LOS TRES PALACIOS DEL MUSEO DE BURGOS. -Por Paco Blanco-.

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El Museo de Burgos fue creado en el año 1846 por la Comisión Provincial de Desamortización, y estaba destinado a recoger, catalogar y custodiar todos los bienes de valor cultural y artístico, procedentes de iglesias, conventos y monasterios de la provincia, que eran muchos, sujetos a la incautación decretada por la Desamortización del año 1835, que solamente afectó a los establecimientos religiosos. Los numerosos bienes incautados se repartieron por diferentes edificios o entidades, como la Puerta de Santa María, donde se instaló el Museo Arqueológico y de Bellas Artes, que se mantuvo hasta el 1955; el Colegio de San Nicolás, la Cartuja de Miraflores o el Seminario de San Jerónimo. Finalmente se decidió instalar en el renacentista palacio de Miranda el Museo Arqueológico Provincial, que fue recogiendo buena parte de las colecciones de arte diseminadas por los distintos museos de la ciudad. Le siguió el palacio de Íñigo Angulo, que se convirtió en el Museo de Bellas Artes. Finalmente, por razones de contigüidad se añadió la casa de los Melgosa, con el proyecto, aun sin realizar, de albergar las Artes Decorativas y el Arte Moderno, además de proporcionar cobertura a las demás salas.

El hasta hace poco conocido como Museo Arqueológico Provincial, actualmente Museo de Burgos, ocupa toda una manzana entre las calles de Miranda y la Calera, en la que se levantan tres palacios renacentistas de mediados del siglo XVI, el Palacio de Francisco de Miranda, el de Iñigo Angulo y la Casa de los Melgosa. Los dos primeros son obra del famoso arquitecto burgalés Juan de Vallejo, uno de los más importantes del Renacimiento español y la tercera la construyó el maestro cantero Juan Ortiz de la Maza. Ambas calles tenían carácter residencial en las que se construyeron señoriales mansiones, donde residían la nobleza y los poderosos comerciantes burgaleses, estaban situadas en el barrio de Vega del sector sur de la ciudad, en la orilla izquierda del río Arlanzón,  la calle de la Calera unía la Plaza de Vega con el barrio de las Heras.

El Palacio de Miranda lo mandó edificar el protonotario y canónigo del Cabildo burgalés, además de Abad de Salas de los Infantes, D. Francisco de Miranda Salón, perteneciente a una de las familias burgalesas con más lustre y abolengo. Todo parece indicar, aunque últimamente algunos autores lo han puesto en duda, que el encargo lo llevó a efecto el ilustre arquitecto y escultor burgalés Juan de Vallejo, quien, junto con los Colonia, realizaron diversas obras monumentales, principalmente en la Catedral burgalesa, que embellecieron arquitectónicamente la ciudad de Burgos. La planta baja está construida con piedra de sillería, mientras que las plantas superiores son de ladrillo. En su ornamentación se conservan algunos elementos góticos, como las torres de las esquinas o las gárgolas del tejado. En la portada de la fachada principal, situada en la calle de la Calera, destaca su ornamentación a base de motivos vegetales en torno a diversos medallones en los que aparecen los bustos y los escudos de los Mendoza y también de los Castillo Santacruz. Otro elemento arquitectónico destacado del Palacio es su patio interior, de planta rectangular con doble galería sostenida por dieciocho columnas rematadas con decorados capiteles, sobre el arquitrabe de la galería baja se puede leer una inscripción en la que aparecen el nombre del fundador y la fecha de su fundación, 1545. La galería superior está rematada con una profusa ornamentación en la que aparecen bustos, escudos, figuras humanas, animales mitológicos y fantásticos, escenas de caza, junto con motivos heráldicos.

Muchas han sido las vicisitudes por las que ha tenido que pasar este soberbio palacio renacentista desde que dejó de ser residencia de los Miranda. En el siglo XIX se convirtió en casa de vecindad y a principios del pasado siglo XX estuvo a punto de ser vendido a los americanos, cosa que no ocurrió porque afortunadamente en el año 1914 fue declarado Monumento Nacional. En el año 1955 se instala en el Palacio el Museo Arqueológico Provincial de Burgos, hasta que en el 1973 pasa a integrarse en el Museo de Burgos. En sus galerías se exponen las secciones de Prehistoria y Arqueología, en las que se pueden ver obras, piezas y restos de gran valor arqueológico, todo ello procedente de la provincia de Burgos, como Atapuerca, Clunia, Ojo Guareña, Sedano o Cardeñajimeno, repartido por dos plantas y ocho salas, cuyo contenido abarca desde el Paleolítico hasta la época visigótica, en el que se muestran al visitante los remotos orígenes de nuestra tierra.

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El Palacio de Íñigo Angulo se levanta junto al de Miranda y también es obra de Juan de Vallejo, por lo que sus fachadas guardan una cierta similitud, especialmente en la ornamentación escultórica de sus portadas. Le mandó construir D. Lope Hurtado de Mendoza en el 1547,  sobre un local que  compró al Cabildo Metropolitano. A mediados del siglo XVI D. Lope Hurtado de Mendoza, un segundón de la ilustre familia de los Hurtado de Mendoza, era vecino y regidor del concejo de Burgos, después de haber servido muchos años en la Corte del emperador Carlos, de quien llegó a ser Embajador en Alemania, la Santa Sede, Génova, Florencia y otros Estados italianos. Murió en Burgos el año 1558. El edificio es de planta rectangular con dos torreones a los lados, la planta baja es de piedra de silería y los pisos de ladrillo, al igual que su vecina Casa de Miranda, la portada de su fachada principal, situada también en la calle la Calera, tiene una profusa ornamentación renacentista, en la que abundan los motivos vegetales y los animales fantásticos, destacando en el centro del  friso, entre dos leones y dos figuras humanas, el escudo de los Hurtado de Mendoza.  El Palacio pasó a llamarse Casa Angulo en el año 1775, en el que fue adquirido por D. Íñigo de Angulo, cuya familia estaba emparentada con los Hurtado de Mendoza. Alberga la sección de Bellas Artes del Museo de Burgos, después de su remodelación llevada a cabo en la década de los 80 del pasado siglo XX. Consta de nueve salas distribuidas por cinco plantas. Fue declarada Bien de Interés Cultural en el año 1983.

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Su contenido se remonta a piezas pre-románicas, románicas y mozárabes de la Alta Edad Media, destacando el Frontal de Silos, del siglo XII, con un impresionante Cristo en Majestad, rodeado del famoso Tetramorfos. También se pueden ver dinteles de ventanas, sarcófagos y estelas funerarias.

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También se pueden ver diferentes objetos de arte procedentes de otros monasterios, como el de San Pedro de Arlanza, de donde se recuperó una hermosa talla románica de la Virgen de las Batallas, o del de San Juan de la Hoz en Cillaperlata. La talla de la Virgen está cedida por el Museo del Prado. En otras salas destinadas a los siglos XIV-XVI se pueden ver algunos retablos, como el del monasterio de San Pedro de Tejada, o las pinturas del monje D. Alonso de Zamora, también conocido como el Maestro de Oña, un frontal de piedra con escenas de la Vida de Cristo, procedente del desaparecido Convento de San Pedro de Burgos y el retablo renacentista de la Asunción de la Virgen, del siglo XVI, procedente del desaparecido Monasterio de Vileña, una obra del escultor Pedro López de Gamir, natural de Barbadillo del Pez. En cuanto a los monumentos funerarios sobresale el sepulcro de D. Juan de Padilla, paje favorito de Isabel la Católica, muy semejante al de su hermano el infante D. Alfonso, de la Cartuja de Miraflores, ambos son obra del maestro Gil de Siloé. Otro sepulcro notable es el de Doña María Manuel, madre del obispo de Burgos D. Luis Osorio de Acuña, obra de Simón de Colonia procedente del desaparecido Convento de San Esteban de Olmos, fundado por el propio obispo. También se pueden ver varias tablas de pintores flamencos y castellanos de los siglos XV y XVI, entre ellas “La Misa de San Gregorio”, atribuida a Pedro Berruguete.

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Del siglo XVII también se encuentran numerosas pinturas con temas principalmente religiosos, procedentes de conventos e iglesias desaparecidos, se puede destacar el retrato de Fray Alonso de San Vitores, procedente del desaparecido monasterio burgalés de San Juan, obra del fraile benedictino Fray Juan de Rizzi. El fondo del cuadro es una espectacular vista de la ciudad de Burgos.  Del mismo siglo,  también se encuentran expuestos algunos cuadros de los pintores burgaleses Mateo Cerezo el Viejo y Mateo Cerezo el Joven, de este último destaca el cuadro “San Francisco en las zarzas”. De la escultura de este siglo se pueden ver dos tallas de madera representando a los evangelistas San Juan y San Marcos, del escultor barroco Pedro Alonso de los Ríos, procedentes del convento burgalés de las Madres Agustinas Canónigas de Santa Dorotea.

A partir de la segunda mitad  del siglo XVIII, con la creación de la Escuela de Dibujo del Consulado del Mar, en el Paseo del Espolón de Burgos, vuelven a surgir nuevos e importantes artistas, que hacen resurgir de nuevo las decaídas artes burgalesas.

En el año 1845, como consecuencia de la Desamortización de Mendizabal, llegaron a Burgos unos 150 cuadros y tallas procedentes del Monasterio de San Salvador de Oña, que fue sometido a dicha desamortización.  La mayor parte de estas obras pertenecían a los artistas burgaleses Romualdo Pérez Camino y José Antonio Valle y Salinas. Los dos comparten cuadros en la misma sala; del primero, cuya obra es muy abundante en Burgos y provincia, llegó su famosa serie “Vida de San Iñigo de Oña”, que fuera Abad del Monasterio durante parte  del siglo XI y en el que está enterrado, es de destacar el que  lleva por título “San Íñigo da a besar un escapulario a tres damas”. En la misma sala se halla expuesto el cuadro “La curación de un tullido” de Valle y Salinas. También se puede ver una Inmaculada Concepción, procedente del convento de los Padres Carmelitas de Burgos, obra del pintor neoclásico cordobés Antonio Palomino de Castro y Velasco, discípulo de Valdés Leal y de Giordano, que también fue pintor de cámara del rey Carlos II, el último de los  Austrias. Otras obras de interés son las telas de sarga de fray Alonso de Zamora y las tablas tardo-góticas de Juan Sánchez.

Finalmente, se llega a las salas en las que se expone el arte burgalés de los siglos XIX y XX, destacando la obra del pintor burgalés, Dióscoro Teófilo Puebla Tolín, más popularmente conocido como Dióscoro Puebla, nacido en Melgar de Fernamental en el año 1831, discípulo de Madrazo, que completó sus estudios en Roma, realizando la mayor parte de su obra en Madrid, donde murió el año 1901. Sus temas preferidos fueron la pintura histórica, los retratos y los cuadros fantásticos, de estos últimos están expuestos alguno de su serie “Bacanales”. Otra gran retratista fue la pintora burgalesa Encarnación Bustillo Calderón, que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX,  de la que se puede ver su magnífico cuadro “Las Camareras de la Virgen”.

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De Julio del Val Colomer, otro pintor burgalés que realizó sus primeros estudios en la Escuela de Dibujo del Paseo del Espolón, discípulo de Marceliano Santamaría, se puede ver expuesto su cuadro “Campesinos burgaleses”. Aurelio Blanco Castro es otro pintor burgalés, nacido en Villafranca Montes de Oca, que también fue alumno de Marceliano Santamaría en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, estuvo estudiando en Alemania y en 1945 ganó el tercer premio en la Exposición Nacional de Bellas Artes, con su obra “Misionero bendiciendo la mesa en casa de sus padres”, en el que aparecen los rostros de su madre y de su hermana, expuesto en el Museo burgalés. Otros notables pintores burgaleses, como Luis Manero Miguel, Luis Gallardo y Fortunato Julián, que fueron alumnos y profesores de la Academia de Dibujo del Consulado del Mar, también tienen obras expuestas en este Museo, aunque algunos de sus cuadros permanecen guardados en el almacén. Entre los pintores burgaleses contemporáneos se encuentran Manuel de Lambarri, José María Muñoz Melgosa,  Modesto Ciruelos, José Vela Zanetti, Ignacio del Río,  o el recientemente fallecido Antonio Sanz de la Fuente. También está representada la escultura burgalesa del siglo XX con obras de los escultores Francisco Ortega Díaz, Alberto Bañuelos y José María Casanova.

En 1986 el edificio de la Casa Melgosa fue adquirido por el Estado, que procedió a demoler su deteriorado interior, manteniendo únicamente su fachada original y algunas arcadas. La primitiva construcción se inició en el año 1543 y en ella intervinieron diferentes maestros canteros burgaleses, entre los que destaca Juan Ortiz de la Maza, a quien algunos historiadores atribuyen también la autoría de la contigua Casa de Miranda. Fue fundada por los Melgosa, una acomodada e influyente familia de mercaderes burgaleses a la que permanecía D. Andrés de Melgosa, que fue Regidor de la ciudad de Burgos. En sus orígenes albergó un colegio de religiosas agustinas y posteriormente se instaló un hospital de ancianos, que se mantuvo en funcionamiento hasta el siglo XIX, en el que se reconvirtió en una casa de viviendas de alquiler. Se trata de un edificio con dos niveles separados por una cornisa, el primero es de piedra de sillería y el superior de ladrillo revocado. La fachada está flanqueada por dos pilastras profusamente ornamentadas con motivos vegetales y animales; está rematada por una cornisa sin decorar. Se incorporó al Museo en previsión de nuevas ampliaciones y para que albergara las Artes Decorativas y el Arte Moderno. Lamentablemente, parece que el presupuesto que la Junta de Castilla y León destina a promocionar y proteger la Cultura y el Arte castellanos no da para que el proyecto se haga realidad.

De todas formas, un recorrido por las salas del Museo de Burgos, verdadero orgullo de la ciudad y de los burgaleses, proporcionará a sus visitantes una visión muy amplia, clara y amena, de cómo se ha ido desarrollando la evolución cultural y artística de estas tierras castellanas a lo largo de su dilatada y ajetreada historia, desde la época prehistórica hasta los comienzos del presente siglo. El presente trabajo sólo es un modesto intento de acercamiento a su historia y su contenido.

Para finalizar, quiero hacer una especial mención de la figura del profesor de Literatura D. Basilio Osaba y Ruiz de Erenchun, que fue durante muchos años Director del Museo e infatigable impulsor de su desarrollo, del que tuve el honor de ser alumno durante mis lejanos años del bachillerato.

Autor Paco Blanco, Barcelona setiembre 2017

 

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MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE VILEÑA. -Con textos de Francisco Blanco y maquetas de Fernando de Miguel Hombría-.

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La vida matrimonial y amorosa del rey Fernando II de León resulta de lo más complicada, aunque, en realidad, gira tan solo alrededor de tres mujeres, sus tres esposas, con la particularidad de que dos de ellas, antes que esposas fueron también sus amantes, teniendo descendencia con las tres.

Fernando II había nacido en Benavente, el año 1137 y fue proclamado rey de León el 1157, a la muerte de su padre, Alfonso VII el Emperador, que fue el primer monarca español de la Casa de Borgoña, correspondiéndole a su hermano Sancho III el reino de Castilla. En el 1158 ambos hermanos, reunidos en el Monasterio de Sahagún, que era el principal foco espiritual del reino leonés, acordaron unirse para luchar juntos contra los musulmanes, repartirse los territorios que les arrebatasen y, en caso de fallecimiento de alguno de los dos, el superviviente heredaría sus reinos. La muerte le sobrevino al rey Sancho en Toledo, el 31 de Agosto del 1158, pocos meses después del tratado de Sahagún, que no llegó a llevarse a efecto, siendo nombrado rey de Castilla su hijo Alfonso VIII, que a la sazón era menor de edad.

Pero volvamos a la vida matrimonial del rey Fernando: en el 1165 contrajo matrimonio con la infanta Doña Urraca de Portugal, hija del rey Alfonso Henriques el Conquistador y de Doña Mafalda de Saboya, de la Casa de Borgoña, emparentada, por tanto, con el rey Alfonso VII el Emperador. De este matrimonio nació un hijo, que acabaría siendo, después de muchas intrigas y dificultades, el rey Alfonso IX de León. Pero este matrimonio no duraría mucho, pues el Papa Alejandro III, en el año 1171, procedió a anular el matrimonio por motivos de cosanguineidad. El rey Fernando, no se sabe si de buen grado u obligado por la bula papal, no le quedó más opción que repudiar a su esposa, pero eso sí, después de concederla varios municipios zamoranos como  compensación. La reina Doña Urraca ingresó en la Orden de San Juan de Jerusalén y se retiró al  Monasterio de Santa María de Wamba, en Valladolid, que pertenecía a la Orden.

El rey Fernando no tardó en encontrar consuelo en una alta dama de la corte leonesa, llamada Doña Teresa Fernández de Traba, viuda del conde Nuño Pérez de Lara, de la burgalesa estirpe de los Lara, con quien había tenido cinco hijos, pasando todos ellos a vivir en el palacio del rey leonés, de quien recibieron numerosas mercedes y propiedades. Las relaciones entre la pareja se legitimaron al contraer matrimonio en el año 1178. De este nuevo matrimonio nacieron dos hijos, el primero fue el infante Fernando de León, que nació en 1178, antes de que sus padres se hubieran casado, y que murió antes de cumplir los siete años. El segundo fue otro varón, que nació muerto y que, además, provocó el fallecimiento de su madre, la reina Teresa, esto ocurría en León, el 6 de febrero del 1180, siendo enterrados ambos en el Panteón de los Reyes de San Isidoro de León.

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Dos años permaneció viudo el rey Fernando. Hacia el año 1182 tomó por amante a Doña Urraca López de Haro, hija del conde D. Lope Díaz I de Haro, llamado El Rubio, señor de Vizcaya, y de la condesa Aldonza. Doña Urraca había estado casada anteriormente con el magnate gallego D. Nuño Meléndez, con quien tuvo una hija, Doña María Núñez.

Este amancebamiento también produjo sus frutos: en 1182 nació García, que solamente vivió dos años; en 1184 llegó Alfonso, que fallecía en 1188 y, por último, en 1186, nacía Sancho Fernández de León, llamado el Cañamero, señor de Monteagudo y Aguilar, que vivió hasta el año 1220.

Poco tiempo después, en mayo de 1187, cuando el fin de sus días estaba muy cercano, posiblemente apremiado por su amante, que conocía la proximidad de su muerte, Fernando II de León contrajo su tercer matrimonio, esta vez con su amante Doña Urraca López de Haro. La nueva reina intentó aprovechar esta circunstancia para  conseguir que el heredero del Reino leonés fuera su hijo Sancho, en detrimento del primogénito Alfonso, habido en el primer matrimonio del rey con Doña Urraca de Portugal. Para ello argumentaba que el nacimiento del infante Alfonso era ilegítimo, ya que el matrimonio de sus padres había sido anulado por el Papa, debido a los lazos de sangre existentes entre ambos. Llegó a conseguir que el rey Fernando desterrase a su hijo primogénito, pero sus propósitos no llegaron a verse hechos realidad, debido a los pocos apoyos  que recibió,  a causa, principalmente, de la corta edad de su hijo Sancho y a la oposición de la familia de la anterior esposa, los Fernández de Traba y los poderosos Lara.

Tal como se temía, el rey Fernando fallecía en Benavente, el 22 de enero de 1188, a los 53 años de edad. Le sucedió su hijo primogénito, Alfonso IX de León.

A raíz de la muerte del rey Fernando II su viuda se trasladó a Castilla, donde reinaba Alfonso VIII, sobrino del fallecido rey leonés, refugiándose en sus propiedades de La Bureba, situadas en  Santa María Ribarredonda y en los montes de Petralata. Con estas tierras, otras que recibió en donación del rey de Castilla, como Vileña, La Vid de Bureba y Villaprovedo, y algunos trueques que realizó con los monjes del cercano Monasterio  de San Salvador de Oña, en el año 1222 Doña Urraca funda el Monasterio de Santa María la Real de Vileña, para monjas cistercienses  sometidas al dominio de la Abadesa del Monasterio de Las Huelgas de Burgos, a quien la fundadora cedió todas sus propiedades.

La ceremonia de fundación del  Monasterio tuvo lugar el 14 de abril de 1222 y en ella, además de la fundadora, Doña Urraca, estuvieron presentes el obispo D. Mauricio de Burgos y los abades de Oña, Bujedo, Salas, Herrera e Iranzu, quienes proclamaron a Doña Elvira García como primera abadesa.

En este Monasterio tomó Doña Urraca los hábitos, llevando una vida retirada hasta su muerte, ocurrida en el 1230, siendo enterrada en un sepulcro de piedra, que fue colocado en el presbiterio de la iglesia del Monasterio que ella misma había fundado.

El historiador burgalés D. Inocencio Cadiñanos (1) hace de este sepulcro la siguiente descripción: “La figura yacente de la reina es de gran tamaño, tallada en un solo bloque de piedra. Aparece someramente trabajada, vestida de monja, como consta lo que fue en sus últimos años. La cabeza descansa sobre una almohada, encuadrada por figuritas muy mutiladas de ángeles turiferarios. El sonriente rostro ovalado está centrado por la gran toca plisada. Desde la nariz para arriba la cara de Doña Urraca se halla muy estropeada. Las manos, de largos dedos, aparecen cruzadas sobre el vientre, la superior casi desaparecida. Una sencilla túnica de plegados someros y casi paralelos, cubre el resto de su cuerpo. A los pies, los pliegues son numerosos. Una inscripción nos recuerda que allí descansa DOÑA hURRACA hYJA DeL CONDE DON LOPE DÍAZ / MVGER DEL REY DON FERNANDO DE LEON”.

Este monasterio cisterciense femenino, prácticamente se convirtió en un convento familiar, pues en él procesaban, principalmente,  las hijas de las familias que integraban la nobleza comarcal, como los Zuñigas y los Rojas, que acabaron convirtiéndose en sus protectores. Algunos destacados miembros de estas familias, así como varias abadesas, entre ellas Doña Elvira de Rojas Bonifaz, nieta del Almirante de Castilla D. Ramón Bonifaz, eligieron el Monasterio para su último reposo.

Entre los años 1234 y 1246, la abadesa que rigió los destinos del monasterio fue la primera hija de la fundadora, Doña María Núñez, fruto de su primer matrimonio con D. Nuño Menéndez.

En la segunda mitad del siglo XIV, al igual que ocurriera con el de San Salvador, el monasterio no se libró del saqueo de los mercenarios del Príncipe Negro, que incluso llegaron a violar a las religiosas allí acogidas, pero durante los siglos XV, XVI y XVII, el cenobio alcanzó su máximo esplendor, ejerciendo jurisdicción sobra más de una treintena de lugares, casi todos en La Bureba, donde las monjas, que superaban la cincuentena, llegaron a disponer  de más de 3000 fanegas de tierras de cultivo, alcanzando, en el siglo XVIII, unos ingresos superiores a los 37000 reales de vellón.

Durante el siglo XVI se instaló en el Altar Mayor el retablo de la Asunción, obra del escultor burgalés Pedro López de Gámiz, nacido en Barbadillo del Pez, que tenía su taller en Miranda de Ebro. Durante la invasión napoleónica, el monasterio también sufrió el saqueo de los soldados franceses, provocando el comienzo de su decadencia económica, que se vio aumentada con los procesos desamortizadores llevados a cabo por Mendizabal primero, y posteriormente por Madoz. En 1868 el Gobierno revolucionario de Prim clausuró el cenobio, que llevaba varios años subsistiendo a consta de una exigua subvención del Estado, que a veces se retrasaba en llegar. Las religiosas tuvieron que trasladarse a Las Huelgas de Burgos hasta el año 1872, en que se las permitió regresar, pero para estas fechas el patrimonio del Monasterio había sido sometido a un exhaustivo saqueo por parte de particulares y también de Instituciones, dejando a la comunidad de monjas en una desesperada situación económica, que las obligó a malvender lo poco que les habían dejado.

El 21 de mayo de 1970 un terrible incendio destruyó casi por completo el monasterio, obligando  a las monjas a trasladarse a unas dependencias nuevas y muy modestas en la localidad del Villarcayo, donde instalaron un museo con los restos que lograron salvar del incendio, entre los que se encontraba el sepulcro de la fundadora. Este museo se cerró en el año 2008, cuando las tres últimas monjas del nuevo Monasterio lo abandonaron para trasladarse a un pequeño convento en el barrio burgalés de Villimar. Su contenido se encuentra repartido entre el Museo Provincial y el Museo del Retablo de Burgos.

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INSTITUTO CARDENAL LOPEZ DE MENDOZA. -Por Francisco Blanco-.

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Este espléndido edificio renacentista, que conserva algunos elementos tardo-góticos, se debe al mecenazgo del cardenal D. Iñigo López de Mendoza, nombrado en el 1528 obispo de Coria y transferido a la sede de Burgos al año siguiente, permaneciendo en ella hasta el año 1535. En el mes de mayo del 1530 fue nombrado Cardenal bajo la advocación de San Nicolás, por el papa Clemente VII. Anteriormente, en mayo del 1516 había sido nombrado, por el papa León X, Abad perpetuo del Monasterio de la Vid, cercano a Peñaranda de Duero, en el que en el año 1522, con la colaboración de su hermano, D. Francisco de Avellaneda y Velasco, III Conde de Miranda, llevaron a cabo unas importantes obras de mejora de dicho Monasterio, en las que intervinieron importantes arquitectos burgaleses, como los hermanos Pedro y Juan Rasines y Juan de Vallejo, artífice también del cimborrio de la catedral de Burgos.

Las obras del Instituto se comenzaron el 1538 y se dieron por finalizadas en el 1579, en ellas intervinieron numerosos arquitectos y canteros de gran renombre, como el ya mencionado Pedro Rasines, Baltasar de Castañeda, Juan del Campo y otros. Su fachada principal es una sólida obra de sillería, cuya piedra caliza procede de las célebres canteras de la cercana Hontoria de la Cantera. La escultura y los escudos que presiden la portada son obra de los escultores Diego Guillén y Antonio de Elejade.

Iñigo había nacido el año 1489 en Aranda de Duero, su padre era D. Pedro de Zúñiga y Avellaneda, II Conde del Castañar y señor de Peñaranda de Duero y otras villas ribereñas y su madre era Doña Catalina de Velasco y Mendoza, hija de los Condestables de Castilla, fundadores de la Casa del Cordón de Burgos y de la Capilla de los Condestables de la catedral burgalesa, donde están enterrados. Su verdadero nombre era, por consiguiente, D. Iñigo de Zúñiga Avellaneda y Velasco, pero cambió sus apellidos para honrar la memoria de su ilustre bisabuelo D. Iñigo López de Mendoza, I Marqués de Santillana. Él y su hermano estudiaron la carrera eclesiástica en Salamanca y estuvieron muchos años en Flandes, al servicio de Doña Juana de Castilla y su hijo, el futuro rey de España y emperador de Alemania D. Carlos I. El 21 de abril del año 1535 otorgó testamento, en el que legaba 15.000 ducados para la construcción del Colegio San Nicolás de Bari, el actual Instituto de Enseñanza Secundaria de la ciudad de Burgos. Murió repentinamente el 10 de junio de ese mismo año en la villa burgalesa de Tordomar. Fue enterrado en el convento ribereño de La Aguilera y posteriormente trasladado al cercano Monasterio de Santa María de la Vid, del que había sido un gran benefactor.

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Tres años después de su muerte, en el 1538, dieron comienzo las obras del Colegio de San Nicolás, impulsadas por su sobrino, el Condestable de Castilla D. Pedro Fernández de Velasco y Tovar, cumpliendo de esta forma con su voluntad testamentaria.

En el segundo cuerpo de su portada, entre dos columnas, se grabó su placa fundacional que dice lo siguiente:

“ESTE COLLEGIO MANDÓ HAZER EN SU TESTAMENTO EL ILLMO. Y REVERENDÍSIMO SEÑOR CARDENAL Y OBISPO DE BURGOS DON ÍÑIGO LÓPEZ HIJO DE LOS CONDE DE MIRANDA DON PEDRO DE ZÚÑIGA Y DE AVELLANEDA Y DOÑA CATALINA DE VELASCO NIETO DE LOS CONDES DE MIRANDA DON DIEGO LÓPEZ DE ZÚÑIGA Y DOÑA ALDONZA DE AVELLANEDA. BISNIETO DE LOS CONDES DE PLASENCIA DON PEDRO DE ZÚÑIGA Y DOÑA YSABEL DE GUZMÁN. FUERON TAMBIÉN SUS ABUELOS EL CONDESTABLE Y CONDE DE HARO DON PEDRO DE VELASCO Y LA CONDESA DOÑA MENCÍA DE MENDOZA SU MUJER. MANDOLO EDIFICAR DON PEDRO DE VELASCO QUARTO CONDESTABLE DE LOS DE SU LINAGE. ACABOSE EL AÑO MDXX[IX]”. 

Además de su espléndida portada renacentista, es de destacar su patio interior, verdadero eje del resto del edificio. Es de forma cuadrada con dos galerías con arcos soportados por pilastras. En su centro se levanta un pozo con brocal; dispone de dos galerías de arcos entrelazados, a las que se acede por una monumental escalera de cuatro tramos, en la primera estaban las sedes de las diferentes cátedras y en la segunda, durante parte del siglo XIX se utilizó como residencia de los estudiantes internos.

A lo largo de su dilatada historia, el Colegio de San Nicolás ha atravesado por diferentes vicisitudes, como su ocupación por las tropas francesas durante la guerra de la Independencia, a las que, finalizada la invasión napoleónica, sustituyeron las tropas españolas. En el año 1845, como consecuencia del Plan Pidal de enseñanza, por el que el Estado asumía el control de la enseñanza, se crearon en España los Institutos de Segunda Enseñanza, asignándose a Burgos el viejo Colegio de San Nicolás, aunque antes hubo que desalojar al Regimiento de Artillería que lo ocupaba, cosa que no se consiguió hasta el 1849, gracias a la tenacidad de su primer Director electo, D. Juan Antonio de la Corte y Ruano-Calderón, Marqués de la Corte, que era catedrático de Geografía e Historia. Cincuenta años más tarde, se instala el Jardín Botánico y se convierte además en la Escuela Normal de Magisterio. También se instaló el Observatorio Meteorológico Provincial, que ha venido funcionando hasta finales del pasado siglo XX. También, como no podía ser de otra manera, por sus cátedras pasaron ilustres profesores, cuya importante labor docente dieron lustre, tanto nacional como internacional, a sus respectivas cátedras. Podemos citar, entre otros muchos a D. Raimundo de Miguel,  catedrático de Latín; D. José Martínez Rives de Historia; sin olvidarnos de D. Eduardo Augusto de Bessón, catedrático de Psicología, que llegó a ser alcalde de Burgos y mandó construir el puente sobre el Arlanzón, que unía el Instituto con el Palacio de Justicia, situado en la otra orilla, aunque lo que realmente se pretendía era facilitar el acceso al Instituto de los estudiantes que vivían en la otra orilla. También, a finales del siglo XIX se creó la Escuela de Agricultura, cuyos alumnos realizaban sus prácticas en el invernadero que se añadió al Jardín Botánico, que acabó convirtiéndose en Cátedra.

Ya en el siglo XX, los profesores D. Mauricio Pérez San Millán y D. José López Zuazo ponen en marcha el Museo de Ciencias Naturales, que recibió numerosas donaciones particulares y se convirtió en el más importante colaborador de la cátedra de Ciencias Naturales. En el 1908, el catedrático de Francés D. Rodrigo Sebastián, junto con el Hispanista y catedrático de Lengua y Literatura españolas de la Universidad de Toulouse D. Ernest Merimée, fundaron los Cursos de Verano para Extranjeros de Burgos, los primeros de este tipo que se celebraban en España, que tuvieron una muy favorable acogida, registrándose una numerosa asistencia de estudiantes y una nutrida presencia de ilustres personajes de la cultura española, como el historiador D. Américo Castro, el arquitecto D. Vicente Lampérez, el profesor y escritor D. Juan Domínguez Berrueta y el profesor e historiador vallisoletano D. Narciso Alonso Cortés. En el 2017, ciento nueve años después, estos cursos se siguen celebrando y cuentan con una asistencia numerosa y entusiasta, constituyendo un extraordinario y ejemplar marco de  convivencia, de amistad, de aprendizaje y de difusión de las culturas española y francesa. Un verdadero acontecimiento cultural para la ciudad de Burgos.

Otros ilustres profesores del siglo XX han sido D.Teófilo López Mata , natural de Villarcayo, que además de catedrático fue director del Instituto, historiador y cronista de la ciudad, cuya historia conocía profundamente, también fue un estudioso de nuestra Guerra Civil y estuvo muy vinculado a la Junta de Ampliación de estudios; D. Tomás Alonso de Armiño, presidente de la Diputación y director del Museo Provincial mientras estuvo instalado en el Instituto; D. Ismael García Rámila, historiador, arqueólogo y bibliófilo burgalés, discípulo de García de Quevedo, profesor de Lengua y Literatura españolas, participando también durante varios años como profesor de los Cursos de Verano para extranjeros; el investigador y humanista burgalés D. Gonzalo Díez de la Lastra, que demostró el nacimiento en la ciudad de Burgos del jurista Fray Francisco de Vitoria, que se atribuían los vitorianos; D. José María Ordoño, profesor de Matemáticas, que también fue alcalde de Burgos. A esta lista se podrían añadir muchos nombres ilustres más, pero la vamos a cerrar aquí, para no hacerla casi interminable.

Igualmente, a lo largo del tiempo se ha ido creando una copiosa e importante biblioteca, que ha ido creciendo a base de los presupuestos del propio Instituto, de donaciones particulares, destacando las del gobierno francés y las del profesor, historiador, cronista y alcalde la ciudad D. Eloy García de Quevedo. También son de destacar las entradas procedentes de otras bibliotecas de Monasterios cerrados o sujetos a amortizaciones del Estado.

Por una Orden Ministerial del año 1957, el viejo Colegio de San Nicolás pasa a llamarse oficialmente “Instituto Cardenal López de Mendoza”. En el 1963 se inaugura un nuevo pabellón, dedicado únicamente a las alumnas de sexo femenino, pero poco más tarde, en el 1967, se inaugura en Burgos el Instituto Diego Porcelos, exclusivamente masculino, por lo que el primero se convierte en Instituto femenino. Precisamente, este segundo Instituto ha celebrado su cincuentenario este año de 2017, con tal motivo han tenido lugar conciertos, conferencias, exposiciones, una comida para el personal docente en un hotel de la ciudad y una comida campestre de hermandad en el Parque de Fuentes Blancas.

También en el 1995 se celebró el sexto centenario de la fundación del Cardenal Mendoza, celebrándose, entre otros actos que estuvieron presididos por el Ministro de Educación, una interesante exposición retrospectiva con abundante material y documentación alusivos a su larga trayectoria histórica.

Poco tiempo después, en el 1996, se pusieron en marcha unas importantes y necesarias obras de reparación del Instituto, en las que se realizaron numerosas mejoras, ampliaciones y cambios estructurales en la distribución y emplazamiento de las diferentes dependencias, concluyéndose las obras en el 1999, justo en los umbrales del siglo XXI.  En la inauguración del remozado Instituto estuvieron presentes relevantes miembros del Ministerio de Educación y Ciencia, acompañados de las autoridades locales y de la directora del centro Doña Pilar Cristóbal Plaza.

En la nueva capilla del centro se pueden ver diferentes placas conmemorativas, en las que se recuerdan los diferentes eventos que ha jalonado su larga trayectoria docente.

Autor Paco Blanco, Barcelona setiembre 2017.

 

EL HOSPITAL DE BARRANTES. -Por Francisco Blanco-.

“El dolor purifica lo que está manchado,

santifica lo que es bueno y diviniza lo que es santo” 

(Concepción Arenal)

D.Jerónimo Pardo y Salamanca nació en Burgos en el año 1576 y fue bautizado el día 13 de octubre en la iglesia parroquial de San Lorenzo el Viejo (1), hoy desaparecida. Su padre era D. Alonso Pardo, un acomodado comerciante de origen gallego pero afincado en Burgos, y su madre Doña Beatriz de Salamanca, perteneciente a una distinguida familia burgalesa. Pero el mundo del comercio y las transacciones comerciales no atrajo el interés del joven Jerónimo, en el que predominó una fuerte vocación religiosa que le llevó a emprender la carrera eclesiástica, alcanzando la dignidad de Abad de San Quirce y el cargo de Canónigo del Cabildo de la Catedral de Burgos, destacando en su trayectoria sacerdotal por su caridad cristiana y su constante preocupación por ayudar a los más necesitados y desvalidos, lo que le llevó a proyectar la fundación del Hospital de San Julián y San Quirce, destinado a dar asistencia a los pobres y enfermos de la ciudad burgalesa.

Para que esta benéfica obra, en la que también se incluía una iglesia, se pudiera llevar a efecto, no dudó en dotarla testamentariamente de prácticamente todos sus bienes, incluida su propia vivienda, un juro de 30.888 maravedís (2) y un capital de 16.000 reales de vellón, solicitando, a cambio, que se le dedicara una misa semanal en la iglesia del Hospital.

Las obras comenzaron, pero D. Jerónimo no pudo verlas terminadas, pues falleció en el año 1643, siendo enterrado en la Capilla de Santiago de la catedral burgalesa.

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Su obra fue continuada por dos ilustres colaboradores, que llevaron a término sus deseos testamentarios, siendo inaugurado el Hospital en el año 1645.

El primero de estos colaboradores fue su sobrino carnal D. Jerónimo Pardo, prebendado de la catedral, donde ostentaba l dignidad de Tesorero, quien participó activamente en la financiación y puesta en marcha de la benéfica empresa.

El tercer cofundador y, a la postre, el más conocido históricamente, pues el Hospital acabó adoptando su nombre, fue el canónigo D. Pedro Barrantes Aldana, que se convirtió en el administrador y verdadero motor del nuevo Hospital, al que dotó de unos sólidos cimientos económicos. Este D. Pedro era natural de Alcántara, en la provincia de Cáceres, miembro de una aristocrática familia extremeña, pero su vida eclesiástica se había desarrollado prácticamente en Burgos, pues en el año 1605 ya era secretario del nuevo arzobispo D. Alonso Manrique, que además de ser paisano suyo se convirtió en su protector. Además del citado Hospital de San Julián y San Quirce, el canónigo Barrantes llevó a cabo toda clase de obras de caridad y numerosas fundaciones benéficas, como la Casa de Maternidad, por lo que se le puede considerar como uno de los grandes benefactores de la ciudad de Burgos, en la que falleció el 9 de agosto del 1658. Siguiendo sus propios deseos fue enterrado modestamente, dentro de un ataúd de terciopelo rojo, en un pequeño nicho bajo el cuarto arco de la capilla de la Virgen de los Remedios o del Santo Cristo de Burgos de la catedral burgalesa. A mediados del siglo XIX, mientras se llevaban a cabo unas reformas en la citada capilla, se abrió el sepulcro del canónigo y, ante el asombro y la admiración general, se halló el cuerpo de D. Pedro Barrantes totalmente incorrupto, con sus vestiduras sacerdotales en perfecto estado de conservación. Sus restos fueron enterrados en el mismo nicho hasta que, casi 50 años más tarde, gracias a la iniciativa del historiador y Cronista de la ciudad, D. Eloy García d Quevedo (3), que contó con el apoyo del clamor popular, se trasladaron a  un nuevo sepulcro en la misma capilla, diseñado por el famoso arquitecto D. Vicente Lampérez, que también había realizado la restauración de la capilla. Sobre el nuevo nicho se colocó una estatua de la Caridad, obra del escultor catalán José Alcoverro. El traslado se realizó con gran solemnidad el 10 de setiembre del 1895.

A la muerte de D. Pedro Barrantes, el Cabildo catedralicio se hizo cargo del funcionamiento del Hospital, que se había especializado en cirugía general y ginecología, pero también se ocupaba del tratamiento de llagas, roturas, infecciones y enfermedades venéreas, como la sífilis y el morbo gálico. En el 1808 fue ocupado por los franceses, que lo destinaron a curar sus propios heridos y enfermos. Desde el 1840 el Hospital pasó a depender de la Junta Municipal de Beneficencia de Burgos, pasando sus archivos a engrosar el fondo del Archivo Municipal de Burgos.

El Hospital fue objeto de una importante ampliación durante el siglo XVIII, entre los años 1748-1752, y otra a principios  del siglo XX, que fue la que le confirió su aspecto actual. Ambas ampliaciones han servido para aumentar su capacidad hospitalaria y acoger un mayor número de pacientes. En la actualidad se ha convertido en una Residencia de Ancianos.

Del edificio inicial del siglo XVII aun se conservan la neoclásica portada principal y la iglesia, cuya nave está presidida por un magnífico retablo dorado de estilo barroco, realizado a mediados del siglo XVIII por los hermanos palentinos Luis y Manuel Cortés del Valle, que habían sido Veedores del Cabildo burgalés, cuya obra es muy conocida y abundante en Cantabria y La Rioja. También fue muy famosa su botica, que se convirtió en una de las mejores de Burgos.

Pero el deterioro a que estaba sometido el edificio, al que hay que añadir la insuficiente capacidad asistenciaria del Hospital para atender el constante aumento de las necesidades sanitarias de la ciudad, a lo que hay que añadir, como elemento decisorio, la llegada a Burgos del “Regimiento de Inválidos de Cataluña”, lo que hizo que el Cabildo, tras muchas deliberaciones y titubeos, que retrasaron varios años la decisión, emprendiese por fin la remodelación prácticamente total del Hospital y sus dependencias. Las obras dieron comienzo en el mes de marzo del 1747 y se prolongaron hasta el 1752, tenían un presupuesto de 31.7120 reales de vellón y se las encargaron al maestro de obras Ignacio Elegalde, un riojno que también estaba construyendo el Colegio de Seminarios de Burgos, después se incorporaron los maestros de obras burgaleses Manuel Alcalde, Ventura García, Jerónimo de la Cueva y los hermanos Antonio y Matías Pardo. Por desgracia para el Hospital y para el Cabildo, en el 1749 quedó claro que el proyecto de Elegalde había sido un verdadero fracaso desde todos los puntos de vista, el técnico y el económico, acabando en una serie de interminables pleitos en los que quedó patente la total incapacidad del riojano para acabar la obra comenzada, viéndose obligado el Cabildo a contratar los servicios de nuevos arquitectos y maestros de obra, además de asumir el enorme sobrecoste ocasionado por la incompetencia de Elegalde.

Para la continuación de las obras de esta segunda etapa se prescindió de todos los canteros y maestros riojanos y se contrataron otros profesionales, esta vez procedentes de Burgos y de Cantabria, siendo los dos principales responsables de la revisión de la obra el arquitecto burgalés Domingo Ondategui, natural de La Horra (4), y el cántabro Francisco Manuel Cueto, vecino de Meruelo. Esta vez el proyecto se llevó a buen fin y el Hospital de Barrantes fue ampliado y modernizado con nuevos y espaciosos pabellones, dotados de  amplias y encristaladas galerías, que proporcionaban abundante luminosidad a todas las dependencias, también se le añadió una zona ajardinada y cerrada, por la que los enfermos convalecientes podían pasear. Naturalmente, el coste final del proyecto se disparó, superando los 100.000 reales de vellón, cantidad bastante importante para aquellos tiempos, lo que obligó al Cabildo a buscar nuevas fuentes de financiación.

La gran afluencia de enfermos que empezaron a llegar al Hospital, procedentes principalmente de los Regimientos del Ejército de esta Región Militar, además del ya citado Regimiento de Inválidos de Cataluña, que seguía instalado en Burgos, y que no disponían de otro hospital que el de Barrantes, obligando nuevamente al Cabildo a emprender nuevas reformas para adecuarle a las nuevas necesidades, que prácticamente duraron desde el 1787 hasta el 1800.

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Finalmente, durante la primera mitad del siglo XX el Hospital de Barrantes fue objeto de una nueva ampliación y modernización, en la que destaca un interesante grupo escultórico, obra del pintor y escultor burgalés Fortunato Julián, inaugurado en el 1945. En él aparecen dos de sus fundadores, el canónigo Barrantes de pie, socorriendo a un menesteroso y D. Jerónimo Pardo, el iniciador del proyecto, sentado a su derecha.

NOTAS:

  • La Iglesia de San Lorenzo el Viejo estaba situada en la actual calle de Fernán González. Fue fundada hacia el siglo X y en torno a ella fue naciendo el barrio de Fernán González, cuya calle principal llevaba su nombre, en la que establecieron sus señoriales residencias la jerarquía urbana y eclesiástica de la ciudad y también era la arteria por la que los peregrinos salían de la ciudad, cruzando el arco de San Esteban en dirección al cercano Hospital del Rey. En 1985 unas excavaciones descubrieron los restos de esta iglesia en la Plaza de los Castaños de dicho barrio y en el 1986 el “Diario de Burgos” publicaba un trabajo de D. Braulio Valdivileso Ausín, titulado “Burgos en el Camino de Santiago” en el que se recoge el origen y la historia de esta iglesia, que era donde se reunía el cabildo catedralicio antes de que se finalizaran las obras de la catedral.
  • Los juros eran una especie de emisión de deuda pública de la Corona de Castilla, en forma de certificados que podían ser vitalicios, o sea sin fecha de cancelación, que producían un interés entre el 12,5 y el 14%.
  • Eloy García de Quevedo y Cancellón (1894-1945), además de historiador, fue abogado, magistrado, profesor de Literatura, miembro de la Real Academia Española de la Historia, Cronista de la ciudad de Burgos y alcalde de la ciudad en el 1931, cuando se pasó de la restaurada monarquía de Alfonso XIII a la proclamación de la II República Española. Tiene numerosas obras escritas y le fueron concedidas numerosas condecoraciones.
  • Domingo Ondategui había nacido en Elgueta (Guipúzcoa), el año 1698, pero se trasladó muy joven a Burgos, casándose con la burgalesa Joaquina de Horra, estableciéndose en La Horra, donde su mujer poseía tierras y viñedos. Su obra de restauración como arquitecto es muy extensa y conocida, destacando las restauraciones de las iglesias de Sotillo de la Ribera, Gumiel del Mercado y en la catedral de Burgos la capilla de Santa Tecla y la Puerta del Sarmental.
  • Fortunato Julián García Hernando, (Burgos 1891-1972), popularmente conocido como Fortunato Julián, fue un notable dibujante e ilustrador, además de pintor y escultor burgalés, que se formó en la Academia de Dibujo del Pº del Espolón, antiguo edificio del Consulado del Mar. Además de numerosas ilustraciones para libros y folletos, pintó también numerosos óleos y acuarelas, en los que plasmó el paisaje rural y humano de numerosos pueblos de la provincia, así como de la capital burgalesa. Como escultor, además de otras obras por encargo y del grupo escultórico de Barrantes, participó en la ornamentación de puente de San Pablo y es el autor del monumento de la Plaza de Castilla de Burgos. Parte de su obra se puede visitar en el Museo de Burgos, el Ayuntamiento y la Diputación, además de algunas entidades financieras y de ahorro.

Autor Paco Blanco, Barcelona setiembre de 2017

“CONOCE BURGOS A TRAVÉS DE SUS PERSONAJES” de Ana Isabel Núñez Palacín y Juan Manuel Crespo Delgado (Ediciones Balnea)

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Cultura Local para niños y adultos en forma de cuentos.

Desde Ediciones Balnea han apostado por un nuevo libro de cuentos para dar a conocer Burgos. Su colección anterior, “Burgos y sus pueblos entre cuentos”, ha servido como soporte de numerosos talleres en colegios y en salones culturales de Burgos y Provincia. A través de la propuesta educativa “La ciudad abre sus puertas” los autores han llegado a más de 3000 alumnos, de todas las edades, ataviados con ropajes medievales, y enseñando cultura a los alumnos entre risas, concursos y cuentos.

Han comprobado encantados que los estudiantes, de todas las edades, están abiertos a conocer su entorno y la historia de su ciudad, si se les da en el envoltorio adecuado para ellos.

Les resulta más fácil y atractivo leer algo e interesarse por ello, si se lo entregan en forma de cuento, historia o aventura. De ahí ha nacido la nueva colección paralela. “Conoce Burgos a través de sus personajes” es el primer volumen. Con él acudirán este curso a numerosas aulas. A este libro podrán acercarse también alumnos de primer y segundo ciclo de Educación Secundaria. E incluso más mayores. Porque muchos de los profesores que ya han tenido este libro en sus manos han opinado que está escrito en un lenguaje perfecto para niños, adolescentes y adultos.

Conocer quién fue Diego Marín Aguilera, por qué se llama una calle Petronila Casado, o qué tienen que enseñarnos sobre superación personal, Esther San Miguel o Purificación Santamarta. Acompañar en su entusiasmo por la pintura a Marceliano Santa María, Modesto Ciruelos o Ignacio del Río. Sentir la vibración de la guitarra de Regino Sainz de la Maza, y de las composiciones de Antonio José, o la batuta Rafael Frühbeck. Saber por qué un hospital se llama Divino Vallés, o un polideportivo Jose Luis Talamillo. Entusiasmarnos con toda la creatividad y arte de alguien como Justo del Río…

En definitiva, ir de la mano de estos y otros personajes burgaleses recorriendo nuestra ciudad y disfrutando de ella, de una forma divertida y única. Te invitamos a que descubras todo lo que este libro y sus personajes te ayudarán a experimentar. Un viaje por la cultura burgalesa que te llenará de ilusión, conocimiento y diversión. Y por si esto fuera poco, con la compra de tu ejemplar, colaboras con la Asociación de Esclerosis Múltiple de Burgos.

edicionesbalnea.es

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EL POETA MARTÍN GARRIDO. -Por Francisco Blanco-.

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“Propongo que se instituya una FIESTA NACIONAL en honor de los MÁRTIRES que desde principios del siglo XIX han perecido a la sombra de la bandera DIOS PATRIA Y REY,  en los campos de batalla, en los hospitales, en los calabozos y en el destierro, y designo para celebrarla el 10 de MARZO de cada año, día en el que se conmemora el aniversario de la muerte de mi abuelo CARLOS V.

Obra del corazón ha de ser esta fiesta, y con tributos del corazón hemos de celebrarla, más que con ostentosas celebraciones. La FE, la gratitud y el entusiasmo reemplazarán en ella con creces  el fasto y la pompa, que no se avienen bien ni con los gustos de la GRAN FAMILIA CARLISTA, ni con la situación en que se halla por su desinterés sublime.

Hermano, asiste pues a este acto y ofrece la comunión de este día por los héroes que dieron su vida por Dios y para ti buscaban una España mejor”.

Con esta carta, dirigida por Carlos VII a D. Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII Marqués de Cerralbo, con fecha del 5 de noviembre de 1895 se establecía en el bando carlista la festividad de los “MÁRTIRES DE LA TRADICIÓN”.

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A partir de aquí, cada 10 de marzo el Partido Carlista y la “Comunión Tradicionalista” celebran el aniversario de la muerte de D. Carlos María Isidro de Borbón, ocurrida en Trieste el 10 de marzo de 1855. Era hermano de Fernando VII y pretendiente al trono de España a la muerte de aquél, ocurrida el 29 de setiembre de 1833. Casi al día siguiente, el día 1 de octubre de 1833, con el apoyo del general Santos Ladrón de Cegama, en la localidad riojana de Tricio emitió el “Manifiesto de Abrantes”, en el que se autoproclamaba rey de España con el nombre de Carlos V. De esta forma daba comienzo la Primera Guerra Carlista, que duraría nada menos que 7 años, origen, igualmente, del Partido Carlista, la Comunión Tradicionalista y los Requetés, una organización paramilitar, que participó activamente a favor de los sublevados en nuestra última Guerra Civil. Después de terminada ésta en 1939 con la victoria del bando franquista, en la conmemoración carlista de 1943 se incorporó un hermoso soneto titulado “Mártires de la Tradición”, escrito por un poeta burgalés, de nombre Martín Garrido Hernando, cuyo contenido trascribimos:

 

A los Mártires de la Tradición

“Los demandó el Honor y obedecieron;

lo requirió el Deber y lo acataron;

con su sangre la empresa rubricaron;

con su esfuerzo, la Patria redimieron.

 

Fueron grandes y fuertes, porque fueron

fieles al juramento que empeñaron.

Por eso como púgiles lucharon,

por eso como mártires murieron.

 

Inmolarse por Dios fue su destino;

salvar a España, su pasión eterna;

servir al Rey, su vocación y sino.

 

No supieron querer otra bandera,

no supieron andar otro camino;

¡no supieron morir de otra manera!”

 

Desde este año de 1943 la fiesta de la “Comunidad tradicionalista” comenzaba con la recitación de este soneto, seguida del himno cantado “La muerte no es el final”, un toque largo de oración y una descarga de fusilería como remate final.

Mucho se ha polemizado sobre la autoría de este bello soneto, llegando incluso a atribuírselo al inmortal Calderón de la Barca o a algún otro poeta de nuestro “Siglo de Oro”  y, sin duda, la calidad del poema se presta a semejante confusión, pero su verdadero  autor es el olvidado poeta burgalés Martín Garrido Hernando, cuyos poemas aparecen recopilados en su libro “Hojas de Acanto”,  publicado en 1975, en cuya página 351 aparece el citado soneto, aunque parece que apareció impreso por primera vez en las páginas del diario burgalés “El Castellano”, del que Martín Garrido era redactor jefe.

Actualmente, el soneto, al que se le han aplicado algunos arreglos que afectan a su estructura de rima y de métrica originales, desde el año 2004 se recita oficialmente como responso en los actos de homenaje a los militares españoles caídos por la Patria, pero las referencias oficiales a su autor siguen siendo muy escasas, por lo que su recuerdo continúa inmerecidamente sumido en el olvido. La versión modificada que han adoptado las Fuerzas Armadas Españolas en estos actos de homenaje es la siguiente:

 

“Lo demandó el honor y obedecieron,

lo requirió el deber y lo acataron;

con su sangre la empresa rubricaron

con su esfuerzo la Patria engrandecieron.

Fueron grandes y fuertes, porque fueron

fieles al juramento que empeñaron.

Por eso como valientes lucharon,

y como héroes murieron.

Por la Patria morir fue su destino,

querer a España su pasión eterna,

servir en los Ejércitos su vocación y sino.

No quisieron servir a otra Bandera,

no quisieron andar otro camino,

no supieron vivir de otra manera”.

 

Como se puede apreciar, se trata de una burda y arbitraria manipulación, con el agravante de estar hecha sin la autorización de los herederos del autor, que tampoco perciben cantidad alguna en concepto de derechos de autor, lo que también constituye un atentado contra la propiedad intelectual.

También son escasas las referencias biográficas que existen sobre Martín Garrido, tanto de su vida como de su obra. Se sabe que fue redactor jefe del diario ultra-conservador burgalés “El Castellano”, de marcado carácter católico y tradicionalista, desde cuyas páginas se lanzaban unas duras diatribas contra la II República, siendo sus objetivos preferidos republicanos y socialistas. Sus crónicas las firmaba con el seudónimo de “Sagitario”, hasta que el diario, propiedad de la “Federación de Sindicatos Agrarios Católicos”,  desapareció en el mes de junio del 1941. Ocasionalmente, también aparecían algunos artículos suyos en el “Diario de Burgos”, igualmente conservador, pero de talante algo más liberal.

Otro ilustre carlista burgalés coetáneo suyo, el conocido abogado D. José María Codón Fernández, que fuera además Consejero Nacional del Movimiento y Cronista Oficial de Burgos y provincia, en una reseña publicada el año 1983 en el “Diario de Burgos”, lo definía de la siguiente manera: “Es el hombre que jamás se doblegó en sus ideales, gallardo, tenaz, valiente, no le quebrantaron guerras, persecuciones ni sufrimientos”.

Se trataba, por lo que parece, de un hombre insobornable, fiel a sus principios y sus ideas, dotado de una exquisita sensibilidad poética y amante de su querida tierra burgalesa, cuya grandeza y monumentalidad cantó en numerosos poemas de una gran belleza, como se puede apreciar en el que trascribimos:

 

“Nací español porque lo quiso el cielo,

en Castilla nací por suerte mía.

Si cien veces naciera, cien querría

tener por cuna su bendito cielo.”

 

El poeta había nacido en la localidad burgalesa de Ibeas de Juarros, muy cercana a la capital y murió en Burgos, el 16 de marzo del 1984, a la avanzada edad de 87 años. Además de periodista y redactor jefe del diario burgalés “El Castellano”, fue “Cronista de la Ciudad de Burgos”, y su obra poética fue merecedora de numerosos accésits y premios en los certámenes literarios en los que participó, por los que fue nombrado Académico de Honor de la Institución “Fernán González”.

En 1937, con 40 años, se alistó voluntario en el Tercio de requetés “Burgos-Sangüesa”, aunque la primera vez que lo intentó fue rechazado por la edad, por lo que tuvo que intentarlo de nuevo, esta vez acompañado de su mujer Doña Casilda, quien aseguró que ella estaba totalmente de acuerdo con aquella decisión de su marido, siendo finalmente aceptado. El Tercio Burgos-Sangüesa, junto con el Tercio de Nuestra Señora de Montserrat, participó en el frente de Extremadura y también en la Batalla del Ebro, la más decisiva, dura y encarnizada de nuestra última guerra civil.

Tal vez la razón por la que el poeta se alistó para ir a la guerra a esa edad tan poco apropiada, hay que buscarla en los importantes acontecimientos políticos que tuvieron lugar ese mismo año en la España franquista, cuyo gobierno se había instalado precisamente en Burgos, su amada patria chica:  El día 2 de diciembre de ese mismo año de 1937, en la Sala Capitular del Monasterio burgalés de Las Huelgas tenía lugar el primer Consejo Nacional de “Falange Española, Tradicionalista y de las J.O.N.S”, bajo la presidencia del general Franco y con la aprobadora presencia del Primado de España, cardenal D. Isidro Gomá. El llamado “Decreto de Unificación” había sido emitido en el mes de abril de ese mismo año, firmado también por el propio general Franco.

Todo parece indicar que, una vez finalizada la guerra, el poeta burgalés figuraba entre el grupo de carlistas que no aceptaron el Régimen impuesto por Franco y su camarilla, ni tampoco el citado decreto de unificación, motivo por el que fueron declarados “desafectos totalmente a FET y de las JONS”, que el propio Franco había refundido, tachando a todos sus miembros de traidores, por lo que quedaron automáticamente silenciados y marginados de cualquier actividad política, cultural e incluso profesional.

En el 1975 se publicó su obra “Hojas de Acanto”, una selección antológica de su obra, estructurada en cuatro apartados: España-Castilla; Guerra y Carlismo; Poemas religiosos  y Otros poemas.

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Posteriormente, el 16 de noviembre del año 2016 tuvo lugar en Burgos la presentación del libro “Los demandó el Honor-Mártires de la Tradición”, el acto se celebró en la “Sala Polisón del Teatro Principal”, situado en la entrada al Paseo del Espolón de la ciudad castellana. En el libro presentado se recoge una nueva selección antológica de los poemas de Martín Garrido Hernando.

La presentación del libro corrió a cargo de Luis Hernndo de Larramendi, presidente de la Fundación Carlista “Ignacio de Larramendi”, interviniendo también el veterano requeté Felipe Vives Suriá, compañero y amigo del poeta, el general D. Juan Chicharro Ortega, actualmente en la reserva y D. Fernando del Río Solano representando a la familia del poeta.

Al acto de presentación acudieron numerosos carlistas, destacando la presencia del veterano requeté Jesús Lasanta Ruiz-Navarro, ex combatiente de la Guerra Civil en el Tercio navarro de Lácar, al que se apuntó con tan sólo 16 años, por lo que se le considera como el requeté más joven que luchó en la guerra; después, durante la llamada Transición fue un militante activo del Partido Carlista, por lo que D. Carlos Javier de Borbón-Parma, actual Duque de Parma, que también se auto titula Duque de Madrid, le nombró Caballero de la Real Orden de la Legitimidad Proscripta (ROLP), que instituyera en el año 1923 su padre D. Carlos Hugo de Borbón y Borbón-Parma.

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Como colofón de este modesto trabajo, vamos a reproducir un fragmento del poema de Martín Garrido, que obtuvo el 2º Premio en los Juegos Florales que se celebraron en Burgos el año 1947, con motivo de la celebración de las Fiestas Patronales de San Pedro y San Pablo, siendo alcalde de la ciudad el falangista D. Florentino Díaz Reig. El premio estaba dotado con 4.000 pesetas, cantidad bastante importante por aquellos años:

 

CASTILLA

Cíen clarines de plata,

cien versos de cristal,

cien gayas flores,

la dulce serenata

de mis cien ruiseñores,

¡ofrenda de mí amor a tus amores!

No hayas, Castilla a mengua

la humilde cortedad de mis acentos.

Hablo tu propia lengua,

y son mis sentimientos

antenas de tus altos pensamientos.

¡Nada nuevo en mí canto!

Más una misma trova, en su armonía,

tiene diverso encanto.

¡Se dice cada día, y es distinta,

aunque igual, la melodía…!

Tu sangre, mi fortuna;

tu acrisolada tradición

mi herencia; y tu canción de cuna,

palabra de inocencia con música

de suave transparencia.

 

Autor Paco Blanco, Barcelona octubre de 2017

POR LA PEÑA AMAYA. LA BATALLA DE ORDEJÓN. —-Por Francisco Blanco—-

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Cerca de la Peña Amaya, al sur de la cordillera Cantábrica, se alza el macizo conocido como la Peña Ureña, en el que actualmente se encuentran dos pequeñas localidades, conocidas como Oredejón de Arriba y Ordejón de Abajo, situadas en un agreste paraje, lleno de peñascos, castros, barrancos y cortados naturales, protegidos por una muralla igualmente natural, en los que todavía se pueden encontrar restos de la Edad de Hierro y también de la época romana y visigótica, pues están muy cercanas a la antigua calzada romana que iba de Clunia y Sasamón a Cantabria. Se trata, pues, de un lugar con unas extraordinarias características defensivas, que le convertían prácticamente en inexpugnable, especialmente para aquellos remotos tiempos a los que nos referimos, en los que se sitúa la legendaria batalla de Ordejón.

También la leyenda ha convertido a Bernardo del Carpio en uno de los prototipos del héroe épico medieval, cuyas hazañas guerreras han sido difundidas en numerosos romances y poemas épicos, destacando especialmente su brillante victoria sobre el rey de los francos Carlomagno y su poderoso ejército, en la conocida como la Segunda Batalla de Roncesvalles, supuestamente acaecida en el año 823 por el Pirineo navarro, en la que encontró la muerte el caballero Roldán, uno de los “Doce Pares de Francia” y sobrino del emperador franco. Esta batalla legendaria fue cantada en numerosos romances:

¡Mala la hubisteis franceses,

en esa de Roncesvalles!

Pero su veracidad histórica es puesta en duda por numerosos medievalistas, que se basan en la falta de documentación auténtica, aunque tiene un defensor en el historiador y sacerdote asturiano Vicente José González García, que afirma que existe una confusión de fechas entre la Primera y la Segunda Batalla de Roncesvalles, que es la razón por la que se duda de su autenticidad.

L0s datos biográficos de Bernardo carecen igualmente de documentación fehaciente, generados principalmente por la leyenda. Se supone que fue un hijo extramatrimonial del conde de Saldaña y mayordomo de Alfonso II, Sancho Díaz y de la infanta asturiana Doña Jimena, hermana del rey de Asturias Alfonso II el Casto, uno de los grandes propulsores de la Reconquista. Lo que nos lleva a suponer que había nacido a finales del sigo octavo en la localidad palentina de Saldaña, en la que todavía se pueden ver las ruinas del castillo de los Condes de Saldaña.

“-Padre fidalgo habéis, fijo,

fidalgo, que non villano.

El Conde don Sancho Díaz,

que en Saldaña es su condado,

os ovo en Doña Ximena

en casa del rey estando.

Y como su hermana era,

por vengarse del agravio,

en el castillo de Luna

puso al Conde aprisionado,

y a vuestra madre también,

reclusa y a buen recaudo,

porque aunque público,

non fue el matrimonio aclarado.”

 

“Bastardo me llaman, rey,

siendo hijo de tu hermana.

Tu y los tuyos lo dicen,

que ninguno otro no osaba;

cualquiera que de tal dicho

ha mentido por la barba,

que ni mi padre es traidor

ni mala mujer tu hermana,

 que cuando yo fui nacido,

ya mi madre era casada”.

 

Fragmentos de la “Primera Crónica General de España” de Alfonso X el Sabio. 

Según parece, esta unión no fue del agrado del rey asturiano, tal vez porque iba contra sus castas costumbres ó porque tenía otros planes para su hermana. El caso es qué, lleno de indignación, encerró al conde en una mazmorra del castillo de Luna en León, y a su hermana la internó en un monasterio. Sin embargo, a Bernardo, el fruto de esta unión carnal, no le causó ningún daño, más bien al contrario, pues se lo llevó consigo a la Corte asturiana, que se había trasladado a León, protegiéndole y tratándole casi como a un hijo, además de proporcionarle una esmerada educación y convertirle en uno de los principales caballeros del reino astur, pero sin informarle nunca de su origen, ni del encierro de sus padres.

La primera mención sobre estos hechos, supuestamente legendarios, se encuentra en la “Primera Crónica General” de Alfonso X, que dedica los capítulos 617 al 655 a narrar la vida y proezas del héroe palentino.

Los hechos que provocaron la Batalla de Ordejón, tampoco tienen ninguna base histórica, por lo que su relato se basa en una o varias leyendas, cuyo origen es igualmente desconocido.

Parece ser que en el año 843, reinando en Asturias Alfonso III el Magno, las tropas francas, acaudilladas por el caballero franco Don Bueso, habían penetrado en Castilla causando numerosos desmanes, por lo que el rey asturiano, que ya dominaba algunos condados castellanos, envió a su encuentro un poderoso ejército, al mando del caballero Bernardo, con el objetivo de frenar su avance. Asturianos y franceses se encontraron en las cercanías de la localidad burgalesa de Amaya, que por entonces pertenecía al Ducado de Cantabria, precisamente en el pueblo de Ordejón, que parece corresponde al actual Ordejón de Abajo, en un terreno en el que ambas tropas tropezaban con enormes dificultades geográficas para maniobrar. El choque fue muy duro y violento, empleándose ambas partes con desatada furia, pero sin que ninguna de ellas consiguiera hacer retroceder a la otra, hasta que los dos caudillos se encontraron frente a frente, entablando un singular combate a muerte. Primero se embistieron a caballo, lanza en ristre, hasta que ambos quedaron descabalgados, continuando luchando pie a tierra, a espadazo limpio, hasta que Bernardo, con un terrible mandoble, acabó con la vida de su oponente.

A la vista de su caudillo, tendido muerto en el suelo, las tropas francas abandonaron precipitadamente el campo de batalla, emprendiendo una veloz retirada.

La primera reseña escrita sobre esta legendaria batalla aparece también en la “Primera Crónica General” de Alfonso X el Sabio, en el siglo XIII, unos cinco siglos después y lo hace de la siguiente forma:

“Andado VII annos del regnado d’este rey don Alfonso el Magno— et fue esto en la era de DCCC et LXXX e I anno, et andava otrossí estonces ell anno de la Encarnatión del Sennor en DCCC et XLIII, et el dell imperio de Lotario emperador de Roma en VII— el rey don Alfonso cuedando ya estar en paz, llegaron las nuevas de cómo un alto omne de Francia, que avie nombre Bueso, le era entrado en la tierra con grand hueste, et que gela andava destruyendo, et faziendo en ella quantos males podie. El rey don Alfonso, luego que estas nuevas sopo, llegó su hueste et grand poder, et fue contra él, et falláronse, et ovo el rey don Alfonso su batalla con éll en Ordejón, que es en tierra de Castiella cerca’l castiello que dixen Amaya, et murieron ý muchos de cada parte. Et dizen algunos en sus cantares segund cuenta la estoria que este francés Bueso que so primo era de Bernaldo. El lidiando assí unos con otros oviéronse de fallar aquel Bueso et Bernaldo; et fuéronse ferir un por otro tan rezio que fizieron crebar las lanças por medio; et desí metieron mano a las espadas et dávanse muy grandes golpes con ellas; mas al cabo venció Bernaldo et mató ý a Bueso. Los franceses, cuando vieron so cabdiello muerto, desampararon el campo et fuxieron”. 

Se desconocen también los motivos o las razones por las que se originó y se divulgó la leyenda de la Batalla de Ordejón, es posible que se basara en otros acontecimientos militares que tuvieron lugar por esta zona de Amaya, que durante buena parte de los  siglos VIII y IX  sufrió numerosas acometidas por parte  de los árabes, que utilizaron la calzada romana de Clunia a Cantabria, arrasándola y saqueándola en más de una ocasión, llegando incluso hasta La Rioja y Álava. En este sentido existe una hipótesis elaborada por el historiador abulense D. Claudio Sánchez Albornoz.

Los éxitos militares del caballero Bernardo al lado del rey Alfonso III no se limitaron a la citada batalla de Ordejón, luchó también contra una rebelión de los vascones, venciendo y capturando a su caudillo Eylon, a quien el rey encerró por el resto de sus días, también participó activamente en una campaña por Extremadura y en la conquista de Zamora y de Toro. Por tan leales servicios y sus importantes acciones de guerra, Bernardo se ganó la confianza y agradecimiento de su rey, que le nombró señor del Carpio, una población salmantina donde construyó su propio castillo.

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Pero las relaciones entre el rey y su vasallo no tardaron en deteriorarse, hasta llegar a la ruptura total entre ambos. ¿Las causas?: Como en todos los acontecimientos en los que la Leyenda y la Historia se entremezclan y cofunden, llegar a establecer las verdaderas causas por las que estos se producen suele convertirse en complicada tarea, por lo que hay que contentarse con recurrir a las posibles hipótesis. Lo más probable es suponer que enterado Bernardo de su verdadero origen y del triste destino que sufrieron sus padres, pues su padre había muerto, ciego y enfermo y su madre continuaba enclaustrada, exigiera al rey Alfonso explicaciones sobre lo sucedido y alguna reparación oficial de la injusticia cometida, lo que no sentó muy bien al monarca, que acabó desterrándole de su reino, refugiándose Bernardo en su castillo del Carpio.

A partir de aquí las iras de Bernardo se volvieron contra su antiguo señor, contra el que emprendió numerosas acciones de hostigamiento.

El P. Mariana en su “Historia de España” lo cuenta así: “hacia cabalgadas en las tierras del rey, robaba, saqueaba y talaba ganados y campos. Por otra parte los moros, a su instancia, molestaban grandemente las tierras de cristianos”.

También sobre este tema escribieron otros autores, como el obispo leonés Lucas de Tuy, también conocido como “el Tudense”, en su “Crónica Tudense” y el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada, también conocido por “el Toledano, en su obra “De Rebus Hispanie”, la primera escrita a finales del siglo XII y la segunda a principios del XIII, unos siglos después de que supuestamente ocurrieran los hechos.

Bernardo tuvo una larga vida, pues parece que falleció a los 82 años, una edad muy superior a la media de vida de aquellos tiempos, que oscilaba sobre los 50, aproximadamente. Sus restos, junto con su espada, siempre siguiendo la leyenda, fueron enterrados en una cueva del Monasterio de Santa María la Real en Aguilar de Campoo, por tierras palentinas, convirtiéndose rápidamente en motivo de veneración y lugar de peregrinaje durante los siglos siguientes. Incluso el Emperador Carlos V la visitó en más de una ocasión. La última ocurrió en el año 1522, con motivo de su proclamación como Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, visita que aprovechó para llevarse la legendaria espada del héroe palentino, que hoy se puede ver en la Armería del Palacio Real de Madrid.

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También en los orígenes del Monasterio de Santa María la Real se mezclan la historia y la leyenda, pues existe una en la que se afirma que su fundación se debe a dos eremitas burgaleses, los hermanos Opila y Alpidio, que habitaban en una ermita situada en las Hoces del Alto Ebro, muy cerca del pueblo de Tablada de Rudrón, quienes en una de sus correrías de caza por la zona, descubrieron las cuevas sobre las que posteriormente se levantó el monasterio.

La realidad es que las primeras noticias documentadas sobre el monasterio, que era una Abadía Premonstratenese en la que convivían “Frates y Sorores” (monjes y monjas),  proceden del “Cartulario de Aguilar” y datan de principios del siglo XI, aunque su construcción se prolongó durante casi un siglo, dándose por finalizado en el año 1169, en el que se finalizó la construcción de la iglesia.

Este Monasterio, que luego fue benedictino, está considerado como una de las muchas joyas del arte románico palentino. En la actualidad es la sede del “Centro de Estudios del Románico”,  aunque a lo largo de los siglos ha pasado por numerosas vicisitudes desfavorables y situaciones de total abandono, especialmente a raíz de la Desamortización de Mendizábal, abandono que continuó a pesar de que en el 1866 fuera declarado Monumento Nacional por uno de los últimos gobiernos de Isabel II. En el 1958 fue intervenido por la Dirección General de Bellas Artes, que se hizo cargo del mantenimiento y conservación del mismo hasta el 1958, aunque su definitiva restauración no se llevó a cabo hasta el año  1978, gracias fundamentalmente a la inestimable labor realizada por la “Asociación de Amigos del Monasterio de Aguilar”, entre los que se encontraba el famoso arquitecto cántabro “Peridis”. Dentro del recinto del Monasterio funciona una Escuela Taller, que se ocupa de continuar la labor conservadora, celebrar actos culturales y dar conferencias de carácter Histórico-Arqueológico. También está instalado un Instituto de Educación Secundaria y una Escuela de Idiomas. Además, ha sido declarado Bien de Interés Cultural (BIC), con la categoría de Monumento Histórico Artístico.

Las nuevas actividades que se desarrollan en el monasterio están coordinadas actualmente por la “Fundación Santa María la Real”, una fundación privada creada en el año 1994, formada por un grupo de profesionales dedicados a promocionar y dar a conocer no sólo el patrimonio y la riqueza artística de la Fundación “Santa María la Real”, sino también de todo el patrimonio histórico de la Comunidad Autónoma de Castilla y León, incluyendo sus monumentos, paisajes y personajes.

Una vasta pero interesante labor, que sin duda abrirá nuevos horizontes en el mundo cultural de Castilla y León, merecedora de toda clase de éxitos.

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De la supuesta tumba de Bernardo del Carpio no queda ningún resto, aunque aparece registrada en el “Diccionario Geográfico-Estadístico” que redactó Pascual Madoz en el año 1850. A principios del siglo XX, sin embargo, en su obra “Andanzas y Visiones Españolas”, Miguel de Unamuno nos habla de su estancia en Aguilar de Campoo y de su visita a la tumba en la cueva del Monasterio, en cuya lápida se leía el siguiente epitafio: “Aquí yace sepultado el noble y esforzado caballero Bernardo del Carpio………”, aunque también la califica de “ruina de la historia”, poniendo en duda su autenticidad.

Tampoco en la “Crónica del Monasterio” se menciona la existencia de dicha tumba, por lo que su pertenencia a la historia o la leyenda seguirá siendo un misterio.

Autor Paco Blanco, Barcelona noviembre del 2017