BURGOS INÉDITO. EL REGIONALISMO CASTELLANO-LEONÉS. (1874-1929). -Por Francisco Blanco-

ort]

“España es una cosa hecha por Castilla. Sólo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral………. El problema catalán no se podrá nunca resolver, tan sólo conllevar……..” (José Ortega y Gasset “España invertebrada”) 

No sé lo que pensaría nuestro ilustre filósofo del actual Estado de las Autonomías, pero evidentemente D. José, cuando pronunció esta frase, allá por las primeras décadas del siglo XX, no estaba en su mejor momento intelectual. El regionalismo español es un mal endémico y no han sido precisamente los castellanos los que han buscado las medicinas más adecuadas para curarlo, ni tan siquiera para aliviarlo. Entre 1876, después de la caída de la I República y 1923, poco antes de que se produjera el golpe militar de Primo de Rivera, período conocido como la “Restauración Borbónica”, en España se sucedieron hasta 20 legislaturas diferentes, con gobiernos de carácter fuertemente centralista y  dirigidos por políticos centralistas, que fueron incapaces de encontrar soluciones a los problemas más acuciantes del país, como el movimiento obrero, el anarquismo, la insurrección cubana,  el nacionalismo catalán o la política intervencionista en el Norte de África.

La Restauración borbónica propició la vuelta al poder del Antiguo Régimen con todo su entramado de clientelismo y corrupción, que la malograda República había intentado abortar en su fracasado experimento democrático. D. Antonio Cánovas del Castillo, un abogado malagueño, conservador y monárquico, fue el encargado de darla un marco de legitimidad mediante un nuevo texto constitucional que sustituyese al aprobado en 1869. La Constitución española de 1876, elaborada por una comisión de notables elegidos por Cánovas y presidida por el jurista burgalés D. Manuel Alonso Martínez (1), fue promulgada el 30 de junio de 1876. Las bases de la nueva soberanía nacional  iban a ser las Cortes y la Monarquía. Un poder compartido en el que la figura del rey adquiere una especial relevancia, al tener capacidad para disolver las Cámaras, convocar elecciones y nombrar o destituir tanto a los jefes de gobierno como a sus ministros.

En lo que se refiere al juego político, excluidos los partidos que no aceptasen explícitamente la monarquía, quedó reducido a un bipartidismo consensuado entre Cánovas (2) y Sagasta (3), en el que  conservadores y liberales se iban alternando en el poder, siempre para defender sus intereses de grupo. Fuera de estos círculos privilegiados, el resto de los españoles quedaban reducidos a simples espectadores, que cada vez veían más restringido su derecho a participar en la vida política, gracias a un sistema censitario extremadamente selectivo. Para hacerse una idea: en 1886 tan sólo el 2,1 por ciento de la población tenía derecho a votar. El proteccionismo industrial y el caciquismo agrario marcaron durante décadas el paso de la vida política y económica de nuestro país. Prácticamente marginados quedaban las mujeres, los trabajadores, los campesinos sin tierra, los pequeños comerciantes y propietarios y la mayor parte de la clase media. De esta forma, los privilegios de las clases dominantes quedaban  fuertemente garantizados y protegidos.

En julio de 1883, con el liberal Sagasta como jefe del gobierno, los republicanos, declarados ilegales por Cánovas, pudieron celebrar en Zaragoza su Asamblea Federal del Partido Republicano, bajo la presidencia de Pi y Margall. En esta Asamblea, en la que estuvieron presentes los representantes republicanos de todas las Federaciones Ibéricas, incluida la portuguesa, se elaboró un proyecto de Constitución Federal en el que se declaraban Estados soberanos a todas las regiones españolas.

En su Artículo 1º se declaraba: “La Federación Española, constituida por las expresadas regiones, tiene por objeto asegurar la Democracia y la República en todo el territorio federal; mantenerlo íntegro e independiente; defenderlo contra todo ataque exterior……………..”.

También, en los Artículos de su Título II se imprimía un carácter eminentemente civil a toda la sociedad española, suprimiendo los cultos y los títulos de nobleza; secularizando la enseñanza, los cementerios, los centros de beneficencia; aboliendo la pena de muerte y la cadena perpetua…….

El proyecto fue aprobado por la mayoría de los electores presentes y declarado como nuevo Código fundamental de la Federación, en el Salón de Sesiones de la Asamblea Federal Española, el día 10 de julio de 1883. Por Burgos firmaron sus representantes Juan Pedro Barcelona y Patricio Calleja.  Sin embargo, los arduos esfuerzos realizados por Pi y Margall para conseguir un pacto nacional que uniese a todos los republicanos de las diferentes regiones españolas no se vieron compensados por los resultados obtenidos. En Cataluña, Valentín Almirall rompe con el federalismo e inicia un movimiento nacionalista que se extiende rápidamente hasta acabar estableciendo las Bases para la Constitución Regional Catalana, también conocidas como “Bases de Manresa”, aprobadas en la Asamblea celebrada en la citada ciudad catalana durante los días 25 al 27 de marzo de 1892. Entre los principales promotores se encontraban Enrique Prat de la Riba (4) y el ultraconservador obispo de Vic José Torrás y Bages, quien afirmó que “Cataluña será católica, o no será” (5). En dichas bases se reivindicaban las viejas leyes catalanas del siglo XVI.

8

A este movimiento regionalista iniciado en Cataluña le siguen otros, principalmente en Galicia, donde destaca la “Lliga Galega de La Coruña”, y en el País Vasco, donde el radical Sabino Arana predica un nacionalismo tradicional basado en el lema: “Dios y leyes viejas”, que reivindicaba la recuperación de sus fueros, abolidos durante las guerras carlistas. En el resto de España, incluidas las dos Castillas, el  movimiento regionalista apenas si tiene repercusión, lo que no resulta muy difícil de entender si se tiene en cuenta que, a finales del siglo XIX, todavía existían numerosos pueblos que eran propiedad de sus antiguos señores, quienes seguían  siendo dueños de sus tierras y hasta de sus calles y plazas. Otro factor que refuerza esta actitud, mezcla de indiferencia y resignación, puede ser el índice de analfabetismo entre la población, que superaba el 60 por ciento.   

El desastre colonial de 1898 y la humillante derrota militar ante los Estados Unidos, a la que siguió el no menos humillante Tratado de Paris (6), dejó en evidencia la incapacidad y la impotencia del sistema político de la Restauración para sacar adelante el país y equipararlo a los modernos estados europeos. Un clamor generalizado de protesta por toda España puso de manifiesto el enorme conflicto existente entre la España oficial, centralista y burocrática y la España real, diversa y periférica, que se siente abandonada y explotada. Entre los intelectuales surge un movimiento conocido como el Regeneracionismo, que trataba, en palabras de uno de sus principales representantes, el aragonés Joaquín Costa, de “hacer penetrar un rayo de luz y de calor en el alma de este pobre pueblo, huérfano y desolado, el español; poner a flote la nave del Estado; restaurar la patria; inaugurar una nueva era en la historia de la Península”. Se trataba de crear una nueva España, capaz de erradicar el caciquismo rural, el pucherazo electoral, la corrupción política, el analfabetismo, las tremendas desigualdades sociales y la influencia del clericalismo, que apoyaba descaradamente la oligarquía económica y política en el poder. En definitiva, intentaban modernizar España acercándola más a Europa. “Hay que europeizar España” era su propuesta y su objetivo.

Un grupo de estos intelectuales, en el que predominaban los literatos, conocido como la “Generación del 98” (7), buscaron la regeneración de España a través de la regeneración de Castilla. Para ello trataron de recuperar su historia y sus tradiciones, su paisaje y su paisanaje, pero analizando y dejando al descubierto sus peores lacras, como el atraso secular de su agricultura y de su industria; el analfabetismo y la ignorancia; la pobreza, la envidia, el cainismo, la sumisión, el conformismo…………..Todo este movimiento de protesta y de rechazo al centralismo conservador que sostenía la restaurada y nuevamente fracasada monarquía borbónica, contribuyó a la aparición de las dos Españas que, incapaces de comunicarse y entenderse, acabarían tres décadas después en un cruel enfrentamiento. Los movimientos regionalistas volvieron a tomar fuerza, aunque con marcadas diferencias y con mayor importancia, en función de la fuerza de los elementos históricos y las peculiaridades culturales de cada región.

Con el liberal Canalejas como jefe de gobierno y a instancia del ministro de la Gobernación, D. José Sánchez Guerra, el 18 de diciembre de 1913 se publica el Real Decreto sobre Mancomunidades, que concedía a todas las provincias, diputaciones y ayuntamientos españoles la posibilidad de mancomunarse, consiguiendo de esta forma una cierta autonomía a nivel exclusivamente administrativo, teniendo plena y absoluta capacidad y personalidad jurídica para actuar, pero siempre con el gobernador civil de la provincia como Presidente nato.

Las primeras que se acogieron a este real decreto fueron las diputaciones de las 4 provincias catalanas, que el 6 de abril de 1914 crearon la Mancomunidad de Cataluña, bajo la presidencia de D. Enrique Prat de la Riba, que también lo era de la Lliga Regionalista.

En Castilla la iniciativa catalana despertó nuevamente los sentimientos regionalistas y también el deseo de alcanzar el mismo status autonómico de Cataluña, pero el recorrido para alcanzarlo resultó mucho más largo y lleno de obstáculos.

Hubo diferentes propuestas para constituir la “Mancomunidad Castellana” por parte de las diputaciones provinciales de Valladolid, León y Santander en el mismo año de 1914, sin que los proyectos llegaran a cuajar. En 1916 Burgos se incorporaba a la causa regionalista a través del diario “La Voz de Castilla” (8), que se autodenominaba como “el órgano defensor del regionalismo castellano”.

Este regionalismo castellano, bajo la base inamovible de la unidad de la patria, aceptaba la descentralización política, económica y administrativa de las provincias y regiones mancomunadas, e incluso aceptaba un cierto nivel de autonomía, siempre que éste no provocase desigualdades en el resto de las regiones, ni merma de la soberanía del Estado español.

1

A iniciativa de los  presidentes de la Diputación de Burgos, D. Amadeo Rilova, y de la de Valladolid, D. Emilio Gómez Díaz, el día 2 de diciembre de 1918 se celebró, en el palacio provincial de la Diputación burgalesa, una asamblea en la que estuvieron presentes representantes de todas las provincias de Castilla la Vieja y León, a excepción de Salamanca, que hizo llegar una carta de adhesión. En dicha asamblea se elaboró un manifiesto, conocido como el “Mensaje de Burgos”, en el que se proponía la reunificación de las dos Castillas y se trazaban las líneas maestras del regionalismo castellano, atacando, al mismo tiempo, al separatismo catalán, que amenazaba con acabar con la unidad de España, a la que, según palabras del propio Rilova, “nosotros, los castellanos, tenemos por imperiosa herencia la obligación de defender”. También  se establecieron cuatro puntos, a modo de conclusión y como declaración de principios: 

1/ Afirmación de la unidad de España.

2/ Igualdad entre todas las provincias españolas y abolición de los Fueros.  

3/ Promover una amplia descentralización de todos los territorios.

4/ Aceptación por todas las Regiones de  la plena soberanía del Estado español. 

Al día siguiente, 3 de diciembre, el texto del Manifiesto (9) era publicado íntegramente por el diario burgalés “El Castellano”, causando un gran revuelo entre los burgaleses, que salieron a la calle y se concentraron en el popular Paseo del Espolón, manifestando su apoyo al Manifiesto y a la unidad de España, y su rechazo a las aspiraciones separatistas de los catalanes.

El alcalde de Burgos, Sr. Gutiérrez Moliner, ofreció a los asistentes a la asamblea una recepción en los salones del Ayuntamiento, en la que les mostró el viejo cofre del Cid, las sillas de los jueces de Castilla, el pendón de Castilla, el testamento del conde Fernán González y otras reliquias y documentos históricos que atestiguaban la pasada grandeza de Castilla, que ahora estaban dispuestos a recuperar. 

Como consecuencia de la resonancia alcanzada por el “Mensaje de Burgos”, a finales del mes de enero de 1919, en la ciudad de Segovia tuvo lugar la Asamblea de Diputaciones Castellanas, con el objetivo de elaborar unas nuevas “Leyes de Castilla”, que sirvieran de marco al proyecto de mancomunidad de las provincias castellanas, conocido como “Bases de Segovia”.

Las elecciones generales del 1 de junio de 1919 dieron como vencedor al Partido Conservador de D. Antonio Maura, que ocupó la presidencia del gobierno y nombró ministro de Hacienda al jefe de la Lliga Regionalista de Catalunya, D. Francisco Cambó. Las reformas emprendidas por éste sólo consiguieron ahondar el enfrentamiento existente entre la Castilla agrícola y semi-feudal y las regiones industrializadas de Cataluña y el País Vasco, donde los movimientos nacionalistas cada vez eran más fuertes. Por otro lado, a la huelga general del año 17 siguieron otras que agravaron el problema del movimiento obrero; también la Conjunción Republicano-Socialista, liderada por D. Álvaro de Albornoz, que había conseguido 15 diputados,  acosaba cada vez más al Gobierno.

4

Finalmente, el Sr. Maura, incapaz de hacer frente a tanta discordia, el 6 de noviembre presentaba su dimisión soltando aquella famosa frase: “A ver quien es ahora el guapo que se encarga del poder”, reflejo fiel del enorme  caos gubernamental por el que atravesaba nuestro país. Para salir de esta difícil coyuntura el liberal García Prieto formó un gobierno de concentración en el que entraron liberales y conservadores, que también fracasó, sucediéndose diferentes gobiernos, presididos por Romanones, Sánchez de Toca,  Allende Salazar y Eduardo Dato, incapaces, todos ellos, de contener la violencia social que se iba extendiendo por toda España, y de aliviar el generalizado clima de descontento y rechazo a la lamentable gestión de nuestros gobernantes. Finalmente, ante tan tétrico panorama, el rey se vio obligado a convocar las elecciones del 9 de diciembre de 1920, en las que volvieron a vencer los conservadores, esta vez liderados por D. Eduardo Dato.

Pero el clima de tensión no aflojó, sino que fue en aumento; en Barcelona el nuevo gobernador, general Martínez Anido y los pistoleros de la patronal aplicaban la “Ley de fugas”, sembrando las calles de cadáveres de obreros y sindicalistas; en Andalucía la Guardia Civil reprimía brutalmente las protestas de los trabajadores del campo; en la zona minera de Asturias y la siderometalúrgica del País Vasco la masa proletaria andaba cada vez más revuelta, abundando los conflictos en minas y fábricas. Para agravar todavía más un panorama tan desolador, en marzo de 1921 el Sr. Dato caía asesinado por tres sindicalistas catalanes, siendo sustituido por Allendesalazar. Pero lo peor de todo llegó durante el verano de este nefasto año de 1921, en el que las fuerzas coloniales de España en Melilla, al mando de los generales Silvestre, amigo personal del rey, y Navarro, fueron copadas en Annual  y Monte Arruit por los rifeños dirigidos por Abd el-Krim, que causaron la muerte de más de 13.000 soldados españoles.

El desastre de Annual marca, sin duda, el inicio del fin de un régimen cada vez más incapaz de acabar con una situación de inestabilidad general tan grave. Todavía, en 1923, se forma un gobierno constitucional, presidido por el liberal García Prieto, que trata de aglutinar los partidos de la izquierda liberal, intentando poner en marcha algunas reformas de carácter político, social y económico, pero ya es demasiado tarde. Entre la oligarquía dominante, que veía en peligro la continuidad de sus privilegios, cada vez era más firme la convicción de que “esto hay que arreglarlo con un régimen de autoridad”. La salida por la vía del golpe militar-tan recurrente a lo largo de nuestra historia-cada vez se hacía más factible ante la incomprensible  pasividad y falta de alternativas del gobierno y los principales partidos políticos del país; tampoco para el rey, D. Alfonso XIII, semejante opción le resultaba desdeñable.

El levantamiento del 12 de setiembre en Barcelona del general D. Miguel Primo de Rivera (10), que había sustituido al general Martínez Anido, se justificó por la necesidad de reestablecer el deteriorado orden público, acabar con las huelgas y los movimientos obreros, finalizar la guerra de Marruecos, devolver el prestigio al maltrecho ejército español y consolidar el sistema político de la Restauración. Para ello, contó con la complicidad de la mayoría de los generales, el apoyo explícito de Puig y Cadafalch, presidente de la Mancomunidad Catalana, de Cambó y la mayoría de los prohombres de la “Lliga”, y el beneplácito implícito del rey, que el día 13, desoyendo los consejos de sus ministros, que le pedían la destitución de  Primo de Rivera, le llamó a Madrid para que se hiciera cargo del poder, alegando que “trataba de evitar un derramamiento de sangre”.

ra

El día 15 el general Primo de Rivera juraba en Madrid ante el rey su cargo como jefe de Gobierno o ministro único y universal, nombrando seguidamente un Directorio militar integrado por nueve generales y un contraalmirante. En el año 1925 entrarían a formar parte del Directorio algunas personalidades civiles como D. José Calvo Sotelo, que se haría cargo del ministerio de Hacienda.

Lo primero que hace el recién estrenado dictador es desmantelar todas las instituciones del Estado: Disuelve las Cortes y el Senado, prohíbe los Partidos Políticos, los Sindicatos, las Mancomunidades, incluida la de Cataluña; establece una rígida censura sobre cualquier tipo de oposición, venga de donde venga, poniendo un especial celo en la represión de nacionalismos o regionalismos, especialmente el catalán, llegando a prohibir el uso de la bandera y de la lengua catalana en todas las Corporaciones oficiales, incluidos los centros de culto. Finalmente, toda la estructura de mandos civiles en provincias, diputaciones, ayuntamientos, municipios o cualquier otro tipo de institución, es sustituida por mandos militares perfectamente jerarquizados.

Tratando de conferir a este desmantelamiento del aparato constitucional y de las libertades públicas y privadas un carácter regenerador, y presentarse a sí mismo como salvador de la Patria, en abril del año 1924 funda la Unión Patriótica a modo de partido único, muy similar al fascismo que Benito Mussolini había creado en Italia el año 1919. Se trataba de un partido de ideología derechista, fuertemente corporativista y centralista, defensor de la Religión Católica y enemigo del parlamentarismo y de la democracia, cuyo lema era “Patria, Religión y Monarquía”. Obviamente su misión consistía en hacer propaganda de la imagen del dictador y difundir su ideología por todo el país, para lo que contó con el apoyo incondicional de setenta periódicos oficiales, entre los que destacaban “El Debate” y “La Nación”. Curiosamente, el dictador lo definió como un “partido político, pero apolítico, que ejerce una acción político-administrativa”, muy similar, por cierto, a aquella otra de “yo no me meto en política”, que tanto le gustaba repetir al general Franco.

Los miembros de Unión Patriótica procedían, en su mayoría, de la aristocracia y de la alta burguesía, aunque también se integraron muchos políticos del sistema anterior, por lo que era fácil encontrar entre ellos: nobles y grandes propietarios; caciques, conservadores, carlistas y, naturalmente, militares de alta graduación. También se vincularon a Unión Patriótica los miembros de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas”, fundada por el cántabro D. Angel Herrera Oria, cuyo diario “El Debate” se convertiría en el mejor defensor e impulsor del partido y de su fundador. Geográficamente Unión Patriótica se extendió prácticamente por toda España, aunque donde alcanzó mayor arraigo y mayor afiliación fue en las provincias castellanas de Valladolid, Burgos, Ávila, León, Santander y Palencia.

No tardó esta nueva clase política surgida de la dictadura en apoderarse de los altos cargos de la administración en Ayuntamientos, Diputaciones, Gobiernos Civiles y el resto de las instituciones públicas, donde el caciquismo, el amiguismo, el nepotismo y la corrupción volvieron a estar a la orden del día. En el orden económico, vencida ya la crisis que siguió a primera guerra mundial, el régimen de Primo de Rivera, con D. José Calvo Sotelo como ministro de Hacienda, puso en marcha el primer ensayo español de capitalismo de Estado, al servicio de las oligarquías agrícola, industrial y financiera.

o

Algunas voces de protesta contra la dictadura surgieron en una parte de la prensa, y también de los intelectuales, los sindicatos y los partidos políticos clausurados, especialmente los republicanos  y los  de izquierdas. En “El Liberal” Ángel Osorio y Gallardo, que en 1919 había sido ministro de Fomento con Maura, escribía: “Lo que se implanta en estos momentos en España es una dictadura militarista, que no lograrán disimular los hombres civiles que se presten a encubrirla con sus levitas”. Pero muchos de estos disidentes, como Unamuno, Santiago Alba,  Jiménez de Asúa o Blasco Ibáñez, que había puesto en circulación un violento folleto titulado “Una nación secuestrada”, pagaron su oposición al régimen dictatorial con la cárcel, el destierro o el exilio. D. Miguel de Unamuno y D. Eduardo Ortega y Gasset, exilados en Hendaya, hacían pasar mensualmente a España una publicación clandestina, titulada “Hojas Libres”,  en la que exhortaban a los españoles a levantarse contra la dictadura.

Por el contrario, los apoyos, muchos de ellos interesados, fueron bastante más numerosos. Uno de los titulares del diario madrileño “El Sol” decía: “Apoyamos leal y resueltamente esta situación”. También el conspicuo filósofo D. José Ortega y Gasset manifestó su particular visión de la situación: “Si el movimiento militar ha querido identificarse con la opinión pública y ser plenamente popular, justo es decir que lo ha conseguido por entero”. También estuvieron del lado del dictador las grandes familias políticas de la Restauración, como los Maura, los Gamazo, los Romanones, etc. Por su parte, la alta jerarquía de la Iglesia Católica española aceptó con desbordado júbilo la implantación del nuevo régimen, deshaciéndose en alabanzas, bendiciones y parabienes a la figura del general Primo de Rivera. Tan sólo hubo una excepción, la del arzobispo de Tarragona, D. Francisco Vidal y Barraquer (11), que envió un recurso al Vaticano contra la prohibición de predicar en catalán, impuesta por el dictador.

En Castilla el interés por la “Mancomunidad Castellana” se había enfriado en un clima tan poco propicio a las reivindicaciones territoriales. De hecho, en algunas zonas de Castilla la Vieja se reivindicaban las ventajas de la vida campesina, tratando de frenar la huida de braceros hacia los centros fabriles de las  grandes ciudades, donde según palabras de un gran propietario en el “I Congreso Cerealista de Valladolid”: “a cambio de mejores salarios, la vida del hogar quedará destruida y la autoridad paterna debilitada…, sin contar el lujo fácil, los peligros de la calle y de los espectáculos caros y perversos, y todos los daños positivos que para la moral familiar rodean a los hogares obreros en la ciudad”. El campo frente a la ciudad, la placentera vida campesina frente al ajetreo y los peligros de la vida urbana.

Un canónigo de Ávila hace una  descripción, entre bucólica y pastoril, de la vida cotidiana en un gran latifundio: “Cien colonos aproximadamente viven dentro del perímetro de la finca. A todos se les ha entregado, en función de sus aptitudes para el trabajo, tierra que cultivar y que llevar a medias con el amo. No se conocen las huelgas, la compenetración es grande y el auxilio mutuo; la vida cristiana, realidad viviente, hondamente consoladora. Todos los días del año se reza el Santo Rosario, los domingos van a misa y el mismo amo les hace una breve lectura espiritual” (12). Una placentera visión cargada de populismo paternalista y demagógico, incapaz de disimular  la lamentable situación del agro español y las dificultades para subsistir de los trabajadores del campo, que todavía representaban la mayor parte de la población activa del país. La atracción de los centros urbanos hacía irrefrenable la emigración del campo hacia la ciudad.

I

En este contexto, el año 1926 el burgalés Gregorio Fernández Díez (13), con su libro “El Valor de Castilla” (14), reaviva el tema del regionalismo castellano-leonés y vuelve a poner en marcha el viejo proyecto de la “Mancomunidad castellana” para unir todas las provincias de León y las dos Castillas. En su libro, Fernández Díaz intenta desmontar la tradicional imagen de la sequedad y la esterilidad de las tierras de Castilla y su falta de recursos, aunque reconoce que es necesaria una profunda reforma, pronunciándose por “el fomento de la agricultura desamparada y por la industrialización de Castilla”, aunque sobre este último tema no explica como debe realizarse. También afirma que el principal enemigo del labrador es el obrero de la ciudad. Su castellanismo se manifiesta en la afirmación: “Castilla fue nación y debe volver a serlo”. Su actividad política y su castellanismo volvieron a reactivarse con la caída de la Dictadura y el advenimiento de la II República.    

En setiembre de 1927 el general Primo de Rivera creaba por decreto la “Asamblea Nacional Consultiva”, integrada por miembros de la Unión Patriótica. Se trataba de un organismo híbrido, al servicio de los intereses del Régimen, de carácter consultivo, que intentaba suplantar las funciones del anterior Congreso de los Diputados y hasta tenía su sede en el mismo edificio de la Carrera de San Jerónimo. Este burdo remedo le salió mal al dictador, pues provocó una inesperada reacción en contra, no sólo popular y de los estamentos que ya estaban en la oposición, sino entre muchos políticos e intelectuales que hasta entonces le habían sido afines o habían permanecido neutrales, como fue el caso del político conservador, D. Gabriel Mura Gamazo.

Otro político conservador, D. José Sánchez Guerra, decidió exilarse voluntariamente al tiempo que publicaba un Manifiesto, en el que entre otras cosas decía:”………el acto que acaba de realizarse es ilegítimo y faccioso….”. También acusaba al rey de complicidad y de haberse puesto fuera de la ley al aprobarlo. Pero lo que más dolió al dictador fue la reacción del Sr. Luca de Tena, director del diario monárquico “ABC”, que puso las columnas de su periódico a disposición del Sr. Sánchez Guerra. Las grandes familias monárquicas, dispuestas ante todo a conservar sus privilegios, empezaron a tomar posiciones cuando olfatearon la posible debilidad de la Dictadura. La oligarquía financiera también empezó a sospechar de la inestabilidad del régimen, lo que provocó una importante evasión de capitales.

Los partidos republicanos y liberales, por su parte, cada vez se sentían más fuertes después de haberse  agrupado en lo que se llamó “Acción Republicana”; el ex ministro liberal D. Niceto Alcalá Zamora se dirigió personalmente al dictador, aconsejándole que “abandone el Poder, facilitando, si aún es tiempo para ello, que se salve la paz pública en España y lo que fuere posible del principio monárquico y del interés dinástico, devolviéndose al país las libertades y la soberanía a que tiene imprescriptible derecho”.

En 1928 un decreto del ministro de Educación, Callejo, que concedía el rango de Universidad a algunos colegios religiosos, desató las iras de estudiantes y profesores universitarios; los estudiantes de Madrid apedrearon el edificio del diario clerical “El Debate”, acción que fue seguida de una fuerte represión por parte del ministro de Gobernación, general Martínez Anido, que ya empezó a justificar la dureza de la policía aludiendo a complots urdidos por los comunistas, o en palabras del propio dictador, “de un complot en el que habían de tomar parte abigarrados factores y personas”.

3

La algarada que los cadetes de la Academia Militar de Segovia organizaron con motivo de la fiesta de su Patrona Santa Bárbara, en el mes de diciembre, contribuyó a que el gobierno comenzara el año 1929 con paso tambaleante y cada vez acosado por más flancos. El día 29 de enero, organizada por Sánchez Guerra desde Paris y por Acción Republicana desde España, al grito de ¡Abajo la Dictadura! ¡Abajo la Monarquía absoluta! ¡Viva la soberanía nacional!, se puso en marcha una rebelión militar en distintas ciudades del país, principalmente de Castilla la Nueva, que contaba con el apoyo de numerosos paisanos, obreros en su mayoría, La conjura fracasó y Sánchez Guerra y varios cientos de implicados, incluyendo varios militares de alto rango, fueron a parar a la cárcel. El Gobierno de Primo de Rivera había salido vencedor de la prueba, pero quedaba seriamente tocado y sin apoyos,  tan sólo la Iglesia parecía permanecer  a su lado y había ejercido de mediadora en la solución del conflicto (15).

El Partido Socialista Obrero Español y su organización sindical, la Unión General de Trabajadores, que habían colaborado de forma moderada con el régimen, decidieron dar fin a su participación, cambiando radicalmente de postura mediante su manifiesto conjunto del 13 de agosto, en el que se decía: “Nosotros aspiramos para realizar nuestros fines a un Estado republicano de libertad y democracia, donde podamos alcanzar la plenitud del poder político que corresponde a nuestro poder social. Queremos ser una clase directora de los destinos nacionales, y para eso necesitamos de condiciones políticas que nos permitan llegar democráticamente, si ello es posible, a cumplir esa misión histórica”.

En Cataluña el Estat Catalá, dirigido por Jaime Aiguadé y Francisco Maciá,  desde la aventura de Prats de Molló (16), seguía intentando activamente la proclamación de la República Catalana. También la Unió de Rabassaires, dirigida por Companys, se manifestaba públicamente contra la Dictadura.  

También el rey D. Alfonso XIII, que había comprendido que la Dictadura caminaba cada vez más rápidamente hacia su autodestrucción, empezó a buscar la manera de deshacerse de su amigo el general Primo de Rivera. Para ello contaba con la ayuda de otros aristócratas, igualmente amigos, como el duque de Alba, que intentó convencer al general que le cediese el puesto para intentar volver al país a la normalidad anterior, pero obtuvo la negativa por respuesta, aunque tan sólo consiguió aplazar su final.

El 31 de diciembre, reunido su Consejo de ministros, el dictador presentó al rey un plan para liquidar la Dictadura y sustituirla por un Gobierno provisional, formado por miembros de Unión Patriótica, que continuase “la obra económica y administrativa de la Dictadura”. Pero esta vez el rey no cayó en la trampa y trató de demorar su decisión: “Como se trata de una ardua cuestión, me tomo unos días para estudiarla….”.     

Después de una desesperada llamada de socorro, abandonado por todos sus colaboradores, perdida la confianza del rey y con la amenaza de un nuevo golpe militar por una importante facción del Ejército, el 27 de enero de 1930 D. Miguel Primo de Rivera presentaba su dimisión al rey alegando motivos de salud. Aquella misma noche Alfonso XIII encargaba al general Dámaso Berenguer ,a formación de un nuevo gobierno. La Dictadura había terminado, daba comienzo la “Dictablanda”.

NOTAS

(1)  D. Manuel Alonso Martínez había nacido en Burgos el año 1827. Fue ministro con Isabel II, Alfonso XII y María Cristina. También fue diputado a Cortes en diferentes ocasiones. En 1890, con Sagasta como jefe del gobierno, fue Presidente de las Cortes. Fue también un destacado jurista que presidió la Real Academia de Jurisprudencia. Era yerno y valedor del conde de Romanones. Murió en Madrid el 13 de enero de 1891.

(2)  D. Antonio Cánovas del Castillo empezó su vida política militando en el Partido Moderado de Narváez y González Bravo, de donde pasó a la Unión Liberal de O´Donell. Durante el Sexenio Revolucionario (1868-1874) fue el líder de la minoría conservadora que defendía los derechos de D. Alfonso XII. Cuando Isabel II abdicó en 1870, se convirtió en el jefe de la causa monárquica, haciéndose cargo de la formación política del príncipe Alfonso, al que dictó el conocido como “Manifiesto de Sandhurst”, que sirvió para marcar las líneas maestras de la nueva monarquía parlamentaria que se proponía implantar en España. Fundó el Partido Conservador, más tarde Liberal-Conservador y fue el autor del bipartidismo político que gobernó España durante varias décadas, en alternancia con el Partido Liberal. A la muerte de Alfonso XII firmó con Sagasta el llamado “Pacto del Pardo”, que permitió la continuidad del régimen con Doña María Cristina como Regente. Murió asesinado el día 8 de agosto de 1897 por un anarquista en un balneario de Mondragón (Guipúzcoa)

(3)  D. Práxedes Mateo Sagasta fue un riojano nacido en Torrecilla de Cameros el 21 de julio de 1825. Como Ingeniero de Caminos en 1852 fue el autor de la línea de ferrocarril del Norte, entre Valladolid y Burgos, de 121Km. de recorrido. Metido en política en contra de Isabel II, tuvo que exilarse tras el fracaso de la “Sublevación del cuartel de San Gil”, a su vuelta del exilio se integró en el Partido Progresista. Al producirse la “Restauración Borbónica” fundó el Partido Liberal, que se convirtió en la alternativa al Partido Conservador de Cánovas en la formación de gobierno. Durante esta alternancia fue Jefe del Gobierno en varias ocasiones. Murió en Madrid el 5 de enero de 1903.

(4)  Enric Prat de la Riba y Sarra (1870-1917), fue presidente de la Mancomunidad Catalana y fundador de la Liga Regionalista.

(5)  En 1906 el obispo de Vic, D. José Torrás y Bages rechazó su nombramiento como Arzobispo de Burgos, alegando que no podía alejarse de su tierra catalana ni renunciar a su catalanismo.

(6)  En el Tratado de Paris, firmado el 10 de diciembre de 1898, España se vio obligada a aceptar las condiciones impuestas por los EE.UU, aceptando la independencia de Cuba y la cesión de  Filipinas, Guam y Puerto Rico por 20 millones de dólares.

(7)  Cabe destacar a Unamuno, Maetzu, Ganivet, Azorín, Baroja, los hermanos Machado, doña Emilia Pardo Bazán.

(8)  “La Voz de Castilla” se fundó en el año 1910 como diario independiente de la mañana. Tenía su sede en la céntrica calle de Laín Calvo y lo editaba la imprenta de Marcelino Miguel. Desapareció en 1921 para reaparecer en 1940 como órgano oficial en la provincia de la prensa del Movimiento. Desapareció definitivamente el 24 de enero de 1974.

(9)  El texto integro del “Mensaje de Burgos”, conocido también como “Mensaje de Castilla”, se adjunta en documento anexo.

(10) D. Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (Jérez, 8-1-1870-Paris, 16-3-1930) era el II                        Marqués de Estella, título concedido por D. Alfonso XII a su tío, el también general D. Fernando Primo de Rivera y Sobremosnte, por su heroica actuación en la toma de la ciudad navarra de Estella durante la 3ª Guerra Carlista. En octubre de 1923 D. Alfonso XIII  concede al marquesado la Grandeza de España.

(11) En abril de 1931 fue uno de los pocos obispos españoles que reconoció la legitimidad de la II República.

(12) Josep Fontana “Cambio económico y actitudes políticas en la España del siglo XIX”

(13) Gregorio Fernández Díaz (1891-1954), había nacido en Quintanamanvirgo, un pueblo de la Ribera del Duero. Fue miembro del Partido Republicano Castellanista y presidente de la Asociación de Escritores Regionalistas Castellanos. Profesionalmente fue Inspector de Hacienda, acabando su vida profesional en Barcelona. También es autor de varias obras sobre política y economía.

(14) “El valor de Castilla” fue publicado en 1926 y reeditado en 2001 por el Instituto Municipal de Cultura de Burgos, con prólogo de Víctor Munguía.

(15) Parece ser que alguien rompió el secreto de confesión, revelando al Arzobispo de Madrid los detalles del golpe, que éste puso inmediatamente en conocimiento del Capitán General de Madrid.

(16) En 1925 el coronel Maciá, exilado en Paris, intentó invadir Cataluña a través del paso fronterizo de Prats de Molló. 

Paco Blanco, Barcelona, agosto 2013

4

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s