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POR LA CUENCA DEL ARLANZÓN: GAMONAL Y BURGOS. -Por Francisco Blanco-.

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Después de abandonar Ibeas de Juarros, siguiendo por el Camino Francés de la Ruta Jacobea, a unos 14 kilómetros el viajero se encontrará con el populoso barrio burgalés de Gamonal de Río Pico, cuyo nombre se debe a la abundancia de gamones por sus campos, una planta herbácea con muchas flores, que se utilizaba como forraje para el ganado. Está situado en una extensa vega regada por el río Arlanzón y sus afluentes Vena y Pico. El barrio se incorporó a la ciudad de Burgos en el año 1955.

Pero antes de convertirse en el  barrio periférico más poblado de Burgos, la historia de Gamonal se remonta al siglo XI, en que el año 1075 el rey de Castilla Alfonso VI, también conocido como “el Bravo”, suprimió el obispado de Oca, cuya sede, desde la destrucción por los árabes en el siglo VIII de la primera, situada en la actual Villafranca Montes de Oca, había residido en Amaya, Valpuesta, Muñó, Sasamón y Oña, trasladándola a Gamonal y creando la Diócesis episcopal de Burgos, al tiempo que hacía a la ciudad la concesión de unos terrenos sobre los que se empezó a levantar la futura catedral. La nueva diócesis de Gamonal, que tenía jurisdicción de realengo,  fue confirmada por el papa Urbano II en el año 1095.

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Parece que el lugar elegido para erigir la nueva sede se debió a la milagrosa aparición en las cercanías de una imagen de Santa María, curiosamente, el hallazgo tuvo lugar en un enclave situado en pleno Camino de Santiago, por el que desfilaban miles de peregrinos.

Sobre la primitiva iglesia románica del siglo XI, de la que apenas queda un capitel recientemente descubierto, se erigió el magnífico templo gótico de Santa María la Real y Antigua de Gamonal, que el viajero podrá contemplar justo a la entrada del populoso barrio del mismo nombre. Menos legendario parece ser que los terrenos sobre  los que se levantó fueron una cesión real, hecha a la nueva sede episcopal por las infantas Doña Urraca y Doña Elvira, hermanas del rey Alfonso, que trajeron para que la rigiera al obispo D. Simón. Naturalmente, la nueva iglesia era paso obligado para los peregrinos que se dirigían a Santiago, lo cual incrementó masivamente la devoción por la Virgen María, a la que los peregrinos se paraban a visitar y a encomendarla sus rogativas. También se construyó un Hospital para atender a los peregrinos enfermos. La afluencia de romeros fue tanta que, para atenderla mejor, en el siglo XIII se crea la “Cofradía de Nuestra Señora de Gamonal”, también llamada de los Caballeros, por pertenecer sus cofrades a nobles familias burgalesas. Uno de sus primeros cofrades fue nada menos que el marino burgalés D. Ramón Bonifaz, Almirante de Castilla, conquistador de Sevilla y creador de la Armada Castellana, muerto en el 1256 y enterrado en el desaparecido Monasterio de San Francisco de Burgos.

La actual iglesia pertenece al más puro estilo gótico burgalés. Su construcción, sobre los restos de la antigua iglesia románica, comienza a principios  del siglo XIV y se concluye en el XVI. Tiene forma de cruz latina, de una sola nave con dos capillas laterales y bóveda de crucería. Está orientada hacia Oriente, tal como era costumbre de la época y su puerta principal, de original tracería mudéjar con motivos geométricos, está protegida por un atrio de imponente aspecto. En el tímpano de la entrada, sostenido por un arco adintelado, está representada una bella escena de la Coronación de la Virgen, con el Hijo sentado en su trono, en presencia de San Pedro y San Juan, arrodillados y con las manos juntas en actitud orante, en el centro destaca el escudo real de Castilla y León.

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La torre, de piedra rojiza, es cuadrangular, sostenida por contrafuertes, con ventanales laterales gemelos, de grandes dimensiones, que proporcionan luz solar al interior del templo. En su parte superior está el campanario con cuatro troneras y un reloj en el centro, que fue incorporado en el siglo XVII y al que se accede por una escalera de husillo.

Delante de la iglesia se levanta una cruz del siglo XVI, que servía como mojón señalizador del Camino de Santiago, decorada con las típicas vieiras que simbolizan el Camino de Santiago.

Actualmente es la iglesia parroquial del Barrio de Gamonal y celebra sus fiestas el día dos de febrero, festividad de la Presentación del Niño Jesús en el Templo y la Purificación de Nuestra Señora, popularmente conocida como “Fiesta de las Candelas”.

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En el “Censo de los Millones” de 1591, en el que se relacionan los territorios que integraban el Reino de Castilla, aparece la “Cuadrilla de Gamonal”, que incluía las siguientes localidades, pertenecientes todas al “Alfoz de Burgos”: Quintanapalla, Castañares, Villayuda, Villalbal, Hurones, Cotar, Mijaradas y Rubena, que contaban con 188 vecinos “pecheros”, obligados a pagar impuestos.

El 9 noviembre de 1808, Napoleón, al frente de su Guardia Imperial y de cinco Cuerpos de Ejército integrados por 20.000 infantes, 4.000 jinetes y una poderosa artillería, se dispone a apoderarse de la importante plaza de Burgos. Enfrente, en la llanura de Gamonal y prácticamente a pecho descubierto, le salen al paso 6.000 infantes, muchos de ellos bisoños, 2.500 jinetes y 4 piezas de artillería, mandados por el general D. Ramón Patiño, Conde de Belveder, un militar aristócrata más experto en los salones de la Corte madrileña que en campañas militares. En la mañana del día 10 los franceses arrollaron a los españoles sin demasiados esfuerzos, causándoles unos 2.000 muertos, el resto, incluido el general Patiño, tuvieron que huir a toda prisa para poder salvarse. Tan sólo  las valerosas Guardias Walonas, mandadas por D. Vicente Genaro de Quesada (1), opusieron una tenaz y heroica resistencia, formando un cuadro, que fue diezmado hasta quedar únicamente 74 supervivientes, casi todos heridos, a los que no les quedó otra opción que rendirse. El día 11 Napoleón entraba en Burgos, instalándose en el Consulado del Mar del Paseo del Espolón, mientras sus tropas se entregaban al saqueo de la ciudad y a la vejación de sus vecinos.

Más recientemente, entre el 9 y el 17 de enero del 2014, Gamonal saltó al primer plano de la actualidad española, al ser protagonista de un serio enfrentamiento entre los vecinos del Barrio y el Ayuntamiento de Burgos, que ocasionaron una serie de manifestaciones y disturbios en los que en algunos casos hizo aparición la violencia. La raíz del conflicto hay que buscarla en la oposición de la mayoría de los vecinos, representados por la “Asociación de Vecinos las Eras de Gamonal”, a la política urbanística del Consistorio burgalés, al que acusaban de dar prioridad a algunos intereses particulares y desatender las verdaderas necesidades del Barrio. En muchas ciudades españolas se produjeron manifestaciones de solidaridad con los vecinos de Gamonal. Finalmente, el día 17 el alcalde de Burgos (2) anunció el cese definitivo de las obras del proyecto urbanístico origen del conflicto. ¡El movimiento de protesta popular había salido vencedor!

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Según los “Anales Castellanos Primeros”, “en el año 882 el conde Diego repobló Burgos y Ubierna por mandato de nuestro señor Alfonso. El rey Alfonso reinó 41 años y se fue por los siglos en el mes de diciembre y le sucedió en el reino su hijo García”.

Se refiere naturalmente al conde D. Diego Rodríguez Porcelos, II Conde de Castilla, hijo del legendario conde D. Rodrigo, repoblador de Amaya en el 860, que en el 866 ayudó a su sobrino, el rey Alfonso III, a recuperar el trono de Asturias que le había arrebatado Fruela Bermúdez, convirtiéndose en hombre de confianza y consejero del rey asturiano, que le nombró Conde de Castilla y de Álava. A su muerte, ocurrida en el 873, le sucedió su hijo Diego, que se instaló en el castillo de Pancorbo y también contó con la confianza del rey asturiano, al que acompañó en algunas campañas contra el emir Muhammad I por tierras extremeñas.

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En Pancorbo, el año 882 tuvo que resistir las acometidas del Emir cordobés, apoyado por los Banu Qasi (3), según nos cuenta la “Crónica Albeldense”: “Luego pasó a los confines de Castilla, al castillo de Pancorbo, y allí empezó a luchar por su propia voluntad, pero al tercer día se retiró de allí muy maltrecho. El conde era Diego”.

La tregua acordada entre Alfonso III y el emir Muhammad I, permitió que el Condado castellano continuase su expansión hacia el sur, llegando hasta el río Arlanzón, en cuyas orillas, el año 884 fundó las ciudades de Ubierna y Burgos y muy posiblemente, tal como indica su nombre, Villadiego. Según la “Crónica Najerense”, el conde Diego Rodríguez murió en Cornudilla (4) el 31 de enero del 885, en un enfrentamiento con Muhammad ben Lubb, caudillo árabe de la familia de los Banu Qasi que dominaba una zona de La Rioja. Al morir fue sucedido en el Condado de Castilla por el conde Munio Núñez, pues sus tres hijos varones Gómez, Gonzalo y Fernando Díaz eran todavía muy jóvenes, más adelante Fernando Díaz fue Conde de Lantarón y Cerezo.

Con todo lo expuesto, la fecha más probable de la fundación de Burgos se puede establecer en el año 884, tal como apuntan los “Anales Compostelanos”, el “Chronicon Burgensis” y la “Crónica Najerense”. Las primeras construcciones realizadas por el conde Diego Rodríguez, seguramente fueron dos torres defensivas situadas en un alto que domina la ciudad, actualmente conocido como el  Cerro de San Miguel, que acabó convirtiéndose en un castillo amurallado. Sobre sus laderas  fueron apareciendo pequeños y dispersos asentamientos humanos, generalmente agrupados en torno a alguna ermita o iglesia, entre estas últimas se encontraba la de Santa María la Blanca, fundada por el mismo conde Diego Rodríguez, que aun hoy sigue siendo la patrona de la ciudad y que fue destruida, junto con el Castillo y muchas casas del barrio, durante la invasión napoleónica.

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de Otra de las primeras iglesias burgalesas fue la de San Lorenzo el Viejo, fundada por el propio Fernán González, en la que, según la tradición, el “Buen Conde” armaba a sus caballeros. Durante los primeros años del siglo XIII, mientras se levantaba la actual catedral gótica, la iglesia acogió al Cabildo catedralicio. Debido a su mal estado, fue demolida en el año 1783 y parte de sus restos se utilizaron para construir la torre de la actual iglesia barroca del mismo nombre, finalizada en el 1694, que pasó a ser sede de la Compañía de Jesús. La actual iglesia de San Lorenzo está enclavada entre las calles de San Lorenzo y Almirante Bonifaz.

En el año 934, al igual que el Monasterio de Cardeña, Burgos fue asolada por las huestes de Abd-al-Rahamán III, durante la “aceifa” que éste llevó a cabo por tierras de La Rioja y el Condado de Castilla, llegando hasta San Esteban de Gormaz y Osma.

Pocos años más tarde, en el  941, está documentalmente acreditada la existencia en Burgos de un Concejo, que, entre otras cosas,  entabló varios litigios por el agua con el cercano y poderoso Monasterio de San Pedro de Cardeña. A partir de aquí, Burgos se va configurando como el núcleo urbano más importante del emergente Condado Castilla, en el que los Condes establecieron su residencia habitual, entre ellos Fernán González, a quien el rey de León Ramiro II destituyó de su cargo el año 944, enviando a Burgos para sustituirle a su hijo el infante D. Sancho, que más tarde sería rey con el nombre de Sancho I el Craso. Fernán González recuperó el favor del Rey asturiano y el título de Conde de Castilla en el 945, en que regresó a Burgos, cabeza del Alfoz del mismo nombre, donde acabaron estableciendo su residencia numerosos magnates y dignatarios eclesiásticos, incluido el Obispo de Oca, hasta que, ya en el siglo XI el rey Alfonso VI traslade a Burgos esta sede episcopal, aunque el nuevo obispo no disponía aun ni de iglesia ni de palacio propios, instalándose en la iglesia románica de San Esteban, situada en las cercanías del palacio condal (5). Para entonces ya eran muchos los peregrinos que entraban en la ciudad, situada en pleno Camino de Santiago y tenían que pasar, para abandonarla, por delante de la citada iglesia de San Esteban.

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Alfonso VI y su esposa Doña Constanza de Borgoña fueron grandes protectores de la ciudad de Burgos, a la que el rey el año 1073 concedió la jurisdicción de realengo. Otro acontecimiento importante para el futuro de la ciudad fue la llegada, el año 1080 por petición personal de la reina, del monje benedictino francés Adelmus, procedente del monasterio “Domus Dei” de la Auvernia francesa. Este monje francés se convirtió en consejero del rey y confesor de la reina, pero también llevó a cabo una intensa labor benéfica y también de saneamiento y urbanización de la ciudad, en plena fase de expansión, siendo el impulsor del encauzamiento de las aguas de los tres ríos que la atravesaban, el Pico, el Vena y el Arlanzón, que se estancaban o la inundaban con frecuencia, provocando epidemias o inundaciones. Tal fue su dedicación y tan fructífera su labor, que los burgaleses no tardaron en aclamarle como su santo Patrón con el nombre de Lesmes. San Lesmes  murió en Burgos el 30 de enero del 1097, siendo enterrado en el mismo Monasterio que había fundado (6).

El rey Alfonso también premio su labor nombrándole Abad del Monasterio de San Juan, su hospital y su iglesia, donde se atendía a los numerosos romeros que llegaban a la ciudad por el Camino de Santiago, penetrando en ella precisamente por la Puerta de San Juan, adosada a la muralla este, después de cruzar el puente del mismo nombre sobre el río Vena, poco antes de desembocar en el Arlanzón. Por esta puerta, formada por un sencillo arco de medio punto, se accedía a la calle de La Puebla, que llegaba hasta la Plaza del Mercado, en la que durante el siglo XV los Velasco construyeron el Palacio de los Condestables de Castilla, popularmente conocida como Casa del Cordón; daba también a la calle de San Juan, en cuyo comienzo se encontraba la Posada de las Almas, muy frecuentada por los peregrinos. Siguiendo por la calle de San Juan se llegaba hasta la de Avellanos que enlazaba con la Vejarrúa o Rúa de los Caballeros, hoy de Fernán González, que era la arteria principal de la ciudad, donde residían los magnates de la nobleza local, la alta jerarquía eclesiástica y los ricos mercaderes, que tenían en ella sus suntuosos y blasonados palacios.

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Se abandonaba la ciudad por el Arco de San Martín, abierto en su muralla a finales del siglo XIII, de estilo mudéjar, formado por un arco de herradura flanqueado por dos cubos defensivos, por donde los peregrinos abandonaban la ciudad. También por esta puerta acostumbraban a entrar en Burgos los reyes de Castilla, hasta que el 21 de febrero de 1520 lo hiciera por última vez el emperador Carlos I de España y V de Alemania. En la misma calle se puede admirar la iglesia de San Nicolás de Bari, levantada a principios del sigl0 XV sobre los restos de otra iglesia románica. Se trata de otra de las joyas del gótico burgalés, en la que brilla con luz propia el monumental retablo renacentista, una de las más bellas obras realizadas por Simón de Colonia y su hijo Francisco.

Por cierto que los Colonia también tuvieron su propia casa en la actual calle de Fernán González, actualmente conocida como el Palacio de Castilfalé, justo enfrente de la catedralicia puerta de la Coronería o Alta de los Apóstoles, realizada en el siglo XIII por el maestro Enrique.

También Alfonso VIII, el de Las Navas, contribuyó de forma notable, junto con su esposa Doña Leonor de Plantagenet, en aumentar la proyección de la ciudad burgalesa en todos los ámbitos, al instalar su corte en su recinto urbano, con lo que adquirió el rango de “Civitas Regia”. Además, en las afueras de la ciudad, no muy lejos del margen izquierdo del Arlanzón, fundaron el Real Monasterio de las Huelgas, en el que ambos recibieron sepultura.

Por el norte se accedía a la ciudad por el Arco de San Gil, en la ladera del Cerro de San Miguel, puerta amurallada defendida por dos torreones, actualmente inexistentes, que en siglo XVI fue reformada por Juan de Vallejo.

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Adosada a la muralla se levanta la iglesia de San Gil Abad, de grandes dimensiones con planta de cruz latina, tres naves y crucero, todo de piedra labrada. Su construcción se inició en el siglo XIII, pero se fue  ampliando durante muchos años, gracias a las numerosas capillas que se la fueron añadiendo, merced a la iniciativa privada de algunas poderosas familias de la ciudad, hasta convertirse en el templo de mayores dimensiones de la ciudad, después de la catedral, siendo su interior de gran variedad de estilos, con gran valor artístico y arquitectónico, aunque su exterior fachada gótica resulta  de gran sobriedad, destacando un gran rosetón. Entre las numerosas capillas de carácter funerario, hay que destacar la construida a partir de 1563 por Juan de Vallejo, gracias al mecenazgo del canónigo burgalés D. Pedro de Encinas, bajo la advocación de la Cruz, aunque en el 1836 se la empezó a conocer como “Capilla del Santísimo Cristo de las Santas Gotas”.

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Se trata de una conmovedora talla medieval, regalo del papa Inocencio III al fundador de la Orden Trinitaria San Juan de Mata, que la trajo a Burgos depositándola, a principios del siglo XIII, en el convento de la Santísima Trinidad, situado extramuros de la ciudad, muy cercano al Arco de San Gil, desde donde se divisaba y vigilaba; la desamortización de Mendizábal fue, entre otras, la causa de la desaparición del convento y de que la valiosa figura de Cristo en la Cruz fuese a parar a la citada capilla de San Gil. El hecho milagroso ocurrió en el reinado de Pedro I de Castilla, también llamado “El Cruel” y “El Justiciero”, durante su enfrentamiento con sus hermanastros los Trastamara, hijos de su padre D. Alfonso XI y de su concubina Doña Leonor de Guzmán, que aspiraban a arrebatarle la corona de su cabeza y colocársela a D. Enrique, jefe de la familia, que acabaría, después de quitarle la vida, reinando como Enrique II “el de las Mercedes”. Estando D. Pedro en Burgos, se enteró de que los Trastamara, acompañados por una poderosa tropa de mercenarios franceses, habían invadido Álava y La Rioja y se acercaban a toda marcha dispuestos a apoderarse también de Burgos y de su persona; el rey, presa del pánico, no se le ocurrió otra cosa para defender la ciudad que mandar derruir el convento de la Trinidad, cercano a la muralla y a la puerta de San Gil, aduciendo que su sólida construcción podría convertirse en una fortaleza que serviría de fortín a los asaltantes. Dio comienzo el derribo del convento hasta que al llegar a la capilla de la Magdalena, donde se veneraba la imagen del Cristo, se encontraron con Sor María Jesús, una joven monja trinitaria, postrada llorando a los pies de la imagen, rogándola que impidiera semejante tropelía. Justo en ese momento, se desprendió una piedra de la bóveda que golpeó la cabeza del Cristo, de la que inmediatamente empezaron a brotar gotas de sangre. A la atribulada Sor María Jesús no se le ocurrió otra cosa que utilizar su toca para proteger la pierna de la imagen, donde cayó la primera gota, cuya huella aún se puede apreciar, el resto de las gotas fueron recogidas por la monjil toca, hasta un total de dieciséis, que se convirtieron en sagradas y veneradas reliquias. Con el transcurrir de los años, algunas de estas gotas fueron regaladas a diferentes personajes históricos, como  los Condestables de Castilla, el Duque de Lerma ó  el ya citado rey Felipe IV. El resto permanecen en una urna de plata que se conserva en la citada capilla de la iglesia de San Gil, objeto de veneración popular. Otra gota, como todavía se puede apreciar, quedó colgando de la nariz del Santísimo Cristo. De su culto se ocupa actualmente la Real Hermandad de la Sangre de Cristo y Nuestra Señora de los Dolores, que las sacan en procesión por la iglesia cada tres de mayo.

Otra capilla funeraria muy notable es la de la Natividad, cuya obra la inició el maestro Juan de Matienzo, en el 1529, bajo el mecenazgo de D. Juan de Castro y su esposa Doña Inés de Lerma. Es de estilo plateresco con algunos elementos tardo góticos.

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Se accede por un elegante arco sostenido por pilastras, obra de Juan de Vallejo, su interior es de un gran valor arquitectónico, cubierto por una artística bóveda octogonal estrellada,  destacando su monumental retablo plateresco, formado por doce magníficas escenas relativas a la Natividad de la Virgen María.

En el ángulo de entrada que forma con la muralla se levanta un cubo, en cuyo interior se elevaba una escalera de caracol que conducía a la casa de las conocidas  como “Emparedadas de San Gil”, señoras de clase distinguida que vivían  alejadas del mundo, recogidas y dedicadas a la vida cristiana y contemplativa, la escalera también conducía a una tribuna, desde donde las “Recogidas”, como también se las llamaba, asistían a la misa y demás ceremonias del culto.

La iglesia de San Gil fue declarada Monumento Histórico Artístico en 1931 y actualmente está considerada como Bien de Interés Cultural (BIC).

En el 1217 el rey Fernando III el Santo confirma a Burgos los Fueros del Albedrío, que en la práctica ya estaban vigentes desde que Fernán González declarara independiente al Condado de Castilla del reino de León, quemando las antiguas leyes visigóticas y adoptando el “Fuero Juzgo”. Éste mismo monarca, casado en Burgos el año 1219 con Doña Blanca de Suabia, se convirtió en el gran mecenas de la ciudad. Atendiendo la iniciativa del por entonces obispo D. Mauricio, en el año 1221 coloca la primera piedra de la que con el tiempo se convertiría en una de las más bellas catedrales góticas de Europa, destinada a ser “Madre y Cabeza” de todas las iglesias de Castilla; entre sus primeros artífices cabe mencionar al maestro Enrique, de origen francés, que ya había trabajado en la de León y el maestro de obras Juan Pérez, ambos pertenecientes a la escuela normanda del “gótico radiante”. La nave principal se terminó en el 1230 y ese mismo año fue abierta al público como nueva sede episcopal, cuyo solemne acto de inauguración fue presidido por el propio Fernando III el Santo. La ceremonia de su consagración  se celebró en el año 1260. En el 1269 se celebraba con gran solemnidad la boda del infante D. Fernando de la Cerda, nieto de Fernando III e hijo de Alfonso X el Sabio, otro gran protector de la ciudad de Burgos, con la princesa Doña Blanca de Francia, hija del rey San Luis. En el 1284, tras el borrascoso proceso de sucesión que se desencadenó a la muerte de Alfonso X, Sancho IV, su segundo hijo varón, se convirtió en el nuevo rey de Castilla. El nuevo monarca también colaboró al desarrollo de Burgos, a través de mercedes y donaciones que permitieron continuar con las costosas obras de la magna fábrica catedralicia. En agradecimiento, el Cabildo catedralicio burgalés aprobó por unanimidad considerar a los monarcas castellanos como Canónigos de Honor de la Diócesis.

Otros artífices destacados, además de los citados Maestro Enrique y Juan Pérez, fueron  el cantero Aparicio Pérez, pariente del anterior, y los maestros de obras Pedro Sánchez, Martín Fernández y su hijo Juan Fernández, con los que a principios del siglo XV se dio por finalizado lo que se podría definir como el primer proyecto catedralicio.

El año 1435, procedente del Concilio de Basilea, llegó a Burgos D. Alonso de Cartagena, apodado el “Burguense” nuevo obispo de la sede episcopal burgalesa, nombrado por el papa Eugenio IV para suceder a su padre el judío converso D. Pedro de Santamaría, ambos naturales de Burgos. El nuevo obispo era un eminente humanista, polígrafo e historiador y llegaba acompañado por un selecto número de personalidades, elegidas por él mismo durante su estancia en Basilea, entre las que se encontraba el famoso arquitecto alemán D. Hans de Colonia, artífice de las innovadoras agujas de la catedral de Colonia.

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Hablar de Hans (ó Juan) de Colonia es hablar también de una de las etapas más prósperas y fascinantes de la historia de Burgos. A partir de su matrimonio con la burgalesa María Fernández, hija del maestro cantero Juan Fernández, fue el fundador de una dinastía de grandes artistas, que contribuyeron como pocos a engrandecer la ciudad de Burgos, mediante la construcción  de singulares monumentos artísticos. Juan de Colonia fue el artífice de las dos estilizadas agujas que coronan la fachada principal de la catedral, verdaderas filigranas arquitectónicas de gran belleza, cuyas obras finalizaron en el año 1458, siendo D. Luis de Acuña obispo de Burgos. Este mismo obispo encargó a Colonia levantar la estructura del primitivo cimborrio, que se derrumbó estrepitosamente el año 1539. Gracias a las generosas aportaciones de la nobleza, la poderosa jerarquía eclesiástica, los ricos mercaderes y también del pueblo llano, el nuevo cimborrio, una extraordinaria obra técnica de Juan de Vallejo, otro genial arquitecto burgalés formado en la escuela de los Colonia, quedó concluido en el 1576.

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El Condestable de Castilla D. Pedro Fernández de Velasco y su esposa, Doña Mencía de Mendoza y Figueroa, en el año 1482 decidieron construirse su propia capilla funeraria dentro del recinto de la catedral, actualmente conocida como capilla de la Purificación o de Los Condestables. El proyecto se lo encargaron al arquitecto burgalés Simón de Colonia, hijo de Juan de Colonia. Su fachada exterior puede considerarse como el segundo ábside de la catedral, decorado con grandes escudos, destacando el de los Velasco, sostenidos por ángeles, leones y soldados. La estructura exterior fue finalizada por otro arquitecto de la familia, Francisco de Colonia, hijo de Simón, en el 1523. En su interior destaca el impresionante retablo principal, de estilo plateresco, obra de Felipe de Vigarny el “Borgoñón” y del escultor burgalés Diego de  Siloé. La posterior policromía se debe al pintor francés León Picardo. Delante del retablo se encuentra el no menos impresionante sepulcro de los Condestables fundadores, obra también de Felipe de Vigarny, con las figuras yacentes labradas en mármol de Carrara, tendidas sobre una cama de piedra de jaspe.

A lo largo del tiempo, a su clásico diseño original de cruz latina, con tres naves y un ábside, se le han ido incorporando hasta 14 capillas, la última fue la de Santa Tecla, finalizada en el 1740, impulsada por el arzobispo D. Manuel de Samaniego, en la que destaca un bellísimo retablo barroco, obra de Juan de Arteche, finalizada en el 1740. A  estas que hay que añadir otras 4 que se encuentran en el claustro superior, bajo cuyas arcadas ciegas se encuentran numerosas esculturas y  monumentos funerarios de ilustres personajes relacionados con el devenir del templo. En el año 1899 se inició la restauración del claustro, llevada a cabo por el arquitecto D. Vicente Lampérez.

En el año 1921, coincidiendo con el VII centenario de su fundación y gracias a la iniciativa del ilustre filólogo y medievalista D. Ramón Menéndez Pidal, justo en el centro del crucero, bajo la luz cenital del impresionante cimborrio, una sencilla lápida de mármol rojo cubrió para siempre los restos del proto-héroe burgalés D. Rodrigo Díaz de Vivar, el invicto Cid Campeador, y los de su esposa Doña Jimena. El 8 de abril de 1885 fue declarada Monumento Nacional y el 31 de octubre de 1984 la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad.

A finales del pasado siglo XX, como consecuencia de haberse producido algunos desprendimientos en la fachada principal, se inició una profunda, larga y costosa restauración que, afortunadamente, la ha devuelto todo su esplendor. Antes de abandonar la catedral por la puerta de Santa María, en lo alto de la nave de la derecha según se sale, se divisa un gran reloj manejado por una grotesca figura humana, que señala las horas tocando una campana y sacando la lengua; a su lado, otra figura más pequeña se encarga de los cuartos. Se trata del famoso Papamoscas y su fiel Martinillos.

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En tiempos de Carlos III, el año 1788, el Paseo del Espolón,  situado entre los puentes de San Pablo y Santa María, sobre la orilla derecha del Arlanzón, se embelleció con el regalo que hizo el monarca a la ciudad de cuatro estatuas neoclásicas procedentes del Palacio Real de Madrid, representando las figuras de Fernán González, Alfonso XI, Fernando I y Enrique III, todos ellos motores de su desarrollo histórico. Años después, en el siglo XIX, la reina Isabel II hizo donación de otras cuatro estatuas, las de Teodorico I, Alfonso VI, Juan II y San Millán de la Cogolla, que se repartieron por el mismo paseo. La ornamentación de este atractivo y popular paseo se completa con artísticas fuentes y estanques, que reciben sombra de numerosas acacias y tilos y el paseo central está cubierto por una tupida bóveda formada por las copas entrelazadas de numerosos plátanos orientales, que proporcionan una agradable sombra a los numerosos paseantes que lo recorren en el verano. En el centro se levanta un artístico templete de música y en su tramo final, cerca del Arco de Santa María, desde 1941 se alza la estatua del pintor D. Marceliano Santamaría.

Por los arcos de la Casa Consistorial, desde el Paseo del Espolón se puede acceder a la Plaza Mayor, antigua plaza del Mercado, presidida desde su centro por la figura ecuestre del rey D. Carlos III, también llamada del “Rey Moro”, por el color que el bronce la confiere. El 16 de marzo del 1763, el citado monarca dictó una Real Orden por la que favorecía el comercio de la lana, una de las principales bases de la economía burgalesa. Un rico comerciante burgalés, D. Antonio Tomé, a quien dicha ordenanza favorecía abiertamente sus intereses, concibió la idea de erigir un monumento al monarca como prueba y testimonio de su gratitud. Puesto manos a la obra, encargó el proyecto a D. Domingo Urquiza, fundidor mayor de la Real Casa de la Moneda, que vació la estatua en bronce y una vez trasladada a Burgos, fue colocada en el sitio que actualmente ocupa. (7)

Al comienzo del Espolón, por el lado del puente de San Pablo, antiguamente llamado de “Los Trece Caballeros”, se levantan el Palacio de la Diputación y el Teatro Principal; el primero fue construido durante el reinado de Isabel II, entre los años 1864 y 1869. Sus artífices fueron los arquitectos burgaleses Luis Villanueva y Ángel Calleja, es de planta cuadrangular y estilo neoclásico y el material empleado, como en tantos otros monumentos burgaleses, procedía de Hontoria de la Cantera. Su interior es de gran suntuosidad, destacando una magnífica escalera imperial y en sus dependencias se pueden admirar destacadas obras de conocidos artistas burgaleses. Se puede acceder también al Archivo de la Diputación de Burgos (ADBU), que contiene obras de tanto valor como el “Catastro del Marqués de la Ensenada” o el archivo del Consulado del Mar. En cuanto al Teatro Principal, se trata de uno de los referentes culturales de la ciudad, en el que está instalado el Instituto Municipal de Cultura y otras dependencias del Ayuntamiento. Es un edificio también de estilo isabelino o neoclásico, como su vecino, construido entre los años 1843 y 1858, en el que fue inaugurado, siendo su principal artífice D. Francisco de Angoitia, aunque también intervinieron otros importantes arquitectos como D. Bernardino Martínez de Velasco y el ya citado D. Juan Villanueva. Hasta 1956, en que fue declarado en ruinas, fue el escenario de numerosos espectáculos tanto musicales, como teatrales y cinematográficos. Desde su reapertura  en el año 1997, después de la fiel reforma llevada a cabo por el arquitecto cántabro José María Pérez González, más conocido por “Peridis”, ha vuelto a recuperar sus antiguas actividades, a las que se han añadido otras nuevas, como la de Sala de Exposiciones, ahora bajo la dirección del Ayuntamiento burgalés. Casi enfrente a estos dos edificios singulares, en la llamada plaza del Mío Cid, se levanta, imponente y altiva, la estatua ecuestre del Cid Campeador a caballo y con la espada en ristre, emblema carismático de la ciudad, obra del escultor Juan Cristóbal, inaugurada en 1953.

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Al otro extremo del Espolón, frente al puente de Santa María, se encuentra la puerta conocida como “Arco de Santa María”, la principal de las doce puertas que configuraban la antigua ciudad amurallada, construida en el siglo XI como torre defensiva, por ella abandonó el Cid la ciudad, camino del destierro al que le había condenado su rey D. Alfonso VI. En el siglo XIV, adosada a la torre, se construyó la puerta actual, que fue remodelada totalmente en el siglo XVI, entre los años 1536 y 1553, siendo sus artífices los arquitectos y escultores burgaleses Juan de Vallejo y Francisco de Colonia, que utilizaron materiales procedentes de Hontoria de la Cantera, en especial la piedra caliza blanca. La nueva puerta se convirtió en un monumental arco triunfal con un gran retablo encima con seis hornacinas, distribuidas en dos cuerpos y tres calles y  rematado con  almenas como si fuera un castillo. En 1943 fue declarado Monumento Histórico-Artístico.

En las hornacinas se encuentran las figuras de los Jueces de Castilla, Laín Calvo y Nuño Rasura, los condes Diego Porcelos, fundador de la ciudad y Fernán González, artífice de la independencia de Castilla, el invicto Cid Campeador y presidiendo el conjunto el emperador Carlos I, a quien la ciudad dedicó el Arco tras finalizar la guerra de los Comuneros, tal vez como disculpa por haber pertenecido en ese bando durante los primeros tiempos del levantamiento comunero. En lo más alto del Arco se encuentra la imagen de la Virgen Santa María, patrona y protectora de la ciudad. El autor de las estatuas es el escultor vasco Ochoa de Arteaga.

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Contiguo al Espolón se entra en el paseo de la Isla, igualmente paralelo al margen derecho del Arlanzón, que por su lado derecho se prolonga por el paseo de los Cubos, formado por los restos de la antigua muralla medieval; siguiendo recto se llega al barrio de San Pedro y al Puente de Malatos, que los peregrinos tenían que atravesar para seguir por el Camino de Santiago; también les llevaba al Hospital del Rey o del Emperador, donde podían descansar y donde se atendían los enfermos. Actualmente, en este Hospital del Rey se entra por la llamada “Puerta de los Romeros”, un espléndido monumento plateresco mandado erigir por el emperador Carlos V en el 1526, tal vez agradecido o como compensación por la fidelidad mostrada por la ciudad burgalesa. En dicha puerta se pueden admirar la figura del Apóstol Santiago vestido de Peregrino en una hornacina y los blasones heráldicos de Alfonso VIII y los Reyes Católicos, traspasada la puerta se encuentra la casa conocida como “Casa de los Fueros Viejos” o de los “Romeros”, también de la misma época y estilo.

También la dinastía Trastamara favoreció el desarrollo de la ciudad. De hecho, el primer Trastamara, que llegó a reinar en España en el año 1369, con el nombre de Enrique II “el de las Mercedes”, lo hizo después de dar muerte en Montiel, el 23 de marzo del1369, a su hermanastro y rey legítimo, Pedro I “el Cruel”, quien había nacido en Burgos en el 1334 y coronado rey de Castilla en el 1350, con tan sólo 16 años, pero que pronto empezó  a tener conflictos con sus numerosos hermanos bastardos, hijos ilegítimos de su padre Alfonso XI y su concubina Doña Leonor de Guzmán, que también aspiraban a la corona de Castilla, dando origen a una larga guerra civil entre los dos bandos, en la que intervinieron navarros, aragoneses, ingleses y franceses. A comienzos del 1366 D. Pedro se había fortificado en el casillo de Burgos, pero ante la inminente llegada de D. Enrique, su mortal enemigo, a quien acompañaban las mesnadas de Bertrán Duguesclin, huyó cobardemente hacia Sevilla, dejando la ciudad a merced de su rival, que  fue recibido con entusiasmo por los burgaleses, que le aclamaron “muy de grado por su rey e por su señor”, llegando a ser coronado solemnemente, cum multa gloria”,  en el Monasterio de las Huelgas el mes de abril. El apelativo de “el de las Mercedes”, lo debe D. Enrique a los muchos privilegios y prebendas que tuvo que repartir para asegurarse el apoyo y la fidelidad de las ciudades y la nobleza castellana, siendo la familia burgalesa de los Velasco una de las más favorecidas. También sus sucesores, desde D. Juan I, que creó el Consejo Real de Castilla con sede en Burgos; su hijo Enrique III “El Doliente”, nacido en Burgos, a quienes las Cortes de Briviesca nombraron primer “Príncipe de Asturias” en el 1388 y posteriormente mandó que le construyeran un pabellón de caza en el margen izquierdo del Arlanzón, para su uso y disfrute; Juan II, que convirtió dicho pabellón en el monasterio cartujo de la Cartuja de Miraflores, cuya construcción la inició Juan de Colonia y la acabó su hijo Simón, su sepulcro y el de su segunda esposa, Isabel de Portugal, ambos de alabastro, se encuentran frente al altar mayor de su iglesia, genial obra de Gil de Siloé y uno de los monumentos funerarios más impresionantes del gótico español, a su izquierda se halla otro sepulcro, obra del mismo autor, con la figura orante de su hijo, el infante D. Alfonso, proclamado rey de España en la conocida como “Farsa de Ávila”, la ciudad de Burgos fue testigo excepcional de los enfrentamientos que mantuvieron el rey Juan II y su Condestable, D. Álvaro de Luna; otro de sus hijos, Enrique IV, también llamado “El Impotente”, rey de Castilla desde el 1454, tuvo dos esposas, Blanca de Navarra, con la que no tuvo descendencia, y Juana de Portugal, con la que tuvo una hija, la infanta Juana, más conocida como “La Beltraneja”, cuyo nacimiento fue el origen de un largo y polémico enfrentamiento dinástico entre hermanos, que ocasionó una guerra civil entre los partidarios del rey y su hija Juana y los de sus hermanos Alfonso e Isabel, esta última declarada por una buena parte de la nobleza aspirante a heredar la corona de Castilla. En setiembre de 1464 la ciudad de Burgos hizo público un Manifiesto, en que se acusaba al Condestable D. Beltrán de la Cueva de ser el verdadero padre de la princesa Juana, a la que declaraba ilegítima, creando una comisión entre la nobleza, con D. Juan de Pacheco como jefe, para que se hiciera cargo de la gobernación del reino. Se acababa de iniciar la guerra civil por la sucesión del reino.

Doña Juana y su esposo D. Alfonso V de Portugal, que se habían casado en Arévalo en el mes de mayo del 1475, al tiempo que se proclamaban reyes de Castilla y León, marcharon después hacia la ciudad de Burgos, gobernada por los Estúñiga, partidarios suyos, que se habían instalado en su castillo, cuyo alcaide era D. Diego de Estúñiga, contando también con el apoyo del obispo D. Luis de Acuña y Osorio, pero la falta de acometividad y la inacción del rey portugués permitió que se les adelantasen las tropas del infante D. Fernando de Aragón, esposo de Doña Isabel, que puso cerco al castillo de Burgos, que se rindió en el mes de enero de 1476, después de garantizar a sus defensores que no habría represalias a cambio de la fidelidad de los burgaleses a la reina Isabel, como así ocurrió, pues los Estúñiga se retiraron a sus propiedades de Plasencia y el obispo Acuña, después de un corto destierro, permaneció en su sede episcopal hasta su muerte, ocurrida en el 1495. Su sepulcro se encuentra en el centro de la Capilla de Santa Ana, de la catedral burgalesa, encargada por el  mismo obispo a los escultores Juan y Francisco de Colonia, que la terminaron el 1485.

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El sepulcro está realizado en alabastro, y en él  se ve la figura yacente del obispo vestido de pontifical, con el báculo en la mano y con la  mitra en la cabeza, que descansa sobre dos almohadones delicadamente adornados. Se trata de otra de las geniales obras del escultor burgalés Diego de Siloé, que lo finalizó hacia el año 1520.

Los Reyes Católicos también tomaron bajo su protección a la ciudad de Burgos, en la que fundaron el Consulado del Mar, también conocido como “Universidad de Contratación”, que convirtió la ciudad en el centro económico y administrativo de todo el comercio español con Flandes.

A finales de 1496 llegaron a la ciudad los Reyes Católicos, con el objetivo de preparar la boda del Príncipe de Asturias, su hijo el infante D. Juan de Aragón y Castilla, con la infanta Doña Margarita de Austria, hija del emperador de Alemania, D. Maximiliano I.

La solemne ceremonia de la boda, a la que acudió un nutrido y lujoso séquito, se celebró con gran boato en la Catedral, el 15 de marzo del 1497, festividad del Domingo de Ramos, con tal motivo, por las calles de la ciudad tuvieron lugar numerosas justas, torneos, corridas de toros y otros festejos, que hicieron las delicias de os burgaleses. Sin embargo, el Destino no iba a ser muy generoso con este príncipe, que fallecía en Salamanca, el 4 de octubre de ese  mismo año, cuando sólo contaba 19 años de edad, pasando el título de Príncipe de Asturias a su hermana, Doña Juana de Aragón y Castilla, casada en el 1496 con el hermano de la viuda, D. Felipe de Austria, que falleció en el 1506 en el Palacio de los Condestables de Burgos, durante una visita que ambos realizaron a la ciudad después de ser proclamados reyes de Casilla. Como ya se ha visto, el emperador Carlos V también fue un benefactor de la ciudad castellana, al igual que el resto de los Austria; por ejemplo, Felipe II quiso canonizar al Cid Campeador y el duque de Lerma, válido de Felipe III, realizó importantes reformas en el Castillo burgalés, donde el rey pasó algunas jornadas de descanso; a Felipe IV le regalaron, a petición propia y de su esposa Isabel de Borbón, una de las dieciséis gotas que derramó la imagen del Santo Cristo de Burgos; su hijo, Carlos II, pasó la luna de miel con su primera esposa, María Luisa de Orleans, hospedados en el palacio de los Condestables de Castilla. Con la llegada de la nueva dinastía francesa de los Borbones no se puede decir que Burgos quedase abandonada de los favores reales, pero evidentemente bajaron de intensidad, debido en parte al rígido centralismo impuesto por sus respectivos monarcas y sus gobiernos, y también por el imparable declinar en que iba sumiéndose la ciudad, a falta de actividad, iniciativas y proyectos que la revitalizaran. No obstante, puede decirse, sin riesgo de errar, que no escasearon las visitas a nuestra ciudad, aunque fueran breves y esporádicas, de numerosos y distinguidos miembros de la familia Borbón.

A principios del siglo XIX, Burgos fue de las primeras ciudades españolas que invadieron los ejércitos napoleónicos, en su intentona de apoderarse de la Península, ya en noviembre de1807 se originó un tumultuoso movimiento de protesta, por la carestía de la vida que la presencia francesa había provocado y el 18 de abril del siguiente año tuvo lugar, desde primeras horas de la mañana, un levantamiento popular por las calles de la ciudad, precedente del famoso “2 de Mayo” madrileño, en el que perdieron la vida tres ciudadanos burgaleses (8).

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Antes de que el general Castaños infligiera a los engreídos franceses el 19 de setiembre de 1808 su primer varapalo, muchos paisanos y militares de todas las clases sociales buscaron integrarse en el incipiente ejército español, dispuestos a luchar contra el invasor hasta conseguir su total expulsión del suelo patrio; de Burgos lo hicieron entre otros el Capitán General D. Gregorio de la Cuesta; D. Antonio Valdés y Pardo Bazán, insigne marino burgalés y D. Francisco Fernández de Castro, Marqués de Barriolucio y presidente de la Junta de Burgos, creada en Salas de los Infantes con el firme propósito de combatir la ocupación francesa. El 22 de setiembre del 1808 el Consejo de Castilla proclamaba en Burgos un decreto en el que se anulaba la abdicación que había hecho Fernando VII a favor de Napoleón. Pero, después de la catastrófica batalla de Gamonal, las tropas francesas, esta vez encabezadas por el propio Napoleón, volvieron a ocupar Burgos y sus zonas colindantes, como el Castillo, San Pedro de Cardeña, la Cartuja de Miraflores, el Monasterio de las Huelgas, cometiendo numerosos abusos y tropelías y apoderándose de cuanto se ponía a su alcance. Cerca de seis años permanecieron los franceses como amos y señores de nuestra  ciudad, una dura experiencia para sus habitantes, como refleja el informe realizado por la Junta Municipal en el año 1820, con el restaurado Fernando VII sentado en el trono español: “…en los seis años que constantemente la ocuparon los ejércitos franceses, además de los inmensos daños que consiguientes a la esclavitud sufrió de su tiránico gobierno, fue tal el destrozo de sus edificios que hoy se ve en falta de más de 800 casas, cinco parroquias magníficas y nueve conventos que arruinaron dentro de su casco, sin contar otros muchos que dejaron maltratados y de muy costosa reparación; con los materiales de estos hermosos edificios, fortificaron un hermoso castillo, que existía en la cima de una montaña que domina la ciudad… a costa de los pobres habitantes… que hicieron servir como bestias de carga, para que pusiesen al pie de las fortificaciones los mismos despojos que habían constituido su abrigo y habitación…”.

Las consecuencias de la guerra resultaron nefastas y negativas para la ciudad, dando paso a un largo periodo de escasez, hambre y endeudamiento, provocando el cierre de numerosos comercios, talleres y pequeñas industrias, que tardarán muchos años en recuperarse. Eso sin contar con la destrucción de muchos monumentos y la desaparición de un gran número de obras de arte y archivos municipales, eclesiásticos, militares y civiles. En el mes de setiembre de 1837 Burgos sufrió otra fuerte convulsión, al llegar noticias procedentes del sublevado País Vasco sobre la formación de una poderosa expedición de castigo por tierras de La Rioja y las dos Castillas, cuyo objetivo final era apoderarse de Madrid. Al frente figuraba el Pretendiente D. Carlos V (9), con sus generales Uranga y Zaratiegui, figurando en su Plana Mayor varios burgaleses, como el famoso cura D. Jerónimo Merino, héroe de la pasada Guerra de la Independencia, D. Francisco López Barricón, obispo de Mondoñedo y el brigadier Balmaseda, tristemente célebre por sus crueles y sanguinarias tropelías. De  la defensa de la ciudad se hizo cargo el general Escalera, que ordenó fortificar la parte de la muralla que unía las puertas de San Gil y San Esteban, e instaló baterías de cañones en el Espolón y frente al Palacio de la Audiencia. La expedición carlista no llegó a atacar la ciudad, penetrando en la provincia por Cillaperlata y desviándose hacia Roa, en la que causaron grandes destrozos, dirigiéndose después hacia Lerma, que ocuparon militarmente. El 31 de agosto de 1839 se daba por finalizada la guerra mediante el llamado “Abrazo de Vergara”, entre el general carlista Maroto y el liberal Espartero. Se empezó a recuperar la normalidad y a restañar las numerosas heridas abiertas por la contienda, muchas de ellas aún sangrantes. Burgos no sufrió directamente el impacto bélico, pero sí numerosos pueblos y comarcas de su provincia, a los que se tuvo que ayudar mediante numerosos y cuantiosos empréstitos, subvenciones y donaciones, que dejaron angustiosamente esquilmadas las arcas municipales y los bolsillos de los burgaleses. Incluso la abadesa de las Huelgas participó en dichas ayudas con una generosa y desinteresada aportación.

Burgos, en los comienzos  del siglo XX era una pequeña ciudad provinciana, poco industrializada, con mucha historia pero con poca actividad e impermeable al progreso, en la que dominaban tres estamentos muy bien definidos y consolidados: la Iglesia, el Ejército y la Burguesía comerciante y rural, dentro de estos tres estamentos una élite muy selecta y cerrada, con gran poder económico, dirigía los destinos de la ciudad: el político, el económico y el social, y lo hacía, lógicamente, atendiendo en primer lugar a sus intereses de clase. En consecuencia, predominaba una gran desigualdad social entre sus ciudadanos, de los que prácticamente el 90% vivía en el umbral de la pobreza ó en situaciones extremamente precarias.

A principios de los años treinta el pueblo español obligó a la familia real a abandonar el país, aunque el rey Alfonso XIII se negó a abdicar de su corona. En su lugar se quiso instaurar una república popular ¡pero no pudo ser!. En el treinta y seis se levantaron contra ella una buena parte del Ejército, con la bendición de la Iglesia y la colaboración de la aristocracia, los grandes terratenientes y la alta burguesía, que veían peligrar sus privilegios de casta. La guerra civil estalló con gran carga de odio y de violencia y los españoles empezaron a matarse los unos a los otros. Esta vez Burgos no quedó al margen, sino  que se implicó  completamente, apoyando sin reserva al bando rebelde. Durante tres años se convirtió en la “Capital de la Cruzada”, desde donde se inició el “Glorioso Movimiento Nacional” y desde donde el general Franco, “Caudillo de España por la Gracia de Dios”, dirigió las maniobras de la guerra, instalado en el neogótico Palacio de la Isla, propiedad del banquero D. Juan Muguiro. (10)

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La posguerra fue especialmente dura para los burgaleses, que vieron como se esfumaban los pasados aires de grandeza y en su lugar quedaban unas infraestructuras seriamente dañadas y un espectacular endeudamiento, casi imposible de asumir. A los discursos superfluos, las grandes manifestaciones políticas y religiosas, los ostentosos actos públicos y desfiles militares, les sucedieron el vacío, la escasez, la pobreza……

La actual ciudad de Burgos, la del siglo XXI, es una ciudad moderna, atractiva y monumental a la que vale la pena visitar y conocer. Es verdad que los burgaleses todavía se despiertan con el incesante tañido de las campanas de sus numerosas iglesias y conventos, que les invitan al recogimiento y la oración. Pero sus calles, perfectamente urbanizadas, invitan al paseo y se llenan de gente alegre, acogedora y activa, dispuesta a pasarlo bien y disfrutar de los pequeños placeres que hacen la vida más agradable.

Dispone igualmente de unas amplias y cuidadas zonas verdes, en las que se puede pasear plácidamente, disfrutar de una acogedora sombra, entrar en contacto con la naturaleza y olvidarse momentáneamente del fragor del ajetreo urbano. Además del ya citado Paseo de la Isla, se puede visitar el vetusto Parral, donde cada año tiene lugar la popular fiesta burgalesa del Curpillos; el de la Quinta, a lo largo del margen izquierdo del Arlanzón, que se completa con los de la Fuente del Prior y Fuentes Blancas, a los que durante los meses estivales acuden numerosas familias burgalesas a disfrutar de una auténtica jornada campestre.

Desde fechas cercanas, a los innumerables atractivos monumentales y arquitectónicos de la ciudad, hay que añadir los nuevos y modernos equipamientos que configuran el Complejo de la Evolución Humana, integrado por el Museo de la Evolución Humana, el Auditorio y el Palacio de Exposiciones y Congresos, un extraordinario proyecto llevado a buen fin por La Junta de Castilla y León, el Ayuntamiento y la Diputación burgalesas, que constituye un valioso impulso a la actividad cultural y científica de Burgos, que ha alcanzado, además, una gran proyección mundial.

La gastronomía burgalesa es otro de los agradables atractivos que Burgos ofrece a sus visitantes, basada en una cocina tradicional que utiliza como base productos propios de gran calidad, muy típicos de esta tierra, como pueden ser el cerdo, el cordero, el queso, la morcilla, el vino, las famosas alubias rojas de Ibeas, que se pueden saborear en numerosos restaurantes y casas de comidas, para todos los gustos y bolsillos. Además de esta cocina tradicional, también se puede disfrutar de una nueva cocina, moderna y creativa, en la que destaca la gran variedad de tapas y de pinchos, que aportan nuevos ingredientes, nuevos sabores y mucha creatividad en su presentación. El “tapeo” es un auténtico deporte gastronómico que se puede practicar en todo el centro histórico de Burgos, como la Plaza Mayor, la famosa calle de San Lorenzo ó de los Herreros y las aledañas como la Paloma, la Flora, Avellanos, San Juan, la Puebla o la plaza de la Libertad. Durante las Fiestas Patronales de San Pedro, se celebra la feria “De tapas por Burgos”, en la que los taberneros burgaleses ofrecen a sus clientes nuevas e imaginativas propuestas de tapas y pinchos, tanto fríos como calientes, acompañadas del rico vino de la Ribera del Duero, y a un precio fijo y asequible, que deja muy satisfecha a la numerosa clientela.

En el mes de mayo del 2008, promovido por el Instituto Municipal de Cultura y Turismo del Ayuntamiento burgalés, se empezó a celebrar, con inusitado éxito, la Noche Blanca de Burgos, una celebración cultural y de ocio, abierta a todos los burgaleses, con numerosos espacios públicos y cerrados como escenario, en los que tienen lugar variadas y originales manifestaciones artísticas de todo tipo. La sugerente oferta hostelera, que se mantiene toda la noche, con una gran afluencia de animados ciudadanos, contribuye a que estas noches se hagan inolvidables.

Una visita a la ciudad de Burgos producirá siempre buenas sensaciones y dejará agradables recuerdos en el visitante, tal es la profusión de sus atractivos turísticos. 

NOTAS 

  • Vicente Genaro de Quesada, que recibió seis heridas en dicha batalla, era un cubano hijo de españoles, que ya había participado en el Levantamiento del 2 de Mayo en Madrid. La Guardia Walona, o Guardias Españolas de Infantería, se encontraba de guarnición en Burgos. Con Fernando VII fue Gobernador de Santander.
  • El alcalde de Burgos era D. Javier Lacalle, del Partido Popular.
  • La poderosa familia de los Banu Qasi dominaban Navarra y parte de La Rioja.
  • Cornudilla es un pequeño pueblo de La Bureba, que pertenecía al Monasterio de San Salvador de Oña.
  • El palacio donde residían los Condes parece que se encontraba en el solar donde actualmente se encuentra el Monumento a Fernán González.
  • Actualmente su sepulcro se encuentra en la iglesia gótica de San Lesmes, que se levantó en el siglo XIV, sobre los restos de la primitiva iglesia, enfrente del Hospital de San Juan
  • Datos extraídos de “Memorias de una burgalesa” de Mª Cruz Ebro.
  • Ver “El 2 de Mayo Burgalés” de D. Eloy García de Quevedo, ronista de la ciudad.
  • Se trata del infante D. Carlos María Isidro de Borbón, hermano de Fernando VII.
  • Actualmente se encuentra el Instituto Castellano y Leonés de la lengua

Autor Paco Blanco, Barcelona, enero 2017

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POR LA CUENCA DEL ARLANZÓN: SAN PEDRO DE CARDEÑA. -Por Francisco Blanco-.

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Los orígenes de la actual Castrillo del Val, localidad ribereña del Arlanzón donde se ubica el Monasterio, corresponden a los primeros años de la repoblación del Condado de Castilla. Uno de sus fundadores fue Munio Romaniz, cuyo apellido tiene raíz vasca, y su mujer Fronilda, que cedieron terrenos al Monasterio en tiempos del abad Gómez.

Resulta también evidente la presencia humana por estas tierras desde la Edad de Piedra, como demuestran los últimos descubrimientos arqueológicos realizados en Castrillo del Val y los pueblos cercanos de Cardeña y Cardeñajimeno, a unos 10 kilómetros de la capital burgalesa. Dicha presencia sea posiblemente debida a la abundancia en la zona del agua y la pesca y también de la caza. Esta evidencia resulta reforzada por la cercanía del yacimiento de Atapuerca.

Sobre los orígenes fundacionales del Monasterio no existen demasiados datos fidedignos y sí muchas teorías más o menos fundamentadas y documentadas. Una de ellas apunta la posibilidad de que fueran los visigodos, que también estuvieron en estas tierras, dejando entre otros recuerdos la Ermita de Santa María de las Viñas.

Pero tal vez la fuente más fidedigna que existe sobre los orígenes de Cardeña sea el “Becerro Gótico de Cardeña”, un Cartulario fechado entre los años 899 y 1085, que contiene 372 documentos, de los cuales tan sólo uno se refiere al siglo X, 161 al siglo XI y el resto no están fechados. Son documentos breves, en los que se consignan donaciones a favor del Monasterio, compras y permutas con otros monasterios y también con particulares, incluyendo también trueques, litigios y pactos jurisdiccionales (1).

Coincidiendo con el “Cronicón de Cardeña” y los “Anales Compostelanos”, el historiador burgalés Fray Francisco de Berganza, que fuera Abad del Monasterio durante los primeros años del siglo XVIII (2), afirma que se fundó, por orden del rey Alfonso III de Asturias, en el año 899, tres años más tarde, en el 902, está documentada una donación de tierras hecha al Monasterio por D. Gonzalo Téllez, conde de Lantarón y de Cerezo, y su esposa Doña Flámula, por lo que se les puede considerar como sus verdaderos fundadores. El Conde contó siempre con la confianza de Alfonso III, el último rey de Asturias, que le nombró conde de Cerezo y Lantarón en el año 897, extendiéndose sus dominios desde la ribera del Nervión hasta la Sierra de la Demanda, también aparece como conde de Castilla entre el 901 y el 904. El Conde falleció sin descendencia en el añ0 915 y, posiblemente poco antes de morir, hizo la cesión al Monasterio de Cardeña de un lugarejo llamado Cotar, situado en el valle del río Vena, un afluente del Arlanzón. Finalmente su viuda Flámula, para honrar la memoria de su difunto esposo, en el año 929 donó al Monasterio la villa de Pedernales, lugar de nacimiento del Conde, que corresponde a la actual Villagonzalo de Pedernales.

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Del primitivo templo románico queda en pie la conocida como Torre del Cid ó Torre de Doña Jimena, levantada entre las postrimerías del siglo X y los comienzos del XI. Esta torre defensiva quedó adosada al nuevo templo gótico y para acceder a sus pisos superiores se  construyó una escalera de caracol de gran belleza arquitectónica; en el siglo XV se le incorporó un cuarto cuerpo en el que se instaló el campanario, rematado por cuatro pináculos góticos decorados con gárgolas y un escudo del Monasterio. En la parte baja de la torre, sobre todo en las columnas y los capiteles de sus ventanas, todavía se pueden apreciar algunos elementos de carácter simbólico con motivos animales y vegetales, utilizados en el arte visigótico.

El nombre de la Torre rememora la estancia en ella de Doña Jimena, esposa del Cid, que vivió acompañada de sus dos hijas, María y Cristina, mientras duró el destierro de su esposo D. Rodrigo, expulsado de Castilla por el rey Alfonso VI; desde sus ventanas saeteras, Doña Jimena oteaba diariamente el horizonte con la esperanza de ver regresar al desterrado. Esto ocurría en la segunda mitad del siglo XI, siendo San Sisebuto abad del Monasterio (3), que para entonces ya se había convertido en un importante foco de cultura, con gran poder tanto económico como político, además de jurisdiccionalmente independiente. Los monjes amanuenses de  su famoso “Scriptorium Caradignense” elaboraron numerosos manuscritos, como la “Regla de San Benito”, “Los Diálogos” y “Los Morales”, de S. Gregorio Magno, aunque tal vez los más famosos sean “El Beato de Cardeña”, obra del siglo XI y “La Biblia de Burgos” del siglo XII, verdaderas obras de arte, bella y profusamente decorados, escritos con artísticas letras azul y oro; se elaboraron otros muchos “Códices”, que contribuyeron a difundir la cultura religiosa y literaria durante toda la Edad Media.

Abderramán III, primer Califa omeya del Al-Andalus, fue un verdadero “Señor de la Guerra”, el Califato de Córdoba se convirtió, bajo su impulso, en una de las potencias militares más poderosas y temibles de la época. Sus favoritas y principales víctimas lógicamente fueron los reinos cristianos de la península. De sus incursiones de saqueo, castigo y conquista no se libraron ni los Condados catalanes, ni Aragón, Navarra, La Rioja, Extremadura, Galicia ni, por supuesto, el Condado de Castilla, por cuyas tierras se internó en más de una ocasión, hasta que en el año 939 fue derrotado en la famosa batalla de Simancas por una coalición cristiana encabezada por el rey de León Ramiro II. Esta victoria cristiana abrió paso a un periodo de relativa tranquilidad que permitió afianzar y reforzar las fronteras cristianas al norte del Duero.

Cinco años antes, en el 934, Abderramán había encabezado una dura campaña de castigo que asoló Navarra, La Rioja y Álava, penetrando después en Burgos hasta llegar a Clunia, Huerta del Rey y Osma, en la actual provincia de Soria.

Aunque los datos documentales existentes no son demasiado fiables, parece ser que fue durante el transcurso de esta expedición, en el mes de agosto, cuando Abderramán y sus huestes saquearon y quemaron el Monasterio cisterciense de Cardeña, asesinando despiadadamente a sus 200 monjes, después de haberles martirizado.

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Los Santos Mártires, cuyos restos fueron enterrados en el claustro del Monasterio, fueron canonizados en el 1603 por Clemente VIII. A partir de su canonización, en torno a los Santos Mártires se va a producir una gran devoción y una enorme demanda de reliquias, al tiempo que comienza a difundirse la fama del Monasterio, que empieza a recibir la visita de numerosos devotos y peregrinos, que llegan a depositar sus exvotos y adquirir sus reliquias. Felipe III de España, también conocido como el Rey Piadoso y su esposa Doña Margarita de Austria, fueron fieles devotos de los Santos Mártires, acudiendo en más de una ocasión a visitar el Monasterio. Precisamente durante su reinado, siendo Abad D. Gaspar de Medina, los 200 monjes fueron canonizados.

Sobre esta trágica y célebre matanza se extendió la leyenda de que, cada aniversario del suceso, las losas del claustro donde fueron enterrados los monjes inmolados aparecían cubiertas de sangre, como prueba de que el dolor causado seguía vivo en la memoria del Monasterio. La sangre dejó de aparecer en el año 1492, coincidiendo con la total expulsión de los moros del territorio español por los Reyes Católicos.

La matanza de los 200 monjes ha sido también objeto de polémica entre diferentes historiadores, especialmente sobre la fecha del suceso y también sobre el número de monjes asesinados. Sánchez Albornoz mantiene la fecha del 934 como la más probable y en cuanto al número, resulta muy plausible pensar que las noticias de la razzia de Abderramán por las tierras vecinas indujera a muchos anacoretas que habitaban por los alrededores a buscar refugio seguro en el recinto monacal (4).

Gracias a los favores y privilegios concedidos por Condes y Reyes, el dominio abacial no dejó de crecer geográficamente, de norte a sur entre las márgenes del Ebro y el Duero y también por las estribaciones de la Cordillera Ibérica, teniendo como eje el curso del río Arlanzón. El territorio sobre el que ejercía jurisdicción Cardeña llegó a estar integrado por 76 villas y lugares.

 Uno de los grandes favorecedores del Monasterio fue García Fernández “El de las Manos Blancas”, hijo de Fernán González y Conde independiente de Castilla, quien en el año 972 marcó los primeros términos jurisdiccionales  del Monasterio, dotándole de fueros y privilegios; a su muerte, ocurrida en el año 995 en Medinaceli mientras era prisionero de Almanzor, sus restos fueron recuperados por su hijo Sancho García y enterrados en el Monasterio. En uno de los manuscritos encontrados figuraba la siguiente leyenda: “…fue preso e lanceado, e al quinto día fue muerto e levaron moros a Córdoba e después traxerónle a este Monasterio…”.

Otro personaje íntimamente ligado con la historia de Cardeña es el Cid Campeador, que partió de allí en el año 1081, camino del destierro, dejando a su mujer Jimena y sus hijas al cuidado de los monjes. El Cid murió en Valencia el año 1099. Tres años después, en mayo del 1102, sus restos, acompañados por Doña Jimena y escoltados por sus huestes, llegaron a Cardeña, donde fueron inhumados de nuevo, depositándose en la capilla de San Sisebuto.

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En el año 1735 en el lado derecho de la iglesia se construyó una capilla barroca, llamada del Cid,  en cuyo centro se instaló el doble sepulcro del Cid y Doña Jimena, fallecida hacia el año 1116 y enterrada igualmente el Monasterio. Este sepulcro, formado por las estatuas yacentes de los  dos esposos, fue construido en el siglo XVI. Durante la invasión napoleónica su tumba fue profanada y expoliada, trasladándose algunos restos al Paseo del Espolón. En 1840, recogidos en una urna, fueron trasladados a una dependencia de la Casa Consistorial de Burgos, allí permanecieron hasta que, en el 1921, los restos de ambos fueron solemnemente depositados  bajo una gran losa en el crucero central de la catedral de Burgos.

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La iglesia actual, de sobria fachada gótica, construida con piedra de sillería procedente de la cercana cantera de Hontoria, se construyó en el siglo XV sobre los restos de la primitiva iglesia románica. Consta de tres naves, adosándose posteriormente una capilla barroca, conocida como la  Capilla del Cid ó Capilla de los Héroes, pues en ella se encuentran 29 nichos con inscripciones de descendientes del Campeador y otros personajes históricos. Popularmente a esta capilla se la conocía como “El Escorial Burgalés”, debido a que entre los parientes del Cid figuran varios monarcas. Su interior resulta igualmente de gran sobriedad, destacando sus cinco ventanales góticos y los cuatro pilares de gran diámetro, de los que arrancan las nervaduras de los arcos, en cuyas dovelas aparecen escudos policromados.

Al fondo de una gran explanada, por cuyo lado derecho se deslizan las aguas del Arlanzón, se divisa la monumental fachada de entrada al Monasterio, con un gran portalón en el centro, sobre el que destaca la estatua barroca en piedra policromada del Cid “matamoros”, flanqueada por los escudos del Monasterio y Castilla y León.

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En el lado izquierdo de esta explanada se puede contemplar un monumento funerario levantado en homenaje a “Babieca”, famoso caballo del Cid que, según el “Cantar del mío Cid”, transportó el cadáver de su amo desde Valencia a Cardeña, donde murió un año después sin que nadie volviera a montarlo, siendo enterrado muy cerca de donde descansaban los restos de su amo. Unas excavaciones realizadas en el año 1949 no hallaron ningún tipo de restos.

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La vida monacal de Cardeña se vio interrumpida en 1836, como consecuencia de las leyes de exclaustración y desamortización dictadas por Mendizábal, quedando abandonado y dedicado a un sinfín de actividades que le causaron una importante degradación arquitectónica, a pesar de que hubo, en 1862, 1880 y 1901 algunos intentos de recuperarlo para el culto por parte de los benedictinos y los escolapios que no tuvieron resultado. En el 1905 se establecieron un grupo de capuchinos franceses que lo abandonaron en el 1921. En 1931 la República lo declaró Bien de Interés Cultural, incluyéndole en el Tesoro Artístico Nacional y en el 1933 llega un grupo de monjes cistercienses procedentes del cercano Monasterio palentino de San Isidro de Dueñas, aunque la actividad religiosa de la nueva comunidad se vio interrumpida en 1936, como consecuencia del estallido de la Guerra Civil. Hasta 1940 fue utilizado como campo de concentración de los prisioneros del ejército franquista.

Finalmente, en abril de 1942 regresaron los monjes palentinos del Monasterio de San Isidro de Dueñas, recuperando la categoría de priorato dependiente de la Abadía de Nuestra Señora de los Mártires y reanudando la vida monacal bajo la Regla de S. Benito de Nursia, dentro de la “Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia”. Unos años más tarde, en 1945 la comunidad cisterciense vuelve a ser Abadía y a tener un nuevo Abad en la persona de D. Jesús Álvarez Álvarez.

La vida de los monjes volvió a recuperar su tradicional tranquilidad, cumpliendo con su lema de “Ora et Labora”, dedicados a la oración, la explotación agrícola de sus ricas huertas y la elaboración en su antiquísima bodega de un excelente vino tinto de crianza, llamado “Valdevegón” , además del “Tizona”, famoso licor elaborado mediante la lenta maceración de hierbas autóctonas. Cuentan también con una sobria y tranquila Hospedería que dispone de 24 habitaciones, donde los viajeros amantes de la paz y la soledad podrán encontrar descanso para el cuerpo y relajación para el espíritu.

En enero de 1967 los 32 monjes del Monasterio, con su abad a la cabeza, tuvieron que luchar denodadamente contra un devastador incendio que se declaró en la techumbre, destruyéndola parcialmente, para ayudar a sofocarlo contaron con la ayuda de los bomberos de Burgos del Monasterio y de cinco camiones con soldados del Regimiento de Infantería San Marcial, que consiguieron extinguirlo por completo. Actualmente dicha techumbre está totalmente restaurada.

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NOTAS 

  • Véase la obra del P. Luciano Serrano “Fuentes para la Historia de Castilla” Tomo III (Valladolid 1910)
  • Fray Francisco de Berganza (1663-1738) era natural de Santibañez-Zarzaguda y escribió “Crónica del Real Monasterio de Cardeña”. Fue Abad del Monasterio durante doce años.
  • En el Poema del “Mío Cid” San Sisebuto, muerto en el 1086, aparece como el abad Sancho.
  • Sobre el tema se puede consultar a Claudio Sánchez Albornoz “Despoblación y repoblación del valle del Duero” y al burgalés Ismael García Rámila “Los Mártires de Cardeña”.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2016

POR LA RUTA DE LA LANA. CLUNIA. —Por Francisco Blanco—.

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La primitiva Clunia era una ciudad celtíbera de los arévacos, situada en el Alto de Castro, a más de mil metros de altitud y protegida por una muralla defensiva, muy próxima al cauce del río Arandilla, afluente del Duero. En la actualidad, sus restos forman parte del  término municipal de Peñalba de Castro, integrado en “La Ruta de la Lana”. Visitar sus importantes restos arqueológicos, que ocupan una extensión aproximada de 130 hectáreas,  puede resultar una grata experiencia para el viajero que se pasee por ellos. Se sitúan entre Coruña del Conde y Huerta del Rey, en la carretera de Aranda de Duero a Salas de los Infantes, a 91 km. de la capital burgalesa.

La ciudad arévaca fue destruida por Pompeyo en el año 72 a. C. tras más de 20 años de cercos y asedios por parte de diferentes caudillos romanos, siendo el escenario de los civiles enfrentamientos entre Pompeyo y Quinto Sertorio. También sufrió acosos por parte de Metelo, en su enfrentamiento con los vacceos, aliados de los arévacos, dentro del contexto de las Guerras Celtibéricas. Años después fue refundada por el emperador Tiberio, pasando a formar parte de la provincia romana “Hispania Citerior Tarraconensis”, convirtiéndose,  poco después, en la capital del “Conventus Juridicus Cluniensus”, alcanzando gran importancia como ciudad, en la que se instaló una Ceca en la que se llegaron a acuñar “ases, semises y dupondios”, monedas fraccionarias de la época en las que aparecía la efigie del emperador Tiberio. Su máximo esplendor llegó con la presencia de Servio Sulpicio Galba, que se había rebelado contra el emperador Nerón. Cuando Galba tuvo conocimiento de la muerte de Nerón, en el año 68 del siglo I, se auto coronó emperador, convirtiéndose Clunia en la capital del Imperio. A partir de aquí se llamó “Colonia Clunia Sulpicia”. Galba fue asesinado en el Senado Romano en enero del año 69, dejando el imperio sumido en una desastrosa guerra civil. En los años siguientes de la dominación romana el esplendor de Clunia todavía se mantuvo durante los dos primeros siglos de la Era Cristiana, llegando a tener alrededor de 30.000 habitantes, convirtiéndose en “Conventus”, centro administrativo, jurídico y religioso de un amplio territorio, dotado de importantes vías de comunicación, que comprendía la cuenca alta del Ebro hasta el Cantábrico y las cuencas alta y media del Duero. Asimismo, estaba dotada de Teatro, Termas, Foro, otros edificios públicos y numerosas casas señoriales, decoradas con hermosos mosaicos y de gran  solidez arquitectónica.

Su importancia empieza a decrecer a partir de los siglos III y IV, coincidiendo con la paulatina decadencia del Imperio Romano de Occidente y la aparición de los francos en la península, que llegaron a saquearla e incendiarla. La Ceca ó fábrica de moneda desaparece y la arquitectura urbana empieza a decaer y degradarse, aunque sigue conservando la capitalidad del “Conventus” hasta que los visigodos, ya instalados en Toledo, su capital, fundan una sede episcopal en la cercana ciudad de Uxama Argaela, también de origen celtibérico, que se corresponde con la actual ciudad soriana del Burgo de Osma (1).

La invasión de la península por parte de los árabes provocó, en el año 713, una nueva destrucción de la ciudad cluniacense, esta vez a cargo del general bereber Tarik ibn Ziyad, de la que ya no se recuperó. Durante la segunda mitad del siglo VIII, según la “Crónica de Alfonso III”, el rey de Asturias, Alfonso I, arrebató numerosas plazas a los árabes, entre ellas Mave, Amaya, Oca, Miranda, Revenga, Osma y Clunia, provocando al mismo tiempo, en la cuenca septentrional del Duero, una amplia franja semi-desértica o tierra de nadie, conocida como los “Campos Góticos, que se convirtió en la frontera entre el reino musulmán de los Omeyas y el emergente Condado de Castilla.

Según los “Anales Castellanos Primeros”, en el año 912, fue repoblada, junto a Aza y San Esteban de Gormaz, por el Conde burgalés Gonzalo Fernández (2), que desplazó su emplazamiento hasta la actual Coruña del Conde, donde todavía se encuentran numerosos restos de la antigua ciudad romana, convirtiéndose poco después en la cabeza del Alfoz de Clunia. A finales del siglo X, tras la “profiliación” de Espeja por el conde García Fernández y su esposa Doña Aba, el Alfoz de Clunia se convirtió en el más extenso de Condado de Castilla, abarcando un territorio que llegaba desde el Arlanza hasta el Duero. En el año 994 el caudillo árabe Almanzor se apoderó de las plazas de Clunia y San Esteban de Gormaz, que fueron recuperadas después de su muerte por el conde Sancho García, hijo de García Fernández.

En las ya abandonadas ruinas de la primitiva Clunia se mantuvo en pie, aunque ya bastante deteriorada, la ermita de Nuestra Señora de Castro, con una hospedería anexa, levantada sobre los restos de las antiguas construcciones romanas. Se trata de un pequeño templo de estilo románico, muy sencillo, posiblemente construido en el siglo XI durante la repoblación de que fue objeto Clunia por parte del Conde de Castilla Sancho García, nieto de Fernán González y bisnieto de Gonzalo Fernández. La fachada principal está formada por tres arcos de medio punto, que sirven de soportal. En el interior destaca un retablo barroco del siglo XVIII, en cuyo centro se encuentra una talla del siglo XII representando la Virgen con el Niño, éste de pie sobre sus rodillas, en lugar de sentado como es lo habitual. El retablo fue una donación de los jerónimos de Espeja en el año 1718 (5). También se encuentra en el Altar mayor la imagen de Santo Domingo de Guzmán, gran devoto de la Virgen, que visitó la ermita en varias ocasiones mientras fue Canónigo Regular de la catedral de Osma.  Actualmente la talla original de la Virgen y el  Niño se encuentra en la iglesia de Peñalba de Castro.

En los siglos XVI y XVIII fue objeto de importantes restauraciones, lo que motivó el aumento del culto y devoción a la Virgen. En el año 1989 se derribó la hospedería, quedando en pie la ermita, aunque su estado es de gran deterioro. No obstante, el culto a la Virgen continua vivo en la comarca. Cada año se organiza una popular y devota romería, que se encamina en procesión a rendir culto a su Virgen del Castro.

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Resulta casi increíble de creer, pero los valiosos restos de la ciudad cluniacense estuvieron abandonados durante varios siglos, a merced de toda clase de depredadores. Las primeras tareas de investigación y excavación de estas importantes y valiosas ruinas del Alto del Castro no tienen lugar hasta mediados del siglo XVIII, corriendo a cargo del canónigo del Burgo de Osma D. Juan Loperráez, que empieza a localizar los abundantes restos dispersos por los pueblos de alrededor, en especial las piedras de la desaparecida muralla, que se utilizaron para construir diferentes edificios privados y también religiosos, principalmente en la cercana Peñalba de Castro. También comienza las excavaciones del lugar donde se levantaba el teatro romano, del que traza un detallado plano.

Pero es en el año 1931 cuando Blas Taracena (3) inicia unas metódicas excavaciones del lugar, que duran hasta 1934, fecha en que las ruinas son declaradas Monumento Nacional y el Estado se hace cargo de su cuidado y conservación, pasando a depender de la Comisaría del Patrimonio Artístico y Cultural.

Desde el año 1958 es la Diputación Provincial de Burgos la que se hace cargo de los trabajos de excavación, bajo la dirección del Arqueólogo D. Pedro de Palol (4). Esta etapa dura hasta 1995 y en ella quedaron visibles los yacimientos del Foro, las Termas, el Edificio Flavio, la Casa nº 3 y parte del Teatro.

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A partir de esta fecha, los trabajos continúan a cargo de la Diputación burgalesa, que se hace con la propiedad del Yacimiento, procediendo a vallarlo y crear una infraestructura adecuada para la investigación y conservación del mismo, basado en un Plan Director redactado por la Junta de Castilla y León. En el 2009 se crea el “Consorcio Parque Arqueológico Ciudad Romana de Clunia”, que es quien actualmente gestiona el funcionamiento del Yacimiento.

Muchos restos escultóricos, así como gran cantidad de monedas, objetos de cerámica y documentos epigráficos se conservan en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid y también en el de Burgos.

NOTAS 

  • En 1788 se publicó la obra de Juan Loperráez “Descripción Histórica del Obispado de Osma”
  • Gonzalo Fernández, conde de Burgos, era el padre de Fernán González. Por las mismas fechas, Osma fue repoblada por Gonzalo Téllez, Conde de Lantarón y de Cerezo.
  • Blas Taracena es un reputado arqueólogo soriano, nacido en 1895, director del Museo Numantino de Soria y también del Museo Arqueológico Nacional.
  • Pedro de Palol, Catedrático de Arqueología de la Universidad de Barcelona y Director del Servicio de Investigaciones Arqueológicas de la Diputación de Burgos.
  • El Monasterio jerónimo de Espeja en Soria fue fundado en 1403, pasando en el 1525 a ser propiedad de la Casa de Avellaneda. Fue abandonado en 1809, durante la Guerra de la Independencia, desapareciendo definitivamente durante la desamortización de Madoz.

Autor:  Paco Blanco, Barcelona octubre 2016

MAQUETA DEL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE RIOSECO. -Por Fernando de Miguel Hombría-.

EL MONASTERIO. (Pulsa)

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CASTROJERIZ Y EL CONVENTO DE SAN ANTÓN. —Por Francisco Blanco-.

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El Camino de Santiago discurre nada menos que durante 112 kilómetros por tierras burgalesas, por caminos y veredas que atraviesan viejos pueblos con mucha historia  que, con frecuencia, retrotraen al viajero a la época medieval de las grandes peregrinaciones que, desde toda Europa, se dirigían a visitar la tumba de Santiago, hallada en tierras gallegas. La villa burgalesa de Castrojeriz era, y sigue siendo, un paso obligado para los millones de peregrinos que hacen la Ruta Jacobea y que se ven obligados a atravesar el pueblo por su calle mayor, con una longitud de kilómetro y medio, aproximadamente. Pero para los que se decidan a visitarlo un poco detenidamente, el pequeño esfuerzo habrá merecido la pena, pues Castrojeriz es un pueblo cargado de arte y de historia y ofrece muchos atractivos a sus visitantes.

Pero mucho antes de que aparecieran los peregrinos por sus calles, estuvo habitado por el pueblo celtíbero de los vacceos, que estuvieron instalados en el centro de la Meseta Norte, ocupando territorios que actualmente corresponden a las provincias de Valladolid, León, Zamora, Salamanca, Segovia, Palencia y Burgos, lo que representaba, aproximadamente, el cincuenta por ciento de la superficie actual de Castilla-León, incluida la totalidad de la fértil “Tierra de Campos”.

Sus fronteras con los astures eran los ríos Cea y Esla, mientras que el Pisuerga los separaba de los belicosos cántabros, por los que fueron invadidos en más de una ocasión; el burgalés río Arlanza, hasta su unión con el Pisuerga, los separaba por el sur de los turmogos y los arévacos, otras dos tribus celtíberas. Asentamientos importantes fueron Rauda, (Roa de Duero, en la provincia de Burgos); Colenda y Coura, (Cuéllar y Coca en Segovia); Nivaria (Matapozuelos) y Tordesillas en Valladolid; Arbucala (Toro), en Zamora y Helmántica, (Salamanca). Su actividad principal fue la agricultura, adquiriendo gran desarrollo el cultivo del trigo y la cebada.

Los  vacceos se instalaron en la meseta hacia el siglo VI a. C. y fueron el pueblo celtíbero que mayor resistencia opuso a la ocupación  romana, aunque anteriormente habían sido invadidos por los cartagineses. Según el historiador Polibio, Aníbal conquistó Salamanca y Toro en el año 250 a. C.

El dominio romano no se consolidó hasta los tiempos del Emperador Octavio Augusto, en el año 29 a. C.

En Castrojeriz todavía quedan vestigios de los vacceos en el Cerro del Castillo, que domina el pueblo desde sus 900 metros de altitud. Fue fortificado por los romanos para defenderse de las incursiones de los belicosos cántabros, convirtiéndose el pueblo en un importante cruce de caminos, llamado Castrum Caesar.

Durante la época visigoda el poblado pasó a llamarse Castrum Sigerici, origen del actual nombre de Castrojeriz.

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La invasión musulmana de la península Ibérica, que se inicio en el año 711, se extendió rápidamente por todo el reino visigodo, provocando la despoblación de buena parte de la meseta central y la desertización de muchos territorios, a los que se les conoció como los “Campos Góticos”. Mucho más lenta fue la repoblación de estos territorios desertizados, que comenzó por las montañas cántabras y vascongadas, con los llamados “foramontanos”, aunque, por el sur, también se incorporaron numerosos grupos de cristianos que no quisieron integrarse en el Islám, conocidos como los “mozárabes”.

Hacia el año 884, procedente de Amaya, el conde Munio Núñez  recupera la plaza fuerte de Castrojeriz, emprendiendo de inmediato la reconstrucción de la ya semiderruida fortaleza romana, de la que aprovechó las murallas. El nuevo castillo, defendido por foso y barbacana, sufrió numerosos acosos sarracenos, debido a su estratégica posición, aunque también jugó un importante papel en los enfrentamientos que mantuvieron durante el siglo XII el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador, con su esposa Doña Urraca I de León y Castilla, la hija de Alfonso VI, en los que estuvo en juego, precisamente, la independencia de ambos reinos. Fue reconstruido en varias ocasiones durante los siglos XIV y XV, empezando a perder valor estratégico a medida que las fronteras musulmanas iban retrocediendo hacia el sur. En el año 1755 se vio seriamente afectado por el terremoto de Lisboa. Actualmente sus ruinas se han consolidado y pueden ser visitadas.

Siguiendo con la historia, en el año 974 el conde castellano García Fernández, el de las “Manos Blancas”, concedía fueros a la villa, conocidos como el “Fuero de la Caballería Villana”, en el que se propiciaba la creación de milicias populares para facilitar la defensa y la repoblación de los nuevos alfoces, obligándolas a mantener un armamento completo y en buen estado de revista, siempre listo para entrar en combate y frenar las aceifas árabes; además, al villano que poseyese una cabalgadura, se le permitía luchar al lado de los infanzones, que poseían el título de caballero, en un plano de total igualdad. Este fuero, que fue el primero que se concedió en Castilla, sirvió de pauta para los fueros posteriores.

En el 1131, el rey Alfonso VII, que se llamaba a sí mismo “El Emperador”, que también fue el impulsor de la fundación del cercano Monasterio de San Antón, incorpora definitivamente Castrojeriz a la corona de Castilla.

Ya en el siglo XV, Castrojeriz pasó a ser feudo de D. Diego Giménez de Sandoval, siendo rey de Castilla D. Enrique IV, también conocido como “El Impotente”, que le nombró Conde de Castrojeriz, aunque las buenas relaciones entre ambos se acabaron a partir de la batalla de Olmedo, en la que los castellanos derrotaron a los rebeldes Infantes de Aragón, que estaban obstinados en apoderarse de Castilla. Este noble castellano casó con doña Beatriz de Avellaneda, otra noble burgalesa, hija del señor de Gumiel de Izán y, posteriormente, este linaje se unió con los Manrique de Lara, descendientes de los Lara que siglos antes fundaran el Condado de Castilla.

El esplendor y la riqueza de Castrojeriz fue creciendo, sin duda, a medida que se consolidaba el Camino de Santiago, e iba progresivamente aumentando el número de peregrinos que se dirigían a visitar el sepulcro del Apóstol, y que tenían que atravesar el pueblo por su calle principal, conocida como “Calle Real”.

Antes de empezar a cruzarla, el visitante, sea o no peregrino, podrá admirar la colegiata de Nuestra Señora del Manzano, un templo del siglo XIII, cuyo estilo marca la transición del románico al gótico. Fue construida en el año 1214, a la muerte del rey D. Alfonso VIII, por su hija la infanta de Castilla, Doña Berenguela, que llegó a ser, tan sólo por un día, reina de Castilla y León, cediendo el trono a su hijo San Fernando.

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La colegiata primitiva constaba de una sola planta con tres naves con capillas laterales, sufriendo importantes reformas a los largo de los siglos siguientes, que llegaron hasta mediados del siglo XVIII, afectando tanto al exterior como al interior del templo. Lo más destacado de su interior es el retablo mayor, de estilo barroco, mandado construir en el año 1760 bajo la protección de los condes de Ribadavia. En él se pueden admirar magníficas representaciones de la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento de Cristo, la Presentación del Niño en el templo, el Niño entre los doctores y San Juan Bautista, realizadas por los más prestigiosos maestros pintores barrocos del momento, como Rafael Mengs, Francisco Bayeu y Salvador Maella. También, en una capilla, se encuentra la imagen de Nuestra Señora del Manzano, magnífica talla del siglo XIII, hecha en piedra policromada. En el baptisterio se halla un sepulcro gótico con los restos de Doña Leonor de Castilla, hija de los reyes de Castilla Fernando IV y Constanza de Portugal, que fuera  reina consorte de Aragón por su matrimonio con el rey Alfonso IV de Aragón. Fue encarcelada y ajusticiada en el castillo de Castrojeriz en el 1358,  por orden de su sobrino, el rey de Castilla Pedro I el Cruel

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Entrando por la calle mayor, el viajero se encontrará con la iglesia parroquial de Santo Domingo, perteneciente al arciprestazgo de Amaya. Se trata de un templo gótico con elementos platerescos, como su portada del siglo XVI. Su retablo mayor fue instalado en el siglo XVIII y es de estilo neoclásico. Actualmente se ha convertido en el “Centro de Interpretación Jacobeus”, dedicado al estudio y divulgación de la historia del “Camino de Santiago.

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También en la calle mayor se levanta la iglesia de San Juan, que es el patrono de la villa. Se trata de un templo-fortaleza construido entre los siglos XIII y XVI, en el que conviven el románico, el gótico y el plateresco. De su homogéneo conjunto destaca la esbelta torre militar de cinco cuerpos, rematada por otros cinco pináculos. En su interior, de tres espléndidas naves con crucero, sorprende el artesonado mudéjar y son igualmente de destacar una serie de tapices, ejecutados a partir de cartones pintados por Rubens, que fueron robados por los años setenta del pasado siglo y recuperados posteriormente. El retablo mayor, de estilo barroco, presidido por una imagen de San Juan Bautista, está formado por doce magníficas tablas flamencas, atribuidas a Ambrosius Benson.

Del monumental claustro del siglo XVI, con artesonado mudéjar, se conservan tres galerías con dobles columnas,  cuyos capiteles están decorados con cruces y motivos templarios. También aparecen los escudos de armas de los Gómez de Sandoval, los Castro y los Gallo, que fueron señores de esta villa, cuyos sepulcros se hallan repartidos por las capillas funerarias del templo.

Uno de los principales artífices de este magnífico templo, fue el arquitecto cántabro Rodrigo Gil de Ontañón, que también dejó su huella en las catedrales de Segovia, Plasencia y Salamanca. Actualmente, en el claustro se puede ver una pequeña exposición, con el nombre “De Castrojeriz a Brujas” sobre la historia de las relaciones existentes entre Flandes y los comerciantes castreños de la lana, que alcanzaron un gran apogeo a partir de la creación del Consulado del Mar por los Reyes Católicos. En ella se muestran también algunas tablas y tapices flamencos de los siglos XV y XVI.

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Todavía quedan en Castrojeriz algunos restos de iglesias y conventos, nacidos para prestar servicio al ingente número de peregrinos que lo atravesaban de forma incesante durante la Baja Edad Media, incluso durante la aguda crisis económica y social que acometió a España, agravada por la aparición de la temida “peste negra”, que diezmó la población indígena y atacó también a los peregrinos.

Nos vamos a referir  ahora al Convento-Hospital de San Antón, llamado así para honrar a San Antonio el Egipcíaco, un monje ermitaño del siglo III, que provocó un fuerte movimiento eremítico que tuvo muchos seguidores por toda Europa. Está  situado en las cercanías de Castrojeriz, una vez cruzado el arroyo Garbanzuelo.

Lo que ahora son imponentes ruinas que aparecen a la vista del viajero tras cruzar una no menos imponente arcada, fueron un convento gótico fundado en el año 1146 por Alfonso VII el Emperador, donde se estableció una de las dos Encomiendas que la Orden de los Antoninos, tuvieron en España (1). Se reconocían por llevar grabado en el hábito la letra griega “thau” en azul. Estos monjes, de origen francés los primeros, estaban dedicados al cuidado y protección de los peregrinos, especialmente de los enfermos, desarrollando una inmensa labor humanitaria durante varios siglos, hasta que el rey Carlos III de España suprimió el Convento en el año 1791, en el que la comunidad de monjes que quedaba pasó a integrarse en la Orden de San Juan de Jerusalén o de Malta (2), abandonando el complejo monástico, lo que provocó una rápida decadencia del mismo que duró hasta que, en el siglo XIX, durante la conocida como Desamortización de Mendizabal pasó a ser propiedad privada.

La actividad de los monjes del convento de San Antón estuvo centrada en la atención a los peregrinos, y muy pronto adquirieron una gran reputación como curanderos casi milagrosos, que trataban con éxito la conocida y temida “Sacer Ignis”, vulgarmente llamada el “Fuego de San Antón”, una especie de gangrena infecciosa que se extendía rápidamente por la piel, produciendo una insoportable quemazón a los que la contraían, produciendo además alucinaciones y hasta perdida de la razón, llegando, con mucha frecuencia, a causar la muerte del enfermo. Este temido “Fuego de San Antón” era provocado por el consumo de un hongo que alteraba las propiedades del centeno, al que se conocía como el “Cornezuelo del Centeno”. Lo combatían aplicando sobre las zonas afectadas diversos ungüentos hechos a base de flores y borraja y también con la ingesta de caldos reconstituyentes y algún que otro trago del vino de la tierra, siempre acompañado de un pedazo de pan de trigo, una medicina preventiva que recibían todos los peregrinos que se acogían a la hospitalidad del convento. Naturalmente, tampoco faltaba el ritual religioso a base de jaculatorias y rezos.

En la actualidad, gracias a generosas y desinteresadas iniciativas privadas y también a algunas subvenciones aportadas por la Junta de Castilla y León, las ruinas de San Antón se han consolidado, se ha llevado a cabo alguna reconstrucción y se ha puesto en marcha un nuevo “Hospital de Peregrinos”, perfectamente acondicionado.

Mucho trabajo ha costado, pero aquella ruinosa y desoladora imagen que sobrecogía el ánimo del visitante que acudía a contemplar este histórico Convento, ha dado paso a otra muy diferente, de ilusión y confianza.

NOTAS 

La segunda estaba situada en Olite (Navarra)

La Orden de San Antón fue fundada en Francia el año 1093 

Autor: Paco Blanco.

MONASTERIO DE RODILLA: EL CASTILLO Y NUESTRA SEÑORA DEL VALLE. -Por Francisco Blanco-.

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El pueblo de Monasterio de Rodilla, perteneciente al partido judicial de Briviesca, está situado en la  antigua  calzada romana, conocida como “Vía Aquitania” que iba de Burdeos a Astorga, construida durante el siglo I antes de Cristo, en tiempos del Emperador Augusto, con motivo de las campañas militares que emprendió contra cántabros y astures, que ya se cita en el “Itinerario de Antonino”. Con anterioridad existió la ciudad autrigona de Tritium Autrogonium, mencionada por Plinio el Viejo en su “Historia Natural”. En el alto de Rodilla todavía quedan restos arqueológicos de esta ciudad y de la necrópolis de Fuentesanz. Otros restos se encuentran en el Museo Arqueológico de Burgos.

Sobre unas impresionantes rocas, a más de 1000 metros de altitud, se mantienen las ruinas de un castillo defensivo medieval del siglo X, construido en tiempos del conde Diego Porcelos que, junto con los de Urbel y Pancorbo, constituían una fuerte línea defensiva que protegía los nuevos territorios que se iban construyendo a medida que se iban colonizando por gentes llegadas de Cantabria y de Vasconia.

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Tras el asesinato en León del conde García Sánchez, el año 1028, estos territorios pasaron a poder del rey de Navarra Sancho III el Mayor, tío del conde asesinado por su matrimonio con su hermana Doña Muniadona. García III, el primogénito de Sancho III, los heredó a la muerte de su padre, herencia que desencadenó una guerra entre hermanos en la que su hermano Fernando, que había recibido en herencia el Condado de Castilla, resultó vencedor en la batalla de Atapuerca, ocurrida en el año 1048, recuperando así los territorios castellanos que se había anexionado Navarra. El navarro Lope Fortún, por entonces señor de la fortaleza, tuvo que abandonarla y regresar con sus seguidores a Pamplona.

En el siglo XIV, perdido ya su valor estratégico, pasó a incrementar las inmensas propiedades de los Velasco, pasando posteriormente por diferentes manos.

Actualmente se pueden ver restos de la torre del homenaje y de los muros de las murallas, que conservan  algunos cubos. Desde su torre el horizonte se ensancha hasta el infinito, ofreciendo una inmensa y atractiva perspectiva de las fértiles tierras burebanas. En 1949 fue declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Castillos, aunque en la actualidad su estado puede calificarse de ruinoso, figurando en la lista negra de “Castillos del Olvido”

A sus pies se encuentra el pueblo y, en el Barrio de Arriba, se puede admirar, perfectamente conservada y restaurada,  otra de las joyas del románico burebano, la iglesia de Nuestra Señora del Valle, construida durante la segunda mitad del siglo XII. Se encuentra apartada del resto del caserío, en un verde valle rodeado de montañas y su contemplación produce al visitante una plena sensación de paz y de quietud.

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Se trata de una iglesia de una sola nave y su exterior es de una impecable y airosa figura, con muros de piedra de sillería, decorados con numerosas esculturas, en las que predominan los temas animales y vegetales. Consta de dos tramos con bóvedas de medio cañón, acabando uno de ellos en un original ábside de planta semicircular, con tres grandes arcos murales ciegos, sostenidos por capiteles, en los que se pueden apreciar leones y basiliscos, muy tradicionales en el bestiario románico. En el otro tramo se yergue la airosa torre del campanario, dominando todo el conjunto del templo, con dos huecos para las campanas en cada uno de los lados, formados por arcos de medio punto sostenidos por dos columnas con capiteles.

La portada se encuentra en el lado norte y es de una sorprendente perfección plástica. Bajo un tejadillo sostenido por delicados canecillos se ven tres arcos de medio punto con archivoltas y cenefas ajedrezadas, sostenidos por cuatro columnas con capiteles. Tanto la portada, como el ábside y los muros, están jalonados por diferentes motivos escultóricos, entre los que se pueden encontrar águilas, dragones, nereidas, perros, leones y figuras humanas mostrando sus oficios, como herreros, carpinteros o músicos.

En el interior destaca la armonía del conjunto, los capiteles muestran restos de su primitiva policromía y el falso crucero del primer tramo destaca por sus cuatro arcos torales con sus pechinas,  que le confieren un aspecto circular y constituyen la base de la torre campanario.  A ambos lados de este falso crucero aparecen dos nichos o absidiolos, protegidos por baldoquinos que se apoyan sobre frontones triangulares sostenidos por dos columnas, que se utilizaban como altares para las celebraciones religiosas. En junio de 1936 fue declarada Bien de Interés Cultural (BIC) por la II República Española.

Muy cerca, en el mismo Barrio de Arriba, se puede visitar también la iglesia de Santa Marina, de estilo tardo gótico, que se construyó sobre los restos de una ermita románica anterior. Abandonada durante muchos años, actualmente se ha reconvertido en una Exposición sobre el Camino de Santiago que utilizaban los peregrinos que entraban por la Vía de Bayona.

Dominando el pueblo se encuentra el Puerto de La Brújula, de 981 metros de altitud, por el que discurre el tráfico de la N-1 entre Burgos y el País Vasco y donde la Sociedad Neo Energía ha instalado un importante complejo eólico, formado por cuatro parques con un total de  81 aéreo-generadores, que han conferido a este paisaje tradicional castellano un aspecto insólito y futurista, un poco sobrecogedor y extraterrestre.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, noviembre 2015

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EL CASTILLO DE LARA. -Por Francisco Blanco-.

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Desde la ermita visigótica de Nuestra Señora de las Viñas (1), sobre la cima de un cercano castro con más de mil metros de altura, se divisan, nítidos y famélicos, los pétreos harapos que forman las ruinas de lo que fue la fortaleza de los Lara, señores de un extenso territorio, que a partir del año 932, en el que Fernán González, que ya era conde de Lara, se convirtió además en Conde de Castilla, fue adquiriendo un gran peso político y administrativo sobre un vasto territorio que abarcaba toda la actual provincia de Burgos y parte de las de Cantabria, Álava, Vizcaya, La Rioja, Palencia y Soria, embrión de lo que más adelante se convirtió en el Reino de Castilla. La cercana localidad de Lara de los Infantes, fundada en el año 902 por Gonzalo Fernández, el padre de Fernán González, fue durante algún tiempo la cabeza visible de estas “Tierras de Lara”.

De esta ermita visigótica afortunadamente se conservan en perfecto estado de revista la cabecera y el crucero, restos de la que tal vez fue la última basílica construida en España por los visigodos allá por el siglo VII. Está enclavada en la pequeña aldea de Quintanilla de las Viñas, perteneciente a la localidad de Mambrillas de Lara, justo a los pies del citado castro, en un terreno actualmente convertido en un pequeño páramo, pero en el que, por aquellos lejanos tiempos, abundaban los árboles y los arbustos, sobresaliendo el zumaque, cuyo fruto tiene una cierta semejanza con el melocotón; también es posible que existieran viñas, pues los visigodos fueron unos grandes implantadores y conservadores de cepas. Desde luego, en la magnífica iconografía que se puede admirar, tanto en el exterior como en el interior del templo, las viñas y los zarcillos de vid intercalados constituyen uno de los motivos principales de su espléndida ornamentación.

En el siglo X el castillo de Lara ya estaba habitado por los Lara, mientras que la ermita se había convertido en un monasterio femenino cisterciense, regido por una abadesa y jurisdicionalmente dependiente del cercano monasterio de San Pedro de Arlanza, contando además con la protección de la condesa Muniadona, es decir, la madre del conde Fernán González.

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Muchos fueron los acosos que tuvo soportar el castillo, antes de que las fronteras del Alfoz de Lara se consolidasen y los árabes replegasen sus fronteras hasta el otro lado del Duero. Las expediciones más violentas y feroces se produjeron, primero por parte del ambicioso califa omeya Abderramán III durante las primeras décadas del siglo X, hasta que, en el año 939, una coalición cristiana formada por los reyes de León y Pamplona, Ramiro II y García Sánchez I, a los que apoyaban las tropas de los condes castellanos Ansur Fernández y Fernán González, le derrotaron en la histórica batalla de Simancas. Después, tras el periodo de calma que supuso el reinado de Alhaken II, apareció el feroz e invicto Almanzor, que realizó, durante la segunda mitad del siglo X, nada menos que 56 incursiones victoriosas por territorios cristianos, siendo las plazas fuertes de León y Castilla sus víctimas favoritas, que fueron sometidas con frecuencia al asedio y al saqueo.

A partir del siglo XIII la propiedad del castillo tuvo diferentes alternativas, pasando a manos de la realeza y de otras familias de la nobleza castellana, como los Cartagena (2), hasta que, en el siglo XV, se impuso la autoridad de los Reyes Católicos y la alcaldía del Castillo de Lara recayó sobre el Corregidor de Burgos, cargo que nombraba la propia corona. Pero, para entonces, la decadencia del Castillo había comenzado de forma inexorable, hasta alcanzar en el siglo XVI, según un informe elaborado por el maestro Pedro de Castañeda(3), un estado de auténtica ruina.

El Castillo-fortaleza, ahora convertido en ruinas, estaba defendido por una doble muralla con foso y puentes levadizos para su acceso; lo configuraban seis torres defensivas dominadas por la torre del homenaje de cuatro alturas, donde habitaban los condes con su servidumbre.

Sin embargo, los orígenes de este castro, enclavado en lo más alto de la Sierra de Peñalara, hay que buscarlos en la Edad de Hierro, en la que se produjeron los primeros asentamientos humanos, es de suponer que a causa de su alto valor estratégico, que permitía a sus moradores dominar el desnudo y semidesértico páramo que se extendía a sus pies. En el Castillo-fortaleza y sus alrededores se han encontrado numerosos restos de otros pobladores, especialmente celtíberos, de los que quedan algunas necrópolis; romanos, como prueba la existencia de una cercan calzada; y visigodos, que dejaron el artístico y valioso regalo de la singular ermita de Nuestra Señora de las Viñas del siglo VII, ya citada anteriormente.

En la actualidad creo que existe una recogida de firmas con el objetivo de presentar a la Junta de Castilla y León una petición para que se elabore un proyecto sobre una posible restauración de la Torre de Lara, que fuera la principal insignia de Castilla durante los primeros años de la Reconquista. No se puede olvidar tampoco, que dicho castillo fue donado el año 1255 a la ciudad de Burgos por el rey de Castilla D. Alfonso X y que es uno de los tres castillos que figuran en el escudo de la ciudad, sobre la cabeza coronada del rey. Los otros dos son el de Muñó y el de Cellorigo.
No podemos por menos que desear que se cumplan felizmente los objetivos de dicha iniciativa, a mayor gloria de Burgos y de las Tierras de Lara.

NOTAS:

(1) La ermita de Quintanilla de las Viñas fue declarada Monumento Nacional en el año 1929 y sometida a una rigurosa restauración después de una larga etapa de total abandono.
(2) Los Cartagena descienden de Pablo de Santamaría, un judío converso conocido como “El Burguense”, que vivió entre los siglos XIV y XV; fue consejero de Enrique III y obispo de Burgos y Cartagena.
(3) Pedro de Castañeda es un pintor poco conocido del siglo XVI, que falleció en 1557. Tuvo taller propio en Alcalá de Henares y se sabe que anduvo por Segovia estudiando sus iglesias y decorando algunas. No existe documentación de su paso por Burgos.

Autor: Paco Blanco, Barcelona, abril 2016

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