SANTA TRIGIDIA Y SAN ÍÑIGO ABAD. -Por Francisco Blanco-.

Las primeras referencias sobre el uso del nombre femenino de Tigridia parecen proceder de los Banu Gómez, la poderosa familia palentina de los condes de Saldaña, Carrión y Liébana, dueños de un extenso territorio entre el reino de León y el condado de Castilla, que  llegaron a aliarse con Almanzor y consiguieron destronar al rey leonés Bermudo II y gobernar el reino brevemente, hasta que se produjo la reconciliación, aunque siempre mantuvieron una actitud rebelde y desafiante. El nombre parece proceder de una planta, “el lirio del maíz”, también conocida como “la flor tigre”. Según alguna crónica de la época, en el año 950 el conde de Saldaña Diego Muñoz estaba casado con Tegridia y tuvieron varios hijos e hijas, alguno de los cuales se casaron a su vez con condes castellanos y reyes de Navarra, tal vez sea esta la razón por la que el conde Sancho García de Castilla llamó Trigidia a su quinta hija.

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Tigridia Sánchez era la quinta hija del conde de Castilla Sancho García “el de los Buenos Fueros”, nieto de Fernán González y de su esposa Urraca Gómez, que era hija de Diego Gómez conde de Saldaña, Carrión y Liébana, que a su vez estaba casado con Muniadona Fernández hija del conde Fernán González, por lo que también les unían lazos de sangre. Tuvieron seis hijos: Muniadona la primogénita, que se casó con el rey Sancho Garcés III de Pamplona; Fernando Sánchez que tuvo una vida muy corta; García Sánchez que fue conde de Castilla y murió asesinado en León cuando estaba a punto de casarse con la hija del rey leonés Alfonso V; Sancha de Castilla casada con el conde de Barcelona Berenguer Ramón I, Trigidia Sánchez abadesa de San Salvador de Oña, y finalmente Urraca Sánchez casada con Sancho Guillén VI duque de Gascuña y conde de Burdeos.

Como dote para la joven Trigidia, en el año 1011 sus padres fundaron en la localidad burgalesa de Oña el Monasterio de San Salvador. En principio se trataba de un monasterio dúplice para monjes y monjas, que vivían en edificios separados.

Trigidia, entre los años 1011 al 1033 fue la primera y la última abadesa de dicho monasterio, durante los cuales tuvo amplios poderes, tanto religiosos como civiles sobre sus amplios dominios, pues además los condes aportaron alrededor de 120 lugares de su propio patrimonio, incluida la villa de Oña con sus dos barrios, el de San Quirico y el de Santa María de Yuso con todos sus montes y sus campos. A partir de esa fecha, el monasterio ha estado siempre regido por monjes benedictinos por imposición de su cuñado el rey Sancho III de Navarra, que se autoproclama conde de Castilla tras el asesinato en León del conde de Castilla García Sánchez, hermano de la abadesa.

Durante su etapa como abadesa el patrimonio del Monasterio de San Salvador no cesó de aumentar, pues también tenía posesiones en los valles de Mena, Losa, Valdegovia e incluso Álava. Otros muchos terrenos y propiedades de todo tipo, incluidas varias villas con sus iglesias, fueron adquiridos mediante compra, donación o prohijación.

Trigidia tenía además autoridad sobre todos los funcionarios condales y poderes para imponer y cobrar multas y contribuciones fiscales, administrar justicia y mantener el orden público. Solamente los condes de Castilla tenían autoridad sobre ella.

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Cristo de Santa Trigidia

Las riquezas de Santa Trigidia, y en consecuencia del Monasterio de San Salvador, no se limitaban únicamente a sus propiedades inmobiliarias, urbanas y agrarias, también durante sus años de abadesa fue acumulando un valioso tesoro artístico, comenzando por un extraordinario Cristo Crucificado, una talla románica posiblemente del siglo XI, que también fue regalo de sus padres los condes de Castilla. Otro de sus tesoros es la famosa Biblioteca de Oña, que contiene unas verdaderas joyas literarias de un valor incalculable, de la cual existe un catálogo de principios del siglo XIII. Contiene libros como las “Etimologías” de San Isidoro, “La Ciudad de Dios” de San Agustín, el “Comentario de la Regla de San Benito”, escrito por el abad Smargardo en el siglo IX y especialmente la famosa “Biblia de Oña” ingente obra miniaturizada del escribano Florencio de Valderánica, un monje burgalés del desaparecido Monasterio de San Pedro de Valderánica, en la localidad burgalesa de Tordomar. El primer códice llegó a Oña en el siglo XI, pero actualmente tan sólo quedan unos pocos folios repartidos entre el Monasterio de Santo Domingo de Silos y un convento de Roma. También se conserva una colección de piezas de telas orientales ricamente bordadas, representando diferentes temas. A partir del año 1033, fecha probable de la muerte de Santa Trigidia, el monasterio, como ya se ha dicho anteriormente, por un decreto emitido el 30 de junio y firmado por el propio rey Sancho III de Navarra, pasa a ser ocupado por monjes cluniacenses franceses.

La abadesa fue enterrada en el mismo monasterio, donde también se encuentran los restos de sus padres los condes de Castilla. En el siglo XVII los restos de Santa Trigidia, junto con los de San Iñigo y San Ato fueron trasladados a un altar neoclásico con un letrero en el que se puede leer: “Aquí están los cuerpos de santa Trigidia y san Ato, con otras muchas otras reliquias. Año 1664”.

El culto y la devoción a Santa Trigidia está muy extendido por toda la comarca de La Bureba, y su festividad se conmemora cada 22 de noviembre.

El historiador pacense Juan Tamayo de Salazar nacido en Zalamea de la Serena, es el autor de una hagiografía sobre Santa Trigidia incluida en su obra “Martyrologium Hispanum Anamnesis, 1651-1659”, en la que la atribuye la realización de numerosos milagros, tanto en vida como después de muerta, tales como sanar a los cojos, devolver la vista a los ciegos, el oído a los sordos o la palabra a los mudos. No obstante, existen muchas dudas sobre la veracidad de los hechos en ella relatados, siendo muy posible que sean tan sólo invención del propio Tamayo de Salazar, del que no hay ninguna referencia de su estancia por tierras burgalesas. Un historiador, linguísta y polígrafo valenciano del siglo XVIII, Gregorio Mayans, también pone en duda la veracidad de dicha obra.

San Íñigo, el siguiente Abad de San Salvador, en realidad había nacido a principios del siglo XI, posiblemente el mismo año 1000, en la localidad aragonesa de Calatayud y era de origen mozárabe. Siendo muy joven se retiró al Monasterio de San Juan de la Peña en la provincia de Huesca, donde fue ordenado sacerdote, pero no tardó mucho en retirarse a las montañas y refugiarse en una cueva para vivir como un anacoreta. No obstante, su fama de santidad trascendió las montañas y llegó a conocimiento del rey Sancho III de Navarra, que se lo llevó a su lado como consejero, hasta que hacia el año 1034 le nombró Abad del Monasterio de San Salvador de Oña en tierras de Burgos, que en el año 1011 habían fundado su suegro, el conde Sancho García de Castilla y su esposa Urraca Gómez y que hasta entonces había estado regido por su hija la Abadesa Santa Trigidia, que también era cuñada del rey navarro. San Íñigo permaneció como abad hasta su muerte ocurrida en el año 1068 y recibió sepultura en el propio monasterio. También fue consejero y confesor del hijo primogénito de Sancho III el Mayor, el rey de Navarra García Sánchez III, también llamado “el de Nájera”, a quien acompañó en alguna de sus acciones militares como la conquista de Calahorra, y estuvo presente en su última batalla, la que tuvo lugar el 1 de setiembre del año 1054 en la sierra burgalesa de Atapuerca, que por entonces pertenecía al reino de Navarra.

Su hermano Fernando Sánchez, por entonces rey de León y conde de Castilla, al frente de un ejército formado por castellanos y leoneses, invadió Castilla dispuesto a recuperar los territorios que su padre, el rey Sancho III de Navarra había incorporado a sus dominios. García Sánchez III murió en dicha batalla y en sus últimos momentos estuvo espiritualmente consolado y atendido por el abad.

En los “Anales Compostelanos” se puede leer el siguiente relato de la batalla: “En la era MLXXXII, el primer día de setiembre fue matado el rey García, luchando con su hermano el rey Fernando en Atapuerca, por un caballero  suyo llamado Sancho Fortún, a quien había injuriado con su mujer”.

Todo parece indicar que la muerte del rey navarro fue un crimen pasional cometido de forma alevosa y a traición por el caballero navarro Sancho Fortún, como venganza del adulterio de su esposa Doña Velasquita que se había convertido en la amante del rey García.

Fernando, al enterarse de la muerte de su hermano ordenó detener la lucha y en el mismo campo de batalla rindió honores militares a sus restos, confirmando también a su hijo García Sánchez IV como nuevo rey de Navarra, aunque, eso sí, recuperando de nuevo los territorios castellanos que su padre le había cedido a su hermano. Tampoco hubo represalias contra San íñigo por haber pertenecido al bando de su hermano. Por el contrario hizo numerosas donaciones al monasterio, siendo la más valiosa la de la iglesia de San Martín de Tartalés, de la localidad burgalesa de Trespaderne.

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San Íñigo abad

El cronista Juan de Alcocero, que también fue monje de San Salvador y discípulo de San Íñigo, nos lo retrata como una persona muy popular y querida, de carácter paternal y generoso: “No vivió para sí solo, sino para nosotros, porque todo el día estaba él para nosotros. Nunca se indignó de manera que en su indignación olvidase la benignidad; y no podía airarse un hombre que despreciaba las injurias y evitaba los rencores. Nunca juzgó sin comprensión, como quien sabía que el juicio de los cristianos ha de ir revestido de misericordia. El Espíritu Santo otorga su don de justicia a los más benignos, y concede a los suyos tanta equidad y justicia como gracia y piedad; de ahí que nuestro padre Iñigo guardaba rectitud al examinar lo justo y misericordia al decidir la sentencia. En la solicitud de su monasterio e iglesias imitó la fe y caridad de todos los apóstoles, obispos y abades”.

San Íñigo, además de patrón de Calatayud y de Oña era el patrono de los cautivos, que cuando recuperaban la libertad acudían a Oña llevándole numerosos exvotos que depositaban en su altar. Fue elevado a los altares por el Papa Alejandro III en el año 1163 y en el año 1259 el Papa Alejandro IV concedió indulgencias a los que peregrinaran a Oña durante la festividad del “Bendito Íñigo”.

Sobre su fallecimiento cuenta una leyenda que en una de sus visitas por los dominios del monasterio se sintió gravemente enfermo, siendo transportado por dos ángeles al monasterio de San Salvador, donde recibió los últimos auxilios sacramentales al tiempo que él repartía sus bendiciones a los atribulados monjes.

Esto ocurría el día 1 de junio del año 1068. Sus restos fueron depositados en una arqueta de plata con incrustaciones de piedras preciosas, encerrada en un sarcófago que ha sido abierto en más de una ocasión. En el 1597 algunos huesos del santo abad fueron trasladados a una parroquia de Calatayud y en el 1865 fue abierto de nuevo para comprobar que sus restos no habían sido saqueados por la ocupación francesa. La última apertura tuvo lugar el 31 de mayo del año 2014 con el fin de entregar una reliquia al Monasterio de Leyre. La Diputación de Burgos y la Fundación “Milenario del Monasterio de San Salvador de Oña, aprovecharon la ocasión para publicar una nueva edición de la “Historia de la vida de San Íñigo”, publicada por el monje benedictino Íñigo Gómez de Barreda  en el año 1771.

Autor Paco Blanco, Barcelona marzo del 2020

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