole de su reino, refugiándose Bernardo en su castillo del Carpio.

A partir de aquí las iras de Bernardo se volvieron contra su antiguo señor, contra el que emprendió numerosas acciones de hostigamiento.

El P. Mariana en su “Historia de España” lo cuenta así: “hacia cabalgadas en las tierras del rey, robaba, saqueaba y talaba ganados y campos. Por otra parte los moros, a su instancia, molestaban grandemente las tierras de cristianos”.

También sobre este tema escribieron otros autores, como el obispo leonés Lucas de Tuy, también conocido como “el Tudense”, en su “Crónica Tudense” y el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada, también conocido por “el Toledano, en su obra “De Rebus Hispanie”, la primera escrita a finales del siglo XII y la segunda a principios del XIII, unos siglos después de que supuestamente ocurrieran los hechos.

Bernardo tuvo una larga vida, pues parece que falleció a los 82 años, una edad muy superior a la media de vida de aquellos tiempos, que oscilaba sobre los 50, aproximadamente. Sus restos, junto con su espada, siempre siguiendo la leyenda, fueron enterrados en una cueva del Monasterio de Santa María la Real en Aguilar de Campoo, por tierras palentinas, convirtiéndose rápidamente en motivo de veneración y lugar de peregrinaje durante los siglos siguientes. Incluso el Emperador Carlos V la visitó en más de una ocasión. La última ocurrió en el año 1522, con motivo de su proclamación como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, visita que aprovechó para llevarse la legendaria espada del héroe palentino, que hoy se puede ver en la Armería del Palacio Real de Madrid.

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También en los orígenes del Monasterio de Santa María la Real se mezclan la historia y la leyenda, pues existe una en la que se afirma que su fundación se debe a dos eremitas burgaleses, los hermanos Opila y Alpidio, que habitaban en una ermita situada en las Hoces del Alto Ebro, muy cerca del pueblo de Tablada de Rudrón, quienes en una de sus correrías de caza por la zona, descubrieron las cuevas sobre las que posteriormente se levantó el monasterio.

La realidad es que las primeras noticias documentadas sobre el monasterio, que era una Abadía Premonstratenese en la que convivían “Frates y Sorores” (monjes y monjas),  proceden del “Cartulario de Aguilar” y datan de principios del siglo XI, aunque su construcción se prolongó durante casi un siglo, dándose por finalizado en el año 1169, en el que se finalizó la construcción de la iglesia.

Este Monasterio, que luego fue benedictino, está considerado como una de las muchas joyas del arte románico palentino. En la actualidad es la sede del “Centro de Estudios del Románico”,  aunque a lo largo de los siglos ha pasado por numerosas vicisitudes desfavorables y situaciones de total abandono, especialmente a raíz de la Desamortización de Mendizábal, abandono que continuó a pesar de que en el 1866 fuera declarado Monumento Nacional por uno de los últimos gobiernos de Isabel II. En el 1958 fue intervenido por la Dirección General de Bellas Artes, que se hizo cargo del mantenimiento y conservación del mismo hasta el 1958, aunque su definitiva restauración no se llevó a cabo hasta el año  1978, gracias fundamentalmente a la inestimable labor realizada por la “Asociación de Amigos del Monasterio de Aguilar”, entre los que se encontraba el famoso arquitecto cántabro “Peridis”. Dentro del recinto del Monasterio funciona una Escuela Taller, que se ocupa de continuar la labor conservadora, celebrar actos culturales y dar conferencias de carácter Histórico-Arqueológico. También está instalado un Instituto de Educación Secundaria y una Escuela de Idiomas. Además, ha sido declarado Bien de Interés Cultural (BIC), con la categoría de Monumento Histórico Artístico.

Las nuevas actividades que se desarrollan en el monasterio están coordinadas actualmente por la “Fundación Santa María la Real”, una fundación privada creada en el año 1994, formada por un grupo de profesionales dedicados a promocionar y dar a conocer no sólo el patrimonio y la riqueza artística de la Fundación “Santa María la Real”, sino también de todo el patrimonio histórico de la Comunidad Autónoma de Castilla y León, incluyendo sus monumentos, paisajes y personajes.

Una vasta pero interesante labor, que sin duda abrirá nuevos horizontes en el mundo cultural de Castilla y León, merecedora de toda clase de éxitos.

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De la supuesta tumba de Bernardo del Carpio no queda ningún resto, aunque aparece registrada en el “Diccionario Geográfico-Estadístico” que redactó Pascual Madoz en el año 1850. A principios del siglo XX, sin embargo, en su obra “Andanzas y Visiones Españolas”, Miguel de Unamuno nos habla de su estancia en Aguilar de Campoo y de su visita a la tumba en la cueva del Monasterio, en cuya lápida se leía el siguiente epitafio: “Aquí yace sepultado el noble y esforzado caballero Bernardo del Carpio………”, aunque también la califica de “ruina de la historia”, poniendo en duda su autenticidad.

Tampoco en la “Crónica del Monasterio” se menciona la existencia de dicha tumba, por lo que su pertenencia a la historia o la leyenda seguirá siendo un misterio.

Autor Paco Blanco, Barcelona noviembre del 2017

 

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POR EL CAMINO DE SANTIAGO: EL OBISPADO DE OCA. -Por Francisco Blanco.-.

En la ermita pre-románica de la Virgen de Oca, situada en las cercanías de la población burgalesa de Villafranca Montes de Oca, se puede contemplar una talla del siglo XII que representa la imagen de San Indalecio, discípulo de Santiago Apóstol, mártir y primer obispo de Auca, según una antigua tradición popular. También una antigua leyenda asegura que fue martirizado cerca de la citada ermita, y en el lugar en que se derramó su sangre apareció un manantial con sus aguas teñidas de rojo. Todo esto ocurriría hacia el siglo III de nuestra era.

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Actualmente el lugar se conoce como el Pozo de San Indalecio y en las piedras del fondo de su pileta todavía se aprecian unas pequeñas motas rojas, semejantes a gotas de sangre. La realidad puede ser que estas aguas son muy ricas en hierro y las motas pueden ser causadas por su oxidación, pero la leyenda sigue alimentando la devoción por San Indalecio y la Virgen de Oca, muy presente en las comarcas burgalesas de La Bureba y La Riojilla (1). Muy cerca del manantial se encuentran las fuentes del río Oca, cuyas aguas se embalsan un poco más adelante para abastecer a la comarca.

Es muy posible que los primeros pobladores de estas tierras fueran los autrigones, una de las tribus celtas que poblaron el norte de la península durante la Edad de Hierro; tenían como vecinos a los cántabros y los vascones por el norte, no muy amistosos por cierto, los caristios y los berones estaban por el este y los turmódigos por el sur; algunas de sus ciudades principales eran Tritium, Virovesca, Segisamunculum y Auca (2). Finalmente, el territorio autrigón acabó integrándose en la primitiva Bardulia, cuna de la futura Castilla, donde nació el castellano.

Los romanos también anduvieron por estas tierras, fortificando los pasos estratégicos para proteger a sus legiones en sus largas campañas por la península, especialmente en sus guerras contra los cántabros. Todavía se pueden ver restos de su presencia en los castros de Somoro y la Pedrera, a más de mil metros de altitud, situados en las márgenes derecha e izquierda del río Oca.

Hasta finales del siglo VI no se consolidó la presencia de los visigodos en Hispania, gracias, especialmente, a la política de reunificación llevada a cabo por el rey Leovigildo, que pretendía también implantar el arrianismo como religión oficial de la monarquía visigoda, a lo que se opuso su hijo y sucesor Hermenegildo, que se había convertido al cristianismo. Finalmente, tras un duro enfrentamiento entre padre e hijo, en el año 586 el trono pasa a poder de su otro hijo Recaredo, que conseguirá la unidad religiosa del reino visigodo teniendo como base el catolicismo.

Una de sus sedes episcopales se estableció en la Auca romana, que pasó a llamarse Oca.

El obispo Asterio estuvo presente en el III Concilio de Toledo del año 589 y también en el de Zaragoza del 592 y también en el IV Concilio de Toledo del 597. Firmaba como “Asterias Aucensis Ecclesiae Episcopus suscripsi”. Otros obispos de Oca, que también estuvieron presentes en los sucesivos concilios toledanos, fueron Amamungo (589-597); Litorio (649-656); Stercopio (675-688) y por último Constantino, que estuvo presente en XVI Concilio de Toledo del año 693, firmando como “Constantinus Aucensis Sedis Episcopus subscripsi”. Después se produjo la invasión musulmana que se apoderó rápidamente de la zona, quedando la sede episcopal de Oca abandonada durante un largo periodo de tiempo.

Es de destacar que durante este periodo de ocupación musulmana, en el mes de abril del año 759, en plena ebullición del poder de los árabes, en un lugar cercano a Oca, situado entre los actuales pueblos de Pradoluengo y Belorado, se crea el Monasterio de San Miguel de Pedroso, uno de los primeros conventos femeninos de España. En él se instalaron 28 religiosas presididas por su Abadesa, Doña Nonna Bella, que también fue su fundadora, que además aportó a la comunidad un molino de su propiedad. Por entonces, en Asturias reinaba Fruela I y en la carta fundacional del Monasterio se menciona al obispo Valentín, pero sin hacer referencia a su sede episcopal. Entre los años 1028 y 1035 fue abadesa del Monasterio Doña Mayor García de Castilla, la cuarta de las hijas de los Condes de Castilla García Fernández, “el de las manos blancas” y su esposa Ava de Ribagorza. Esta abadesa, que anteriormente había estado casada con Ramón IV, Conde del Pallars Subirá, que la repudió, posiblemente por razones de parentesco, además de gobernar el Monasterio tuvo parte activa en la corte navarra de su cuñado, el rey Sancho III, al que apoyó en su política anexionista.

Este Monasterio, actualmente desaparecido salvo algún trozo de la tapia, siguió siendo femenino hasta el año 1041 en el que desaparecieron las monjas y el rey García Sánchez III de Navarra, que se había apoderado del Condado de Castilla tras el asesinato en León de su sobrino, el conde García Sánchez, lo donó al Monasterio de San Millán de la Cogolla, que le puso a cargo de un Prior.

El pueblo de Oca fue  reconquistado a finales del siglo IX por el conde de Castilla Diego Rodríguez Porcelos (3), al parecer por orden del monarca asturiano Alfonso III. De nuevo en poder de los cristianos, la sede episcopal de Oca fue restaurada en la actual localidad de Villafranca Montes de Oca. Esta restauración se llevó a cabo entre los años 873 y 880, aunque en el Cartulario de San Millán de la Cogolla aparecen unos documentos con fechas anteriores, referidas a los años 863, 864 y 869 que, a juicio de algunos historiadores están antedatados, pues ninguno de ellos lleva la confirmación ni del Rey asturiano ni del Conde castellano. Sí que aparece la firma del obispo Sancho, que es muy posible fuera el primer obispo de la sede restaurada (4).

Según la “Crónica Najerense”, el 31 de enero del año 885, el conde Diego Rodriguez Porcelos cayó asesinado en la localidad burebana de Cornuta, la actual Cornudilla, al parecer a manos de varios miembros de la poderosa familia navarra de los Banu Qasi. Sus restos, según la tradición, fueron enterrados en el Monasterio románico  de San Felices de Oca, que él mismo fundara en Villafranca Montes de Oca y al que concedió numerosos privilegios y donó diversas iglesias y heredades que quedaron bajo su jurisdicción, llegando a alcanzar cierta prosperidad en la comarca. En el año 1049 el anteriormente citado rey de Navarra, García Sánchez III, hizo también donación de este Monasterio a los monjes de San Millán de la Cogolla. Estaba situado al nordeste de Villafranca, en pleno Camino de Santiago, pero actualmente tan sólo quedan unos pobres vestigios arquitectónicos de lo que fue. Después de la muerte del monarca navarro Sancho Garcés III, estos territorios siguieron perteneciendo a Navarra, hasta que, como consecuencia de la batalla de Atapuerca, en la que resultó vencedor el Conde de Castilla, Fernando I, fueron recuperados para el Condado castellano.

Durante los siglos IX y X, hasta el año 1075, ya en el siglo XI, en el Condado de Castilla coexistirán las sedes episcopales de Oca, Valpuesta, Amaya, Oña, Muñó, Sasamón y Gamonal, a partir de este año, por decisión del rey Alfonso VI, la sede de Burgos se convertirá en hegemónica, desapareciendo las restantes, Simeón, el último obispo de Oca, pasó a hacerse cargo de la diócesis de Burgos. El traslado fue aprobado en el 1095 por el papa Urbano II.

Como dato curioso cabe añadir que el obispado de Oca siguió siendo un título honorífico y uno de sus últimos titulares, entre el 1992 y el 1998, fue el Arzobispo de Buenos Aires Jorge Bergoglio, posteriormente elegido Papa de Roma con el nombre de Francisco, se supone que para honrar a Francisco de Asís, un santo que también estuvo por estas tierras burgalesas.

Domingo García y Juan de Ortega, dos santos burgaleses nacidos respectivamente en Viloria de Rioja y Quintanaortuño, los años 1019 y 1081, fueron dos grandes impulsores de lo que se conoce como el Camino de Santiago burgalés, por el que desfilaba una multitud de peregrinos, procedentes del otro lado de los Pirinéos, que tenían que cruzar el Ebro, ya en tierras del Condado de Castilla, para continuar su devoto peregrinaje hacia la tumba del Apóstol, recién descubierta en tierras gallegas.

Villafranca Montes de Oca, por su situación estratégica era paso obligado, pero complicado y peligroso, para los numerosos peregrinos procedentes de la riojana localidad de Santo Domingo de la Calzada con destino a Burgos, que tenían que atravesarlo, al ser la intrincada y boscosa sierra de los Montes de Oca un lugar solitario, refugio de bandoleros y salteadores de caminos, dispuestos a apoderarse de los escasos bienes que portaban consigo. El nombre de Villafranca se debe a las numerosas franquicias y privilegios reales que se tuvieron que conceder a sus habitantes, entre los que había muchos francos, para consolidar su permanencia en la población.

Los reyes Alfonso VI y Alfonso X fueron, a su vez, grandes protectores de este tramo del Camino e Santiago. El primero, después de apoderarse de La Rioja en el 1076, donó para la construcción del camino numerosas propiedades, depositando toda su confianza en el burgalés Domingo García, que ya había llevado a cabo una intensa tarea de colonización y reconstrucción de lo que después se llamó Santo Domingo de la Calzada. Domingo, con la posterior ayuda de Juan de Ortega, taló bosques, roturó tierras, tendió nuevos puentes, sustituyendo los de madera por otros de piedra, iniciando también la construcción de una nueva calzada  entre la riojana Nájera y la burgalesa Redecilla del Camino, que se convirtió en la ruta principal del Camino. También se ocuparon los dos santos burgaleses de mejorar  las condiciones de los peregrinos, creando alberges y hospitales a lo largo de la nueva Ruta Jacobea, que proporcionaron mucha más seguridad a los indefensos caminantes. A partir de aquí, Villafranca se convirtió en parada obligatoria para los peregrinos y sitio de descanso antes de emprender la escabrosa travesía de los Montes de Oca, que concluía después de atravesar el duro puerto de la Pedraja con sus 1130 metros de altitud.

En el 1283, el rey de Castilla Alfonso X, a instancia de su esposa Doña Violante de Aragón, mando construir el Hospital de Valdefuente y la iglesia de la Magdalena, destinados a la acogida de peregrinos. Actualmente ambos están totalmente desaparecidos, salvo algunos restos del ábside de  la iglesia. Unos cien años más tarde, en el 1380, se fundó el Hospital de San Antonio Abad, esta vez gracias al mecenazgo de Doña Juana Manuel, reina consorte de Castilla al estar casada con Enrique II, el primer rey de la Casa Trastamara,  conocido como el de la Mercedes, por los muchos favores que tuvo que hacer a los que le ayudaron a ceñirse la corona de Castilla, también fue un gran benefactor de Burgos y otras poblaciones, como Frías, a la que concedió el rango de ciudad. El Hospital de San Antonio Abad fue reformado durante los siglos XV y XVI, y fue siempre una institución consagrada al servicio de los peregrinos que hasta él llegaban. En la actualidad sigue funcionando como albergue de peregrinos.

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Actualmente, en Villafranca Montes de Oca se levanta la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, un templo renacentista del siglo XVIII, en cuyo interior se venera una imagen del Apóstol con un relicario sobre el pecho. Como pila bautismal se utiliza una gran vieira traída de Filipinas.

La oca, el ánsar, el ganso, el pato, son diferentes aves acuáticas cuyas imágenes fueron muy utilizadas como elementos decorativos por canteros y constructores del arte románico, en especial del románico que configura la Ruta Jacobea, apareciendo grabadas principalmente en los sillares de iglesias, ermitas y monasterios, como si fueran la firma de sus autores, o bien una esotérica simbología del misterio del Camino, que encerraba unos valores espirituales totalmente desconocidos hasta entonces. Esta simbología aparece repetidamente por la cuenca del Oja, los Montes de Oca, Tardajos, Castrojeriz, la Sierra de Ancares, como si fuera un juego de la oca, en el que los peregrinos se veían obligados a participar.

El Villafranca Montes de Oca de hoy es un pueblo tranquilo con apenas 500 habitantes, paso obligado entre Santo Domingo de la Calzada y Burgos, en pleno Camino de Santiago, que pertenece al Partido judicial de Belorado, otro pueblo de la Ruta.

NOTAS

  • Actualmente La Riojilla Burgalesa es una mancomunidad integrada por ocho municipios de la zona: Bascuñana, Castildelgado, Fresneña, Ibrillos, Redecilla del Campo, Redecilla del Camino, San Vicente del Valle y Viloria de Rioja. La sede se encuentra en Castildelgado y el objetivo principal de la agrupación es la gestión común del abastecimiento de agua a la zona.
  • Actualmente son Monasterio de Rodilla, Briviesca, Cerezo de Río Tirón y Villafranca Montes de Oca.
  • Diego Rodríguez era hijo del primer conde de Castilla D. Rodrigo. Fue Conde de Castilla entre el 873 y el 885. En el 884 fundó la ciudad de Burgos.
  • Para D. Gonzalo Martínez Díaz los documentos de San Millán son falsos, mientras que Fray Justo Pérez de Urbel los considera auténticos.

Autor Paco Blanco, Barcelona junio 2017

POR EL VALLE DEL EBRO: FRÍAS -Por Francisco Blanco-.

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La espectacular y un poco fantasmagórica silueta del castillo de  Frías, erigido en lo alto del cerro de La Muela, se dibuja en el horizonte desde muy lejos. Se trata de un castillo roquero del que hay documentación desde mediados del siglo IX, aunque los restos actuales son de finales del siglo XII y principios del XIII, durante el reinado de Alfonso VIII, pasando a formar parte de una línea defensiva de castillos que defendían al incipiente reino de Castilla no solo de las aceifas musulmanas, sino también de los belicosos navarros, que aspiraban a incrementar su territorio.

De hecho, tras el asesinato en León del conde de Castilla García Sánchez, ocurrido en el año 1028, el rey navarro, Sancho Garcés III el Mayor, pasó a regir el Condado castellano, al estar casado con Doña Muniadona, hermana mayor del conde asesinado. Tras la batalla de Atapuerca en el  1054, los territorios anexionados, entre los que se encontraba Frías, fueron recuperados por el conde Fernando Sánchez, su segundo hijo, que acabaría siendo rey de León y de Castilla. A pesar de esta reunificación, las discrepancias y los enfrentamientos entre los reinos de Navarra y de Castilla se prolongaron durante los siglos siguientes. La línea defensiva castellana se completaba con los castillos de Santa Gadea, Tedeja y Petralata, además del consolidado y reforzado castillo de Pancorbo. Del castillo de Frías destaca su imponente torre del Homenaje,  y en los restos de sus fachadas se pueden ver ventanas ojivales decoradas con capiteles románicos, también quedan restos de una muralla almenada. A lo largo de su historia, la torre del homenaje ha sufrido tres derrumbamientos parciales, el último y más grave fue el de 1830, que causó 30 víctimas mortales, según parece, la causa de este derrumbe hay que achacarla a la estancia de las tropas francesas en Frías durante la invasión napoleónica, en la que se hicieron algunas voladuras que afectaron seriamente su estructura.

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La fundación de Frías se remonta al año 867, como señalan algunos documentos, coincidiendo con la repoblación de estas tierras llevada a cabo por Alfonso III de Asturias. Su primitivo nombre era Aguas Frías, seguramente por encontrarse prácticamente a orillas del Ebro. De esta época se conservan algunos sepulcros rupestres por las cercanías de la iglesia parroquial de San Vicente, en cuyos terrenos se hallaba situado el cementerio. Esta iglesia de San Vicente, situada en la zona este del cerro, debajo del castillo, es un templo gótico construido entre los siglos XIII y XIV, con tres naves góticas y dos capillas laterales, la del Cristo de las Tentaciones, del siglo XIV y la de la Visitación, del siglo XVI. Su portada fue trasladada a principios del siglo XX al Museo de Claustros de Nueva York. Se desplomó en el 1906 y se reconstruyó mediante una amalgama de estilos arquitectónicos.  También se pueden ver la portada de la iglesia de San Vitores, de la misma época y los conventos de Santa María del Vadillo, del siglo XIII, de estilo gótico con posteriores elementos renacentistas, que también cumplía las funciones de Hospital, y el de San Francisco, del XIV.

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Los primeros fueros de Frías fueron concedidos en el siglo XII por el rey castellano Alfonso VIII, verdadero impulsor durante su largo reinado del desarrollo militar y económico de la zona del Alto Ebro y las Merindades, otorgando también fueros y privilegios a otras villas cercanas, como Miranda de Ebro, Trespaderne, Medina de Pomar o Villarcayo. Fue también el creador de la Merindad Mayor de Castilla la Vieja, lo que supuso una mayor descentralización administrativa y política de un extenso territorio que llegaba desde Santoña y Laredo hasta Álava y La Rioja, cuyos antiguos y caducos alfoces comenzaron a tener una mayor autonomía, que favoreció notablemente su modernización y desarrollo, alcanzando sus campesinos la condición de “hombres libres”. Este crecimiento demográfico y geográfico contó con la declarada oposición no solo del rey navarro Sancho VII el Fuerte, sino también del cercano Monasterio de Oña, que veía peligrar sus numerosos privilegios, con el que entabló varios pleitos, la mayoría de los cuales se resolvieron a favor del monasterio, al que Frías tuvo que ceder varios lugares que estaban bajo su jurisdicción; también tuvo la oposición de un hombre de su plena confianza, el tenente de La Bureba  don Diego López de Haro el Bueno, a quien en el año 1204 reconoció como Señor de Vizcaya, pasando a ser este territorio patrimonio hereditario de la familia López de Haro.

En el siglo XIV Frías pierde su jurisdicción de realengo, pasando a convertirse en Señorío de los Velasco, que se aposentaron en su castillo y comenzaron a exigir el pago de nuevos impuestos. El pueblo se divide en dos barrios, el de arriba, apiñado bajo el castillo, con sus pintorescas casas colgantes orientadas al sur, en las que, según cuentan, existía un pasadizo subterráneo que permitía a sus moradores defenderse o escapar de sus posibles atacantes. El de abajo, más cómodo y resguardado de las inclemencias climáticas, fue el lugar de acomodo de loa numerosos forasteros que iban llegando, entre los que se encontraba un buen número de judíos, tal como aparece reflejado en el cartulario de Santa María del Vadillo. En este barrio se levantó la iglesia de San Vitores, que se hundió a principios del siglo XIX, fue reconstruida a mediados de siglo, recuperando sus funciones de parroquia con el nuevo nombre de la Purísima Concepción, del templo primitivo  tan sólo se conserva su bella portada sur de un sobrio estilo gótico.

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Los Velasco dividieron la Merindad Mayor de Castilla la Vieja en 8 merindades menores, cuyos merinos y alcaides nombraban los mismos Duques, convirtiéndose Frías en la capital del Valle de Tobalina, integrado por 45 aldeas, manteniendo esta capitalidad hasta el año 1728, que pasa a Quintana Martín Galíndez, quedándose Frías únicamente con Tobera y Quintanaseca.

El abuso de poder, la pérdida de sus privilegios y la subida de impuestos, especialmente en el cerro de La Muela, practicado por los Velasco, provocaron la unánime protesta popular contra el despotismo abusivo de los Duques, reclamando la supresión de tantos impuestos y la recuperación de su anterior status de realengo, pero sin conseguir que los Duques atendieran ninguna de sus reclamaciones. Actualmente, para conmemorar este alzamiento popular se celebra la conocida como “Fiesta del Capitán” (1). Hasta principios del siglo XIX Frías no recuperó los antiguos fueros municipales que le concediera Alfonso VIII en el año 1202, cuyo artículo primero decía lo siguiente: “Sea notorio y manifiesto a los presentes y futuros cómo yo, Alfonso, por la gracia de Dios rey de Castilla y Toledo, junto con mi mujer la reina Leonor y con mi hijo Fernando, doy y concedo a vosotros el concejo de Frías, presente y futuro, el fuero de Logroño para que perpetuamente lo tengáis”.

A mediados del siglo XIV, Frías participó de forma activa en la lucha fratricida por el trono de Castilla, que se desató entre el rey Pedro I de la casa de Borgoña, que había nacido en Burgos en el 1334, y sus hermanastros los Trastamara, encabezados por su primogénito Enrique, conde de Noreña. Unas veces tomó bando por el rey y otras por su oponente. La contienda finalizó el 14 de marzo del 1369 en la batalla de Montiel, en la que el Trastamara dio muerte con sus propias manos a su hermanastro el rey Pedro I, proclamándose, acto seguido, nuevo rey de Castilla con el nombre de Enrique II el de las Mercedes, también conocido como el Fratricida. De esta forma se instalaba en el trono de Castilla la dinastía de los Trastamara, que lo conservó hasta la llegada de los Austrias, unos siglos después.

Enrique II tuvo que enfrentarse en primer lugar a la reconstrucción del país, asolado y empobrecido por la larga guerra civil, para lo cual empezó por fortalecer las economías de las grandes familias, entre las que se encontraban los Velasco, para ganarse el apoyo de la alta nobleza, a la que colmó de donaciones, rentas y privilegios, conocidos como las “mercedes enriqueñas”. Naturalmente, para realizar tantas concesiones tuvo que convocar Cortes en varias ocasiones, en Burgos las reunió en el 1373 y el 1377, en las que tuvo que solicitar la ayuda económica del resto de los estamentos de la nación. También estableció alianzas matrimoniales entre sus hijos y los de los reyes de Navarra, Aragón y Portugal, dando paso a un periodo de paz que también favoreció el resurgimiento económico del reino.

A su muerte, ocurrida de forma repentina en Santo Domingo de la Calzada el 29 de mayo del 1379, le sucedió su hijo Juan I.

También en el siglo XIV, sobre los restos de un puente romano que unía las dos orillas del Ebro, se levanta un monumental puente medieval, en cuyo centro se yergue una majestuosa torre defensiva, destinada no sólo a su defensa, sino también a efectuar el cobro del portazgo, un impuesto que afectaba a todas las personas que lo cruzaban y a las mercancías que transportaban. Tiene 143 metros de longitud y es uno de los principales pasos para acceder de la meseta a Cantabria y al País Vasco.

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En el año 1435 otro rey Trastamara, D. Juan II, que también fue un gran protector de la ciudad de Burgos, donde está enterrado, concede a Frías el título honorífico de ciudad, convirtiéndola en la más pequeña del reino, aunque tal vez sea la más pintoresca. Fue este monarca quien nombró señor de Frías a D. Pedro Fernández de Velasco, Conde de Haro, de quien se decía “un rico hombre que decían Don Velasco” .En el año 1473 el rey Enrique IV nombra Condestable de Castilla a D. Pedro Fernández de Velasco, título que pasa a ser hereditario hasta su extinción en el siglo XVIII, con motivo de “La Guerra de Sucesión española, siendo el último Condestable de Castilla D. José Fernández de Velasco y Tovar. En el 1492 los Reyes Católicos confirmaron a la ciudad de Frías todos los fueros que tenía concedidos y conceden a los Velasco el Ducado de Frías (2), confirmándoles como una de las familias más influyentes y poderosas del reino. El tercer duque de Frías, D. Iñigo Fernández de Velasco y Mendoza, durante la Guerra de los Comuneros que mantuvo Carlos I con los Comuneros castellanos, estaba al frente de los ejércitos realistas en la célebre y decisiva batalla de Aralar, que tuvo lugar el 23 de abril del 1521.

El poderío de los Velasco llegó a ser tan grande que fue reflejado en una popular coplilla:

“Antes que Dios fuera Dios

y los peñascos peñascos,

los Quirós eran Quirós

y los Velsaco Velaso” 

A partir del siglo XVIII, con la llegada de los Borbones al trono de España, comienzan a gobernar los llamados “Ilustrados”, que intentan llevar a cabo reformas políticas, económicas, sociales y administrativas, como las llevadas a cabo por el marqués de la Ensenada y el conde de Floridablanca, en cuyo censo del 1789 Frías y sus barrios de Tobera y  Quintanaseca se incluyen dentro del Partido de Castilla la Vieja, en la lista de “pueblos solos”, sometido al señorío secular del Duque de Frías. Ya en el siglo XIX, durante la invasión napoleónica y el reinado de José I Bonaparte, el XIII Duque de Frías, Diego Fernández de Velasco y Pacheco fue un destacado afrancesado, que llegó a ocupar el cargo de Mayordomo mayor del rey intruso, participando activamente en la redacción de la Constitución de Bayona del 1808. Con la derrota de los franceses tuvo que exilarse a París. Le sucedió su hijo Bernardino Fernández de Velasco Enriquez de Guzmán, XIV Duque de Frías, que en el 1808 estaba destinado en Portugal como teniente del ejército francés, pero al estallar la Guerra de la Independencia desertó para unirse a la resistencia española. Con Fernando VII fue consejero de Estado y embajador en Londres.

Con el fin del “Antiguo Régimen” Frías se convierte en Ayuntamiento constitucional, perteneciente al partido judicial de Briviesca, provincia de Burgos, en la región de Castilla la Vieja. Actualmente el título de XIX Duque de Frías lo ostenta D. Francisco de Borja y Moreno-Santamaría, junto con los de XX Duque de Escalona, XXI Marqués de Villena y XXIII Conde de Haro. Actualmente, D. Francisco de Borja Soto y Moreno- Santamaría es el XIX duque de Frías, XX duque de Escalona, XXI marqués de Villena y XXIII conde Haro.

A menos de un kilómetro de Frías se encuentra el pequeño núcleo urbano de Tobera, en el que se levanta, tallada en la roca y rodeada por un macizo farallón rocoso de frondosa vegetación, la ermita gótica de Santa María de la Hoz, del siglo XIII, lugar de peregrinaje en cuya balconada posterior se albergaban los peregrinos, a sus pies el Santuario del Cristo de los Remedios, barroco del siglo XVIII y  lugar de oración y recogimiento, que guarda en su interior una talla de Cristo Crucificado. Este Santuario da paso a un pequeño puente medieval sobre el río Molinar, cuyo curso, después de servir de lavadero hasta época muy reciente, acaba formando un profundo desfiladero en los Montes Obarenes, cuyas aguas acaban despeñándose en el Ebro, formando una espectacular y torrencial cascada.

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Todo este conjunto, enmarcado en un entorno espectacular y agreste, forman un paisaje de una belleza difícil de describir, que los viajeros que hayan tenido el privilegio de visitar, tardarán mucho tiempo en olvidar.

Para los viajeros que quieran descansar, disfrutar del paisaje y también de la excelente gastronomía de la zona, está disponible la “Posada Rural de las Merindades”, con auténtico sabor medieval.

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Quintanaseca es el otro núcleo urbano de Frías, situado a orillas del Ebro, dista un kilómetro y medio del casco urbano de Frías y se llega por una carretera que bordea el macizo montañoso, en medio de un espectacular paisaje de rocas, árboles como el boj y el roble, todo en medio de una exuberante vegetación. De la transparente y fresca agua que mana de su fuente se dice que “sabiéndola beber, sabe a vino”. Fue fundado por Alfonso VIII en el siglo XIII.

En la actualidad el núcleo urbano de la ciudad ha sido declarado “Conjunto Histórico Artístico”. Administrativamente, Frías es la cabecera de un municipio que pertenece al partido judicial de Villarcayo, dentro de la comarca de las Merindades, tiene 3 núcleos de población: Frías, Tobera y Quintanaseca en los que viven unos 300 habitantes. Está gobernada por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

NOTAS

  • La Fiesta del Capitán se celebra el 24 de junio para conmemorar la rebelión del pueblo de Frías contra el abuso del poder feudal de los Velasco, Duques de Frías. En esta fiesta se elige un capitán que recorre las calles ondeando una bandera y acompañado por un grupo de danzantes.

(2)       El primer Duque de Frías, título creado por los Reyes Católicos en el 1492, fue

 Bernardino de Velasco y Mendoza (1454-1512), que también era III Conde de Haro y Condestable de Castilla.

Autor Paco Blanco, Barcelona, agosto 2017

POR LA CUENCA DEL EBRO-EL CONDADO DE TREVIÑO Y LA PUEBLA DE ARGANZÓN. -Por Francisco Blanco-.

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La Llanada Alavesa es una comarca formada por una sucesión de valles y llanuras regadas por el río Zadorra, afluente del Ebro por su margen izquierdo, que administrativamente está dividida en dos sub-comarcas, la Cuadrilla de Vitoria, en la parte occidental y la Cuadrilla de Salvatierra en la parte oriental. En la parte occidental se encuentra Vitoria, la capital, y también el enclave jurisdiccional de Treviño, perteneciente geográficamente a la provincia de Vitoria y administrativamente a la provincia de Burgos, formado por los municipios de Condado de Treviño y La Puebla de Arganzón, en un territorio con una extensión aproximada de 30 kilómetros de largo y 15 de largo, atravesado de este a oeste por el río Ayuda, antes de desembocar en el Zadorra, afluente del Ebro. En el “Cartulario de San Millán de la Cogolla” existen unos documentos del siglo XI, conocidos como la “Reja de San Millán”, en los que se describe detalladamente la toponimia alavesa y la aparición de los primeros núcleos de población.

Se trata de un lugar cuyos orígenes se remontan a la Prehistoria y por cuya historia, desde la más remota antigüedad, han desfilado numerosos pueblos y culturas, provocando trascendentales acontecimientos, sobre los que caben muchas conjeturas, que han  dado pie a numerosas interpretaciones, muchas de ellas todavía de actualidad.

En la pedanía burgalesa de Laño, perteneciente al Condado de Treviño y situada en un terreno pantanoso, según recientes estudios e investigaciones arqueológicas, hace unos 65 millones de años estaba habitada por hadrosaurios, una especie de dinosaurios bípedos, con forma de lagartos gigantes, que llegaban a alcanzar los siete metros de longitud, una altura de cuatro metros y un peso de siete toneladas, que caminaban sobre sus patas traseras y utilizaban las delanteras para alimentarse, principalmente de las hojas de los árboles, que debían ser muy abundantes. Naturalmente, cuando se acabaron los árboles también desaparecieron estos simpáticos hadrosaurios.

Estas tierras también estuvieron habitadas por alguno de los pueblos celtas que poblaron el norte peninsular, como los autrigones, los caristios y los várdulos, de hecho, el nombre de Treviño es posible que derive del vocablo celta “Trifinium”, que significa “tres límites”. También estas tierras fueron romanizadas y es posible que estuvieran dentro del área de influencia de la importante ciudad romana de Iruña-Veleia (Iruña de Oca), que llegó a tener 10.000 habitantes. En la actualidad se conservan los yacimientos arqueológicos de Argote, Torre, Burgueta y Araico.

Los romanos fueron desplazados por la invasión de los pueblos bárbaros, siendo los godos los que les sustituyeron como invasores de la Península Ibérica, dando paso a un periodo en el que predominó la inestabilidad y la confusión, tanto militar, como política y religiosa. La población de origen celtíbero fue sustituida por vascones y navarros, que implantaron un nuevo modo de vida.

El incremento de la población empezó a adquirir importancia durante la Alta Edad Media, en la que fueron llegando eremitas que se instalaron en cuevas o eremitorios, muy abundantes por la zona, a vivir en soledad dedicados, principalmente, a la meditación religiosa. Tras estos eremitas, a partir del siglo VII, empezaron a  llegar familias dispuestas a establecerse en la zona, construyendo sus viviendas u ocupando las numerosas cuevas existentes, que también se utilizaron como graneros y almacenes para guardar cereales y alimentos, lo que dio paso a la aparición de pequeños núcleos de población, lo que, a su vez, provocó que algunos de los cenobios existentes se convirtieran en ermitas, monasterios o iglesias, que  rápidamente pasaron a ser  los centros espirituales de las nuevas poblaciones.

Casos destacables son los eremitorios de Santorcaria y Las Gobas, separados por el río Laño y construidos entre los siglos VI y VIII, en el primero se han localizado 18 eremitorios, alguno de los cuales son visitables, y en el segundo 13. Todas estas cuevas fueron declaradas Conjunto Arqueológico en 1978.

En la pequeña pedanía de Laño se sigue manteniendo una antigua tradición popular, según la cual una de las cuevas sigue habitada por la Zumba de oro, una especie de cencerro de oro, que en las noches de tormenta se pone a sonar para guiar a los caminantes hacia el pueblo.

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El año 801, con los árabes ocupando un amplio territorio peninsular y el emirato de Córdoba en pleno apogeo, el emir cordobés Al-Hakam I puso a su hijo Muawiya ibn al-Hakan al frente de un poderoso y bien preparado ejército, con el objetivo de que atravesaran el Ebro y realizaran una aceifa de castigo por los territorios que actualmente corresponderían a las provincias de Álava y Burgos. Estaban en la época del Ramadán, correspondiente a los meses de setiembre y octubre.

La tropas invasoras, siguiendo el curso del Zadorra, afluente del Ebro, quisieron atravesar el paso de las Conchas de Arganzón, donde fueron víctimas de una emboscada que les causó un gran número de bajas y les obligó a retroceder y emprender el camino de regreso a Córdoba. Las tropas emboscadas estaban acaudilladas por un jefe de nombre Belasio, y estaban formadas por los vascones que habían bajado a poblar aquellas tierras, algún navarro y un grupo de castellanos al mando de un tal Lope Sancho.

Años más tarde, hacia el 867, aproximadamente un año después de subir al trono, el rey de Asturias, Alfonso III el Magno, nombró a su tío el conde Rodrigo (1), al que ya había nombrado primer conde de Castilla, conde Álava, asignándole el dominio sobre un territorio que comprendía el centro y el este de la actual provincia de Álava, que por el norte y el oeste limitaba con los condados de Cerezo y Lantarón. Con este nombramiento, el rey astur buscaba reforzar militarmente, levantando castillos defensivos, un territorio que quería repoblar, perteneciente al reino asturiano, que había sido frecuentemente invadido y saqueado, no solamente por los árabes, sino también por la familia muladí de los Banu Qasi, que dominaban la ribera navarra del Ebro. Una de estas fortalezas fue la de San Fornerio en Pangua y otra en el  mismo Treviño, a pesar de que la villa aun no había sido fundada. A pesar de la existencia de esta línea defensiva, en el año 924 el califa cordobés Abd-Al-Rhamann III llevó a cabo otra terrible razia que devastó y asoló este territorio, llegando incluso hasta Pamplona. Finalmente, en el año 931, el conde burgalés Fernán González (2) integró los condados de Cerezo, Lantarón, Álava, Lara y Burgos en el Condado de Castilla, perteneciente al reino de León, que acabaría declarándose independiente, convirtiéndose más tarde en el Reino de Castilla. Álvaro Herrámeliz, conde de Lantarón y de Álava, fue el último Conde de Álava, a su muerte, ocurrida en el 931, el título de Conde de Álava se siguió ostentando como un título de carácter honorífico-militar, generalmente asociado con la tenencia de algún castillo de la zona.

En el año 1150 fallecía el rey de Pamplona García Ramírez, también llamado “El Restaurador”, por haber logrado consolidar el reino pamplonés, que había estado a punto de ser anexionado por el vecino reino de Aragón. Era hijo de Ramiro Sánchez, señor de Monzón, y de Cristina Rodríguez, una de las dos hijas del Cid y doña Jimena. Además, en segundas nupcias se había casado con Urraca Alfonso, conocida como “la Asturiana”, hija ilegítima del rey de León y Castilla, Alfonso VII. Este Rey castellano que se auto-llamaba el Emperador después de hacerse coronar en la catedral de León como ”Imperator totius Hispaniae”, también fue el primer monarca de la Casa de Borgoña; a pesar del parentesco que les unía, mantuvo con García Ramírez unas difíciles relaciones en las que los conflictos y las desavenencia tuvieron una presencia casi constante, con la participación activa, unas veces a favor del rey leonés, otras a favor del rey pamplonés, tanto del rey de Aragón Ramiro II el Monje, como del conde de Barcelona Ramón Berenguer IV. Su sucesor fue su primogénito Sancho VI, apodado el Sabio, que convirtió el reino de Pamplona en el reino de Navarra y emprendió una política de expansión territorial, pero continuando sus conflictivas relaciones con su vecino Alfonso VII, a pesar de ser cuñados, pues había casado a su hermana Blanca con el infante Sancho, primogénito de Alfonso VII y futuro Sancho III de Castilla. A este parentesco hay que añadir su matrimonio con la infanta Blanca de Castilla, hija de Alfonso VII. La boda se celebró en Carrión de los Condes en el mes de junio del 1157, poco antes de la muerte del emperador, acaecida durante el siguiente mes de agosto en el Viso de Marqués (Ciudad Real).

El nuevo rey de Castilla, Sancho III el Deseado, también era cuñado del rey navarro, pues en el 1151 se había casado en Calahorra con su hermana Blanca Garcés. Su reinado se puede calificar de efímero, pues fallecía en Toledo el 31 de agosto del 1158, dejando como sucesor  su hijo Alfonso, de tan sólo tres años de edad. La regencia de Castilla pasó a manos de dos poderosas familias rivales: Los Lara y los Castro, que se enzarzaron en una lucha por el poder que degeneró en guerra civil.

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Sancho VI aprovechó el vacío de poder que la rivalidad de estas dos familias creó en Castilla para sacar provecho de la situación, liberándose del compromiso de vasallaje adquirido con Alfonso VII y apoderándose de Logroño y de otros territorios de la Llanada Alavesa, fundando en el 1161 la villa de Treviño, a la que siguió, en el 1191, la de La Puebla de Arganzón, que permanecieron en poder de los navarros hasta el año 1199. También, en el 1181, sobre el primitivo poblado de Gasteiz fundó Nueva Victoria, la actual ciudad de Vitoria. Hasta su muerte, ocurrida el 27 de junio del 1194, Sancho VI de Navarra mantuvo un duro y tenaz enfrentamiento con Castilla, tanto durante el reinado de Alfonso VII, como en el posterior de su nieto Alfonso VIII, que subió al trono en el 1172, llegando a invadir militarmente en más de una ocasión las tierras de Castilla. Le sucedió en el trono navarro su hijo, Sancho VII el Fuerte, quien, a pesar de ser primo de Alfonso VIII, continuó la política de hostilidad hacia Castilla practicada por su padre. Finalmente, tras los últimos choques armados entre los dos reinos, que se decantaron a favor de los castellanos, la recuperación de estos territorios por el reino de Castilla la realizó el rey castellano Alfonso VIII después de la llamada Campaña de Álava, que tuvo lugar entre los años 1199 y 1200, anexionándose Guipúzcoa, Álava y, por trueque, lo que es el actual Condado de Treviño. A pesar de estas discrepancias, en el año 1212 Alfonso VIII, Sancho VII y Pedro II de Aragón organizaron una cruzada contra los almohades, que acabó con la célebre victoria de las Navas de Tolosa.

En el 1254 Alfonso X de Castilla, llamado el Sabio, concede fueros a Treviño, que empieza a ser conocido como  Treviño de Uda, con jurisdicción de realengo, por lo que dependía, al igual que Vitoria, únicamente de la autoridad del monarca castellano, lo que propicia el comienzo de una época de progreso y bonanza económica, con un notable incremento de la población y la construcción de numerosas casas, palacios, ermitas e iglesias románicas, algunas de las cuales todavía se conservan. Estos fueros fueron confirmados el año 1302 por el rey Fernando IV de Castilla. También, por la cuenca del Zadorra y su afluente el Ayuda, fueron apareciendo nuevos pueblos como Ozana, Muergas, Cucho, Villanueva de Tobera o Zubitu.

En el año 1366 el rey de Castilla, Enrique II el de las Mercedes, primer monarca de la Casa Trastamara, tal vez en compensación a las ayudas recibidas para sentarse en el trono castellano, nombró a D. Pedro Manrique de Lara, que ya era su Adelantado Mayor, señor de Treviño, con lo que la villa pasó a tener jurisdicción de señorío, correspondiendo a los Manrique de Lara los privilegios de recaudar impuestos, administrar justicia y nombrar los alcaldes pedáneos. Fue D. Diego Manrique de Lara quien, en el 1453, durante el reinado de Juan II de Castilla, convierte el Señorío de Treviño en Condado, título confirmado por los Reyes Católicos en 1482, al que se añadió el de Duque de Nájera, concedido personalmente por la reina Isabel I a D. Pedro Manrique de Lara y Sandoval, II conde de Treviño, como recompensa por sus servicios y lealtad  a la corona: Acatando los muchos e buenos e grandes e leales e señalados servicios que nos habedes fecho e facedes cada día”

En el nuevo condado se inicia una nueva etapa de prosperidad económica, debido principalmente a que en el 1458 los condes D. Pedro Manrique y su esposa Doña María de Sandoval, liberaron a los treviñeses del gravoso impuesto llamado “moyos y cerraduras de sus montes”, de nada menos que 1.400 fanegas de trigo, cuyos derechos  poseía el Repostero del rey D. Pedro Ruiz Sarmiento. Esta prosperidad se refleja especialmente en la intensa actividad artística desarrollada en la restauración y el embellecimiento de las numerosas iglesias y ermitas, como la de Pangua, construida en el siglo XII y dedicada a San Formerio, patrono de Treeviño, ó la de la Purísima Concepción en San Vicentejo. La actual sede del Consistorio de Treviño corresponde al ala este del palacio renacentista que construyeron durante el siglo XVI los Condes para su residencia. En el año 1983 la villa de Treviño fue declarada Conjunto Histórico-Artístico.

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En la ermita de San Formerio Mártir se guardan las reliquias del Santo de la Capadocia, depositadas en un arca forrada de paño verde. Según la leyenda, el cuerpo de San Formerio llegó hasta este lugar transportado por una yegua y sus pisadas hicieron brotar milagrosamente una abundante fuente, conocida como la Fuente de San Formerio. Su festividad se celebra en todo el Condado de Treviño cada 25 de setiembre.

En tiempos del emperador Carlos V, con motivo de la guerra de los Comuneros, el Condado de Treviño mantuvo su fidelidad a la causa real, poniéndose a disposición del Condestable de Castilla y enfrentándose al Conde de Salvatierra, jefe de los Comuneros en Álava y Logroño, esta fidelidad fue premiada por el emperador, que concedió a los Duques de Nájera la dignidad de Grandes de España.

El IV Duque de Nájera, D. Juan Esteban Manrique de Lara falleció en el 1600 sin herederos masculinos, por lo que el mayorazgo pasó a su hija Doña Luisa Manrique de Lara y Girón. Ese mismo año la Casa de Treviño se une al Marquesado de Elche, título creado en el 1520 por el emperador Carlos para recompensar los servicios de D. Bernardino de Cárdenas y Pacheco, I Marqués de Elche. En el 1600, el título de V Marqués de Elche lo ostentaba D. Jorge Manuel de Cárdenas y Manrique de Lara. A partir de aquí comienzan los litigios, las permutas y ventas de tierras que provocan una serie de procesos sucesorios que se alargaron durante todo el siglo XVII, provocando el deterioro de las relaciones entre los condes y el condado. Las poblaciones de Sáseta, Pariza y Añastro se disgregan de Treviño, convirtiéndose en ayuntamientos administrativamente independientes, aunque siguieron perteneciendo al señorío del Condado de Treviño.

A principios del siglo XIX, con motivo de la invasión napoleónica que provocó nuestra Guerra de la Independencia, el Condado de Treviño volvió a alcanzar protagonismo, gracias, especialmente, a las hazañas militares del guerrillero Francisco de Longa, un vasco que había llegado muy joven a La Puebla de Arganzón, donde trabajaba como ayudante del herrero, llegando a casarse con la hija del patrón. En 1809 se puso al frente de una partida de unos cien hombres, lanzándose a hacer la guerrilla contra los franceses por tierras de Burgos y Álava, convirtiéndose en azote de las tropas francesas, a las que tendió numerosas emboscadas y causó numerosas bajas y pérdida de material y animales de carga. Una de las más famosas fue la de las Conchas de Arganzón, contra un batallón francés, al que causó muertos y heridos, apoderándose de numerosas mulas y caballos, además de valiosos pertrechos de guerra. También tuvo acciones destacadas por Pancorbo, Orduña, Valdeajos, el valle de Sedano y Castro Urdiales, cuya plaza conquistó, estando igualmente presente en la decisiva Batalla de Vitoria. Su carrera militar fue de lo más brillante, pues en el 1821 alcanzó el grado de teniente general. Murió en el año 1831 a los 48 años de edad.

En el año 1833 se produjeron en España una serie de acontecimientos que fueron decisivos para el posterior desarrollo de la historia de nuestro país. En el mes de setiembre fallecía el rey absolutista Fernando VII, dejando como heredera a su hija Isabel II, gracias a haber promulgado en 1830 la “Pragmática Sanción” (3). Debido a la corta edad de la nueva reina, la regencia fue asumida por su madre, Doña María Cristina de Borbón Dos-Sicilias. Sin embargo, aun no había transcurrido un mes cuando, el 6 de octubre de 1833, en Tricio, un pequeño pueblo de la Rioja muy próximo a Nájera, su tío D. Carlos María Isidro de Borbón, que se sintió postergado del trono por la citada Pragmática Sanción, con el apoyo del general Santos Ladrón de Cegama, se hizo coronar rey de España con el nombre de Carlos V. De esta forma daba comienzo la Primera Guerra Carlista entre carlistas e isabelinos, que se prolongó nada menos que durante siete años.

Los carlistas contaban con el apoyo de las provincias vascongadas, gran parte de la Rioja y toda Navarra, donde el coronel retirado D. Tomás de Zumalacárregui, que vivía en Pamplona, se puso al frente de los voluntarios navarros partidarios de Carlos V.

Una de las primeras acciones de Zumalacárregui fue acampar en las Ventas de Armentia, a orillas del río Ayuda, asaltando y apoderándose del castillo de Treviño, que dinamitó sin miramientos para acabar con su poder defensivo, por si volvía a caer en manos de los isabelinos.

En noviembre de este ajetreado 1833, siendo ministro de Fomento Cea Bermúdez, su secretario de Estado, el gaditano Javier de Burgos, publicó una circular que cambiaba la división territorial de España, organizándola en 15 regiones y 49 provincias, quedando Las Vascongadas y Navarra de la siguiente manera: Guipúzcoa, capital San Sebastián; Vizcaya, capital Bilbao; Álava, capital Vitoria y Navarra, capital Pamplona.

El Condado de Treviño, por razones históricas y jurídicas, quedó adscrito a la provincia de Burgos, dentro de la región de Castilla la Vieja, a pesar de que geográficamente se encontraba dentro de la provincia de Álava. Años más tarde, el 14 de enero de 1845, una Ley municipal suprimía los municipios de menos de 30 vecinos, quedando Páriza y Sáseta incorporados de nuevo a Treviño.

La Tercera Guerra Carlista se desarrolló entre los años 1872 y 1876. Tuvo como protagonistas a Carlos VII por el bando carlista y por el bando realista ó liberal, el corto reinado de Amadeo I, al que siguió la igualmente breve 1ª República Española, siendo finalizada durante el reinado del restaurado Alfonso XII, por lo que fue llamado “El Pacificador”.

También en esta ocasión el Condado de Treviño fue escenario destacado de importantes acciones de guerra, con grandes protagonistas por ambos bandos. Ya en su fase final, durante el mes de  julio de 1875, los carlistas eran dueños de Navarra y ocupaban, por la zona del noroeste, unas posiciones más ventajosas que los liberales, amenazando con apoderarse de Miranda de Ebro, punto estratégico clave para invadir la meseta castellana. Ocupaban 35 kilómetros de frente y disponían de 16 batallones, 6 escuadrones de caballería y 6 baterías de artillería, todo al mando del general Pérula. Los liberales, conscientes de la gravedad de la situación, el 7 de julio iniciaron un ataque de distracción que les permitiera reagrupar sus tropas, tomando posiciones desde Miranda de Ebro hasta La Puebla de Arganzón, por las faldas de San Formerio, llegando a ocupar la ermita. Para esta operación utilizaron una brigada al mando del brigadier Pino, aunque el grueso de las tropas liberales estaba al mando del general Quesada, que mandó desplegarse otra columna por Treviño y las Ventas de Armentia, a la que se unió la brigada del general Tello, obligando a los carlistas a replegarse hacia los montes de Vitoria. La batalla se generalizó, teniendo como epicentro la pequeña localidad alavesa de Zumelzu, donde tuvieron lugar los enfrentamientos más sangrientos. El escuadrón de los Lanceros del Rey, al mando del coronel Contreras, arrolló al tercer batallón carlista de Navarra, obligándoles a abandonar el campo de batalla por el puerto de Zaldiarán. Esta retirada permitió a los liberales reforzar sus posiciones, estableciendo nuevas guarniciones a lo largo de la línea Miranda-Vitoria.

Además, finalizada la campaña de Cataluña, Alfonso XII ordenó al general Martínez Campos unir sus tropas a las de Quesada, con lo que el ejército liberal, muy superior al carlista, pudo emprender la campaña final. El último enfrentamiento tuvo lugar el 5 de febrero de 1876 en la localidad vizcaína de Abadiano, en la que los batallones carlistas fueron batidos por las tropas liberales, teniendo que retirarse por el alto de Elgueta hacia Zumárraga, ya en la provincia de Guipúzcoa. Carlos VII, acuartelado en Estella, tuvo que refugiarse en Francia, acompañado de su séquito y su plana mayor. Su grito de despedida fue ¡Volveré!, pero no pudo cumplir su promesa, había terminado la Tercera Guerra Carlista.

A partir de 1878, suprimidos los fueros que disfrutaban las provincias vascas, se establecieron, para sustituirlos, ventajosos conciertos económicos con las cuatro provincias, Navarra, Guipúzcoa, Vizcaya y Álava. A pesar de ello, el 31 de julio de 1895 Sabino Arana fundaba el Partido Nacionalista Vasco (PNV), de ideología extremadamente nacionalista, pero con fuerte contenido burgués-liberal, católico y fuerista, es decir, que reclamaban la devolución a Euskal-Herría de los Fueros perdidos en las pasadas guerras carlistas.

En el 1919 tuvo lugar el primer referéndum popular sobre la anexión del Condado de Treviño a Álava, en el que se impuso la continuidad en Burgos. Pero, lógicamente, la influencia de la doctrina nacionalista también llegó al Condado de Treviño, que en el 1921, posiblemente bajo la influencia del señuelo de formar parte del concierto económico de Álava, planteó su intención de separarse de la provincia de Burgos e integrarse en la de Álava, pero el proyecto fue rechazado por el Ayuntamiento treviñés. Durante los tres años de guerra civil (1936-1939), el Condado de Treviño, al igual que la provincia de Álava, se mantuvieron política y militarmente dentro del territorio denominado Zona Nacional, por lo que la unidad territorial estaba asegurada, manteniendo Álava su concierto económico, que perdieron Vizcaya y Guipúzcoa, que siguieron fieles a la II República. El siguiente intento de separación se volvió a repetir en 1940, nada más terminada la guerra, pero en esta ocasión fue la Diputación burgalesa la que rechazó la propuesta, presentando un detallado documento redactado por el Cronista de la Provincia, el P. Luciano Huidobro (5), en el que se exponían las diferentes razones que hacían inviable la citada separación, dicho informe fue refrendado por la Real Academia Española de la Historia. El tercer referéndum popular tuvo lugar en el 1958, mostrándose los treviñeses, en esta ocasión, partidarios de su integración en Álava. Como no podía ser de otra forma, la petición fue rechazada por el gobierno franquista.

Actualmente, en la Puebla de Arganzón se están realizando unas importantes excavaciones arqueológicas que han sacado a la luz nuevas estructuras subterráneas medievales que aportan nuevos datos sobre los orígenes y el pasado de la zona. Se trata, sobre todo, de los restos de un poblado medieval fortificado y con castillo, ocupado durante los siglos X y XI, en el que se han encontrado silos, cuevas, pozos y numerosos restos de carácter doméstico. Se encuentran cerca de la ermita de San Miguel, que fue abandonada y reconstruida en el 1784. Dichos descubrimientos vienen a demostrar que estas tierras estuvieron ocupadas durante la Alta Edad Media, antes de la fundación de la villa en siglo XII. También es posible que existiera una iglesia parroquial dedicada a San Miguel Arcángel.

Estas importantes investigaciones las está realizando el “Grupo de investigación en Patrimonio y Paisajes Culturales de la Universidad del País Vasco” (UPV-EHU), con la financiación de la Junta de Castilla y León y el Ayuntamiento de La Puebla de Arganzón.

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La Puebla de Arganzón es el otro municipio que configura el Condado de Treviño, cuenta con unos 500 habitantes y pertenece al partido judicial de Miranda de Ebro, se encuentra en una privilegiada situación estratégica, a la salida del desfiladero de las Conchas de Arganzón y muy cerca de la carretera nacional Madrid-Irún, que la convierte en paso obligado para numerosos viajeros y peregrinos. Su casco urbano está configurado por una serie de calles medievales, estrechas y bien trazadas, agrupadas en torno a su calle principal, en todas ellas se pueden ver viejas casonas señoriales.

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Arquitectónicamente es de destacar la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, un templo de estilo gótico-tardío construido entre los siglos XIV y XV y reformado a principios del siglo XVII, en cuyo interior se puede admirar un espléndido retablo renacentista del siglo XVI, uno de los más bellos del renacimiento burgalés. También dispone de interesantes portadas góticas y una torre barroca.

El río Zardoya atraviesa el pueblo por un monumental puente medieval de origen romano.

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En 1978 comienza la llamada Transición Española hacia la Democracia y se aprueba una nueva Constitución, en la que España territorialmente queda dividida en Comunidades Autónomas, además, las provincias vascas y Navarra recibieron la calificación de “territorio histórico”, calificativo que, en opinión del que esto escribe, minimiza el peso histórico de Castilla y León, Cantabria, La Rioja y Aragón, por citar únicamente las Comunidades más próximas.

En 1979 se aprueba el Estatuto de Autonomía del País Vasco, también conocido como “Estatuto de Guernika”. Estaba integrado por 47 artículos, con un título preliminar, cuatro ordinarios, una disposición adicional y nueve transitorias. Básicamente está fundamentado en la foralidad histórica de las antiguas provincias vascongadas, a las que se les devuelven los conciertos económicos concedidos en 1876, actualizados y mejorados, que se empiezan a aplicar a partir de 1981.

La Comunidad Autónoma de Castilla y León no tuvo su Estatuto de Autonomía hasta el año 1983, sin que fuera refrendado por sus ciudadanos y ha sido reformado hasta en cuatro ocasiones, con el objeto de mejorar y ampliar sus competencias. Actualmente lo integran 91 artículos, con un preámbulo, un título preliminar, siete títulos adicionales, tres disposiciones adicionales y tres transitorias, una disposición derogatoria y una disposición final. En su preámbulo se la define como “Comunidad histórica y cultural”. Los municipios del Condado de Treviño siguen perteneciendo a la provincia de Burgos, dentro de la Comunidad Autonómica de Castilla-León.

En los años 1980 y 1998, con España entrando en democracia, se volvieron a repetir las consultas populares en las que los treviñeses volvieron a mostrarse partidarios de su anexión a Álava. En ambas ocasiones la Junta de Castilla y León rechazó dicha anexión, por lo que el Condado de Treviño siguió perteneciendo a la provincia de Burgos, pero sigue siendo pieza codiciada por el nacionalismo vasco.

Ya en el siglo XXI, concretamente en el año 2002, el Gobierno vasco del PNV, presidido por Juan José Ibarretxe, la Diputación Provincial de Álava y los Ayuntamientos de Treviño y La Puebla de Arganzón, firman un convenio en el que se tratan temas relativos a la educación, la cultura y la economía del Condado, que acabaron en los tribunales, resultando anulado en el año 2005 por sentencia de la Sala  del Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo, que estimaba que dicho convenio invadía competencias que correspondían exclusivamente a la Junta de Castilla y León, dicha sentencia se hizo pública en el 2008. Poco después, en el 2010, la Diputación Foral de Álava gobernada por el PNV, con la colaboración de otros partidos nacionalistas y también del Partido Socialista de Euskadi (PSE), aprueba y hace pública una declaración institucional por la que se compromete a “seguir con el compromiso ético-moral de trabajar por la integración de Treviño en Álava, convirtiéndola en la octava cuadrilla”. Una verdadera declaración de intenciones respaldada, en marzo del 2013, por los plenos municipales de Treviño y La Puebla de Arganzón, que aprobaron el inicio de un proceso de segregación de Burgos. En el Consistorio de Treviño la propuesta fue aprobada gracias a los votos de Bildu y el Partido Nacionalista Vasco, dos formaciones políticas pertenecientes al País Vasco. En el de La Puebla fue el voto del grupo independiente, que contaba con mayoría absoluta. Esta vez, el intento anexionista fue frenado por la Diputación de Burgos, cuyo pleno, reunido antes del verano de ese mismo año, rechazó la segregación alegando “mayores vinculaciones históricas, sociales, culturales y económicas con la provincia de Burgos”, destacando también las numerosas peculiaridades de todo tipo que diferencian ambas Comunidades. El litigio por el enclave de Treviño continúa vivo y activo. ¿Llegarán las partes litigantes a un consenso que ponga fin al enfrentamiento?. La historia, toda la historia, siempre estará presente, tal vez sería interesante conocerla bien y tomarla por consejera.

Finalmente, sólo queda añadir que el enclave territorial de Treviño no es una excepción dentro del ámbito geopolítico español, pues existen unos cuantos. Por citar algunos, nos vamos a referir, sin ir demasiado lejos, al municipio cántabro de Valle de Villaverde en Vizcaya, que se encuentra dentro de la comarca de Las Encartaciones, reclamado por el nacionalismo vasco como perteneciente a Vizcaya, a pesar de que el Tribunal Supremo ha dado la razón en dos ocasiones a la parte cántabra.

La ciudad vizcaína de Orduña es otro enclave cercano, situado entre las provincias de Álava y Burgos, se encuentra en la llanura alavesa y limita con los municipios alaveses de Ayala, Amurrio y Ucabustaiz y los burgaleses de Berberana y Junta de Villalba de Losa. Fue fundada en el 1229 por Lope Díaz de Haro, VI Señor de Vizcaya. Durante varios siglos tuvo gran valor estratégico y comercial, pues controlaba el paso de las mercancías que Castilla exportaba a Flandes, especialmente el mercado de la lana. Su decadencia comenzó en el siglo XIX, como consecuencia de las guerras carlistas. Actualmente cuenta con unos 4000 habitantes y su economía se basa principalmente en el turismo procedente del País Vasco. Está gobernada por Bildu y el PNV.

Villodrigo, la antigua Villa Rodrigo, fundada en el siglo X por el Conde Rodrigo, es un enclave palentino incrustado en la provincia de Burgos, rodeado por los pueblos burgaleses de Vizmalo, Revilla Vellejera, Villaverde-Mogina y Valles de Palenzuela. Entre los años 1785 y 1833 formaba parte de la Intendencia de Burgos, en la categoría de pueblos solos del Partido de Castrojeriz, pasando en 1834 a formar parte del partido judicial de Astudillo, en la provincia de Palencia.

El término municipal de Berzosilla está integrado por las pedanías de Báscones de Ebro, Cuillas del Valle, Olleros de Paredes Rubias y Berzosilla, pertenece a la provincia de Palencia, pero se encuentra dentro de la Comunidad de Cantabria y la provincia de Burgos.

Sajuela y Ternero, son dos pequeños pueblos burgaleses, situados a unos tres kilómetros de distancia, pertenecientes al partido judicial de Miranda de Ebro, aunque están situados en plena Rioja Alta. Sajuela limita con Castilseco, Vilaseca, Foncea y Cellórigo, todos pertenecientes a La Rioja. Actualmente está despoblado, pero en el siglo XV era un señorío de D. Pedro Ruiz Sarmiento, conde de Salinas. Su sucesor, D. Diego Sarmiento, lo vendió a Miranda de Ebro  en el 1502.

Ternero colinda con Sajazarra, Castilseco, Villalba, Anguciana y Cihuri, todos pueblos riojanos. Posee una amplia zona de viñedos pertenecientes a “Viñedos Ternero”, una bodega instalada en un antiguo hospital de peregrinos edificado en el 1788. Fue totalmente restaurada en el 2003, de pequeñas dimensiones, elabora unos 200.000 litros de vino al año de la variedad tempranillo, que envejece en unas 350 barricas de roble, produciendo un vino de crianza de una excelente calidad.

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La Comunidad Autónoma de La Rioja reivindica la propiedad de estos territorios, alegando que históricamente están reconocidos como riojanos desde el año 1457.

Finalmente, aunque todavía quedan unos cuantos enclaves más repartidos por toda la geografía española, vamos a referirnos al de Petilla de Aragón, una especie de islote navarro situado en el centro de la provincia de Zaragoza, está situado en el valle del río Onsella, y actualmente cuenta con poco más de 40 vecinos censados. En el siglo XIII Petilla fue motivo de disputa entre los reyes Pedro II de Aragón y Sancho VII el Fuerte de Navarra, a causa de un préstamo de 20.000 maravedís que el rey navarro concedió al aragonés, que por entonces mantenían unas cordiales relaciones. Pero el préstamo venció, el aragonés no pudo pagar y el navarro lo saldó quedándose con cuatro castillos zaragozanos, entre ellos el de Petilla, quedando sus habitantes exentos de pagar impuestos a sus nuevos propietarios. En el año 1231 Petilla pasó a formar parte definitivamente al reino de Navarra. Los aragoneses han intentado recuperar el enclave sin conseguirlo, los vecinos de Petilla se sienten navarros y quieren conservar sus privilegios económicos. El gobierno municipal está presidido por Unión del Pueblo Navarro (UPN), una fuerza política que representa la derecha nacionalista navarra. Otro tema candente, del que no vamos a hablar en esta ocasión, es el de si Santiago Ramón y Cajal, nacido en Petilla, es navarro ó aragonés.

Vamos a finalizar esta crónica, en la que los enclaves territoriales han sido protagonistas, formulando una pregunta: ¿No existe una fórmula consensuada de solucionar estas divergencias jurisdiccionales, que tanta problemática generan? Ó tal vez  es que no se buscan. La Historia nos ofrece el ejemplo del Berlín Oriental de la Alemania del Este y la reunificación alemana del año 1990.

NOTAS

  • Al conde D. Rodrigo se le supone hijo del rey Ramiro I de Asturias y su segunda mujer, hermano por tanto de Ordoño I y tío de Alfonso III, al que ayudó a recuperar el trono asturiano. Su sucesor fue el conde Diego Rodríguez Porcelos.
  • El conde Fernán González estaba casado con Sancha Sánchez de Pamplona, hija de los reyes de Pamplona Sancho Garcés I y Toda Álvarez. Este fue su tercer matrimonio, pues anteriormente estuvo casada con el rey Ordoño II de León y Álvaro Herreméliz, conde de Álava entre los años 929 y 931.
  • La Pragmática Sanción dejaba sin efecto la Ley Sálica, que impedía el acceso al trono de España de las mujeres, siempre que existiese un sucesor masculino, como era el caso del infante Carlos María Isidro, hermano del rey.
  • Sobre esta batalla existen dos famosos cuadros, uno en el Museo del Ejército, obra de Eduardo Banda y el otro en la Academia de Caballería de Valladolid, obra de Víctor Morelli.
  • El P. Luciano Huidobro había nacido en Villadiego el año 1874. Su formación como sacerdote e historiador la realizó en el Seminario Diocesano de Burgos entre 1886 y 1901. Fue licenciado en Teología, Filosofía y Letras y Doctor en Derecho Canónico y también académico de la Real Academia de la Historia, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, la Academia de las Buenas Letras de Sevilla, la Institución Fernán González de Burgos, de la que llegó a ser vicedirector y cronista oficial de la Provincia de Burgos. También son numerosas sus obras sobre historia, arte y arqueología. Murió en el 1958.

Autor Paco Blanco, Barcelona agosto 2017

POR EL VALLE DEL EBRO: MIRANDA DE EBRO. Autor, Francisco Blanco.

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Miranda de Ebro se estrenó como ciudad el siete de julio de 1907, festividad de San Fermín, merced concedida por la Gracia de Su Majestad D. Alfonso XIII mediante un Real Decreto: “Queriendo dar una prueba de Mi Real aprecio a la villa de Miranda de Ebro, provincia de Burgos; vengo en concederle el título de Ciudad. Dado en San Ildefonso a siete de julio de mil novecientos siete. Alfonso XIII”.

Naturalmente la historia de Miranda se remonta a la Prehistoria, como lo demuestran los numerosos vestigios prehistóricos encontrados por sus alrededores, como cuchillos y punzones de silex, que apuntan a la presencia de asentamientos humanos desde el Neolítico, lo que equivale a decir unos 5500 años. Ya en la Edad de Hierro, o sea hacia el siglo VI a. de C. llegaron a esta zona algunos pueblos centroeuropeos, como los autrigones, que se instalaron por el centro-norte de la península. Según Ptolomeo, la ciudad autrigona de Deóbriga se encontraba muy próxima al enclave actual de Miranda de Ebro y así lo parecen confirmar los estudios recientemente realizados en el yacimiento de Arce-Mirapérez (3). La romanización se produjo durante el siglo II a. C., principalmente en tiempos de Pompeyo, en los que se finalizó la calzada romana que desde Burdeos llegaba hasta Astorga, la cual cruzaba el Ebro por el puente de Deóbriga. En el siglo V los visigodos, aliados con el Imperio romano, se impusieron sobre el resto de los pueblos bárbaros que habían penetrado en la península, suevos, vándalos y alanos principalmente, estableciendo la capital de la Hispania visigótica en la ciudad romana de Augusta Emérita, la actual Mérida, para pasarla después a Toledo en tiempos de Leovigildo. Durante el reinado de éste, Miranda se convirtió en la cabecera de la campaña contra los cántabros, pasando a pertenecer al Ducado de Cantabria. Durante la época visigótica llegaron a estas tierras del norte del Ebro gran número de ermitaños a vivir en soledad dedicados a la oración, que se instalaron en las numerosas cuevas existentes por la zona, algunos de los cuales, como San Felices, San Fornerio, San Millán, San Prudencio y San Saturio, alcanzaron fama de santidad y ejercieron gran influencia sobre la población, que les llegó a tener gran devoción y respeto.

Los musulmanes, que entraron en la península en el 711, invadieron el valle del Ebro en el 713, quedando la zona conquistada en poder de la poderosa familia de los Banu-Qasi. Durante los dos siglos siguientes, la primitiva Bardulia fue un escenario en el que se repitieron de forma continuada los enfrentamientos entre moros y cristianos, en los que estos últimos acostumbraban a llevarse la peor parte, debido, fundamentalmente, a la superioridad militar, táctica y numérica de los invasores, quienes, sin embargo, a pesar de cruzar el Ebro en numerosas ocasiones, sólo buscaban el saqueo, retirándose, después de realizarlo, a sus fronteras allende el Duero. Es de destacar la derrota sufrida por los cristianos en el mes de agosto del año 865, en el que las tropas cristianas del rey de Asturias Ordoño I, en coalición con las del conde Rodrigo de Castilla y las del emir de Córdoba Abd al-Rahman I, que regresaban de una incursión por tierras de Álava y La Rioja, se encontraron en el desfiladero de la Hoz de Morcuera, muy cercano a Miranda de Ebro, sufriendo la coalición cristiana un serio descalabró. Estas constantes incursiones árabes fueron la causa del despoblamiento de la zona, que duró hasta principios del siglo X, en que aparecieron los primeros puntos defensivos como Pancorbo y Lantarón, que propiciaron el comienzo de la repoblación del norte del Condado de Castilla, incluyendo el valle de Miranda de Ebro; en esta repoblación tuvo una parte muy activa la clase eclesiástica que llegó a la zona, fundando diversos monasterios al abrigo de los Montes Obarenes y atrayendo a numerosos campesinos que llegaron con sus familias y tomaron posesión, mediante presura, de las tierras circundantes, dispuestos a defenderlas con la espada en la mano y con su vida, si fuera preciso. Ya en el año 804 el obispo Juan había incluido Miranda de Ebro en  la Diócesis de Valpuesta, pasando a disfrutar de los privilegios del Fuero de Valpuesta, entre los que figuraban algunas exenciones de impuestos y privilegios jurídicos para sus vecinos, que quedaban libres del pago del montazgo y el portazgo. El conde Fernán González, a partir del año 932 fue el unificador de los diversos condados del norte oriental de la península, integrándolos en el Condado de Castilla, que poco después se independizaría del reino de León. Esto fue el origen del enfrentamiento con el reino de Navarra, que aspiraba a ejercer su hegemonía sobre Álava y La Rioja, parte de las cuales pertenecían a los condados de Cerezo y Lantarón. Esta unificación también tuvo una gran repercusión sobre la repoblación de la zona, incluido el valle de Miranda de Ebro. En el año 1099 el rey de Castilla Alfonso VI promulgó el Fuero de Miranda, muy parecido al de Logroño que había promulgado tres años antes, que pasó a sustituir al de Valpuesta. Este fuero real, confirmado y ampliado posteriormente por otros monarcas como Alfonso VII, Fernando IV y Alfonso X, fue el verdadero punto de partida para la posterior expansión y prosperidad de Miranda de Ebro y su comarca. En el ámbito territorial se fijó el territorio, incluidos pueblos, aldeas, montes, prados, pastos, etc., que quedaban sujetos a la autoridad del Concejo de Miranda, sin que en sus decisiones pudiera intervenir el Merino Mayor de Castilla; en el ámbito jurídico  se suprimieron las ordalías, o pruebas de fuego para determinar la inocencia o culpabilidad de los reos y se estableció un derecho local para todos los vecinos; desde el punto de vista económico se estableció un mercado semanal en el que los comerciantes de fuera estaban obligados a pagar el impuesto del portazgo sobre todas las mercancías que portasen; se estableció, además, que el puente de Miranda fuera paso obligado para cruzar el Ebro entre Miranda de Ebro y Logroño: Todas las personas de Logroño, o de Nájera o de Rioja que quieran trasladar mercancías al otro lado del Ebro, lo deben hacer por Logroño o Miranda, y no por otro lugar ni siquiera en barca; de otro modo perderán las mercancías”. Con estas medidas proteccionistas, Miranda de Ebro no tardó en convertirse en un importante enclave estratégico de comunicación, que propició el rápido auge económico, político y demográfico, tanto de la ciudad como de la comarca (4). El puente de Miranda provocó que el núcleo urbano y la población se dividieran en dos barrios, el más antiguo  correspondía al margen derecho del río y se llamó Aquende, mientras que el nuevo surgió en el margen izquierdo y se llamó Allende, siendo el obispo de Calahorra el beneficiario de la explotación del paso del puente, hasta que en el siglo XIII pasó a poder  del Concejo mirandés. Este puente fue parcialmente derruido en el siglo XVIII por una fuerte crecida del Ebro, en su lugar, en el año 1777, se construyó el Puente de Carlos III con seis ojos de medio punto reforzados con tajamares. Actualmente en Miranda existen cuatro puentes que atraviesan el Ebro: el ya citado de Carlos III, el Puente del Inglés o Puente de Hierro, el Puente Francés y el Puente de la Nacional I, el más moderno, construido para desviar el tráfico de la nacional I.

También en el siglo XIII pasó a formar parte de la Hermandad de Haro, junto con otras poblaciones cercanas como Vitoria, Logroño, Nájera o Santo Domingo de la Calzada, hasta que en el siglo XVI, después de haber pertenecido a la Hermandad de Álava , la familia Haro y ser testigo de los enfrentamientos dinásticos entre el rey Pedro I de Castilla y la familia de los Trastámara, pasó a formar parte de la Intendencia de Burgos, lo que provocó la aparición de numerosos pleitos y conflictos entre las dos ciudades, que se alargaron durante los siglos siguientes, pues los mirandeses querían mantener sus fueros y privilegios y ser gobernados por un Corregidor nombrado por su propio Concejo, rechazando el vasallaje que les imponía la capital burgalesa. La situación llegó a ser tan tensa en los siglos XVII y XVIII, que hubo intentos por parte de Miranda de pasarse a la provincia de Álava. La mediación real en el conflicto impidió que la separación se llegase a consumar. Las reuniones del Concejo mirandés se celebraban en el convento de San Francisco, pero sus decisiones tenían que recibir la conformidad del Intendente de Burgos, hasta que a principios del siglo XIX los cargos municipales seguirían recayendo sobre vecinos de Miranda, generalmente pertenecientes a las antiguas familias ilustres, pero se nombraban directamente en la capital burgalesa.

El convento de San Francisco, situado en una ladera llamada “Monte de los Frailes”, lo fundaron los franciscanos en el siglo XVI, aunque las familias nobles de Miranda, en especial los Padilla, aportaron mucho dinero a su financiación, a cambio, sus miembros exigieron ser enterrados en el crucero de la nueva iglesia. Tal vez por estar en manos de la nobleza, el convento no tardó en convertirse en el centro político más importante de la ciudad, donde sus autoridades municipales se reunían a deliberar y tomar decisiones; en 1880 pasó a ser ocupado por la Congregación de los Sagrados Corazones, que le reestructuraron totalmente, recuperando únicamente sus funciones religiosas, también construyeron un importante colegio religioso, donde se educaban los hijos de las familias más influyentes y acaudaladas de la zona. En la actualidad se llama Convento de los Sagrados Corazones, está cerrado al culto y sólo se utiliza para eventos y celebraciones religiosas de carácter privado. En 1996 se le añadieron unos lujosos anexos, dedicados al negocio de la Hostelería. La iglesia es de una sola nave con cinco tramos y ábside poligonal, con crucero, varias capillas laterales con altares y escudos de armas, entre los que sobresale el de los Padilla, la cubierta es de bóveda de crucería. El conjunto es de estilo renacentista, roto por la figura de su monumental espadaña, de inspiración barroca. Como detalle curioso cabe mencionar su viejo órgano, construido en Ruan el año 1884 para la Congregación de L´Havre, pero trasladado a Miranda obligada por la Ley de Desamortización francesa. Fue restaurado en el año 2007.

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Miranda contó también con otras iglesias, como la de San Martín, actualmente desaparecida, la de Santa María de Altamira en el barrio de Aquende, y la de San Nicolás en el barrio de Allende. La iglesia de Santa María, que ocupa el solar del antiguo Hospital del Chantre (5), se encuentra en pleno centro del casco histórico de la ciudad, junto al del Teatro Apolo, se trata de una construcción de finales del siglo XVI, cuya solidez la confiere el aspecto de inexpugnable fortaleza. Es de estilo renacentista con algunos elementos gótico-tardíos. Anteriormente, hacia el siglo XII, sobre el cerro llamado “La Picota” se levantaba la desaparecida iglesia románica de  de Santa María.

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La iglesia más antigua de Miranda era la de San Nicolás, de estilo románico, en la que ya aparecieron algunos elementos góticos, fue levantada entre los siglos XII y XIII muy cerca de la orilla del Ebro y en los capiteles de su portada ya figuraban un castillo y un león, símbolos de la unión de los dos reinos de Castilla y León, que se produjo en el año 1230. De una sola nave, con planta de cruz latina y un artístico ábside pentagonal soportado por recios contrafuertes y dobles columnas, que enmarcan unas ventanas con  doble arco de medio punto, soportados igualmente por estilizadas columnas. En el siglo XVI se le añadieron el coro y el campanario. En 1931 fue declarada Monumento Histórico Artístico de interés nacional y poco después, en 1936, antes de que estallara la Guerra Civil española, fue parcialmente destruida por un incendio, que afectó principalmente al ábside, lo que provocó que estuviera cerrada al culto hasta que se reanudó en  1972, esta vez bajo la nueva advocación del Espíritu Santo, aunque su estado de conservación era de gran deterioro. Fue objeto de una restauración el año 2003. Actualmente se la sigue conociendo con el nombre de Iglesia del Espíritu Santo. En la localidad alavesa de Tuesta, del municipio de Valdegobia, existe otra iglesia similar.

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Otra de las iglesias hoy desaparecidas que existieron en la Miranda medieval es la de San Juan Bautista, que hasta el siglo XVI fue la más importante de la ciudad. Estaba enclavada en un extremo del barrio de Aquende, adosada a la muralla medieval. Existen pocos datos sobre sus orígenes, aunque el estudio de sus restos hace pensar que se comenzó a construir a finales del siglo XIII, dándose por finalizada en el XIV. En el año 1874 el Arzobispo de Burgos, D. Saturnino Fernández de Castro, se vio obligado a suprimir el culto en el templo, debido al lamentable estado en que había quedado después de la invasión de las tropas napoleónicas que, además de expoliar todo lo que había de valor en su interior, la utilizaron de acuartelamiento y también de establo para el ganado, a lo que siguieron muchos años de abandono. La iglesia se puso en venta y fue adquirida por un grupo de vecinos que utilizaron lo que quedaba de la estructura para construir sus propias viviendas (6).

Según la “Crónica de Alfonso III”, en la Alta Edad Media Miranda de Ebro ya contaba con una fortaleza amurallada, no obstante, en el año 1358 el conde D. Tello, señor de Vizcaya, proyectó la construcción del castillo de Miranda, sobre unos terrenos situados en el cerro de La Picota, donde estaba enclavada la primitiva iglesia de Santa María, que fueron cedidos al Concejo mirandés por el obispo de Calahorra, a cuya diócesis pertenecía, efectuándose la escritura de cesión en el año 1374, tres años después de la muerte del conde. La construcción de la fortaleza no se inició hasta el año 1449, siendo su impulsor D. Pedro Ruiz Sarmiento, I Conde de Salinas,  Repostero Mayor y protegido del rey de Castilla D. Juan II y quien, al parecer, también fue el responsable de la desaparición de la citada iglesia de Santa María. Las obras del castillo se finalizaron en el 1485, quedando en propiedad de los Condes de Salinas hasta el siglo XVI, en que estos emparentaron con los Duques de Híjar, pasando estos a ser copropietarios. En el año 1772, tras numerosos pleitos con los propietarios, la titularidad del castillo pasa a ser del Ayuntamiento mirandés. Militarmente, los acontecimientos más graves que tuvo que afrontar el castillo, fueron la invasión francesa durante la Guerra de la Independencia y las dos primeras guerras carlistas, todas en el siglo XIX, quedando la fortaleza en estado ruinoso, lo que provocó que en el 1903 el Ayuntamiento decidió proceder a su desmantelamiento; actualmente solamente son visibles dos torreones y algún tramo de sus murallas. En 1949 estos restos fueron declarados Bien de Interés Nacional y en 1999, con motivo del IX Centenario del Fuero de Miranda de Ebro, el Ayuntamiento aprobó un generoso presupuesto para su parcial rehabilitación. Los primeros trabajos de excavación y los estudios arqueológicos comenzaron en el 2006, con la colaboración de la Universidad de Burgos, trazándose un Plan Director para su rehabilitación. Actualmente, el recinto con las obras y los hallazgos arquitectónicos realizados, se pueden visitar y conocer, siendo una de las actuales referencias culturales de la ciudad mirandesa.

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Durante los siglos XVI y XVII el desarrollo de Miranda de Ebro fue notable; desde el punto de vista urbanístico, además de reforzar el puente, antes de la riada que se lo llevó, en 1581 en el barrio de Aquende se levantaron el Ayuntamiento y la Casa de Justicia y una torre en el barrio de Allende, que servía de cárcel; a mediados del siglo XVII se construyó la Plaza Real, en cuyo recinto tenían lugar las fiestas populares y las corridas de toros; alrededor de esta plaza se encuentran los edificios más notables de la ciudad, como  la Casa de las Cadenas, así llamada por llevar un cordón franciscano en su fachada, la Casa de los Urbina o la nueva Casa Consistorial, diseñada por el famoso arquitecto neoclásico Ventura Rodríguez, que también había diseñado la fachada del Ayuntamiento de Haro. Finalmente, una fortísima riada del Ebro en el mes de junio de 1775, que duró nada menos que tres días, se llevó por delante el puente de Miranda, que quedó aislada, obligando al Concejo a actuar rápidamente para construir un nuevo viaducto. La construcción del nuevo puente se encargó al arquitecto riojano Francisco Alejo Aranguren, que lo terminó en un tiempo récord, pues en 1775 ya estaba concluido, aunque oficialmente fue inaugurado en 1780, con el ya conocido nombre de Puente de Carlos III.

Desde finales del siglo XVIII el Puente de Carlos III se convirtió en la arteria que marcaba el pulso de la ciudad e impulsaba su desarrollo económico, comercial y urbanístico. Situado en el llamado Camino Real, era paso obligado para la comunicación entre Francia y España y entre el Nordeste y el resto de la Península. Innumerables han sido los personajes ilustres que lo han cruzado en uno u otro sentido y se han hospedado en la ciudad mirandesa. Entre otros fueron sus huéspedes los reyes de España Felipe IV, Carlos III y Fernando VII y también Napoleón Bonaparte y su hermano José, que tuvo su Cuartel General en Miranda de Ebro durante la fase final de la Guerra de la Independencia. También en la primera mitad del siglo XIX, durante la primera Guerra Carlista, en el mes de mayo de 1837, el Pretendiente D. Carlos, acompañado de su consejero espiritual, el obispo de Mondoñedo D. Francisco López Berricón, burgalés de Villarcayo, junto con el general Uranga y su Estado Mayor al frente de diez batallones, amenazaron con ocupar Miranda de Ebro, pero la fuerte defensa que opuso la ciudad, con la Milicia Nacional concentrada en su castillo, les hizo desistir, cruzando el Ebro aguas abajo, por el vado de Ircio. Pocos meses después, el 16 de agosto, en la Casa de las Cadenas fue asesinado el general de Artillería Rafael Ceballos-Escalera por los rebeldes carlistas que andaban sublevados por la ciudad. Su hijo, el también general Joaquín Ceballos-Escalera y González de la Pezuela, para honrar la memoria de su padre fue nombrado I Marqués de Miranda de Ebro por la Regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, madre del futuro Alfonso XIII.

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También durante la tercera Guerra Carlista, en 1872, la ciudad de Miranda de Ebro tomó partido por el bando Alfonsino, impidiendo, otra vez desde el castillo de Miranda, que los carlistas penetraran en Castilla. En el ámbito cultural, a finales del siglo empezaron a publicarse algunos periódicos locales, el primero de los cuales fue “La Prensa Mirandesa”, al que siguieron “El Benéfico”, “La Concordia”, “El Eco de Miranda” y “La Verdad”. Otro acontecimiento importante, especialmente para el desarrollo económico de la ciudad, fue el inicio de las obras del ferrocarril, que daban trabajo a unas 300 personas, lo que también significó el inicio de la industrialización de la ciudad. En 1862 entró en funcionamiento la estación de trenes de Miranda de Ebro, una de las más antiguas de España, construida por la “Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España”. Ya en el siglo XX, en el 1903 se puso en marcha el “Plan de Ordenación de la Villa de Miranda de Ebro”, con el fin de dotarla de una moderna estructura urbana. De esta forma, Miranda se convirtió en el núcleo industrial más importante de la provincia de Burgos, lo que impulsó su crecimiento demográfico, con el que llegaron las convulsiones y las luchas sociales. Ya en 1917, la recién estrenada ciudad de Miranda sufrió los efectos de la Huelga General de ese año, que fue seguida tanto por los trabajadores ferroviarios como por los de la industria. En las elecciones del 12 de abril de 1931, en las que España se jugaba su futuro, en Miranda obtuvo la mayoría de votos la coalición Republicano-Socialista, por lo que el Ayuntamiento quedó formado por una mayoría de concejales republicanos y socialistas. La situación cambió en 1934, durante el gobierno de Lerroux, siendo sustituidos los concejales de izquierdas por otros de derechas. Pero en 1936, con el país a punto de explotar, en Miranda ganó también el Frente Popular, siendo elegido como alcalde Emiliano Bajo Iglesias, de Izquierda Republicana, que fue fusilado el 18 de setiembre de ese mismo año, junto con otros cinco concejales de izquierdas, por guardias civiles y falangistas sublevados Los días que siguieron al levantamiento del 18 de julio, especialmente el 19, fueron convulsos y cargados de odio y de violencia, practicada sin control, a pesar de los esfuerzos por contenerla hechos por la Corporación municipal, por grupos extremistas de los dos bandos. Fueron quemadas y profanadas las iglesias de la Magdalena y de Santa María, mientras que grupos sublevados de la Guardia Civil y la de Asalto, ayudados por falangistas armados, se enfrentaban con grupos de milicias del Frente Popular, que habían formado barricadas en el Puente de Carlos III. Finalmente, tras horas de intensa lucha, las fuerzas rebeldes consiguieron apoderarse de la ciudad, comenzando, acto seguido, una dura, sangrienta y larga represión. Miranda pasó entonces a formar parte del Frente Norte, dentro del territorio en poder de los sublevados, convirtiéndose la mayoría de sus edificios públicos en dependencias militares al servicio de Franco, en las que destacaba la presencia de alemanes e italianos, en  uno de ellos establecieron éstos últimos su Estado Mayor. El resultado de la guerra en el norte, favorable a los sublevados, provocó la aparición de numerosos prisioneros de guerra, que tuvieron que vivir en condiciones infrahumanas, hacinados en cárceles improvisadas, carentes de los más mínimos servicios de habitabilidad. En 1937, el Gobierno franquista de Burgos ordenó la construcción de cuatro campos de concentración en la provincia, para dar cabida a tanto preso, tanto militar como político. Uno de estos campos, que se hizo tristemente célebre (7), fue el de Miranda de Ebro. Fue construido, en un tiempo record de dos meses, por obreros forzosos reclutados entre los mismos vecinos de Miranda y en el mes de setiembre empezó a recibir prisioneros en su recinto, que tenía capacidad para 1500 reclusos, aunque esta cifra fue ampliamente superada en muy poco tiempo, pudiéndose calificar de inhumanas las condiciones de vida que tuvieron que soportar los prisioneros allí encerrados. Estaba situado entre las instalaciones ferroviarias y el río Bayas, afluente del Ebro por su margen izquierdo, permaneciendo en activo hasta 1947. Fue el último campo de concentración franquista clausurado y en sus años de funcionamiento pasaron por sus celdas más de 65.000 prisioneros entre republicanos españoles y también de otras nacionalidades, incluidos algunos judíos que intentaban escapar del holocausto nazi (8). Los destinos de estos prisioneros estuvieron durante mucho tiempo en manos de los nazis y en 1940 el campo recibió la visita del jefe de la Gestapo Heinrich Himmler; también Franco lo visitó en una o dos ocasiones. En 1949 pasó a ser un centro de adiestramiento de reclutas, hasta que, finalmente, en 1954 fue demolido, quedando tan sólo el lavadero y algún trozo del muro. El terreno fue ocupado por nuevas empresas creadas por los Planes de Desarrollo que promocionaron los gobiernos de Franco, lo que provocó que el crecimiento demográfico de la ciudad se disparase, llegando a rozar los 40.000 habitantes.

Actualmente, a pesar de la dura crisis económica que está atravesando España desde el 2008, Miranda, que también sufrió sus consecuencias, sigue teniendo un importante carácter industrial, sobre todo en el sector químico, aeronáutico y alimentario, además de continuar siendo un importante nudo de comunicaciones ferroviarias, que ha impulsado su desarrollo económico, urbanístico y cultural desde finales del siglo XIX, es además un privilegiado enclave geográfico, prácticamente equidistante de Burgos, Bilbao, Vitoria y Logroño, ciudades a la que está fuertemente ligada y con las que mantiene toda clase de relaciones. Desde el año 2010 el logotipo “VIVIR MIRANDA”, es el lema que preside la vida de la ciudad, que persigue recuperar sus valores tradicionales, como su historia, sus monumentos, sus figuras, su cultura, sus tradiciones, su folklore, su gastronomía…….., sin olvidar tampoco otras facetas de la sociedad moderna, como son la educación, la sanidad, el bienestar social o el deporte. También, a través de la “Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Miranda de Ebro”, con la que colabora el Ayuntamiento, se ha potenciado la utilización de la antigua “Ruta Jacobea Vasca”, también conocida como “Camino de Santiago francés”, que durante la Baja Edad Media y la Alta Edad Media fue uno de los más concurridos por los peregrinos que se dirigían a Santiago, por lo que por las calles de la ciudad  se vuelve a ver la figura del peregrino con su atuendo clásico y su vara.

También se puede disfrutar de la gastronomía mirandesa, en la que se conjugan las cocinas castellana, vasca y riojana. En el año 2007 el mirandés Alberto Molinero fue elegido mejor cocinero de Castilla-León, mientras que en el 2008 otro  mirandés, Juan Antonio Villamor, chef del Restaurante La Fundición, ganó el premio “Bocadillo de Autor”, dentro del certamen “Madrid-Fusión”. Como productos típicos mirandeses destacan la morcilla en una variedad local llamada “delgadilla”, los hongos y las setas, además de ricos postres como el goshúa, de origen vasco, similar a la crema catalana y una gran variedad de hojaldres; también son muy populares y consumidos los suculentos y variados “pinchos”, celebrándose en cada otoño “La Semana del Pincho”. En cuanto a la bebida, es muy típico el “zurracapote”, de sabor dulzón, que se prepara con frutas y vino tinto. El vino más consumido es el de la cercana Rioja, aunque en el término municipal de Miranda existe una bodega que elabora vinos con la D.O Rioja. El “chiquiteo”, por los numerosos bares y tabernas de Miranda, es una práctica muy habitual entre sus vecinos.

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También son famosas las fiestas tradicionales de San Juan del Monte, cuyos orígenes se remontan a la Edad Media, ya en el Fuero de Miranda del 1099 se hace referencia a un lugar llamado los “Llanos de Miranda”, en los que un ermitaño llamado Juan vivía solitario en una gruta, dedicado a la oración y la vida contemplativa, adquiriendo fama de santidad por toda la comarca, hasta el punto que muchos vecinos acudían en el mes de mayo en peregrinación hasta la ermita a pedirle consejo y protección para sus cosechas; por esa razón la romería se realizaba el día seis de mayo, festividad del martirio de San Juan Evangelista y estaba organizada por las cuadrillas de los vecinos de Miranda, como las de Santa María, San Juan y el Mercado Viejo en el barrio de Aquende y la de San Nicolás en el de Allende. La celebración religiosa acabó convirtiéndose en una fiesta popular con baile y comida campestre incluidos. Por esta razón las autoridades eclesiásticas se pusieron en contra de la celebración de la romería, limitando exclusivamente su celebración a los actos religiosos, incluso el obispo de Calahorra la prohibió en el siglo XVII y el arzobispo de Burgos hizo lo mismo en el XVIII, ordenando además la demolición de la ermita, llegándose a producir, en ambos casos, motines populares en contra de la prohibición. La fiesta prácticamente desapareció, hasta que volvió a resurgir a finales  del siglo XIX, en que se trasladó al lunes de Pentecostés, que solía caer entre mayo y junio, y esta vez los romeros volvieron a subir al monte en carros profusamente engalanados, cargados de vituallas y acompañados de bandas de música, gaiteros y tamborileros, dispuestos a homenajear a su patrón San Juan del Monte y disfrutar de una alegre jornada festiva.

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A comienzos del siglo XX, impulsada por la “Cofradía de San Juan del Monte”, fundada en el 1917, la fiesta adquirió carácter oficial y la afluencia de romeros fue aumentando masivamente, adquiriendo un inusitado esplendor, que la convirtió en una de las Fiestas Populares más famosa de toda España. Después aparecieron las “Peñas Sanjuaneras de Blusas”, formadas por mozas y mozos mirandeses, calzados con alpargatas y ataviados con boina, pañuelo al cuello y la típica blusa sanjuanera, que con sus charangas, sus bailes y sus cánticos, dotaron a la romería de un especial carácter bullangero y de un espectacular colorido. Algunas de estas cuadrillas, como “Los Hijos de la Antonia”, “Los Barullos”, “La Cucaracha”, “Los Piripis”, “Los Chapelandis” y otras muchas, alcanzaron gran notoriedad en la ciudad mirandesa. El auge de las fiestas mirandesas ha sido tan grande, que actualmente pasan de ochenta las cuadrillas de “blusas” que participan en ellas y el número de asistentes, entre los que se cuentan numerosos forasteros, se ha multiplicado, con lo que también se ha multiplicado el bullicio y la alegría popular. También ha aumentado su duración, pues comienzan el viernes anterior al domingo de Pascua de Pentecostés,  alcanzan su apogeo el lunes de Pascua y desde 1976 se celebra también el martes de San Juanín. El espectáculo que ofrecen estas populares fiestas mirandesas, su colorido, sus cánticos, su música, sus bailes, sus desfiles, la alegría y el movimiento continuo en que se desarrollan, resulta verdaderamente impresionante, irrepetible y, por supuesto, inolvidable. En el año 1975 y posteriormente en el 2015, las Fiestas de San Juan del Monte fueron declaradas Fiestas de Interés Turístico Nacional y también de la Comunidad Autónoma de Castilla y León.

En el año 1927 se estrenó en Madrid la Zarzuela de San Juan del Monte, con música de Basilio Miranda y letra de Tomás Lozal, de la que trascribimos un párrafo:

“Venimos de la verbena,
del monte más popular,
venimos de la función,
de la Ermita de San Juan.

Es la de San Juan del Monte,
la fiesta de la alegría,
donde acude a disfrutar
del Santo, la Cofradía.

También el pueblo en masa,
sube alegre y bullanguero,
a honrarle que es de casa,
nuestro Santo verdadero

Del monte venimos,
venimos cantando,
contentos subimos,
alegres bajamos”.

NOTAS 

  • Algunos restos visigóticos y románicos del monasterio se conservan en el Museo de Burgos y en el de la Catedral.
  • En el siglo XIX la Merindad de Cuesta Urría se fragmentó, pasando Trespaderne al Partido Judicial de Villarcayo.
  • Parece que existió otra Deóbriga por la zona de Tardajos, que pertenecía a los turmogos.
  • Sobre el tema se puede consultar la obra del ilustre académico mirandés D. Francisco Cantera Burgos “El Fuero de Miranda de Ebro”, publicada en 1998.
  • En él se daba de comer a los peregrinos que se dirigían a Santiago.
  • La Junta de Castilla y León ha publicado “Documentación básica de Monumentos”, en la que se hace referencia a esta iglesia.
  • En el monumento a las víctimas de la II Guerra Mundial levantado en Tarbes (Francia), hay una placa en la que se mencionan los campos de concentración de Auschwitz, Mauthausen y Miranda de Ebro.
  • El poeta César Vallejo en su extenso poema “España, aparta de mí este cáliz”, se refiere al campo de concentración de Miranda.

Autor Paco Blanco, Barcelona abril 2017

POR EL VALLE DE TOBALINA:CILLAPERLATA, EL CASTILLO DE TEDEJA Y TRESPADERNE. -Por Francisco Blanco-

Después de traspasar el desfiladero de la Horadada para abandonar el valle de Valdivielso  y antes de penetrar en el valle de Tobalina, se encuentra el pequeño pueblo de Cillaperlata, escondido entre bosques y montañas y encaramado a un peñasco, está situado al pie de la Sierra de la Llana, en el margen derecho del Ebro, que hace un recodo donde se forma un pequeño embalse. En la actualidad está  habitado por una treintena de personas y pertenece al partido judicial de Villarcayo, dentro de la Merindad de Villarcayo, aunque anteriormente había formado parte de la Merindad de Cuesta Urría; a unos cinco kilómetros se encuentra la localidad burgalesa de Trespaderne. Este pintoresco pueblo, como veremos a continuación, está cargado de historia y también de misterio.

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Todo parece indicar que los orígenes de Cillaperlata están directamente relacionados con el desaparecido Monasterio visigodo de San Juan de la Hoz, uno de los primeros y más importantes monasterios del norte de la península, fundado por el abad Alejandro Quellino; de dicho Monasterio existen datos documentados desde el año 790. Este Monasterio, que fue femenino hasta el siglo XI, se convirtió en uno de los principales orígenes de la repoblación del Condado de Castilla y también ejerció jurisdicción de abadengo sobre Cillaperlata, lo que lleva a la conclusión de que el pueblo es más antiguo que el Monasterio. En el año 1011 el Conde de Castilla Sancho García el de los Buenos Fueros, nieto de Fernán González, y su mujer Urraca, fundan en Oña el Monasterio de San Salvador, para mayor gloria de su hija Trigidia, que se convirtió en su primera Abadesa, trasladándose desde el Monasterio de San Juan de la Hoz, donde era  monja profesa, acompañada de toda la comunidad. El pueblo de Cillaperlata fue una de las donaciones que hizo el Conde al nuevo Monasterio: Cella perllata, cum integritate” Ambos monasterios pasaron, al poco tiempo, a ser masculinos.

Su mismo nombre de Cillaperlata ha dado lugar a más de una conjetura; la palabra Cilla indica habitación o espacio reducido, mientras que la palabra prealatus indica lo contrario, espacio extenso y vasto, lo que hace pensar, al ir unidas, en un sitio grande, en el que existen muchas cuevas pequeñas, de hecho, en la pared del acantilado sobre el que se levanta el pueblo se abren dos cuevas: la Cueva Pequeña y la Cueva Grande. También por toda esta zona, y otras cercanas, es frecuente este tipo de toponimia. Para otros, sin embargo, la palabra está relacionada con la celda del prelado, en alusión a los numerosos eremitas que vinieron a refugiarse en las también abundantes cuevas diseminadas por los valles  del alto Ebro, sin ir más lejos, en la cercana Tartalés de Cilla existe una iglesia rupestre en el interior de una cueva de amplias dimensiones.

El pueblo estaba formado por dos núcleos urbanos diferenciados, el Barrio de Arriba, hoy inexistente, en el que todavía se pueden ver las ruinas del Monasterio de San Juan de la Hoz, destruido por la acción conjunta del tiempo, el abandono, la devastación provocada por la invasión napoleónica y poco más tarde por la primera guerra carlista y finalmente la Desamortización de Mendizabal (1); también en el mes de julio de 1837 dos mil soldados carlistas cruzaron el Ebro, precisamente por Cillaperlata, con la intención de evitar el enfrentamiento con la guarnición de Burgos, que les estaba esperando fuertemente armada. En las inmediaciones del Barrio de Arriba todavía se conserva una necrópolis altomedieval con 84 tumbas antropomórficas. En el Barrio de Abajo viven los escasos habitantes actuales con que cuenta el pueblo; se encuentra a las orillas de un embalse, el más antiguo de la provincia de Burgos, donde se remansan las aguas del Ebro, y que sirve para suministrar energía eléctrica a las vecinas provincias de Álava y Vizcaya.

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Su modesta iglesia parroquial es del siglo XVI, está construida con parte de los restos románicos del Monasterio de San Juan de la Hoz y de la iglesia de San Juan Bautista del Barrio de Arriba, está consagrada a Nuestra Señora de Covadonga y en su interior se guarda un pequeño tesoro de inapreciable valor, único en toda España, igualmente procedente de las ruinas del Monasterio de San Juan de la Hoz: se trata de una talla visigótica de madera policromada, que representa a la Virgen de Covadonga con el Niño en su regazo, cuyo origen se remonta al siglo V y que posiblemente se trata de una fiel reproducción de la famosa Santina asturiana que se le apareció a D. Pelayo, aquel noble toledano que inició la Reconquista desde las montañas de Asturias. La imagen original que se conservaba en el santuario asturiano fue destruida por un incendio en el siglo XVII, siendo sustituida por otra imagen similar pero más moderna y distinta. La pregunta surge espontáneamente ¿cómo es posible que una imagen similar a la Santina se encuentre en la modesta iglesia de un pequeño pueblo burgalés, a más de doscientos kilómetros de distancia de la Cueva de Covadonga? La respuesta todavía pertenece al mundo de los misterios, aunque aún queda alguno más por resolver en este misterioso pueblo de Cillaperlata.

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Entre Cillaperlata y Trespaderne, en medio de un espeso pinar, se encuentra la ermita de la Virgen de Encinillas, en torno a la cual se ha tejido una curiosa leyenda, que la relaciona directamente con los inicios de nuestra Reconquista. Según la leyenda, en el lugar en que se levanta la ermita tuvo lugar en el siglo VIII un terrible enfrentamiento entre moros y cristianos, conocido como la “Batalla del Negro Día”, que acabó con la aplastante victoria de los godos sobre los árabes:”…. que dice fue aquí una grande batalla y victoria que hubo de los árabes el Infante Don Pelayo, el año de setecientos y veinte y seis, a nueve de Agosto”. Siempre según la leyenda, en esta batalla perdieron la vida entre 7000 y 8000 árabes, que dejaron además grandes riquezas en el campo de batalla, siendo los cristianos muy inferiores en número de combatientes. La lucha debió de ser tan encarnizada y larga, que amenazaba con caer la noche sin que hubiera un claro vencedor, viéndose los cristianos superiores y con moral de victoria, rogaron a la Virgen de Encinillas añadiese unas horas más de luz, para poder así eliminar por completo al ejército enemigo. La Virgen alargó el día y se produjo la resonante victoria cristiana. Por ese motivo, también se la conoce como la “Virgen del Negro Día” y cada año por el mes de setiembre, se celebra en la ermita una popular romería para conmemorar dicha batalla. Posteriormente, la imagen de la Virgen fue trasladada a la iglesia de Cillaperlata. D. Pelayo, el gran vencedor, mandó enterrar los cristianos muertos en la batalla, alrededor de 400, por las cercanías de la ermita, donde todavía se pueden ver más de cuatrocientas tumbas señaladas con losas; uno de los jefes godos muertos en la batalla, parece ser que fue el Duque de Cantabria.

Con motivo de la celebración del centenario de la consagración del Santuario de Covadonga, la imagen viajó al Arzobispado de Oviedo, donde fue objeto de una cuidadosa restauración. Ni que decir tiene que son muchos los asturianos que, atraídos por la devoción y la curiosidad, visitan la iglesia de Cillaperlata para contemplar con detenimiento y admiración la que puede ser la verdadera imagen de su venerada Santina, es decir, la Virgen de Covadonga.

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Las ruinas de la  fortaleza de Tedeja, encaramadas en la Sierra de la Tesla, sobre un cerro calcáreo a 720 metros de altura, son como un viejo centinela que domina el cañón de la Horodada, el Valle de Tobalina, el curso del Ebro, el Nela y el Jerea y vigila de cerca el pueblo de Trespaderne, perteneciente a la Merindad de Cuesta Uría (2). Son de origen romano, entre finales del siglo IV y mediados del siglo V, seguramente construido durante la guerra contra los cántabros, pero sobre ellas, a comienzos del siglo XI se levantó el famoso castillo de Tedeja, el primero de la línea de castillos defensivos que protegieron la repoblación del Condado de Castilla, a los que debe su nombre. En el siglo X aparece citado el alfoz de Tedeja o Tetelia en el Cartulario de San Millán, pasando en el siglo XII, con la llegada de los monjes cluniacenses, a depender del Monasterio de San Salvador de Oña, con jurisdicción de abadengo, en el año 1270 pasa a denominarse alfoz de Cuesta Úrría, bajo el señorío de Alvaro de la Cuesta Úrria y García López de la Cuesta Úrria. Finalmente, en el siglo XIV, durante el reinado de Juan I de Castilla, al igual que Trespaderne, pasa a tener jurisdicción de señorío y a ser propiedad de los Velasco. También parece que hubo algunos intentos de fusionarse con Cillaperlata.

Actualmente el municipio de Trespaderne, donde se encuentran las ruinas del castillo de Tedeja, está integrado por siete entidades menores, que son: Arroyuelo, Cadiñanos, Palazuelos de Cuesta Urria, Santotís, Tartalés de Cilla, Trespaderne y Virués. Sus orígenes son del siglo XI y dependía del cercano monasterio de Oña, cuyo abad era quien nombraba su alcalde pedáneo, integrándose en el siglo XIII en la Merindad de Cuesta Urria, dentro de la Merindad de Castilla la Vieja, aunque la capitalidad del alfoz de Tedeja la ostentaba Nofuentes, que era donde se reunía el Concejo hasta el siglo XVIII, en que recuperó su independencia gracias a la segregación de la Merindad de Cuesta Urria, pasando a depender del Partido Judicial de Villarcayo. El pueblo se agrupa en torno al puente medieval sobre el río Nela, destacando su iglesia parroquial de San Vicente Mártir, de estilo neoclásico levantada en el siglo XVII, destacando su magnífico retablo principal, también cuenta con algunas casas señoriales, como la de los Condes de la Revilla o el palacio de los Fernández de Campo.

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Trespaderne es también un enclave geográfico importante pues prácticamente se encuentra equidistante de Burgos, Bilbao, Vitoria, Logroño y Miranda de Ebro, el segundo núcleo urbano de la provincia de Burgos, igualmente cargado de historia, al que nos vamos a dirigir a continuación, pues su visita es imprescindible.

Autor Paco Blanco, Barcelona, mayo 2017

POR EL VALLE DE VALDIVIELSO : QUECEDO, ARROYO, SAN PEDRO DE TEJADA Y VALDENOCEDA. -Por Francisco Blanco-.

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En Quecedo, capital de la Merindad de Valdivielso, desde el siglo XIII el Concejo, que representaba a todos los pueblos del valle, se reunía a celebrar sus Juntas y Consejos en torno a una vieja y monumental encina que se alzaba en el centro de la Dehesa, estaba presidido por el alcalde y siete vocales, asistiendo también los alcaldes pedáneos de todos los pueblos. Antes de implantarse este sistema administrativo,  habían llegado al valle numerosos eremitas que acondicionaron cuevas por los alrededores para vivir en soledad, pero también construyeron pequeños templos, que se fueron convirtiendo en monasterios repartidos por todo el valle, a cuyo cobijo fueron apareciendo pequeños pueblos que se integraron armónicamente en el agreste paisaje, mediante una arquitectura popular que utilizaba la madera y la piedra, por otra parte tan abundantes, como los principales elementos de construcción; más adelante fueron apareciendo las casonas, palacios y torres defensivas, propiedad de los grandes señores  que acabaron imponiendo su autoridad en el valle, siempre compartida con la jerarquía eclesiástica de los centros monásticos, especialmente el de San Salvador de Oña y el de San Pedro de Tejada, muy cercano a Quecedo. Según nos cuenta el “Becerro de Behetrías”, a mediados del siglo XIV muchos de estos pueblos se habían convertido en Señoríos de estas familias, como los Fernández Manrique, los Velasco, los Villalobos, los Huidobro, los Díaz, todas bajo la autoridad del Merino Mayor, que era nombrado por el Rey.

El pequeño, pero atractivo, pueblo de Quecedo es de origen medieval, formado por calles estrechas agrupadas en torno a su calle principal, sobresalen históricas y blasonadas casonas como la de los Huidobro o los Gómez de Quecedo, de los siglos XV y XVI, con artísticas y blasonadas fachadas y torres almenadas. Su iglesia parroquial de Santa Eulalia es de estilo gótico con planta de cruz latina, fue construida en el siglo XV, incorporándosele, en el XVI, una portada rematada con un monumental arco.

Saliendo de Quecedo con dirección a Arroyo de Valdivielso, en plena Sierra de la Tesla, el viajero se encontrará con el sobrecogedor paraje natural de Los Cárcabos, una serie de formaciones rocosas con un aspecto realmente impresionante. En los alrededores, a mil cien metros de altitud, en un paraje solitario se encuentran la ermita de Pilas y unos antiguos eremitorios; también en las cercanías se pueden ver las Cabañas de los Moros, de bastante difícil acceso, consistentes en una serie de oquedades excavadas en la roca, con una plataforma sobre la que se habrían asentado cuatro o cinco viviendas habitadas por ermitaños en la Alta Edad Media, también se conservan catorce nichos altomedievales, excavados verticalmente en la roca. Actualmente el acceso  estas tumbas está totalmente restringido, por lo que no se pueden visitar, aunque hay una iniciativa del Ayuntamiento de Merindad de Valdivielso  para limpiar los accesos al yacimiento y realizar un estudio arqueológico del mismo.

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Para llegar a Arroyo de Valdivielso hay que atravesar la garganta de las Canalejas, formada por unos impresionantes murallones de piedra que caen a pico sobre el desfiladero. De nuevo en el valle, pronto nos encontramos con Arroyo de Valdivielso, otro pequeño pueblo, típico del valle, con pequeñas callejuelas agrupadas en torno a su calle mayor, en la que también se pueden ver algunas casonas de piedra con sus fachadas blasonadas, prueba del alto linaje de sus primitivos propietarios.

Al final de esta larga calle mayor el viajero se encontrará con la carretera que le llevará de nuevo a Quecedo, distante apenas dos kilómetros.

Otra opción que se puede elegir es la de dirigirse al también cercano pueblo de Puente Arenas, que se encuentra a unos tres kilómetros, donde podrá visitar detenidamente el magnífico Monasterio de San Pedro de Tejada, una de las más preciadas joyas del Románico burgalés.

¡Vale la pena!

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Desde mediados del siglo IX, lenta pero incesantemente, fueron apareciendo por estas tierras  grupos repobladores que se fueron extendiendo por todo el valle. Uno de estos grupos, formado, según algún historiador, por treinta y tres monjes, diáconos y subdiáconos, sometidos a la disciplina comunal del abad Rodanio, fundaron el Monasterio de San Pedro de Tejada, como homenaje a las reliquias de San Pedro y San Pablo: “En nombre de Cristo se han reunido abades, padres y laicos católicos bajo el nombre de Hermandad de Tejada y en torno a las reliquias de San Pedro y San Pablo; así quedan marcados los nombres de los que en adelante poseerán la vida eterna. Amén”

Según el Cartulario del Monasterio de San Millán de la Cogolla: “Facta carta in era DCCCC, regnante Roderico comité in Castiella” (Hecha la carta en la era 900, gobernando el conde Rodrigo en Castilla), es de suponer que la fundación tuvo lugar a mediados o finales del siglo IX, aunque en un principio estos cenobitas vivieron dispersos por cuevas o en chozas muy primitivas.

El lugar donde se construyó el primitivo monasterio pre-románico, que acabaría convirtiéndose en un priorato del de San Salvador de Oña, se erigió, durante mucho tiempo, en el Monasterio más importante de la naciente Castilla, participando activamente en  su repoblación. El constante avance de las fronteras castellanas fue la causa de que pasase a un segundo plano, quedando a la sombra del cenobio de Oña, que gozaba además de la protección de condes y reyes.

Actualmente se puede admirar la iglesia de San Pedro de Tejada, una verdadera joya del arte románico burgalés, que se construyó durante la segunda mitad del siglo XI, precisamente bajo el patrocinio del Abad de Oña.

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Para llegar a esta singular iglesia hay que dirigirse primero al pueblo burgalés de Valdenoceda, situado en la entrada del valle de Valdivielso, que pertenece al Partido de Arriba, uno de los cuatro que forman la Merindad de Valdivielso, en el que se puede admirar la Torre-castillo de los Salinas, construida en el siglo XIII, que posteriormente pasaría a manos de los Velasco, y la iglesia de San Miguel Arcángel, otra bella muestra del románico burgalés.

De Valdenoceda hay que dirigirse al cercano pueblo de Puente Arenas, llamado así por su magnífico puente de siete arcos, construido en el siglo XVI,  después de cruzar el Ebro por dicho puente hay que coger un camino ligeramente empinado, que acaba justo ante la portada occidental de San Pedro de Tejada, de una sobria sencillez, en la que destaca la armonía y perfección de la decoración ajedrezada de su dintel, con cinco arcos  de medio punto con sus respectivas columnas, luciendo diversos adornos vegetales. En el cuerpo superior se aprecia un tetramorfos representando a los cuatro evangelistas y también una figura de Cristo departiendo con los doce Apóstoles, que aparecen con los brazos en alto.

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La planta de la iglesia, siguiendo las pautas del románico burgalés, consta de una sola nave con tres tramos: un falso crucero, sobre el que se levanta una imponente torre de dos cuerpos, a la que se puede subir por una escalera de husillo, seguido de un presbiterio rectangular, el ábside semicircular y la portada trasera; todo en una sillería de color rojizo, perfectamente labrada y cortada, que confiere a todo el conjunto un aspecto muy homogéneo y peculiar. En las numerosas ventanas de las fachadas, así como en sus capiteles y canecillos se aprecian numerosos relieves y esculturas con diferentes motivos, como la Última Cena o la Ascensión del Señor, incluyendo además un variado temario iconográfico, en el que se mezclan los motivos lúdicos y eróticos con los puramente religiosos. El ábside está dividido en columnas, sostenidas por contrafuertes. La torre es muy esbelta y consta de dos cuerpos, con ocho vanos ciegos en cada uno. Una imposta ajedrezada recorre los muros y el ábside.

Al penetrar en su interior, cubierto por una bóveda de medio cañón, el visitante recibe la sensación de haber entrado en un recinto alto y esbelto, debido, tal vez, a la rara perfección de sus capiteles, delicadamente tallados y con una variada decoración llena de simbolismo, representando a Cristo en la Oración del Huerto, santos, águilas y aves entrelazadas de bella composición y diáfano dibujo.

Parece ser que a principios del siglo XVI el abad de Oña, Fray Alonso de Madrid, dotó a la iglesia de San Pedro de Tejada con un retablo gótico para cuya colocación hubo necesidad de romper algunos capiteles. Este retablo se encuentra actualmente en el Museo del Retablo de Burgos.

También existe una tradición, según la cual en el año 1603 llegó a San Pedro de Tejada un fragmento de la Vera Cruz, lignum crucis,  reliquia que provocó la llegada masiva de peregrinos a contemplarla, venerarla e invocar su protección, a cambio de pequeños donativos que les debieron venir muy bien a los monjes. En el año 1845 estas reliquias fueron trasladadas al cercano pueblo de Quintana de Valdivielso, posiblemente junto con otros tesoros, sin que se sepa muy bien su destino final.

Con la desamortización de Mendizábal, San Pedro de Tejada, con todo su contenido, pasó a pertenecer a la familia de los Huidobro, originaria de Quecedo de Valdivielso, que actualmente siguen siendo sus propietarios.

Un calvario del siglo XIII, que pertenecía a la iglesia, se encuentra actualmente en el Museo Marès de Barcelona.

El hecho de que esta auténtica joya del románico burgalés sea de propiedad privada, aunque su restauración se hiciera con fondos públicos, hace que el acto de visitarla resulte complicado: Tan solo en determinadas épocas del año y con limitación de los horarios en que se puede visitar.

Durante el presente año han sido los siguientes: Julio y agosto: de 11.30h a 14.00h y de 16.30h a 19.30h; junio y septiembre solo fines de semana. ¡Una pena!……….

El pueblo de Puente Arenas se encuentra diseminado por la ribera del Ebro, destacan algunas casonas señoriales de piedra de sillería y la iglesia parroquial de Santa María, de estilo plateresco, aunque conserva algunos elementos románicos, como la portada del siglo XII.

Vamos a abandonar este singular valle de Valdivielso por el pueblo de Valdenoceda, situado en la cabecera del valle, al cobijo de la Sierra de Tudanca y muy cerca del desfiladero de La Horadada, que abre el paso del valle hacia la cercana Villarcayo. Se trata, por lo tanto, de un lugar estratégico, especialmente para las comunicaciones del valle con Burgos y Cantabria, por el cercano puerto de La Mazorra y también con Álava, Vizcaya y La Rioja.

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Dos edificios singulares captan la atención del viajero al llegar a este pueblo, cabecera del singular valle burgalés de la Merindad de Valdivielso: la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel y la Torre-fortaleza de los Velasco.

La iglesia de San Miguel es de origen románico pero, como tantas otras iglesias del valle, ha sufrido numerosas transformaciones en su estructura original, que solamente han respetado la portada que se abre en el muro sur y la torre sobre el crucero, que guarda cierta similitud con la de San Pedro de Tejada, aunque es de menor tamaño. Su construcción se inició en los comienzos del siglo XIII.

Por el contrario, la Torre de los Velasco, situada enfrente, como un vigilante centinela de le entrada del valle, era la más importante de la comarca, presentando un imponente aspecto, alcanzando los veinte metros de altura y rematada por almenas. Fue construida a finales del siglo XIV por la poderosa familia de los Velasco. Actualmente esta torre, restaurada en los años sesenta del pasado siglo, pertenece a los Duques de Salinas. En el conocido como barrio Grande se encuentra la Casa-palacio de los Garza, otro edificio blasonado levantada el siglo XVII por una familia de indianos originales del valle.

Pero aún queda otro edificio en las afueras del pueblo, prácticamente junto al puente a orillas del Ebro, que resulta imposible no mencionar, aunque su memoria resulte de lo más negativo, ya que en él tuvieron albergue, hace muy poco tiempo, el odio, el horror y la venganza.

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Se trata de un edificio que había sido una fábrica de sedas, que en el año 1938 pasó a convertirse en uno de los penales más siniestros del Régimen franquista, que en 1939 se apoderó de España y la dominó durante cuarenta años. Dentro de sus muros la vida se convirtió en tragedia para más de tres mil presos republicanos allí encarcelados, procedentes de casi todas las regiones de España, que tuvieron que sufrir toda clase de vejaciones, necesidades, enfermedades, torturas, ignominias y muchos hasta la muerte.

Por este penal pasaron políticos, sindicalistas, obreros, campesinos, maestros y simples ciudadanos, la mayoría de los cuales no habían cometido otro delito que no mostrar su sometimiento a la nueva ideología impuesta por la fuerza de las armas, que no estaba dispuesta a permitir la más mínima disidencia. Este ”penal de los inocentes o de los olvidados”, como también se le conocía, estuvo operativo hasta 1945, en que lo abandonó el último preso, después de haber pasado dentro de sus muros muchos años viviendo en condiciones infrahumanas. Todavía está pendiente recuperar su historia del olvido y devolverles la memoria y la honra a todos aquellos que allí perdieron su dignidad y su vida (1).

Hasta el año 2003 no entró en vigor la “Ley de la Memoria Histórica”, dando comienzo un duro y complicado trabajo, no sólo de de búsqueda e investigación documental, sino también de recuperación de los restos de tantos seres humanos vilmente asesinados, cuyo paradero aún se desconoce.

Actualmente, la antigua fábrica de sedas, convertida en penal, está prácticamente derruida.

Ha llegado a su fin la visita a este singular y atractivo Valle de Valdivielso, que tantas agradables sensaciones y satisfacciones causa a quienes lo visitan, le vamos a abandonar cruzando el desfiladero de La Horadada, para dirigirnos a la localidad burgalesa de Trespaderne, no sin antes pararnos a visitar el histórico castillo de Cillaperlata.

NOTAS:

  • Fernando Cardero Azofra y Fernando Cardero Elso, son los autores del libro “El penal de Valdenoceda”, fruto de diez años de exhaustiva investigación, en el que se detalla de forma pormenorizada la dureza de la vida cotidiana del penal y las numerosas calamidades que sufrieron sus reclusos.