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POR LA CUENCA DEL ARLANZÓN: SAN PEDRO DE CARDEÑA. -Por Francisco Blanco-.

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Los orígenes de la actual Castrillo del Val, localidad ribereña del Arlanzón donde se ubica el Monasterio, corresponden a los primeros años de la repoblación del Condado de Castilla. Uno de sus fundadores fue Munio Romaniz, cuyo apellido tiene raíz vasca, y su mujer Fronilda, que cedieron terrenos al Monasterio en tiempos del abad Gómez.

Resulta también evidente la presencia humana por estas tierras desde la Edad de Piedra, como demuestran los últimos descubrimientos arqueológicos realizados en Castrillo del Val y los pueblos cercanos de Cardeña y Cardeñajimeno, a unos 10 kilómetros de la capital burgalesa. Dicha presencia sea posiblemente debida a la abundancia en la zona del agua y la pesca y también de la caza. Esta evidencia resulta reforzada por la cercanía del yacimiento de Atapuerca.

Sobre los orígenes fundacionales del Monasterio no existen demasiados datos fidedignos y sí muchas teorías más o menos fundamentadas y documentadas. Una de ellas apunta la posibilidad de que fueran los visigodos, que también estuvieron en estas tierras, dejando entre otros recuerdos la Ermita de Santa María de las Viñas.

Pero tal vez la fuente más fidedigna que existe sobre los orígenes de Cardeña sea el “Becerro Gótico de Cardeña”, un Cartulario fechado entre los años 899 y 1085, que contiene 372 documentos, de los cuales tan sólo uno se refiere al siglo X, 161 al siglo XI y el resto no están fechados. Son documentos breves, en los que se consignan donaciones a favor del Monasterio, compras y permutas con otros monasterios y también con particulares, incluyendo también trueques, litigios y pactos jurisdiccionales (1).

Coincidiendo con el “Cronicón de Cardeña” y los “Anales Compostelanos”, el historiador burgalés Fray Francisco de Berganza, que fuera Abad del Monasterio durante los primeros años del siglo XVIII (2), afirma que se fundó, por orden del rey Alfonso III de Asturias, en el año 899, tres años más tarde, en el 902, está documentada una donación de tierras hecha al Monasterio por D. Gonzalo Téllez, conde de Lantarón y de Cerezo, y su esposa Doña Flámula, por lo que se les puede considerar como sus verdaderos fundadores. El Conde contó siempre con la confianza de Alfonso III, el último rey de Asturias, que le nombró conde de Cerezo y Lantarón en el año 897, extendiéndose sus dominios desde la ribera del Nervión hasta la Sierra de la Demanda, también aparece como conde de Castilla entre el 901 y el 904. El Conde falleció sin descendencia en el añ0 915 y, posiblemente poco antes de morir, hizo la cesión al Monasterio de Cardeña de un lugarejo llamado Cotar, situado en el valle del río Vena, un afluente del Arlanzón. Finalmente su viuda Flámula, para honrar la memoria de su difunto esposo, en el año 929 donó al Monasterio la villa de Pedernales, lugar de nacimiento del Conde, que corresponde a la actual Villagonzalo de Pedernales.

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Del primitivo templo románico queda en pie la conocida como Torre del Cid ó Torre de Doña Jimena, levantada entre las postrimerías del siglo X y los comienzos del XI. Esta torre defensiva quedó adosada al nuevo templo gótico y para acceder a sus pisos superiores se  construyó una escalera de caracol de gran belleza arquitectónica; en el siglo XV se le incorporó un cuarto cuerpo en el que se instaló el campanario, rematado por cuatro pináculos góticos decorados con gárgolas y un escudo del Monasterio. En la parte baja de la torre, sobre todo en las columnas y los capiteles de sus ventanas, todavía se pueden apreciar algunos elementos de carácter simbólico con motivos animales y vegetales, utilizados en el arte visigótico.

El nombre de la Torre rememora la estancia en ella de Doña Jimena, esposa del Cid, que vivió acompañada de sus dos hijas, María y Cristina, mientras duró el destierro de su esposo D. Rodrigo, expulsado de Castilla por el rey Alfonso VI; desde sus ventanas saeteras, Doña Jimena oteaba diariamente el horizonte con la esperanza de ver regresar al desterrado. Esto ocurría en la segunda mitad del siglo XI, siendo San Sisebuto abad del Monasterio (3), que para entonces ya se había convertido en un importante foco de cultura, con gran poder tanto económico como político, además de jurisdiccionalmente independiente. Los monjes amanuenses de  su famoso “Scriptorium Caradignense” elaboraron numerosos manuscritos, como la “Regla de San Benito”, “Los Diálogos” y “Los Morales”, de S. Gregorio Magno, aunque tal vez los más famosos sean “El Beato de Cardeña”, obra del siglo XI y “La Biblia de Burgos” del siglo XII, verdaderas obras de arte, bella y profusamente decorados, escritos con artísticas letras azul y oro; se elaboraron otros muchos “Códices”, que contribuyeron a difundir la cultura religiosa y literaria durante toda la Edad Media.

Abderramán III, primer Califa omeya del Al-Andalus, fue un verdadero “Señor de la Guerra”, el Califato de Córdoba se convirtió, bajo su impulso, en una de las potencias militares más poderosas y temibles de la época. Sus favoritas y principales víctimas lógicamente fueron los reinos cristianos de la península. De sus incursiones de saqueo, castigo y conquista no se libraron ni los Condados catalanes, ni Aragón, Navarra, La Rioja, Extremadura, Galicia ni, por supuesto, el Condado de Castilla, por cuyas tierras se internó en más de una ocasión, hasta que en el año 939 fue derrotado en la famosa batalla de Simancas por una coalición cristiana encabezada por el rey de León Ramiro II. Esta victoria cristiana abrió paso a un periodo de relativa tranquilidad que permitió afianzar y reforzar las fronteras cristianas al norte del Duero.

Cinco años antes, en el 934, Abderramán había encabezado una dura campaña de castigo que asoló Navarra, La Rioja y Álava, penetrando después en Burgos hasta llegar a Clunia, Huerta del Rey y Osma, en la actual provincia de Soria.

Aunque los datos documentales existentes no son demasiado fiables, parece ser que fue durante el transcurso de esta expedición, en el mes de agosto, cuando Abderramán y sus huestes saquearon y quemaron el Monasterio cisterciense de Cardeña, asesinando despiadadamente a sus 200 monjes, después de haberles martirizado.

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Los Santos Mártires, cuyos restos fueron enterrados en el claustro del Monasterio, fueron canonizados en el 1603 por Clemente VIII. A partir de su canonización, en torno a los Santos Mártires se va a producir una gran devoción y una enorme demanda de reliquias, al tiempo que comienza a difundirse la fama del Monasterio, que empieza a recibir la visita de numerosos devotos y peregrinos, que llegan a depositar sus exvotos y adquirir sus reliquias. Felipe III de España, también conocido como el Rey Piadoso y su esposa Doña Margarita de Austria, fueron fieles devotos de los Santos Mártires, acudiendo en más de una ocasión a visitar el Monasterio. Precisamente durante su reinado, siendo Abad D. Gaspar de Medina, los 200 monjes fueron canonizados.

Sobre esta trágica y célebre matanza se extendió la leyenda de que, cada aniversario del suceso, las losas del claustro donde fueron enterrados los monjes inmolados aparecían cubiertas de sangre, como prueba de que el dolor causado seguía vivo en la memoria del Monasterio. La sangre dejó de aparecer en el año 1492, coincidiendo con la total expulsión de los moros del territorio español por los Reyes Católicos.

La matanza de los 200 monjes ha sido también objeto de polémica entre diferentes historiadores, especialmente sobre la fecha del suceso y también sobre el número de monjes asesinados. Sánchez Albornoz mantiene la fecha del 934 como la más probable y en cuanto al número, resulta muy plausible pensar que las noticias de la razzia de Abderramán por las tierras vecinas indujera a muchos anacoretas que habitaban por los alrededores a buscar refugio seguro en el recinto monacal (4).

Gracias a los favores y privilegios concedidos por Condes y Reyes, el dominio abacial no dejó de crecer geográficamente, de norte a sur entre las márgenes del Ebro y el Duero y también por las estribaciones de la Cordillera Ibérica, teniendo como eje el curso del río Arlanzón. El territorio sobre el que ejercía jurisdicción Cardeña llegó a estar integrado por 76 villas y lugares.

 Uno de los grandes favorecedores del Monasterio fue García Fernández “El de las Manos Blancas”, hijo de Fernán González y Conde independiente de Castilla, quien en el año 972 marcó los primeros términos jurisdiccionales  del Monasterio, dotándole de fueros y privilegios; a su muerte, ocurrida en el año 995 en Medinaceli mientras era prisionero de Almanzor, sus restos fueron recuperados por su hijo Sancho García y enterrados en el Monasterio. En uno de los manuscritos encontrados figuraba la siguiente leyenda: “…fue preso e lanceado, e al quinto día fue muerto e levaron moros a Córdoba e después traxerónle a este Monasterio…”.

Otro personaje íntimamente ligado con la historia de Cardeña es el Cid Campeador, que partió de allí en el año 1081, camino del destierro, dejando a su mujer Jimena y sus hijas al cuidado de los monjes. El Cid murió en Valencia el año 1099. Tres años después, en mayo del 1102, sus restos, acompañados por Doña Jimena y escoltados por sus huestes, llegaron a Cardeña, donde fueron inhumados de nuevo, depositándose en la capilla de San Sisebuto.

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En el año 1735 en el lado derecho de la iglesia se construyó una capilla barroca, llamada del Cid,  en cuyo centro se instaló el doble sepulcro del Cid y Doña Jimena, fallecida hacia el año 1116 y enterrada igualmente el Monasterio. Este sepulcro, formado por las estatuas yacentes de los  dos esposos, fue construido en el siglo XVI. Durante la invasión napoleónica su tumba fue profanada y expoliada, trasladándose algunos restos al Paseo del Espolón. En 1840, recogidos en una urna, fueron trasladados a una dependencia de la Casa Consistorial de Burgos, allí permanecieron hasta que, en el 1921, los restos de ambos fueron solemnemente depositados  bajo una gran losa en el crucero central de la catedral de Burgos.

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La iglesia actual, de sobria fachada gótica, construida con piedra de sillería procedente de la cercana cantera de Hontoria, se construyó en el siglo XV sobre los restos de la primitiva iglesia románica. Consta de tres naves, adosándose posteriormente una capilla barroca, conocida como la  Capilla del Cid ó Capilla de los Héroes, pues en ella se encuentran 29 nichos con inscripciones de descendientes del Campeador y otros personajes históricos. Popularmente a esta capilla se la conocía como “El Escorial Burgalés”, debido a que entre los parientes del Cid figuran varios monarcas. Su interior resulta igualmente de gran sobriedad, destacando sus cinco ventanales góticos y los cuatro pilares de gran diámetro, de los que arrancan las nervaduras de los arcos, en cuyas dovelas aparecen escudos policromados.

Al fondo de una gran explanada, por cuyo lado derecho se deslizan las aguas del Arlanzón, se divisa la monumental fachada de entrada al Monasterio, con un gran portalón en el centro, sobre el que destaca la estatua barroca en piedra policromada del Cid “matamoros”, flanqueada por los escudos del Monasterio y Castilla y León.

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En el lado izquierdo de esta explanada se puede contemplar un monumento funerario levantado en homenaje a “Babieca”, famoso caballo del Cid que, según el “Cantar del mío Cid”, transportó el cadáver de su amo desde Valencia a Cardeña, donde murió un año después sin que nadie volviera a montarlo, siendo enterrado muy cerca de donde descansaban los restos de su amo. Unas excavaciones realizadas en el año 1949 no hallaron ningún tipo de restos.

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La vida monacal de Cardeña se vio interrumpida en 1836, como consecuencia de las leyes de exclaustración y desamortización dictadas por Mendizábal, quedando abandonado y dedicado a un sinfín de actividades que le causaron una importante degradación arquitectónica, a pesar de que hubo, en 1862, 1880 y 1901 algunos intentos de recuperarlo para el culto por parte de los benedictinos y los escolapios que no tuvieron resultado. En el 1905 se establecieron un grupo de capuchinos franceses que lo abandonaron en el 1921. En 1931 la República lo declaró Bien de Interés Cultural, incluyéndole en el Tesoro Artístico Nacional y en el 1933 llega un grupo de monjes cistercienses procedentes del cercano Monasterio palentino de San Isidro de Dueñas, aunque la actividad religiosa de la nueva comunidad se vio interrumpida en 1936, como consecuencia del estallido de la Guerra Civil. Hasta 1940 fue utilizado como campo de concentración de los prisioneros del ejército franquista.

Finalmente, en abril de 1942 regresaron los monjes palentinos del Monasterio de San Isidro de Dueñas, recuperando la categoría de priorato dependiente de la Abadía de Nuestra Señora de los Mártires y reanudando la vida monacal bajo la Regla de S. Benito de Nursia, dentro de la “Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia”. Unos años más tarde, en 1945 la comunidad cisterciense vuelve a ser Abadía y a tener un nuevo Abad en la persona de D. Jesús Álvarez Álvarez.

La vida de los monjes volvió a recuperar su tradicional tranquilidad, cumpliendo con su lema de “Ora et Labora”, dedicados a la oración, la explotación agrícola de sus ricas huertas y la elaboración en su antiquísima bodega de un excelente vino tinto de crianza, llamado “Valdevegón” , además del “Tizona”, famoso licor elaborado mediante la lenta maceración de hierbas autóctonas. Cuentan también con una sobria y tranquila Hospedería que dispone de 24 habitaciones, donde los viajeros amantes de la paz y la soledad podrán encontrar descanso para el cuerpo y relajación para el espíritu.

En enero de 1967 los 32 monjes del Monasterio, con su abad a la cabeza, tuvieron que luchar denodadamente contra un devastador incendio que se declaró en la techumbre, destruyéndola parcialmente, para ayudar a sofocarlo contaron con la ayuda de los bomberos de Burgos del Monasterio y de cinco camiones con soldados del Regimiento de Infantería San Marcial, que consiguieron extinguirlo por completo. Actualmente dicha techumbre está totalmente restaurada.

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NOTAS 

  • Véase la obra del P. Luciano Serrano “Fuentes para la Historia de Castilla” Tomo III (Valladolid 1910)
  • Fray Francisco de Berganza (1663-1738) era natural de Santibañez-Zarzaguda y escribió “Crónica del Real Monasterio de Cardeña”. Fue Abad del Monasterio durante doce años.
  • En el Poema del “Mío Cid” San Sisebuto, muerto en el 1086, aparece como el abad Sancho.
  • Sobre el tema se puede consultar a Claudio Sánchez Albornoz “Despoblación y repoblación del valle del Duero” y al burgalés Ismael García Rámila “Los Mártires de Cardeña”.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2016

POR LA RUTA DE LA LANA. CLUNIA. —Por Francisco Blanco—.

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La primitiva Clunia era una ciudad celtíbera de los arévacos, situada en el Alto de Castro, a más de mil metros de altitud y protegida por una muralla defensiva, muy próxima al cauce del río Arandilla, afluente del Duero. En la actualidad, sus restos forman parte del  término municipal de Peñalba de Castro, integrado en “La Ruta de la Lana”. Visitar sus importantes restos arqueológicos, que ocupan una extensión aproximada de 130 hectáreas,  puede resultar una grata experiencia para el viajero que se pasee por ellos. Se sitúan entre Coruña del Conde y Huerta del Rey, en la carretera de Aranda de Duero a Salas de los Infantes, a 91 km. de la capital burgalesa.

La ciudad arévaca fue destruida por Pompeyo en el año 72 a. C. tras más de 20 años de cercos y asedios por parte de diferentes caudillos romanos, siendo el escenario de los civiles enfrentamientos entre Pompeyo y Quinto Sertorio. También sufrió acosos por parte de Metelo, en su enfrentamiento con los vacceos, aliados de los arévacos, dentro del contexto de las Guerras Celtibéricas. Años después fue refundada por el emperador Tiberio, pasando a formar parte de la provincia romana “Hispania Citerior Tarraconensis”, convirtiéndose,  poco después, en la capital del “Conventus Juridicus Cluniensus”, alcanzando gran importancia como ciudad, en la que se instaló una Ceca en la que se llegaron a acuñar “ases, semises y dupondios”, monedas fraccionarias de la época en las que aparecía la efigie del emperador Tiberio. Su máximo esplendor llegó con la presencia de Servio Sulpicio Galba, que se había rebelado contra el emperador Nerón. Cuando Galba tuvo conocimiento de la muerte de Nerón, en el año 68 del siglo I, se auto coronó emperador, convirtiéndose Clunia en la capital del Imperio. A partir de aquí se llamó “Colonia Clunia Sulpicia”. Galba fue asesinado en el Senado Romano en enero del año 69, dejando el imperio sumido en una desastrosa guerra civil. En los años siguientes de la dominación romana el esplendor de Clunia todavía se mantuvo durante los dos primeros siglos de la Era Cristiana, llegando a tener alrededor de 30.000 habitantes, convirtiéndose en “Conventus”, centro administrativo, jurídico y religioso de un amplio territorio, dotado de importantes vías de comunicación, que comprendía la cuenca alta del Ebro hasta el Cantábrico y las cuencas alta y media del Duero. Asimismo, estaba dotada de Teatro, Termas, Foro, otros edificios públicos y numerosas casas señoriales, decoradas con hermosos mosaicos y de gran  solidez arquitectónica.

Su importancia empieza a decrecer a partir de los siglos III y IV, coincidiendo con la paulatina decadencia del Imperio Romano de Occidente y la aparición de los francos en la península, que llegaron a saquearla e incendiarla. La Ceca ó fábrica de moneda desaparece y la arquitectura urbana empieza a decaer y degradarse, aunque sigue conservando la capitalidad del “Conventus” hasta que los visigodos, ya instalados en Toledo, su capital, fundan una sede episcopal en la cercana ciudad de Uxama Argaela, también de origen celtibérico, que se corresponde con la actual ciudad soriana del Burgo de Osma (1).

La invasión de la península por parte de los árabes provocó, en el año 713, una nueva destrucción de la ciudad cluniacense, esta vez a cargo del general bereber Tarik ibn Ziyad, de la que ya no se recuperó. Durante la segunda mitad del siglo VIII, según la “Crónica de Alfonso III”, el rey de Asturias, Alfonso I, arrebató numerosas plazas a los árabes, entre ellas Mave, Amaya, Oca, Miranda, Revenga, Osma y Clunia, provocando al mismo tiempo, en la cuenca septentrional del Duero, una amplia franja semi-desértica o tierra de nadie, conocida como los “Campos Góticos, que se convirtió en la frontera entre el reino musulmán de los Omeyas y el emergente Condado de Castilla.

Según los “Anales Castellanos Primeros”, en el año 912, fue repoblada, junto a Aza y San Esteban de Gormaz, por el Conde burgalés Gonzalo Fernández (2), que desplazó su emplazamiento hasta la actual Coruña del Conde, donde todavía se encuentran numerosos restos de la antigua ciudad romana, convirtiéndose poco después en la cabeza del Alfoz de Clunia. A finales del siglo X, tras la “profiliación” de Espeja por el conde García Fernández y su esposa Doña Aba, el Alfoz de Clunia se convirtió en el más extenso de Condado de Castilla, abarcando un territorio que llegaba desde el Arlanza hasta el Duero. En el año 994 el caudillo árabe Almanzor se apoderó de las plazas de Clunia y San Esteban de Gormaz, que fueron recuperadas después de su muerte por el conde Sancho García, hijo de García Fernández.

En las ya abandonadas ruinas de la primitiva Clunia se mantuvo en pie, aunque ya bastante deteriorada, la ermita de Nuestra Señora de Castro, con una hospedería anexa, levantada sobre los restos de las antiguas construcciones romanas. Se trata de un pequeño templo de estilo románico, muy sencillo, posiblemente construido en el siglo XI durante la repoblación de que fue objeto Clunia por parte del Conde de Castilla Sancho García, nieto de Fernán González y bisnieto de Gonzalo Fernández. La fachada principal está formada por tres arcos de medio punto, que sirven de soportal. En el interior destaca un retablo barroco del siglo XVIII, en cuyo centro se encuentra una talla del siglo XII representando la Virgen con el Niño, éste de pie sobre sus rodillas, en lugar de sentado como es lo habitual. El retablo fue una donación de los jerónimos de Espeja en el año 1718 (5). También se encuentra en el Altar mayor la imagen de Santo Domingo de Guzmán, gran devoto de la Virgen, que visitó la ermita en varias ocasiones mientras fue Canónigo Regular de la catedral de Osma.  Actualmente la talla original de la Virgen y el  Niño se encuentra en la iglesia de Peñalba de Castro.

En los siglos XVI y XVIII fue objeto de importantes restauraciones, lo que motivó el aumento del culto y devoción a la Virgen. En el año 1989 se derribó la hospedería, quedando en pie la ermita, aunque su estado es de gran deterioro. No obstante, el culto a la Virgen continua vivo en la comarca. Cada año se organiza una popular y devota romería, que se encamina en procesión a rendir culto a su Virgen del Castro.

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Resulta casi increíble de creer, pero los valiosos restos de la ciudad cluniacense estuvieron abandonados durante varios siglos, a merced de toda clase de depredadores. Las primeras tareas de investigación y excavación de estas importantes y valiosas ruinas del Alto del Castro no tienen lugar hasta mediados del siglo XVIII, corriendo a cargo del canónigo del Burgo de Osma D. Juan Loperráez, que empieza a localizar los abundantes restos dispersos por los pueblos de alrededor, en especial las piedras de la desaparecida muralla, que se utilizaron para construir diferentes edificios privados y también religiosos, principalmente en la cercana Peñalba de Castro. También comienza las excavaciones del lugar donde se levantaba el teatro romano, del que traza un detallado plano.

Pero es en el año 1931 cuando Blas Taracena (3) inicia unas metódicas excavaciones del lugar, que duran hasta 1934, fecha en que las ruinas son declaradas Monumento Nacional y el Estado se hace cargo de su cuidado y conservación, pasando a depender de la Comisaría del Patrimonio Artístico y Cultural.

Desde el año 1958 es la Diputación Provincial de Burgos la que se hace cargo de los trabajos de excavación, bajo la dirección del Arqueólogo D. Pedro de Palol (4). Esta etapa dura hasta 1995 y en ella quedaron visibles los yacimientos del Foro, las Termas, el Edificio Flavio, la Casa nº 3 y parte del Teatro.

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A partir de esta fecha, los trabajos continúan a cargo de la Diputación burgalesa, que se hace con la propiedad del Yacimiento, procediendo a vallarlo y crear una infraestructura adecuada para la investigación y conservación del mismo, basado en un Plan Director redactado por la Junta de Castilla y León. En el 2009 se crea el “Consorcio Parque Arqueológico Ciudad Romana de Clunia”, que es quien actualmente gestiona el funcionamiento del Yacimiento.

Muchos restos escultóricos, así como gran cantidad de monedas, objetos de cerámica y documentos epigráficos se conservan en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid y también en el de Burgos.

NOTAS 

  • En 1788 se publicó la obra de Juan Loperráez “Descripción Histórica del Obispado de Osma”
  • Gonzalo Fernández, conde de Burgos, era el padre de Fernán González. Por las mismas fechas, Osma fue repoblada por Gonzalo Téllez, Conde de Lantarón y de Cerezo.
  • Blas Taracena es un reputado arqueólogo soriano, nacido en 1895, director del Museo Numantino de Soria y también del Museo Arqueológico Nacional.
  • Pedro de Palol, Catedrático de Arqueología de la Universidad de Barcelona y Director del Servicio de Investigaciones Arqueológicas de la Diputación de Burgos.
  • El Monasterio jerónimo de Espeja en Soria fue fundado en 1403, pasando en el 1525 a ser propiedad de la Casa de Avellaneda. Fue abandonado en 1809, durante la Guerra de la Independencia, desapareciendo definitivamente durante la desamortización de Madoz.

Autor:  Paco Blanco, Barcelona octubre 2016

MAQUETA DEL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE RIOSECO. -Por Fernando de Miguel Hombría-.

EL MONASTERIO. (Pulsa)

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CASTROJERIZ Y EL CONVENTO DE SAN ANTÓN. —Por Francisco Blanco-.

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El Camino de Santiago discurre nada menos que durante 112 kilómetros por tierras burgalesas, por caminos y veredas que atraviesan viejos pueblos con mucha historia  que, con frecuencia, retrotraen al viajero a la época medieval de las grandes peregrinaciones que, desde toda Europa, se dirigían a visitar la tumba de Santiago, hallada en tierras gallegas. La villa burgalesa de Castrojeriz era, y sigue siendo, un paso obligado para los millones de peregrinos que hacen la Ruta Jacobea y que se ven obligados a atravesar el pueblo por su calle mayor, con una longitud de kilómetro y medio, aproximadamente. Pero para los que se decidan a visitarlo un poco detenidamente, el pequeño esfuerzo habrá merecido la pena, pues Castrojeriz es un pueblo cargado de arte y de historia y ofrece muchos atractivos a sus visitantes.

Pero mucho antes de que aparecieran los peregrinos por sus calles, estuvo habitado por el pueblo celtíbero de los vacceos, que estuvieron instalados en el centro de la Meseta Norte, ocupando territorios que actualmente corresponden a las provincias de Valladolid, León, Zamora, Salamanca, Segovia, Palencia y Burgos, lo que representaba, aproximadamente, el cincuenta por ciento de la superficie actual de Castilla-León, incluida la totalidad de la fértil “Tierra de Campos”.

Sus fronteras con los astures eran los ríos Cea y Esla, mientras que el Pisuerga los separaba de los belicosos cántabros, por los que fueron invadidos en más de una ocasión; el burgalés río Arlanza, hasta su unión con el Pisuerga, los separaba por el sur de los turmogos y los arévacos, otras dos tribus celtíberas. Asentamientos importantes fueron Rauda, (Roa de Duero, en la provincia de Burgos); Colenda y Coura, (Cuéllar y Coca en Segovia); Nivaria (Matapozuelos) y Tordesillas en Valladolid; Arbucala (Toro), en Zamora y Helmántica, (Salamanca). Su actividad principal fue la agricultura, adquiriendo gran desarrollo el cultivo del trigo y la cebada.

Los  vacceos se instalaron en la meseta hacia el siglo VI a. C. y fueron el pueblo celtíbero que mayor resistencia opuso a la ocupación  romana, aunque anteriormente habían sido invadidos por los cartagineses. Según el historiador Polibio, Aníbal conquistó Salamanca y Toro en el año 250 a. C.

El dominio romano no se consolidó hasta los tiempos del Emperador Octavio Augusto, en el año 29 a. C.

En Castrojeriz todavía quedan vestigios de los vacceos en el Cerro del Castillo, que domina el pueblo desde sus 900 metros de altitud. Fue fortificado por los romanos para defenderse de las incursiones de los belicosos cántabros, convirtiéndose el pueblo en un importante cruce de caminos, llamado Castrum Caesar.

Durante la época visigoda el poblado pasó a llamarse Castrum Sigerici, origen del actual nombre de Castrojeriz.

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La invasión musulmana de la península Ibérica, que se inicio en el año 711, se extendió rápidamente por todo el reino visigodo, provocando la despoblación de buena parte de la meseta central y la desertización de muchos territorios, a los que se les conoció como los “Campos Góticos”. Mucho más lenta fue la repoblación de estos territorios desertizados, que comenzó por las montañas cántabras y vascongadas, con los llamados “foramontanos”, aunque, por el sur, también se incorporaron numerosos grupos de cristianos que no quisieron integrarse en el Islám, conocidos como los “mozárabes”.

Hacia el año 884, procedente de Amaya, el conde Munio Núñez  recupera la plaza fuerte de Castrojeriz, emprendiendo de inmediato la reconstrucción de la ya semiderruida fortaleza romana, de la que aprovechó las murallas. El nuevo castillo, defendido por foso y barbacana, sufrió numerosos acosos sarracenos, debido a su estratégica posición, aunque también jugó un importante papel en los enfrentamientos que mantuvieron durante el siglo XII el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador, con su esposa Doña Urraca I de León y Castilla, la hija de Alfonso VI, en los que estuvo en juego, precisamente, la independencia de ambos reinos. Fue reconstruido en varias ocasiones durante los siglos XIV y XV, empezando a perder valor estratégico a medida que las fronteras musulmanas iban retrocediendo hacia el sur. En el año 1755 se vio seriamente afectado por el terremoto de Lisboa. Actualmente sus ruinas se han consolidado y pueden ser visitadas.

Siguiendo con la historia, en el año 974 el conde castellano García Fernández, el de las “Manos Blancas”, concedía fueros a la villa, conocidos como el “Fuero de la Caballería Villana”, en el que se propiciaba la creación de milicias populares para facilitar la defensa y la repoblación de los nuevos alfoces, obligándolas a mantener un armamento completo y en buen estado de revista, siempre listo para entrar en combate y frenar las aceifas árabes; además, al villano que poseyese una cabalgadura, se le permitía luchar al lado de los infanzones, que poseían el título de caballero, en un plano de total igualdad. Este fuero, que fue el primero que se concedió en Castilla, sirvió de pauta para los fueros posteriores.

En el 1131, el rey Alfonso VII, que se llamaba a sí mismo “El Emperador”, que también fue el impulsor de la fundación del cercano Monasterio de San Antón, incorpora definitivamente Castrojeriz a la corona de Castilla.

Ya en el siglo XV, Castrojeriz pasó a ser feudo de D. Diego Giménez de Sandoval, siendo rey de Castilla D. Enrique IV, también conocido como “El Impotente”, que le nombró Conde de Castrojeriz, aunque las buenas relaciones entre ambos se acabaron a partir de la batalla de Olmedo, en la que los castellanos derrotaron a los rebeldes Infantes de Aragón, que estaban obstinados en apoderarse de Castilla. Este noble castellano casó con doña Beatriz de Avellaneda, otra noble burgalesa, hija del señor de Gumiel de Izán y, posteriormente, este linaje se unió con los Manrique de Lara, descendientes de los Lara que siglos antes fundaran el Condado de Castilla.

El esplendor y la riqueza de Castrojeriz fue creciendo, sin duda, a medida que se consolidaba el Camino de Santiago, e iba progresivamente aumentando el número de peregrinos que se dirigían a visitar el sepulcro del Apóstol, y que tenían que atravesar el pueblo por su calle principal, conocida como “Calle Real”.

Antes de empezar a cruzarla, el visitante, sea o no peregrino, podrá admirar la colegiata de Nuestra Señora del Manzano, un templo del siglo XIII, cuyo estilo marca la transición del románico al gótico. Fue construida en el año 1214, a la muerte del rey D. Alfonso VIII, por su hija la infanta de Castilla, Doña Berenguela, que llegó a ser, tan sólo por un día, reina de Castilla y León, cediendo el trono a su hijo San Fernando.

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La colegiata primitiva constaba de una sola planta con tres naves con capillas laterales, sufriendo importantes reformas a los largo de los siglos siguientes, que llegaron hasta mediados del siglo XVIII, afectando tanto al exterior como al interior del templo. Lo más destacado de su interior es el retablo mayor, de estilo barroco, mandado construir en el año 1760 bajo la protección de los condes de Ribadavia. En él se pueden admirar magníficas representaciones de la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento de Cristo, la Presentación del Niño en el templo, el Niño entre los doctores y San Juan Bautista, realizadas por los más prestigiosos maestros pintores barrocos del momento, como Rafael Mengs, Francisco Bayeu y Salvador Maella. También, en una capilla, se encuentra la imagen de Nuestra Señora del Manzano, magnífica talla del siglo XIII, hecha en piedra policromada. En el baptisterio se halla un sepulcro gótico con los restos de Doña Leonor de Castilla, hija de los reyes de Castilla Fernando IV y Constanza de Portugal, que fuera  reina consorte de Aragón por su matrimonio con el rey Alfonso IV de Aragón. Fue encarcelada y ajusticiada en el castillo de Castrojeriz en el 1358,  por orden de su sobrino, el rey de Castilla Pedro I el Cruel

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Entrando por la calle mayor, el viajero se encontrará con la iglesia parroquial de Santo Domingo, perteneciente al arciprestazgo de Amaya. Se trata de un templo gótico con elementos platerescos, como su portada del siglo XVI. Su retablo mayor fue instalado en el siglo XVIII y es de estilo neoclásico. Actualmente se ha convertido en el “Centro de Interpretación Jacobeus”, dedicado al estudio y divulgación de la historia del “Camino de Santiago.

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También en la calle mayor se levanta la iglesia de San Juan, que es el patrono de la villa. Se trata de un templo-fortaleza construido entre los siglos XIII y XVI, en el que conviven el románico, el gótico y el plateresco. De su homogéneo conjunto destaca la esbelta torre militar de cinco cuerpos, rematada por otros cinco pináculos. En su interior, de tres espléndidas naves con crucero, sorprende el artesonado mudéjar y son igualmente de destacar una serie de tapices, ejecutados a partir de cartones pintados por Rubens, que fueron robados por los años setenta del pasado siglo y recuperados posteriormente. El retablo mayor, de estilo barroco, presidido por una imagen de San Juan Bautista, está formado por doce magníficas tablas flamencas, atribuidas a Ambrosius Benson.

Del monumental claustro del siglo XVI, con artesonado mudéjar, se conservan tres galerías con dobles columnas,  cuyos capiteles están decorados con cruces y motivos templarios. También aparecen los escudos de armas de los Gómez de Sandoval, los Castro y los Gallo, que fueron señores de esta villa, cuyos sepulcros se hallan repartidos por las capillas funerarias del templo.

Uno de los principales artífices de este magnífico templo, fue el arquitecto cántabro Rodrigo Gil de Ontañón, que también dejó su huella en las catedrales de Segovia, Plasencia y Salamanca. Actualmente, en el claustro se puede ver una pequeña exposición, con el nombre “De Castrojeriz a Brujas” sobre la historia de las relaciones existentes entre Flandes y los comerciantes castreños de la lana, que alcanzaron un gran apogeo a partir de la creación del Consulado del Mar por los Reyes Católicos. En ella se muestran también algunas tablas y tapices flamencos de los siglos XV y XVI.

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Todavía quedan en Castrojeriz algunos restos de iglesias y conventos, nacidos para prestar servicio al ingente número de peregrinos que lo atravesaban de forma incesante durante la Baja Edad Media, incluso durante la aguda crisis económica y social que acometió a España, agravada por la aparición de la temida “peste negra”, que diezmó la población indígena y atacó también a los peregrinos.

Nos vamos a referir  ahora al Convento-Hospital de San Antón, llamado así para honrar a San Antonio el Egipcíaco, un monje ermitaño del siglo III, que provocó un fuerte movimiento eremítico que tuvo muchos seguidores por toda Europa. Está  situado en las cercanías de Castrojeriz, una vez cruzado el arroyo Garbanzuelo.

Lo que ahora son imponentes ruinas que aparecen a la vista del viajero tras cruzar una no menos imponente arcada, fueron un convento gótico fundado en el año 1146 por Alfonso VII el Emperador, donde se estableció una de las dos Encomiendas que la Orden de los Antoninos, tuvieron en España (1). Se reconocían por llevar grabado en el hábito la letra griega “thau” en azul. Estos monjes, de origen francés los primeros, estaban dedicados al cuidado y protección de los peregrinos, especialmente de los enfermos, desarrollando una inmensa labor humanitaria durante varios siglos, hasta que el rey Carlos III de España suprimió el Convento en el año 1791, en el que la comunidad de monjes que quedaba pasó a integrarse en la Orden de San Juan de Jerusalén o de Malta (2), abandonando el complejo monástico, lo que provocó una rápida decadencia del mismo que duró hasta que, en el siglo XIX, durante la conocida como Desamortización de Mendizabal pasó a ser propiedad privada.

La actividad de los monjes del convento de San Antón estuvo centrada en la atención a los peregrinos, y muy pronto adquirieron una gran reputación como curanderos casi milagrosos, que trataban con éxito la conocida y temida “Sacer Ignis”, vulgarmente llamada el “Fuego de San Antón”, una especie de gangrena infecciosa que se extendía rápidamente por la piel, produciendo una insoportable quemazón a los que la contraían, produciendo además alucinaciones y hasta perdida de la razón, llegando, con mucha frecuencia, a causar la muerte del enfermo. Este temido “Fuego de San Antón” era provocado por el consumo de un hongo que alteraba las propiedades del centeno, al que se conocía como el “Cornezuelo del Centeno”. Lo combatían aplicando sobre las zonas afectadas diversos ungüentos hechos a base de flores y borraja y también con la ingesta de caldos reconstituyentes y algún que otro trago del vino de la tierra, siempre acompañado de un pedazo de pan de trigo, una medicina preventiva que recibían todos los peregrinos que se acogían a la hospitalidad del convento. Naturalmente, tampoco faltaba el ritual religioso a base de jaculatorias y rezos.

En la actualidad, gracias a generosas y desinteresadas iniciativas privadas y también a algunas subvenciones aportadas por la Junta de Castilla y León, las ruinas de San Antón se han consolidado, se ha llevado a cabo alguna reconstrucción y se ha puesto en marcha un nuevo “Hospital de Peregrinos”, perfectamente acondicionado.

Mucho trabajo ha costado, pero aquella ruinosa y desoladora imagen que sobrecogía el ánimo del visitante que acudía a contemplar este histórico Convento, ha dado paso a otra muy diferente, de ilusión y confianza.

NOTAS 

La segunda estaba situada en Olite (Navarra)

La Orden de San Antón fue fundada en Francia el año 1093 

Autor: Paco Blanco.

MONASTERIO DE RODILLA: EL CASTILLO Y NUESTRA SEÑORA DEL VALLE. -Por Francisco Blanco-.

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El pueblo de Monasterio de Rodilla, perteneciente al partido judicial de Briviesca, está situado en la  antigua  calzada romana, conocida como “Vía Aquitania” que iba de Burdeos a Astorga, construida durante el siglo I antes de Cristo, en tiempos del Emperador Augusto, con motivo de las campañas militares que emprendió contra cántabros y astures, que ya se cita en el “Itinerario de Antonino”. Con anterioridad existió la ciudad autrigona de Tritium Autrogonium, mencionada por Plinio el Viejo en su “Historia Natural”. En el alto de Rodilla todavía quedan restos arqueológicos de esta ciudad y de la necrópolis de Fuentesanz. Otros restos se encuentran en el Museo Arqueológico de Burgos.

Sobre unas impresionantes rocas, a más de 1000 metros de altitud, se mantienen las ruinas de un castillo defensivo medieval del siglo X, construido en tiempos del conde Diego Porcelos que, junto con los de Urbel y Pancorbo, constituían una fuerte línea defensiva que protegía los nuevos territorios que se iban construyendo a medida que se iban colonizando por gentes llegadas de Cantabria y de Vasconia.

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Tras el asesinato en León del conde García Sánchez, el año 1028, estos territorios pasaron a poder del rey de Navarra Sancho III el Mayor, tío del conde asesinado por su matrimonio con su hermana Doña Muniadona. García III, el primogénito de Sancho III, los heredó a la muerte de su padre, herencia que desencadenó una guerra entre hermanos en la que su hermano Fernando, que había recibido en herencia el Condado de Castilla, resultó vencedor en la batalla de Atapuerca, ocurrida en el año 1048, recuperando así los territorios castellanos que se había anexionado Navarra. El navarro Lope Fortún, por entonces señor de la fortaleza, tuvo que abandonarla y regresar con sus seguidores a Pamplona.

En el siglo XIV, perdido ya su valor estratégico, pasó a incrementar las inmensas propiedades de los Velasco, pasando posteriormente por diferentes manos.

Actualmente se pueden ver restos de la torre del homenaje y de los muros de las murallas, que conservan  algunos cubos. Desde su torre el horizonte se ensancha hasta el infinito, ofreciendo una inmensa y atractiva perspectiva de las fértiles tierras burebanas. En 1949 fue declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Castillos, aunque en la actualidad su estado puede calificarse de ruinoso, figurando en la lista negra de “Castillos del Olvido”

A sus pies se encuentra el pueblo y, en el Barrio de Arriba, se puede admirar, perfectamente conservada y restaurada,  otra de las joyas del románico burebano, la iglesia de Nuestra Señora del Valle, construida durante la segunda mitad del siglo XII. Se encuentra apartada del resto del caserío, en un verde valle rodeado de montañas y su contemplación produce al visitante una plena sensación de paz y de quietud.

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Se trata de una iglesia de una sola nave y su exterior es de una impecable y airosa figura, con muros de piedra de sillería, decorados con numerosas esculturas, en las que predominan los temas animales y vegetales. Consta de dos tramos con bóvedas de medio cañón, acabando uno de ellos en un original ábside de planta semicircular, con tres grandes arcos murales ciegos, sostenidos por capiteles, en los que se pueden apreciar leones y basiliscos, muy tradicionales en el bestiario románico. En el otro tramo se yergue la airosa torre del campanario, dominando todo el conjunto del templo, con dos huecos para las campanas en cada uno de los lados, formados por arcos de medio punto sostenidos por dos columnas con capiteles.

La portada se encuentra en el lado norte y es de una sorprendente perfección plástica. Bajo un tejadillo sostenido por delicados canecillos se ven tres arcos de medio punto con archivoltas y cenefas ajedrezadas, sostenidos por cuatro columnas con capiteles. Tanto la portada, como el ábside y los muros, están jalonados por diferentes motivos escultóricos, entre los que se pueden encontrar águilas, dragones, nereidas, perros, leones y figuras humanas mostrando sus oficios, como herreros, carpinteros o músicos.

En el interior destaca la armonía del conjunto, los capiteles muestran restos de su primitiva policromía y el falso crucero del primer tramo destaca por sus cuatro arcos torales con sus pechinas,  que le confieren un aspecto circular y constituyen la base de la torre campanario.  A ambos lados de este falso crucero aparecen dos nichos o absidiolos, protegidos por baldoquinos que se apoyan sobre frontones triangulares sostenidos por dos columnas, que se utilizaban como altares para las celebraciones religiosas. En junio de 1936 fue declarada Bien de Interés Cultural (BIC) por la II República Española.

Muy cerca, en el mismo Barrio de Arriba, se puede visitar también la iglesia de Santa Marina, de estilo tardo gótico, que se construyó sobre los restos de una ermita románica anterior. Abandonada durante muchos años, actualmente se ha reconvertido en una Exposición sobre el Camino de Santiago que utilizaban los peregrinos que entraban por la Vía de Bayona.

Dominando el pueblo se encuentra el Puerto de La Brújula, de 981 metros de altitud, por el que discurre el tráfico de la N-1 entre Burgos y el País Vasco y donde la Sociedad Neo Energía ha instalado un importante complejo eólico, formado por cuatro parques con un total de  81 aéreo-generadores, que han conferido a este paisaje tradicional castellano un aspecto insólito y futurista, un poco sobrecogedor y extraterrestre.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2015

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EL CASTILLO DE LARA. -Por Francisco Blanco-.

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Desde la ermita visigótica de Nuestra Señora de las Viñas (1), sobre la cima de un cercano castro con más de mil metros de altura, se divisan, nítidos y famélicos, los pétreos harapos que forman las ruinas de lo que fue la fortaleza de los Lara, señores de un extenso territorio, que a partir del año 932, en el que Fernán González, que ya era conde de Lara, se convirtió además en Conde de Castilla, fue adquiriendo un gran peso político y administrativo sobre un vasto territorio que abarcaba toda la actual provincia de Burgos y parte de las de Cantabria, Álava, Vizcaya, La Rioja, Palencia y Soria, embrión de lo que más adelante se convirtió en el Reino de Castilla. La cercana localidad de Lara de los Infantes, fundada en el año 902 por Gonzalo Fernández, el padre de Fernán González, fue durante algún tiempo la cabeza visible de estas “Tierras de Lara”.

De esta ermita visigótica afortunadamente se conservan en perfecto estado de revista la cabecera y el crucero, restos de la que tal vez fue la última basílica construida en España por los visigodos allá por el siglo VII. Está enclavada en la pequeña aldea de Quintanilla de las Viñas, perteneciente a la localidad de Mambrillas de Lara, justo a los pies del citado castro, en un terreno actualmente convertido en un pequeño páramo, pero en el que, por aquellos lejanos tiempos, abundaban los árboles y los arbustos, sobresaliendo el zumaque, cuyo fruto tiene una cierta semejanza con el melocotón; también es posible que existieran viñas, pues los visigodos fueron unos grandes implantadores y conservadores de cepas. Desde luego, en la magnífica iconografía que se puede admirar, tanto en el exterior como en el interior del templo, las viñas y los zarcillos de vid intercalados constituyen uno de los motivos principales de su espléndida ornamentación.

En el siglo X el castillo de Lara ya estaba habitado por los Lara, mientras que la ermita se había convertido en un monasterio femenino cisterciense, regido por una abadesa y jurisdicionalmente dependiente del cercano monasterio de San Pedro de Arlanza, contando además con la protección de la condesa Muniadona, es decir, la madre del conde Fernán González.

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Muchos fueron los acosos que tuvo soportar el castillo, antes de que las fronteras del Alfoz de Lara se consolidasen y los árabes replegasen sus fronteras hasta el otro lado del Duero. Las expediciones más violentas y feroces se produjeron, primero por parte del ambicioso califa omeya Abderramán III durante las primeras décadas del siglo X, hasta que, en el año 939, una coalición cristiana formada por los reyes de León y Pamplona, Ramiro II y García Sánchez I, a los que apoyaban las tropas de los condes castellanos Ansur Fernández y Fernán González, le derrotaron en la histórica batalla de Simancas. Después, tras el periodo de calma que supuso el reinado de Alhaken II, apareció el feroz e invicto Almanzor, que realizó, durante la segunda mitad del siglo X, nada menos que 56 incursiones victoriosas por territorios cristianos, siendo las plazas fuertes de León y Castilla sus víctimas favoritas, que fueron sometidas con frecuencia al asedio y al saqueo.

A partir del siglo XIII la propiedad del castillo tuvo diferentes alternativas, pasando a manos de la realeza y de otras familias de la nobleza castellana, como los Cartagena (2), hasta que, en el siglo XV, se impuso la autoridad de los Reyes Católicos y la alcaldía del Castillo de Lara recayó sobre el Corregidor de Burgos, cargo que nombraba la propia corona. Pero, para entonces, la decadencia del Castillo había comenzado de forma inexorable, hasta alcanzar en el siglo XVI, según un informe elaborado por el maestro Pedro de Castañeda(3), un estado de auténtica ruina.

El Castillo-fortaleza, ahora convertido en ruinas, estaba defendido por una doble muralla con foso y puentes levadizos para su acceso; lo configuraban seis torres defensivas dominadas por la torre del homenaje de cuatro alturas, donde habitaban los condes con su servidumbre.

Sin embargo, los orígenes de este castro, enclavado en lo más alto de la Sierra de Peñalara, hay que buscarlos en la Edad de Hierro, en la que se produjeron los primeros asentamientos humanos, es de suponer que a causa de su alto valor estratégico, que permitía a sus moradores dominar el desnudo y semidesértico páramo que se extendía a sus pies. En el Castillo-fortaleza y sus alrededores se han encontrado numerosos restos de otros pobladores, especialmente celtíberos, de los que quedan algunas necrópolis; romanos, como prueba la existencia de una cercan calzada; y visigodos, que dejaron el artístico y valioso regalo de la singular ermita de Nuestra Señora de las Viñas del siglo VII, ya citada anteriormente.

En la actualidad creo que existe una recogida de firmas con el objetivo de presentar a la Junta de Castilla y León una petición para que se elabore un proyecto sobre una posible restauración de la Torre de Lara, que fuera la principal insignia de Castilla durante los primeros años de la Reconquista. No se puede olvidar tampoco, que dicho castillo fue donado el año 1255 a la ciudad de Burgos por el rey de Castilla D. Alfonso X y que es uno de los tres castillos que figuran en el escudo de la ciudad, sobre la cabeza coronada del rey. Los otros dos son el de Muñó y el de Cellorigo.
No podemos por menos que desear que se cumplan felizmente los objetivos de dicha iniciativa, a mayor gloria de Burgos y de las Tierras de Lara.

NOTAS:

(1) La ermita de Quintanilla de las Viñas fue declarada Monumento Nacional en el año 1929 y sometida a una rigurosa restauración después de una larga etapa de total abandono.
(2) Los Cartagena descienden de Pablo de Santamaría, un judío converso conocido como “El Burguense”, que vivió entre los siglos XIV y XV; fue consejero de Enrique III y obispo de Burgos y Cartagena.
(3) Pedro de Castañeda es un pintor poco conocido del siglo XVI, que falleció en 1557. Tuvo taller propio en Alcalá de Henares y se sabe que anduvo por Segovia estudiando sus iglesias y decorando algunas. No existe documentación de su paso por Burgos.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, abril 2016

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LA TORRE DE FERNÁN GONZÁLEZ Y LA LEYENDA DE DOÑA URRACA. -Por Francisco Blanco-.

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Urraca, nombre femenino posiblemente de origen egipcio, introducido en España por los árabes, fue utilizado muy frecuentemente durante toda la Edad Media por damas pertenecientes a la realeza y a la más alta nobleza. Son numerosas las Urracas que fueron reinas, infantas o condesas de Asturias, León, Castilla, Aragón y Navarra, en calidad de esposas, madres e hijas, sin hablar de hermanas, sobrinas o primas, cuya relación sería interminable. Tal vez la más antigua documentalmente citada en “La Primera Crónica General” sea la doña Urraca esposa del rey Fruela II de Asturias, con el que casó en segundas nupcias hacia el 917, siendo reina consorte hasta la muerte de su marido, ocurrida el año 924. Pero si escarbamos en la historia de León, Castilla o Navarra, el nombre de Urraca asociado a la realeza lo encontraremos con profusión.

Hacia el año 932, el conde Fernán González de Castilla contrae matrimonio con Doña Sancha Sánchez de Pamplona, hija de los reyes de Navarra Sancho Garcés I y Toda Aznárez. Para la infanta navarra este era su tercer matrimonio, pues anteriormente se había casado con el rey Ordoño II de León, del que fue su tercera esposa y con el que no tuvo descendencia, enviudando el año 926. Hacia el año 930 volvió a contraer matrimonio con el conde alavés Álvaro Herraméliz, con el que tuvo dos hijos, Herramel y Fortún Álvarez, que se educaron y vivieron en la corte leonesa. El conde Herraméliz, que ostentó las tenencias de Álava y Lantarón, murió a finales del año 931 combatiendo al lado del rey Alfonso IV de León, que luchaba por recuperar el trono que había cedido a su hermano Ramiro II.

Su tercer matrimonio con el conde castellano fue bastante prolífico, pues nacieron siete hijos, cuatro varones y tres hembras por el siguiente orden: Gonzalo Fernández; Sancho Fernández; Munio Fernández; Garci Fernández, también conocido como el de las “Manos Blancas”, quien en el año 970, a la muerte de su padre, se convirtió en el nuevo Conde de Castilla; Urraca Fernández, la primera mujer, casada también en tres ocasiones con tres reyes: Ordoño III y Ordoño IV de León y Sancho Garcés II de Pamplona, teniendo descendencia con los tres, hasta un total de ocho hijos; Muniadona Fernández y Fronilda Fernández.

Doña Sancha falleció hacia el año 962 y sus restos mortales recibieron sepultura en el Monasterio burgalés de San Pedro de Arlanza, recién construido bajo la protección de su marido “El Buen Conde”, como ya se le llamaba. Fernán González contrajo un nuevo matrimonio hacia el año 964, esta vez con la infanta navarra Urraca Garcés, hija del rey Sancho Garcés II de Pamplona y su esposa Andregoto Galíndez, de este desposorio solamente nació un hijo varón, Pedro Fernández, que fue tenente de La Bureba.

Una de las grandes tareas que emprendió el Buen Conde para proteger y consolidar el emergente Condado de Castilla, que nació rodeado de poderosos enemigos por casi todos los puntos cardinales, fue levantar una línea de fortificaciones a lo largo de la ribera derecha del Arlanza, principal línea fronteriza por el Sur de la tierra de los Lara, destinada a proteger su territorio de las incursiones y acometidas del belicoso Abd-al Rahman III.

De todas estas Torres-fortaleza, la mayoría de las cuales han desaparecido o se encuentran en un estado ruinoso lamentable, destaca la de la villa condal de Covarrubias, que se podía considerar como la capital del condado de los Lara. Erigida hacia el año 942, se trata de un construcción mozárabe de carácter defensivo con planta y tronco piramidal de cuatro alturas, con estrechas saeteras en los pisos superiores. La puerta de entrada, formada por un arco mozárabe de herradura, es de gran tamaño y se encuentra situada a una altura considerable del suelo; se podía acceder a ella mediante una escalera de madera protegida por una tronera, que únicamente podía retirarse desde el interior de la torre. Posteriormente, en el siglo XII, alrededor del torreón se levantó el palacio amurallado del Infantado de Covarrubias, donde pasó a residir la abadesa del cercano monasterio de San Cosme y San Damián, que era al mismo tiempo Señora del Infantado con un gran poder jurisdiccional sobre un amplio territorio.

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Este Torreón de Covarrubias se convirtió en uno de los primeros símbolos de Castilla, pues el conde Fernán González lo utilizaba como emblema en sus pendones, en forma de torreón trapezoidal dorado sobre un fondo de color pardo, figurando siempre a la cabeza de sus huestes.

A partir del siglo XVIII, además de cómo Torreón de Fernán González, se le empezó a conocer también como el “Torreón de Doña Urraca”. La Leyenda se entremete de nuevo en la Historia y la fantasía y la realidad se entremezclan, dando pie a numerosas leyendas que pronto adquieren un gran arraigo popular. Este es el caso de la “Leyenda de la Infanta Doña Urraca”, de la cual existen versiones para todos los gustos. La más difundida y aceptada, aunque posiblemente no sea la más veraz, gira en torno a la figura de Doña Urraca Fernández, hija de Fernán González, que parece se negó a cumplir los deseos de su padre que la quería desposar con el rey de León para, de esta forma, establecer un lazo de sangre que mejorara las relaciones entre castellanos y leoneses, a la sazón bastante tirantes. La negativa de la infanta, quien según la leyenda estaba enamorada de un joven pastor de Covarrubias, enfureció al conde, que la hizo encerrar en el Torreón. Esta leyenda tiene pocos visos de ser real, pues históricamente está demostrado que Urraca Fernández contrajo matrimonio no con uno, sino con tres reyes, dos leoneses y un navarro.

Otro dato a tener en cuenta para intentar averiguar la verdadera identidad de la Urraca emparedada, es que el Infantado de Covarrubias lo creó el conde García Fernández, hijo de Fernán González, con el principal objetivo de dotar a su hija Urraca García, quien desde niña manifestó muy claramente una decidida vocación religiosa. Su Carta Fundacional está fechada el 24 de noviembre del año 978 y en la solemne ceremonia inaugural estuvieron presentes los miembros de la familia condal castellana y los de la familia real de Pamplona, además del obispo de Burgos, once abades, cinco presbíteros, veintiún monjes ermitaños y numerosos miembros de la nobleza castellana.

Esta religiosa infanta, perteneciente a la orden de San Benito y abadesa de la primitiva Colegiata de San Cosme y San Damián, que posiblemente refundara durante el siglo X su tía Doña Urraca, una supuesta hermana de Fernán González, sobre los restos de una iglesia visigótica-no hay que olvidar que Covarrubias fue fundada por el rey godo Chindasvinto durante el siglo VII-, resultó ser una excelente administradora, que hizo prosperar económicamente el Infantado, convirtió la Colegiata en uno de los principales centros espirituales y políticos de Castilla y ejerció como principal consejera política de su padre y después de su hermano Sancho García el de “los Buenos fueros”, que por cierto estaba casado con Urraca Gómez, hija del poderoso conde palentino de Saldaña Gómez Díaz. Finalmente, en el año 1029, tras el alevoso asesinato en León de su sobrino el conde García Sánchez, cuando iba a contraer matrimonio con la hija del rey leonés, asumió la regencia del condado de Castilla hasta que su cuñado, el rey navarro, Sancho III el Fuerte, se hizo con todo el poder. Las noticias documentales sobre la infanta-abadesa desaparecen en el 1032, aunque algunos historiadores datan la fecha de su muerte en el año 1039, asesinada según parece, aunque se desconoce por completo la identidad del supuesto asesino, ni la forma cómo se cometió el crimen. Naturalmente existen teorías, no convertidas en leyendas, que apuntan a su sobrino Fernando Sánchez como posible autor o inductor de este crimen de estado y apuntan también a que los últimos años de su existencia los pasó encerrada en el Torreón.

Sus restos mortales recibieron sepultura bajo el altar mayor de la Colegiata, en un modesto sepulcro identificado por un epitafio en el que figura su nombre y donde sigue encontrándose actualmente.

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Fernando Sánchez era el segundo hijo del rey navarro Sancho III el Mayor, casado con doña Muniadona, hermana de la abadesa doña Urraca. En el año 1029, tras el asesinato en León del joven conde García Sánchez, su padre le nombró conde de Castilla, pero como sólo contaba 13 años de edad su tía la abadesa se hizo cargo también de la regencia del condado castellano, aunque el poder lo siguió ejerciendo el rey navarro, hombre de gran ambición y pocos escrúpulos que, entre otras cosas, anexionó a Navarra una buena parte del territorio del condado de Castilla. Pues bien, Fernando Sánchez, que ha pasado a la Historia como Fernando I el Grande, Rey de León y Conde de Castilla, heredó, tal vez aumentado, el carácter ambicioso y guerrero de su padre, pues en dos memorables batallas, de las que salió vencedor, la de Tamarón en el 1037 y la de Atapuerca en el 1054, consiguió, en la primera quitarle el reino de León a su cuñado Bermudo III y, en la segunda, recuperar ampliados los territorios castellanos que se habían anexionado los navarros y que, a la muerte de su padre, habían pasado a las manos de su hermano primogénito, García Sánchez III. Por cierto que en dichas batallas perdieron la vida tanto su cuñado como su hermano.

Todavía se baraja el nombre de alguna otra doña Urraca como posible protagonista de la leyenda, pero la inconsistencia de los datos históricos las invalida a todas. Lo más probable, históricamente hablando y teniendo en cuenta que pasaron varios siglos antes de construirse la legendaria historia de Doña Urraca, es que la leyenda sea la consecuencia de una interpretación errónea de los documentos de la época que se utilizaron, poco fiables pues en ellos no se acostumbraba a mencionar los apellidos ó patronímicos de las numerosas Doña Urraca que han sido, de una u otra forma, protagonistas de nuestra Historia.

Autor: Paco Blanco, Barcelona marzo 2016

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