DIEGO LAINEZ “Un luchador de frontera” -Por Francisco Blanco-

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DIEGO LAÍNEZ, el padre del Cid, pertenecía al noble linaje leonés de los Flaínez, al que también pertenecieron los reyes Ramiro II y Alfonso V de León. Nació hacia el año 1023, posiblemente en León, capital de la corte, y en un diploma del año 1047 aparece documentado como Didaco Flaginiz, hijo del conde de León Laín Muñoz, figura importante en la corte del rey Fernando I, con el que también estaba emparentado.

Sobre la aparición de Diego Laínez por la villa de Vivar, situada a siete kilómetros de la frontera de Castilla con Navarra y presa apetecida por el rey García Sánchez III, el de Nájera, se barajan dos posibles causas: La primera es que estuviera implicado en una conspiración de algunos miembros de la familia Flaínez, encabezada por su sobrino Flaín Fernández II, contra el rey Fernando; pero si es cierto que esto ocurrió hacia el año 1060, para esas fechas Diego Laínez ya estaba instalado en Vivar y había nacido su hijo Rodrigo, que sí fue aceptado poco después  en la corte de Fernando I. Por lo tanto, hay que dar por más plausible la teoría de que era hijo natural o ilegítimo del conde Laín, razón por la cual se vio apartado de la rama principal de la familia.

El pequeño pueblo de Vivar, de apenas sesenta casas, está situado en uno de los altos valles de la meseta del Duero, en el norte de la provincia de Burgos, a tan sólo nueve kilómetros de la capital; su tierra, ni rica ni pobre, se extiende por una llanura cubierta de sembrados, principalmente de trigo y de cebada, insuficientemente regados por las escasas aguas del río Ubierna. Los inviernos son largos y fríos y los veranos cortos y calurosos: “nueve meses de invierno y tres de infierno”, según el dicho popular; sus campesinos, ni ricos ni pobres, como la tierra, tienen que trabajar duramente y soportar muchas fatigas para arrancar su sustento a esta tierra no demasiado generosa. En la lejanía, las cumbres de la Sierra de la Demanda cierran el horizonte.

Por aquellos tiempos las luchas fronterizas eran constantes y no se limitaban a las que separaban los reinos moros de los cristianos, también entre estos últimos era frecuente que disputaran con las armas en la mano la propiedad de algún villorrio, vico, villa, ciudad y hasta reino.

El reino de Navarra estaba en plena expansión y, naturalmente, quería hacerlo a consta de apoderarse de los territorios castellanos más próximos a sus fronteras. Ya en el año 1029, al caer asesinado en León el conde castellano García Sánchez, precisamente cuando se disponía a contraer matrimonio con doña Sancha, hija del rey de León Alfonso V, su cuñado, el rey de Navarra Sancho III el Mayor, casado con su hermana doña Muniadona, no tuvo reparo en hacer valer sus derechos y apoderarse del condado de Castilla. (1)

En el año 1035, a la muerte de este rey navarro que había logrado unificar bajo su mando una gran parte del territorio peninsular, de acuerdo con la ley sucesoria navarra, sus posesiones se repartieron entre sus hijos: A García Sánchez III, el de Nájera, le correspondió el reino de Pamplona y  Fernando Sánchez I el Grande recuperó gran parte de los territorios de su tío asesinado, es decir, del antiguo condado de Castilla. (2)

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Naturalmente ninguno de los dos hermanos quedó satisfecho con este reparto, pues el de Nájera, que era el primogénito, se sentía con derecho al condado Castilla y Fernando, por su parte, estaba dispuesto a recuperar todos los territorios que habían sido de su tío, y de todos sus antepasados hasta Fernán González. Ante la imposibilidad de un entendimiento amistoso, el arreglo, como en tantas ocasiones pasadas y venideras, pasó por el inevitable enfrentamiento armado. Las luchas fronterizas entre ambos hermanos duraron hasta el año 1054, en que las tropas castellano-leonesas, comandadas por el rey Fernando, derrotaron a las navarras, al frente de las cuales iba su hermano García, que resultó muerto en la batalla que tuvo lugar el 1 de septiembre, en una llanura frente a la sierra burgalesa de Atapuerca, dentro del territorio del reino de Navarra, pero lindando con la frontera que le separaba del condado de Castilla. Naturalmente, Fernando aprovechó esta victoria para recuperar los territorios que se había anexionado Sancho III el Mayor. Entre los más importantes estaban Montes de Oca, La Bureba, Trasmiera y Las Merindades. Sin embargo, respetó los derechos al reino de Pamplona de su joven sobrino, Sancho, al que proclamó rey con el nombre de Sancho Garcés IV en la misma capilla ardiente donde reposaban los restos mortales de su padre, tomándole, además, bajo su protección. No obstante, esta derrota marca el comienzo de la decadencia del reino de Navarra.

Diego Flaínez, como señor de Vivar, que había tenido que defenderse en más de una ocasión de las incursiones navarras, también tomó parte activa en la batalla al lado del rey Fernando, su pariente, y también sacó provecho de la victoria, pues se apoderó de la villa y el castillo de Ubierna, siete kilómetros al norte de Vivar, así como del también cercano castillo de Urbel, con el pueblo de La Piedra. Además, incorporó a su dominio extensas heredades y varios molinos, consolidándose, de esta forma, como señor de Vivar, pasando a dominar por completo la frontera con el vecino reino.
¡Váyase a río de Ubierna los molinos a picar
y a cobrar maquilas, como las suele cobrar!

Poco a poco, este oscuro infanzón, desplazado a otro oscuro rincón fronterizo, fue dando solidez a su pequeño señorío, poniéndose casi a nivel de los poderosos magnates castellanos de la época. A ello coadyuvó de forma importante su matrimonio con Teresa Álvarez, hija del magnate Rodrigo Álvarez, tenente de diversos territorios como Luna, Mormojón, Moradillo y Cellórigo, quién, con sus hermanos Nuño Álvarez, Diego Álvarez, Fortún Álvarez y Gonzalo Álvarez, formaban una de las más influyentes familias del Condado de Castilla, que muy pronto se convertiría en el reino más poderoso de la península.

No se sabe que tuviera más descendencia que su hijo Rodrigo, el futuro Cid Campeador, aunque algunos historiadores aseguran que tuvo un hijo ilegítimo, de nombre Fernando Díaz, que acompañó a Rodrigo en su destierro, aunque no existen noticias documentadas sobre su persona. Tampoco se conoce el año exacto de su muerte, que debió ocurrir  poco después del año 1060, siendo todavía muy joven si se tiene en cuenta que su hijo Rodrigo contaba tan sólo once años de edad. 

NOTAS: 

(1) Precisamente en el asesinato del joven conde aparecen implicados algunos miembros de la familia Flaínez.

(2) Fue conde de Castilla desde 1029 y en el año 1035 se convirtió en rey de León por su matrimonio con doña Sancha, hermana del rey Bermudo III, que no tenía descendencia y al que derrotó en la batalla de Tamarón, donde, además del trono, también perdió la vida. 

Paco Blanco, Barcelona, junio 2012.

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