FERNANDO SÁNCHEZ I, CONDE DE CASTILLA Y REY DE LEÓN. -Por Francisco Blanco-.

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A estas alturas de la Historia, todavía existen discrepancias sobre si Fernando Sánchez I fue el primer monarca de Castilla ó si también lo fue de León, con el título de Fernando I Rey de Castilla y de León.

El ilustre historiador burgalés D. Gonzalo Fernández Díaz es muy rotundo cuando afirma: “Podemos y debemos afirmar con absoluta certeza el hecho de que Fernando nunca fue rey de Castilla, y que ésta nunca cambió su naturaleza de condado subordinado al rey de León, para convertirse en reino a su muerte, ocurrida en el año 1065”.

Sin embargo, otro historiador ilustre, el vallisoletano Julio Valdeón, en el año 2005 afirmaba todo lo contrario: “A partir del año 1037 ya están unidos los reinos de Castilla y de León; Fernando I es rey de Castilla y unos años después se incorpora León, intitulándose rey de Castilla y de León”, en este orden.

Si recurrimos a los datos históricos vemos que Fernando era el segundo de loa hijos del rey de Pamplona Sancho Garcés III el Mayor y de su esposa Muniadona de Castilla, hija del conde de Castilla Sancho García I el de los Buenos Fueros. Había nacido el año 1016, posiblemente en Pamplona, y en el año 1029, como consecuencia de la muerte de su sobrino, el conde García Sánchez, su padre le nombra Conde de Castilla aunque, eso sí, sin prerrogativas de gobierno, cosa que se reservó para él, conservándolas hasta su muerte.

El conde García Sánchez, también conocido como “El último conde”, que había nacido en el año 1009,  se había quedado huérfano siendo todavía un niño, ocupándose de la regencia del condado su tía Doña Urraca, que era además abadesa de Covarrubias; en el año 1028, con 19 años y siendo ya conde efectivo de Castilla, mediante un pacto matrimonial concierta su casamiento con la infanta Sancha, hija del rey Alfonso V de León; a tal efecto, acompañado por un nutrido séquito en el que figuraba su cuñado  el rey Sancho Garcés III de Pamplona, se traslada a León, donde tendría lugar la ceremonia nupcial. Pero el Destino tenía otros designios. Unos días antes de la boda, cuando se encaminaba hacia la iglesia de San Juan Bautista de León para proceder a las presentaciones rituales, fue asaltado y asesinado por una cuadrilla de asesinos que le estaban esperando (1). Sobre la autoría de este magnicidio todavía siguen barajándose diferentes teorías.

Lo que resulta evidente es que el gran beneficiado de este asesinato fue su cuñado, el rey de Pamplona Sancho Garcés III, quien no dudó en autoproclamarse conde de Castilla, alegando sus derechos como esposo de la hermana mayor del conde asesinado, Doña Muniadona de Castilla, aunque en el año 1029 nombró a su hijo Fernando conde de Castilla, mas bien como título honorario, como ya queda dicho.

Fernando I no fue conde efectivo de Castilla hasta la muerte de su padre, ocurrida en el año 1035 en unas circunstancias altamente sospechosas.

Sancho Garcés III, que se denominaba a sí mismo como “Rex Ibéricus”, había sido un rey anexionista que había hecho crecer territorialmente a Navarra incorporándola territorios de Aragón, Guipúzcoa, Vizcaya, Álava, La Rioja, el condado de Castilla entero e incluso parte del reino de León. En su testamento repartió este extenso territorio entre sus hijos de acuerdo con el derecho sucesorio navarro, implantado en el siglo X por Sancho Garcés I: A García, su hijo primogénito, le correspondió el reino patrimonial, que era Pamplona, al que también pertenecían algunas tierras de Aragón, a esto le añadió una buena parte del Condado de Castilla, como La Bureba, los Montes de Oca, Trasmiera y la parte oriental conocida como Castilla Vetula, muy cercana a Cantabria. Su segundo hijo, Fernando, siguió gobernando el Condado de Castilla, que ya le correspondía por herencia de su madre y su sobrino  y que además seguía estando bajo la autoridad del rey de León, pero al que le habían arrebatado los territorios arriba mencionados. Gonzalo, el benjamín, recibió los condados de Sobrarbe y Ribagorza y a Ramiro, un hijo bastardo que había tenido con Sancha Aibar antes de casarse con Muniadona de Castilla, le correspondieron los territorios que poseía en Aragón, llegando posteriormente a convertirse en el rey Ramiro I de Aragón (2). Su única hija, Jimena, estaba casada con el rey Bermudo III de León.

Casi un año después de su toma de posesión efectiva como conde Castilla, el 22 de junio del año 1038, Fernando  es coronado rey en la catedral de León por el obispo Servando, convirtiéndose en Fernando I, rey de León. A partir de esta fecha el título de conde de Castilla dejará de existir, pasando exclusivamente al dominio de la historia.

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Fue el propio rey Sancho Garcés III quien, en el año 1032, concertó la boda de su hijo Fernando con la infanta leonesa Doña Sancha, hija de Alfonso V y hermana de Bernudo III, que reinaba en León y que precisamente estaba casado con su hija Jimena, boda igualmente concertada por él, lo que convertía a Bermudo y Fernando en cuñados por partida doble.

Esta infanta leonesa en el año 1028 había estado a punto de convertirse en condesa consorte de Castilla, cosa que impidió el asesinato de su prometido el joven conde García Sánchez a la entrada de la iglesia de San Juan Bautista de León. Después de ver su boda frustrada, la infanta Doña Sancha estuvo unos años retirada en la abadía asturiana de San Pelayo en Oviedo, en la que ejerció de abadesa aunque conservó su condición seglar. A la muerte de su hermano, el rey Bermudo III, se convirtió en la heredera legítima del trono leonés, aunque el poder efectivo lo cedió a su esposo Fernando, pues, por aquellos, tiempos en León no se reconocía a las mujeres como reinas “de Facto”.  Fue la impulsora, junto con su esposo, de la fundación de la Real Colegiata  de San Isidoro de León, donde está enterrada.

A la muerte del poderoso rey de Pamplona se rompió el precario equilibrio en que se mantenían los reinos cristianos de la península y empezaron a aparecer las discordias familiares, que pronto provocaron la aparición de la violencia entre las familias reinantes.

El primero de estos enfrentamientos lo provocó precisamente el joven y belicoso rey de León Bermudo III, que estaba ansioso por resarcirse de los agravios que había tenido que soportar por parte de su suegro el rey de Pamplona, además de querer recuperar los territorios que éste le había arrebatado entre el Cea y el Pisuerga, y tampoco había digerido muy bien el matrimonio de su hermana la infanta Doña Sancha con el nuevo conde castellano. Para ello planeó una campaña militar contra Castilla, con el objetivo de recuperar los territorios arrebatados. Se puso al frente de su ejército y penetró en tierras castellanas con el objetivo de derrotar a su cuñado Fernando.

El conde castellano, que también aspiraba a hacer más fuerte su condado a base de ampliar su territorio, recuperando sobre todo los que le habían arrebatado, también era consciente de que para enfrentarse a su cuñado el rey leonés, necesitaba algún aliado, por lo que cuando se enteró de que Bermudo avanzaba hacia Castilla al frente de sus tropas, formó una coalición con su hermano el rey de Pamplona García Sánchez III, conocido como el Nájera.

El día 1 de setiembre del año 1037, cerca la localidad burgalesa de Tamarón de Campos, en el valle que se forma a orillas del arroyo de Penillas, se produjo el encuentro entre ambos ejércitos. El castellano-navarro comandado por Fernando I y el  leonés por Bermudo III. El rey leonés, de carácter impulsivo y belicoso, montaba un caballo llamado “Pelayuelo”, joven y fogoso como su dueño. A la vista del ejército castellano, Bermudo no se pudo contener y puso  su caballo a un desenfrenado galope, en busca de su cuñado Fernando. Esto fue su perdición, pues la velocidad de “Pelayuelo” pronto le hizo dejar atrás al grueso de sus tropas que no pudieron seguirle; rápidamente fue rodeado por caballeros castellanos y navarros, que le desmontaron y una vez en el suelo fue lanceado sin compasión, propinándole más de cuarenta lanzazos que lo convirtieron en un mortal guiñapo humano cubierto de sangre.

Aquí se terminó la batalla, pues las tropas leonesas, a la vista de su rey muerto recogieron su cuerpo y emprendieron el regreso a León. Los restos del rey Bermudo III, último rey de origen godo de Asturias y León, recibieron sepultura en la Real Colegiata de San Isidoro de León (3).

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Con esta fácil victoria, que además convertía a su esposa Doña Sancha en la legítima heredera del trono leonés, al conde castellano se le allanó el camino para proclamarse rey de León, siendo ungido como tal el 21 de junio del 1038, después de vencer la oposición de un buen número de caballeros leoneses, contrarios a su coronación.

Pero las rencillas familiares volvieron a tomar cuerpo, esta vez entre los dos reyes hermanos: García Sánchez III de Pamplona y Fernando I de León. Las causas de esta nueva desavenencia hay que volver a buscarlas en las anexiones territoriales hechas por su padre, el rey Sancho Garcés III, de buena parte de los territorios del Condado de Castilla. Las reclamaciones de devolución  realizadas por Fernando no fueron atendidas por García, posiblemente receloso ante el engrandecimiento territorial y el poder que estaba consiguiendo su hermano Fernando, a esto hay que añadir el miedo de ver disminuido el suyo propio.

Con estas posturas contrarias, el enfrentamiento entre hermanos se hizo inevitable y los dos reyes volvieron a coger las armas, en esta ocasión para enfrentarse entre ellos.

Esta vez el choque tuvo lugar el día 1 de setiembre del año 1045, en la burgalesa sierra de Atapuerca, muy próxima a la capital burgalesa, que todavía pertenecía al reino navarro. Fernando iba al frente del ejército castellano-leonés y García mandaba el navarro, en el que, según la “Crónica Silense”, participaban tropas moras, seguramente proporcionadas por su hermano Ramiro. En los “Anales Compostelanos” se puede leer el siguiente relato de la batalla: “En la era MLXXXII, el primer día de setiembre fue matado el rey García, luchando con su hermano el rey Fernando en Atapuerca, por un caballero  suyo llamado Sancho Fortún, a quien había injuriado con su mujer”.

Todo parece indicar que la muerte del rey navarro fue un crimen pasional cometido por el caballero navarro Sancho Fortún, como venganza del adulterio de su esposa Doña Velasquita, que se había convertido en la amante del rey García.

Finalmente, la batalla, que se alargó hasta el anochecer y fue encarnizada, causando numerosas bajas en ambos bandos, se decantó a favor del rey leonés.

Fernando I, muy afectado por el asesinato de su hermano, pues había dado órdenes de respetar su  vida, además de castigar al asesino, renunció al reino navarro y en el mismo campo de batalla proclamó rey de Pamplona a su sobrino Sancho Garcés IV, que apenas contaba quince años. El cuerpo del rey García fue trasladado por sus súbditos a Nájera, donde recibió sepultura en el monasterio de Santa María la Real.

Cabe también señalar que en las filas del rey Fernando luchaban el noble leonés Diego Laínez y su hijo Rodrigo Díaz, que no tardaría en ser conocido como el legendario Cid Campeador.

La batalla de Atapuerca y la total recuperación de los territorios del condado castellano, que aún pertenecían a los navarros, marcaron un antes y un después, tanto en Castilla, que empezó a consolidarse como el más poderoso reino cristiano, como en Navarra, donde dio comienzo una lenta decadencia, tanto territorial como política.

Fernando I firmemente asentado en lo que ya se podría llamar el reino castellano-leonés, pudo dedicar todos sus esfuerzos a consolidar la tranquilidad de sus reinos y dedicarse además a extender sus fronteras hacia el sur, aprovechando al máximo la incipiente desintegración del hasta entonces poderoso califato de Córdoba.

En el año 1055 inició su primera campaña contra el rey de la taifa de Badajoz Muhammad al-Muzaffar, apoderándose de las plazas de Viseo y Lamego en Portugal e imponiéndole su vasallaje y el pago de Importantes “parias”(5) .

Un año más tarde, en  1056, avanzó con su ejército por la calzada romana que unía Osma con Medinacelli, apoderándose entre otras plazas, de San Esteban de Gormaz, Berlanga de Duero y Aguilera, destruyendo a su paso todas las atalayas y torres defensivas que encontró y penetrando en el reino taifa de Zaragoza, conquistando la localidad manchega de Taracena y llegando hasta Medinacelli, en el valle del Jalón. El rey Sulayman al-Muqtdir le rinde vasallaje y se compromete al pago de las correspondientes “parias”.

En el año 1062 emprendió una nueva campaña, esta vez contra el reino taifa de Toledo, arrasando los campos de Alcalá de Henares y Guadalajara y devastando la plaza fuerte de Talamanca, en el curso medio del Jarama. El rey taifa de Toledo Ismail al-Mamun también le rinde vasallaje y paga las correspondiente “parias”.

Finalmente en el mes de julio del año 1064, tras seis largos meses de asedio, se apoderó de la importante plaza fuerte portuguesa de Coimbra, lo que significaba ampliar las fronteras con los reinos musulmanes hasta el río Mondego.

Con estas victoriosas campañas del rey leonés, éste asegura definitivamente las fronteras de Castilla y de León por el sur y por el este, obteniendo además el vasallaje de sus vecinos musulmanes, consiguiendo igualmente grandes beneficios económicos a través del cobro de las “parias”.

A finales del año 1064, el rey Fernando emprendió su última campaña, que dirigió contra Valencia, uno de los reinos de taifas más poderosos que quedaban en la península, donde reinaba Abd al-Malik al-Muzaffata. Sus tropas llegaron sin dificultad hasta las murallas de la ciudad, a la que pusieron cerco a comienzo del año 1065, pero la fortaleza de las murallas y la resistencia de los valencianos le impidieron penetrar en su interior. Mediante una estratagema, Fernando consiguió que las tropas musulmanas salieran a luchar en campo abierto. El encuentro se produjo en Paterna y las tropas castellano-leonesas salieron vencedoras, pero Abd al-Malik al-Muzaffata, que se había quedado en Valencia, recibió los refuerzos de su suegro al Mamum de Toledo, por lo que los vencedores  tampoco pudieron esta vez apoderarse de la ciudad. En esta situación, el rey Fernando se sintió enfermo, por lo que decidió regresar a León con su ejército, donde falleció poco después, el 27 de diciembre del año 1065, un año después de haber emprendido su última campaña militar.

En su testamento, el rey de León cometió el mismo error que su padre, el rey de Pamplona. Sin respetar el derecho de sucesión visigótico, vigente todavía en León, que prohibía la división del reino entre más de un heredero, dividió sus reinos entre sus cinco hijos: A Sancho, el primogénito, le correspondió Castilla; Alfonso recibió el reino de León; a García le tocó Galicia y los territorios de Portugal; a Urraca le correspondió el señorío de Zamora y a Elvira el de Toro. Todos ellos recibieron la herencia a título real, por lo tanto Castilla, como León y Galicia se convirtieron en reinos independientes.

Las“parias” de los respectivos reinos de taifas que le había rendido vasallaje únicamente las repartió entre sus tres hijos varones.

Este reparto no parece que satisfizo las ambiciones de Sancho, nuevo rey de Castilla, ni tampoco las de Alfonso, por lo que las diferencias entre ambos no tardaron en surgir, provocando un nuevo enfrentamiento entre hermanos, en el que todos estuvieron involucrados, ocasionando, además, la muerte de dos de ellos: Sancho y García.

NOTAS

  • Sobre este Crimen de Estado se puede consultar “El Romanz del Infant García”
  • A la muerte de su hermano Gonzalo en el 1045, se anexionó los condados de Sobrarbe y Ribagorza.
  • Tanto en la Crónica Silense, como en la Tudense, se hace referencia a la batalla de Tamarón.
  • En el año 1076 este rey fue asesinado por sus hermanos.
  • Las parias eran un tributo que pagaban unos reyes a otros por su protección y en reconocimiento de superioridad.

Autor Paco Blanco,  Barcelona diciembre del 2017.

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BASES DEL XX CERTAMEN NACIONAL DE PINTURA RÁPIDA CIUDAD DE PALENCIA

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LOS ORÍGENES DE CASTILLA-BARDULIA-MALACORIA-LOS FORAMONTANOS: -Por Francisco Blanco-.

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La invasión de la Península Ibérica por  árabes y bereberes a principios del siglo VIII provocó la rápida desestructuración del reino visigodo, que ya estaba afectado en sus estructuras de gobierno por una fuerte corrupción y el malestar social era latente en el resto de las capas sociales, lo que allanó el camino a los invasores en sus proyectos de conquista. Los primeros focos de reacción contra la rápida expansión musulmana surgieron en el Noroeste peninsular y estaban encabezados por un noble toledano de nombre Don Pelayo, que se convirtió en el primer rey de Asturias hacia el año 730.

Otro foco de resistencia contra los musulmanes se instaló en el ducado de Cantabria, cuya capital era Amaya, y cuyo líder era el duque Pedro de Cantabria, otro noble godo que casó a su hijo, el futuro rey de Asturias Alfonso I el Católico, con Ermesinda, una hija de D. Pelayo, sucediendo en el trono asturiano a su cuñado Fruela, que sólo reinó entre los años 737 y 739, en el que murió despedazado por un oso, según cuenta la “Crónica rótense”.

Alfonso I reinó hasta el año 757, en el que le sucedió su hijo Fruela I. Todavía se sentaron varios monarcas en el inestable trono asturiano, que empezó a consolidarse durante el largo reinado de Alfonso II el Casto (791-842), en el dieron comienzo las primeras repoblaciones de lo que después fue la primitiva Castilla.

Con anterioridad, entre el 741 y el 742, se había producido la retirada de las tropas bereberes, que regresaron a África del Norte, lo que propició la creación de una extensa zona despoblada en la cuenca baja del Duero, conocida como los “Campos Góticos”, que permitió reforzar y fortificar las fronteras cristianas, que lentamente se fueron desplazando hacia el sur. También se produjeron movimientos migratorios por el noroeste, protagonizados por los visigodos que se habían refugiado en Cantabria y también por los excedentes de población que se habían formado en el Ducado de Cantabria y que se vieron obligados a buscarse nuevos asentamientos.

Según los “Anales Castellanos Primeros”: “In era DCCCLII exierunt foras montani de Malacoria et uenerunt ad Castiella”.  

En el año 814 salieron los foramontanos de Malacoria y llegaron a Castilla. Procedían de Mazcuerras, una población cántabra de la comarca Saja-Nansa y llegaron a Brannia Osoria (Brañosera), en la Montaña Palentina, donde se establecieron. En el año 824 el conde Munio Núñez, bisabuelo de Fernán González, y su esposa Argilo, concedieron la “Carta Puebla” de Brañosera, primera Carta de Población que se concedía en España, en la que se reconocía a los nuevos pobladores y se les concedía una serie de ayudas y privilegios. De esta forma nacía el pequeño campesinado libre castellano, embrión de la España posterior, que hizo desaparecer el arcaico sistema aristocrático galaico-leonés característico de los restos de la España visigoda que había iniciado la Reconquista. El papel de la monarquía asturiana se limitó únicamente a tomar posesión del territorio, pero su actividad económica la realizaron los nuevos campesinos llegados del norte, impulsados principalmente por su espíritu colonizador. Para ello realizaron presuras de terrenos, plantaron árboles, construyeron casas, restauraron iglesias y ermitas y recuperaron molinos, con el objetivo de crear una tierra donde vivir en adelante con sus mujeres, sus hijos, sus vecinos, sus ganados y sus enseres. También llegaron gentes del sur, los mozárabes, que aportaron sobre todo elementos culturales. Los jefes de estos nuevos asentamientos eran los llamados “señores solariegos”.

Además de ocupar las estribaciones de los Picos de Europa, los foramontanos se fueron extendiendo y asentando por los valles del norte de Burgos, en las tierras del alto Ebro, que constituían el territorio de la antigua Bardulia, que no tardaría en llamarse Castilla.

“Era toda Castilla sólo una alcaldía,
maguer que era pobre e de poca valía,
nunca de buenos omes fue Castilla vazía …”

La palabra Castilla aparece documentada por primera vez en el año 800, en la carta de fundación del monasterio de San Emeterio y San Celedonio de Taranco de Mena, llevada a cabo por el abad Vítulo y su hermano Ervigio, acompañados de Jaunti, Belastar, Azano, Munio y Lopino, que es el autor de la Carta fundacional, todos ellos familiares hispano-godos que procedían de la Trasmiera cántabra. Este grupo y sus familias llevaron a cabo la repoblación del burgalés Valle de Mena, que limita con las encartaciones vizcaínas y los valles alaveses, además de Cantabria.

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San Emeterio y San Celedonio eran dos jóvenes soldados romanos, martirizados en el siglo III, en Calahorra, por haber abrazado la fe cristiana. Sus restos se encuentran actualmente en la catedral de Santander.

Hasta el siglo VIII el nombre de Bardulia designaba territorios cercanos pero diferentes, Estrabón los sitúa ocupando la actual provincia de Guipúzcoa y parte de las de Álava y Navarra, en vecindad con caristios y valones. Según el historiador romano Idacio, a principios del siglo V Bardulia y las costas cantábricas fueron invadidas y saqueadas por los hérulos, una tribu germánica que el siglo anterior ya había asolado el tambaleante imperio romano, que acabaron invadiendo Galicia y uniéndose con los suevos y los alanos.

Pero a principios del siglo VIII las fronteras várdulas se desplazan hacia el noroeste, concretamente hacia el norte de la actual provincia de Burgos y el sur de Cantabria, las causas de este trascendental movimiento demográfico tal vez se debieron a la ocupación durante el siglo VI por los vascones de las actuales provincias de Vizcaya y Guipúzcoa, quedando independiente el territorio intermedio, correspondiente a la actual provincia de Álava. Esto ocurría durante la decadencia visigoda y poco antes de que árabes y bereberes invadieran la península, cosa que consiguieron gracias a la colaboración del conde godo D. Julián.

Por su parte, el rey asturiano Alfonso I y su hermano Fruela se encargaron de repoblar los territorios más al Este del reino astur, desde Saldaña hasta Amaya, Clunia y Osma, llegando hasta Oca. También, utilizando la calzada romana que unía Zaragoza con Astorga, pasando por La Bureba, hicieron incursiones por tierras de Miranda y La Rioja, aunque más bien fueron expediciones militares de expolio y saqueo.

En el año 759, en tiempos del rey Fruela,  con la sede episcopal de Oca abandonada y el territorio de los Montes de Oca ocupado por los musulmanes, cerca de la localidad burgalesa de Pancorbo la abadesa Nonna Bella funda el Monasterio de San Miguel del Pedroso, uno de los primeros monasterios femeninos que se crearon en España, según se puede leer en su carta fundacional (1):

“En el nombre de su santa e individua Trinidad. Yo, la abdesa Nuñabella propuse y cuidé de ofrecer y recomendar mi cuerpo y alma a este santo monasterio que proporcioné cerca del río Tirón y dispuse que fuese consagrado con las reliquias del Arcángel San Miguel, de los apóstoles San Pedro y San Pablo y de San Prudencio, y mis hermanas y yo prometimos, en presencia del gloriosos rey Fruela y del obispo Valentín en el día octavo antes de las calendas de mayo de la era setecientos noventa y siete, vivir aquí observando la regla”

Está firmado por el presbítero Luponio, pero no se hace referencia a la sede episcopal que ocupa el obispo Valentín, se supone que se refería al obispado de Oca, pero también es posible que se tratase de uno de los acompañantes del rey asturiano. También hay que tener en cuenta que la cercana amenaza musulmana convertían a la mayoría de los nuevos obispos en itinerantes, dado el peligro que suponía el hecho de permanecer mucho tiempo residiendo en su sede episcopal.

Pero en el año 767 el nuevo emir de Córdoba Abd al-Rahman I, fundador de la dinastía de los Omeya, volvió a invadir la zona repoblada, penetrando por La Rioja y la llanura alavesa, hasta casi llegar a la cabecera del Ebro, saqueándolo todo y  apoderándose de los puntos más estratégicos de la ruta, los que fortificó para facilitar nuevas aceifas. Entre ellos se encontraban Pancorbo en Burgos y Briones en La Rioja, ambos muy cercanos a los Montes de Oca. Su hijo y sucesor Hisam I continuó con la misma política agresiva de su padre, ahogando en sangre los intentos repobladores de la zona, emprendiendo una especie de “Guerra Santa” contra sus vecinos cristianos.

En el 804, durante el reinado de Alfonso II, Juan de Valpuesta y un grupo de repobladores fundan, aprovechando los restos de una vieja ermita dedicada a San Cosme y San Damián, el Monasterio de Santa María de Valpuiesta, cuya carta fundacional, conocida como el “Cartulario de Valpuesta” está fechada el 21 de diciembre del año 804, fundándose además el obispado de Valpuesta, cuyo primer titular fue el citado Juan, que según parce contaba con toda la confianza del monarca asturiano. Este grupo realiza presuras en el valle de Valdegobia, entre Burgos y Álava y en el burgalés valle de Losa, tomando posesión de los ríos y puentes que allí encontró, junto con varios molinos, alguna aldea abandonada y algunas ermitas que reconstruyó, fundando en Fresno de Losa la iglesia de San Justo y San Pastor. Todo ello igualmente  sancionado por el propio Alfonso II, aunque algunos historiadores, como el burgalés D. Gonzalo Martínez Díaz, consideran que la documentación en que se basan es apócrifa, por lo que ponen en duda su veracidad histórica, estableciendo la fecha de fundación del monasterio en el año 881, obra del obispo Felmiro.

Fue sin duda en los “scriptorium” de estos monasterios, en los que se redactaban toda clase de documentos relativos a las actas fundacionales, las donaciones, los litigios y las compraventas, donde aparecen las primeras palabras en lengua castellana.

En el año 2015 el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua organizó una exposición permanente sobre los orígenes del castellano, que se puede ver en su sede del Palacio de la Isla de Burgos.

NOTAS: 

  • Sacado del libro “Cuna del primer Monasterio de Monjas de Castilla” de D. Ignacio Manso.

Autor Paco Blanco, Barcelona diciembre del 2017

RÉCORD DE TEMPERATURA MÍNIMA NACIONAL EN PEDROSA DEL PRINCIPE: -Reportaje de Diario de Burgos-.

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LOS TRES PALACIOS DEL MUSEO DE BURGOS. -Por Paco Blanco-.

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El Museo de Burgos fue creado en el año 1846 por la Comisión Provincial de Desamortización, y estaba destinado a recoger, catalogar y custodiar todos los bienes de valor cultural y artístico, procedentes de iglesias, conventos y monasterios de la provincia, que eran muchos, sujetos a la incautación decretada por la Desamortización del año 1835, que solamente afectó a los establecimientos religiosos. Los numerosos bienes incautados se repartieron por diferentes edificios o entidades, como la Puerta de Santa María, donde se instaló el Museo Arqueológico y de Bellas Artes, que se mantuvo hasta el 1955; el Colegio de San Nicolás, la Cartuja de Miraflores o el Seminario de San Jerónimo. Finalmente se decidió instalar en el renacentista palacio de Miranda el Museo Arqueológico Provincial, que fue recogiendo buena parte de las colecciones de arte diseminadas por los distintos museos de la ciudad. Le siguió el palacio de Íñigo Angulo, que se convirtió en el Museo de Bellas Artes. Finalmente, por razones de contigüidad se añadió la casa de los Melgosa, con el proyecto, aun sin realizar, de albergar las Artes Decorativas y el Arte Moderno, además de proporcionar cobertura a las demás salas.

El hasta hace poco conocido como Museo Arqueológico Provincial, actualmente Museo de Burgos, ocupa toda una manzana entre las calles de Miranda y la Calera, en la que se levantan tres palacios renacentistas de mediados del siglo XVI, el Palacio de Francisco de Miranda, el de Iñigo Angulo y la Casa de los Melgosa. Los dos primeros son obra del famoso arquitecto burgalés Juan de Vallejo, uno de los más importantes del Renacimiento español y la tercera la construyó el maestro cantero Juan Ortiz de la Maza. Ambas calles tenían carácter residencial en las que se construyeron señoriales mansiones, donde residían la nobleza y los poderosos comerciantes burgaleses, estaban situadas en el barrio de Vega del sector sur de la ciudad, en la orilla izquierda del río Arlanzón,  la calle de la Calera unía la Plaza de Vega con el barrio de las Heras.

El Palacio de Miranda lo mandó edificar el protonotario y canónigo del Cabildo burgalés, además de Abad de Salas de los Infantes, D. Francisco de Miranda Salón, perteneciente a una de las familias burgalesas con más lustre y abolengo. Todo parece indicar, aunque últimamente algunos autores lo han puesto en duda, que el encargo lo llevó a efecto el ilustre arquitecto y escultor burgalés Juan de Vallejo, quien, junto con los Colonia, realizaron diversas obras monumentales, principalmente en la Catedral burgalesa, que embellecieron arquitectónicamente la ciudad de Burgos. La planta baja está construida con piedra de sillería, mientras que las plantas superiores son de ladrillo. En su ornamentación se conservan algunos elementos góticos, como las torres de las esquinas o las gárgolas del tejado. En la portada de la fachada principal, situada en la calle de la Calera, destaca su ornamentación a base de motivos vegetales en torno a diversos medallones en los que aparecen los bustos y los escudos de los Mendoza y también de los Castillo Santacruz. Otro elemento arquitectónico destacado del Palacio es su patio interior, de planta rectangular con doble galería sostenida por dieciocho columnas rematadas con decorados capiteles, sobre el arquitrabe de la galería baja se puede leer una inscripción en la que aparecen el nombre del fundador y la fecha de su fundación, 1545. La galería superior está rematada con una profusa ornamentación en la que aparecen bustos, escudos, figuras humanas, animales mitológicos y fantásticos, escenas de caza, junto con motivos heráldicos.

Muchas han sido las vicisitudes por las que ha tenido que pasar este soberbio palacio renacentista desde que dejó de ser residencia de los Miranda. En el siglo XIX se convirtió en casa de vecindad y a principios del pasado siglo XX estuvo a punto de ser vendido a los americanos, cosa que no ocurrió porque afortunadamente en el año 1914 fue declarado Monumento Nacional. En el año 1955 se instala en el Palacio el Museo Arqueológico Provincial de Burgos, hasta que en el 1973 pasa a integrarse en el Museo de Burgos. En sus galerías se exponen las secciones de Prehistoria y Arqueología, en las que se pueden ver obras, piezas y restos de gran valor arqueológico, todo ello procedente de la provincia de Burgos, como Atapuerca, Clunia, Ojo Guareña, Sedano o Cardeñajimeno, repartido por dos plantas y ocho salas, cuyo contenido abarca desde el Paleolítico hasta la época visigótica, en el que se muestran al visitante los remotos orígenes de nuestra tierra.

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El Palacio de Íñigo Angulo se levanta junto al de Miranda y también es obra de Juan de Vallejo, por lo que sus fachadas guardan una cierta similitud, especialmente en la ornamentación escultórica de sus portadas. Le mandó construir D. Lope Hurtado de Mendoza en el 1547,  sobre un local que  compró al Cabildo Metropolitano. A mediados del siglo XVI D. Lope Hurtado de Mendoza, un segundón de la ilustre familia de los Hurtado de Mendoza, era vecino y regidor del concejo de Burgos, después de haber servido muchos años en la Corte del emperador Carlos, de quien llegó a ser Embajador en Alemania, la Santa Sede, Génova, Florencia y otros Estados italianos. Murió en Burgos el año 1558. El edificio es de planta rectangular con dos torreones a los lados, la planta baja es de piedra de silería y los pisos de ladrillo, al igual que su vecina Casa de Miranda, la portada de su fachada principal, situada también en la calle la Calera, tiene una profusa ornamentación renacentista, en la que abundan los motivos vegetales y los animales fantásticos, destacando en el centro del  friso, entre dos leones y dos figuras humanas, el escudo de los Hurtado de Mendoza.  El Palacio pasó a llamarse Casa Angulo en el año 1775, en el que fue adquirido por D. Íñigo de Angulo, cuya familia estaba emparentada con los Hurtado de Mendoza. Alberga la sección de Bellas Artes del Museo de Burgos, después de su remodelación llevada a cabo en la década de los 80 del pasado siglo XX. Consta de nueve salas distribuidas por cinco plantas. Fue declarada Bien de Interés Cultural en el año 1983.

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Su contenido se remonta a piezas pre-románicas, románicas y mozárabes de la Alta Edad Media, destacando el Frontal de Silos, del siglo XII, con un impresionante Cristo en Majestad, rodeado del famoso Tetramorfos. También se pueden ver dinteles de ventanas, sarcófagos y estelas funerarias.

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También se pueden ver diferentes objetos de arte procedentes de otros monasterios, como el de San Pedro de Arlanza, de donde se recuperó una hermosa talla románica de la Virgen de las Batallas, o del de San Juan de la Hoz en Cillaperlata. La talla de la Virgen está cedida por el Museo del Prado. En otras salas destinadas a los siglos XIV-XVI se pueden ver algunos retablos, como el del monasterio de San Pedro de Tejada, o las pinturas del monje D. Alonso de Zamora, también conocido como el Maestro de Oña, un frontal de piedra con escenas de la Vida de Cristo, procedente del desaparecido Convento de San Pedro de Burgos y el retablo renacentista de la Asunción de la Virgen, del siglo XVI, procedente del desaparecido Monasterio de Vileña, una obra del escultor Pedro López de Gamir, natural de Barbadillo del Pez. En cuanto a los monumentos funerarios sobresale el sepulcro de D. Juan de Padilla, paje favorito de Isabel la Católica, muy semejante al de su hermano el infante D. Alfonso, de la Cartuja de Miraflores, ambos son obra del maestro Gil de Siloé. Otro sepulcro notable es el de Doña María Manuel, madre del obispo de Burgos D. Luis Osorio de Acuña, obra de Simón de Colonia procedente del desaparecido Convento de San Esteban de Olmos, fundado por el propio obispo. También se pueden ver varias tablas de pintores flamencos y castellanos de los siglos XV y XVI, entre ellas “La Misa de San Gregorio”, atribuida a Pedro Berruguete.

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Del siglo XVII también se encuentran numerosas pinturas con temas principalmente religiosos, procedentes de conventos e iglesias desaparecidos, se puede destacar el retrato de Fray Alonso de San Vitores, procedente del desaparecido monasterio burgalés de San Juan, obra del fraile benedictino Fray Juan de Rizzi. El fondo del cuadro es una espectacular vista de la ciudad de Burgos.  Del mismo siglo,  también se encuentran expuestos algunos cuadros de los pintores burgaleses Mateo Cerezo el Viejo y Mateo Cerezo el Joven, de este último destaca el cuadro “San Francisco en las zarzas”. De la escultura de este siglo se pueden ver dos tallas de madera representando a los evangelistas San Juan y San Marcos, del escultor barroco Pedro Alonso de los Ríos, procedentes del convento burgalés de las Madres Agustinas Canónigas de Santa Dorotea.

A partir de la segunda mitad  del siglo XVIII, con la creación de la Escuela de Dibujo del Consulado del Mar, en el Paseo del Espolón de Burgos, vuelven a surgir nuevos e importantes artistas, que hacen resurgir de nuevo las decaídas artes burgalesas.

En el año 1845, como consecuencia de la Desamortización de Mendizabal, llegaron a Burgos unos 150 cuadros y tallas procedentes del Monasterio de San Salvador de Oña, que fue sometido a dicha desamortización.  La mayor parte de estas obras pertenecían a los artistas burgaleses Romualdo Pérez Camino y José Antonio Valle y Salinas. Los dos comparten cuadros en la misma sala; del primero, cuya obra es muy abundante en Burgos y provincia, llegó su famosa serie “Vida de San Iñigo de Oña”, que fuera Abad del Monasterio durante parte  del siglo XI y en el que está enterrado, es de destacar el que  lleva por título “San Íñigo da a besar un escapulario a tres damas”. En la misma sala se halla expuesto el cuadro “La curación de un tullido” de Valle y Salinas. También se puede ver una Inmaculada Concepción, procedente del convento de los Padres Carmelitas de Burgos, obra del pintor neoclásico cordobés Antonio Palomino de Castro y Velasco, discípulo de Valdés Leal y de Giordano, que también fue pintor de cámara del rey Carlos II, el último de los  Austrias. Otras obras de interés son las telas de sarga de fray Alonso de Zamora y las tablas tardo-góticas de Juan Sánchez.

Finalmente, se llega a las salas en las que se expone el arte burgalés de los siglos XIX y XX, destacando la obra del pintor burgalés, Dióscoro Teófilo Puebla Tolín, más popularmente conocido como Dióscoro Puebla, nacido en Melgar de Fernamental en el año 1831, discípulo de Madrazo, que completó sus estudios en Roma, realizando la mayor parte de su obra en Madrid, donde murió el año 1901. Sus temas preferidos fueron la pintura histórica, los retratos y los cuadros fantásticos, de estos últimos están expuestos alguno de su serie “Bacanales”. Otra gran retratista fue la pintora burgalesa Encarnación Bustillo Calderón, que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX,  de la que se puede ver su magnífico cuadro “Las Camareras de la Virgen”.

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De Julio del Val Colomer, otro pintor burgalés que realizó sus primeros estudios en la Escuela de Dibujo del Paseo del Espolón, discípulo de Marceliano Santamaría, se puede ver expuesto su cuadro “Campesinos burgaleses”. Aurelio Blanco Castro es otro pintor burgalés, nacido en Villafranca Montes de Oca, que también fue alumno de Marceliano Santamaría en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, estuvo estudiando en Alemania y en 1945 ganó el tercer premio en la Exposición Nacional de Bellas Artes, con su obra “Misionero bendiciendo la mesa en casa de sus padres”, en el que aparecen los rostros de su madre y de su hermana, expuesto en el Museo burgalés. Otros notables pintores burgaleses, como Luis Manero Miguel, Luis Gallardo y Fortunato Julián, que fueron alumnos y profesores de la Academia de Dibujo del Consulado del Mar, también tienen obras expuestas en este Museo, aunque algunos de sus cuadros permanecen guardados en el almacén. Entre los pintores burgaleses contemporáneos se encuentran Manuel de Lambarri, José María Muñoz Melgosa,  Modesto Ciruelos, José Vela Zanetti, Ignacio del Río,  o el recientemente fallecido Antonio Sanz de la Fuente. También está representada la escultura burgalesa del siglo XX con obras de los escultores Francisco Ortega Díaz, Alberto Bañuelos y José María Casanova.

En 1986 el edificio de la Casa Melgosa fue adquirido por el Estado, que procedió a demoler su deteriorado interior, manteniendo únicamente su fachada original y algunas arcadas. La primitiva construcción se inició en el año 1543 y en ella intervinieron diferentes maestros canteros burgaleses, entre los que destaca Juan Ortiz de la Maza, a quien algunos historiadores atribuyen también la autoría de la contigua Casa de Miranda. Fue fundada por los Melgosa, una acomodada e influyente familia de mercaderes burgaleses a la que permanecía D. Andrés de Melgosa, que fue Regidor de la ciudad de Burgos. En sus orígenes albergó un colegio de religiosas agustinas y posteriormente se instaló un hospital de ancianos, que se mantuvo en funcionamiento hasta el siglo XIX, en el que se reconvirtió en una casa de viviendas de alquiler. Se trata de un edificio con dos niveles separados por una cornisa, el primero es de piedra de sillería y el superior de ladrillo revocado. La fachada está flanqueada por dos pilastras profusamente ornamentadas con motivos vegetales y animales; está rematada por una cornisa sin decorar. Se incorporó al Museo en previsión de nuevas ampliaciones y para que albergara las Artes Decorativas y el Arte Moderno. Lamentablemente, parece que el presupuesto que la Junta de Castilla y León destina a promocionar y proteger la Cultura y el Arte castellanos no da para que el proyecto se haga realidad.

De todas formas, un recorrido por las salas del Museo de Burgos, verdadero orgullo de la ciudad y de los burgaleses, proporcionará a sus visitantes una visión muy amplia, clara y amena, de cómo se ha ido desarrollando la evolución cultural y artística de estas tierras castellanas a lo largo de su dilatada y ajetreada historia, desde la época prehistórica hasta los comienzos del presente siglo. El presente trabajo sólo es un modesto intento de acercamiento a su historia y su contenido.

Para finalizar, quiero hacer una especial mención de la figura del profesor de Literatura D. Basilio Osaba y Ruiz de Erenchun, que fue durante muchos años Director del Museo e infatigable impulsor de su desarrollo, del que tuve el honor de ser alumno durante mis lejanos años del bachillerato.

Autor Paco Blanco, Barcelona setiembre 2017

 

MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE VILEÑA. -Con textos de Francisco Blanco y maquetas de Fernando de Miguel Hombría-.

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La vida matrimonial y amorosa del rey Fernando II de León resulta de lo más complicada, aunque, en realidad, gira tan solo alrededor de tres mujeres, sus tres esposas, con la particularidad de que dos de ellas, antes que esposas fueron también sus amantes, teniendo descendencia con las tres.

Fernando II había nacido en Benavente, el año 1137 y fue proclamado rey de León el 1157, a la muerte de su padre, Alfonso VII el Emperador, que fue el primer monarca español de la Casa de Borgoña, correspondiéndole a su hermano Sancho III el reino de Castilla. En el 1158 ambos hermanos, reunidos en el Monasterio de Sahagún, que era el principal foco espiritual del reino leonés, acordaron unirse para luchar juntos contra los musulmanes, repartirse los territorios que les arrebatasen y, en caso de fallecimiento de alguno de los dos, el superviviente heredaría sus reinos. La muerte le sobrevino al rey Sancho en Toledo, el 31 de Agosto del 1158, pocos meses después del tratado de Sahagún, que no llegó a llevarse a efecto, siendo nombrado rey de Castilla su hijo Alfonso VIII, que a la sazón era menor de edad.

Pero volvamos a la vida matrimonial del rey Fernando: en el 1165 contrajo matrimonio con la infanta Doña Urraca de Portugal, hija del rey Alfonso Henriques el Conquistador y de Doña Mafalda de Saboya, de la Casa de Borgoña, emparentada, por tanto, con el rey Alfonso VII el Emperador. De este matrimonio nació un hijo, que acabaría siendo, después de muchas intrigas y dificultades, el rey Alfonso IX de León. Pero este matrimonio no duraría mucho, pues el Papa Alejandro III, en el año 1171, procedió a anular el matrimonio por motivos de cosanguineidad. El rey Fernando, no se sabe si de buen grado u obligado por la bula papal, no le quedó más opción que repudiar a su esposa, pero eso sí, después de concederla varios municipios zamoranos como  compensación. La reina Doña Urraca ingresó en la Orden de San Juan de Jerusalén y se retiró al  Monasterio de Santa María de Wamba, en Valladolid, que pertenecía a la Orden.

El rey Fernando no tardó en encontrar consuelo en una alta dama de la corte leonesa, llamada Doña Teresa Fernández de Traba, viuda del conde Nuño Pérez de Lara, de la burgalesa estirpe de los Lara, con quien había tenido cinco hijos, pasando todos ellos a vivir en el palacio del rey leonés, de quien recibieron numerosas mercedes y propiedades. Las relaciones entre la pareja se legitimaron al contraer matrimonio en el año 1178. De este nuevo matrimonio nacieron dos hijos, el primero fue el infante Fernando de León, que nació en 1178, antes de que sus padres se hubieran casado, y que murió antes de cumplir los siete años. El segundo fue otro varón, que nació muerto y que, además, provocó el fallecimiento de su madre, la reina Teresa, esto ocurría en León, el 6 de febrero del 1180, siendo enterrados ambos en el Panteón de los Reyes de San Isidoro de León.

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Dos años permaneció viudo el rey Fernando. Hacia el año 1182 tomó por amante a Doña Urraca López de Haro, hija del conde D. Lope Díaz I de Haro, llamado El Rubio, señor de Vizcaya, y de la condesa Aldonza. Doña Urraca había estado casada anteriormente con el magnate gallego D. Nuño Meléndez, con quien tuvo una hija, Doña María Núñez.

Este amancebamiento también produjo sus frutos: en 1182 nació García, que solamente vivió dos años; en 1184 llegó Alfonso, que fallecía en 1188 y, por último, en 1186, nacía Sancho Fernández de León, llamado el Cañamero, señor de Monteagudo y Aguilar, que vivió hasta el año 1220.

Poco tiempo después, en mayo de 1187, cuando el fin de sus días estaba muy cercano, posiblemente apremiado por su amante, que conocía la proximidad de su muerte, Fernando II de León contrajo su tercer matrimonio, esta vez con su amante Doña Urraca López de Haro. La nueva reina intentó aprovechar esta circunstancia para  conseguir que el heredero del Reino leonés fuera su hijo Sancho, en detrimento del primogénito Alfonso, habido en el primer matrimonio del rey con Doña Urraca de Portugal. Para ello argumentaba que el nacimiento del infante Alfonso era ilegítimo, ya que el matrimonio de sus padres había sido anulado por el Papa, debido a los lazos de sangre existentes entre ambos. Llegó a conseguir que el rey Fernando desterrase a su hijo primogénito, pero sus propósitos no llegaron a verse hechos realidad, debido a los pocos apoyos  que recibió,  a causa, principalmente, de la corta edad de su hijo Sancho y a la oposición de la familia de la anterior esposa, los Fernández de Traba y los poderosos Lara.

Tal como se temía, el rey Fernando fallecía en Benavente, el 22 de enero de 1188, a los 53 años de edad. Le sucedió su hijo primogénito, Alfonso IX de León.

A raíz de la muerte del rey Fernando II su viuda se trasladó a Castilla, donde reinaba Alfonso VIII, sobrino del fallecido rey leonés, refugiándose en sus propiedades de La Bureba, situadas en  Santa María Ribarredonda y en los montes de Petralata. Con estas tierras, otras que recibió en donación del rey de Castilla, como Vileña, La Vid de Bureba y Villaprovedo, y algunos trueques que realizó con los monjes del cercano Monasterio  de San Salvador de Oña, en el año 1222 Doña Urraca funda el Monasterio de Santa María la Real de Vileña, para monjas cistercienses  sometidas al dominio de la Abadesa del Monasterio de Las Huelgas de Burgos, a quien la fundadora cedió todas sus propiedades.

La ceremonia de fundación del  Monasterio tuvo lugar el 14 de abril de 1222 y en ella, además de la fundadora, Doña Urraca, estuvieron presentes el obispo D. Mauricio de Burgos y los abades de Oña, Bujedo, Salas, Herrera e Iranzu, quienes proclamaron a Doña Elvira García como primera abadesa.

En este Monasterio tomó Doña Urraca los hábitos, llevando una vida retirada hasta su muerte, ocurrida en el 1230, siendo enterrada en un sepulcro de piedra, que fue colocado en el presbiterio de la iglesia del Monasterio que ella misma había fundado.

El historiador burgalés D. Inocencio Cadiñanos (1) hace de este sepulcro la siguiente descripción: “La figura yacente de la reina es de gran tamaño, tallada en un solo bloque de piedra. Aparece someramente trabajada, vestida de monja, como consta lo que fue en sus últimos años. La cabeza descansa sobre una almohada, encuadrada por figuritas muy mutiladas de ángeles turiferarios. El sonriente rostro ovalado está centrado por la gran toca plisada. Desde la nariz para arriba la cara de Doña Urraca se halla muy estropeada. Las manos, de largos dedos, aparecen cruzadas sobre el vientre, la superior casi desaparecida. Una sencilla túnica de plegados someros y casi paralelos, cubre el resto de su cuerpo. A los pies, los pliegues son numerosos. Una inscripción nos recuerda que allí descansa DOÑA hURRACA hYJA DeL CONDE DON LOPE DÍAZ / MVGER DEL REY DON FERNANDO DE LEON”.

Este monasterio cisterciense femenino, prácticamente se convirtió en un convento familiar, pues en él procesaban, principalmente,  las hijas de las familias que integraban la nobleza comarcal, como los Zuñigas y los Rojas, que acabaron convirtiéndose en sus protectores. Algunos destacados miembros de estas familias, así como varias abadesas, entre ellas Doña Elvira de Rojas Bonifaz, nieta del Almirante de Castilla D. Ramón Bonifaz, eligieron el Monasterio para su último reposo.

Entre los años 1234 y 1246, la abadesa que rigió los destinos del monasterio fue la primera hija de la fundadora, Doña María Núñez, fruto de su primer matrimonio con D. Nuño Menéndez.

En la segunda mitad del siglo XIV, al igual que ocurriera con el de San Salvador, el monasterio no se libró del saqueo de los mercenarios del Príncipe Negro, que incluso llegaron a violar a las religiosas allí acogidas, pero durante los siglos XV, XVI y XVII, el cenobio alcanzó su máximo esplendor, ejerciendo jurisdicción sobra más de una treintena de lugares, casi todos en La Bureba, donde las monjas, que superaban la cincuentena, llegaron a disponer  de más de 3000 fanegas de tierras de cultivo, alcanzando, en el siglo XVIII, unos ingresos superiores a los 37000 reales de vellón.

Durante el siglo XVI se instaló en el Altar Mayor el retablo de la Asunción, obra del escultor burgalés Pedro López de Gámiz, nacido en Barbadillo del Pez, que tenía su taller en Miranda de Ebro. Durante la invasión napoleónica, el monasterio también sufrió el saqueo de los soldados franceses, provocando el comienzo de su decadencia económica, que se vio aumentada con los procesos desamortizadores llevados a cabo por Mendizabal primero, y posteriormente por Madoz. En 1868 el Gobierno revolucionario de Prim clausuró el cenobio, que llevaba varios años subsistiendo a consta de una exigua subvención del Estado, que a veces se retrasaba en llegar. Las religiosas tuvieron que trasladarse a Las Huelgas de Burgos hasta el año 1872, en que se las permitió regresar, pero para estas fechas el patrimonio del Monasterio había sido sometido a un exhaustivo saqueo por parte de particulares y también de Instituciones, dejando a la comunidad de monjas en una desesperada situación económica, que las obligó a malvender lo poco que les habían dejado.

El 21 de mayo de 1970 un terrible incendio destruyó casi por completo el monasterio, obligando  a las monjas a trasladarse a unas dependencias nuevas y muy modestas en la localidad del Villarcayo, donde instalaron un museo con los restos que lograron salvar del incendio, entre los que se encontraba el sepulcro de la fundadora. Este museo se cerró en el año 2008, cuando las tres últimas monjas del nuevo Monasterio lo abandonaron para trasladarse a un pequeño convento en el barrio burgalés de Villimar. Su contenido se encuentra repartido entre el Museo Provincial y el Museo del Retablo de Burgos.

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INSTITUTO CARDENAL LOPEZ DE MENDOZA. -Por Francisco Blanco-.

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Este espléndido edificio renacentista, que conserva algunos elementos tardo-góticos, se debe al mecenazgo del cardenal D. Iñigo López de Mendoza, nombrado en el 1528 obispo de Coria y transferido a la sede de Burgos al año siguiente, permaneciendo en ella hasta el año 1535. En el mes de mayo del 1530 fue nombrado Cardenal bajo la advocación de San Nicolás, por el papa Clemente VII. Anteriormente, en mayo del 1516 había sido nombrado, por el papa León X, Abad perpetuo del Monasterio de la Vid, cercano a Peñaranda de Duero, en el que en el año 1522, con la colaboración de su hermano, D. Francisco de Avellaneda y Velasco, III Conde de Miranda, llevaron a cabo unas importantes obras de mejora de dicho Monasterio, en las que intervinieron importantes arquitectos burgaleses, como los hermanos Pedro y Juan Rasines y Juan de Vallejo, artífice también del cimborrio de la catedral de Burgos.

Las obras del Instituto se comenzaron el 1538 y se dieron por finalizadas en el 1579, en ellas intervinieron numerosos arquitectos y canteros de gran renombre, como el ya mencionado Pedro Rasines, Baltasar de Castañeda, Juan del Campo y otros. Su fachada principal es una sólida obra de sillería, cuya piedra caliza procede de las célebres canteras de la cercana Hontoria de la Cantera. La escultura y los escudos que presiden la portada son obra de los escultores Diego Guillén y Antonio de Elejade.

Iñigo había nacido el año 1489 en Aranda de Duero, su padre era D. Pedro de Zúñiga y Avellaneda, II Conde del Castañar y señor de Peñaranda de Duero y otras villas ribereñas y su madre era Doña Catalina de Velasco y Mendoza, hija de los Condestables de Castilla, fundadores de la Casa del Cordón de Burgos y de la Capilla de los Condestables de la catedral burgalesa, donde están enterrados. Su verdadero nombre era, por consiguiente, D. Iñigo de Zúñiga Avellaneda y Velasco, pero cambió sus apellidos para honrar la memoria de su ilustre bisabuelo D. Iñigo López de Mendoza, I Marqués de Santillana. Él y su hermano estudiaron la carrera eclesiástica en Salamanca y estuvieron muchos años en Flandes, al servicio de Doña Juana de Castilla y su hijo, el futuro rey de España y emperador de Alemania D. Carlos I. El 21 de abril del año 1535 otorgó testamento, en el que legaba 15.000 ducados para la construcción del Colegio San Nicolás de Bari, el actual Instituto de Enseñanza Secundaria de la ciudad de Burgos. Murió repentinamente el 10 de junio de ese mismo año en la villa burgalesa de Tordomar. Fue enterrado en el convento ribereño de La Aguilera y posteriormente trasladado al cercano Monasterio de Santa María de la Vid, del que había sido un gran benefactor.

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Tres años después de su muerte, en el 1538, dieron comienzo las obras del Colegio de San Nicolás, impulsadas por su sobrino, el Condestable de Castilla D. Pedro Fernández de Velasco y Tovar, cumpliendo de esta forma con su voluntad testamentaria.

En el segundo cuerpo de su portada, entre dos columnas, se grabó su placa fundacional que dice lo siguiente:

“ESTE COLLEGIO MANDÓ HAZER EN SU TESTAMENTO EL ILLMO. Y REVERENDÍSIMO SEÑOR CARDENAL Y OBISPO DE BURGOS DON ÍÑIGO LÓPEZ HIJO DE LOS CONDE DE MIRANDA DON PEDRO DE ZÚÑIGA Y DE AVELLANEDA Y DOÑA CATALINA DE VELASCO NIETO DE LOS CONDES DE MIRANDA DON DIEGO LÓPEZ DE ZÚÑIGA Y DOÑA ALDONZA DE AVELLANEDA. BISNIETO DE LOS CONDES DE PLASENCIA DON PEDRO DE ZÚÑIGA Y DOÑA YSABEL DE GUZMÁN. FUERON TAMBIÉN SUS ABUELOS EL CONDESTABLE Y CONDE DE HARO DON PEDRO DE VELASCO Y LA CONDESA DOÑA MENCÍA DE MENDOZA SU MUJER. MANDOLO EDIFICAR DON PEDRO DE VELASCO QUARTO CONDESTABLE DE LOS DE SU LINAGE. ACABOSE EL AÑO MDXX[IX]”. 

Además de su espléndida portada renacentista, es de destacar su patio interior, verdadero eje del resto del edificio. Es de forma cuadrada con dos galerías con arcos soportados por pilastras. En su centro se levanta un pozo con brocal; dispone de dos galerías de arcos entrelazados, a las que se acede por una monumental escalera de cuatro tramos, en la primera estaban las sedes de las diferentes cátedras y en la segunda, durante parte del siglo XIX se utilizó como residencia de los estudiantes internos.

A lo largo de su dilatada historia, el Colegio de San Nicolás ha atravesado por diferentes vicisitudes, como su ocupación por las tropas francesas durante la guerra de la Independencia, a las que, finalizada la invasión napoleónica, sustituyeron las tropas españolas. En el año 1845, como consecuencia del Plan Pidal de enseñanza, por el que el Estado asumía el control de la enseñanza, se crearon en España los Institutos de Segunda Enseñanza, asignándose a Burgos el viejo Colegio de San Nicolás, aunque antes hubo que desalojar al Regimiento de Artillería que lo ocupaba, cosa que no se consiguió hasta el 1849, gracias a la tenacidad de su primer Director electo, D. Juan Antonio de la Corte y Ruano-Calderón, Marqués de la Corte, que era catedrático de Geografía e Historia. Cincuenta años más tarde, se instala el Jardín Botánico y se convierte además en la Escuela Normal de Magisterio. También se instaló el Observatorio Meteorológico Provincial, que ha venido funcionando hasta finales del pasado siglo XX. También, como no podía ser de otra manera, por sus cátedras pasaron ilustres profesores, cuya importante labor docente dieron lustre, tanto nacional como internacional, a sus respectivas cátedras. Podemos citar, entre otros muchos a D. Raimundo de Miguel,  catedrático de Latín; D. José Martínez Rives de Historia; sin olvidarnos de D. Eduardo Augusto de Bessón, catedrático de Psicología, que llegó a ser alcalde de Burgos y mandó construir el puente sobre el Arlanzón, que unía el Instituto con el Palacio de Justicia, situado en la otra orilla, aunque lo que realmente se pretendía era facilitar el acceso al Instituto de los estudiantes que vivían en la otra orilla. También, a finales del siglo XIX se creó la Escuela de Agricultura, cuyos alumnos realizaban sus prácticas en el invernadero que se añadió al Jardín Botánico, que acabó convirtiéndose en Cátedra.

Ya en el siglo XX, los profesores D. Mauricio Pérez San Millán y D. José López Zuazo ponen en marcha el Museo de Ciencias Naturales, que recibió numerosas donaciones particulares y se convirtió en el más importante colaborador de la cátedra de Ciencias Naturales. En el 1908, el catedrático de Francés D. Rodrigo Sebastián, junto con el Hispanista y catedrático de Lengua y Literatura españolas de la Universidad de Toulouse D. Ernest Merimée, fundaron los Cursos de Verano para Extranjeros de Burgos, los primeros de este tipo que se celebraban en España, que tuvieron una muy favorable acogida, registrándose una numerosa asistencia de estudiantes y una nutrida presencia de ilustres personajes de la cultura española, como el historiador D. Américo Castro, el arquitecto D. Vicente Lampérez, el profesor y escritor D. Juan Domínguez Berrueta y el profesor e historiador vallisoletano D. Narciso Alonso Cortés. En el 2017, ciento nueve años después, estos cursos se siguen celebrando y cuentan con una asistencia numerosa y entusiasta, constituyendo un extraordinario y ejemplar marco de  convivencia, de amistad, de aprendizaje y de difusión de las culturas española y francesa. Un verdadero acontecimiento cultural para la ciudad de Burgos.

Otros ilustres profesores del siglo XX han sido D.Teófilo López Mata , natural de Villarcayo, que además de catedrático fue director del Instituto, historiador y cronista de la ciudad, cuya historia conocía profundamente, también fue un estudioso de nuestra Guerra Civil y estuvo muy vinculado a la Junta de Ampliación de estudios; D. Tomás Alonso de Armiño, presidente de la Diputación y director del Museo Provincial mientras estuvo instalado en el Instituto; D. Ismael García Rámila, historiador, arqueólogo y bibliófilo burgalés, discípulo de García de Quevedo, profesor de Lengua y Literatura españolas, participando también durante varios años como profesor de los Cursos de Verano para extranjeros; el investigador y humanista burgalés D. Gonzalo Díez de la Lastra, que demostró el nacimiento en la ciudad de Burgos del jurista Fray Francisco de Vitoria, que se atribuían los vitorianos; D. José María Ordoño, profesor de Matemáticas, que también fue alcalde de Burgos. A esta lista se podrían añadir muchos nombres ilustres más, pero la vamos a cerrar aquí, para no hacerla casi interminable.

Igualmente, a lo largo del tiempo se ha ido creando una copiosa e importante biblioteca, que ha ido creciendo a base de los presupuestos del propio Instituto, de donaciones particulares, destacando las del gobierno francés y las del profesor, historiador, cronista y alcalde la ciudad D. Eloy García de Quevedo. También son de destacar las entradas procedentes de otras bibliotecas de Monasterios cerrados o sujetos a amortizaciones del Estado.

Por una Orden Ministerial del año 1957, el viejo Colegio de San Nicolás pasa a llamarse oficialmente “Instituto Cardenal López de Mendoza”. En el 1963 se inaugura un nuevo pabellón, dedicado únicamente a las alumnas de sexo femenino, pero poco más tarde, en el 1967, se inaugura en Burgos el Instituto Diego Porcelos, exclusivamente masculino, por lo que el primero se convierte en Instituto femenino. Precisamente, este segundo Instituto ha celebrado su cincuentenario este año de 2017, con tal motivo han tenido lugar conciertos, conferencias, exposiciones, una comida para el personal docente en un hotel de la ciudad y una comida campestre de hermandad en el Parque de Fuentes Blancas.

También en el 1995 se celebró el sexto centenario de la fundación del Cardenal Mendoza, celebrándose, entre otros actos que estuvieron presididos por el Ministro de Educación, una interesante exposición retrospectiva con abundante material y documentación alusivos a su larga trayectoria histórica.

Poco tiempo después, en el 1996, se pusieron en marcha unas importantes y necesarias obras de reparación del Instituto, en las que se realizaron numerosas mejoras, ampliaciones y cambios estructurales en la distribución y emplazamiento de las diferentes dependencias, concluyéndose las obras en el 1999, justo en los umbrales del siglo XXI.  En la inauguración del remozado Instituto estuvieron presentes relevantes miembros del Ministerio de Educación y Ciencia, acompañados de las autoridades locales y de la directora del centro Doña Pilar Cristóbal Plaza.

En la nueva capilla del centro se pueden ver diferentes placas conmemorativas, en las que se recuerdan los diferentes eventos que ha jalonado su larga trayectoria docente.

Autor Paco Blanco, Barcelona setiembre 2017.